Una parte muy
importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y
capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan
iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean
censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor equivocarse y aprender de ello, que no
hacer nada por miedo a cometer un error.
(AZprensa) Por supuesto,
nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad
profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de
haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien
el trabajo.
Por
eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de
equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por
miedo a cometer un error.
Un
buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después
de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a
dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar
responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso
cuando estas comportasen cierto riesgo.
Pero
había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente
estudiada y justificada.
Si,
después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y
finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba
parte del ejercicio de la responsabilidad.
Me
parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos
ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad
sobre lo decidido.
Cuando
un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe
después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir
responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse
partícipe de los objetivos de la organización.
Y
eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
Pero
no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
En
cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien
pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando
también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un
nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o
una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de
éxito.
Si
esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar,
probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
La
cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable,
sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la
pena afrontarlos.
Nuestros
competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la
obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer
aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
Naturalmente,
esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad,
exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una
nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la
confianza con la autocomplacencia.
También
resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir
experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas
nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar.
Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras
mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una
mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro
de nuestro propio círculo.
Al
final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a
hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a
intentarlo.
Y
sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
Pero
tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos
haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las
estemos haciendo mal.
Lo
importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos
aprender.
Porque
para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la
posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que
atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
Sin
riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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