lunes, 21 de septiembre de 2026

El millón y medio de amaxofóbicos y el aeropuerto de Ciudad Real

Según un estudio, en España hay un millón y medio de amaxofóbicos, es decir, personas a las que da miedo conducir. En este artículo propongo una solución de altura para resolver dos problemas en uno.
 
(AZprensa) ¿Y tú? ¿Tienes amaxofobia? Porque según un estudio hecho público hace unos años por el Instituto de Seguridad Vial de la Fundación Mapfre, en España hay nada menos que un millón y medio de personas que padecen amaxofobia; es decir, pánico a conducir en situaciones complicadas como mucho tráfico, conducción nocturna o climatología adversa.
 
Según los datos de este informe —ojo, que lo firman ellos, no yo—, hay más mujeres que hombres afectados por este trastorno, lo que vendría a demostrar que los hombres somos indudablemente más competentes al volante... o quizás simplemente más inconscientes. En román paladino: que no demuestra absolutamente nada.
 
El perfil del afectado: perfección y sudores fríos
 
Analizando con calma el perfil del amaxofóbico tipo, descubrimos que se trata de personas profundamente responsables, autoexigentes y perfeccionistas, con esa irrefrenable necesidad de tener absolutamente todo bajo control. Suelen ser conductores veteranos con muchos años de carné pero que apenas pisan el acelerador, prefieren no viajar solos y, en cuanto se ven al volante, empiezan a acumular taquicardias y sudores fríos. Al final, despliegan un catálogo infinito de excusas para esquivar el coche y cambian de planes a última hora.
 
Las recomendaciones oficiales (y sus matices)
 
Las directrices que arroja el estudio para atajar el problema no podían ser más drásticas:
 
Volver a la autoescuela: Es decir, aprender a conducir desde cero.
 
Ir siempre bien acompañado: Se supone que por un familiar dotado de una paciencia digna de canonización.
 
Recibir terapia psicológica: O lo que es lo mismo, que les den... asistencia profesional.
 
La alternativa infalible
 
Sin embargo, como experto en buscarle tres pies al gato de la movilidad moderna, yo me atrevería a añadir una cuarta recomendación mucho más práctica y económica.
 
Consiste en coger el coche y plantarse en el aeropuerto de Ciudad Real. Allí encontrarán kilómetros y kilómetros de pista perfectamente asfaltada, sin un solo obstáculo en el horizonte y con una ausencia total y absoluta de tráfico. De esta forma resolveríamos dos problemas de una sola tacada: Que los amaxofóbicos practiquen allí para perder el miedo, y que se rentabilicen de una vez por todas esas instalaciones que costaron un dineral y hoy continúan completamente abandonadas. ¡Todo ventajas!
 

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domingo, 20 de septiembre de 2026

La levedad del ser

(Sunday Poetry Corner)
Hoy traemos a este rincón dominical de la poesía, un poema muy breve, pero no por ello menos profundo. A veces, con pocas palabras, puede expresarse mucho. A veces, con pocas palabras puede sugerirse mucho. 

Y cuando son tantas las cosas que quieren comunicarse y tan pocas las palabras capaces de expresarlo, nos damos cuenta de la levedad de nuestro ser, de la pequeñez del ser humano y de todo cuanto hemos levantado, frente a la inmensidad del universo y la creación. 

Vivir es darnos cuenta de que estamos vivos y que sólo estamos aquí de paso.
 
RESPIRAR
 
Una profunda exhalación y el aire tibio
me empaña el rostro.
Un respiro, un segundo de placer,
no es poco.
A través del aire
(la vida se respira)
escapa en el papel, poco a poco,
sin darme casi cuenta,
mi ser, mi alma, mi vida.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Gemini
 
La exhalación como confesión en "Respirar"
 
Bajo una aparente sencillez formal y una concisión que huye de todo adorno superfluo, este poema nos invita a una profunda meditación sobre el tiempo, la creación artística y la condición efímera del ser. Lejos de ser un mero apunte descriptivo, el texto logra convertir un acto mecánico y automático —la respiración— en una revelación existencial de primer orden.
 
Desglose analítico y claves poéticas
 
El milagro de lo cotidiano y el alivio fugaz: Los primeros versos anclan el poema en la experiencia física más íntima: "Una profunda exhalación y el aire tibio / me empaña el rostro". Este contacto directo con la materia del propio cuerpo conduce a una conclusión de gran madurez lírica: "Un respiro, un segundo de placer, / no es poco". En una sociedad marcada por la urgencia y la ambición desmedida, reivindicar el goce humilde de un solo segundo de tregua supone una declaración de principios.
 
La metáfora respiratoria como pulso vital: El núcleo del poema se articula mediante el paréntesis aclaratorio "(la vida se respira)", que actúa como eje vertebrador. La respiración no es solo el intercambio de oxígeno, sino la prueba constante de nuestra permanencia en el mundo.
 
La escritura como desbordamiento inconsciente: El tramo final establece una simetría bellísima entre el aire que sale de los pulmones y las palabras que brotan sobre la página. Escribir no surge de un esfuerzo intelectual frío, sino de una necesidad visceral: "escapa en el papel, poco a poco, / sin darme casi cuenta". La escritura es la exhalación del alma.
 
El crescendo culminante: El poema se cierra con una gradación ternaria de enorme resonancia afectiva: "mi ser, mi alma, mi vida". Este triple compás final amplía progresivamente el foco, pasando de la identidad individual (ser) a la dimensión espiritual (alma) para abarcar finalmente la totalidad de la existencia (vida).
 
Una reflexión final
 
"Respirar" demuestra que la gran poesía no necesita de grandes artificios para conmover, sino de una mirada atenta capaz de descifrar los secretos que se ocultan en lo invisible. El poema nos deja una enseñanza balsámica: crear, escribir y vivir son, en última instancia, el mismo ejercicio de dejar ir aquello que nos habita por dentro para entregarlo, limpio y transformado, sobre el papel.
 

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sábado, 19 de septiembre de 2026

¿A quién tomamos como modelo?

Steve Jobs fue un genio de la informática, un extraordinario creador de productos que cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología; pero una cosa es admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee en un modelo de conducta.
 
(AZprensa) Poco sabía yo de este individuo hasta que, tras su muerte, todos los medios de comunicación hablaron de él y su biografía empezó a llenar las estanterías de los VIP. Fue el creador de los Mac, el iPod, el iPhone y el iPad. Muy bien. ¿Y qué?
 
La pregunta que me interesa es otra: ¿cómo era como persona? Porque, cuando uno se acerca a su faceta más «humana» —si se me permite la ironía—, lo que encuentra no resulta precisamente estimulante. No fue, desde luego, alguien a quien yo consideraría digno de admiración ni una persona a la que tomar como modelo.
 
Para ofrecer un breve perfil de esa faceta «humana» (¡ja!), ahí van unas cuantas perlas:
 
Estaba convencido de que lo imposible podía conseguirse y, en consecuencia, eso mismo exigía a sus colaboradores.
 
Cuando algo no salía como él había previsto, podía ponerse a gritar y humillar a quienes tenía delante, sin mostrar el menor respeto.
 
Hasta tal punto llegaban sus berrinches que, según se cuenta, en sus empresas se llegaron a conceder premios a los empleados que mejor los soportaban.
 
Y ni siquiera las entrevistas de trabajo escapaban a sus métodos. A algunos candidatos no les bastaba con demostrar sus aptitudes profesionales: también tenían que responder a preguntas de carácter íntimo y personal, traspasando unos límites éticos que nunca deberían cruzarse en un proceso de selección.
 
Su soberbia llegaba incluso al organigrama. Como no podía conseguir ser el número uno de Apple, quiso ser el número cero.
 
Y hay más. No quería una plaza de aparcamiento especial por el simple hecho de ser el jefe, pero, al parecer, no tenía inconveniente en utilizar las reservadas para personas con discapacidad.
 
¿Genio? Probablemente. ¿Innovador? Sin ninguna duda. ¿Un extraordinario creador de productos que cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología? También.
 
Pero una cosa es admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee en un modelo de conducta.
 
Podía ser un genio de la informática. Pero el talento profesional no concede automáticamente un certificado de calidad humana.
 
Así que, como modelo y objeto de admiración personal, por mi parte, nada de nada.
 

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viernes, 18 de septiembre de 2026

Ceuta nunca ha sido de Marruecos. Y Melilla, tampoco

(AZprensa)
En estos días se está hablando mucho de Ceuta y de las pretensiones de Marruecos por anexionarse este territorio, reclamándolo como si fuera suyo, como si en el pasado le hubiera pertenecido y se lo hubieran arrebatado. Y hay mucha gente que se cree que esto fue así. Y no. No es verdad. Ceuta jamás ha pertenecido a Marruecos y, en consecuencia, no tiene ningún derecho a reclamar su soberanía. Por eso, aquí te resumo los datos históricos que lo confirman:
 
CEUTA
 
Fue conquistada por Portugal el 21 de agosto de 1415, durante el reinado de Juan I, a la dinastía meriní (Sultanato de Marruecos / Reino de Fez). La ciudad estaba en una zona de inestabilidad política y comercial importante en el Estrecho de Gibraltar.
Permaneció portuguesa más de 160 años. Pasó a la Monarquía Hispánica en 1580 por la unión dinástica (Felipe II heredó el trono portugués).
Cuando Portugal recuperó la independencia en 1640, las autoridades y población de Ceuta eligieron permanecer leales a España. Esto se formalizó en el Tratado de Lisboa de 1668, en el que Portugal reconoció la soberanía española sobre la ciudad.
España no la conquistó militarmente a otro país; la heredó de Portugal y la ciudad decidió quedarse.
 
Ceuta, al igual que Melilla nunca han pertenecido al Marruecos moderno (que se constituyó mucho después), sino a dinastías musulmanas del norte de África (principalmente el Sultanato de Fez o equivalentes meriníes y wattasíes).
 
Y ya que estamos, veamos también los datos de Melilla:
 
MELILLA
 
Fue tomada por la Corona de Castilla (bajo los Reyes Católicos) el 17 de septiembre de 1497, en una expedición liderada por Pedro de Estopiñán y patrocinada por el duque de Medina Sidonia.
En ese momento pertenecía al Sultanato wattasí (o Reino de Fez). La ciudad estaba prácticamente despoblada y en ruinas por conflictos internos y ataques, por lo que la ocupación se produjo con poca o ninguna resistencia. Un intento posterior de recuperarla por fuerzas locales fue rechazado.
Contexto importante: En el siglo XV no existía un Estado marroquí unificado como el actual (la dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de 1666, y la independencia formal llegó en 1956). Ambas ciudades formaban parte de territorios controlados por dinastías locales del Magreb (meriníes, wattasíes, etc.), asociadas a Fez. Nunca formaron parte del Marruecos contemporáneo ni del Protectorado español de Marruecos (1912-1956), ya que se consideraban territorio español desde mucho antes.
 
En definitiva:

Ceuta → conquistada por Portugal a los meriníes (1415) pasó a España por unión dinástica y decisión local (1580/1668).
Melilla → conquistada por Castilla a los wattasíes/Reino de Fez (1497).
Marruecos → la dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de 1666, y la independencia formal llegó en 1956). Es decir, el país que conocemos como Marruecos, se fundó mucho tiempo después de que España se anexionase Ceuta y Melilla. Es decir: Ceuta y Melilla nunca pertenecieron a Marruecos. Sólo hay que mirar la historia y no hablar sin haberse informado antes.
 

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jueves, 17 de septiembre de 2026

El anzuelo de la noticia: una lección de los copywriters para el periodismo de hoy

Hay una diferencia sustancial entre los periodistas y copywriters. Los primeros desarrollan perfectamente un artículo pero les surgen las dificultades a la hora de encontrar un buen titular. Por el contrario los copywriters están tan preparados y acostumbrados a sintetizar y captar la atención del lector, que para ellos es muy fácil escribir un titular. Quizás los periodistas deberían aprender de los copywriters.
 
(AZprensa) Quien haya compartido redacción con periodistas de raza sabe que existe un momento crítico, casi ritual, en el que la redacción se detiene. El artículo está perfectamente hilvanado, la información es rigurosa y las comas ocupan su sitio. Sin embargo, llega la hora de poner el titular y el pánico cunde. Se duda, se borra, se vuelve a dudar y, al final, se recurre a la fórmula más gris y convencional por puro agotamiento. A la inmensa mayoría de los profesionales de la información les cuesta un mundo encontrar un buen titular. Curiosamente, existe otro gremio hermano que maneja esta misma disciplina con una soltura envidiable: los copywriters.
 
La maestría publicitaria de la síntesis
 
Mientras el periodista tradicional sufre ante la página en blanco de la cabecera, el redactor publicitario se mueve en ese terreno con una naturalidad pasmosa. Los copywriters están tan entrenados y acostumbrados a resumir conceptos complejos —y a conseguir que ese resumen detone de inmediato el interés del receptor— que para ellos dar con un buen titular es un ejercicio casi rutinario. Su único problema real, lejos de sufrir bloqueos, suele ser el exceso: tienen tantas opciones brillantes sobre la mesa que a veces les cuesta elegir una sola.
 
Conviene recordarlo sin complejos: la misión de un buen titular jamás ha sido resumir la noticia. Hacer eso es vaciarlo de vida. Como suelo definirlo, el titular es el anzuelo de la noticia. Su verdadera vocación es radicalmente distinta y mucho más exigente:
- Captar la atención en medio del ruido ensordecedor del flujo informativo.
- Centrar al lector de inmediato sobre el núcleo del asunto.
- Animarle a seguir leyendo, abriendo una puerta por la que resulte imposible no cruzar.
 
Una mirada que el periodismo necesita recuperar
 
Los periodistas deberíamos mirar con menos recelo y más atención el oficio del copywriting. No se trata de frivolizar la información, sino de asumir que el rigor y la capacidad de atracción no son enemigos irreconciliables. En una época en la que la atención del lector cotiza más cara que nunca, aprender a lanzar el anzuelo con la precisión milimétrica de la publicidad es la mejor garantía para que nuestras historias, por muy buenas que sean, no mueran ignoradas en el fondo del cajón digital.
 

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