lunes, 12 de octubre de 2026

¿Cine de autor o cine comercial?

Muchos se preguntan: ¿Qué prefieres, cine de autor o cine comercial? Los que se las dan de entendidos, dicen que cine de autor, aunque se aburran soberanamente en esas películas; por el contrario los que prefieren cine comercial no dicen nada, pero van al cine y se divierten…
 
(AZprensa) Con cierta frecuencia surge en las conversaciones sobre cine una controversia que parece ya un clásico: cine de autor frente a cine comercial. Y lo curioso es que, antes incluso de saber de qué película estamos hablando, ya tenemos preparado el veredicto.
 
Al cine comercial, sin necesidad de haberlo visto, se le suele colocar una etiqueta bastante poco cariñosa: cine fácil, superficial, artificioso, sin contenido y pensado únicamente para hacer una buena recaudación. Si además consigue que millones de personas pasen por taquilla, la sospecha queda confirmada: aquello no puede ser demasiado bueno.
 
Al cine de autor, en cambio, se le concede de entrada un tratamiento completamente distinto. Es cine inteligente, culto, profundo, de gran calidad artística y destinado a ocupar un lugar privilegiado en la historia del séptimo arte.
 
Y si después resulta que han ido a verla cuatro gatos, tampoco pasa nada. La culpa, naturalmente, no es de la película, es de todos los que no han ido a verla que son unos incultos y no están preparados para comprender la obra.
 
Como podemos ver, somos muy aficionados a poner etiquetas antes incluso de disponer de suficientes elementos de juicio. Por eso quizá convenga empezar por el principio.
 
¿Qué es exactamente el cine de autor?
 
Podríamos decir que es aquel en el que el director hace la película que quiere hacer, como quiere hacerla y según su propia concepción artística, sin preocuparse demasiado por si después le gusta o no al público.
 
Perfecto. Si además consigue que guste a los espectadores y obtiene una buena taquilla, estupendo. Pero si ocurre lo contrario, siempre queda una salida bastante cómoda: explicar que el público no ha sabido entender la película, que la sociedad todavía no está preparada para semejante despliegue intelectual o que el director ha sido incomprendido, como suele suceder con los grandes genios.
 
Y aquí aparece el cine comercial.
 
El cine comercial sería, en principio, aquel en el que el director hace una película pensando en el público. Su objetivo es que guste al mayor número posible de espectadores. Eso no significa necesariamente que renuncie a sus gustos, a su personalidad o a su manera de entender el cine. Puede poner en la película todo su talento, sus conocimientos y sus preferencias, pero teniendo presente una pequeña cuestión: alguien tiene que pagar la entrada para verla. Y ahí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.
 
Porque parece que hemos decidido que una película tiene que ser necesariamente una cosa o la otra. O es cine de autor, y por tanto intelectual y artístico, o es cine comercial, y por tanto sospechosamente vulgar.
 
Hay autores que hacen películas de autor para salas prácticamente vacías. Y también hay directores que se limitan a seguir las instrucciones del productor, meten todos los ingredientes que supuestamente gustan al público y fabrican una película de la que, en cuanto termina, uno sale preguntándose si le devolverán el dinero de la entrada por daños morales.
 
Por eso quizá el verdadero dilema no sea cine de autor o cine comercial. Quizá sea algo mucho más sencillo: ¿Cine o bodrio?
 
Porque puede hacerse una película pensando en el público y hacerla magníficamente. Y puede hacerse una película pensando exclusivamente en satisfacer al director y conseguir una auténtica obra de arte.
 
Pero también puede hacerse una película comercial que sea un bodrio. Y puede hacerse una película pretendidamente intelectual que sea otro bodrio.
 
La diferencia es que, en el segundo caso, siempre habrá alguien dispuesto a explicarnos durante hora y media por qué no hemos entendido nada.
 
Por eso creo que deberíamos olvidarnos un poco de las etiquetas y hablar de buenas o malas películas, buenos o malos directores, buenos o malos argumentos, buenos o malos actores y buenas o malas historias.
 
Un buen director deja su sello en una película aunque no aparezca por ninguna parte la etiqueta «cine de autor». Su personalidad, su manera de contar, su sensibilidad y su forma de entender el cine acabarán apareciendo de una u otra manera. Y si, además, consigue que al público le guste, tampoco creo que haya que pedirle perdón por ello. Al fin y al cabo, hacer buen cine y conseguir que la gente quiera verlo no deberían ser conceptos incompatibles.
 
Porque quizá la verdadera categoría de una película no debería decidirse por el número de espectadores que tiene ni por la cantidad de intelectuales que aseguran haberla entendido. Debería decidirse, simplemente, por una pregunta mucho más sencilla: ¿Es una buena película? Y para responderla no hace falta ninguna etiqueta. Solo verla.
 

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