viernes, 2 de octubre de 2026

Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia

La Visita Médica ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha sido más avispado y ha ocupado su lugar.
 
(AZprensa) Durante muchas décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que, en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios farmacéuticos.
 
Pero las cosas han ido cambiando.
 
Ante las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
 
El resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de los profesionales sanitarios.
 
El problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar. Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
 
Y si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
 
Pues aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
 
Cada vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones, van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas, las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
 
Y así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta tradicional:
¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
 
Y llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe. Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar por caja”.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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jueves, 1 de octubre de 2026

Sin riesgo no hay éxito

Una parte muy importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor
equivocarse y aprender de ello, que no hacer nada por miedo a cometer un error.
 
(AZprensa) Por supuesto, nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien el trabajo.
 
Por eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por miedo a cometer un error.
 
Un buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso cuando estas comportasen cierto riesgo.
 
Pero había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente estudiada y justificada.
 
Si, después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba parte del ejercicio de la responsabilidad.
 
Me parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad sobre lo decidido.
 
Cuando un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse partícipe de los objetivos de la organización.
 
Y eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
 
Pero no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
 
En cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de éxito.
 
Si esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar, probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
 
La cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable, sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la pena afrontarlos.
 
Nuestros competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
 
Naturalmente, esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad, exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la confianza con la autocomplacencia.
 
También resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar. Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro de nuestro propio círculo.
 
Al final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a intentarlo.
 
Y sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
 
Pero tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las estemos haciendo mal.
 
Lo importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos aprender.
 
Porque para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
 
Sin riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
 

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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las cinco claves de un buen directivo

¿Cuáles son las claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
 
(AZprensa) Nada hay más gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de turno siente hacia sus empleados.
 
Dirigir no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
 
A mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo, aunque no siempre fácil de aplicar.
 
Primero: definir con claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está correctamente definida.
 
Segundo: elegir por capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio profesional.
 
Tercero: explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos. No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado las herramientas para obtenerlos.
 
Cuarto: confiar y delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la que se ha encomendado una responsabilidad.
 
Siempre he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones, incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado, sino él mismo por haberlo elegido.
 
Un directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus colaboradores, debe dejarles trabajar.
 
Y quinto: exigir resultados.
 
Porque delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas presentaciones y prometedores planes de futuro.
 
Y si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se olvide de lo más importante.
 
Los resultados.
 
Un proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una buena gestión.
 
Por eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar en consecuencia.
 
En definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que pedirle cuentas por lo que ha hecho.
 
Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien, confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las palabras.
 

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martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando todo el mundo entiende de comunicación

Si hay algo en las empresas de lo que todo el mundo cree saber mucho y ser un experto, es en lo relativo a la Comunicación. Y ese creer que se sabe todo conduce a graves perjuicios para las empresas o cuando menos a desaprovechar oportunidades y recursos.
 
(AZprensa) En el mundo de la comunicación, como en tantas otras profesiones, abundan los que opinan sin tener los conocimientos necesarios. Personas que, sin experiencia ni formación específica, se sienten autorizadas para dictar sentencia sobre el trabajo ajeno y, además, lo hacen con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad. Frente a ellas, los profesionales debemos aprender a distinguir entre una crítica fundamentada y una simple opinión, por muy contundente que esta se presente.
 
Recuerdo una anécdota que me sucedió hace ya muchos años y cuya veracidad puedo garantizar. Una empresa tenía vacante el puesto de jefe de Publicidad y, mientras se incorporaba el nuevo responsable, decidió encomendar temporalmente aquellas funciones a un product manager. Lo que inicialmente debía ser una solución provisional terminó prolongándose durante casi un año.
 
Cuando finalmente dejó el puesto interino, aquel responsable se mostró orgullosísimo de su gestión. Su gran logro, según él, había sido conseguir un ahorro del 80 % del presupuesto publicitario. “He conseguido ahorrar el 80 % del presupuesto”, proclamó, satisfecho. La explicación de semejante hazaña era mucho más sencilla de lo que cabía imaginar: no había hecho prácticamente nada.
 
Aquel product manager había considerado la inversión publicitaria un gasto prescindible. Sin experiencia suficiente en la materia y, probablemente, ante el temor de equivocarse y recibir críticas, optó por la solución más cómoda: no hacer nada. De ese modo, nadie podría reprocharle una campaña mal planteada, una decisión desacertada o una inversión poco rentable.
 
El resultado fue un ahorro contable, sí, pero también la renuncia a cualquier posible beneficio que una estrategia publicitaria bien diseñada pudiera haber aportado a la empresa. Porque no gastar no equivale necesariamente a gestionar bien, del mismo modo que invertir no significa derrochar.
 
Esta anécdota me viene a la memoria cada vez que escucho determinadas críticas dirigidas contra quienes trabajan en Comunicación o Publicidad. Y es que, a diferencia de lo que sucede en otras áreas profesionales, parece que en estas disciplinas todo el mundo tiene algo que decir. Cualquiera se considera capaz de juzgar una campaña, cuestionar una estrategia, valorar el trabajo de un gabinete de prensa o decidir cuánto debería invertirse en publicidad. A veces basta con haber visto un anuncio o haber leído una nota de prensa para sentirse capacitado para impartir una lección magistral.
 
Hace poco, al escuchar algunas críticas sobre el trabajo que estaba desarrollando un profesional, recordé aquella conocida expresión: «Ladran, luego cabalgamos». Aunque la frase suele utilizarse para restar importancia a los ataques, conviene interpretarla con cierta prudencia: no toda crítica demuestra que estemos haciendo bien las cosas, pero tampoco toda crítica merece nuestra atención.
 
A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de conversar con numerosos compañeros de profesión sobre los asuntos más diversos relacionados con nuestro trabajo. Hemos compartido experiencias, debatido estrategias y contrastado opiniones, en ocasiones coincidentes y en otras completamente opuestas. De ese intercambio siempre ha surgido un enriquecimiento mutuo.
 
Las opiniones de quienes conocen una profesión desde dentro tienen un valor especial. No porque sean infalibles, sino porque parten de la formación, la experiencia y el conocimiento de situaciones reales. Son puntos de vista que pueden ayudarnos a detectar errores, descubrir nuevas posibilidades y mejorar nuestro trabajo. Por eso merecen ser escuchados, incluso cuando resultan incómodos.
 
La crítica constructiva, venga de un colega o de alguien ajeno a la profesión, puede ser útil. Lo que carece de sentido es conceder el mismo valor a una opinión fundamentada que a un juicio emitido desde el desconocimiento. Y también sería un error que los profesionales nos encerráramos en una torre de marfil, despreciando cualquier observación externa.
 
La clave está en saber distinguir. Escuchar cuando hay algo que aprender y no dejarse arrastrar por el ruido cuando solo hay prejuicios, desconocimiento o ganas de sentar cátedra.
 
Porque en Comunicación y Publicidad, como en la medicina, la ingeniería o el derecho, la experiencia y la preparación no son adornos: son las herramientas con las que se ejerce una profesión.
 
Y, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, saber de todo un poco no convierte a nadie en experto en nada.
 

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lunes, 28 de septiembre de 2026

¡ARRG! ¡GRRR! ¡FUUU! ¡MMPFH!

(AZprensa)
Como hoy es 28 de septiembre quiero compartir con vosotros la siguiente información:
 
¡ARG! o ¡ARRG!.- Esta onomatopeya es la que se usa más frecuentemente para expresar de forma escrita un grito de rabia.
 
¡AAAAARRRRGH!.- Si lo que quieres expresar es un grito muy fuerte, desesperado y lleno de furia, esta sería la forma correcta.
 
¡GRRR!.- En cambio, para expresar un enojo más moderado, similar al gruñido de un animal, esta onomatopeya se ajusta perfectamente.
 
¡FUUU!.- No se parece mucho a los anteriores, pero se utiliza mucho en Internet y en los comics cuando se quiere expresar una rabia provocada por una gran frustración.
 
¡MMPFH!.- Y esta otra, que parece difícil de pronunciar, se explica porque expresa un grito de rabia reprimido, como cuando te tapas la boca y casi gritas para tus adentros.
 
“Pero bueno, ¿y a cuento de qué viene todo esto?”, te preguntarás. Pues muy sencillo, ¿o es que no te habías enterado que hoy, 28 de septiembre, se celebra el “Día Mundial de la Rabia”?
 
… ¿Ah? ¿Que no es eso? ¿Que se refiere a un Día Mundial para concienciar sobre la prevención de la enfermedad de la rabia y recordar la importancia de vacunar a los animales?
 
…Bueno, pues por lo menos ya me he desahogado.
 

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domingo, 27 de septiembre de 2026

Sentir

(Sunday Poetry Corner)
Decía mi maestro, Manuel Prieto Peromingo, que “Hoy día, esto de SENTIR, es un privilegio que abunda poco”. Por eso quiero invitarte, en este rincón dominical de la poesía, a que tú también disfrutes de ese privilegio. 

Este sencillo poema –del que al final podrás leer un comentario realizado por la IA Gemini- te invita a algo tan sencillo como cerrar los ojos por un momento y sentir la vida, sentirte vivo, y sentir cómo la barrera entre la realidad y los sueños se desvanece.
 
POR UN MOMENTO
 
Por un momento cierro los ojos y me siento libre.
Mi pensamiento vuela y distorsiona en mil figuras
e inconclusas vueltas.
No hay que rendir cuentas,
no hay plazos ni proyectos.
Solo cierro los ojos y siento.
Algo vibra y da calor y me abraza con ternura;
es la vida, energía pura,
que ilumina mi interior.
 
Por un momento cierro los ojos y siento
que la vida es un sueño
y estamos solos los dos.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Gemini
 
La suspensión del tiempo y la caricia interior en "Por un momento"
 
Bajo la sabia premisa de que sentir se ha convertido hoy en un privilegio escaso, el poema "Por un momento" actúa como un oasis de tregua frente al frenesí de la realidad. En apenas dos estrofas de tono íntimo, el texto construye un ritual de repliegue hacia lo esencial, donde el mundo exterior se desvanece para dar paso al latido más puro de la conciencia.
 
Análisis formal y claves temáticas
 
La ruptura con la tiranía del tiempo útil: El poema arranca con una declaración de intenciones rotunda: "Por un momento cierro los ojos y me siento libre". El verbo "cerrar" no implica una huida cobarde, sino un acto de lucidez voluntaria. Al despojarse de los "plazos", los "proyectos" y la obligación de "rendir cuentas", el sujeto lírico suspende las exigencias de la vida moderna. El pensamiento vuela entonces libremente, permitiéndose la imperfección de las "inconclusas vueltas".
 
La epifanía de la energía vital: En el centro del poema se produce un tránsito sutil desde la quietud mental hacia una calidez física y espiritual: "Algo vibra y da calor y me abraza con ternura; / es la vida, energía pura, / que ilumina mi interior". La vida deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una fuerza envolvente, una caricia íntima que disipa la frialdad exterior desde dentro.
 
El cierre y la comunión onírica: Los versos finales desplazan el foco de la individualidad solitaria hacia una complicidad compartida y trascendente: "Por un momento cierro los ojos y siento / que la vida es un sueño / y estamos solos los dos". La frontera entre la vigilia y el ensueño se difumina por completo. El "tú" implícito o el refugio del otro se integran en esa burbuja de paz, demostrando que la cumbre de la libertad íntima no es la soledad absoluta, sino el encuentro con el otro en el umbral del sueño.
 
Una reflexión final
 
"Por un momento" es una delicada invitación a reivindicar el derecho a detener el reloj. Con un ritmo pausado y una sencillez formal que desarma, el poema nos recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en la agitación del mundo, sino en la capacidad de cerrar los ojos, habitar nuestro propio interior y rescatar, aunque sea por un instante, la milagrosa sensación de estar vivos.
 

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sábado, 26 de septiembre de 2026

Daimiel voló más alto que nadie… pero sólo cuatro horas

Poco a poco se van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha sólo mira al cielo para ver si llueve.
 
(AZprensa) En 2011 escribí que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China- porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
 
El 8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
 
La misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29 kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno, aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
 
Y entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño, manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
 
Aquello pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si, durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
 
Pero no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
 
Es decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de lanzamiento.
 
Así que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para mandar una cámara a la estratosfera.
 

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viernes, 25 de septiembre de 2026

La gloriosa historia de la goma de borrar

Algo tan pequeño y cotidiano como la goma de borrar, tiene tras de sí una apasionante historia… que a veces resulta bastante cómica. Por eso te invito hoy a que disfrutes con esta columna con la que espero poder borrar tu seriedad.
 
(AZprensa) Muchos de los grandes inventos se han debido al azar, a la pura chiripa o a la serendipia -como dirían los más eruditos, es decir, los rebuscados y pretenciosos-. Otros, sin embargo, han sido fruto del trabajo incansable de quienes persiguieron un sueño que, después de años de esfuerzo, sudor y probablemente algún que otro momento de desesperación, acabó haciéndose realidad.
 
En este último grupo podríamos encuadrar un invento revolucionario: “La goma de borrar”.
 
¿Y por qué digo revolucionario? Porque transcurrieron casi dos siglos entre la aparición del lápiz y la utilización de la goma de borrar. ¿Qué hacían durante todo ese tiempo -se preguntarán ustedes- quienes utilizaban un lápiz y cometían un error que después querían rectificar? Pues muy sencillo: “ir a la panadería”.
 
Efectivamente, durante mucho tiempo no hubo mejor solución que utilizar miga de pan para borrar los errores cometidos con el lápiz. Un sistema bastante poco práctico, todo hay que decirlo, porque obligaba a tener pan fresco a mano cada vez que uno cometía una equivocación. Y, claro, como los errores suelen aparecer justo cuando uno no los necesita, más de uno acabaría con la mesa llena de migas.
 
Además, la miga de pan tenía una vida útil bastante limitada. Pasados unos días se convertía en un respetable mendrugo y lo que antes servía para borrar terminaba sirviendo, como mucho, para romper el papel. Y, de paso, para llenar el suelo de migas y proporcionar un festín inesperado a las hormigas.
 
La situación cambió con la aparición de las gomas de caucho y, posteriormente, con la vulcanización, proceso desarrollado por Charles Goodyear, cuyo apellido acabaría asociado a una de las marcas de neumáticos más conocidas del mundo.
 
Y aquí conviene hacer una aclaración: los neumáticos Goodyear, por mucho que procedan de la misma familia del caucho, no sirven para borrar lo escrito con lápiz. Entre otras cosas, porque resulta bastante incómodo llevar un neumático al colegio para corregir los deberes. Aunque, bien pensado, siempre habría alguien dispuesto a presumir de goma de borrar tamaño familiar.
 
Lo cierto es que llegar a conseguir un material adecuado para borrar no fue precisamente coser y cantar. Hubo experimentos, pruebas y errores hasta encontrar las propiedades adecuadas del caucho. Y ahí aparece una de esas maravillosas paradojas que tanto gustan a la historia de los inventos.
 
Porque imaginemos por un momento al investigador trabajando sobre una fórmula que necesita conservar por escrito. Hace una prueba y la goma no funciona. Perfecto: ahí está la cuartilla con la fórmula, junto con el procedimiento utilizado, para recordar que aquel camino no llevaba a ninguna parte.
 
Hace otra prueba. Tampoco funciona. Estupendo: otra fórmula que se queda cuidadosamente anotada. Y así una vez tras otra, hasta que, finalmente, llega la fórmula correcta. La prueba funciona. ¡Eureka! La goma borra perfectamente lo que está escrito. Incluida, naturalmente, “la fórmula que acababa de escribir”. Y vuelta a empezar.
 
Porque aquí surge un pequeño problema: si has inventado una sustancia que sirve precisamente para borrar lo que escribes, no parece una buena idea utilizarla encima de aquello que necesitas conservar para repetir el experimento. Así que no quedaba otra: aprenderse la fórmula de memoria.
 
De esta manera, cada vez que conseguía la mezcla correcta, podía comprobar que efectivamente borraba, memorizar de nuevo el procedimiento y, posteriormente, escribirlo otra vez. Hasta que, después de repetir el proceso quién sabe cuántas veces, probablemente acabó aprendiendo la fórmula mejor que su propio nombre.
 
Y así llegamos a uno de esos pequeños grandes inventos que cambiaron nuestra vida cotidiana. Desde entonces podemos equivocarnos, borrar el error y volver a intentarlo. Una posibilidad casi milagrosa. Algo parecido a la confesión: uno reconoce el error, lo elimina y procura que nadie se acuerde de él.
 
Aunque, gracias a la goma de borrar, al menos ya no necesitamos comprar una barra de pan cada vez que nos equivocamos. Lo que supuso una auténtica desgracia para los panaderos. Y, sobre todo, para las hormigas.
 

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La vaciedad de los debates políticos

Cada vez que hay un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para qué sirve un debate electoral?
 
(AZprensa) Cuando se produce un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que ofrezca su veredicto.  
 
Porque ¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo verbal.  
 
En teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el raciocino de cualquier programa electoral.
 
En definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
 

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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ejercicio y ejemplo de capacidad de síntesis

(AZprensa)
El periodista del futuro será quien mejor sepa resumir y comunicar una información en el menor espacio posible. El lector actual no tiene tiempo ni paciencia para «tochos» interminables: una noticia que se alarga demasiado corre el riesgo de perder su atención antes de llegar al final.

Por eso, la capacidad de síntesis será cada vez más importante: seleccionar lo esencial, expresarlo con claridad y hacerlo en apenas un par de párrafos. Como, por ejemplo, estos que acabas de leer ahora mismo.
 
PD.- Y ahora viene la pregunta: ¿lo he conseguido?
 

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martes, 22 de septiembre de 2026

¡Los neandertales ya eran modernos!

Leer noticias de Ciencia no sólo nos informa sino que nos hace pensar, porque hay algunas noticias científicas que cambian nuestra visión del mundo. Hoy quiero compartir el análisis que he realizado sobre esta noticia, y ya me dirás si estás de acuerdo.
 
(AZprensa) Hay noticias que cambian el mundo, y luego hay otras que, además, pueden cambiar nuestra próxima factura en un restaurante. La noticia que leí decía que un equipo internacional de investigadores, con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha descubierto en la Cueva Bajondillo, en Torremolinos (Málaga), evidencias de que los neandertales que habitaban la península Ibérica comían marisco hace 150.000 años.
 
¡Toma ya! Resulta que esos seres que durante generaciones hemos imaginado como unos tipos bastante brutos, vestidos con pieles, con el pelo revuelto, cara de pocos amigos y un garrote en la mano, eran en realidad unos auténticos sibaritas. Mientras nosotros pensábamos que se dedicaban a perseguir mamuts, ellos estaban pensando dónde conseguir unas buenas almejas.
 
Y aquí empieza lo verdaderamente preocupante. La noticia dice que este descubrimiento sitúa a Cueva Bajondillo como «el registro más antiguo de esta actividad en neandertales». Es decir, con un poco de imaginación —y sin ánimo de quitarle rigor a la ciencia— podríamos decir que Cueva Bajondillo fue la primera marisquería de la historia.
 
Eso sí, tenía algunas carencias respecto a las actuales. No había camareros. No había aire acondicionado. No había terraza. No había carta. Y, sobre todo, no había Guía Michelin. Una pena. Porque de haber existido entonces la famosa guía gastronómica, estoy convencido de que aquellos neandertales habrían luchado por conseguir sus estrellas.
 
«Cueva Bajondillo: cocina de proximidad, producto de temporada y vistas espectaculares al Mediterráneo. Servicio algo tosco, pero excelente materia prima». Incluso podríamos imaginar al crítico gastronómico de turno entrando en la cueva y preguntando:
—¿Qué me recomienda?
—Percebes.
—¿Y de segundo?
—Almejas.
—¿Tiene algo de carne?
—Mamut.
—Pues póngame medio.
 
El descubrimiento tiene, además, una segunda lectura todavía más divertida. La noticia señala que algunos investigadores consideran que el marisqueo es uno de los comportamientos que definen a los humanos modernos. ¡Ahí es nada! Resulta que comer marisco no es solamente un signo de buen gusto, sino también de modernidad. Por tanto, si los neandertales ya comían marisco hace 150.000 años, tenemos que aceptar una conclusión inevitable: los neandertales eran modernos. Muy modernos. Muchísimo más de lo que sospechábamos. Y si ellos ya eran modernos hace 150.000 años, nosotros, que seguimos comiendo marisco en el siglo XXI, debemos de ser directamente la repera de modernos.
 
Aunque hay una cosa que me preocupa. Después de 150.000 años de evolución, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Ellos recogían unos mejillones en la costa. Nosotros pedimos mejillones. Ellos comían gambas. Nosotros comemos gambas. Ellos buscaban almejas. Nosotros buscamos almejas… La única diferencia sustancial es que ellos probablemente las conseguían gratis y nosotros necesitamos una tarjeta de crédito.
 
Y aquí es donde quizá debamos replantearnos eso que llamamos «evolución». Porque si después de 150.000 años nuestro mayor progreso consiste en conseguir que alguien nos traiga a la mesa un plato de percebes mientras nosotros decimos «¡qué buenos están!», tampoco parece que hayamos avanzado una barbaridad.
 
Eso sí, hemos perfeccionado considerablemente la ceremonia. El neandertal probablemente se sentaba sobre una piedra y comía directamente. Nosotros necesitamos mantel, cubiertos, servilleta, copa, vino blanco, cubitera y, si es posible, un camarero que pronuncie correctamente el nombre del pescado. Y luego llega la cuenta. Ahí sí que hemos evolucionado. El neandertal comía marisco y se iba a su cueva. Nosotros comemos marisco y después necesitamos volver a la cueva para recuperarnos económicamente.
 
Pero lo más interesante de todo es que aquel descubrimiento nos obliga a mirar de otra manera a los neandertales. Quizá no eran esos pobres seres primitivos que durante tanto tiempo hemos imaginado. Quizá tenían gustos refinados. Quizá sabían apreciar un buen producto. Quizá, después de una jornada de caza, se sentaban tranquilamente a comer unas almejas. Y quizá alguno de ellos, mientras contemplaba el Mediterráneo, llegó incluso a decir: —Esto con un poquito de limón...
 
Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la próxima vez que vayamos a una marisquería deberíamos hacerlo con cierto respeto histórico. Cuando nos sirvan unas gambas, no estaremos simplemente ante un plato de comida. Estaremos ante 150.000 años de tradición. Cuando abramos unas almejas, estaremos continuando una costumbre iniciada por nuestros antepasados. Y cuando llegue la cuenta, quizá podamos consolarnos pensando que, al menos, estamos demostrando nuestra modernidad. Porque, según parece, comer marisco es de modernos. Los neandertales ya lo hacían hace 150.000 años.
 
Así que, querido lector, la próxima vez que te sientes ante una bandeja de marisco, no te sientas culpable por el precio. No estás gastando. Estás perpetuando una tradición prehistórica. Y, sobre todo, estás demostrando que eres un auténtico Homo sapiens moderno. Aunque, después de saber que los neandertales ya se daban esos homenajes hace 150.000 años, empiezo a sospechar que los modernos... eran ellos.
 
¡A tu salud y buen provecho!
 

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