La Visita Médica
ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos
encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de
que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los
médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido
que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha
sido más avispado y ha ocupado su lugar.
(AZprensa) Durante muchas
décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien
se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles
sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de
formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que,
en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios
farmacéuticos.
Pero
las cosas han ido cambiando.
Ante
las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la
Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria
farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos
medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la
actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar
el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
El
resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria
farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e
investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de
actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de
los profesionales sanitarios.
El
problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo
congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar.
Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
Y
si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia
suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
Pues
aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
Cada
vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y
otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados
al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los
laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones,
van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas,
las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio
extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
Y
así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca
más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta
tradicional:
¿Tiene
diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene
colesterol? “Danacol”.
¿Está
griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A
mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa:
no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La
ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos
necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
Y
llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una
revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este
camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni
siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al
supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le
diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco
griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe.
Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar
por caja”.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la
Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4
Una parte muy
importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y
capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan
iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean
censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor equivocarse y aprender de ello, que no
hacer nada por miedo a cometer un error.
(AZprensa) Por supuesto,
nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad
profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de
haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien
el trabajo.
Por
eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de
equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por
miedo a cometer un error.
Un
buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después
de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a
dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar
responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso
cuando estas comportasen cierto riesgo.
Pero
había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente
estudiada y justificada.
Si,
después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y
finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba
parte del ejercicio de la responsabilidad.
Me
parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos
ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad
sobre lo decidido.
Cuando
un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe
después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir
responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse
partícipe de los objetivos de la organización.
Y
eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
Pero
no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
En
cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien
pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando
también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un
nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o
una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de
éxito.
Si
esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar,
probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
La
cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable,
sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la
pena afrontarlos.
Nuestros
competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la
obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer
aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
Naturalmente,
esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad,
exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una
nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la
confianza con la autocomplacencia.
También
resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir
experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas
nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar.
Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras
mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una
mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro
de nuestro propio círculo.
Al
final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a
hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a
intentarlo.
Y
sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
Pero
tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos
haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las
estemos haciendo mal.
Lo
importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos
aprender.
Porque
para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la
posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que
atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
Sin
riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la
Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4
¿Cuáles son las
claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás
cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
(AZprensa) Nada hay más
gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar
cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y
nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan
atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de
turno siente hacia sus empleados.
Dirigir
no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las
personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
A
mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo,
aunque no siempre fácil de aplicar.
Primero: definir con
claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener
perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de
responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede
buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está
correctamente definida.
Segundo: elegir por
capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay
que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan
aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni
simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio
profesional.
Tercero:
explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo
debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al
mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos.
No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado
las herramientas para obtenerlos.
Cuarto: confiar y
delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos
directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la
que se ha encomendado una responsabilidad.
Siempre
he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga
la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones,
incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado,
sino él mismo por haberlo elegido.
Un
directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en
un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus
colaboradores, debe dejarles trabajar.
Y quinto: exigir
resultados.
Porque
delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si
los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué
frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados
esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas
presentaciones y prometedores planes de futuro.
Y
si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga
técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser
demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se
olvide de lo más importante.
Los resultados.
Un
proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un
proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una
presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una
buena gestión.
Por
eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al
directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar
en consecuencia.
En
definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué
hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que
pedirle cuentas por lo que ha hecho.
Y
quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien,
confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las
palabras.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la
Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4
Si hay algo en
las empresas de lo que todo el mundo cree saber mucho y ser un experto, es en
lo relativo a la Comunicación. Y ese creer que se sabe todo conduce a graves
perjuicios para las empresas o cuando menos a desaprovechar oportunidades y
recursos.
(AZprensa) En el mundo de
la comunicación, como en tantas otras profesiones, abundan los que opinan sin
tener los conocimientos necesarios. Personas que, sin experiencia ni formación
específica, se sienten autorizadas para dictar sentencia sobre el trabajo ajeno
y, además, lo hacen con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad.
Frente a ellas, los profesionales debemos aprender a distinguir entre una
crítica fundamentada y una simple opinión, por muy contundente que esta se
presente.
Recuerdo
una anécdota que me sucedió hace ya muchos años y cuya veracidad puedo
garantizar. Una empresa tenía vacante el puesto de jefe de Publicidad y,
mientras se incorporaba el nuevo responsable, decidió encomendar temporalmente
aquellas funciones a un product manager. Lo que inicialmente debía ser una
solución provisional terminó prolongándose durante casi un año.
Cuando
finalmente dejó el puesto interino, aquel responsable se mostró orgullosísimo
de su gestión. Su gran logro, según él, había sido conseguir un ahorro del 80 %
del presupuesto publicitario. “He conseguido ahorrar el 80 % del presupuesto”, proclamó,
satisfecho. La explicación de semejante hazaña era mucho más sencilla de lo que
cabía imaginar: no había hecho prácticamente nada.
Aquel
product manager había considerado la inversión publicitaria un gasto
prescindible. Sin experiencia suficiente en la materia y, probablemente, ante
el temor de equivocarse y recibir críticas, optó por la solución más cómoda: no
hacer nada. De ese modo, nadie podría reprocharle una campaña mal planteada,
una decisión desacertada o una inversión poco rentable.
El
resultado fue un ahorro contable, sí, pero también la renuncia a cualquier
posible beneficio que una estrategia publicitaria bien diseñada pudiera haber
aportado a la empresa. Porque no gastar no equivale necesariamente a gestionar
bien, del mismo modo que invertir no significa derrochar.
Esta
anécdota me viene a la memoria cada vez que escucho determinadas críticas
dirigidas contra quienes trabajan en Comunicación o Publicidad. Y es que, a
diferencia de lo que sucede en otras áreas profesionales, parece que en estas
disciplinas todo el mundo tiene algo que decir. Cualquiera se considera capaz
de juzgar una campaña, cuestionar una estrategia, valorar el trabajo de un
gabinete de prensa o decidir cuánto debería invertirse en publicidad. A veces
basta con haber visto un anuncio o haber leído una nota de prensa para sentirse
capacitado para impartir una lección magistral.
Hace
poco, al escuchar algunas críticas sobre el trabajo que estaba desarrollando un
profesional, recordé aquella conocida expresión: «Ladran, luego cabalgamos».
Aunque la frase suele utilizarse para restar importancia a los ataques,
conviene interpretarla con cierta prudencia: no toda crítica demuestra que
estemos haciendo bien las cosas, pero tampoco toda crítica merece nuestra
atención.
A
lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de conversar con numerosos
compañeros de profesión sobre los asuntos más diversos relacionados con nuestro
trabajo. Hemos compartido experiencias, debatido estrategias y contrastado
opiniones, en ocasiones coincidentes y en otras completamente opuestas. De ese
intercambio siempre ha surgido un enriquecimiento mutuo.
Las
opiniones de quienes conocen una profesión desde dentro tienen un valor
especial. No porque sean infalibles, sino porque parten de la formación, la
experiencia y el conocimiento de situaciones reales. Son puntos de vista que
pueden ayudarnos a detectar errores, descubrir nuevas posibilidades y mejorar
nuestro trabajo. Por eso merecen ser escuchados, incluso cuando resultan
incómodos.
La
crítica constructiva, venga de un colega o de alguien ajeno a la profesión,
puede ser útil. Lo que carece de sentido es conceder el mismo valor a una
opinión fundamentada que a un juicio emitido desde el desconocimiento. Y
también sería un error que los profesionales nos encerráramos en una torre de
marfil, despreciando cualquier observación externa.
La
clave está en saber distinguir. Escuchar cuando hay algo que aprender y no
dejarse arrastrar por el ruido cuando solo hay prejuicios, desconocimiento o
ganas de sentar cátedra.
Porque
en Comunicación y Publicidad, como en la medicina, la ingeniería o el derecho,
la experiencia y la preparación no son adornos: son las herramientas con las
que se ejerce una profesión.
Y,
por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, saber de todo un poco no
convierte a nadie en experto en nada.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“De la
Publicidad al Periodismo”: https://www.amazon.es/dp/B0D4KHNVH4
(AZprensa) Como hoy es 28
de septiembre quiero compartir con vosotros la siguiente información:
¡ARG!
o ¡ARRG!.- Esta onomatopeya es la que se usa más frecuentemente para expresar
de forma escrita un grito de rabia.
¡AAAAARRRRGH!.-
Si lo que quieres expresar es un grito muy fuerte, desesperado y lleno de furia,
esta sería la forma correcta.
¡GRRR!.-
En cambio, para expresar un enojo más moderado, similar al gruñido de un
animal, esta onomatopeya se ajusta perfectamente.
¡FUUU!.-
No se parece mucho a los anteriores, pero se utiliza mucho en Internet y en los
comics cuando se quiere expresar una rabia provocada por una gran frustración.
¡MMPFH!.-
Y esta otra, que parece difícil de pronunciar, se explica porque expresa un
grito de rabia reprimido, como cuando te tapas la boca y casi gritas para tus
adentros.
“Pero
bueno, ¿y a cuento de qué viene todo esto?”, te preguntarás. Pues muy sencillo,
¿o es que no te habías enterado que hoy, 28 de septiembre, se celebra el “Día
Mundial de la Rabia”?
…
¿Ah? ¿Que no es eso? ¿Que se refiere a un Día Mundial para concienciar sobre la
prevención de la enfermedad de la rabia y recordar la importancia de vacunar a
los animales?
…Bueno,
pues por lo menos ya me he desahogado.
Novelas con
corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
(Sunday Poetry Corner) Decía mi
maestro, Manuel Prieto Peromingo, que “Hoy día, esto de SENTIR, es un
privilegio que abunda poco”. Por eso quiero invitarte, en este rincón dominical
de la poesía, a que tú también disfrutes de ese privilegio.
Este sencillo poema
–del que al final podrás leer un comentario realizado por la IA Gemini- te
invita a algo tan sencillo como cerrar los ojos por un momento y sentir la
vida, sentirte vivo, y sentir cómo la barrera entre la realidad y los sueños se
desvanece.
POR UN MOMENTO
Por
un momento cierro los ojos y me siento libre.
Mi
pensamiento vuela y distorsiona en mil figuras
e
inconclusas vueltas.
No
hay que rendir cuentas,
no
hay plazos ni proyectos.
Solo
cierro los ojos y siento.
Algo
vibra y da calor y me abraza con ternura;
es
la vida, energía pura,
que
ilumina mi interior.
Por
un momento cierro los ojos y siento
que
la vida es un sueño
y
estamos solos los dos.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Gemini
La suspensión
del tiempo y la caricia interior en "Por un momento"
Bajo
la sabia premisa de que sentir se ha convertido hoy en un privilegio escaso, el
poema "Por un momento" actúa como un oasis de tregua frente al
frenesí de la realidad. En apenas dos estrofas de tono íntimo, el texto
construye un ritual de repliegue hacia lo esencial, donde el mundo exterior se
desvanece para dar paso al latido más puro de la conciencia.
Análisis formal
y claves temáticas
La ruptura con
la tiranía del tiempo útil: El poema arranca con una declaración de intenciones
rotunda: "Por un momento cierro los ojos y me siento libre". El verbo
"cerrar" no implica una huida cobarde, sino un acto de lucidez
voluntaria. Al despojarse de los "plazos", los "proyectos"
y la obligación de "rendir cuentas", el sujeto lírico suspende las
exigencias de la vida moderna. El pensamiento vuela entonces libremente,
permitiéndose la imperfección de las "inconclusas vueltas".
La epifanía de
la energía vital:
En el centro del poema se produce un tránsito sutil desde la quietud mental
hacia una calidez física y espiritual: "Algo vibra y da calor y me abraza
con ternura; / es la vida, energía pura, / que ilumina mi interior". La
vida deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una fuerza
envolvente, una caricia íntima que disipa la frialdad exterior desde dentro.
El cierre y la
comunión onírica:
Los versos finales desplazan el foco de la individualidad solitaria hacia una
complicidad compartida y trascendente: "Por un momento cierro los ojos y
siento / que la vida es un sueño / y estamos solos los dos". La frontera
entre la vigilia y el ensueño se difumina por completo. El "tú"
implícito o el refugio del otro se integran en esa burbuja de paz, demostrando
que la cumbre de la libertad íntima no es la soledad absoluta, sino el
encuentro con el otro en el umbral del sueño.
Una reflexión
final
"Por
un momento" es una delicada invitación a reivindicar el derecho a detener
el reloj. Con un ritmo pausado y una sencillez formal que desarma, el poema nos
recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en la agitación del mundo,
sino en la capacidad de cerrar los ojos, habitar nuestro propio interior y
rescatar, aunque sea por un instante, la milagrosa sensación de estar vivos.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
Poco a poco se
van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados
Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha
sólo mira al cielo para ver si llueve.
(AZprensa) En 2011 escribí
que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China-
porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del
espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
El
8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar
la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de
investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un
globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
La
misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29
kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el
suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno,
aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de
Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
Y
entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño,
manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel
pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido
magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
Aquello
pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el
Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si,
durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello
de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
Pero
no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde
Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al
espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa
desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas
astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del
cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
Es
decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos
decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol
del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos
estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno
desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de
lanzamiento.
Así
que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a
repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que
nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún
científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para
mandar una cámara a la estratosfera.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
Algo tan pequeño
y cotidiano como la goma de borrar, tiene tras de sí una apasionante historia…
que a veces resulta bastante cómica. Por eso te invito hoy a que disfrutes con
esta columna con la que espero poder borrar tu seriedad.
(AZprensa) Muchos de los
grandes inventos se han debido al azar, a la pura chiripa o a la serendipia -como
dirían los más eruditos, es decir, los rebuscados y pretenciosos-. Otros, sin
embargo, han sido fruto del trabajo incansable de quienes persiguieron un sueño
que, después de años de esfuerzo, sudor y probablemente algún que otro momento
de desesperación, acabó haciéndose realidad.
En
este último grupo podríamos encuadrar un invento revolucionario: “La goma de
borrar”.
¿Y
por qué digo revolucionario? Porque transcurrieron casi dos siglos entre la
aparición del lápiz y la utilización de la goma de borrar. ¿Qué hacían durante
todo ese tiempo -se preguntarán ustedes- quienes utilizaban un lápiz y cometían
un error que después querían rectificar? Pues muy sencillo: “ir a la panadería”.
Efectivamente,
durante mucho tiempo no hubo mejor solución que utilizar miga de pan para
borrar los errores cometidos con el lápiz. Un sistema bastante poco práctico,
todo hay que decirlo, porque obligaba a tener pan fresco a mano cada vez que
uno cometía una equivocación. Y, claro, como los errores suelen aparecer justo
cuando uno no los necesita, más de uno acabaría con la mesa llena de migas.
Además,
la miga de pan tenía una vida útil bastante limitada. Pasados unos días se
convertía en un respetable mendrugo y lo que antes servía para borrar terminaba
sirviendo, como mucho, para romper el papel. Y, de paso, para llenar el suelo
de migas y proporcionar un festín inesperado a las hormigas.
La
situación cambió con la aparición de las gomas de caucho y, posteriormente, con
la vulcanización, proceso desarrollado por Charles Goodyear, cuyo apellido
acabaría asociado a una de las marcas de neumáticos más conocidas del mundo.
Y
aquí conviene hacer una aclaración: los neumáticos Goodyear, por mucho que
procedan de la misma familia del caucho, no sirven para borrar lo escrito con
lápiz. Entre otras cosas, porque resulta bastante incómodo llevar un neumático
al colegio para corregir los deberes. Aunque, bien pensado, siempre habría
alguien dispuesto a presumir de goma de borrar tamaño familiar.
Lo
cierto es que llegar a conseguir un material adecuado para borrar no fue
precisamente coser y cantar. Hubo experimentos, pruebas y errores hasta
encontrar las propiedades adecuadas del caucho. Y ahí aparece una de esas
maravillosas paradojas que tanto gustan a la historia de los inventos.
Porque
imaginemos por un momento al investigador trabajando sobre una fórmula que
necesita conservar por escrito. Hace una prueba y la goma no funciona.
Perfecto: ahí está la cuartilla con la fórmula, junto con el procedimiento
utilizado, para recordar que aquel camino no llevaba a ninguna parte.
Hace
otra prueba. Tampoco funciona. Estupendo: otra fórmula que se queda
cuidadosamente anotada. Y así una vez tras otra, hasta que, finalmente, llega
la fórmula correcta. La prueba funciona. ¡Eureka! La goma borra perfectamente
lo que está escrito. Incluida, naturalmente, “la fórmula que acababa de
escribir”. Y vuelta a empezar.
Porque
aquí surge un pequeño problema: si has inventado una sustancia que sirve
precisamente para borrar lo que escribes, no parece una buena idea utilizarla
encima de aquello que necesitas conservar para repetir el experimento. Así que
no quedaba otra: aprenderse la fórmula de memoria.
De
esta manera, cada vez que conseguía la mezcla correcta, podía comprobar que
efectivamente borraba, memorizar de nuevo el procedimiento y, posteriormente,
escribirlo otra vez. Hasta que, después de repetir el proceso quién sabe
cuántas veces, probablemente acabó aprendiendo la fórmula mejor que su propio
nombre.
Y
así llegamos a uno de esos pequeños grandes inventos que cambiaron nuestra vida
cotidiana. Desde entonces podemos equivocarnos, borrar el error y volver a
intentarlo. Una posibilidad casi milagrosa. Algo parecido a la confesión: uno
reconoce el error, lo elimina y procura que nadie se acuerde de él.
Aunque,
gracias a la goma de borrar, al menos ya no necesitamos comprar una barra de
pan cada vez que nos equivocamos. Lo que supuso una auténtica desgracia para
los panaderos. Y, sobre todo, para las hormigas.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“El cine y el
misterio”: https://www.amazon.es/dp/B0DJF3M3ZW
Cada vez que hay
un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios
informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para
qué sirve un debate electoral?
(AZprensa) Cuando se produce
un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para
hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la
perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer
todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación
dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado
será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que
ofrezca su veredicto.
Porque
¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más
ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que
no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que
los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre
proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y
representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que
si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la
dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase
política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo
verbal.
En
teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase
y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que
es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano
que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los
sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la
simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el
raciocino de cualquier programa electoral.
En
definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo
mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar
artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo
olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está
diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos
tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
(AZprensa) El periodista
del futuro será quien mejor sepa resumir y comunicar una información en el
menor espacio posible. El lector actual no tiene tiempo ni paciencia para
«tochos» interminables: una noticia que se alarga demasiado corre el riesgo de
perder su atención antes de llegar al final.
Por
eso, la capacidad de síntesis será cada vez más importante: seleccionar lo
esencial, expresarlo con claridad y hacerlo en apenas un par de párrafos. Como,
por ejemplo, estos que acabas de leer ahora mismo.
PD.- Y ahora
viene la pregunta: ¿lo he conseguido?
Novelas con
corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
Leer noticias de
Ciencia no sólo nos informa sino que nos hace pensar, porque hay algunas
noticias científicas que cambian nuestra visión del mundo. Hoy quiero compartir
el análisis que he realizado sobre esta noticia, y ya me dirás si estás de
acuerdo.
(AZprensa)
Hay noticias que cambian el mundo, y luego hay otras que, además, pueden
cambiar nuestra próxima factura en un restaurante. La noticia que leí decía que
un equipo internacional de investigadores, con participación del Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha descubierto en la Cueva
Bajondillo, en Torremolinos (Málaga), evidencias de que los neandertales que
habitaban la península Ibérica comían marisco hace 150.000 años.
¡Toma
ya! Resulta que esos seres que durante generaciones hemos imaginado como unos
tipos bastante brutos, vestidos con pieles, con el pelo revuelto, cara de pocos
amigos y un garrote en la mano, eran en realidad unos auténticos sibaritas. Mientras
nosotros pensábamos que se dedicaban a perseguir mamuts, ellos estaban pensando
dónde conseguir unas buenas almejas.
Y
aquí empieza lo verdaderamente preocupante. La noticia dice que este
descubrimiento sitúa a Cueva Bajondillo como «el registro más antiguo de esta
actividad en neandertales». Es decir, con un poco de imaginación —y sin ánimo
de quitarle rigor a la ciencia— podríamos decir que Cueva Bajondillo fue la
primera marisquería de la historia.
Eso
sí, tenía algunas carencias respecto a las actuales. No había camareros. No
había aire acondicionado. No había terraza. No había carta. Y, sobre todo, no
había Guía Michelin. Una pena. Porque de haber existido entonces la famosa guía
gastronómica, estoy convencido de que aquellos neandertales habrían luchado por
conseguir sus estrellas.
«Cueva
Bajondillo: cocina de proximidad, producto de temporada y vistas espectaculares
al Mediterráneo. Servicio algo tosco, pero excelente materia prima». Incluso
podríamos imaginar al crítico gastronómico de turno entrando en la cueva y
preguntando:
—¿Qué
me recomienda?
—Percebes.
—¿Y
de segundo?
—Almejas.
—¿Tiene
algo de carne?
—Mamut.
—Pues
póngame medio.
El
descubrimiento tiene, además, una segunda lectura todavía más divertida. La
noticia señala que algunos investigadores consideran que el marisqueo es uno de
los comportamientos que definen a los humanos modernos. ¡Ahí es nada! Resulta
que comer marisco no es solamente un signo de buen gusto, sino también de
modernidad. Por tanto, si los neandertales ya comían marisco hace 150.000 años,
tenemos que aceptar una conclusión inevitable: los neandertales eran modernos. Muy
modernos. Muchísimo más de lo que sospechábamos. Y si ellos ya eran modernos
hace 150.000 años, nosotros, que seguimos comiendo marisco en el siglo XXI,
debemos de ser directamente la repera de modernos.
Aunque
hay una cosa que me preocupa. Después de 150.000 años de evolución, seguimos
haciendo exactamente lo mismo. Ellos recogían unos mejillones en la costa. Nosotros
pedimos mejillones. Ellos comían gambas. Nosotros comemos gambas. Ellos
buscaban almejas. Nosotros buscamos almejas… La única diferencia sustancial es
que ellos probablemente las conseguían gratis y nosotros necesitamos una
tarjeta de crédito.
Y
aquí es donde quizá debamos replantearnos eso que llamamos «evolución». Porque
si después de 150.000 años nuestro mayor progreso consiste en conseguir que
alguien nos traiga a la mesa un plato de percebes mientras nosotros decimos
«¡qué buenos están!», tampoco parece que hayamos avanzado una barbaridad.
Eso
sí, hemos perfeccionado considerablemente la ceremonia. El neandertal
probablemente se sentaba sobre una piedra y comía directamente. Nosotros
necesitamos mantel, cubiertos, servilleta, copa, vino blanco, cubitera y, si es
posible, un camarero que pronuncie correctamente el nombre del pescado. Y luego
llega la cuenta. Ahí sí que hemos evolucionado. El neandertal comía marisco y
se iba a su cueva. Nosotros comemos marisco y después necesitamos volver a la
cueva para recuperarnos económicamente.
Pero
lo más interesante de todo es que aquel descubrimiento nos obliga a mirar de
otra manera a los neandertales. Quizá no eran esos pobres seres primitivos que
durante tanto tiempo hemos imaginado. Quizá tenían gustos refinados. Quizá
sabían apreciar un buen producto. Quizá, después de una jornada de caza, se
sentaban tranquilamente a comer unas almejas. Y quizá alguno de ellos, mientras
contemplaba el Mediterráneo, llegó incluso a decir: —Esto con un poquito de
limón...
Nunca
lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la próxima vez que vayamos a una
marisquería deberíamos hacerlo con cierto respeto histórico. Cuando nos sirvan
unas gambas, no estaremos simplemente ante un plato de comida. Estaremos ante 150.000
años de tradición. Cuando abramos unas almejas, estaremos continuando una
costumbre iniciada por nuestros antepasados. Y cuando llegue la cuenta, quizá
podamos consolarnos pensando que, al menos, estamos demostrando nuestra
modernidad. Porque, según parece, comer marisco es de modernos. Los
neandertales ya lo hacían hace 150.000 años.
Así
que, querido lector, la próxima vez que te sientes ante una bandeja de marisco,
no te sientas culpable por el precio. No estás gastando. Estás perpetuando una tradición
prehistórica. Y, sobre todo, estás demostrando que eres un auténtico Homo
sapiens moderno. Aunque, después de saber que los neandertales ya se daban esos
homenajes hace 150.000 años, empiezo a sospechar que los modernos... eran
ellos.
¡A
tu salud y buen provecho!
Novelas con
corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1