Si
alguien se creía por mi artículo de ayer, “Cuando el médico te receta ir al
supermercado en vez de la farmacia”, que estaba exagerando, aquí va la
continuación del mismo en donde podemos comprobar (y ejemplos hay a miles) cómo
determinados alimentos empiezan cada vez se empiezan a parecer más a
medicamentos. Aquí van varios ejemplos de cómo las empresas de alimentación
invaden el lugar de los laboratorios farmacéuticos.
(AZprensa) Hace años, cuando estaba en activo en la industria farmacéutica, pude constatar como empezaban a proliferar curiosos estudios científicos que nos descubrían cómo un alimento que llevamos toda la vida comiendo no solo está rico, sino que además parece dispuesto a competir con la industria farmacéutica.
Por entonces teníamos, entre otros ejemplos, la salsa de tomate con supuestas propiedades cardiosaludables y el chocolate convertido, casi por arte de magia científica, en aliado contra las enfermedades cardiovasculares. La pregunta que me hacía entonces era bastante sencilla: si los alimentos empiezan a comportarse como medicamentos, ¿acabaremos encontrándolos en las farmacias?
Pues parece que el asunto no ha terminado ahí.
La investigación nutricional ha seguido avanzando y también lo ha hecho una modalidad bastante curiosa de investigación: aquella en la que el producto que se estudia pertenece precisamente a la empresa que financia el estudio.
Conviene aclarar algo antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza: que una empresa financie una investigación no significa que sus resultados sean falsos. La financiación empresarial puede ser perfectamente legítima y muchos estudios cuentan con procedimientos científicos rigurosos. El problema está en que, cuando quien vende el producto paga para investigar sus posibles beneficios, el ciudadano tiene derecho, como mínimo, a saber quién pone el dinero.
Y ejemplos no faltan.
Uno de los más curiosos procede de Stanford. Investigadores realizaron el denominado estudio SWAP-MEAT, en el que 38 participantes siguieron durante ocho semanas una dieta basada en productos cárnicos vegetales y otras ocho semanas una dieta basada en carne animal. Durante la fase vegetal disminuyeron determinados factores relacionados con el riesgo cardiovascular, entre ellos el colesterol LDL, el peso y el TMAO, un compuesto que se ha relacionado con el riesgo cardiovascular.
Hasta aquí, todo perfectamente científico.
El pequeño detalle que puede despertar la curiosidad del lector es que la investigación recibió financiación de Beyond Meat, empresa dedicada precisamente a fabricar carne vegetal. Stanford reconoce además que la iniciativa universitaria de investigación sobre dietas vegetales fue posible gracias a una importante donación de esa compañía.
Es decir, que si mañana una fábrica de paraguas financia un estudio para demostrar que los paraguas protegen de la lluvia, tampoco deberíamos sorprendernos demasiado.
Otro caso nos lleva a Nestlé Health Science. En 2023 se publicaron resultados de un análisis del programa Optifast, basado en buena parte en productos sustitutivos de comidas. El estudio, financiado por Nestlé Health Science, encontró mayores reducciones de peso, presión arterial y determinados parámetros lipídicos que con una dieta hipocalórica convencional. El trabajo procedía de un análisis secundario del ensayo OPTIWIN, realizado con 273 adultos con obesidad.
Aquí la cosa empieza a ponerse interesante. Porque hasta ahora uno iba al médico, le contaba que quería adelgazar y el médico podía recomendarle dieta, ejercicio y, en determinados casos, medicamentos. Pero ahora podemos imaginar una nueva generación de recetas: En vez del clásico «Tome dos comprimidos al día durante tres meses» nos dirán «Tome dos batidos Nestlé al día durante tres meses». La diferencia es que uno se compra en la farmacia y el otro, por ahora, probablemente en otro establecimiento.
Y si seguimos avanzando por este camino, podemos llegar a una situación todavía más divertida. El supermercado podría acabar convirtiéndose en una especie de farmacia de libre dispensación.
—Tengo el colesterol alto.
—Pues llévese estas nueces.
—¿Y cuánto tengo que tomar?
—Un puñado al día.
—¿Y tienen efectos secundarios?
—Sí. Se le pueden acabar antes de llegar a casa.
Las nueces, por cierto, tampoco se libran de la investigación nutricional financiada por quienes tienen intereses económicos en ellas. Existen ensayos en los que se ha estudiado su relación con factores de riesgo cardiovascular y que han contado con financiación de la California Walnut Commission, organización vinculada al sector de la nuez. Eso no invalida los resultados, pero demuestra que el fenómeno es bastante más amplio que aquel lejano estudio sobre la salsa de tomate.
Y entonces aparece una pregunta que quizá sea más importante que todas las anteriores: ¿Quién decide qué alimento merece convertirse en medicamento? Porque cuando una empresa farmacéutica realiza un ensayo para demostrar la eficacia de un medicamento, todos entendemos que existe un interés comercial detrás. Por eso existen normas, declaraciones de conflictos de interés, revisiones científicas y todo un sistema destinado a valorar la evidencia. Pero cuando hablamos de alimentos parece que bajamos un poco la guardia.
Decimos «un estudio demuestra que…» y nos quedamos tan tranquilos. Y a partir de ahí comienza la fiesta. El chocolate protege el corazón. Las nueces ayudan a controlar determinados factores de riesgo. La carne vegetal puede mejorar algunos marcadores cardiovasculares. Un programa de sustitución de comidas ayuda a adelgazar y mejora determinados parámetros cardiovasculares.
Mañana quizá descubramos que el jamón mejora la memoria, que el queso previene la tristeza o que las croquetas favorecen la circulación sanguínea. Y no descarto que, dentro de unos años, los médicos tengan que ampliar sus recetas electrónicas.
Principio activo: nuez.
Dosis: un puñado.
Vía de administración: oral.
Duración del tratamiento: hasta que se acaben.
Lo único que todavía no sabemos es si la Seguridad Social financiará el tratamiento. Porque ahí puede estar el verdadero problema. Una cosa es descubrir que determinados alimentos pueden formar parte de una dieta saludable. Otra muy distinta es convertir cada resultado favorable de un estudio nutricional en una especie de prospecto farmacéutico.
Y hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar: un estudio no es un anuncio publicitario, aunque a veces el titular que llega al público pueda parecerlo. Precisamente por eso resulta tan importante saber quién ha financiado la investigación, qué producto se ha estudiado, con qué producto se ha comparado, cuántas personas han participado y, sobre todo, qué dicen realmente los resultados.
Porque incluso en la investigación científica hay una pregunta que nunca debería faltar: «¿Y quién paga la fiesta?». No porque quien paga tenga necesariamente razón. Sino porque conviene saberlo antes de tragarnos la píldora. O la nuez. O el chocolate. O, llegado el caso, la hamburguesa vegetal.
Y si algún día todo esto acaba en la farmacia, espero al menos que respeten las dosis. Porque una cosa es comer chocolate para cuidar el corazón y otra muy distinta que alguien interprete que una tableta después de cada comida es tratamiento médico. Ahí sí que tendríamos un problema. Y, curiosamente, bastante agradable.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4
(AZprensa) Hace años, cuando estaba en activo en la industria farmacéutica, pude constatar como empezaban a proliferar curiosos estudios científicos que nos descubrían cómo un alimento que llevamos toda la vida comiendo no solo está rico, sino que además parece dispuesto a competir con la industria farmacéutica.
Por entonces teníamos, entre otros ejemplos, la salsa de tomate con supuestas propiedades cardiosaludables y el chocolate convertido, casi por arte de magia científica, en aliado contra las enfermedades cardiovasculares. La pregunta que me hacía entonces era bastante sencilla: si los alimentos empiezan a comportarse como medicamentos, ¿acabaremos encontrándolos en las farmacias?
Pues parece que el asunto no ha terminado ahí.
La investigación nutricional ha seguido avanzando y también lo ha hecho una modalidad bastante curiosa de investigación: aquella en la que el producto que se estudia pertenece precisamente a la empresa que financia el estudio.
Conviene aclarar algo antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza: que una empresa financie una investigación no significa que sus resultados sean falsos. La financiación empresarial puede ser perfectamente legítima y muchos estudios cuentan con procedimientos científicos rigurosos. El problema está en que, cuando quien vende el producto paga para investigar sus posibles beneficios, el ciudadano tiene derecho, como mínimo, a saber quién pone el dinero.
Y ejemplos no faltan.
Uno de los más curiosos procede de Stanford. Investigadores realizaron el denominado estudio SWAP-MEAT, en el que 38 participantes siguieron durante ocho semanas una dieta basada en productos cárnicos vegetales y otras ocho semanas una dieta basada en carne animal. Durante la fase vegetal disminuyeron determinados factores relacionados con el riesgo cardiovascular, entre ellos el colesterol LDL, el peso y el TMAO, un compuesto que se ha relacionado con el riesgo cardiovascular.
Hasta aquí, todo perfectamente científico.
El pequeño detalle que puede despertar la curiosidad del lector es que la investigación recibió financiación de Beyond Meat, empresa dedicada precisamente a fabricar carne vegetal. Stanford reconoce además que la iniciativa universitaria de investigación sobre dietas vegetales fue posible gracias a una importante donación de esa compañía.
Es decir, que si mañana una fábrica de paraguas financia un estudio para demostrar que los paraguas protegen de la lluvia, tampoco deberíamos sorprendernos demasiado.
Otro caso nos lleva a Nestlé Health Science. En 2023 se publicaron resultados de un análisis del programa Optifast, basado en buena parte en productos sustitutivos de comidas. El estudio, financiado por Nestlé Health Science, encontró mayores reducciones de peso, presión arterial y determinados parámetros lipídicos que con una dieta hipocalórica convencional. El trabajo procedía de un análisis secundario del ensayo OPTIWIN, realizado con 273 adultos con obesidad.
Aquí la cosa empieza a ponerse interesante. Porque hasta ahora uno iba al médico, le contaba que quería adelgazar y el médico podía recomendarle dieta, ejercicio y, en determinados casos, medicamentos. Pero ahora podemos imaginar una nueva generación de recetas: En vez del clásico «Tome dos comprimidos al día durante tres meses» nos dirán «Tome dos batidos Nestlé al día durante tres meses». La diferencia es que uno se compra en la farmacia y el otro, por ahora, probablemente en otro establecimiento.
Y si seguimos avanzando por este camino, podemos llegar a una situación todavía más divertida. El supermercado podría acabar convirtiéndose en una especie de farmacia de libre dispensación.
—Tengo el colesterol alto.
—Pues llévese estas nueces.
—¿Y cuánto tengo que tomar?
—Un puñado al día.
—¿Y tienen efectos secundarios?
—Sí. Se le pueden acabar antes de llegar a casa.
Las nueces, por cierto, tampoco se libran de la investigación nutricional financiada por quienes tienen intereses económicos en ellas. Existen ensayos en los que se ha estudiado su relación con factores de riesgo cardiovascular y que han contado con financiación de la California Walnut Commission, organización vinculada al sector de la nuez. Eso no invalida los resultados, pero demuestra que el fenómeno es bastante más amplio que aquel lejano estudio sobre la salsa de tomate.
Y entonces aparece una pregunta que quizá sea más importante que todas las anteriores: ¿Quién decide qué alimento merece convertirse en medicamento? Porque cuando una empresa farmacéutica realiza un ensayo para demostrar la eficacia de un medicamento, todos entendemos que existe un interés comercial detrás. Por eso existen normas, declaraciones de conflictos de interés, revisiones científicas y todo un sistema destinado a valorar la evidencia. Pero cuando hablamos de alimentos parece que bajamos un poco la guardia.
Decimos «un estudio demuestra que…» y nos quedamos tan tranquilos. Y a partir de ahí comienza la fiesta. El chocolate protege el corazón. Las nueces ayudan a controlar determinados factores de riesgo. La carne vegetal puede mejorar algunos marcadores cardiovasculares. Un programa de sustitución de comidas ayuda a adelgazar y mejora determinados parámetros cardiovasculares.
Mañana quizá descubramos que el jamón mejora la memoria, que el queso previene la tristeza o que las croquetas favorecen la circulación sanguínea. Y no descarto que, dentro de unos años, los médicos tengan que ampliar sus recetas electrónicas.
Principio activo: nuez.
Dosis: un puñado.
Vía de administración: oral.
Duración del tratamiento: hasta que se acaben.
Lo único que todavía no sabemos es si la Seguridad Social financiará el tratamiento. Porque ahí puede estar el verdadero problema. Una cosa es descubrir que determinados alimentos pueden formar parte de una dieta saludable. Otra muy distinta es convertir cada resultado favorable de un estudio nutricional en una especie de prospecto farmacéutico.
Y hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar: un estudio no es un anuncio publicitario, aunque a veces el titular que llega al público pueda parecerlo. Precisamente por eso resulta tan importante saber quién ha financiado la investigación, qué producto se ha estudiado, con qué producto se ha comparado, cuántas personas han participado y, sobre todo, qué dicen realmente los resultados.
Porque incluso en la investigación científica hay una pregunta que nunca debería faltar: «¿Y quién paga la fiesta?». No porque quien paga tenga necesariamente razón. Sino porque conviene saberlo antes de tragarnos la píldora. O la nuez. O el chocolate. O, llegado el caso, la hamburguesa vegetal.
Y si algún día todo esto acaba en la farmacia, espero al menos que respeten las dosis. Porque una cosa es comer chocolate para cuidar el corazón y otra muy distinta que alguien interprete que una tableta después de cada comida es tratamiento médico. Ahí sí que tendríamos un problema. Y, curiosamente, bastante agradable.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4


No hay comentarios:
Publicar un comentario