Hay quienes adornan sus escritos con frases de personajes
ilustres para parecer más cultos. Hay otro camino, más honesto y más exigente:
citar las propias palabras, que para algo uno sabe de lo que habla.
(AZprensa)
Hay un gesto que se repite con llamativa frecuencia en discursos, artículos y
presentaciones de todo tipo: el de abrir con una frase de Aristóteles, de
Churchill, de Einstein o de cualquier otro nombre lo suficientemente ilustre
como para que el público asiente con respeto antes de que el orador haya dicho
nada propio. El mecanismo es transparente —aunque quien lo practica rara vez
parece verlo— y funciona así: si cito a alguien muy inteligente, me estaré
poniendo a su nivel y así me verá la gente. Es, en el fondo, una forma de
pedirle prestada la autoridad a quien ya la tiene, en lugar de ganársela con lo
que uno mismo tiene que decir.
No
digo que citar a otros sea siempre malo —hay contextos en que una cita ajena es
exactamente lo que hace falta y nada más—, pero sí digo que se abusa de ello, y
que detrás de ese abuso hay con demasiada frecuencia una inseguridad que el
autor prefiere disimular con nombres ajenos antes que enfrentarse a sus propias
palabras. Porque si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo
que habla. Y si sabe, tiene sus propias ideas sobre ello. E ideas propias
generan, tarde o temprano, frases propias. Que son, al fin y al cabo, las
únicas de las que puede responder con total honestidad quien las pronuncia.
Por
eso abogo por un recurso que, bien mirado, es más exigente pero también más
legítimo: citarse a uno mismo. Buscar entre lo que uno ha dicho o escrito
aquella frase que mejor ilustra el punto que quiere desarrollar. Es un
ejercicio que obliga a conocer el propio pensamiento, a haberlo destilado en
algún momento hasta dejarlo en una sola oración. Y cuando eso se ha hecho, la
cita no es un adorno: es la columna sobre la que se sostiene el argumento.
Sirva
como ejemplo esta frase mía, que viene al caso:
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
Vicente Fisac
El lector, ese gran olvidado
Esta
frase merece un comentario adicional, porque el problema que describe no solo
no ha desaparecido sino que sigue siendo uno de los males más extendidos del
periodismo y de la comunicación en general. Abundan las intromisiones: las del
editor, que impone sus directrices ideológicas o comerciales; las del
anunciante, cuya sensibilidad nadie quiere herir; y las del propio autor, que a
veces escribe para sí mismo —para lucirse, para ajustar cuentas, para demostrar
algo— olvidando que hay alguien al otro lado de la pantalla o del papel que no
tiene ninguna obligación de seguirle en ese viaje interior.
Escribir
para el lector es, en teoría, lo más obvio del mundo. En la práctica, es una de
las cosas más difíciles que existen. Porque implica renunciar al propio ego,
poner entre paréntesis lo que a uno le apetece decir y preguntarse en cambio
qué necesita saber el otro, qué puede entender, cómo puede formarse su propio
juicio sin que el texto le lleve de la mano hasta la conclusión que el autor ya
tenía preparada de antemano. Si lo que quieres es expresarte a ti mismo, para
eso existe el diario personal. Si lo que quieres es comunicarte con alguien,
tienes que pensar en ese alguien. Es tan sencillo y tan difícil como ponerse en
el lugar del otro.
Y
esto, que es válido para el periodismo, lo es también para cualquier
conversación, cualquier reunión, cualquier relación. El que habla pensando solo
en lo que quiere decir raramente conecta con quien escucha. El que habla
pensando en quien le escucha, casi siempre lo consigue. La diferencia está ahí,
en ese pequeño desplazamiento del centro de gravedad: de uno mismo hacia el
otro.
Sencillo
de entender. Difícil de practicar. Pero esa es precisamente la diferencia entre
saber algo y hacerlo.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
Vicente Fisac
Biblioteca Fisac
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