Cada año, miles de
personas de todo el mundo acuden a Pamplona para ponerse voluntariamente
delante de varios toros a los que sueltan por las calles. San Fermín (el Santo)
lleva siglos haciendo lo que puede. Pero tiene sus límites, claro, porque San
Fermín no es Superman.
(AZprensa) Ya han comenzado las fiestas de San Fermín en Pamplona,
mundialmente conocidas, universalmente admiradas y, para quien tenga dos dedos
de frente, bastante difíciles de explicar. Porque hay fiestas populares que
celebran la cosecha, la lluvia, el solsticio o la llegada de la primavera, y
luego está San Fermín, que celebra al santo patrón de la ciudad metiéndose en
el camino de varios toros enfadados a primera hora de la mañana. Tradiciones
son tradiciones, y quién soy yo para juzgar.
Lo que sí me parece digno de reflexión —y de cierta compasión— es la situación en que todo esto coloca al propio San Fermín. Porque el pobre santo, que en vida ya tuvo lo suyo, lleva siglos en el más allá haciendo horas extras durante estas fiestas para mantener con vida a una cantidad razonablemente elevada de sus devotos, que se empeñan en demostrarle su fervor de la forma más original que uno pueda imaginar: colocándose voluntariamente en la trayectoria de varios animales de entre cuatrocientos y seiscientos kilos en plena carrera.
El problema de fondo:
la confusión de funciones
El error de concepto que
subyace en todo esto es mayúsculo. Miles de participantes en el encierro
parecen operar bajo el supuesto implícito de que San Fermín es, a efectos prácticos,
Superman. Que tiene capa, que vuela, que puede estar en dieciséis sitios a la
vez, que dispone de visión de rayos X para anticipar cogidas y que su poder de
intervención divina no tiene límite de velocidad ni de cobertura geográfica.
Pues bien: no. San
Fermín es un santo, no un superhéroe. Tiene buena voluntad, sin duda, y lleva
siglos demostrándola con resultados estadísticamente notables dadas las
circunstancias. Pero también tiene sus límites. Y cuando uno mete a varios
centenares de personas en un callejón estrecho con media docena de toros en
plena carrera, la gestión de milagros que se le exige en esos cuatro minutos y
pico que dura el encierro es, objetivamente, descomunal. Que salga todo bien la
mayor parte de las veces ya es, en sí mismo, un prodigio que debería figurar en
cualquier tratado de teología.
«Si
un toro se escapa al campo y te embiste, es mala suerte. Si tú te metes en el
camino del toro y te embiste... eso ya es otra cosa. Se llama causa y efecto.»
Una cuestión de lógica elemental
Hay una distinción
fundamental que conviene establecer con claridad, porque parece que no todo el
mundo la tiene presente. Si tú vas tranquilamente por el campo, te sale un toro
al paso y te embiste: eso es mala suerte. El universo te ha gastado una broma
cruel e injusta. Pero si tú, a las ocho de la mañana, después de haber dormido
poco y bebido bastante, te colocas voluntariamente en el recorrido por el que
van a pasar corriendo varios toros, los esperas, echas a correr delante de
ellos, y uno de ellos te embiste: eso no es mala suerte. Eso es relación
directa entre causa y efecto.
Y sin embargo, año tras
año, el encierro se repite. Los participantes llegan de Pamplona y de los
cuatro rincones del mundo —con especial representación anglosajona, que en
estas cosas siempre están dispuestos a colaborar—, se visten de blanco con el
pañuelo rojo, esperan el cohete de salida y echan a correr. Los hay valientes,
los hay inconscientes, los hay que van con mucho respeto y los hay que se han
bebido la valentía en los bares la noche anterior y ya no están muy seguros de
dónde están ni por qué corren.
El agotamiento del
santo
Y ahí está San Fermín,
en su palco celestial, con el programa del encierro en una mano y la lista de
intervenciones urgentes en la otra, trabajando a destajo durante ocho días
seguidos para que el balance final no sea demasiado catastrófico. Y lo
consigue, hay que reconocérselo. La mayoría de los participantes llegan al
final del recorrido magullados pero sanos y con una anécdota para contar el
resto de su vida.
Pero como todo
trabajador sometido a una carga laboral excesiva, San Fermín también tiene sus
momentos de saturación. Y en esos momentos —cuando los avisos simultáneos
superan la capacidad de atención de un solo santo sin capa— se producen los
incidentes que cada año llenan unos cuantos titulares. No es que el santo
falle: es que nadie puede con todo. Ni siquiera él.
La conclusión es, pues,
la de siempre: San Fermín hace milagros, sí. Muchos, y con notable eficiencia
dado el nivel de dificultad del encierro. Pero no hace imposibles. Y meter
voluntariamente la cabeza en la boca del toro —en sentido figurado, aunque a
veces también literal— y esperar que el santo lo resuelva todo, es pedirle
demasiado a cualquiera.
¡Viva San Fermín! Y que
descanse un poco cuando acaben las fiestas, que buena falta le hace.
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https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Lo que sí me parece digno de reflexión —y de cierta compasión— es la situación en que todo esto coloca al propio San Fermín. Porque el pobre santo, que en vida ya tuvo lo suyo, lleva siglos en el más allá haciendo horas extras durante estas fiestas para mantener con vida a una cantidad razonablemente elevada de sus devotos, que se empeñan en demostrarle su fervor de la forma más original que uno pueda imaginar: colocándose voluntariamente en la trayectoria de varios animales de entre cuatrocientos y seiscientos kilos en plena carrera.
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