jueves, 14 de mayo de 2026

Las ondas theta y la memoria: la ciencia confirma lo que el refrán ya sabía

Investigadores de Los Ángeles y del Instituto de Tecnología de California han descubierto, tras años de estudio, algo que la sabiduría popular lleva siglos sabiendo. Con distintas palabras, eso sí.
 
(AZprensa) La neurociencia avanza a pasos agigantados. A veces incluso llega a destinos que el sentido común ya había alcanzado hace tiempo por sus propios medios y sin necesidad de financiación externa. Un claro ejemplo lo encontramos en una investigación llevada a cabo en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, cuyos resultados iluminan —con el respaldo de la ciencia más rigurosa— los mecanismos cerebrales que determinan por qué recordamos algunas cosas y olvidamos otras.
 
El protagonista del hallazgo es Adam Mamelak, neurocirujano del citado centro, quien explica con la precisión que le otorga su bata blanca: «Nuestra investigación demuestra que cuando las neuronas relacionadas con la memoria están bien coordinadas con las ondas theta durante el proceso de aprendizaje, los recuerdos son más fuertes». Las ondas theta, para quien no esté familiarizado con el término, son un tipo de actividad cerebral de baja frecuencia asociada a estados de atención relajada, aprendizaje y memoria. Cuando esas ondas y las neuronas trabajan al unísono —sincronizadas, acompasadas, como una orquesta bien dirigida—, la información se fija con mayor solidez en el cerebro. Cuando no lo hacen, el recuerdo se desvanece con la misma facilidad con que olvidamos dónde dejamos las llaves.
 
El investigador Ueli Rutishauser, del Instituto de Tecnología de California, que participó en el mismo estudio, precisa a su vez que este descubrimiento establece «una relación directa entre los acontecimientos en el circuito del cerebro y sus efectos en la conducta humana». Es decir: lo que pasa dentro del cerebro no ocurre en el vacío; tiene consecuencias medibles y reales en cómo nos comportamos, cómo aprendemos y qué somos capaces de retener de todo lo que vivimos.
 
La investigación ha requerido años de trabajo, tecnología de última generación, el análisis de la actividad neuronal de pacientes durante tareas cognitivas controladas, y la colaboración de equipos científicos de primer nivel en dos de las instituciones más prestigiosas de California. Los resultados han sido publicados con el rigor que exige la comunidad científica internacional. Todo, absolutamente todo, para concluir que la estimulación adecuada —la que sincroniza neuronas y ondas theta en el momento preciso— favorece la formación de recuerdos duraderos.
 
«Años de investigación, millones de neuronas analizadas y dos instituciones de élite para confirmar lo que cualquier abuelo de pueblo habría podido explicar en tres minutos y con mucho menos presupuesto.»
 
Lo que ya sabía el refranero
 
Llegados a este punto, y con todo el respeto que merecen los doctores Mamelak y Rutishauser —que es mucho, y que sus investigaciones sin duda tienen implicaciones mucho más profundas de lo que este artículo alcanza a resumir—, cabe preguntarse si para este viaje hacían falta tantas alforjas. Porque la sabiduría popular, esa neurociencia sin laboratorio ni subvención que se transmite de generación en generación en forma de refrán, ya había llegado a conclusiones sorprendentemente similares mucho antes de que existieran los electrodos, los escáneres cerebrales y los congresos internacionales de neurología cognitiva.
 
En efecto: «dos tetas tiran más que dos carretas» —tengan o no una hache intercalada en la primera sílaba, según la versión que el pudor de cada época haya preferido adoptar— viene a decir, traducido al lenguaje de Cedars-Sinai, que determinados estímulos producen en el cerebro una sincronización neuronal de tal intensidad que los recuerdos asociados a ellos quedan grabados con una nitidez y una permanencia que ningún método de estudio convencional logra igualar. Lo cual, dicho así, suena considerablemente más científico. Pero viene a ser lo mismo.
 
Bienvenidos, en definitiva, a la neurociencia del refrán. Un campo todavía inexplorado, con un potencial investigador enorme y, sobre todo, con un corpus de datos previos que ningún abuelo de pueblo ha cobrado por recopilar. Ahí lo dejamos.
 

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