La Visita Médica
ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos
encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de
que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los
médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido
que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha
sido más avispado y ha ocupado su lugar.
(AZprensa) Durante muchas
décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien
se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles
sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de
formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que,
en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios
farmacéuticos.
Pero
las cosas han ido cambiando.
Ante
las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la
Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria
farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos
medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la
actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar
el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
El
resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria
farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e
investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de
actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de
los profesionales sanitarios.
El
problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo
congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar.
Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
Y
si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia
suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
Pues
aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
Cada
vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y
otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados
al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los
laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones,
van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas,
las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio
extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
Y
así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca
más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta
tradicional:
¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
Y
llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una
revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este
camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni
siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al
supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le
diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco
griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe.
Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar
por caja”.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
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