viernes, 17 de julio de 2026

Falsas lecciones de urbanidad: El arte político de exigir lo que no se cumple

Existe una vieja y perversa costumbre en los despachos del poder que consiste en tratar al ciudadano con una condescendencia flagrante. A menudo, las élites políticas se autootorgan el papel de tutores morales, dictando normas, consejos y sermones de conducta mientras, a nivel de calle, se sienten enteramente eximidas de cumplir sus propios dogmas.
 
(AZprensa) Revisando los archivadores de mi hemeroteca personal, he rescatado una crónica que escribí en el ya lejano año 2011. Aunque el protagonista de la anécdota, el entonces presidente del Congreso José Bono, ya no ejerce ningún cargo público, el fondo de la historia es tan atemporal y aplicable a la sociedad de hoy que merece la pena pasarle el plumero de la actualidad. Este ejemplo sigue perfectamente vigente en todos los ámbitos.
 
Un mal ejemplo frente a Las Cortes
 
La historia real ocurrió una tarde a las 16:50 horas. Me disponía a cruzar la calle justo frente al edificio de Las Cortes por el paso de cebra reglamentario. En ese preciso instante, divisé a José Bono cruzando esa misma calzada de forma totalmente incorrecta. «Caray —pensé para mis adentros—, podía haber dado diez pasos más, porque el paso de peatones lo tenía aquí mismo».
 
Sin embargo, haciendo gala de una alarmante desidia urbana, tanto el político como los escoltas que le acompañaban cruzaron por un lugar no señalizado, incumpliendo de forma flagrante una clara norma de tráfico.
 
Soy consciente de que algún lector podría pensar que esto es sacar punta a un hecho insignificante. Al fin y al cabo, solo hay que asomarse a cualquier calle a cualquier hora del día para ver cómo los peatones cruzan por donde les da la gana. Tienen razón los lectores, y de hecho no tenía la más mínima intención de relatar este tropiezo cotidiano en mi blog. Hasta que llegó la noche.
 
La matemática imposible de una excusa oficial
 
Al repasar la prensa nocturna, me topé con una noticia asombrosa: el día anterior, el político había llegado tarde a un acto en la Escuela de Cuchillería de Albacete. Para justificar su retraso ante los asistentes, no se le ocurrió otra cosa que afirmar que la tardanza se había debido, estrictamente, a que había respetado escrupulosamente las normas de tráfico.
 
La contradicción era monumental. Un peatón que se salta las normas de circulación por pura comodidad a plena luz del día iba dando lecciones públicas sobre la necesidad de cumplir la ley. Pero lo más jugoso —según lo publicado en los diarios de la época— era la cuantía del retraso: una hora exacta.
 
Fue ahí donde saqué la calculadora y las cuentas, sencillamente, no cuadraban:
 
¿Una hora de retraso en el trayecto Madrid-Albacete? Conviene recordar que en aquellas fechas el Gobierno había aprobado una reducción temporal de la velocidad máxima permitida en autopistas, bajándola de 120 a 110 km/h.
 
¿Esa rebaja de solo 10 km/h paralizaba de tal manera las carreteras del país como para estirar el viaje sesenta minutos? Es físicamente imposible.
 
¿O es que quizás el coche oficial estaba acostumbrado a circular a 180 km/h y al ponerse por una vez a la velocidad legal el desfase temporal fue de una hora?
 
Las conclusiones lógicas nos dejan solo dos caminos: o el retraso se debió a causas totalmente ajenas y se buscó la primera excusa política que quedaba a mano, o todo se dijo en plan de broma y el reportero de turno no captó el chiste.
 
Conclusión: Nadie está para dar sermones
 
La verdad se construye informándose primero para poder razonar después por uno mismo. Este viejo episodio de nuestra hemeroteca es la radiografía perfecta de un mal endémico: el de los líderes que pretenden educar a la masa desde el púlpito mientras ellos toman el atajo prohibido.
 
Ya sea en 2011 o en la actualidad, en la política o en la vida diaria, las lecciones de urbanidad solo son válidas cuando se respaldan con el ejemplo. El resto es simple palabrería y matemáticas defectuosas que dejan la realidad al decsubierto.
 

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