Hay estudios
científicos realizados sobre una amplia muestra de personas, que suponen un
gran trabajo y un alto coste… que podrían haberse ahorrado, porque las
conclusiones ya las conocemos todos sin necesidad de ninguna investigación que
lo certifique. He aquí una muestra…
(AZprensa) Según un
estudio realizado hace unos años sobre más de 11.000 mujeres embarazadas, se
demostró con todo el rigor científico que las personas que tenían un perro
tenían aproximadamente un 50 por ciento más de probabilidades de alcanzar la
cantidad recomendada de ejercicio diario —unos 30 minutos caminando a paso
ligero— que aquellas que no tenían perro.
La
verdad es que, al conocer este descubrimiento, uno no puede dejar de preguntarse
cuánto dinero y cuánto trabajo costó llegar a semejante conclusión. Porque, si
para demostrar que tener un perro hace que uno camine más hay que estudiar a
más de 11.000 personas, quizá lo que necesitábamos no era un estudio
científico, sino simplemente tener un perro.
Cualquiera
que haya tenido uno sabe perfectamente cómo funciona el asunto. El perro no
entiende de sedentarismo, pereza ni días de descanso. Llega la hora del paseo y
ahí está, mirándote fijamente, moviendo la cola y recordándote —sin necesidad
de palabras— que hay un compromiso ineludible. Y si uno intenta hacerse el
distraído, el perro insiste. Y si sigue sin hacerle caso, insiste un poco más.
Y si tampoco funciona, siempre queda el recurso de coger la correa y mirarte
como diciendo: «¿Nos vamos o tengo que presentar una reclamación?».
Así
que no hace falta ser investigador para llegar a la conclusión de que un perro
es una especie de entrenador personal que no cobra, no acepta excusas y,
además, se alegra muchísimo de verte.
Pero
los investigadores no se quedaron ahí. Al parecer, no contentos con haber
descubierto que los propietarios de perros caminan más, anunciaron que querían
realizar otro estudio para averiguar “por qué los propietarios de perros
grandes caminan más rápidamente, en comparación con los propietarios de perros
pequeños”, según declaró la doctora Sandra McCune, directora del Programa de
Investigación de Mars Petcare.
Y
aquí es donde la ciencia vuelve a sorprendernos.
Porque,
sinceramente, ¿de verdad hacía falta otro estudio para descubrirlo? ¿Nadie se
había fijado en que los perros grandes tienen más fuerza y las patas más largas
que los perros pequeños?
Es
bastante probable que un mastín tirando de la correa tenga una opinión muy
diferente sobre la velocidad del paseo que un chihuahua. Y si el primero decide
que ha llegado el momento de caminar, el propietario quizá no tenga más remedio
que acompañarle… a la velocidad que marque el perro.
De
hecho, puestos a investigar, yo propondría un estudio mucho más ambicioso: averiguar
por qué los propietarios de perros grandes, cuando llegan a casa, tienen a
veces la sensación de haber hecho 30 minutos de ejercicio de alta intensidad,
mientras que el perro parece dispuesto a salir otra vez.
Aunque
sospecho que, para resolver este último misterio, tampoco harán falta 11.000
voluntarios. Bastará con preguntarle al perro.
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