Existe una curiosa
tendencia que todos tenemos para convertir nuestros propios criterios en normas
universales. Nos tomamos como modelo y como centro del universo y –según nosotros-
todo debe funcionar tal como nosotros lo deseamos. Convendría mirar esto desde
fuera…
(AZprensa) «Yo que tú
haría...». «Lo que tenías que haber hecho es...». «Tienes que hacer...». «Dile
que...». «Vete a...». Son frases que todos hemos pronunciado alguna vez. Y
probablemente más de una. Yo también, naturalmente. Porque todos tenemos una
cierta tendencia a pensar que, si nosotros sabemos cómo hacer las cosas, los
demás deberían hacerlas exactamente igual.
Tenemos
nuestra manera de pensar, nuestras experiencias, nuestros criterios y nuestras
propias soluciones para los problemas de la vida. Y, como además estamos
convencidos de que nuestra solución es la correcta, no tardamos demasiado en
convertirla en una especie de norma de obligado cumplimiento para los demás.
El
problema es que los demás no somos nosotros. Lo que a mí me parece evidente
puede no parecérselo a otra persona. Lo que yo habría hecho en una determinada
situación puede ser precisamente lo último que haría ella. Y lo que desde fuera
parece una decisión absurda puede tener razones que desconocemos.
Pero
nos encanta aconsejar. Nos gusta decir a los demás lo que tienen que hacer, con
quién tienen que hablar, qué deben contestar, dónde tienen que ir y hasta lo
que deberían haber hecho hace tres días. Y, lo que es todavía más curioso,
muchas veces lo hacemos sin que nadie nos haya pedido consejo.
Quizá
nos vendría bien practicar un poco más la tolerancia y la comprensión. Entender
que cada persona tiene derecho a tomar sus propias decisiones, incluso cuando
nosotros estamos convencidos de que se está equivocando. Porque también
nosotros nos hemos equivocado. Y no pocas veces.
Pero
si alguien hubiera tomado siempre las decisiones por nosotros, quizá nunca
habríamos aprendido de nuestros propios errores. Hay cosas que sólo se aprenden
equivocándose. Hay caminos que sólo descubrimos después de haber tomado el
equivocado. Y hay decisiones que necesitamos tomar nosotros mismos, aunque
sepamos que quizá no sean las mejores.
Por
eso, la próxima vez que estemos a punto de decir «Yo que tú...», quizá
podríamos detenernos un segundo. Tal vez sea mejor preguntarle “por qué” para
que nos de su propio razonamiento y así, al hacerlo, quizás se dé cuenta de que
existen otros caminos, siendo él quien los descubra y no nosotros quienes se lo
marquemos.
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