lunes, 19 de octubre de 2026

Yo que tú…

Existe una curiosa tendencia que todos tenemos para convertir nuestros propios criterios en normas universales. Nos tomamos como modelo y como centro del universo y –según nosotros- todo debe funcionar tal como nosotros lo deseamos. Convendría mirar esto desde fuera…
 
(AZprensa) «Yo que tú haría...». «Lo que tenías que haber hecho es...». «Tienes que hacer...». «Dile que...». «Vete a...». Son frases que todos hemos pronunciado alguna vez. Y probablemente más de una. Yo también, naturalmente. Porque todos tenemos una cierta tendencia a pensar que, si nosotros sabemos cómo hacer las cosas, los demás deberían hacerlas exactamente igual.
 
Tenemos nuestra manera de pensar, nuestras experiencias, nuestros criterios y nuestras propias soluciones para los problemas de la vida. Y, como además estamos convencidos de que nuestra solución es la correcta, no tardamos demasiado en convertirla en una especie de norma de obligado cumplimiento para los demás.
 
El problema es que los demás no somos nosotros. Lo que a mí me parece evidente puede no parecérselo a otra persona. Lo que yo habría hecho en una determinada situación puede ser precisamente lo último que haría ella. Y lo que desde fuera parece una decisión absurda puede tener razones que desconocemos.
 
Pero nos encanta aconsejar. Nos gusta decir a los demás lo que tienen que hacer, con quién tienen que hablar, qué deben contestar, dónde tienen que ir y hasta lo que deberían haber hecho hace tres días. Y, lo que es todavía más curioso, muchas veces lo hacemos sin que nadie nos haya pedido consejo.
 
Quizá nos vendría bien practicar un poco más la tolerancia y la comprensión. Entender que cada persona tiene derecho a tomar sus propias decisiones, incluso cuando nosotros estamos convencidos de que se está equivocando. Porque también nosotros nos hemos equivocado. Y no pocas veces.
 
Pero si alguien hubiera tomado siempre las decisiones por nosotros, quizá nunca habríamos aprendido de nuestros propios errores. Hay cosas que sólo se aprenden equivocándose. Hay caminos que sólo descubrimos después de haber tomado el equivocado. Y hay decisiones que necesitamos tomar nosotros mismos, aunque sepamos que quizá no sean las mejores.
 
Por eso, la próxima vez que estemos a punto de decir «Yo que tú...», quizá podríamos detenernos un segundo. Tal vez sea mejor preguntarle “por qué” para que nos de su propio razonamiento y así, al hacerlo, quizás se dé cuenta de que existen otros caminos, siendo él quien los descubra y no nosotros quienes se lo marquemos.
 

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