sábado, 26 de septiembre de 2026

Daimiel voló más alto que nadie… pero sólo cuatro horas

Poco a poco se van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha sólo mira al cielo para ver si llueve.
 
(AZprensa) En 2011 escribí que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China- porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
 
El 8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
 
La misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29 kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno, aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
 
Y entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño, manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
 
Aquello pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si, durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
 
Pero no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
 
Es decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de lanzamiento.
 
Así que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para mandar una cámara a la estratosfera.
 

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viernes, 25 de septiembre de 2026

La gloriosa historia de la goma de borrar

Algo tan pequeño y cotidiano como la goma de borrar, tiene tras de sí una apasionante historia… que a veces resulta bastante cómica. Por eso te invito hoy a que disfrutes con esta columna con la que espero poder borrar tu seriedad.
 
(AZprensa) Muchos de los grandes inventos se han debido al azar, a la pura chiripa o a la serendipia -como dirían los más eruditos, es decir, los rebuscados y pretenciosos-. Otros, sin embargo, han sido fruto del trabajo incansable de quienes persiguieron un sueño que, después de años de esfuerzo, sudor y probablemente algún que otro momento de desesperación, acabó haciéndose realidad.
 
En este último grupo podríamos encuadrar un invento revolucionario: “La goma de borrar”.
 
¿Y por qué digo revolucionario? Porque transcurrieron casi dos siglos entre la aparición del lápiz y la utilización de la goma de borrar. ¿Qué hacían durante todo ese tiempo -se preguntarán ustedes- quienes utilizaban un lápiz y cometían un error que después querían rectificar? Pues muy sencillo: “ir a la panadería”.
 
Efectivamente, durante mucho tiempo no hubo mejor solución que utilizar miga de pan para borrar los errores cometidos con el lápiz. Un sistema bastante poco práctico, todo hay que decirlo, porque obligaba a tener pan fresco a mano cada vez que uno cometía una equivocación. Y, claro, como los errores suelen aparecer justo cuando uno no los necesita, más de uno acabaría con la mesa llena de migas.
 
Además, la miga de pan tenía una vida útil bastante limitada. Pasados unos días se convertía en un respetable mendrugo y lo que antes servía para borrar terminaba sirviendo, como mucho, para romper el papel. Y, de paso, para llenar el suelo de migas y proporcionar un festín inesperado a las hormigas.
 
La situación cambió con la aparición de las gomas de caucho y, posteriormente, con la vulcanización, proceso desarrollado por Charles Goodyear, cuyo apellido acabaría asociado a una de las marcas de neumáticos más conocidas del mundo.
 
Y aquí conviene hacer una aclaración: los neumáticos Goodyear, por mucho que procedan de la misma familia del caucho, no sirven para borrar lo escrito con lápiz. Entre otras cosas, porque resulta bastante incómodo llevar un neumático al colegio para corregir los deberes. Aunque, bien pensado, siempre habría alguien dispuesto a presumir de goma de borrar tamaño familiar.
 
Lo cierto es que llegar a conseguir un material adecuado para borrar no fue precisamente coser y cantar. Hubo experimentos, pruebas y errores hasta encontrar las propiedades adecuadas del caucho. Y ahí aparece una de esas maravillosas paradojas que tanto gustan a la historia de los inventos.
 
Porque imaginemos por un momento al investigador trabajando sobre una fórmula que necesita conservar por escrito. Hace una prueba y la goma no funciona. Perfecto: ahí está la cuartilla con la fórmula, junto con el procedimiento utilizado, para recordar que aquel camino no llevaba a ninguna parte.
 
Hace otra prueba. Tampoco funciona. Estupendo: otra fórmula que se queda cuidadosamente anotada. Y así una vez tras otra, hasta que, finalmente, llega la fórmula correcta. La prueba funciona. ¡Eureka! La goma borra perfectamente lo que está escrito. Incluida, naturalmente, “la fórmula que acababa de escribir”. Y vuelta a empezar.
 
Porque aquí surge un pequeño problema: si has inventado una sustancia que sirve precisamente para borrar lo que escribes, no parece una buena idea utilizarla encima de aquello que necesitas conservar para repetir el experimento. Así que no quedaba otra: aprenderse la fórmula de memoria.
 
De esta manera, cada vez que conseguía la mezcla correcta, podía comprobar que efectivamente borraba, memorizar de nuevo el procedimiento y, posteriormente, escribirlo otra vez. Hasta que, después de repetir el proceso quién sabe cuántas veces, probablemente acabó aprendiendo la fórmula mejor que su propio nombre.
 
Y así llegamos a uno de esos pequeños grandes inventos que cambiaron nuestra vida cotidiana. Desde entonces podemos equivocarnos, borrar el error y volver a intentarlo. Una posibilidad casi milagrosa. Algo parecido a la confesión: uno reconoce el error, lo elimina y procura que nadie se acuerde de él.
 
Aunque, gracias a la goma de borrar, al menos ya no necesitamos comprar una barra de pan cada vez que nos equivocamos. Lo que supuso una auténtica desgracia para los panaderos. Y, sobre todo, para las hormigas.
 

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La vaciedad de los debates políticos

Cada vez que hay un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para qué sirve un debate electoral?
 
(AZprensa) Cuando se produce un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que ofrezca su veredicto.  
 
Porque ¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo verbal.  
 
En teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el raciocino de cualquier programa electoral.
 
En definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
 

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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ejercicio y ejemplo de capacidad de síntesis

(AZprensa)
El periodista del futuro será quien mejor sepa resumir y comunicar una información en el menor espacio posible. El lector actual no tiene tiempo ni paciencia para «tochos» interminables: una noticia que se alarga demasiado corre el riesgo de perder su atención antes de llegar al final.

Por eso, la capacidad de síntesis será cada vez más importante: seleccionar lo esencial, expresarlo con claridad y hacerlo en apenas un par de párrafos. Como, por ejemplo, estos que acabas de leer ahora mismo.
 
PD.- Y ahora viene la pregunta: ¿lo he conseguido?
 

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martes, 22 de septiembre de 2026

¡Los neandertales ya eran modernos!

Leer noticias de Ciencia no sólo nos informa sino que nos hace pensar, porque hay algunas noticias científicas que cambian nuestra visión del mundo. Hoy quiero compartir el análisis que he realizado sobre esta noticia, y ya me dirás si estás de acuerdo.
 
(AZprensa) Hay noticias que cambian el mundo, y luego hay otras que, además, pueden cambiar nuestra próxima factura en un restaurante. La noticia que leí decía que un equipo internacional de investigadores, con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha descubierto en la Cueva Bajondillo, en Torremolinos (Málaga), evidencias de que los neandertales que habitaban la península Ibérica comían marisco hace 150.000 años.
 
¡Toma ya! Resulta que esos seres que durante generaciones hemos imaginado como unos tipos bastante brutos, vestidos con pieles, con el pelo revuelto, cara de pocos amigos y un garrote en la mano, eran en realidad unos auténticos sibaritas. Mientras nosotros pensábamos que se dedicaban a perseguir mamuts, ellos estaban pensando dónde conseguir unas buenas almejas.
 
Y aquí empieza lo verdaderamente preocupante. La noticia dice que este descubrimiento sitúa a Cueva Bajondillo como «el registro más antiguo de esta actividad en neandertales». Es decir, con un poco de imaginación —y sin ánimo de quitarle rigor a la ciencia— podríamos decir que Cueva Bajondillo fue la primera marisquería de la historia.
 
Eso sí, tenía algunas carencias respecto a las actuales. No había camareros. No había aire acondicionado. No había terraza. No había carta. Y, sobre todo, no había Guía Michelin. Una pena. Porque de haber existido entonces la famosa guía gastronómica, estoy convencido de que aquellos neandertales habrían luchado por conseguir sus estrellas.
 
«Cueva Bajondillo: cocina de proximidad, producto de temporada y vistas espectaculares al Mediterráneo. Servicio algo tosco, pero excelente materia prima». Incluso podríamos imaginar al crítico gastronómico de turno entrando en la cueva y preguntando:
—¿Qué me recomienda?
—Percebes.
—¿Y de segundo?
—Almejas.
—¿Tiene algo de carne?
—Mamut.
—Pues póngame medio.
 
El descubrimiento tiene, además, una segunda lectura todavía más divertida. La noticia señala que algunos investigadores consideran que el marisqueo es uno de los comportamientos que definen a los humanos modernos. ¡Ahí es nada! Resulta que comer marisco no es solamente un signo de buen gusto, sino también de modernidad. Por tanto, si los neandertales ya comían marisco hace 150.000 años, tenemos que aceptar una conclusión inevitable: los neandertales eran modernos. Muy modernos. Muchísimo más de lo que sospechábamos. Y si ellos ya eran modernos hace 150.000 años, nosotros, que seguimos comiendo marisco en el siglo XXI, debemos de ser directamente la repera de modernos.
 
Aunque hay una cosa que me preocupa. Después de 150.000 años de evolución, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Ellos recogían unos mejillones en la costa. Nosotros pedimos mejillones. Ellos comían gambas. Nosotros comemos gambas. Ellos buscaban almejas. Nosotros buscamos almejas… La única diferencia sustancial es que ellos probablemente las conseguían gratis y nosotros necesitamos una tarjeta de crédito.
 
Y aquí es donde quizá debamos replantearnos eso que llamamos «evolución». Porque si después de 150.000 años nuestro mayor progreso consiste en conseguir que alguien nos traiga a la mesa un plato de percebes mientras nosotros decimos «¡qué buenos están!», tampoco parece que hayamos avanzado una barbaridad.
 
Eso sí, hemos perfeccionado considerablemente la ceremonia. El neandertal probablemente se sentaba sobre una piedra y comía directamente. Nosotros necesitamos mantel, cubiertos, servilleta, copa, vino blanco, cubitera y, si es posible, un camarero que pronuncie correctamente el nombre del pescado. Y luego llega la cuenta. Ahí sí que hemos evolucionado. El neandertal comía marisco y se iba a su cueva. Nosotros comemos marisco y después necesitamos volver a la cueva para recuperarnos económicamente.
 
Pero lo más interesante de todo es que aquel descubrimiento nos obliga a mirar de otra manera a los neandertales. Quizá no eran esos pobres seres primitivos que durante tanto tiempo hemos imaginado. Quizá tenían gustos refinados. Quizá sabían apreciar un buen producto. Quizá, después de una jornada de caza, se sentaban tranquilamente a comer unas almejas. Y quizá alguno de ellos, mientras contemplaba el Mediterráneo, llegó incluso a decir: —Esto con un poquito de limón...
 
Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la próxima vez que vayamos a una marisquería deberíamos hacerlo con cierto respeto histórico. Cuando nos sirvan unas gambas, no estaremos simplemente ante un plato de comida. Estaremos ante 150.000 años de tradición. Cuando abramos unas almejas, estaremos continuando una costumbre iniciada por nuestros antepasados. Y cuando llegue la cuenta, quizá podamos consolarnos pensando que, al menos, estamos demostrando nuestra modernidad. Porque, según parece, comer marisco es de modernos. Los neandertales ya lo hacían hace 150.000 años.
 
Así que, querido lector, la próxima vez que te sientes ante una bandeja de marisco, no te sientas culpable por el precio. No estás gastando. Estás perpetuando una tradición prehistórica. Y, sobre todo, estás demostrando que eres un auténtico Homo sapiens moderno. Aunque, después de saber que los neandertales ya se daban esos homenajes hace 150.000 años, empiezo a sospechar que los modernos... eran ellos.
 
¡A tu salud y buen provecho!
 

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