martes, 26 de mayo de 2026

El precio de los medicamentos: una historia de nunca acabar

Este artículo lo escribí en 2010 y me temo que, quince años después, el diagnóstico no ha cambiado sustancialmente. Han variado las cifras, se han añadido nuevas capas de complejidad, pero el mecanismo de fondo sigue siendo el mismo. Y los laboratorios siguen siendo los malos de la película. Aquí tienes, pues, este artículo actualizado a día de hoy.
 
(AZprensa) Determinar el precio de un medicamento es una tarea extraordinariamente complicada. Uno podría pensar que basta con calcular cuánto cuesta fabricarlo, hacerlo llegar a los puntos de venta, añadir un margen razonable de beneficio y listo. Pero el precio de las cosas no lo fija lo que «cuestan» sino lo que «valen», y ese valor lo determina una cosa que se llama demanda. Un artículo puede costar una fortuna, pero si nadie lo quiere no vale nada. Y un medicamento puede salvar vidas, pero si el sistema que debe financiarlo decide que no vale lo que cuesta, el paciente que lo necesitaba se queda esperando.
 
El coste invisible: la investigación
 
Cuando un laboratorio quiere comercializar un fármaco, presenta el precio máximo que considera viable para conseguir la cuota de mercado que haga rentable su comercialización. Pero aquí hay un factor que no existe en casi ningún otro sector con esta dimensión: la investigación.
 
Cuando un medicamento llega al mercado ha dejado atrás entre diez y trece años de investigación. En 2010 decía que ese proceso costaba más de 800 millones de euros. Hoy las cifras son muy distintas: se precisan entre 10 y 13 años y una inversión que los estudios más recientes sitúan en torno a los 2.500 millones de euros por medicamento. El coste se ha triplicado en quince años. Y la tasa de éxito no ha mejorado: solo tres de cada diez fármacos que llegan al mercado generarán ingresos que superen los costes medios de I+D. El resto pierde dinero. Y alguien tiene que financiar también esa pérdida.
 
El retorno esperado de la inversión en nuevos medicamentos se sitúa actualmente en apenas el 1,8%, el punto más bajo de la última década, mientras que el coste medio de desarrollar y comercializar un nuevo medicamento ha aumentado cerca de un 70% desde 2010. Dicho de otro modo: investigar medicamentos es cada vez más caro y cada vez menos rentable. Y sin embargo, se sigue investigando, porque es lo que hace la industria farmacéutica y porque sin esa investigación no habría los avances médicos que hoy damos por descontados.
 
Nota: a todo esto hay que añadir que, una vez transcurridos diez años desde el descubrimiento de la molécula —es decir, aproximadamente cuando el fármaco lleva un tiempo en el mercado—, cualquier otro laboratorio puede copiar el producto y ofertarlo a un precio muy inferior, sin haber asumido ni un euro del coste de investigación ni del riesgo que esta conlleva.
 
El Gobierno como árbitro, comprador y regateador
 
El laboratorio presenta su precio máximo. El Gobierno, que es quien debe aprobarlo —dado que más del 90% de las ventas de medicamentos se canalizan a través de la sanidad pública—, tiene que decidir si acepta ese precio o negocia uno inferior. ¿Qué hace? Lo mismo que en 2010: busca cuál es el país europeo que ha fijado el precio más bajo para ese mismo producto y declara: «ese es mi precio». Sin estudiar la documentación presentada, sin considerar si el nivel de vida de ese país de referencia tiene algo que ver con el nuestro, sin valorar las horas de investigación que hay detrás de cada molécula.
 
Y en 2025 esto se ha institucionalizado aún más. El Sistema de Precios de Referencia, implantado en España hace dos décadas y consolidado en la Ley 29/2006, se mantiene como uno de los instrumentos más eficaces para el control del gasto farmacéutico público. Cada año, el Ministerio de Sanidad publica una Orden de Precios de Referencia que revisa a la baja los precios de miles de presentaciones. La actualización de 2025 ha revisado 17.385 presentaciones cuyos precios cambian para generar un ahorro estimado de 287,58 millones de euros. Un ahorro que, desde el punto de vista del paciente y del erario, es una buena noticia. Desde el punto de vista del laboratorio que financió la investigación, es una vuelta de tuerca más en un proceso que no tiene fin.
 
«El Gobierno es comprador, árbitro y regulador al mismo tiempo. Y cuando alguien acumula esos tres roles, el que sale perdiendo suele ser siempre el mismo.»
 
El calvario de llegar al mercado español
 
La consecuencia práctica de este sistema es que muchos laboratorios retrasan o directamente renuncian al lanzamiento de sus fármacos en España. La negociación con el Ministerio puede durar meses, y a veces años. Durante todo ese tiempo, los pacientes de otros países acceden al tratamiento mientras los pacientes españoles se conforman con alternativas más antiguas y menos eficaces. Cuando el fármaco por fin se lanza aquí, el período de protección de patente —que en teoría debería ser de diez años— se ha recortado sensiblemente. Y antes de que ese período expire, el Gobierno habrá introducido una, dos o más medidas adicionales de recorte que reducen todavía más los ingresos del laboratorio, ya sea bajando directamente el precio del fármaco o estableciendo descuentos sobre las ventas globales del laboratorio.
 
Al final de ese período, llegan los genéricos y los biosimilares. En 2024, los medicamentos genéricos han supuesto el 47,4% del total de envases facturados al SNS, prácticamente el doble que en 2010. La marca original tiene entonces que decidir entre seguir vendiendo a su precio con ventas en caída libre, o bajar el precio para competir con quienes se ahorraron toda la investigación. No hay tercera opción.
 
Una cosa es vender, otra muy distinta es cobrar
 
Pero el calvario no termina ahí. Una cosa es vender y otra muy distinta es cobrar. En 2010 describía situaciones en que la sanidad pública tardaba 300 días —o incluso dos años— en pagar a los laboratorios. La morosidad de las administraciones ha mejorado desde entonces, pero no ha desaparecido. En 2024, el plazo medio de pago del sector público aumentó 12 días hasta los 67 días de media, y por primera vez desde 2014 se situó por encima del sector privado. Sesenta y siete días sigue siendo el doble del plazo legal de 30 días que las propias administraciones imponen al sector privado. Un ejemplo de coherencia difícil de superar.
 
La formación médica: otro coste invisible

Y mientras todo esto ocurre, los médicos siguen necesitando formación continua para estar a la altura de los avances terapéuticos. Su empleador —la sanidad pública— no financia esa formación en la medida que sería necesaria. La financia la industria farmacéutica, que por ese motivo recibe críticas periódicas por su supuesta influencia sobre los prescriptores. Es decir: el sector privado financia la formación de los profesionales del sector público, y por ello se le critica. La lógica, como en tantas otras cosas de este sistema, brilla por su ausencia.
 
Y los malos siguen siendo los laboratorios
 
Después de todo este recorrido —la investigación financiada durante más de una década, el precio negociado a la baja, el lanzamiento retrasado, los sucesivos recortes, la morosidad institucionalizada, la formación médica asumida voluntariamente—, la opinión pública sigue teniendo de los laboratorios farmacéuticos la imagen que tiene. Cualquier ciudadano valora positivamente los medicamentos que toma, a los médicos que se los prescriben y, en general, al sistema sanitario que se los financia. Pero ¿los laboratorios que los investigaron, los fabricaron y los pusieron a su disposición? Mejor no entrar en ese tema.
 
Mientras una parte siga aprovechándose de su posición dominante y la otra siga aceptando resignada su papel de víctima, la situación no cambiará. Bueno, sí cambiará algo: los laboratorios continuarán recortando inversiones en I+D, trasladando sus centros de investigación a países con marcos regulatorios más favorables, y reduciendo su presencia en un mercado que los trata como fuente de ahorro antes que como socio estratégico del sistema sanitario. Y entonces nos preguntaremos, sorprendidos, por qué los medicamentos del futuro tardan más en llegar, por qué hay cada vez más problemas de desabastecimiento y por qué la innovación terapéutica se desarrolla lejos de aquí.
 
La respuesta la volveréis a encontrar aquí, en este artículo que escribí en 2010 y que, al actualizarlo 15 años más tarde, no he tenido que cambiar casi nada.
 

Biblioteca Fisac
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