viernes, 24 de abril de 2026

La Historia es mentira

(AZprensa)
La Historia, esa asignatura que nos relata nuestro pasado, es mentira. El poder nunca ha dejado de manipular el relato del pasado a su conveniencia, y en pleno siglo XXI seguimos viendo cómo los libros de texto, las exposiciones y los discursos oficiales se ajustan como trajes a medida según quién manda.
 
En Estados Unidos los libros de texto de historia en muchos institutos siguen tratando la guerra de Vietnam con una mezcla de brevedad conveniente y enfoque selectivo. Aunque algunos manuales dedican páginas al sufrimiento de los soldados americanos y a las protestas, es habitual que el contexto más incómodo —las mentiras oficiales, los bombardeos masivos sobre civiles o el papel de las empresas— quede diluido o directamente suavizado. La narrativa tiende a centrarse en el “infierno” vivido por los jóvenes estadounidenses, pero no siempre profundiza en por qué se libró esa guerra ni en sus consecuencias reales para Vietnam. Y mientras, en otros estados, las oleadas de censura contra libros y currículos han alcanzado niveles nunca vistos, atacando cualquier contenido que incomode la versión oficial del pasado.
 
En Francia, el gran tabú de la colaboración con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial sigue siendo un tema delicado. La redada del Velódromo de Invierno de 1942 —cuando la policía francesa detuvo a más de 13.000 judíos, incluidos miles de niños, para entregarlos a los alemanes— aparece en los libros de texto, pero a menudo con un tono que minimiza la responsabilidad del régimen de Vichy. Hubo progresos en los años 90 y 2000 con reconocimientos oficiales, pero todavía hoy surgen debates y libros que intentan “matizar” o relativizar la implicación activa de las autoridades francesas. Como si el paso del tiempo permitiera seguir puliendo la memoria nacional para que duela menos.
 
Y en España… en España cada vez es más evidente el vaivén. Durante décadas se minimizó o justificó la dictadura de Franco; ahora, con las leyes de Memoria Democrática, se impulsan catálogos de símbolos para retirar, se proponen desclasificaciones de archivos y se promueven narrativas que en muchos casos son igual de parciales, solo que del lado contrario. El Museo del Ejército y otras instituciones han vivido presiones y censuras según el color del gobierno de turno. Franco sigue estando presente, sólo que ahora las referencias que quedan suelen ser caricaturescas o selectivas. Lo que antes se glorificaba, ahora se demoniza, y viceversa. El resultado es el mismo: una historia contada a trozos, según convenga al poder de cada momento.
 
El poder, desde siempre, ha intentado manipular la historia a su antojo. Ya los antiguos egipcios borraban las estelas y los cartuchos de los faraones rivales o incómodos —como hicieron con Akhenatón, el “hereje” que quiso cambiar la religión, o con Hatshepsut— para que pareciera que nunca habían existido. Damnatio memoriae, lo llamaban los romanos siglos después: condenar al olvido. Y por lo que se ve, en 5.000 años no hemos avanzado nada. Seguimos borrando, reescribiendo, censurando y celebrando según sople el viento político.
 
La historia es mentira. La de España, también. Y la de casi todos los países, si rascamos un poco. Porque la historia que nos cuentan no es lo que pasó, sino lo que los vencedores —o los que mandan hoy— deciden que recordemos.
 
Quizá la única forma de acercarnos a la verdad sea leer con desconfianza, contrastar fuentes diversas y no fiarnos nunca de una sola versión oficial. Porque si algo no ha cambiado en estos años es esto: el que controla el relato del pasado, suele controlar también el presente.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

jueves, 23 de abril de 2026

El café de la mañana: mucho más que depertar

(AZprensa)
¿Sabías que esa taza de café que tomas cada mañana podría estar haciendo mucho más que despertarte? No solo te da energía: un estudio reciente revela que el café —incluso el descafeinado— transforma positivamente las bacterias que viven en nuestro intestino, mejorando nuestra salud general. Lo explica el prestigioso epidemiólogo Tim Spector, experto mundial en microbiota, en un artículo que ha dado mucho que hablar.

¿Qué es la microbiota intestinal y por qué importa tanto?
 
Tu intestino es un ecosistema vivo compuesto por billones de bacterias, virus y hongos que trabajan juntos. A este “equipo” se le llama microbiota intestinal o microbioma. Estas bacterias no solo digieren la comida; influyen en tu sistema inmune, tu estado de ánimo, tu peso y hasta en el riesgo de enfermedades como la diabetes o problemas del corazón. Cuando la microbiota es rica y diversa (es decir, con muchas especies diferentes de bacterias buenas), nuestro cuerpo funciona mejor. Y aquí es donde entra el café.
 
El gran descubrimiento: más de 100 bacterias “amigas” del café
 
Un equipo internacional liderado por investigadores de ZOE (la empresa de nutrición personalizada de la que es cofundador Spector) analizó los microbiomas de más de 22.000 personas de 25 países. Los resultados, publicados en la prestigiosa revista Nature Microbiology en 2024, son claros: los bebedores habituales de café tienen un microbioma más rico y diverso que quienes no lo toman.
Entre las más de 100 especies bacterianas relacionadas con el café, una destaca especialmente: la Lawsonibacter asaccharolyticus. Esta bacteria aparece entre 6 y 8 veces más en las personas que beben café de forma regular. Lo curioso es que no es una bacteria “rara”: ya estaba en el intestino, pero el café la “activa” y la hace multiplicarse. Experimentos en laboratorio confirmaron que el café estimula directamente su crecimiento.

No es la cafeína: son los polifenoles del café
 
Muchos piensan que los beneficios vienen de la cafeína, pero no. El estudio demostró que el café descafeinado produce el mismo efecto. ¿Qué tiene entonces de especial el café? Su rica mezcla de compuestos vegetales, especialmente los polifenoles. Estos compuestos actúan como “alimento” para ciertas bacterias. Una vez en el intestino, las bacterias los transforman en metabolitos beneficiosos, como el ácido quínico y el hipurato. Estos metabolitos se asocian con mejor salud metabólica y cardiovascular. En otras palabras: el café no solo llega al intestino, sino que cambia cómo funciona todo el ecosistema.
 
¿Qué beneficios concretos tiene para tu salud?
 
- Microbiota más saludable: Mayor diversidad bacteriana, que se relaciona con mejor digestión y menos inflamación.
- Salud metabólica y del corazón: Los bebedores habituales muestran mejores indicadores de riesgo cardiovascular y metabólico.
- Efecto general: Estudios previos ya vinculaban el consumo moderado de café con menor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas y algunos cánceres. Ahora sabemos que parte de ese beneficio podría pasar por el intestino.
 
Es importante destacar que los beneficios aparecen con el consumo habitual, no con una sola taza de vez en cuando. Pero tampoco hace falta exagerar: 2-4 tazas al día (incluso descafeinado) parecen suficientes según los datos. La ciencia no dice que el café sea “imprescindible”, sino que es una herramienta sencilla y accesible para cuidar tu microbiota. Otras formas de enriquecerla son comer más fibra, yogures con probióticos y evitar ultraprocesados.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

El prospecto: ¿Documento legal o informativo?

(AZprensa) En teoría, el prospecto de un medicamento es un documento pensado para el paciente: un texto claro que explique cómo actúa ese fármaco contra su enfermedad, cómo debe tomarlo, en qué dosis y con qué precauciones. Una guía de ayuda para el enfermo al que brinda un conocimiento útil y accesible. Pero… 

Sin embargo, la realidad es muy distinta. El prospecto se ha convertido, ante todo, en un documento de medicina defensiva: un escudo legal cuidadosamente redactado para que quede constancia escrita de que se ha advertido al paciente de todos los efectos secundarios posibles, por remotos o improbables que sean. De este modo, el laboratorio y el médico quedan eximidos de cualquier responsabilidad si, aun siguiendo correctamente la prescripción, aparece uno de esos efectos.
 
En consecuencia, los prospectos se han transformado en largos textos densos, repletos de terminología médica impenetrable, impresos en letra minúscula que desafía incluso a una lupa de buen tamaño. Se detallan allí desde las reacciones más frecuentes hasta las más exóticas y estadísticamente insignificantes, como si el objetivo no fuera informar, sino cubrirse las espaldas ante cualquier eventualidad judicial.
 
Así, las reacciones habituales de un paciente al enfrentarse al prospecto son predecibles y casi rituales:
(1) Disgusto al comprobar que apenas entiende nada de lo que pone, pese a esforzarse con gafas o lupa, ante un lenguaje técnico que parece diseñado para expertos y no para personas comunes.
(2) Asombro y estupor al leer la interminable lista de efectos secundarios que, según el papel, podría provocar el medicamento: desde mareos leves hasta problemas graves que suenan aterradores, aunque muchos sean rarísimos.
(3) Firme decisión de tirar el prospecto directamente a la basura y no volver a leer ninguno más… o, en el peor de los casos, de incumplir las recomendaciones del médico por el miedo que se le ha metido en el cuerpo.
 
El resultado es paradójico: un documento nacido con la noble intención de informar termina generando confusión, desconfianza y, a veces, incluso rechazo al tratamiento. En lugar de tranquilizar y orientar, asusta y desanima.
 
Quizá haya llegado el momento de replantearse su verdadera función. Porque si el prospecto prioriza la defensa legal sobre la claridad y la utilidad para el paciente, deja de ser un instrumento de salud para convertirse en un mero trámite burocrático. Y el enfermo, que solo busca curarse, se queda con un papel que más bien parece advertirle: “tómalo bajo tu propio riesgo… y con nuestra responsabilidad cubierta”. Al final, como en tantas otras cosas de la vida, el prospecto ideal sería aquel que realmente ayudase a equivocarse lo menos posible… o, al menos, a entender mejor los riesgos sin perder la confianza en el remedio.
 

“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
https://amzn.eu/d/gj7ZWcj

miércoles, 22 de abril de 2026

Todo va demasiado deprisa

Los jóvenes nacen sabiendo. Los mayores aprendemos a duras penas. Y cuando por fin dominamos esa tecnología, el dispositivo ya es una antigüedad. Bienvenidos al ciclo sin fin de la obsolescencia feliz. 

(AZprensa) Qué duda cabe de que los jóvenes ya nacen con una habilidad innata para manejar cualquier artilugio electrónico que se cruce en su camino. Con los mayores ocurre exactamente lo contrario: cada aparatito nuevo que sale al mercado representa una curva de aprendizaje que, dependiendo del modelo y del estado de nuestras neuronas, puede oscilar entre la tarde del sábado y varias semanas de sufrimiento silencioso. De ahí que recurramos a ellos con cierta frecuencia —y con toda la humildad que la situación exige— para que nos expliquen cómo funciona tal o cual función del dichoso cacharro.
 
El problema es que los jóvenes son pésimos maestros. No por mala voluntad, sino por exceso de capacidad: lo que para ellos es tan obvio como respirar, para nosotros es neurocirugía. Su respuesta pedagógica invariablemente consiste en lo siguiente: agarrar el aparato, mover los dedos a una velocidad que haría palidecer a un ilusionista de circo, y anunciar triunfalmente «¡Es muy fácil: así, así y así! ¡Ya está!». En ese intervalo de uno o dos segundos —que es todo lo que dura la clase magistral— el alumno no ha podido ver absolutamente nada. Los dedos se mueven a tal velocidad, y tapando además las diminutas teclas, que seguir la explicación es tan factible como leer un libro que alguien agita delante de tus ojos. Resultado: te quedas exactamente igual que al principio, pero con el añadido de haberle dado las gracias por la ayuda.
 
«Seis meses de antigüedad en tecnología equivalen, en términos de presión social, a llegar a una fiesta con un teléfono de disco colgado al cuello.»
 
El manual, la victoria y la condena
 
Es entonces cuando uno decide tomar el asunto por su cuenta y recurrir al manual de instrucciones. Ese documento que nadie lee, que los jóvenes consideran una reliquia arqueológica y que los mayores abordamos con una lupa y la determinación de quien se enfrenta a una oposición de notarías. Tras muchas horas de estudio, muchas semanas de práctica y algún que otro momento de duda existencial, uno acaba manejando el aparato con una soltura que, sin ser la de un nativo digital, al menos permite desenvolverse sin llamar a nadie.
 
Y justo en ese momento —justo cuando uno se sienta a disfrutar del logro con la tranquilidad del alpinista que alcanza la cima— empieza el bombardeo. Los anuncios, los comentarios, la presión social y la maquinaria comercial se conjuran para recordarte que ese aparato que acabas de dominar es, a todos los efectos prácticos, una antigüedad.
 
Cualquier cosa que tenga más de seis meses ya no es tecnología: es folclore. Ha salido el nuevo modelo, con funciones que no necesitas, en un diseño ligeramente distinto al anterior y a un precio que invita a la reflexión filosófica. Si no lo compras —te dicen, con la sutileza de un martillo neumático— no podrás ser feliz. La sociedad te mirará con una mezcla de lástima y reprobación. Tus amigos cambiarán de tema cuando te vean sacar esa “reliquia”, y tus hijos y nietos se avergonzarán.
 
Y uno, al que tanto trabajo le ha costado aprender lo básico de ese aparatito, se pregunta si no hubiera sido mejor haber nacido veinte años después. O en su defecto, no haber prestado atención a los anuncios ni a la presión social.
¡Qué cosas…!
 
Imagen: Murales de arte urbano del artista Román Linacero (alias “Sr. Momán”) en el pueblo Navas de la Asunción.
 

“Memorias de un Dircom”:
https://amzn.eu/d/bqTXy6C

¿Por qué murieron las revistas médicas?

(AZprensa) Hace unas décadas, el sector editorial médico en España era un ecosistema vivo y variado. Existían numerosas editoriales que publicaban revistas médicas de todo tipo: unas de carácter estrictamente científico, rigurosas y especializadas; otras que combinaban con buen criterio el contenido clínico con la cultura, las humanidades y la reflexión sobre la profesión. Era, en conjunto, un espacio de encuentro entre la ciencia y el pensamiento, entre el médico como profesional y el médico como persona. Ese espacio fue desapareciendo poco a poco, con la discreción silenciosa de las cosas que se van sin que nadie convoque un funeral. Algunas publicaciones intentaron el salto a la versión digital. Pocas sobrevivieron. La mayoría simplemente dejó de existir.
 
La pregunta es sencilla: ¿por qué? Y la respuesta, me temo, también lo es, aunque no resulte cómoda para algunos de los implicados. Lo expliqué en su momento, y el tiempo —ese árbitro implacable que no acepta sobornos— me ha dado la razón.
 
«Cuando no se hace Publicidad sino que simplemente "se ponen anuncios", es evidente que ese es un gasto que se puede recortar. El error estaba mucho antes: en haber permitido que se confundieran ambas cosas.»
 
El problema: confundir el anuncio con la publicidad
 
Las revistas médicas vivían, en buena medida, de la publicidad de los laboratorios farmacéuticos. Esa es la realidad, y negarla sería tan ingenuo como inútil. Lo que ocurrió es que, cuando llegaron los recortes —y siempre llegan, en los laboratorios como en todas partes—, lo primero que se recortó fue la inversión publicitaria en revistas porque, en realidad, nunca había sido una inversión sino un gasto. Un gasto consentido, a veces por compromiso, a veces por simpatía hacia el editor de turno, a veces simplemente para aparentar que se hacía algo. «Ponemos un anuncio en la revista del doctor Fulano» no es publicidad: es un acto social disfrazado de estrategia de comunicación.
 
La publicidad —la Publicidad con mayúscula, la que merece ese nombre— es una herramienta de comunicación con objetivos medibles, con un público definido, con un mensaje construido y con un retorno esperado. No es un favor que se le hace a alguien. No es una forma de quedar bien en el sector. No es el equivalente corporativo de enviar una tarjeta de felicitación. Quien confunde ambas cosas no está haciendo publicidad: está despilfarrando dinero. Y cuando hay que recortar, lo primero que cae es aquello cuya utilidad nunca quedó demostrada.
 
No voy a extenderme aquí en explicar en qué consiste la publicidad bien entendida: hay bastantes libros publicados sobre el tema —algunos de ellos firmados por quien escribe estas líneas— y quien quiera formarse una opinión rigurosa tiene material de sobra a su disposición. Lo que sí vale la pena señalar es que, antes de recortar la partida publicitaria, los responsables de los laboratorios habrían hecho bien en recortar algo anterior: las cabezas —o al menos los cargos— de quienes aprobaron durante años que se tirara el dinero de la empresa «poniendo anuncios» sin criterio, sin estrategia y sin la menor intención de medir si aquello servía para algo.
 
La ineptitud, ese mal endémico
 
Porque el problema no es exclusivo del sector farmacéutico ni del mundo editorial médico. Es un problema transversal, perfectamente reconocible en cualquier ámbito de la vida económica y social española. La tendencia a gastar sin pensar, a aprobar partidas por inercia, a confundir la actividad con la productividad y el movimiento con el avance, es algo que vemos todos los días. Y cuando llega la hora de rendir cuentas —que siempre llega— los que pagan las consecuencias no son quienes tomaron las decisiones equivocadas, sino los que dependían de que esas decisiones fueran correctas: en este caso, las revistas, sus redacciones, sus lectores y, en última instancia, una profesión médica que perdió un espacio de formación, reflexión y cultura que nadie ha sabido sustituir del todo.
 
Para comprobarlo no hace falta irse muy lejos. Basta con echar un vistazo a cómo se gestiona el dinero público en este país, empezando por el Gobierno y bajando pacientemente por todos los escalones de la Administración. El despilfarro no es una anomalía: es casi un sistema. Y la ineptitud que lo alimenta tampoco es accidental: es, en demasiados casos, el resultado previsible de poner al frente de la gestión a personas incompetentes.
 
Las revistas médicas murieron, en su mayoría, porque alguien confundió “poner anuncios” con “invertir en publicidad”. No es un epitafio muy glorioso; pero es la dolorosa verdad.
 

“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
https://amzn.eu/d/gj7ZWcj