Cuando se habla
de células madre se piensa, inevitablemente, en grandes avances médicos. Pero,
también, cuando se habla de grandes avances médicos se piensa en si estos
entrarán en conflicto o no con la ética. En el caso que nos ocupa, tenemos un
buen ejemplo de cómo la ciencia y la ética pueden ir de la mano. Eso sí que es
esperanzador.
(AZprensa) Hay dos palabras que, cuando aparecen juntas, suelen despertar al mismo tiempo esperanza y preocupación: células madre. Esperanza, porque hablamos de una de las grandes líneas de investigación de la medicina moderna y de la posibilidad de reparar tejidos que hasta ahora parecían tener pocas posibilidades de recuperación. Y preocupación, porque inmediatamente aparecen las cuestiones éticas y morales que durante años han acompañado a determinadas investigaciones con células madre.
Pero quizá tengamos que empezar a cambiar esa asociación. Porque no todas las células madre plantean los mismos problemas éticos y, sobre todo, porque la ciencia puede encontrar caminos que permitan avanzar en medicina sin tener que enfrentarse necesariamente a nuestras convicciones morales.
Un buen ejemplo llega de la investigación española. Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (INIBIC), perteneciente al Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, demostró que determinadas células procedentes de la membrana amniótica pueden contribuir a la regeneración de lesiones del cartílago articular.
Y esto no es una cuestión menor. El cartílago tiene una capacidad de reparación muy limitada. Cuando se deteriora o se lesiona, el organismo encuentra enormes dificultades para reconstruirlo por sí mismo. De ahí que determinadas lesiones articulares puedan convertirse en un auténtico problema para los pacientes y, en algunos casos, terminar afectando seriamente a su calidad de vida.
Encontrar una forma de favorecer su regeneración supone, por tanto, abrir una puerta a nuevos tratamientos. Pero hay algo más que convierte este descubrimiento en especialmente interesante. Las células utilizadas proceden de la membrana amniótica, un tejido que normalmente se desecha después del parto. Es decir, lo que hasta ayer podía acabar simplemente convertido en un residuo biológico podría convertirse mañana en una herramienta para ayudar a reparar el organismo humano. La naturaleza, una vez más, parece tener recursos que todavía estamos aprendiendo a utilizar.
Y existe además otra ventaja: estas células presentan características que podrían reducir los problemas relacionados con el rechazo inmunológico y favorecer una recuperación más temprana en determinados tratamientos. La investigación abre así una posibilidad que resulta especialmente atractiva: avanzar sin necesidad de entrar en conflicto con principios éticos fundamentales. Porque a veces presentamos la ciencia y la ética como si fueran dos fuerzas condenadas a enfrentarse. Como si cada nuevo descubrimiento médico obligara necesariamente a elegir entre el progreso y los principios. Y no tiene por qué ser así. La ciencia necesita investigar, experimentar, hacerse preguntas y buscar nuevas soluciones. Pero también necesita hacerlo dentro de unos límites éticos que protejan la dignidad humana.
La buena noticia es que ambas cosas pueden ser compatibles. Este caso resulta casi simbólico. Un tejido que después del parto iba a ser descartado puede convertirse en una fuente de investigación destinada a reparar otro tejido del organismo. No hace falta destruir para construir. No hace falta renunciar a la ética para avanzar. Hace falta, sencillamente, seguir investigando. Porque probablemente el verdadero progreso científico no consiste únicamente en descubrir lo que somos capaces de hacer, sino también en descubrir cómo podemos hacerlo respetando aquello en lo que creemos.
Y cuando ciencia y ética consiguen caminar juntas, el resultado no es solamente un avance médico, es también un avance humano.
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(AZprensa) Hay dos palabras que, cuando aparecen juntas, suelen despertar al mismo tiempo esperanza y preocupación: células madre. Esperanza, porque hablamos de una de las grandes líneas de investigación de la medicina moderna y de la posibilidad de reparar tejidos que hasta ahora parecían tener pocas posibilidades de recuperación. Y preocupación, porque inmediatamente aparecen las cuestiones éticas y morales que durante años han acompañado a determinadas investigaciones con células madre.
Pero quizá tengamos que empezar a cambiar esa asociación. Porque no todas las células madre plantean los mismos problemas éticos y, sobre todo, porque la ciencia puede encontrar caminos que permitan avanzar en medicina sin tener que enfrentarse necesariamente a nuestras convicciones morales.
Un buen ejemplo llega de la investigación española. Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (INIBIC), perteneciente al Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, demostró que determinadas células procedentes de la membrana amniótica pueden contribuir a la regeneración de lesiones del cartílago articular.
Y esto no es una cuestión menor. El cartílago tiene una capacidad de reparación muy limitada. Cuando se deteriora o se lesiona, el organismo encuentra enormes dificultades para reconstruirlo por sí mismo. De ahí que determinadas lesiones articulares puedan convertirse en un auténtico problema para los pacientes y, en algunos casos, terminar afectando seriamente a su calidad de vida.
Encontrar una forma de favorecer su regeneración supone, por tanto, abrir una puerta a nuevos tratamientos. Pero hay algo más que convierte este descubrimiento en especialmente interesante. Las células utilizadas proceden de la membrana amniótica, un tejido que normalmente se desecha después del parto. Es decir, lo que hasta ayer podía acabar simplemente convertido en un residuo biológico podría convertirse mañana en una herramienta para ayudar a reparar el organismo humano. La naturaleza, una vez más, parece tener recursos que todavía estamos aprendiendo a utilizar.
Y existe además otra ventaja: estas células presentan características que podrían reducir los problemas relacionados con el rechazo inmunológico y favorecer una recuperación más temprana en determinados tratamientos. La investigación abre así una posibilidad que resulta especialmente atractiva: avanzar sin necesidad de entrar en conflicto con principios éticos fundamentales. Porque a veces presentamos la ciencia y la ética como si fueran dos fuerzas condenadas a enfrentarse. Como si cada nuevo descubrimiento médico obligara necesariamente a elegir entre el progreso y los principios. Y no tiene por qué ser así. La ciencia necesita investigar, experimentar, hacerse preguntas y buscar nuevas soluciones. Pero también necesita hacerlo dentro de unos límites éticos que protejan la dignidad humana.
La buena noticia es que ambas cosas pueden ser compatibles. Este caso resulta casi simbólico. Un tejido que después del parto iba a ser descartado puede convertirse en una fuente de investigación destinada a reparar otro tejido del organismo. No hace falta destruir para construir. No hace falta renunciar a la ética para avanzar. Hace falta, sencillamente, seguir investigando. Porque probablemente el verdadero progreso científico no consiste únicamente en descubrir lo que somos capaces de hacer, sino también en descubrir cómo podemos hacerlo respetando aquello en lo que creemos.
Y cuando ciencia y ética consiguen caminar juntas, el resultado no es solamente un avance médico, es también un avance humano.
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