La Comunicación
no es decir algo al otro, ni siquiera que el otro lo reciba; la clave y lo que
realmente importa en Comunicación es la interpretación que el otro hace de lo
que le decimos. Y siendo así ¿te has mirado a ti mismo para ver en qué te fijas
cuando comunicas algo?
(AZprensa) Cuando
cualquiera de nosotros quiere comunicar algo —ya sea en el ámbito estrictamente
profesional o en el terreno de las relaciones personales—, solemos caer una y
otra vez en la misma trampa: prestamos muchísima más atención a lo que queremos
decir y a cómo lo estamos transmitiendo que a lo que el destinatario está
realmente recibiendo e interpretando.
Nos
obsesionamos con construir un discurso impecable, de ensayar los argumentos y
cuidar la retórica. Sin embargo, de nada nos sirve una exposición brillante de
los hechos o un relato excelente de los acontecimientos si el interlocutor no
lo está percibiendo como a nosotros nos gustaría.
La brújula
apunta al receptor
La
clave de una buena comunicación no reside en el emisor del mensaje, sino en el
destinatario. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, subvierte por
completo la forma en que solemos relacionarnos. Asumir que el éxito de un
mensaje depende de cómo es decodificado al otro lado de la mesa implica un
esfuerzo intelectual adicional y, por supuesto, mucha práctica. Exige salir de
nuestro propio ombligo discursivo para ponernos en la piel de quien nos
escucha.
Por
eso, en el fondo, no es tan importante la cantidad de información que aportemos
como el modo en que seamos capaces de hacerla llegar. Una retahíla de datos
fríos o un argumentario técnico interminable no sirven de nada si no consiguen
sintonizar con la frecuencia de quien tenemos enfrente.
El arte de
conectar
Lograr
esa sintonía requiere ingredientes que van mucho más allá de la mera lógica:
exige altas dosis de entusiasmo, convicción y persuasión. Y, sobre todo,
demanda un ejercicio de alta cirugía mental para ser capaces de sintetizar y
conectar con la audiencia.
Al
final, comunicar no es descargar un archivo en la cabeza del otro, sino
conseguir que el otro, el que recibe nuestro mensaje, lo interprete como
nosotros queremos. Por eso, deberíamos dejar de preguntarnos qué queremos decir
nosotros y empezar a preocuparnos por lo que el otro pueda entender de lo que
le decimos.
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