(AZprensa) Hace unas décadas, el sector editorial médico
en España era un ecosistema vivo y variado. Existían numerosas editoriales que
publicaban revistas médicas de todo tipo: unas de carácter estrictamente
científico, rigurosas y especializadas; otras que combinaban con buen criterio
el contenido clínico con la cultura, las humanidades y la reflexión sobre la
profesión. Era, en conjunto, un espacio de encuentro entre la ciencia y el pensamiento,
entre el médico como profesional y el médico como persona. Ese espacio fue
desapareciendo poco a poco, con la discreción silenciosa de las cosas que se
van sin que nadie convoque un funeral. Algunas publicaciones intentaron el
salto a la versión digital. Pocas sobrevivieron. La mayoría simplemente dejó de
existir.
La pregunta es sencilla: ¿por qué? Y la respuesta, me
temo, también lo es, aunque no resulte cómoda para algunos de los implicados.
Lo expliqué en su momento, y el tiempo —ese árbitro implacable que no acepta
sobornos— me ha dado la razón.
«Cuando no se hace Publicidad sino
que simplemente "se ponen anuncios", es evidente que ese es un gasto
que se puede recortar. El
error estaba mucho antes: en haber
permitido que se confundieran ambas cosas.»
El problema:
confundir el anuncio con la publicidad
Las revistas médicas vivían, en buena medida, de la
publicidad de los laboratorios farmacéuticos. Esa es la realidad, y negarla
sería tan ingenuo como inútil. Lo que ocurrió es que, cuando llegaron los
recortes —y siempre llegan, en los laboratorios como en todas partes—, lo
primero que se recortó fue la inversión publicitaria en revistas porque, en
realidad, nunca había sido una inversión sino un gasto. Un gasto consentido, a
veces por compromiso, a veces por simpatía hacia el editor de turno,
a veces simplemente para aparentar que se hacía algo. «Ponemos un anuncio en la
revista del doctor Fulano» no es publicidad: es un acto social disfrazado de
estrategia de comunicación.
La publicidad —la Publicidad con mayúscula, la que merece
ese nombre— es una herramienta de comunicación con objetivos medibles, con un
público definido, con un mensaje construido y con un retorno esperado. No es un
favor que se le hace a alguien. No es una forma de quedar bien en el sector. No
es el equivalente corporativo de enviar una tarjeta de felicitación. Quien
confunde ambas cosas no está haciendo publicidad: está despilfarrando dinero. Y
cuando hay que recortar, lo primero que cae es aquello cuya utilidad nunca
quedó demostrada.
No voy a extenderme aquí en explicar en qué consiste la
publicidad bien entendida: hay bastantes libros publicados sobre el tema
—algunos de ellos firmados por quien escribe estas líneas— y quien quiera
formarse una opinión rigurosa tiene material de sobra a su disposición. Lo que
sí vale la pena señalar es que, antes de recortar la partida publicitaria, los
responsables de los laboratorios habrían hecho bien en recortar algo anterior:
las cabezas —o al menos los cargos— de quienes aprobaron durante años que se
tirara el dinero de la empresa «poniendo anuncios» sin criterio, sin estrategia
y sin la menor intención de medir si aquello servía para algo.
La ineptitud, ese
mal endémico
Porque el problema no es exclusivo del sector farmacéutico
ni del mundo editorial médico. Es un problema transversal, perfectamente
reconocible en cualquier ámbito de la vida económica y social española. La
tendencia a gastar sin pensar, a aprobar partidas por inercia, a confundir la
actividad con la productividad y el movimiento con el avance, es algo que vemos
todos los días. Y cuando llega la hora de rendir cuentas —que siempre llega—
los que pagan las consecuencias no son quienes tomaron las decisiones
equivocadas, sino los que dependían de que esas decisiones fueran correctas: en
este caso, las revistas, sus redacciones, sus lectores y, en última instancia,
una profesión médica que perdió un espacio de formación, reflexión y cultura
que nadie ha sabido sustituir del todo.
Para comprobarlo no hace falta irse muy lejos. Basta con
echar un vistazo a cómo se gestiona el dinero público en este país, empezando
por el Gobierno y bajando pacientemente por todos los escalones de la
Administración. El despilfarro no es una anomalía: es casi un sistema. Y la
ineptitud que lo alimenta tampoco es accidental: es, en demasiados casos, el
resultado previsible de poner al frente de la gestión a personas incompetentes.
Las revistas médicas murieron, en su mayoría, porque
alguien confundió “poner anuncios” con “invertir en publicidad”. No es un
epitafio muy glorioso; pero es la dolorosa verdad.
“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
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