(Sunday Poetry Corner) A veces las palabras contenidas en los versos de un poema no pueden resistir la monotonía y las estrictas reglas gramaticales y deciden viajar por libre, escaparse de los moldes establecidos y jugar a ser ellas mismas parte gráfica de las imágenes que transmite ese poema.
Hoy traemos a este rincón dominical un ejemplo de ello. Este poema, titulado “Cuando me separan de ti”, nos muestra cómo algunas de sus palabras juegan por sí mismas para reflejar visualmente lo que nos dicta el poema.
CUANDO ME
SEPARAN DE TI
Cuando
me separan de ti
sin que nadie ni nada pueda impedirlo,
siento acorchada mi mente,
como si nada
hubiera pasado,
como si nunca hubiese existido.
Cuando
mis manos no te alcanzan,
antes que dejarlas
caer
muertas,
las encierro con mi mente en el olvido,
guardando como siempre
la esencia de un suspiro
hondo
Cuando
pienso que ahora estás lejos,
sin poder romper
o saltar
las horas ciclópeas,
sólo se me ocurre hacer esto:
Guardar en mi cerebro
toda tu esencia
envuelta en mis anhelos.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Claude
«Cuando
me separan de ti» es un poema tipográficamente atrevido y emocionalmente
honesto. Antes de leer una sola palabra, la página ya habla: los espacios en
blanco que separan «separan» de «ti» en el primer verso, la caída escalonada de
«caer / muertas», el salto que abre el tercer terceto entre «ahora estás» y
«lejos»… Todo eso no es decoración ni capricho gráfico. Es la forma que ha
encontrado el poeta para que el lector no solo entienda la separación, sino que
la sienta en el cuerpo mientras lee.
La
arquitectura visual como lenguaje
Lo
primero que hay que señalar, porque es lo más singular del poema, es que la
disposición espacial de las palabras en la página es parte inseparable del
significado. Cuando el primer verso escribe «Cuando me separan de ti», esos espacios vacíos entre las
palabras son la separación. El ojo tiene que saltar sobre el blanco igual que
el hablante tiene que saltar sobre la distancia que lo separa del otro. Es una
decisión formal de una eficacia inmediata y muy difícil de conseguir sin que
parezca forzada. Aquí no lo parece: es completamente natural.
Lo
mismo ocurre con «caer / muertas», dispuesto en escalera descendente. Las manos
no solo caen en el texto: caen en la página, hacia abajo, hasta quedar
encerradas en el olvido. Y el «lejos» del tercer terceto, separado por un
espacio de «ahora estás», construye visualmente esa distancia que el hablante
describe: la palabra más importante, la que duele, aparece sola, al final,
después de un vacío.
El
poema en tres tiempos
La
estructura anafórica —los tres comienzos con «Cuando»— organiza el poema en
tres respuestas a la misma situación: la separación. Cada estrofa parte del
mismo hecho y lo aborda desde un ángulo distinto.
La
primera trabaja desde la mente: la separación produce un entumecimiento, un
«acorchamiento» que es la reacción de defensa ante algo que duele demasiado
para ser procesado. «Como si nada / hubiera pasado, / como si nunca hubiese
existido»: la mente protege anestesiando. Es un mecanismo psicológico muy preciso,
descrito con pocas palabras y con exactitud.
La
segunda trabaja desde el cuerpo: las manos que no alcanzan al otro. La imagen
de las manos «muertas» antes que dejarlas caer es de una intensidad
considerable. El hablante prefiere encerrarlas en el olvido —guardarlas,
suspenderlas— antes que tener que vivir con su inutilidad en ausencia del otro.
Y el «suspiro / hondo» al final, con esa disposición escalonada, baja
físicamente en la página como baja el suspiro en el cuerpo.
La
tercera trabaja desde el tiempo: «las horas ciclópeas» son una imagen nueva y
potente. El adjetivo «ciclópeas» —enorme, de una sola dimensión, cegador— le da
a las horas de separación una corporeidad casi mitológica. No son horas que
pasan: son obstáculos que no se pueden romper ni saltar. Y la respuesta del
hablante a esa imposibilidad es la misma que en las estrofas anteriores, pero
ahora formulada con más claridad: guardar «toda tu esencia / envuelta en mis
anhelos». Interiorizar al otro cuando el exterior no lo permite.
El
movimiento hacia adentro
sin que nadie ni nada pueda impedirlo,
siento acorchada mi mente,
como si nada
hubiera pasado,
como si nunca hubiese existido.
antes que dejarlas
caer
muertas,
las encierro con mi mente en el olvido,
guardando como siempre
la esencia de un suspiro
hondo
sin poder romper
o saltar
las horas ciclópeas,
sólo se me ocurre hacer esto:
Guardar en mi cerebro
toda tu esencia
envuelta en mis anhelos.
Por Claude
Si
el poema del domingo anterior, «Te busco», era un poema de movimiento externo
—calles, metro, plaza, llegada—, este es su exacto reverso: un poema de
movimiento interno. Ante la imposibilidad de alcanzar al otro en el espacio, el
hablante lo lleva dentro. La mente, el olvido, el cerebro: todo el vocabulario
de este poema es interior. Es la geografía del que no puede moverse hacia donde
quiere y construye en cambio una morada interior donde el otro sigue presente.
Ese
movimiento de repliegue no es rendición. Es, al contrario, una forma activa de
preservar. «Guardar en mi cerebro / toda tu esencia / envuelta en mis anhelos»:
el verbo guardar implica cuidado, intención, voluntad. El hablante no olvida ni
se resigna. Guarda. Y lo que guarda es la esencia del otro, no su imagen ni su
recuerdo, sino algo más profundo e indefinible: su esencia. Eso que hace que
una persona sea exactamente esa persona y no otra.
El
poema sostiene a lo largo de sus tres estrofas un equilibrio muy difícil de mantener:
habla de dolor —de separación, de manos que no alcanzan, de horas que no se
pueden saltar— sin caer en el lamento ni en la queja. Hay una dignidad
contenida en cada verso que convierte lo que podría ser una elegía en algo más
cercano a una declaración silenciosa de amor resistente. El otro no está, pero
el hablante lo guarda. Y en ese gesto de guardar, el poema encuentra su razón
de ser.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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