Los partes
meteorológicos del tiempo, en las televisiones, se han convertido en auténticos
programas de terror, cuya misión no es informar sino asustar. Los poderes
públicos alientan este cambio, porque con ciudadanos asustados siempre se
gobierna mejor.
(AZprensa) Si uno se sienta
un rato delante del televisor y presta atención a los informativos
meteorológicos, llegará a una conclusión tan inquietante como evidente: hoy en
día, los espacios del tiempo se han convertido en uno de los mejores programas
de antesala del terror que emiten las cadenas.
Antes,
los hombres y mujeres del tiempo se limitaban a cumplir con una función tan
noble como sencilla: informar de la previsión atmosférica con un mapa, unas
cuantas borrascas dibujadas y una sonrisa amable. Ahora no. Ahora el objetivo principal
parece ser meter el miedo en el cuerpo a la población.
El catálogo de
las catástrofes cotidianas
Da
igual lo que marque el termómetro o lo que haga el cielo; el parte se ha
convertido en una sucesión de advertencias apocalípticas:
Si
hace calor, la pantalla se tiñe inmediatamente de un rojo infernal, agitando el
fantasma de la ola de calor y vaticinando riesgos casi mortales para la salud
pública.
Si
hace frío, los informativos se transforman en una campaña sanitaria contra las enfermedades
invernales y el colapso hospitalario.
Si
llueve, el peligro inminente de inundaciones nos acecha en cada esquina.
Si
graniza, la crónica se narra como si estuviésemos sufriendo un bombardeo
estratégico.
Y
si hace viento, la escenografía nos traslada mentalmente a Florida en plena
temporada de huracanes, exigiendo poco menos que evacuar las ciudades.
Bajo
este prisma catastrofista, el mensaje subyacente siempre es el mismo: hace
calor, hace frío, llueve, nieva, graniza o sopla aire... Así que lo más sensato
y seguro es que nos quedemos encerrados en casa, pegados a la pantalla del
televisor, dejando que Papá Estado se ocupe de absolutamente todo.
El control a
través del pánico
No
nos engañemos; detrás de esta hipérbole meteorológica permanente hay una
estrategia bien conocida. Cada vez que anuncian el tiempo, ya no se habla del
tiempo en sí; se habla de catástrofes y graves peligros inminentes.
La
razón es antropológica y política: una población atenazada por el miedo es una
población sumisa. Quien teme por su integridad o por su entorno acata sin
rechistar lo que le dicte el poder, jamás se atreve a cuestionar las decisiones
de la autoridad y termina obedeciendo como un rebaño. La historia universal nos
lo demuestra una y otra vez: los antiguos conquistadores, cuando invadían un
territorio, arrasaban cultivos e incendiaban casas no solo por destruir, sino
para sembrar el terror y lograr que la población local se sometiera sin
resistencia.
Hoy
ya no hacen falta ejércitos invasores; basta con encender la televisión y
comprobar que un simple chubasco de primavera se ha convertido, por obra y
gracia del alarmismo audiovisual, en el fin del mundo.
¡Qué bien nos
vendría leer esto, porque ya se nos ha olvidado!
“Diario del
caos”:
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La Comunicación
no es decir algo al otro, ni siquiera que el otro lo reciba; la clave y lo que
realmente importa en Comunicación es la interpretación que el otro hace de lo
que le decimos. Y siendo así ¿te has mirado a ti mismo para ver en qué te fijas
cuando comunicas algo?
(AZprensa) Cuando
cualquiera de nosotros quiere comunicar algo —ya sea en el ámbito estrictamente
profesional o en el terreno de las relaciones personales—, solemos caer una y
otra vez en la misma trampa: prestamos muchísima más atención a lo que queremos
decir y a cómo lo estamos transmitiendo que a lo que el destinatario está
realmente recibiendo e interpretando.
Nos
obsesionamos con construir un discurso impecable, de ensayar los argumentos y
cuidar la retórica. Sin embargo, de nada nos sirve una exposición brillante de
los hechos o un relato excelente de los acontecimientos si el interlocutor no
lo está percibiendo como a nosotros nos gustaría.
La brújula
apunta al receptor
La
clave de una buena comunicación no reside en el emisor del mensaje, sino en el
destinatario. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, subvierte por
completo la forma en que solemos relacionarnos. Asumir que el éxito de un
mensaje depende de cómo es decodificado al otro lado de la mesa implica un
esfuerzo intelectual adicional y, por supuesto, mucha práctica. Exige salir de
nuestro propio ombligo discursivo para ponernos en la piel de quien nos
escucha.
Por
eso, en el fondo, no es tan importante la cantidad de información que aportemos
como el modo en que seamos capaces de hacerla llegar. Una retahíla de datos
fríos o un argumentario técnico interminable no sirven de nada si no consiguen
sintonizar con la frecuencia de quien tenemos enfrente.
El arte de
conectar
Lograr
esa sintonía requiere ingredientes que van mucho más allá de la mera lógica:
exige altas dosis de entusiasmo, convicción y persuasión. Y, sobre todo,
demanda un ejercicio de alta cirugía mental para ser capaces de sintetizar y
conectar con la audiencia.
Al
final, comunicar no es descargar un archivo en la cabeza del otro, sino
conseguir que el otro, el que recibe nuestro mensaje, lo interprete como
nosotros queremos. Por eso, deberíamos dejar de preguntarnos qué queremos decir
nosotros y empezar a preocuparnos por lo que el otro pueda entender de lo que
le decimos.
Esta es la
asignatura en la que suspenden todos los laboratorios farmacéuticos… y muchas
otras empresas.
“La Comunicación
en la industria farmacéutica”:
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La capacidad de
síntesis es imprescindible en periodismo. Todo periodista sabe que tiene que
resumir en muy pocas palabras lo más importante de una información o unas
declaraciones. Y de esto último, hay un ejemplo digno de haber entrado en el
libro Guinness de los records.
(AZprensa) De todos es
sabido que en televisión el tiempo es oro y que un minuto en antena equivale
prácticamente a una eternidad. Aun así, muchos entrevistados todavía se
sorprenden cuando, tras media hora de conversación pausada y grabada con mimo,
comprueban que el departamento de edición ha decidido despacharlos en apenas
veinte segundos.
Sin
embargo, el mayor prodigio de síntesis televisiva que uno recuerda se produjo
tras la finalización de un partido de fútbol.
Los
corresponsales de una conocida cadena acudieron a la sala de prensa para
recoger las declaraciones del entrenador local. Se supone que estuvieron atentos
a todo lo que se expuso ante los micrófonos, que después revisaron el material
en la redacción y que hicieron una minuciosa selección para resumir lo
acontecido.
Pues
bien, ¿cabe mayor alarde de concisión? Esto que reproduzco a continuación fue
todo lo que los responsables de aquella cadena consideraron suficiente para
ilustrar la noticia: «Sembrado».
Así
es. Una única palabra en boca del técnico; ni siquiera la acompañaron de
sujeto, verbo y complementos circunstanciales. No. Tan solo esa aislada y
rotunda palabra: «sembrado».
La mutilación de
la realidad
Si
uno acude a la trastienda de los hechos, descubre el verdadero alcance del
misterio. En realidad, el entrenador había ofrecido una explicación más o menos
sensata de la victoria: "Desde el inicio se ha puesto el partido como nos
imaginábamos. Durante la semana hemos trabajado estos aspectos, con una defensa
de tres para abrir bien las bandas, y por eso quiero dar la enhorabuena al
equipo, que ha estado sembrado". A partir de ahí, el míster se explayó
detallando cómo los suyos se habían sobrepuesto a las adversidades, mantenido
la fe y demostrado una gran puntería ante la meta rival.
Pero
para los editores de los informativos de aquella cadena, todo ese análisis
táctico, el esfuerzo coral y la crónica del encuentro sobraban por completo. La
rueda de prensa entera quedó reducida a un monosílabo con ínfulas: «sembrado».
¿Cabe
mayor capacidad de reducción al absurdo? Desde luego, semejante ejercicio de
cirugía informativa merecería un puesto de honor en el libro Guinness de los
récords. Al final, nos venden la urgencia como coartada para justificar la
pereza intelectual, convirtiendo el periodismo en una suerte de telegrama
indescifrable donde lo único que cuenta es rellenar huecos a golpe de brocha
gorda. Menos mal que los entrenadores siempre nos dejarán titulares tan
profundos como este para alimentar el desconcierto general.
Si te diviertes
al hacer deporte, habrás ganado… aunque hayas perdido.
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deporte es la sonrisa”:
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Las licencias
farmacéuticas constituyen una práctica muy habitual, aunque a menudo
desconocida para el gran público, dentro del mercado de los medicamentos. Pero
¿en qué consiste exactamente eso de las “licencias”? Aquí te lo epxlicamos.
(AZprensa) Se entiende por
«licencia de producto» el acuerdo estratégico entre dos o más compañías
mediante el cual el laboratorio propietario de un fármaco original cede los
derechos de comercialización a otras empresas licenciatarias. Como resultado de
esta alianza, en el mercado conviven dos o más productos que comparten
exactamente el mismo principio activo, pero se comercializan bajo distintas
marcas y por laboratorios diferentes.
La necesidad de
multiplicar la voz: Atención Primaria
Por
lo general, este tipo de acuerdos se suscriben en productos de amplísima
difusión, especialmente aquellos orientados a los médicos de Atención Primaria.
Son muy pocos los laboratorios en el mundo que disponen de una red de ventas lo
suficientemente gigantesca como para visitar de forma constante a decenas de
miles de médicos de cabecera y mantenerlos puntualmente informados sobre los
últimos avances, indicaciones o estudios clínicos de un fármaco.
La
licencia actúa, por tanto, como un amplificador comercial. Permite que
múltiples equipos de visitadores médicos difundan las virtudes del principio
activo, facilitando que el facultativo pueda prescribirlo —bajo una u otra
marca— con la seguridad de aplicar el tratamiento más beneficioso para cada
paciente a la luz de la evidencia científica más reciente.
Negocio,
amortización y letra pequeña
Desde
una perspectiva económica, esta práctica resulta vital para la viabilidad de la
industria. Permite rentabilizar la cuenta de resultados de un producto
innovador: un porcentaje fijo de las ventas obtenidas por el licenciatario va
directo a la cuenta de beneficios del laboratorio descubridor, ayudándole a
amortizar la ingente y arriesgada inversión económica necesaria para investigar
y sacar al mercado un nuevo medicamento.
Sin
embargo, el camino hasta estampar la firma no es sencillo. Un acuerdo de
licencia exige un proceso de negociaciones complejas y minuciosas que
fácilmente puede prolongarse hasta dos años desde los primeros contactos hasta
la rúbrica del contrato definitivo.
Para
este tipo de alianzas se suelen seleccionar fármacos de primera línea, aquellos
que suponen un auténtico hito en la práctica clínica y cuya información debe
desplegarse ante un universo colosal de prescriptores. Para llevarlo a cabo con
garantías, es necesario blindar un extenso abanico de aspectos legales y
comerciales —no es raro que el contrato final ronde entre las 80 y 100 páginas
de densa prosa jurídica—. Quizá por ello, y debido a la exigencia de los
filtros, solo una pequeña parte de las negociaciones emprendidas terminan
llegando a buen puerto.
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farmacéutico de Alfred Nobel”:
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(Sunday Poetry
Corner)
El mundo de la poesía es tan inmenso y variado que te permite no sólo compartir
sentimientos y emociones, sino también incluso dar alguna sorpresa a los
lectores. Y eso es lo que hemos traído hoy a este rincón dominical: un bello
poema que acabará en un giro que te provocará la sorpresa… y la sonrisa.
¡Disfrútalo!
AQUELLAS TARDES
DE SIESTA
Recuerdo
aquellas tardes de verano
en
la casa de campo
a
las afueras del pueblo.
Con
treinta y cinco grados
-
a la sombra un poco menos-
la
vida estaba quieta y ni una mosca volaba,
todos
como plomos se quedaban
en
sus sitios aplastados de modorra.
Yo
estaba allí y me faltaba algo,
alguien
no estaba,
un
alma inocente que me acompañara.
Salí
en su búsqueda y comencé a gritar:
“Pati,
Pati, Pati...”
nervioso
por no saber dónde estaba. Y al fin,
al
cabo de unos segundos que se mostraron eternos,
escuché
su fina voz cantarina
y
su gracioso paso al andar.
Venía
corriendo hacia mí y yo le abrí mis brazos
para
tener el placer de su suavidad entre mis dedos.
Miles
de besos intercambiamos
y
ya juntos volvimos a la sombra
para
sentarnos.
Con
el calor de la tarde los párpados se cerraron,
mientras
sentíamos ese latir ajeno y tan querido
a
nuestro lado.
Y
así durmimos.
Y
así soñamos.
Con
un mundo para nosotros,
con
un mundo de ilusión para explorarlo.
Ya
después, al cabo de una hora despertamos.
Nos
miramos. Acaricié su cuerpo
y
sentí los besos de su pico blando.
Era
mi Pati, mi patito enamorado,
que
se arreglaba las plumas ya despertado
y
piaba feliz, como siempre, entre mis brazos.
ANÁLISIS Y
COMENTARIO
Por Gemini
La complicidad
estival y el tierno giro de "Aquellas tardes de siesta"
Bajo
la aparente solemnidad de una estampa nostálgica, este poema nos transporta de
inmediato a la atmósfera densa, dorada y silenciosa de las tardes estivales en
el pueblo. Con un pulso narrativo muy medido, el texto demuestra una excelente
capacidad para construir un clima emocional envolvente antes de culminar en un
cierre tan inesperado como entrañable.
Desglose
analítico y claves poéticas
La
escenografía de la quietud: Los primeros versos sitúan al lector con precisión
cinematográfica: "Con treinta y cinco grados / -a la sombra un poco menos-
/ la vida estaba quieta y ni una mosca volaba". La hipérbole popular y la
descripción del sopor de la siesta configuran un paisaje físico donde el tiempo
parece suspenderse. En ese entorno de modorra generalizada, el poeta introduce
el motor del poema: un vacío, la ausencia de una compañía imprescindible.
La
tensión del extravío: El tono se tiñe momentáneamente de urgencia dramática
mediante la búsqueda y la llamada repetida (“Pati, Pati, Pati...”). El ritmo se
acelera con los "segundos que se mostraron eternos", preparando el
terreno para el reencuentro. Las expresiones de afecto ("suavidad entre
mis dedos", "miles de besos intercambiamos") intensifican la
calidez de la escena, sugiriendo un vínculo de profunda ternura.
El
refugio compartido y el despertar onírico: La vuelta a la sombra consolida el
idilio estival. El sueño compartido bajo el calor de la tarde refuerza la
comunión entre el yo poético y su acompañante, mecidos por un "mundo de
ilusión". La atmósfera creada es universal, evocando los afectos puros de
la infancia o la juventud en el entorno rural.
El
giro final (la sorpresa y la sonrisa): El punto culminante del poema reside en
su revelación final: "Era mi Pati, mi patito enamorado". El suspense
creado por la ambigüedad deliberada del nombre y de los afectos se resuelve con
un toque de humor blanco y delicadeza pastoral. El "pico blando" y el
plumaje que se arregla desvelan la identidad del fiel compañero, transformando
la lectura en una sonrisa cómplice.
Una reflexión
final
"Aquellas
tardes de siesta" es una muestra de cómo la poesía puede transitar de la
nostalgia a la cercanía más entrañable sin perder elegancia. El poema nos
recuerda que los afectos más puros y memorables de nuestra juventud no siempre
responden a las convenciones humanas, sino que a veces encuentran su refugio en
los seres más insólitos y frágiles de la naturaleza. Una delicia literaria que
arranca una sonrisa inevitable.
Una selección de
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emociones”:
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No hay nada como
una tranquila velada familiar. Y, si no, que se lo digan a los personajes de
aquella mítica serie de televisión de los años ochenta “Falcon Crest”.
(AZprensa) Cuando me
encontré con este árbol de relaciones familiares, me quedé admirado ante el
excelente trabajo realizado por quien se tomó la paciencia de poner un poco de
orden en semejante laberinto genealógico. Gracias a él podemos seguir los
sucesivos matrimonios, divorcios y viudedades de cada protagonista; las
relaciones de parentesco, tanto legítimas como ilegítimas; los hijos que
aparecen por aquí y por allá; y los insólitos cruces de relaciones entre las
distintas familias. Todo ello perfectamente encajado en un auténtico
rompecabezas familiar. Una verdadera obra de arte.
Porque
en Falcon Crest averiguar quién estaba con quién no era precisamente tarea
sencilla. Uno se casaba con una persona, se divorciaba, volvía a casarse con
otra, que a su vez ya había estado casada con un tercero... y, por supuesto,
siempre podía aparecer un hijo legítimo o ilegítimo que complicara un poco más
las cosas.
Aunque
no hayas visto ningún episodio de la serie —estuvo en antena durante nueve
temporadas y después se emitió en numerosas reposiciones—, puedes pasar un buen
rato siguiendo las flechas de este peculiar “árbol genealógico y de
relaciones”, tratando de averiguar quién está con quién, quién estuvo antes con
quién, qué parentesco tiene este con aquel y por qué demonios todos parecen
estar relacionados con todos.
En
realidad, más que un árbol genealógico, parece uno de esos pasatiempos en los
que hay que seguir las líneas para descubrir dónde terminan. Así que, si alguna
vez pensaste que organizar una tranquila velada familiar era algo sencillo,
quizá después de echar un vistazo a este árbol cambies de opinión. Y, sobre
todo, agradecerás que el árbol genealógico de tu familia no se parezca al de Falcon
Crest.
Aquella mítica
serie de televisión de los ochenta escondía un mensaje secreto que ahora ha
sido desvelado.
“La Biblia de
Falcon Crest”
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Hay estudios
científicos realizados sobre una amplia muestra de personas, que suponen un
gran trabajo y un alto coste… que podrían haberse ahorrado, porque las
conclusiones ya las conocemos todos sin necesidad de ninguna investigación que
lo certifique. He aquí una muestra…
(AZprensa) Según un
estudio realizado hace unos años sobre más de 11.000 mujeres embarazadas, se
demostró con todo el rigor científico que las personas que tenían un perro
tenían aproximadamente un 50 por ciento más de probabilidades de alcanzar la
cantidad recomendada de ejercicio diario —unos 30 minutos caminando a paso
ligero— que aquellas que no tenían perro.
La
verdad es que, al conocer este descubrimiento, uno no puede dejar de preguntarse
cuánto dinero y cuánto trabajo costó llegar a semejante conclusión. Porque, si
para demostrar que tener un perro hace que uno camine más hay que estudiar a
más de 11.000 personas, quizá lo que necesitábamos no era un estudio
científico, sino simplemente tener un perro.
Cualquiera
que haya tenido uno sabe perfectamente cómo funciona el asunto. El perro no
entiende de sedentarismo, pereza ni días de descanso. Llega la hora del paseo y
ahí está, mirándote fijamente, moviendo la cola y recordándote —sin necesidad
de palabras— que hay un compromiso ineludible. Y si uno intenta hacerse el
distraído, el perro insiste. Y si sigue sin hacerle caso, insiste un poco más.
Y si tampoco funciona, siempre queda el recurso de coger la correa y mirarte
como diciendo: «¿Nos vamos o tengo que presentar una reclamación?».
Así
que no hace falta ser investigador para llegar a la conclusión de que un perro
es una especie de entrenador personal que no cobra, no acepta excusas y,
además, se alegra muchísimo de verte.
Pero
los investigadores no se quedaron ahí. Al parecer, no contentos con haber
descubierto que los propietarios de perros caminan más, anunciaron que querían
realizar otro estudio para averiguar “por qué los propietarios de perros
grandes caminan más rápidamente, en comparación con los propietarios de perros
pequeños”, según declaró la doctora Sandra McCune, directora del Programa de
Investigación de Mars Petcare.
Y
aquí es donde la ciencia vuelve a sorprendernos.
Porque,
sinceramente, ¿de verdad hacía falta otro estudio para descubrirlo? ¿Nadie se
había fijado en que los perros grandes tienen más fuerza y las patas más largas
que los perros pequeños?
Es
bastante probable que un mastín tirando de la correa tenga una opinión muy
diferente sobre la velocidad del paseo que un chihuahua. Y si el primero decide
que ha llegado el momento de caminar, el propietario quizá no tenga más remedio
que acompañarle… a la velocidad que marque el perro.
De
hecho, puestos a investigar, yo propondría un estudio mucho más ambicioso: averiguar
por qué los propietarios de perros grandes, cuando llegan a casa, tienen a
veces la sensación de haber hecho 30 minutos de ejercicio de alta intensidad,
mientras que el perro parece dispuesto a salir otra vez.
Aunque
sospecho que, para resolver este último misterio, tampoco harán falta 11.000
voluntarios. Bastará con preguntarle al perro.
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¿Tienen las
personas tacañas una mejor salud cardiovascular? Así creí entenderlo después de
leer la noticia sobre un estudio científico realizado por investigadores del
Boston Medical Center, en Estados Unidos.
(AZprensa) ¿Será posible
que los tacaños tengan menos probabilidades de sufrir una enfermedad
cardiovascular? Esta pregunta me asaltó —aunque, afortunadamente, sin llevarse
ni un euro de mi cartera— al leer una información publicada en la prensa sobre
un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center,
en Estados Unidos.
La
noticia hablaba de una relación entre la “capacidad de agarre” y la salud
cardiovascular. Y claro, uno, que está acostumbrado a interpretar las cosas a
su manera, pensó inmediatamente en esos individuos que tienen una
extraordinaria capacidad para agarrarse al dinero y no soltarlo ni aunque les
hagan cosquillas.
¿Será
entonces que los tacaños tienen menos problemas cardiovasculares? ¿Habrá
descubierto la ciencia que ser un “agarrao” protege el corazón? Porque, puestos
a buscar una explicación, tampoco sería tan descabellado: quizá su preocupación
por no gastar un céntimo les lleva a cuidar tanto su salud que consiguen evitar
cualquier enfermedad que pueda obligarles a pasar por caja. ¡Con tal de no
pagar al médico, son capaces hasta de no ponerse enfermos!
Pero
leí la información con un poco más de calma y descubrí que la “capacidad de
agarre” de la que hablaban los investigadores no tenía absolutamente nada que
ver con la capacidad de una persona para agarrarse a sus euros. Se referían,
sencillamente, a la fuerza de la mano para sujetar objetos. Y esa fuerza sí
parece guardar relación con un mejor estado general de salud.
De
modo que mi interpretación inicial era completamente errónea. Aunque, bien
pensado, tampoco estoy tan seguro de que los investigadores tengan toda la
razón al considerar que una buena capacidad de agarre es un indicativo de buena
salud.
Porque
quizá lo que ocurre es justamente al revés: los tacaños han desarrollado una
extraordinaria musculatura en las manos de tanto tener el puño cerrado. Llevan
toda la vida agarrando las monedas con fuerza, sujetando los billetes como si
se los fueran a quitar y apretando la cartera contra el pecho ante cualquier
intento de acercamiento. Y
así, naturalmente, terminan teniendo una fuerza de agarre envidiable.
Lo
que ya no está tan claro es que eso tenga algo que ver con su salud
cardiovascular. Aunque, si algún día aparece un estudio que demuestre que abrir
la mano para pagar mejora la circulación sanguínea, los tacaños tendrán un
problema: tendrán que elegir entre conservar la salud… o conservar el dinero.
Y
tratándose de un buen “agarrao”, me temo que ya sé cuál de las dos cosas
elegirá.
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único medicamento sin efectos secundarios… bueno, si acaso, algo de hipo.
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Algunos
laboratorios farmacéuticos tienen en el propio nombre que los identifica uno de
sus principales rivales para conseguir algo tan importante como que el público
general los identifique y los recuerde: la pronunciación.
(AZprensa) Si yo hablo de
“peficer”, es posible que muchos no sepan a quién me refiero. Y si digo
“fáiser”, quizá otros sí caigan en la cuenta de que estoy hablando de ese
desconocido laboratorio líder cuyo nombre se escribe Pfizer. El problema es
que, para quien no sabe inglés, ni la escritura ni la pronunciación resultan
precisamente intuitivas.
Algo
parecido sucede con GSK. Muchos se refieren a ella como “geseca”, que es una
adaptación perfectamente comprensible de esas tres letras. Pero si uno intenta
pronunciar su nombre completo, GlaxoSmithKline, la cosa se complica bastante
más. Y si además pretende que un español lo escriba después de haberlo oído,
puede comenzar la aventura ortográfica.
Hay
nombres que ya parecen diseñados para poner a prueba nuestra capacidad de
pronunciación. Por ejemplo, Boehringer Ingelheim. En España es frecuente oír
toda clase de aproximaciones fonéticas y, cuando alguien tiene que escribirlo
después de escucharlo, empieza el verdadero desafío. Algo parecido ocurre con
Schering-Plough o, para quienes no estén familiarizados con el inglés, Johnson
& Johnson: el nombre puede conocerse perfectamente y, sin embargo, no
resultar tan sencillo reproducirlo por escrito después de oírlo.
Y
luego están aquellos nombres cuya dificultad no está tanto en las consonantes
como en saber dónde poner el acento.
Un
buen ejemplo es AstraZeneca. En español existe la tendencia a pronunciarlo como
si fuera una palabra llana, a pesar de que la pronunciación inglesa de este
nombre pone el acento en la sílaba “ze”. Por eso, al trasladarlo al español,
debería escribirse con acento gráfico en esa sílaba, así: “AstraZéneca”. Puede
parecer una cuestión menor, pero cuando un nombre de marca se repite miles de
veces en conversaciones, congresos, medios de comunicación y campañas
publicitarias, cualquier dificultad de pronunciación termina multiplicándose.
En
cambio, hay laboratorios que lo tienen bastante más fácil. Bayer, Novartis,
Almirall, Sanofi, Roche o Merck son nombres relativamente cortos, fáciles de
recordar y, con las correspondientes diferencias de pronunciación según el
idioma, bastante sencillos de identificar.
Y
esto no es una cuestión puramente lingüística. El nombre forma parte de la
marca y, por tanto, también forma parte de la comunicación. Una empresa puede
invertir millones en publicidad, relaciones públicas, congresos, patrocinios y
comunicación corporativa, pero si después el público no sabe pronunciar su
nombre o duda sobre cómo escribirlo, habrá levantado una pequeña barrera
innecesaria entre la marca y las personas.
Además,
en la industria farmacéutica existe una circunstancia especialmente importante:
sus nombres no se dirigen únicamente a profesionales que conocen perfectamente
la compañía, sino que terminan apareciendo en periódicos, informativos, redes
sociales, páginas web y conversaciones cotidianas. Cuanto más conocida se hace
una compañía, más importante resulta que su nombre sea fácil de identificar,
recordar, pronunciar y reproducir.
Por
eso, cuando se crea un laboratorio y se busca un nombre para la compañía, hay
una primera regla de oro que debería tenerse muy presente: además de ser corto,
distintivo y fácil de recordar, debería ser también fácil de pronunciar y
escribir en el mayor número posible de idiomas.
Porque
una cosa es tener un nombre internacional y otra muy distinta es conseguir que
todo el mundo sepa cómo decirlo. Y si para conseguirlo hay que dar antes un
cursillo de fonética, quizá el departamento de marketing debería plantearse si
no habría sido más sencillo empezar por cambiar el nombre.
La historia de
la industria farmacéutica a través de uno de sus grandes laboratorios…
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farmacéutico de Alfred Nobel”:
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Este artículo se
centra en algo tan revolucionario en el mundo de la empresa como la capacidad
de liderazgo, la dirección de empleados y la no penalización del error al
considerarlo como elemento clave para la formación y el éxito futuro.
(AZprensa) Si os fijáis en
la valoración de cualquier compañía farmacéutica, comprobaréis que los
empleados representan alrededor del 10 por ciento del valor de capitalización
de mercado de la compañía. Pero una compañía no es otra cosa que el conjunto de
las personas que la forman, y es precisamente el valor intelectual de esas
personas lo que hace que una empresa sea realmente valiosa.
Por
eso resulta, cuando menos, preocupante que no se dé a los empleados todo el
valor y reconocimiento que merecen. Despedir a personas con una gran
experiencia y conocimiento de la empresa y sustituirlas por otras con una buena
titulación, pero faltas de experiencia y conocimiento —tanto de la propia
empresa como del sector— y que, a cambio, aceptan salarios más bajos, no es
otra cosa que devaluar la compañía.
Sustituir
a dos empleados experimentados por uno de los nuevos y pretender que este asuma
el trabajo de aquellos dos y, además, cumpla sobradamente todos los objetivos,
es simplemente una muestra de incompetencia directiva.
Cualquier
compañía debería construirse alrededor del capital intelectual de las personas
que la forman, alrededor del valor contrastado de “su gente”. Y es precisamente
ahí donde se demuestra el auténtico liderazgo: en conseguir que una compañía
sea un lugar donde todo el mundo quiera entrar a trabajar o colaborar, donde
trabajar en ella constituya siempre una primera elección.
Para
conseguirlo resulta imprescindible crear una atmósfera creativa y entusiasta,
en la que los empleados tengan la oportunidad de expresar sus ideas y
desarrollar todo su potencial.
Delegar no es
desentenderse
El
empowerment, o lo que podríamos llamar delegar con responsabilidad, es algo que
—en teoría— forma parte de la política de muchas compañías. Pero, en demasiadas
ocasiones, se queda precisamente en eso: en teoría, en palabras que figuran muy
bien en los manuales de dirección pero que después rara vez se llevan a la
práctica.
Porque
delegar no consiste simplemente en asignar responsabilidades a los empleados y
hacerlos más partícipes de la compañía. Implica desarrollar toda una cultura en
la que las personas se sientan cómodas a la hora de tomar decisiones, confiar
en los demás y asumir la responsabilidad de las medidas adoptadas.
Un
directivo debe centrarse en los temas importantes, no pretender controlar hasta
el último detalle de lo que hacen sus colaboradores.
Delegar
con responsabilidad empieza en el momento en que los miembros del equipo
directivo depositan realmente su confianza en las personas de la compañía. Y
eso conlleva, entre otras cosas, dejar de fiscalizar permanentemente su
trabajo, animar a la toma de decisiones y eliminar todos aquellos trabajos,
controles y revisiones que no aportan nada.
El
trabajo de los directivos debería consistir en apoyar a las personas y a los
equipos en los asuntos importantes, no en dirigirlos en cada detalle nimio de
su actividad.
El error también
enseña
En
una compañía que aspire a ser líder deberían quedar desterradas todas aquellas
conductas que convierten el trabajo en una búsqueda permanente de culpables.
Los
empleados deben sentirse libres y animados para tomar decisiones y asumir
riesgos, aun sabiendo que algunas veces se equivocarán. Porque el error forma
parte del aprendizaje. Naturalmente, hablamos de errores asumibles, no de negligencias
o de actuaciones irresponsables. Pero una organización que no permite
equivocarse es también una organización que termina por no permitir innovar.
Un
buen directivo debería dedicar una buena parte de su tiempo al contacto directo
y personal con sus empleados. De lo que ellos le digan puede aprender mucho. La
forma en que responden a los retos, aquello que les estimula, lo que les
preocupa y las dificultades que encuentran son elementos fundamentales para
saber cómo dirigir una compañía.
Sin confianza en
el equipo no hay éxito
Para
llegar a ese modelo, el camino pasa por el diálogo constante y por unos
directivos cuya puerta esté siempre abierta para escuchar a sus empleados,
atender sus propuestas y animarles a llevar adelante aquellas iniciativas cuyos
fundamentos permitan pensar que pueden llegar a buen puerto.
Hay
que dejar que la creatividad alcance su plenitud e impulsar a las personas a
explorar nuevos límites. Porque si los directivos no confían realmente en su
equipo, difícilmente conseguirán que sus integrantes desarrollen todas sus
capacidades en beneficio de la compañía.
El
error forma parte intrínseca del ser humano. Por eso es necesario arriesgar y
probar constantemente nuevos métodos y nuevas vías. Si, en lugar de incentivar la
creatividad, se fiscalizan todas las actuaciones y los empleados trabajan bajo
el temor permanente a ser reprendidos si cometen un error, lo más probable es
que dejen de tomar decisiones propias.
Y
llegará un momento en que nadie se atreva a dar un solo paso sin contar
previamente con todas las bendiciones, autorizaciones y firmas
correspondientes. Por desgracia, cuando finalmente se consiguen todas esas
autorizaciones y apoyos... la oportunidad ya ha pasado y todo el esfuerzo ha
sido en balde.
Por
eso me quedo con aquellos directivos que apuestan por un equipo motivado —y
también recompensado de acuerdo con su valía—, al que se permite arriesgar,
experimentar y poner en práctica nuevas ideas en un mercado cada día más
competitivo y difícil. Porque dirigir no es controlar a las personas. Es
conseguir que las personas quieran dar lo mejor de sí mismas. Y para eso hace
falta algo tan sencillo —y tan difícil— como confiar en ellas.
La historia de
la industria farmacéutica a través de uno de sus grandes laboratorios…
“El legado
farmacéutico de Alfred Nobel”:
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