¿Al llegar de un
viaje en avión te has encontrado con cientos de personas esperándote para
aclamarte? ¿No? Pues yo sí. Una vez fui recibido y aclamado como una auténtica
celebridad. Esta es la historia…
(AZprensa) Era un viaje
más. Uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de
nuestra compañía en O Porriño. Como de costumbre, había cogido el primer avión
de la mañana, ese que sale a una hora en la que uno todavía no tiene muy claro
si está despierto o simplemente se ha levantado por obligación.
Ni
siquiera el café conseguía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el
avión, ocupé uno de los asientos de las primeras filas y, mientras iban
subiendo los demás pasajeros, eché un vistazo al periódico y aquello, lejos de
despertarme, terminó de convencer a mi organismo de que lo más sensato era
seguir durmiendo. Y eso hice antes incluso de despegar.
La
voz de la azafata anunciando que debíamos abrocharnos los cinturones porque
íbamos a tomar tierra me devolvió a la realidad. Había llegado a Vigo
descansado y dispuesto a afrontar una jornada de trabajo bastante intensa.
A
las once de la mañana tenía organizada una rueda de prensa. Había contactado
previamente con los responsables de la información sanitaria de todos los
medios de comunicación de Galicia, por lo que confiaba en que la convocatoria tuviera
una buena respuesta. Lo que no podía imaginar era el recibimiento que me
esperaba.
Cuando
bajé del avión, me encontré con una auténtica muchedumbre. Había principalmente
chicas jóvenes, aunque tampoco faltaban chicos e incluso algunas personas de
más edad. Y, nada más verme aparecer, comenzaron a gritar como si acabara de
aterrizar en Vigo el mismísimo Brad Pitt.
Al
principio pensé que estaba soñando todavía. Aquello era demasiado bonito para
ser verdad: gritos de entusiasmo, brazos agitándose en el aire, gente
intentando acercarse, alguna que otra lágrima de emoción... Durante unos
instantes llegué a pensar que mi popularidad como Country Communication Manager
había alcanzado cotas que ni yo mismo conocía. Me sentí el hombre más
afortunado del planeta.
La
policía apenas podía contener a aquella multitud para evitar que derribase las
vallas que protegían el pasillo por el que yo avanzaba. Y yo, naturalmente,
respondía con una sonrisa entre modesta y agradecida, intentando aparentar
normalidad ante semejante demostración de cariño.
Hasta
que, después de caminar unos cuantos metros, empecé a notar algo extraño. Los
gritos no disminuían, pero tampoco aumentaban. Y, sobre todo, aquellas miradas
apasionadas no seguían mi recorrido. Permanecían fijadas en un punto situado
detrás de mí.
Aquello
empezó a resultarme sospechoso. Me di la vuelta. Y entonces descubrí la
explicación. Justo detrás de mí avanzaban, uno tras otro, los jugadores de la
selección española de fútbol. Resulta que iban a disputar un partido en Vigo al
día siguiente y yo no había reparado en semejante detalle. Como me había
quedado dormido antes incluso de despegar, no me di cuenta que poco después
fueron pasando por delante de mi asiento en primera fila, todos los jugadores de
la selección española, los cuales salieron detrás de mi al llegar a Vigo.
Eso
sí, nadie podrá quitarme jamás la sensación de haber sido, aunque solo fuera
durante unos instantes, un auténtico ídolo de masas.
Así
que aquel viaje a Vigo terminó dejándome dos cosas: una excelente rueda de
prensa y un pequeño episodio de gloria personal que, aunque duró muy poco,
todavía permanece en mi memoria. Después de todo, no siempre puede uno sentirse
como una estrella del fútbol. Aunque sea por equivocación.
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