miércoles, 1 de julio de 2026

Los sentidos nos engañan: Vivir en el eco del pasado

(AZprensa)
Vivimos convencidos de que somos los cronistas perfectos de la realidad. Confiamos ciegamente en lo que vemos, tocamos, saboreamos y olemos, asumiendo que nuestros sentidos son ventanas transparentes que nos conectan en tiempo real con el universo. Sin embargo, si nos despojamos de las apariencias y analizamos el funcionamiento del cerebro con rigor neurocientífico, descubriremos una verdad tan inquietante como fascinante: los sentidos nos engañan constantemente y la vida misma, tal y como la experimentamos, es una suerte de bellísimo espejismo.
 
El engaño de los órganos periféricos
 
Hace un tiempo leí las declaraciones demoledoras de Mara Dierssen, una de las investigadoras más preclaras del Centro de Regulación Genómica de Barcelona, que ponían patas arriba nuestros sesgos biológicos: «Lo que nos permite oler no es la nariz sino el cerebro».
 
Tendemos a otorgar el mérito de nuestras percepciones a los órganos periféricos, pero la nariz, los ojos o las papilas gustativas no son más que meros receptores, aduanas que traducen estímulos físicos y químicos en impulsos eléctricos. El verdadero alquimista es el cerebro, que interpreta esas señales según sus propios archivadores y mapas neuronales.
 
Un ejemplo cotidiano y soberbio de este engaño sensorial es el caso de la vainilla. La inmensa mayoría de la gente juraría que la vainilla es un sabor primordial; sin embargo, la ciencia ha demostrado que es fundamentalmente un olor. Es nuestro aparato olfativo retronasal el que dota de identidad a esa sustancia, engañando a nuestra consciencia para hacernos creer que la lengua está saboreando lo que, en realidad, el cerebro está oliendo.
 
La vida en diferido: El retardo de la consciencia
 
Pero el engaño más descomunal y sobrecogedor al que estamos sometidos los seres humanos no es de carácter espacial, sino temporal. Vivimos nuestra existencia con una fracción de segundo de retraso.
 
La fisonomía del procesamiento neuronal requiere tiempo: las señales eléctricas deben viajar por los nervios, cruzar las sinapsis y ser procesadas e integradas por la corteza cerebral antes de transformarse en una experiencia consciente. Tal y como explica la doctora Dierssen, cuando lanzamos un objeto al aire, ese objeto ya ha iniciado su trayectoria de descenso una fracción de segundo antes de que nuestros ojos y nuestra mente puedan registrar de forma consciente el movimiento.
 
Esto nos aboca a una conclusión que tambalea nuestro concepto del libre albedrío: los seres humanos tomamos decisiones y reaccionamos en milisegundos decisivos antes de que nos demos cuenta formalmente de ello. «Lo que estamos viviendo —afirma la investigadora— no es lo que está pasando en este preciso momento; en realidad es lo que ha pasado unas fracciones de segundo atrás». Somos, por lo tanto, habitantes de un sutil desfase técnico. El presente estricto nos está vedado; lo que percibimos con tanta nitidez es el eco inmediato del pasado.
 
Conclusión: Formarse un criterio frente al espejismo
 
Saber que habitamos una realidad recreada por nuestra propia mente es una lección de humildad extraordinaria. En esta bitácora siempre invito a desconfiar de las verdades absolutas, a informarse, a razonar y a documentarse para pensar por sí mismos. Si ni siquiera nuestro propio cerebro nos entrega la realidad de forma directa e inmediata, ¿cómo vamos a pretender poseer la razón absoluta en los debates del mundo exterior?
 
La próxima vez que creas presenciar un hecho de forma incontestable, recuerda que tu mente te está entregando un retazo modificado y tardío de la historia. En este mundo contradictorio, la verdad sigue siendo solo un punto de vista... y a menudo, un punto de vista que llega con unas décimas de segundo de retraso.
 

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