Hay una curiosa
costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos
terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con
trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado
que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos
trabajador que quien permanece dos horas más.
(AZprensa)
En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no
son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de
un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese
tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir
escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella
mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que
el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
Pero
parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una
de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en
aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar
nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente,
eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y
en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta aumentar la productividad.
Por
mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de
comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar
más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no
necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante
evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino
Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí
descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
No
se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en
reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas
de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad
nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se
dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
Y,
por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición
digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar
cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente
imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
En
otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral
era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de
terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio
permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que
seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y
se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque
existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del
tiempo destinado al trabajo.
Hasta
la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y
todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía
despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la
hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene
consecuencias importantes.
Cuando
una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más
horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa
tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la
paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus
objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene,
acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién
es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial
responde: el segundo.
Y
ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá
deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los
resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no
necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
El
cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la
creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un
trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo
por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador
tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de
las personas.
Además
está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la
vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre,
desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación
con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad,
incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería
considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más
cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece
precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
Hay,
además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la
empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea
quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas
del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es
suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
Entonces
aparece el conocido «presentismo»
No
basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada
mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que
hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación
para demostrar que estamos dentro.
Quizá
deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros
trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no
es lo mismo.
Una
empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino
profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una
jornada también razonable.
Para
ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades
concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente,
sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente
el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
No
se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y
tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países.
Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí
podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de
trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno
permanece sentado en una silla.
Porque,
al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar
de preguntar:
—¿A qué hora te vas?
Deberíamos preguntar:
—¿Has terminado tus objetivos?
Y si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
Porque
estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y
confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y,
sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
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—Esto es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta aumentar la productividad.
—¿A qué hora te vas?
Deberíamos preguntar:
—¿Has terminado tus objetivos?
Y si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
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