jueves, 15 de octubre de 2026

El día que fui un ídolo de masas

 
¿Al llegar de un viaje en avión te has encontrado con cientos de personas esperándote para aclamarte? ¿No? Pues yo sí. Una vez fui recibido y aclamado como una auténtica celebridad. Esta es la historia…

(AZprensa) Era un viaje más. Uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de nuestra compañía en O Porriño. Como de costumbre, había cogido el primer avión de la mañana, ese que sale a una hora en la que uno todavía no tiene muy claro si está despierto o simplemente se ha levantado por obligación.
 
Ni siquiera el café conseguía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el avión, ocupé uno de los asientos de las primeras filas y, mientras iban subiendo los demás pasajeros, eché un vistazo al periódico y aquello, lejos de despertarme, terminó de convencer a mi organismo de que lo más sensato era seguir durmiendo. Y eso hice antes incluso de despegar.
 
La voz de la azafata anunciando que debíamos abrocharnos los cinturones porque íbamos a tomar tierra me devolvió a la realidad. Había llegado a Vigo descansado y dispuesto a afrontar una jornada de trabajo bastante intensa.
 
A las once de la mañana tenía organizada una rueda de prensa. Había contactado previamente con los responsables de la información sanitaria de todos los medios de comunicación de Galicia, por lo que confiaba en que la convocatoria tuviera una buena respuesta. Lo que no podía imaginar era el recibimiento que me esperaba.
 
Cuando bajé del avión, me encontré con una auténtica muchedumbre. Había principalmente chicas jóvenes, aunque tampoco faltaban chicos e incluso algunas personas de más edad. Y, nada más verme aparecer, comenzaron a gritar como si acabara de aterrizar en Vigo el mismísimo Brad Pitt.
 
Al principio pensé que estaba soñando todavía. Aquello era demasiado bonito para ser verdad: gritos de entusiasmo, brazos agitándose en el aire, gente intentando acercarse, alguna que otra lágrima de emoción... Durante unos instantes llegué a pensar que mi popularidad como Country Communication Manager había alcanzado cotas que ni yo mismo conocía. Me sentí el hombre más afortunado del planeta.
 
La policía apenas podía contener a aquella multitud para evitar que derribase las vallas que protegían el pasillo por el que yo avanzaba. Y yo, naturalmente, respondía con una sonrisa entre modesta y agradecida, intentando aparentar normalidad ante semejante demostración de cariño.
 
Hasta que, después de caminar unos cuantos metros, empecé a notar algo extraño. Los gritos no disminuían, pero tampoco aumentaban. Y, sobre todo, aquellas miradas apasionadas no seguían mi recorrido. Permanecían fijadas en un punto situado detrás de mí.
 
Aquello empezó a resultarme sospechoso. Me di la vuelta. Y entonces descubrí la explicación. Justo detrás de mí avanzaban, uno tras otro, los jugadores de la selección española de fútbol. Resulta que iban a disputar un partido en Vigo al día siguiente y yo no había reparado en semejante detalle. Como me había quedado dormido antes incluso de despegar, no me di cuenta que poco después fueron pasando por delante de mi asiento en primera fila, todos los jugadores de la selección española, los cuales salieron detrás de mi al llegar a Vigo.
 
Eso sí, nadie podrá quitarme jamás la sensación de haber sido, aunque solo fuera durante unos instantes, un auténtico ídolo de masas.
 
Así que aquel viaje a Vigo terminó dejándome dos cosas: una excelente rueda de prensa y un pequeño episodio de gloria personal que, aunque duró muy poco, todavía permanece en mi memoria. Después de todo, no siempre puede uno sentirse como una estrella del fútbol. Aunque sea por equivocación.
 

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