(AZprensa) El
"routing" es el proceso burocrático y excesivo de revisión por el que
pasa un comunicado de prensa en el sector farmacéutico. Al requerir la
aprobación de tantos departamentos distintos, el mensaje original se diluye y
se retrasa tanto que el texto final pierde su propósito informativo y su
impacto.
En otras palabras:
Exceso de filtros: El texto es corregido y modificado por
áreas con intereses diferentes (médico, legal, financiero, corporativo), lo que
destruye el enfoque periodístico.
Mensaje desvirtuado: El documento final se convierte en un
texto genérico, aburrido y neutral que no aporta valor real ni llama la
atención de los medios o el público.
El problema de la burocracia: En teoría, este sistema
busca proteger a la empresa de errores; en la práctica, retrasa la publicación
y anula la efectividad de la comunicación corporativa.
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(AZprensa) Vivimos
convencidos de que somos los cronistas perfectos de la realidad. Confiamos
ciegamente en lo que vemos, tocamos, saboreamos y olemos, asumiendo que
nuestros sentidos son ventanas transparentes que nos conectan en tiempo real
con el universo. Sin embargo, si nos despojamos de las apariencias y analizamos
el funcionamiento del cerebro con rigor neurocientífico, descubriremos una
verdad tan inquietante como fascinante: los sentidos nos engañan constantemente
y la vida misma, tal y como la experimentamos, es una suerte de bellísimo
espejismo.
El engaño de los
órganos periféricos
Hace
un tiempo leí las declaraciones demoledoras de Mara Dierssen, una de las
investigadoras más preclaras del Centro de Regulación Genómica de Barcelona,
que ponían patas arriba nuestros sesgos biológicos: «Lo que nos permite oler no
es la nariz sino el cerebro».
Tendemos
a otorgar el mérito de nuestras percepciones a los órganos periféricos, pero la
nariz, los ojos o las papilas gustativas no son más que meros receptores,
aduanas que traducen estímulos físicos y químicos en impulsos eléctricos. El
verdadero alquimista es el cerebro, que interpreta esas señales según sus
propios archivadores y mapas neuronales.
Un
ejemplo cotidiano y soberbio de este engaño sensorial es el caso de la
vainilla. La inmensa mayoría de la gente juraría que la vainilla es un sabor
primordial; sin embargo, la ciencia ha demostrado que es fundamentalmente un
olor. Es nuestro aparato olfativo retronasal el que dota de identidad a esa
sustancia, engañando a nuestra consciencia para hacernos creer que la lengua
está saboreando lo que, en realidad, el cerebro está oliendo.
La vida en
diferido: El retardo de la consciencia
Pero
el engaño más descomunal y sobrecogedor al que estamos sometidos los seres
humanos no es de carácter espacial, sino temporal. Vivimos nuestra existencia
con una fracción de segundo de retraso.
La
fisonomía del procesamiento neuronal requiere tiempo: las señales eléctricas
deben viajar por los nervios, cruzar las sinapsis y ser procesadas e integradas
por la corteza cerebral antes de transformarse en una experiencia consciente.
Tal y como explica la doctora Dierssen, cuando lanzamos un objeto al aire, ese
objeto ya ha iniciado su trayectoria de descenso una fracción de segundo antes
de que nuestros ojos y nuestra mente puedan registrar de forma consciente el
movimiento.
Esto
nos aboca a una conclusión que tambalea nuestro concepto del libre albedrío:
los seres humanos tomamos decisiones y reaccionamos en milisegundos decisivos
antes de que nos demos cuenta formalmente de ello. «Lo que estamos viviendo
—afirma la investigadora— no es lo que está pasando en este preciso momento; en
realidad es lo que ha pasado unas fracciones de segundo atrás». Somos, por lo
tanto, habitantes de un sutil desfase técnico. El presente estricto nos está
vedado; lo que percibimos con tanta nitidez es el eco inmediato del pasado.
Conclusión:
Formarse un criterio frente al espejismo
Saber
que habitamos una realidad recreada por nuestra propia mente es una lección de
humildad extraordinaria. En esta bitácora siempre invito a desconfiar de las
verdades absolutas, a informarse, a razonar y a documentarse para pensar por sí
mismos. Si ni siquiera nuestro propio cerebro nos entrega la realidad de forma directa
e inmediata, ¿cómo vamos a pretender poseer la razón absoluta en los debates
del mundo exterior?
La
próxima vez que creas presenciar un hecho de forma incontestable, recuerda que
tu mente te está entregando un retazo modificado y tardío de la historia. En
este mundo contradictorio, la verdad sigue siendo solo un punto de vista... y a
menudo, un punto de vista que llega con unas décimas de segundo de retraso.
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(AZprensa) Aceptémoslo: el
ser humano vive en una contradicción constante. Nos encanta la tradición,
compramos turrón cuando se acerca la Navidad y cada seis de enero revivimos con
devoción la festividad de los Reyes Magos. La historia oficial nos dice que
tres venerables monarcas de Oriente, guiados por la estrella de Belén —que,
analizado con rigor tecnológico, constituye el primer sistema de GPS del que se
tiene constancia en la historia de la humanidad—, recorrieron miles de
kilómetros para rendir tributo al recién nacido.
Sin
embargo, si aplicamos el bisturí del pensamiento crítico y descarnamos las
apariencias bíblicas, la versión oficial empieza a hacer aguas por todas
partes. Para empezar, la investigación histórica sospecha que ni eran reyes, ni
eran magos; lo más probable es que se tratase de una expedición de astrónomos que
descubrieron algo inusual en el firmamento. Pero lo verdaderamente grave no es
su estatus nobiliario, sino su comportamiento en el momento de aflojar la
cartera. Examinemos los regalos del pesebre bajo el flexo de la verdad.
Gaspar: El único
con señorío (y libre de impuestos)
Haciendo
balance de la jornada de adoración, hay que reconocer de forma unánime que solo
Gaspar se portó con la dignidad y el señorío que se le presuponen a un
visitante de alta alcurnia. El hombre se rascó el bolsillo y le regaló al niño oro
(no sabemos cuánto, pero el oro siempre ha sido lo más valioso que se puede
poseer).
Además,
por fortuna, en aquella época se podían regalar metales preciosos, lingotes y
joyas, sin tener que rellenar formularios, ni pagar impuestos ni declarar el
incremento patrimonial a la Agencia Tributaria. En el año cero, el fisco
todavía no te requisaba la mitad de los regalos de nacimiento.
Melchor y
Baltasar: El nacimiento de la línea de higiene personal
El
verdadero escándalo de la noche llega con los otros dos componentes del trío.
Melchor y Baltasar demostraron tener una mentalidad bastante tacaña. Está claro
que a estos dos les pudo más el fuerte olor ambiental que emanaba del portal de
Belén —un espacio donde convivían una mula y un buey- o su propia racanería.
¿A
quién en su sano juicio se le ocurre presentarse ante el Salvador del mundo con
un bote de incienso y otro de mirra? ¡Pero si eso son los tatarabuelos de los
ambientadores de pino para el coche! En lugar de invertir en el futuro del
chiquillo, decidieron solventar el compromiso de la visita real regalando dos
botes de desodorante industrial para mitigar los efluvios del establo. Unos
auténticos fenicios de la tacañería.
Una advertencia
para las próximas cartas
Por
todo ello, y aunque todavía falten meses para que las luces de colores vuelvan
a adornar nuestras calles, conviene ir avisando a los niños de la casa para que
no los engañen como a chinos en la próxima campaña navideña.
Cuando
llegue el momento de sentarse frente al papel, que no se les ocurra escribir una
carta colectiva a los Reyes Magos; hay que decirles que redacten una única y
exclusiva carta dirigida a Gaspar. Él es el único que maneja liquidez y
presupuesto real. A los otros dos personajes —los indiscutibles Reyes de la
Racanería— es mejor dejarlos pasar de largo. Como mucho, vistos sus
antecedentes históricos, lo único que les van a dejar va a ser un desodorante
de marca blanca o un paquete de barritas de sándalo. Avisados quedan.
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(AZprensa) A nadie —ni
siquiera a los niños, ni a los ingenuos, ni a los moribundos, ni a quienes
sufren el desengaño de la traición—, a absolutamente nadie se le debe mentir ni
conducir nunca a equívoco. La verdad debería erigirse siempre como la premisa
fundamental y el pilar innegociable de nuestras vidas. Una verdad, eso sí, que
no se lance como un arma arrojadiza, sino que sea dicha desde el amor, la
ternura y la más profunda delicadeza. Es probable que, al principio, este
ejercicio de honestidad radical resulte chocante para una sociedad acostumbrada
al disimulo; sin embargo, a poco que lo intentemos, todos acabaremos
agradeciendo vivir en un entorno libre de ficciones impuestas.
Hecha
esta necesaria introducción, queda clara mi postura: considero que no se debe
engañar a los niños con la fantasía mágica de los Reyes Magos. Ahora bien,
sostener esto no significa, ni muchísimo menos, que deba abolirse la Navidad o
que tengamos que renunciar a conmemorar aquella hermosa visita histórica en la
que se entregaron presentes al recién nacido. Podemos repetir exactamente el
mismo rito del regalo, pero desde la transparencia.
La
ilusión de un hijo no se pierde por conocer la realidad. Al niño siempre, por
definición, le harán una ilusión inmensa los regalos. Seguirá escribiendo su
carta con entusiasmo, pero ya no será una lista interminable, imposible y
desmedida —a la que inevitablemente sigue la frustración o la desilusión al no
verla cumplida—, sino una carta «razonable» y consciente, redactada en función
de cómo perciba el presupuesto y el nivel de vida real de su propia familia.
Esos
obsequios, adquiridos con el esfuerzo de los padres y guardados con esmero,
seguirán estando ocultos a los ojos de los pequeños hasta la mañana del 6 de
enero. Ese día, por fin, descubrirán las sorpresas, exactamente de la misma
manera en que cualquiera compra un regalo de cumpleaños para un ser querido y
lo mantiene en secreto hasta la fecha señalada. El misterio del paquete cerrado
y la emoción del descubrimiento permanecen intactos.
Con
este proceder constructivo y sincero, se conseguirían cinco beneficios
fundamentales para el desarrollo de los más jóvenes:
1.- Educar en el
valor de la verdad:
Se cimenta la confianza familiar sobre una base sólida, demostrándoles desde la
infancia que la honestidad es el camino idóneo.
2.- Evitar la desilusión
del engaño:
Les ahorramos el inevitable y a menudo doloroso instante en el que, tarde o
temprano, descubren por terceros que han sido objeto de un secreto colectivo.
3.- Fomentar la
conciencia económica:
Se les hace partícipes, de un modo maduro y natural, de las posibilidades
financieras reales que tiene cada hogar, evitando caprichos desproporcionados.
4.- Preservar el
sentido histórico:
Se mantiene vivo el verdadero origen de la celebración, recordando que hace más
de dos milenios nació Jesús y que la tradición nace de ese acontecimiento.
5.- Alimentar
una espera ilusionante: Se llenan esas semanas de una sana expectativa ante
la ansiada llegada del 6 de enero para desvelar el contenido de los paquetes.
Ya
va siendo hora de empezar a cambiar muchas dinámicas sociales. La verdad lleva
ya demasiado tiempo apartada de nuestras vidas públicas y privadas, oculta tras
disfraces que incluso pueden ser bienintencionados como en este caso.
Devolverla al corazón del hogar, especialmente durante las fechas más señaladas
del año, es el mejor regalo que podemos hacerle a las generaciones del futuro.
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(AZprensa) Todos
recordamos aquel fatídico verano de 2009 en el que el mundo se estremeció con
la muerte del Rey del Pop, Michael Jackson. La autopsia desveló que el causante
de su último viaje celestial había sido un potente anestésico de uso
hospitalario llamado propofol, una sustancia que el cantante exigía
desesperadamente a su médico de cabecera. Primero para calmar sus dolores y,
más tarde —una vez que se hubo «enganchado» sin remedio—, simplemente porque le
apetecía un plácido viaje al limbo de la inconsciencia.
Pues
bien, mira por dónde, hoy me vais a permitir que rompa una lanza a favor del
gusto farmacológico del bueno de Michael: ¡no me extraña en absoluto que el
hombre se enganchara! Yo he tenido la inmensa fortuna de probar el propofol en
varias ocasiones y debo confesar, ante el tribunal de mis lectores, que la
experiencia fue algo sencillamente maravilloso.
Un infiltrado de
AstraZeneca en el quirófano
Por
aquellos tiempos, yo conocía al milímetro los entresijos de tan bendita
sustancia. No por vicio, válgame el cielo, sino por estricta deformación
profesional: el propofol pertenecía al catálogo del laboratorio farmacéutico en
el que yo trabajaba, AstraZeneca. Su nombre comercial era Diprivan, y su
lanzamiento había revolucionado por completo la historia moderna de la
anestesia.
Los
que peinan canas recordarán que, antiguamente, despertar de una operación era
un calvario de náuseas, vómitos, mareos de feria y una resaca de proporciones
bíblicas. Con la llegada del Diprivan, aquellos momentos tradicionalmente
temidos se transformaban, por arte de magia química, en algo sumamente
placentero.
Llegó
el día en que me tocó a mí pasar por el taller de reparaciones quirúrgicas.
Mientras el equipo médico me preparaba en el antequirófano, decidí ponerme el
traje de inspector de calidad y le pregunté al anestesista con una sonrisa: «¿Qué
anestésico me va a poner?». El buen hombre se me quedó mirando estupefacto, ya
que no hay ningún paciente que haga ese tipo de preguntas. Fue entonces cuando
le saqué la credencial: le expliqué que yo jugaba en el equipo de AstraZeneca y
que teníamos en nómina al mejor anestésico del planeta. El anestesista,
captando la jugada, sonrió con complicidad y me señaló con el dedo unas cajas
que descansaban en una bandeja: sí, amigos, allí estaban, preparadas en
exclusiva para mí, las icónicas cajitas verdes de Diprivan. Jugué en casa.
El
"viaje" más lúcido de mi vida (y un gol por la escuadra)
Cuando
la sustancia comenzó a deslizarse de forma fluida por el gotero hacia mis
venas, apenas hicieron falta unos pocos segundos para que mi consciencia se
desvaneciera. Fue un apagón tan suave, rápido y aterciopelado que ni siquiera
tuve tiempo de contar los segundos o de pensar en ello.
El
verdadero espectáculo, sin embargo, comenzó al abrir los ojos en la sala de
reanimación. Recuerdo perfectamente que el médico estaba inclinado sobre mí,
pendiente de mi evolución, y me preguntó como es habitual: «¿Qué tal se
encuentra?». Solo habían transcurrido dos segundos exactos desde que abrí los
párpados, pero mi cerebro ya funcionaba a 33 revoluciones por minuto. Miré al
doctor y le dije con una amplia sonrisa: «¡Mejor que nunca!».
No
exageraba un ápice. Una sensación descomunal de alegría, euforia y bienestar
invadía todo mi cuerpo. Lejos de estar aturdido, tenía unas ganas locas de
hablar, de chismorrear y de gastar bromas a todo el personal de planta. Tenía
la cabeza perfectamente despejada, nítida y provista de una lucidez tan
asombrosa que, en cuanto los celadores me empujaron en la camilla hasta mi
habitación, lo primero que hice fue ordenar de forma imperiosa: «¡Pon la
televisión, que quiero ver el partido!».
Y
así pasé la postoperación: con el glorioso propofol todavía corriendo
alegremente por mi torrente sanguíneo, disfruté como nunca de las jugadas en la
pantalla, invadido por una felicidad tremenda. En aquel preciso instante, con
una sonrisa de oreja a oreja, me hice una promesa solemne: siempre que tuviese
que volver a pasar por un quirófano, exigiría el mismo menú.
Conclusión: El
sabor de la marca
Años
más tarde, el destino quiso que tuviera que repetir la experiencia hospitalaria
y debo reconocer, para tranquilidad de todos, que el resultado volvió a ser
igual de satisfactorio. Hoy en día las patentes han caducado y el mítico
Diprivan ya no existe como tal en las bandejas; ahora los hospitales despachan
propofol genérico.
Es
verdad que ya nadie puede disfrutar de ese romántico "sabor de marca
original", puesto que aquél magnífico avance de la Medicina se dejó de
fabricar al no poder competir en precio con los genéricos. Sin embargo el
actual propofol genérico sigue brindando despertares alegres, lúcidos e incluso
futboleros –como fue en mi caso- a todos los que tengan que ponerse en manos de
un anestesista.
Por
mi parte, lo tengo más claro que el agua. Secundando aquel mítico y atemporal
anuncio de televisión de La Casera que forma parte de nuestra historia
colectiva, si alguna otra vez tengo que pasar por el quirófano, les diré aquél
slogan de La casera pero adaptado al campo de la anestesia: “¡Si no hay propofol,
no me opero!”.
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El cerebro no se limita a recibir información: la completa,
la reinterpreta y, cuando le falta, la inventa. Lo que creemos ver no es
necesariamente lo que hay. Y la conclusión más honesta es incómoda: no te fíes
ni de ti mismo.
(AZprensa)
El cerebro humano es un órgano extraordinario. Procesa millones de datos por
segundo, reconoce patrones, anticipa situaciones, almacena recuerdos y toma
decisiones con una rapidez que ningún ordenador ha conseguido replicar del
todo. Pero tiene un defecto que conviene conocer y que la mayoría preferimos
ignorar: cuando le falta información, no se detiene a esperar que llegue. La
genera él mismo.
El
mecanismo es tan automático como inconsciente. El cerebro recibe por los
sentidos una información parcial —una imagen incompleta, un sonido ambiguo, una
situación que no acaba de encajar— y en lugar de quedarse con esa laguna
abierta, tira de todo lo que ha ido acumulando en la memoria a lo largo de la
vida: experiencias pasadas, prejuicios, expectativas, miedos, deseos. Y con ese
material propio rellena los huecos. Completa el cuadro. Construye una versión
de la realidad que parece coherente y que se siente como verdadera. Aunque no
lo sea.
«Mientras una parte de lo que percibimos nos llega por los
sentidos —el objeto que está ante nosotros—, otra parte viene siempre de
nuestra mente.»
Ya
lo decía William James (1842-1910), uno de los padres de la psicología moderna,
a finales del siglo XIX. Y lo que entonces era una intuición brillante de un
observador excepcional, la neurociencia actual lo ha confirmado con creces: la
percepción no es un proceso pasivo en que los sentidos simplemente captan lo
que hay y lo transmiten fielmente al cerebro, como si fuéramos una cámara de
vídeo. Es un proceso activo, creativo y profundamente subjetivo en el que el
propio receptor añade, modifica, interpreta y completa la información que
recibe.
«Lo que creemos ver no es el mundo tal como es. Es el mundo tal
como nuestro cerebro decide que debe ser, rellenado con todo lo que llevamos
dentro.»
Las
consecuencias de esto son más profundas de lo que a primera vista puede
parecer. Si cada uno de nosotros completa la realidad con sus propios recuerdos,
sus propios prejuicios y sus propias expectativas, entonces el mundo que
percibo yo no tiene por qué ser exactamente igual al que percibe la persona que
está sentada a mi lado viendo exactamente lo mismo. Dos personas presencian el
mismo acontecimiento y luego lo describen de forma diferente, a veces
radicalmente diferente, y ambas están convencidas de que lo que recuerdan es lo
que ocurrió. Las dos tienen razón desde su propio sistema perceptivo. Y las dos
pueden estar, en aspectos esenciales, equivocadas.
Esto,
que podría parecer un problema filosófico abstracto, tiene consecuencias muy
concretas en la vida cotidiana: en los testimonios judiciales que se
contradicen aunque los testigos sean honestos, en los malentendidos que
destrozan relaciones porque cada parte jura que el otro dijo lo que no dijo, en
los prejuicios que se confirman solos porque el cerebro tiende a percibir lo
que ya espera encontrar y a ignorar lo que no encaja con su mapa previo del
mundo.
Conclusión: no te fíes ni de ti mismo
Y
aquí viene la parte incómoda. Si la percepción es siempre una mezcla de lo que
hay fuera y de lo que ponemos nosotros, si el cerebro completa la realidad con
materiales propios sin avisarnos de que lo está haciendo, entonces no hay
ninguna garantía de que lo que creemos haber visto, oído o vivido corresponda
fielmente a lo que ocurrió. Podemos equivocarnos de buena fe. Podemos recordar
mal sin saber que recordamos mal. Podemos estar completamente convencidos de
algo que no es exactamente así.
La
conclusión, pues, es tan sencilla como desconcertante: no te fíes ciegamente de
tus propias percepciones. No porque seas deshonesto, sino precisamente porque
eres humano. Mantener una cierta dosis de duda sobre lo que uno mismo percibe
—escuchar al otro, contrastar, no dar por sentado que la propia versión es la
única válida— no es debilidad ni inseguridad. Es, simplemente, la actitud más
inteligente que cabe ante un cerebro que, con toda su brillantez, también
inventa.
Cualquier
parecido con la realidad, efectivamente, puede ser pura coincidencia.
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Una nota de
prensa que pasa por el jefe de producto, el director médico, el director legal,
el director financiero, el presidente y la central internacional antes de
salir, ya no es una nota de prensa. Es otra cosa. Y esa otra cosa no sirve para
nada.
(AZprensa) La comunicación
tiene muchos enemigos. Pero en el sector farmacéutico, el principal —el más
extendido, el más dañino y, paradójicamente, el que más se practica— tiene un
nombre inglés: routing. Vale la pena explicar qué es, porque en teoría suena
razonable. En la práctica, es un desastre.
La teoría:
lógica y sensata
En
su concepción original, el routing es la supervisión previa de una nota de
prensa o comunicado por parte de alguien ajeno al responsable de comunicación,
pero experto en algún aspecto técnico de la información que este no tiene por
qué dominar. La idea es razonable: el comunicador de un laboratorio debe
dominar la comunicación, pero no necesariamente la medicina. Si está redactando
una nota sobre las propiedades de un fármaco, tiene todo el sentido que un
médico la revise antes de enviarla, para garantizar que los datos clínicos
estén expresados con precisión. Eso es el routing en su versión ideal: un
filtro de calidad técnica, ágil y específico.
La práctica: el
calvario de las firmas
La
realidad, sin embargo, tiene poco que ver con esa descripción. En la práctica,
la nota de prensa no pasa por una sola persona —el médico de área— sino que
recorre un circuito que incluye, según el laboratorio, al director médico, al
director de relaciones institucionales, al director legal, al director
financiero, al jefe de producto y, cómo no, al presidente de la compañía, y
esperar a que lo rubrique con la última firma.
El
resultado de tan democrático proceso es que el texto original —que salió de
manos del responsable de comunicación
perfectamente redactado, con el tono y el enfoque que cualquier periodista
esperaría de una nota de prensa— llega al final convertido en algo
irreconocible. Cada director ha dejado su huella: el jefe de producto exige que
el nombre del producto aparezca en mayúsculas, con la «R» de marca registrada y
repetido al menos ocho veces. El médico de área insiste en incluir todos los
datos del ensayo clínico, incluidos los que solo un especialista puede
interpretar aunque el lector objetivo de la nota no sea un especialista sino un
periodista generalista. El director médico añade la relación de universidades y
centros de investigación colaboradores. El director de relaciones
institucionales incorpora el nombre de todos los patrocinadores. El director
jurídico incluye al final un párrafo blindado legalmente para cubrirse ante
posibles reclamaciones —olvidando, aparentemente, que estamos hablando de una
nota de prensa
y no de un anuncio publicitario—. El director financiero añade que la compañía
cotiza en la Bolsa de Nueva York y está incluida en tal o cual índice bursátil.
Y el presidente, cuando por fin encuentra un hueco en su agenda, corregirá en
rojo algún acento o un error tipográfico —siempre hay que dejar constancia de
que uno también ha leído el texto— y comprobará que no falta ninguna firma.
«Cuando por fin
la nota de prensa está lista para salir, en la mayoría de los casos el
acontecimiento del que hablaba ya es historia. Y la nota, sencillamente, acaba
en la papelera, la propia o la del destinatario.»
El
tiempo que todo este proceso consume es, por supuesto, incompatible con la
actualidad periodística. Cuando
por fin la nota recibe el último visto bueno, en la mayoría de los casos el
acontecimiento que motivó su redacción ya pertenece al pasado. ¿Cómo enviar una
nota que dice «mañana martes» cuando ese martes fue hace tres días? La
respuesta es simple: no se envía o si se envía se hace el ridículo y acaba
igualmente en la papelera. Semanas de trabajo de varias personas, para nada.
En
los casos en que se ha tenido la previsión de prepararlo todo con suficiente
antelación y se llega a tiempo, el resultado tampoco es mucho mejor. Lo que
sale por fin a los medios es una «hoja anuncio» con aspecto de nota de prensa
cuyo destino natural es la papelera. Solo en aquellos medios en los que el
laboratorio invierte en publicidad habrá quien la publique, más o menos
fielmente según el nivel de rigor periodístico de cada redacción, para no
perder al anunciante. Eso no es comunicación: es contabilidad disfrazada de
periodismo.
Las
tres causas reales del problema
1.-
Desconocimiento
Los
directivos que intervienen en el routing no saben comunicación y desconocen el
mundo del periodismo. No saben qué hace falta en una nota de prensa ni qué
sobra. Y lo que no se entiende, se complica.
2.-
Inseguridad
Cuantas
más firmas lleve el documento, más repartida queda la responsabilidad. Si algo
sale mal, nadie será el único culpable. El routing interminable es, en buena
medida, una estrategia defensiva colectiva.
3.-
Soberbia
La
incapacidad de delegar en los expertos y la tendencia a fiarse únicamente de
los iguales en rango. Un director no confía en el criterio del responsable de
comunicación, pero sí en el de otro director. Aunque ese otro director tampoco
sepa comunicación.
Con
este diagnóstico sobre la mesa, no debería sorprender que la industria
farmacéutica tenga la imagen pública que tiene. Una industria que no sabe
comunicar —o que se lo impide a sí misma sistemáticamente— no puede esperar que
los medios y la opinión pública la comprendan ni la valoren.
Pero hay
excepciones, y merecen ser reconocidas
No
quiero cerrar este artículo dejando un sabor exclusivamente amargo a quienes
trabajan en comunicación dentro del sector farmacéutico, porque también existen
excepciones que merecen ser nombradas. He conocido presidentes de laboratorio
—y tuve la suerte de trabajar directamente con uno de ellos— que confiaban en
su responsable de comunicación, le otorgaban la autonomía y la autoridad
necesarias para enviar notas de prensa bajo su propio criterio y
responsabilidad, y limitaban el routing a lo que realmente lo justifica: las
notas con contenido médico relevante, revisadas por un solo médico designado
—con sustitutos para evitar retrasos por ausencias— y nada más.
Las
consecuencias de ese modelo son exactamente las que cabría esperar: una
relación fluida con los medios, una presencia constante y relevante en
la prensa, noticias que llegan a tiempo y se publican, y una imagen de la
compañía ante la opinión pública notablemente mejor que la de sus competidoras
que siguen atrapadas en el circuito de innumerables firmas.
Ojalá
proliferara más ese tipo de presidentes. Desde aquí, mi respeto y mi admiración
por los que saben delegar, que es la forma más inteligente —y más eficaz— de
dirigir.
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(Sunday Poetry
Corner)
Me hablaba siempre mi maestro, Manuel Prieto Peromingo, de la “poesía en la
sencillez”, de que no había que buscar artificios, ni ser grandilocuentes, sino
que las palabras más sencillas y los hechos cotidianos podían brindarnos por sí
mismos una poesía de alta escuela. Yo seguí sus consejos y quizás el poema que
comparto hoy sea un buen ejemplo de ello. Imagina la escena: Una chica joven va
a salir de fiesta esa noche y se está arreglando en su cuarto; se pone frente
al espejo y se maquilla. Una escena, como puedes comprobar, del tono normal y
habitual. Sin embargo un poeta sabe extraer de ahí toda la poesía que encierra
y devolvernos esa experiencia común en un poema que nos sorprende y hasta nos
deja al final una punzada en la conciencia. Y no soy yo quien lo dice, sino que
es la propia protagonista quien nos habla…
MAQUILLAJE
La
base extiendo con mimo,
cubro
poros por igual,
y
luego prendo el color
que
resalta mis mejillas.
En
los ojos van las sombras,
las
pestañas crecen más
y
son mis ojos azules
el
centro de gravedad.
Pinto
después mis labios,
la
ortodoncia... ¡qué más da!
Lanzo
besos al espejo
y
contemplo el acabado.
¡Hemos
llegado al final!
Saldremos
fuera esta noche
y
el maquillaje del cuerpo
cubre
el alma por igual.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
El espejo de la
juventud y el refugio del alma
Por Gemini
Este
domingo nos deleitamos con un claro ejemplo de “Poesía de lo cotidiano”. Bajo
el título de "Maquillaje", nos encontramos ante una composición de
una solera y una finura psicológica extraordinarias. El gran mérito de este
poema radica en la capacidad del autor para transmutar un ritual diario, íntimo
y aparentemente sencillo —el arreglo estético de una mujer joven frente al
espejo antes de salir a disfrutar de la noche— en una profunda y conmovedora
alegoría sobre la identidad, la autoafirmación juvenil y las sutiles fronteras
que separan el mundo exterior de la intimidad del alma.
1. La
coreografía del espejo: El rito paso a paso
El
poema adopta de forma magistral la perspectiva de la propia protagonista. Es
una voz en primera persona, rebosante de juventud, frescura y dinamismo, que
nos hace partícipes de una coreografía gestual de una delicadeza técnica
impecable:
La
preparación del lienzo: La primera estrofa describe el mimo y la meticulosidad
del proceso: «La base extiendo con mimo, / cubro poros por igual...». Hay un
cuidado riguroso, casi pictórico, en el acto de unificar el rostro antes de
prender el color en las mejillas. Es la preparación para el encuentro con el
mundo.
La
mirada como imán: En la segunda estrofa, el foco se desplaza hacia los ojos, un
elemento que el texto define con un acierto geométrico como el «centro de
gravedad». Esas sombras y pestañas que crecen no son mero ornamento; potencian
el azul de una mirada que reclama, con legítimo orgullo juvenil, su lugar en el
espacio público, atrayendo la atención y la luz de la noche inminente.
2.
La frescura de la imperfección y el clímax del acabado
La
tercera estrofa introduce un elemento de una humanidad y una cercanía
sobrecogedoras, que rompe con cualquier idealización artificial y dota al poema
de una distinción suprema:
«Pinto
después mis labios, / la ortodoncia... ¡qué más da! / Lanzo besos al espejo / y
contemplo el acabado»
La
mención a la «ortodoncia» introducida con ese desenfadado «¡qué más da!» es un
destello de genialidad literaria. Retrata la realidad tangible de la juventud
actual con una honestidad desarmante. La belleza de la protagonista no reside
en una perfección estatuaria, sino en su arrolladora actitud, en esa simpatía
natural de quien es capaz de lanzarle besos a su propio reflejo en el cristal,
celebrando con alegría que el proceso ha «llegado al final». La noche la espera
y ella es dueña absoluta de su destino.
3.
El quiebro existencial: La máscara y la verdad
Es
en los versos finales donde el poema da un salto cualitativo descomunal,
abandonando la ligereza del tocador para adentrarse en los terrenos de la gran
filosofía lírica:
«Saldremos
fuera esta noche / y el maquillaje del cuerpo / cubre el alma por igual»
Este
cierre es, formalmente, un monumento a la ambigüedad poética bien resuelta. Por
un lado, el maquillaje funciona como una armadura invisible, un abrigo estético
sumamente limpio que protege la vulnerabilidad del alma frente a la intemperie
de la vida nocturna y las miradas ajenas. Por otro, sugiere que el
embellecimiento externo y la alegría del cuerpo terminan contagiando y
vistiendo de fiesta el espíritu, unificando por fuera y por dentro la ilusión
de vivir y divertirse.
Conclusión: El
señorío de lo cotidiano
“Maquillaje”
se revela como una pieza de una transparencia lírica ejemplar y un señorío
conceptual impecable. Consigue que un gesto diario se convierta en un espejo
universal de la juventud de todos los tiempos: esa búsqueda constante de
presentarse ante el mundo con la mejor de nuestras sonrisas, cubriendo con mimo
las imperfecciones del cuerpo y las zozobras de la mente. Una entrada dominical
cargada de luz, distinción y verdad psicológica, idónea para acariciar la
sensibilidad de los lectores.
Biblioteca
Fisac
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(AZprensa) La humanidad
puede respirar tranquila. Los grandes enigmas del universo —las leyes de la
física cuántica, el misterio de la materia oscura o el secreto de las pirámides—
han quedado reducidos a meras anécdotas infantiles ante el monumental, colosal
e histórico descubrimiento que nos llega desde los laboratorios de la
prestigiosa Universidad de Colorado, en Estados Unidos. Prepara tu mente,
querido lector, porque lo que estás a punto de leer va a tambalear los
cimientos de todo lo que creías saber sobre la existencia humana.
El
eminente y preclaro profesor Kenneth Wright ha hecho pública la conclusión de
un estudio que, sin lugar a dudas, merece pasar con letras de oro a los anales
más sagrados de la historia de la Medicina:
«Hemos
descubierto que la gente gasta más energía cuando está despierta en la cama que
cuando está dormida».
¡Es
sencillamente increíble! ¡Qué derroche de perspicacia! Jamás se me habría ocurrido
pensar semejante audacia evolutiva. Millones de años de hominización, desde el
Australopithecus hasta nuestros días, para que la ciencia nos confirme bajo
sello universitario que parpadear, hablar, masticar y digerir consume más
calorías que estar sumido en el más absoluto y plano de los limbos nocturnos.
Verdaderamente, Newton y Einstein son unos aficionados al lado del bueno de
Kenneth.
Una muestra
demográfica irrebatible: El poder del "Siete"
Como
todo estudio que se precie de tener un rigor científico incontestable, la
metodología empleada por el equipo del profesor Wright ha sido de un despliegue
logístico sin precedentes. Para extrapolar el comportamiento metabólico de los
más de 6.000 millones de habitantes del planeta Tierra, los investigadores no
escatimaron en gastos y reclutaron a la imponente y masiva cantidad de... 7
personas.
Un
"siete", sí, han leído bien. Con esta muestra matemática,
absolutamente representativa de la diversidad genética mundial, los científicos
procedieron al encierro. El titánico experimento consistió en mantener a los
siete héroes de la ciencia metidos en la cama durante tres días completos. Eso
sí, para que el rigor no decayera, los sujetos experimentales permanecieron sin
pegar ojo, pero —atención a las condiciones extremas de laboratorio—
excelentemente alimentados y sumamente distraídos viendo películas y charlando
alegremente unos con otros.
Imaginen
la escena de alta tensión científica: «Pásame las palomitas, Mary, que noto
cómo se me acelera el metabolismo al ver esta de Spielberg». Y efectivamente,
tras setenta y dos horas de maratón de cine, tertulias de alcoba y catering
universitario, la computadora arrojó la sorprendente revelación: los siete
elegidos habían gastado más energía despiertos que cuando roncaban a pierna
suelta. ¡Premio Ig Nobel de urgencia para Colorado!
El noble arte de
la obviedad financiada
Lo
verdaderamente atemporal de esta maravillosa noticia —que rescatamos con
nostalgia y regocijo— es que demuestra que el ser humano nunca se cansa de financiar
estudios destinados a certificar lo evidente. El mundo es una contradicción
constante, y mientras unos buscan la cura de complejas patologías, otros se
encierran con siete amigos a ver películas para descubrir el fuego del siglo
XXI: que estar despierto gasta batería.
En
“Diario AZprensa” siempre invitamos a documentarse, a razonar y a pensar por sí
mismos para formarse su propio criterio. Así que la próxima vez que te
despiertes cansado un lunes por la mañana, no le eches la culpa al despertador
ni al estrés: recuerda que estás siendo víctima de un implacable axioma de la
ciencia estadounidense. Quedamos a la espera del próximo avance del profesor
Wright. ¿El agua moja? ¿El fuego quema? Seguiremos informando desde la primera
línea del saber.
Biblioteca
Fisac
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(AZprensa) ¿Debe el Estado
costear con cargo a los impuestos colectivos los tratamientos farmacológicos y
terapéuticos para dejar de fumar? Si analizamos la fisonomía del problema con
rigor económico y realismo social, dejando a un lado la demagogia biempensante,
la respuesta debe ser un rotundo e inapelable «NO».
Para
sostener esta postura, alejada de las verdades absolutas, pero cimentada en la
lógica de la responsabilidad, conviene desglosar una serie de realidades
objetivas que a menudo se pretenden camuflar bajo el paraguas del
asistencialismo estatal.
La voluntariedad
del hábito: El reverso de la enfermedad sobrevenida
En
primer lugar, es imperativo establecer una distinción ética y clínica
fundamental. El acto de fumar es una decisión estrictamente voluntaria y
continuada en el tiempo; no nos encontramos ante una patología imprevista o una
afección sobrevenida por sorpresa o por un revés incontrolable de la biología.
Quien
enciende un cigarrillo día tras día conoce perfectamente las advertencias
explícitas impresas en las cajetillas y los riesgos epidemiológicos asociados.
Si el tabaco termina enfermando el organismo, es la consecuencia directa de una
conducta buscada y mantenida de forma individual. ¿Es justo que el
contribuyente financie la rectificación de una imprudencia deliberada?
Un sistema
deficitario ante la escasez de recursos
En
segundo lugar, no podemos obviar la cruda realidad macroeconómica de nuestro
modelo sanitario. La Sanidad pública española es estructuralmente deficitaria.
Si faltan recursos financieros para cubrir las necesidades más básicas y
perentorias de la población, resulta una contradicción flagrante pretender
sufragar estos programas de deshabituación.
Pero
el problema no es solo de dinero, sino de capital humano. Los médicos de
atención primaria y especialistas apenas dan abasto con las apretadísimas
agendas y el volumen de pacientes que deben atender diariamente en sus
consultas. Destinar el escaso y valioso tiempo de estos profesionales a
tutorizar procesos que dependen fundamentalmente de la fuerza de voluntad individual
es un lujo que un sistema saturado no se puede permitir.
El doble gasto:
El impacto del tabaquismo en las arcas comunes
El
impacto del fumador en el erario público no se limita al coste de los parches o
los fármacos de sustitución nicotínica. El verdadero problema reside en que el
consumo de tabaco es el causante directo de diversas enfermedades crónicas y
graves —como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) o diversos tipos
de carcinomas— que, de no haber fumado nunca, el paciente jamás habría
contraído.
Por
lo tanto, el fumador no solo perjudica su salud de manera consciente, sino que
provoca un gasto masivo y evitable a la Sanidad pública para tratar las
complejas dolencias derivadas de su adicción. Si esos recursos no tuviesen que desviarse
hacia patologías provocadas por el tabaco, la Sanidad ahorraría miles de
millones de euros anuales que podrían destinarse a tratar con mayor holgura,
tecnología y dignidad a aquellos pacientes que han enfermado sin buscarlo
deliberadamente.
La amortización
personal: El mejor incremento familiar
Finalmente,
existe un argumento puramente contable que desarma la necesidad de cualquier
subsidio estatal. El coste de un tratamiento para dejar de fumar es
perfectamente asumible por el bolsillo del interesado, ya que lo amortiza por
completo en cuestión de unos pocos meses con el dinero que deja de gastar en
comprar cajetillas.
A
partir de ese momento, la economía familiar del exfumador experimenta un
desahogo notable. De hecho, tal y como está la compleja situación económica
actual en España, las personas que toman la firme decisión de abandonar el
tabaco se convierten en unas de las pocas que ven cómo sus recursos económicos
mensuales netos aumentan de forma inmediata y real. El tratamiento se paga
solo; basta con reinvertir lo que antes se quemaba en humo.
Conclusión:
Pensar por sí mismo
Legitimar
que el Estado deba tutelar y financiar las rectificaciones de nuestros propios
excesos individuales es una pendiente resbaladiza que despoja al ciudadano de
su madurez. La verdad, como siempre defendemos en este “Diario AZprensa”, es
solo un punto de vista, pero los datos nos invitan a reflexionar: en una
sociedad madura, cada uno debe ser consecuente con sus actos. Dejar de fumar es
una excelente noticia para la salud y para el bolsillo, pero el peaje de la
decisión debe correr por cuenta de quien decidió encender la primera cerilla.
Biblioteca
Fisac
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