Existe una vieja
y perversa costumbre en los despachos del poder que consiste en tratar al
ciudadano con una condescendencia flagrante. A menudo, las élites políticas se
autootorgan el papel de tutores morales, dictando normas, consejos y sermones
de conducta mientras, a nivel de calle, se sienten enteramente eximidas de
cumplir sus propios dogmas.
(AZprensa) Revisando los
archivadores de mi hemeroteca personal, he rescatado una crónica que escribí en
el ya lejano año 2011. Aunque el protagonista de la anécdota, el entonces
presidente del Congreso José Bono, ya no ejerce ningún cargo público, el fondo
de la historia es tan atemporal y aplicable a la sociedad de hoy que merece la
pena pasarle el plumero de la actualidad. Este ejemplo sigue perfectamente
vigente en todos los ámbitos.
Un mal ejemplo frente
a Las Cortes
La
historia real ocurrió una tarde a las 16:50 horas. Me disponía a cruzar la
calle justo frente al edificio de Las Cortes por el paso de cebra
reglamentario. En ese preciso instante, divisé a José Bono cruzando esa misma
calzada de forma totalmente incorrecta. «Caray —pensé para mis adentros—, podía
haber dado diez pasos más, porque el paso de peatones lo tenía aquí mismo».
Sin
embargo, haciendo gala de una alarmante desidia urbana, tanto el político como
los escoltas que le acompañaban cruzaron por un lugar no señalizado,
incumpliendo de forma flagrante una clara norma de tráfico.
Soy
consciente de que algún lector podría pensar que esto es sacar punta a un hecho
insignificante. Al fin y al cabo, solo hay que asomarse a cualquier calle a
cualquier hora del día para ver cómo los peatones cruzan por donde les da la
gana. Tienen razón los lectores, y de hecho no tenía la más mínima intención de
relatar este tropiezo cotidiano en mi blog. Hasta que llegó la noche.
La matemática
imposible de una excusa oficial
Al
repasar la prensa nocturna, me topé con una noticia asombrosa: el día anterior,
el político había llegado tarde a un acto en la Escuela de Cuchillería de
Albacete. Para justificar su retraso ante los asistentes, no se le ocurrió otra
cosa que afirmar que la tardanza se había debido, estrictamente, a que había
respetado escrupulosamente las normas de tráfico.
La
contradicción era monumental. Un peatón que se salta las normas de circulación
por pura comodidad a plena luz del día iba dando lecciones públicas sobre la
necesidad de cumplir la ley. Pero lo más jugoso —según lo publicado en los
diarios de la época— era la cuantía del retraso: una hora exacta.
Fue
ahí donde saqué la calculadora y las cuentas, sencillamente, no cuadraban:
¿Una
hora de retraso en el trayecto Madrid-Albacete? Conviene recordar que en
aquellas fechas el Gobierno había aprobado una reducción temporal de la
velocidad máxima permitida en autopistas, bajándola de 120 a 110 km/h.
¿Esa
rebaja de solo 10 km/h paralizaba de tal manera las carreteras del país
como para estirar el viaje sesenta minutos? Es físicamente imposible.
¿O
es que quizás el coche oficial estaba acostumbrado a circular a 180 km/h y
al ponerse por una vez a la velocidad legal el desfase temporal fue de una
hora?
Las
conclusiones lógicas nos dejan solo dos caminos: o el retraso se debió a causas
totalmente ajenas y se buscó la primera excusa política que quedaba a mano, o
todo se dijo en plan de broma y el reportero de turno no captó el chiste.
Conclusión:
Nadie está para dar sermones
La
verdad se construye informándose primero para poder razonar después por uno
mismo. Este viejo episodio de nuestra hemeroteca es la radiografía perfecta de
un mal endémico: el de los líderes que pretenden educar a la masa desde el
púlpito mientras ellos toman el atajo prohibido.
Ya
sea en 2011 o en la actualidad, en la política o en la vida diaria, las
lecciones de urbanidad solo son válidas cuando se respaldan con el ejemplo. El
resto es simple palabrería y matemáticas defectuosas que dejan la realidad al
decsubierto.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/


No hay comentarios:
Publicar un comentario