Las licencias
farmacéuticas constituyen una práctica muy habitual, aunque a menudo
desconocida para el gran público, dentro del mercado de los medicamentos. Pero
¿en qué consiste exactamente eso de las “licencias”? Aquí te lo epxlicamos.
(AZprensa) Se entiende por
«licencia de producto» el acuerdo estratégico entre dos o más compañías
mediante el cual el laboratorio propietario de un fármaco original cede los
derechos de comercialización a otras empresas licenciatarias. Como resultado de
esta alianza, en el mercado conviven dos o más productos que comparten
exactamente el mismo principio activo, pero se comercializan bajo distintas
marcas y por laboratorios diferentes.
La necesidad de
multiplicar la voz: Atención Primaria
Por
lo general, este tipo de acuerdos se suscriben en productos de amplísima
difusión, especialmente aquellos orientados a los médicos de Atención Primaria.
Son muy pocos los laboratorios en el mundo que disponen de una red de ventas lo
suficientemente gigantesca como para visitar de forma constante a decenas de
miles de médicos de cabecera y mantenerlos puntualmente informados sobre los
últimos avances, indicaciones o estudios clínicos de un fármaco.
La
licencia actúa, por tanto, como un amplificador comercial. Permite que
múltiples equipos de visitadores médicos difundan las virtudes del principio
activo, facilitando que el facultativo pueda prescribirlo —bajo una u otra
marca— con la seguridad de aplicar el tratamiento más beneficioso para cada
paciente a la luz de la evidencia científica más reciente.
Negocio,
amortización y letra pequeña
Desde
una perspectiva económica, esta práctica resulta vital para la viabilidad de la
industria. Permite rentabilizar la cuenta de resultados de un producto
innovador: un porcentaje fijo de las ventas obtenidas por el licenciatario va
directo a la cuenta de beneficios del laboratorio descubridor, ayudándole a
amortizar la ingente y arriesgada inversión económica necesaria para investigar
y sacar al mercado un nuevo medicamento.
Sin
embargo, el camino hasta estampar la firma no es sencillo. Un acuerdo de
licencia exige un proceso de negociaciones complejas y minuciosas que
fácilmente puede prolongarse hasta dos años desde los primeros contactos hasta
la rúbrica del contrato definitivo.
Para
este tipo de alianzas se suelen seleccionar fármacos de primera línea, aquellos
que suponen un auténtico hito en la práctica clínica y cuya información debe
desplegarse ante un universo colosal de prescriptores. Para llevarlo a cabo con
garantías, es necesario blindar un extenso abanico de aspectos legales y
comerciales —no es raro que el contrato final ronde entre las 80 y 100 páginas
de densa prosa jurídica—. Quizá por ello, y debido a la exigencia de los
filtros, solo una pequeña parte de las negociaciones emprendidas terminan
llegando a buen puerto.
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