viernes, 24 de abril de 2026

La Historia es mentira

(AZprensa)
La Historia, esa asignatura que nos relata nuestro pasado, es mentira. El poder nunca ha dejado de manipular el relato del pasado a su conveniencia, y en pleno siglo XXI seguimos viendo cómo los libros de texto, las exposiciones y los discursos oficiales se ajustan como trajes a medida según quién manda.
 
En Estados Unidos los libros de texto de historia en muchos institutos siguen tratando la guerra de Vietnam con una mezcla de brevedad conveniente y enfoque selectivo. Aunque algunos manuales dedican páginas al sufrimiento de los soldados americanos y a las protestas, es habitual que el contexto más incómodo —las mentiras oficiales, los bombardeos masivos sobre civiles o el papel de las empresas— quede diluido o directamente suavizado. La narrativa tiende a centrarse en el “infierno” vivido por los jóvenes estadounidenses, pero no siempre profundiza en por qué se libró esa guerra ni en sus consecuencias reales para Vietnam. Y mientras, en otros estados, las oleadas de censura contra libros y currículos han alcanzado niveles nunca vistos, atacando cualquier contenido que incomode la versión oficial del pasado.
 
En Francia, el gran tabú de la colaboración con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial sigue siendo un tema delicado. La redada del Velódromo de Invierno de 1942 —cuando la policía francesa detuvo a más de 13.000 judíos, incluidos miles de niños, para entregarlos a los alemanes— aparece en los libros de texto, pero a menudo con un tono que minimiza la responsabilidad del régimen de Vichy. Hubo progresos en los años 90 y 2000 con reconocimientos oficiales, pero todavía hoy surgen debates y libros que intentan “matizar” o relativizar la implicación activa de las autoridades francesas. Como si el paso del tiempo permitiera seguir puliendo la memoria nacional para que duela menos.
 
Y en España… en España cada vez es más evidente el vaivén. Durante décadas se minimizó o justificó la dictadura de Franco; ahora, con las leyes de Memoria Democrática, se impulsan catálogos de símbolos para retirar, se proponen desclasificaciones de archivos y se promueven narrativas que en muchos casos son igual de parciales, solo que del lado contrario. El Museo del Ejército y otras instituciones han vivido presiones y censuras según el color del gobierno de turno. Franco sigue estando presente, sólo que ahora las referencias que quedan suelen ser caricaturescas o selectivas. Lo que antes se glorificaba, ahora se demoniza, y viceversa. El resultado es el mismo: una historia contada a trozos, según convenga al poder de cada momento.
 
El poder, desde siempre, ha intentado manipular la historia a su antojo. Ya los antiguos egipcios borraban las estelas y los cartuchos de los faraones rivales o incómodos —como hicieron con Akhenatón, el “hereje” que quiso cambiar la religión, o con Hatshepsut— para que pareciera que nunca habían existido. Damnatio memoriae, lo llamaban los romanos siglos después: condenar al olvido. Y por lo que se ve, en 5.000 años no hemos avanzado nada. Seguimos borrando, reescribiendo, censurando y celebrando según sople el viento político.
 
La historia es mentira. La de España, también. Y la de casi todos los países, si rascamos un poco. Porque la historia que nos cuentan no es lo que pasó, sino lo que los vencedores —o los que mandan hoy— deciden que recordemos.
 
Quizá la única forma de acercarnos a la verdad sea leer con desconfianza, contrastar fuentes diversas y no fiarnos nunca de una sola versión oficial. Porque si algo no ha cambiado en estos años es esto: el que controla el relato del pasado, suele controlar también el presente.
 

Biblioteca Fisac
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jueves, 23 de abril de 2026

El café de la mañana: mucho más que depertar

(AZprensa)
¿Sabías que esa taza de café que tomas cada mañana podría estar haciendo mucho más que despertarte? No solo te da energía: un estudio reciente revela que el café —incluso el descafeinado— transforma positivamente las bacterias que viven en nuestro intestino, mejorando nuestra salud general. Lo explica el prestigioso epidemiólogo Tim Spector, experto mundial en microbiota, en un artículo que ha dado mucho que hablar.

¿Qué es la microbiota intestinal y por qué importa tanto?
 
Tu intestino es un ecosistema vivo compuesto por billones de bacterias, virus y hongos que trabajan juntos. A este “equipo” se le llama microbiota intestinal o microbioma. Estas bacterias no solo digieren la comida; influyen en tu sistema inmune, tu estado de ánimo, tu peso y hasta en el riesgo de enfermedades como la diabetes o problemas del corazón. Cuando la microbiota es rica y diversa (es decir, con muchas especies diferentes de bacterias buenas), nuestro cuerpo funciona mejor. Y aquí es donde entra el café.
 
El gran descubrimiento: más de 100 bacterias “amigas” del café
 
Un equipo internacional liderado por investigadores de ZOE (la empresa de nutrición personalizada de la que es cofundador Spector) analizó los microbiomas de más de 22.000 personas de 25 países. Los resultados, publicados en la prestigiosa revista Nature Microbiology en 2024, son claros: los bebedores habituales de café tienen un microbioma más rico y diverso que quienes no lo toman.
Entre las más de 100 especies bacterianas relacionadas con el café, una destaca especialmente: la Lawsonibacter asaccharolyticus. Esta bacteria aparece entre 6 y 8 veces más en las personas que beben café de forma regular. Lo curioso es que no es una bacteria “rara”: ya estaba en el intestino, pero el café la “activa” y la hace multiplicarse. Experimentos en laboratorio confirmaron que el café estimula directamente su crecimiento.

No es la cafeína: son los polifenoles del café
 
Muchos piensan que los beneficios vienen de la cafeína, pero no. El estudio demostró que el café descafeinado produce el mismo efecto. ¿Qué tiene entonces de especial el café? Su rica mezcla de compuestos vegetales, especialmente los polifenoles. Estos compuestos actúan como “alimento” para ciertas bacterias. Una vez en el intestino, las bacterias los transforman en metabolitos beneficiosos, como el ácido quínico y el hipurato. Estos metabolitos se asocian con mejor salud metabólica y cardiovascular. En otras palabras: el café no solo llega al intestino, sino que cambia cómo funciona todo el ecosistema.
 
¿Qué beneficios concretos tiene para tu salud?
 
- Microbiota más saludable: Mayor diversidad bacteriana, que se relaciona con mejor digestión y menos inflamación.
- Salud metabólica y del corazón: Los bebedores habituales muestran mejores indicadores de riesgo cardiovascular y metabólico.
- Efecto general: Estudios previos ya vinculaban el consumo moderado de café con menor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas y algunos cánceres. Ahora sabemos que parte de ese beneficio podría pasar por el intestino.
 
Es importante destacar que los beneficios aparecen con el consumo habitual, no con una sola taza de vez en cuando. Pero tampoco hace falta exagerar: 2-4 tazas al día (incluso descafeinado) parecen suficientes según los datos. La ciencia no dice que el café sea “imprescindible”, sino que es una herramienta sencilla y accesible para cuidar tu microbiota. Otras formas de enriquecerla son comer más fibra, yogures con probióticos y evitar ultraprocesados.
 

Biblioteca Fisac
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El prospecto: ¿Documento legal o informativo?

(AZprensa) En teoría, el prospecto de un medicamento es un documento pensado para el paciente: un texto claro que explique cómo actúa ese fármaco contra su enfermedad, cómo debe tomarlo, en qué dosis y con qué precauciones. Una guía de ayuda para el enfermo al que brinda un conocimiento útil y accesible. Pero… 

Sin embargo, la realidad es muy distinta. El prospecto se ha convertido, ante todo, en un documento de medicina defensiva: un escudo legal cuidadosamente redactado para que quede constancia escrita de que se ha advertido al paciente de todos los efectos secundarios posibles, por remotos o improbables que sean. De este modo, el laboratorio y el médico quedan eximidos de cualquier responsabilidad si, aun siguiendo correctamente la prescripción, aparece uno de esos efectos.
 
En consecuencia, los prospectos se han transformado en largos textos densos, repletos de terminología médica impenetrable, impresos en letra minúscula que desafía incluso a una lupa de buen tamaño. Se detallan allí desde las reacciones más frecuentes hasta las más exóticas y estadísticamente insignificantes, como si el objetivo no fuera informar, sino cubrirse las espaldas ante cualquier eventualidad judicial.
 
Así, las reacciones habituales de un paciente al enfrentarse al prospecto son predecibles y casi rituales:
(1) Disgusto al comprobar que apenas entiende nada de lo que pone, pese a esforzarse con gafas o lupa, ante un lenguaje técnico que parece diseñado para expertos y no para personas comunes.
(2) Asombro y estupor al leer la interminable lista de efectos secundarios que, según el papel, podría provocar el medicamento: desde mareos leves hasta problemas graves que suenan aterradores, aunque muchos sean rarísimos.
(3) Firme decisión de tirar el prospecto directamente a la basura y no volver a leer ninguno más… o, en el peor de los casos, de incumplir las recomendaciones del médico por el miedo que se le ha metido en el cuerpo.
 
El resultado es paradójico: un documento nacido con la noble intención de informar termina generando confusión, desconfianza y, a veces, incluso rechazo al tratamiento. En lugar de tranquilizar y orientar, asusta y desanima.
 
Quizá haya llegado el momento de replantearse su verdadera función. Porque si el prospecto prioriza la defensa legal sobre la claridad y la utilidad para el paciente, deja de ser un instrumento de salud para convertirse en un mero trámite burocrático. Y el enfermo, que solo busca curarse, se queda con un papel que más bien parece advertirle: “tómalo bajo tu propio riesgo… y con nuestra responsabilidad cubierta”. Al final, como en tantas otras cosas de la vida, el prospecto ideal sería aquel que realmente ayudase a equivocarse lo menos posible… o, al menos, a entender mejor los riesgos sin perder la confianza en el remedio.
 

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miércoles, 22 de abril de 2026

Todo va demasiado deprisa

Los jóvenes nacen sabiendo. Los mayores aprendemos a duras penas. Y cuando por fin dominamos esa tecnología, el dispositivo ya es una antigüedad. Bienvenidos al ciclo sin fin de la obsolescencia feliz. 

(AZprensa) Qué duda cabe de que los jóvenes ya nacen con una habilidad innata para manejar cualquier artilugio electrónico que se cruce en su camino. Con los mayores ocurre exactamente lo contrario: cada aparatito nuevo que sale al mercado representa una curva de aprendizaje que, dependiendo del modelo y del estado de nuestras neuronas, puede oscilar entre la tarde del sábado y varias semanas de sufrimiento silencioso. De ahí que recurramos a ellos con cierta frecuencia —y con toda la humildad que la situación exige— para que nos expliquen cómo funciona tal o cual función del dichoso cacharro.
 
El problema es que los jóvenes son pésimos maestros. No por mala voluntad, sino por exceso de capacidad: lo que para ellos es tan obvio como respirar, para nosotros es neurocirugía. Su respuesta pedagógica invariablemente consiste en lo siguiente: agarrar el aparato, mover los dedos a una velocidad que haría palidecer a un ilusionista de circo, y anunciar triunfalmente «¡Es muy fácil: así, así y así! ¡Ya está!». En ese intervalo de uno o dos segundos —que es todo lo que dura la clase magistral— el alumno no ha podido ver absolutamente nada. Los dedos se mueven a tal velocidad, y tapando además las diminutas teclas, que seguir la explicación es tan factible como leer un libro que alguien agita delante de tus ojos. Resultado: te quedas exactamente igual que al principio, pero con el añadido de haberle dado las gracias por la ayuda.
 
«Seis meses de antigüedad en tecnología equivalen, en términos de presión social, a llegar a una fiesta con un teléfono de disco colgado al cuello.»
 
El manual, la victoria y la condena
 
Es entonces cuando uno decide tomar el asunto por su cuenta y recurrir al manual de instrucciones. Ese documento que nadie lee, que los jóvenes consideran una reliquia arqueológica y que los mayores abordamos con una lupa y la determinación de quien se enfrenta a una oposición de notarías. Tras muchas horas de estudio, muchas semanas de práctica y algún que otro momento de duda existencial, uno acaba manejando el aparato con una soltura que, sin ser la de un nativo digital, al menos permite desenvolverse sin llamar a nadie.
 
Y justo en ese momento —justo cuando uno se sienta a disfrutar del logro con la tranquilidad del alpinista que alcanza la cima— empieza el bombardeo. Los anuncios, los comentarios, la presión social y la maquinaria comercial se conjuran para recordarte que ese aparato que acabas de dominar es, a todos los efectos prácticos, una antigüedad.
 
Cualquier cosa que tenga más de seis meses ya no es tecnología: es folclore. Ha salido el nuevo modelo, con funciones que no necesitas, en un diseño ligeramente distinto al anterior y a un precio que invita a la reflexión filosófica. Si no lo compras —te dicen, con la sutileza de un martillo neumático— no podrás ser feliz. La sociedad te mirará con una mezcla de lástima y reprobación. Tus amigos cambiarán de tema cuando te vean sacar esa “reliquia”, y tus hijos y nietos se avergonzarán.
 
Y uno, al que tanto trabajo le ha costado aprender lo básico de ese aparatito, se pregunta si no hubiera sido mejor haber nacido veinte años después. O en su defecto, no haber prestado atención a los anuncios ni a la presión social.
¡Qué cosas…!
 
Imagen: Murales de arte urbano del artista Román Linacero (alias “Sr. Momán”) en el pueblo Navas de la Asunción.
 

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¿Por qué murieron las revistas médicas?

(AZprensa) Hace unas décadas, el sector editorial médico en España era un ecosistema vivo y variado. Existían numerosas editoriales que publicaban revistas médicas de todo tipo: unas de carácter estrictamente científico, rigurosas y especializadas; otras que combinaban con buen criterio el contenido clínico con la cultura, las humanidades y la reflexión sobre la profesión. Era, en conjunto, un espacio de encuentro entre la ciencia y el pensamiento, entre el médico como profesional y el médico como persona. Ese espacio fue desapareciendo poco a poco, con la discreción silenciosa de las cosas que se van sin que nadie convoque un funeral. Algunas publicaciones intentaron el salto a la versión digital. Pocas sobrevivieron. La mayoría simplemente dejó de existir.
 
La pregunta es sencilla: ¿por qué? Y la respuesta, me temo, también lo es, aunque no resulte cómoda para algunos de los implicados. Lo expliqué en su momento, y el tiempo —ese árbitro implacable que no acepta sobornos— me ha dado la razón.
 
«Cuando no se hace Publicidad sino que simplemente "se ponen anuncios", es evidente que ese es un gasto que se puede recortar. El error estaba mucho antes: en haber permitido que se confundieran ambas cosas.»
 
El problema: confundir el anuncio con la publicidad
 
Las revistas médicas vivían, en buena medida, de la publicidad de los laboratorios farmacéuticos. Esa es la realidad, y negarla sería tan ingenuo como inútil. Lo que ocurrió es que, cuando llegaron los recortes —y siempre llegan, en los laboratorios como en todas partes—, lo primero que se recortó fue la inversión publicitaria en revistas porque, en realidad, nunca había sido una inversión sino un gasto. Un gasto consentido, a veces por compromiso, a veces por simpatía hacia el editor de turno, a veces simplemente para aparentar que se hacía algo. «Ponemos un anuncio en la revista del doctor Fulano» no es publicidad: es un acto social disfrazado de estrategia de comunicación.
 
La publicidad —la Publicidad con mayúscula, la que merece ese nombre— es una herramienta de comunicación con objetivos medibles, con un público definido, con un mensaje construido y con un retorno esperado. No es un favor que se le hace a alguien. No es una forma de quedar bien en el sector. No es el equivalente corporativo de enviar una tarjeta de felicitación. Quien confunde ambas cosas no está haciendo publicidad: está despilfarrando dinero. Y cuando hay que recortar, lo primero que cae es aquello cuya utilidad nunca quedó demostrada.
 
No voy a extenderme aquí en explicar en qué consiste la publicidad bien entendida: hay bastantes libros publicados sobre el tema —algunos de ellos firmados por quien escribe estas líneas— y quien quiera formarse una opinión rigurosa tiene material de sobra a su disposición. Lo que sí vale la pena señalar es que, antes de recortar la partida publicitaria, los responsables de los laboratorios habrían hecho bien en recortar algo anterior: las cabezas —o al menos los cargos— de quienes aprobaron durante años que se tirara el dinero de la empresa «poniendo anuncios» sin criterio, sin estrategia y sin la menor intención de medir si aquello servía para algo.
 
La ineptitud, ese mal endémico
 
Porque el problema no es exclusivo del sector farmacéutico ni del mundo editorial médico. Es un problema transversal, perfectamente reconocible en cualquier ámbito de la vida económica y social española. La tendencia a gastar sin pensar, a aprobar partidas por inercia, a confundir la actividad con la productividad y el movimiento con el avance, es algo que vemos todos los días. Y cuando llega la hora de rendir cuentas —que siempre llega— los que pagan las consecuencias no son quienes tomaron las decisiones equivocadas, sino los que dependían de que esas decisiones fueran correctas: en este caso, las revistas, sus redacciones, sus lectores y, en última instancia, una profesión médica que perdió un espacio de formación, reflexión y cultura que nadie ha sabido sustituir del todo.
 
Para comprobarlo no hace falta irse muy lejos. Basta con echar un vistazo a cómo se gestiona el dinero público en este país, empezando por el Gobierno y bajando pacientemente por todos los escalones de la Administración. El despilfarro no es una anomalía: es casi un sistema. Y la ineptitud que lo alimenta tampoco es accidental: es, en demasiados casos, el resultado previsible de poner al frente de la gestión a personas incompetentes.
 
Las revistas médicas murieron, en su mayoría, porque alguien confundió “poner anuncios” con “invertir en publicidad”. No es un epitafio muy glorioso; pero es la dolorosa verdad.
 

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martes, 21 de abril de 2026

¿Es esto «informar»?

Hay una frontera nítida entre el periodismo incómodo —que es necesario— y la persecución mediática guiada por fobias personales o intereses particulares. Cruzarla no es ejercer la libertad de prensa. Es traicionarla. 

(AZprensa) Entendemos que la publicación de noticias positivas y negativas sobre cualquier compañía, institución o personaje público es un ejercicio legítimo de libertad informativa e independencia periodística, frente al cual no cabe sino aceptar las reglas del juego democrático y mantener una actitud de apertura hacia los medios, a fin de que la voz del aludido sea también escuchada y ponderada.
 
Entendemos que los medios de comunicación se deben, antes que a nadie, a sus lectores, y que ese deber debería primar sobre los intereses de editores, anunciantes y grupos de presión. En consecuencia, deberían ofrecer una información imparcial y equilibrada. Tienen, por supuesto, todo el derecho a incluir columnas de opinión —y sería empobrecedor que no lo hicieran—, pero estas deben estar claramente diferenciadas de la información factual; debe quedar meridianamente claro cuándo un medio relata lo que ocurrió y cuándo un columnista juzga lo que ocurrió. Esa distinción no es un tecnicismo: es el fundamento sobre el que el lector puede formarse su propia opinión de manera libre, sin que nadie le lleve de la mano hasta una conclusión prefabricada.
 
Entendemos también que los medios dependen de su audiencia —responsable, a su vez, de los ingresos publicitarios imprescindibles para su supervivencia— y que deben buscar ampliarla y fidelizarla por todos los medios legítimos a su alcance. Entre esos medios legítimos no se encuentran, desde luego, la información sesgada, el sensacionalismo sin base ni rigor, ni el partidismo descarado a favor o en contra de una compañía, una institución o un individuo concreto.
 
«Da igual lo que haga o diga: el reflejo en sus páginas siempre será negativo. Eso no es periodismo. Es una condena sin juicio.»
 
Cuando la «información» se convierte en persecución
 
Por todo ello, no entendemos —o mejor dicho: no aprobamos— la fijación que ciertos medios exhiben contra determinadas compañías, instituciones o personas públicas. Una fijación, y no cabe llamarla de otra manera, que se manifiesta de formas bien reconocibles.
 
Primero: la reiteración sistemática de opiniones negativas, sean propias o de terceros, incluso cuando esos terceros representan a una minoría, y sin dar cabida en la misma proporción a las voces de la mayoría.
Segundo: la interpretación en clave negativa de cualquier actividad o declaración del aludido, de tal forma que da igual lo que este haga o diga, porque su reflejo en esas páginas siempre será el mismo: adverso, hostil, condenatorio.
Tercero: el ataque de carácter personal, que delata sin disimulo que lo que prima no es el valor informativo del asunto, sino el grado de animadversión del periodista hacia la compañía o el directivo en cuestión.
Y todo ello de manera continuada, sin tregua, sin que el paso del tiempo atenúe la intensidad del acoso. Precisamente esa persistencia es la que lo desnuda: los temas de verdadero interés informativo tienen una vida natural, un momento de relevancia que decae.
 
Cuando el tratamiento negativo se mantiene semana tras semana, mes tras mes, con la misma virulencia desde el primer día, ya no estamos ante periodismo de investigación ni ante fiscalización del poder. Estamos ante otra cosa: ante el uso interesado de unos espacios mediáticos para ejercer una presión sostenida, guiada por intereses particulares o por fobias personales que no tienen cabida en ningún código deontológico digno de ese nombre.
 
La libertad de prensa es uno de los pilares de las sociedades abiertas. Pero esa libertad, como todas, tiene un límite: el punto en que deja de ser un instrumento de información y se convierte en un arma al servicio de quien la empuña. Cuando ese punto se cruza, ya no estamos hablando de periodismo. Estamos hablando de otra cosa. Y esa otra cosa merece ser llamada por su nombre.
 

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Sigue siendo mentira que falten médicos

Lo escribí en 2009 para una revista médica y me temo que, dieciséis años después, el diagnóstico no ha cambiado. Los números siguen siendo los mismos. Las excusas también. Solo han cambiado los gestores que las pronuncian. 

(AZprensa) Hace dieciséis años escribía en una revista médica que era mentira que faltasen médicos en España. Que bastaba con mirar los números para huir de la demagogia. Que el problema real no era la escasez de médicos, sino la escasez de médicos dispuestos a trabajar en las condiciones que les ofrecía el Sistema Nacional de Salud. Lo que no imaginaba entonces es que en 2025 iba a tener que escribir exactamente lo mismo, con los mismos argumentos y contra los mismos gestores —o sus sucesores, que para el caso es lo mismo.
 
Miremos de nuevo los números, porque los números no mienten aunque los que los manejan sí. Según los datos más recientes de la OCDE, España cuenta con 4,6 médicos por cada 1.000 habitantes, situándose entre los países con mayor ratio de facultativos del mundo desarrollado. Solo Noruega (5,2) y Austria (5,5) nos superan entre los países europeos. Nos encontramos muy por encima de Francia (3,4), del Reino Unido (3,2), de Estados Unidos (2,6) o de Canadá (2,8). El Informe SESPAS 2024 —la referencia más rigurosa disponible sobre recursos humanos sanitarios en España— lo certifica: ocupamos el séptimo puesto en la OCDE en médicos activos por habitante. Dicho de otro modo: tenemos más médicos por persona que casi cualquier país de nuestro entorno.
 
«En España no faltan médicos. Lo que falta son médicos dispuestos a trabajar para el SNS en las condiciones que el SNS ofrece. Hay una diferencia abismal entre ambas afirmaciones.»
 
El problema real: lo que el SNS no quiere ver
 
Y sin embargo, si la frase «en España faltan médicos» es falsa, hay otra que sí es verdadera: «en el Sistema Nacional de Salud no hay médicos suficientes que quieran trabajar en él». Ese matiz lo es todo. El SNS tiene contratado aproximadamente al 70% de los médicos colegiados en activo —el porcentaje ha mejorado algo desde el 56% que yo citaba en 2009—, pero un 30% ejerce en exclusiva en el sector privado. ¿Por qué? La respuesta no ha cambiado en dieciséis años: porque el SNS no les ofrece ni las condiciones laborales, ni las profesionales, ni las económicas que por su preparación y responsabilidad merecen.
 
La temporalidad contractual roza el 40%. Hay médicos que acumulan diez contratos distintos en tres años, muchos de ellos ilegales en cuanto a jornada. Los salarios son sensiblemente inferiores a los de Francia, Alemania, Suiza o el Reino Unido. Y el resultado es predecible: entre 2019 y 2024, más de 2.000 médicos españoles solicitaron la baja de colegiación para trabajar en el extranjero —400 solo en 2024—, según datos de la Organización Médica Colegial. A eso hay que sumar una fuga silenciosa pero igualmente preocupante: la de aquellos que, sin emigrar, abandonan la clínica pública para dedicarse a la medicina privada o a tareas de gestión, investigación o industria farmacéutica. Esos no salen en las estadísticas de emigración, pero el SNS los pierde igual.
 
La solución de siempre: importar y dilatar

Y entonces llega la respuesta de los gestores. La misma de 2009, con distinto envoltorio. A corto plazo: importar médicos de Iberoamérica, Europa del Este y otros países que sí acepten las condiciones que los médicos españoles rechazan. En la convocatoria MIR de 2022-2023, el 16,4% de las plazas adjudicadas fueron a parar a médicos extranjeros. El Informe SESPAS 2024 lo señala sin ambages: España se ha convertido en un importador neto de médicos. Lo cual, dicho así, suena casi a éxito de gestión. Lo que no se menciona es la dimensión ética del asunto: estamos captando sistemáticamente médicos de países de renta media y baja que los necesitan tanto o más que nosotros, algo que la propia OMS ha catalogado como éticamente cuestionable.
 
A largo plazo: abrir facultades de Medicina. España es ya el segundo país del mundo por número de facultades de Medicina. El número de estudiantes de nuevo ingreso ha crecido un 8,2% en los últimos seis cursos académicos, impulsado sobre todo por la proliferación de universidades privadas. El Ministerio de Sanidad propuso en 2022 un aumento del 15% en el numerus clausus. La lógica es la de siempre: si formamos a más médicos, habrá una bolsa de paro tan grande que siempre habrá alguien dispuesto a aceptar lo que se le ofrezca. No es planificación sanitaria. Es ingeniería de la precariedad.
 
Un problema nuevo que agrava el viejo
 
Lo que sí ha cambiado desde 2009 —y conviene señalarlo— es la dimensión temporal del problema. El SNS afronta en los próximos años una oleada de jubilaciones sin precedentes: se prevé que España pierda hasta 80.000 médicos por esta vía en la próxima década, a una media de entre 7.000 y 8.000 por año. La estructura de edad de los facultativos está profundamente envejecida, especialmente en atención primaria, donde uno de cada tres médicos supera ya los 60 años. Y el Informe Oferta-Necesidad de Especialistas Médicos proyecta un déficit de unos 4.500 médicos de familia en 2027.
 
Pero atención: ese déficit futuro no se resolverá abriendo más facultades ni trayendo más médicos de fuera. Se resolverá —si es que se resuelve— haciendo que los médicos que ya tenemos quieran quedarse a trabajar en el sistema público. Lo cual exige exactamente lo que los gestores llevan dieciséis años negándose a hacer: mejorar de forma estructural y real las condiciones laborales, retributivas y profesionales de los médicos del SNS. Todo lo demás es parche, cosmética o, en el mejor de los casos, patada a seguir hacia delante.
El diagnóstico sigue siendo el mismo. La enfermedad también. Solo que ahora llevamos dieciséis años más sin tratarla.
 
Este artículo es una actualización de un texto que publiqué en 2009 para el portal de formación médica Medical Practice Group (MPG). Los datos de ratios de médicos proceden de la OCDE (2021-2024) y del Informe Bienal SESPAS 2024. Los datos sobre emigración de médicos proceden de la Organización Médica Colegial (OMC).
 

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lunes, 20 de abril de 2026

Una historia basada en hechos reales

(AZprensa) Luis y María acudieron esta mañana al banco para solicitar una hipoteca. Al llegar, un empleado les preguntó qué deseaban y, a partir de ahí, no dejaron de pasar de sorpresa en sorpresa.

«Pasen aquí, por favor, a nuestra sala de reuniones, y siéntense que en seguida les atiende nuestro director».
«¿Les apetece un café o un refresco?»
«Mientras llega, permítanme que les ofrezca este pequeño obsequio: un libro que hemos editado para nuestros clientes».
Así los fueron envolviendo en halagos y atenciones hasta que apareció el director. Entró, los saludó efusivamente y, sin perder tiempo, se lanzó a una charla animada. Se interesó por su situación familiar, sus inquietudes, sus proyectos, sus opiniones sobre las cuestiones más relevantes de la vida… También les habló de su propia familia, del trabajo en el banco y de lo felices que se sienten todos atendiendo a gente tan maravillosa como ellos.
Al cabo de media hora de abrumadoras muestras de cariño, salieron del banco. Entonces se dieron cuenta de que no habían conseguido nada: no les habían concedido la hipoteca que necesitaban. Eso sí, los habían tratado con la mayor consideración; solo les había faltado despedirse con dos besos.
«¿Qué importa que sigamos sin poder comprar una casa, sin poder iniciar un proyecto de familia? ¡Ya tenemos una nueva y maravillosa familia que son los empleados de este banco, a quienes podremos venir a saludar siempre que queramos!», se dijeron.
 
PD. —He dicho en el titular que esta historia está basada en hechos reales y, en cierto modo, es así. La escribí en el año 2009 tras escuchar a la que entonces era ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, la cual dijo públicamente: «Los bancos deben mirar con cariño a las familias que soliciten una hipoteca». Si los bancos le hubiesen hecho caso, esta historia hubiera podido ser real totalmente.
 

Novelas escogidas
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Sabemos muy poco… y encima estamos equivocados

(AZprensa) Como decía Mark Twain (o al menos se le atribuye), algo falso repetido mil veces acaba convirtiéndose en verdad. Nuestra vida cotidiana está llena de estas «verdades» que aceptamos sin cuestionar solo porque las hemos oído una y otra vez. 

Esta idea no es nueva. Hace ya casi dos décadas, los británicos John Lloyd y John Mitchinson —creadores del programa QI— la convirtieron en el eje de su exitoso libro desmitificador The Book of General Ignorance (en español, El pequeño gran libro de la ignorancia). Su objetivo: demostrar cuánto nos equivocamos en lo que damos por sentado.
 
Aquí van algunos ejemplos de sus revelaciones más sorprendentes, para que reflexiones sobre cuántas de tus certezas podrían ser solo mitos bien repetidos:
 
Los camaleones no cambian de color para camuflarse con el entorno, como todo el mundo cree. Lo hacen principalmente por motivos emocionales (estrés, ira, cortejo, sumisión), por temperatura o como señal de comunicación con otros camaleones. El camuflaje es secundario.
El famoso número de la Bestia en el Apocalipsis no es 666, sino probablemente 616. El 666 surgió de un error de copia en manuscritos antiguos (el más antiguo conservado, el Papiro 115, dice 616).
Ni el champán ni la guillotina son inventos franceses en sentido estricto. El método para hacer vino espumoso con burbujas estables se desarrolló en gran parte gracias a los avances en botellas y corchos de los ingleses en el siglo XVII; la guillotina como máquina de ejecución «humanitaria» ya existía en prototipos medievales en varios países europeos antes de su adopción en la Revolución Francesa.
Los campos de concentración no los inventaron los nazis alemanes. Su precursor moderno se remonta a la política de «reconcentración» aplicada por el general español Valeriano Weyler durante la Guerra de Independencia cubana (1895-1898), para aislar a la población civil y cortar apoyos a los independentistas.
Enrique VIII no tuvo seis esposas en el sentido estricto que solemos pensar. Según la Iglesia católica, solo cuatro matrimonios fueron válidos (las anulaciones o irregularidades invalidaron los otros); para los anglicanos, solo dos (Catalina de Aragón y Juana Seymour, las únicas no cuestionadas por irregularidades formales).
El almirante Nelson nunca llevó un parche en el ojo para tapar una herida (perdió la visión del derecho en Calvi en 1794, pero no usaba parche; el mito surgió después de su muerte en pinturas y relatos románticos del siglo XIX). Tampoco murió exactamente «como un héroe» en el sentido cinematográfico: fue alcanzado por un francotirador francés mientras paseaba expuesto en la cubierta del Victory en Trafalgar.
La famosa maldición de Tutankhamón («la muerte tocará con sus alas al que perturbe el reposo del faraón») nunca estuvo escrita en la tumba. Fue un invento sensacionalista del corresponsal del Daily Express en 1923, avivado por la prensa y por Arthur Conan Doyle, tras la muerte de Lord Carnarvon.
Cruzar un campo de asteroides (como en las películas) no es peligroso. Las distancias entre rocas son enormes: millones de kilómetros en promedio. Las sondas espaciales los atraviesan sin problema.
El ser humano no tiene cinco sentidos, sino al menos nueve. Además de vista, oído, olfato, gusto y tacto, suelen incluirse: propiocepción (conciencia corporal y posición de las extremidades), termocepción (sensación de calor/frío), nocicecepción (dolor), equilibrio (vestibular) y hasta interocepción (sensaciones internas como hambre o sed).
 
Estos ejemplos solo rascan la superficie. El libro de Lloyd y Mitchinson nos recuerda que la «sabiduría popular» suele ser más ignorancia compartida que conocimiento real. En un mundo saturado de información repetida sin verificar, cuestionar lo que «todo el mundo sabe» sigue siendo el mejor antídoto contra la pereza mental.
 
¿Cuántas de estas te sorprendieron? ¿Y cuántas «verdades» más llevarás aceptando sin darte cuenta de que estás equivocado?
 

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domingo, 19 de abril de 2026

Una tarde húmeda y gris

(Sunday Poetry Corner) Olvidado en un rincón encontré este poema escrito hace tiempo, casi como un borrador; pero decidí rescatarlo del olvido y compartirlo en este rincón en contraste con las luminosas tardes que tenemos estos días. 

(AZprensa) Al final de este poema encontrarás el análisis que Claude ha hecho al mismo: 

LA TARDE HÚMEDA Y GRIS
 
Cerré los ojos e inspiré
el aire húmedo de la tarde gris,
y sentí tu silencio galopando
en mi interior,
latidos feroces gritando ausencia,
y a fuerza de no verte,
de no tener más certeza
que mi espera eterna,
la tarde húmeda y gris
tomó posesión de mí.
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
Hay poemas que nacen perfectos en borrador, sin necesitar corrección porque la emoción que los dictó ya encontró su forma exacta desde el primer momento. Este es uno de ellos.
«La tarde húmeda y gris» es un poema breve —diez versos de verso libre— pero de una densidad emocional considerable. Su fuerza reside en la aparente sencillez con que construye algo muy difícil: hacer visible la ausencia. No describe a quien falta; describe lo que esa falta le hace al que espera. Y esa elección —centrarse en el interior del que sufre, no en el objeto del sufrimiento— es la de un poeta con instinto seguro.
 
El poema arranca con un gesto físico e íntimo: cerrar los ojos, inspirar. Es una invitación al lector a hacer lo mismo, a entrar en ese espacio sensorial antes de que lleguen las palabras más cargadas. Y entonces llega la imagen central, la más lograda del poema: «tu silencio galopando en mi interior». La paradoja es exacta —el silencio no galopa, y sin embargo lo sentimos galopar cuando quien amamos no está— y el verbo «galopando» introduce una violencia contenida que anticipa los «latidos feroces» del verso siguiente.
 
El final es el más certero: la tarde húmeda y gris no es solo el paisaje exterior, es el estado de quien espera sin certeza. Que «tome posesión» de él es la rendición sin drama, la melancolía que no grita sino que simplemente ocupa. Un poema encontrado en un cajón que merece, sin duda, ver la luz.
 

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Dilo sin miedo: “Quiero equivocarme por mí mismo”

(AZprensa) En un mundo saturado de consejos no solicitados, hay una frase que resuena con una lucidez refrescante: “Quiero equivocarme por mí mismo”. Todos hemos sido testigos —o protagonistas— de esa escena tan habitual: alguien cuenta un problema, una decisión difícil o un error reciente, y de inmediato surge el coro de voces ajenas. “Tenías que haber hecho esto”, “yo en tu lugar habría…”, “lo correcto era…”. La cantinela se repite una y otra vez, como si la vida fuera un examen con respuestas oficiales y nosotros, simples correctores dispuestos a puntuar los fallos ajenos. Pero ¿y si el verdadero derecho de cada persona fuera precisamente el de cometer sus propios errores? 

La idea no es nueva, aunque sí incómoda para muchos. Equivocarse forma parte inseparable del aprendizaje humano. Cada tropiezo, cada decisión que sale mal, cada camino que elegimos y que luego lamentamos, va construyendo nuestra experiencia, nuestro criterio y, en última instancia, nuestra identidad. Cuando alguien nos arrebata ese espacio al decirnos “cómo tendríamos que haber actuado”, nos está privando, sutilmente, de la oportunidad de crecer a nuestra manera.
 
“No le digas a los demás cómo tienen que equivocarse”. La frase, directa y casi provocadora, encierra una profunda defensa de la autonomía personal. Porque equivocarse por uno mismo no es masoquismo ni irresponsabilidad: es la única forma auténtica de madurar. Los errores ajenos pueden servir de ejemplo, sí, pero nunca sustituyen a los propios. La sabiduría que realmente cala es la que se paga con caídas propias, no con sermones ajenos.
 
En una época en la que las redes sociales han convertido el consejo gratuito en deporte olímpico, esta reflexión invita a una saludable pausa. Antes de soltar el clásico “yo hubiera hecho…”, quizá valga la pena preguntarse: ¿realmente estoy ayudando, o solo estoy disfrutando de la cómoda posición de quien juzga desde la grada?
 
Dejar que los demás se equivoquen por sí mismos no significa indiferencia ni abandono. Significa respeto. Respeto a su proceso, a su ritmo y a su derecho inalienable a tropezar y levantarse con sus propias lecciones. Al fin y al cabo, la vida no es un guion que se pueda corregir con comentarios al margen. Es un camino que cada uno debe recorrer —y a veces derrapar— en primera persona.
 
Quiero equivocarme por mí mismo. Quizá esta sea una de las declaraciones de independencia más honestas y necesarias de nuestro tiempo.
 

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«El eco de…»: la cabecera más honesta de la historia del periodismo español

Pocos títulos han descrito con tanta exactitud la vocación de un periódico. Desde el siglo XIX, centenares de publicaciones españolas eligieron la palabra «eco» para designar lo que querían ser: una voz que rebota, que devuelve al lector el sonido de su tiempo.

(AZprensa) Hay palabras que tienen vocación de cabecera. Una de ellas es “eco”. En la física, el eco es el sonido que rebota contra una superficie y regresa al punto de origen con fidelidad: no inventa nada, no distorsiona, simplemente devuelve lo que recibió. Hay algo en esa imagen que debió de resultar irresistible para los fundadores de periódicos del siglo XIX, porque pocos términos han sido tan ampliamente adoptados como nombre de publicación. A lo largo y ancho de la geografía española, durante más de cien años, la palabra «eco» encabezó decenas —acaso centenares— de cabeceras periodísticas que en ella encontraban su mejor definición: somos el reflejo de nuestra comunidad, la voz que recoge lo que pasa aquí y lo devuelve amplificado.
 
El más temprano de los grandes ejemplos es quizás El Eco del Comercio, fundado en Madrid el 1 de mayo de 1834 por el periodista y político Fermín Caballero. Fue el órgano más influyente del liberalismo progresista español durante quince años, y su nombre ya era todo un programa: el eco, en este caso, de los intereses de una burguesía que empezaba a reclamar su sitio en la España post-fernandina. No por casualidad, la palabra «Eco» de su cabecera estaba escrita en grandes caracteres tipográficos para resaltar la idea de reflejar con exactitud el pensamiento de la opinión pública. Los propios fundadores sabían que el nombre lo decía todo.
 
A este le siguieron, por toda España, multitud de herederos del mismo espíritu. El Eco de Cartagena nació en 1861 al calor de las movilizaciones ciudadanas en reclamo de una comunicación por ferrocarril con Madrid y llegó a publicarse hasta 1936, convirtiéndose en uno de los diarios de provincia más longevos del país. El Eco de Galicia tuvo varias encarnaciones: fue publicado en Santiago de Compostela entre 1851 y 1852, fundado por Antonio Neira de Mosquera; más tarde apareció en Lugo entre 1872 y en sucesivas fechas también en La Coruña, donde se editó entre 1904 y 1916 bajo el subtítulo de Diario católico e independiente. La diáspora gallega incluso se llevó el nombre al otro lado del Atlántico: El Eco de Galicia de Buenos Aires fue fundado por Xosé María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892 y fue el órgano de los emigrantes gallegos en Argentina hasta 1924. Y El Eco de Málaga, que también tuvo varias ediciones locales distintas a lo largo del siglo XIX, se convirtió en un ejemplo de esa prensa de proximidad que defendía, según su propio ideario, la justicia, la razón y la moral.
 
También hubo ecos más breves: el Eco de la Opinión y el Eco de la Justicia, publicados en Madrid en 1834, apenas vivieron unos meses cada uno, pero el segundo de ellos fue suprimido por el Gobierno precisamente por hacer demasiado bien su trabajo: reflejar una opinión incómoda para el poder. Un eco demasiado fiel, al parecer, resultaba peligroso.
 
«El eco no es el sonido original: es su memoria, su reflejo fiel. Por eso un periódico llamado "eco" promete algo que pocos se atreven a prometer: devolver la realidad sin añadirle ni quitarle nada.»
 
El eco de Daimiel, y el nieto que lo hereda

En este nutrido árbol genealógico de la prensa española con nombre de eco, hay un ejemplar que nos resulta especialmente próximo: El Eco de Daimiel, que se publicó en esa localidad manchega entre 1885 y 1890 bajo la dirección de Gaspar Fisac Orovio (1859-1937), escritor, periodista y poeta. Cinco años de vida, cuatrocientos y pico de números, en una pequeña ciudad de La Mancha que así tenía su propia voz impresa, su propio reflejo de lo que era y de lo que pensaba.
 
Gaspar Fisac Orovio no sabía, al fundar aquel periódico, que estaba plantando una semilla. Más de un siglo después, su nieto Vicente Fisac —escritor y periodista como él, con más de sesenta libros publicados y toda una vida dedicada a la Comunicación— ha inaugurado un blog que lleva por nombre El Eco de Fisac. El guiño familiar es evidente y hermoso. Pero hay algo más que nostalgia genealógica en esa elección.
 
Porque «El eco de Fisac» no es solo la resonancia de un apellido a través del tiempo: es también una declaración de intenciones. En un paisaje mediático cada vez más ruidoso, más uniforme, más domesticado por los grandes grupos y por el pensamiento que se impone desde arriba, un blog personal e independiente que se llama a sí mismo eco está diciendo algo importante. No pretende fabricar opinión ni dictar consignas. Pretende, exactamente, lo que pretendía aquel Eco de la Opinión de 1834 o aquel Eco de Daimiel de 1885: devolver al lector el sonido de la realidad, sin intermediarios que la deformen, sin poderes que la filtren a su conveniencia.
 
Una pequeña voz que pide que pensemos
 
El eco, en su sentido más literal, no selecciona: repite todo lo que recibe. Pero el Eco de Fisac sí selecciona —porque todo periodismo es selección— y lo hace con un criterio claro: ofrecer cada día un motivo para pensar, para razonar por cuenta propia, para mirarse al espejo de la actualidad sin que nadie nos diga de antemano qué debemos ver en él. En una época en que el pensamiento único avanza con comodidad y los medios —grandes y pequeños— tienden a alinear a sus lectores en columnas ideológicas bien ordenadas, una voz que dice «aquí tienes la realidad, juzga tú» es, paradójicamente, un acto de rebeldía.
 
Gaspar Fisac Orovio lo entendió en Daimiel, en 1885, con tipos de imprenta y papel de aquella época. Vicente Fisac lo entiende ahora, desde un blog, con las mismas convicciones y con la misma vocación independiente. El eco se repite, y en esa repetición hay una continuidad que dice mucho sobre lo que significa, en cualquier época, querer informar con honestidad.
 
Aquí tienes cada día ese “eco”. Y piensa tú mismo lo que quieras pensar.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/