sábado, 30 de mayo de 2026

La urgencia de contratar periodistas (también en las iglesias)

(AZprensa)
Afortunadamente, cada vez está más extendida la presencia de periodistas en las grandes empresas e instituciones. Ellos se encargan, entre otras tareas propias de la comunicación corporativa, de redactar las notas de prensa, discursos y comunicados oficiales para que los mensajes lleguen al público de forma clara, directa y, sobre todo, sin dobles sentidos peligrosos.
 
Sin embargo, tras analizar la realidad, uno llega a la conclusión de que no solo las multinacionales o los grandes organismos necesitan estos servicios. Las pequeñas parroquias que pueblan nuestra geografía también deberían plantearse, muy en serio, meter en nómina a un profesional de la información.
 
Para que comprendáis cuán necesaria es esta labor de edición, os dejo una selección de comunicados auténticos publicados en diversas "hojas parroquiales". Parecen inventados por un humorista, pero os juro que se imprimieron tal cual:
 
ANTOLOGÍA DEL DESPISTE PARROQUIAL
 
1.- Para cuantos entre ustedes tienen hijos y no lo saben, tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.
 
2.- El próximo jueves, a las cinco de la tarde, se reunirá el grupo de las mamás. Aquellas señoras que deseen entrar a formar parte de las mamás, por favor, se dirijan al párroco en su despacho.
 
3.- El grupo de recuperación de la confianza en sí mismos se reúne el jueves por la tarde, a las ocho. Por favor, para entrar usen la puerta trasera.
 
4.- El viernes, a las siete, los niños del Oratorio representarán la obra “Hamlet” de Shakespeare. Se invita a toda la comunidad a tomar parte en esta tragedia.
 
5.- Estimadas señoras, ¡no se olviden de la venta de beneficencia! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa. Traigan a sus maridos.
 
6.- Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con los difuntos que deseen que recordemos.
 
7.- El párroco encenderá su vela en la del altar. El diácono encenderá la suya en la del párroco, y luego encenderá uno por uno a todos los fieles de la primera fila.
 
8.- El próximo martes por la noche habrá cena a base de alubias en el salón parroquial. A continuación seguirá el concierto.
 
9.- Recuerden que el jueves empieza la catequesis para niños y niñas de ambos sexos.
 
10.- Tema de la catequesis de hoy: “Jesús camina sobre las aguas”. Catequesis de mañana: “En búsqueda de Jesús”.
 
11.- El coro de los mayores de 60 años se suspenderá durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.
 
12.- Recuerden en la oración a todos aquellos que están cansados y desesperados de nuestra parroquia.
 
13.- El torneo de basket continúa el próximo miércoles por la tarde. ¡Vengan a aplaudirnos! ¡Trataremos de derrotar a Cristo Rey!
 
14.- El precio para participar en el cursillo sobre “Oración y ayuno” incluye también las comidas.
 
Nota del editor:
Como habéis podido comprobar, una coma mal puesta, un orden de palabras invertido o un exceso de literalidad pueden transformar la fe en pura comedia. Así que ya lo saben: la próxima vez que duden de la utilidad de un periodista, piensen en los fieles de la primera fila ardiendo o en la sutil relación entre una cena de alubias y el concierto posterior.
 
La palabra es un arma poderosa... solo hace falta saber cómo coordinarla.
 

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viernes, 29 de mayo de 2026

¡La «excelencia» de los despidos!

El comunicado de empresa que anuncia despidos masivos es uno de los géneros literarios más estables de nuestra época. Las palabras cambian poco. Los despedidos, también.
 
(AZprensa) Hace un tiempo leí una nota de prensa emitida por un laboratorio farmacéutico internacional en la que anunciaban el despido de 6.300 empleados en todo el mundo, equivalente al 6% de su plantilla global. En tiempos de crisis esto no sorprende demasiado; lo que sí sorprende —o más bien asombra, porque sorpresa ya no es— es el lenguaje con que se envuelve la noticia.
 
Aquel comunicado me pareció entonces un ejemplo perfecto de un género muy consolidado en el mundo corporativo: el eufemismo institucional aplicado a los despidos masivos. Lo que me pareció entonces me lo sigue pareciendo hoy, porque ese mismo comunicado —con ligeras variaciones de estilo y cifras distintas— lo he vuelto a leer después en decenas de ocasiones, firmado por otras empresas, en otros sectores, en otros países. El texto cambia. El espíritu no.
 
Por eso merece la pena hacer una pequeña traducción simultánea del lenguaje corporativo al castellano de andar por casa. Que para eso está el periodismo.
 
Un ejemplo
 
En este ejemplo que cito, la empresa habla de “excelencia profesional” o sea, que despedir a los empleados es una muestra de “excelencia profesional”. Continúan diciendo que esta medida va a “incrementar la eficiencia y mejorar la productividad”, o sea, que los que queden en la empresa van a trabajar por ellos mismos, por los despedidos y por el incremento adicional que esperan de ellos.
 
Y ya en el colmo del asombro, dicen que esperan “un crecimiento claramente por encima del mercado” (o sea, que las ventas no iban tan mal) y que con esta medida van a tener “un aumento de dos dígitos del beneficio por acción” (queda claro cuál es su único interés).
 
Pero eso sí, ya para regodeo terminan diciendo que “no escatimaremos esfuerzos para encontrar soluciones socialmente responsables para los empleados afectados”, es decir, que les darán lo que marque la ley y les desearán buena suerte, justo la suerte que la empresa les está quitando.
 
«Nadie en la historia del lenguaje corporativo ha anunciado un despido masivo sin llamarlo "oportunidad", "eficiencia" o, en el colmo de la audacia, "excelencia".»
 
Un género literario en perfecta salud
 
Lo más llamativo de todo esto no es que una empresa concreta haya escrito semejante comunicado. Lo más llamativo es que ese tipo de comunicado se sigue escribiendo y divulgando por empresas de todos los sectores.
 
El género tiene sus reglas propias: siempre hay una referencia a la «eficiencia», siempre hay una mención a la «responsabilidad social», y siempre hay un párrafo final en donde la empresa expresa su «compromiso» con los empleados a quienes acaba de despedir. La coherencia de estos textos es, en su propia manera perversa, casi admirable.
 
En España, a los despidos masivos se les llama «Expediente de Regulación de Empleo» —un ERE—, que es una denominación tan aséptica y tan alejada de lo que realmente describe que casi consigue el mismo efecto que «excelencia profesional»: ocultar detrás de una jerga técnica el hecho concreto de que hay miles de personas que mañana se quedan sin trabajo.

El eufemismo no es solo una cuestión de estilo. Es una cuestión de poder. Quien controla el lenguaje con que se describe la realidad controla, en parte, cómo esa realidad es percibida. Una empresa que anuncia un ERE está comunicando una tragedia para miles de familias. Una empresa que anuncia un «proceso de transformación orientado a la excelencia operativa» está... haciendo exactamente lo mismo, pero con mejor prensa.
 
¿Hay un ejemplo mayor de caradura? Probablemente no. Aunque si esperas unos días encontrarás en cualquier medio de comunicación algo parecido.
 

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jueves, 28 de mayo de 2026

Difícil asunto este de la imparcialidad de los periodistas

(AZprensa)
¿Se puede estar al mismo tiempo a ambos lados de la mesa? En un extremo se sitúan los periodistas que redactan para un medio de comunicación de interés general. En el opuesto, aquellos que elaboran notas de prensa para sus corporaciones y las envían a las redacciones con la esperanza de verlas publicadas. Ante este escenario, cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿pueden los profesionales de la comunicación institucional actuar también como editores de un medio de información general?
 
Hasta ahora, las reglas del juego dictaban que cada cual ocupase su sitio. En las últimas décadas, los departamentos de Comunicación de las grandes compañías no han dejado de crecer, afortunadamente no solo en presupuestos, sino en cualificación profesional, nutriéndose de periodistas de raza. A ellos se suma la colaboración de las agencias y gabinetes externos, integrados también por profesionales de la información.
 
Desde este flanco de la mesa, la misión es clara: canalizar toda la información relevante de la empresa y atender con solvencia las peticiones de datos, declaraciones, entrevistas o posicionamientos que formulan los medios.
 
Se trata, por tanto, de un diálogo constante entre profesionales. Un intercambio con intereses legítimos pero contrapuestos: la compañía busca maximizar el impacto de sus hitos positivos; el medio, por su parte, persigue captar el interés del lector para ganar el favor de la audiencia.
 
El valor del contraste
 
En la otra orilla nos encontramos con los periodistas de redacción, encargados de buscar proactivamente la noticia mientras digieren un alud diario de notas corporativas. En su libro de estilo debería figurar una máxima inquebrantable: acudir siempre a los portavoces cualificados de las compañías implicadas. Cuestión distinta —y obligatoria— es que el redactor contraste esos datos con fuentes ajenas e independientes para ofrecer una visión equilibrada de la realidad.
 
Históricamente, la relación entre ambos bandos ha estado marcada por una sutil desconfianza. Sin embargo, para avanzar, es imperativo dejar atrás los viejos recelos.
 
Especialización contra censura
 
La prensa técnica y especializada ofrece un excelente ejemplo de convivencia. Es natural que sus páginas alberguen abundantes informaciones sobre las empresas del sector, puesto que sus lectores son profesionales hambrientos de esa actualidad. En estos nichos, los periodistas poseen un conocimiento profundo de su área y desarrollan los contenidos con un rigor impecable. A la prensa técnica no le duelen prendas a la hora de citar marcas, productos o nombres propios; entiende que ocultarlos sería hurtar información valiosa a su público.
 
El problema surge cuando analizamos la prensa generalista. Con demasiada frecuencia, los grandes medios confunden la imparcialidad con una suerte de censura puritana hacia cualquier nombre comercial.
 
Esta miopía informativa se acentúa en sectores especialmente sensibles, como el de la industria farmacéutica. Es habitual leer crónicas que detallan un hallazgo científico o el lanzamiento de un fármaco prometedor, ocultando sistemáticamente el nombre del laboratorio o del fármaco en cuestión. Sin embargo, la timidez desaparece si la noticia es negativa: en el error, el escándalo o la crisis, el rigor nominal regresa con saña y se aportan todo tipo de detalles citando nombre del laboratorio y marca comercial del fármaco si procede.
 
La verdadera imparcialidad no consiste en esterilizar el texto borrando marcas comerciales. Consiste en proporcionar toda la información relevante —lo que incluye saber quién está detrás de un hecho— y en recoger con honestidad las distintas opiniones en liza, situando siempre en el centro a los directamente implicados.
 
Un equilibrio necesario pero esquivo. Al fin y al cabo, siempre ha sido un asunto difícil este de la imparcialidad...
 

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miércoles, 27 de mayo de 2026

Los profesionales del trabajo ajeno: una especie en plena expansión

La selección natural no premia siempre a los mejores, sino a los que mejor saben adaptarse. En el ecosistema empresarial, ninguna especie ilustra esta cruel verdad mejor que el Cuculus officinensis, conocido en el argot del sector como «el profesional del trabajo ajeno».
 
(AZprensa) Conviene empezar por el principio, que en este caso nos lleva a la ornitología. El cuco —Cuculus canorus, para quien prefiera la nomenclatura científica— es, desde el punto de vista de la ética, un sinvergüenza de manual. Su estrategia reproductiva consiste en lo siguiente: pone sus huevos en nido ajeno, deja que otros los empollen con todo su esfuerzo y cariño, y cuando el polluelo nace —de tal palo tal astilla— lo primero que hace es empujar fuera del nido a los demás huevos para quedarse como hijo único y ser alimentado a todo trapo por unos padres adoptivos que no sospechan nada. La selección natural, que no entiende de escrúpulos, lo ha convertido en un modelo de éxito evolutivo. La naturaleza, hay que reconocerlo, tiene un sentido del humor muy particular.
 
Pues bien: un primo hermano de este cuco lleva décadas campando a sus anchas por los organigramas corporativos de medio mundo, y todo indica que en lugar de tender a la extinción —como mandan los cánones de la justicia poética— no hace sino proliferar. Se trata de los profesionales del trabajo ajeno: una especie tan fascinante desde el punto de vista zoológico como exasperante para quienes comparten hábitat con ella.
 
FICHA DE ESPECIE · ZOOLOGÍA EMPRESARIAL
Nombre común: Profesional del trabajo ajeno
Nombre científico: Cuculus officinensis
Hábitat: Oficinas, salas de reuniones, despachos de dirección
Dieta: Méritos ajenos, aplausos, incentivos variables
Estado de conservación: En expansión preocupante
 
Descripción de la especie
 
El profesional del trabajo ajeno es, ante todo, un animal social de primer orden. Extrovertido, dicharachero, dotado de una simpatía que parece innata pero que en realidad es el fruto de un entrenamiento constante, invierte la mayor parte de su energía —que no es poca— no en producir trabajo sino en granjearse las simpatías de quienes tienen poder para premiar el trabajo. Es, en pocas palabras, un especialista en relaciones públicas que ha encontrado en la empresa su ecosistema natural.
 
Su habilidad principal consiste en hacer aparecer como propios los trabajos realizados por otros, y en hacerlo con una convicción y un desparpajo que desarman cualquier intento de refutación. El mecanismo es tan sencillo como eficaz: mientras el trabajador efectivo produce, el profesional del trabajo ajeno presenta. Y quien presenta ante el jefe es, a todos los efectos prácticos, quien ha hecho el trabajo. El jefe —cegado por el peloteo constante y por la satisfacción de verse adulado como se merece— no acierta a preguntarse quién hizo realmente la tarea. Ni, a decir verdad, le importa demasiado: lo que le importa es que alguien le haga sentir lo importante que es. Y en eso, el profesional del trabajo ajeno no tiene rival.
 
«El cuco pone sus huevos en nido ajeno. El profesional del trabajo ajeno hace algo más refinado: convence al nido de que los huevos siempre fueron suyos.»
 
Comportamiento ante el fracaso: una elegancia admirable
 
Pero donde la especie alcanza su máxima expresión —su momento de mayor brillantez etológica, diríamos— es en su relación con el fracaso. Porque el profesional del trabajo ajeno es selectivo con una precisión que haría palidecer al mejor cirujano: se apropia de los éxitos con la agilidad del carterista consumado, pero cuando las cosas salen mal, su capacidad de desaparecer del foco es sencillamente prodigiosa. El fracaso, invariablemente, recae sobre los demás. Sobre los que trabajaron, paradójicamente. Una elegancia que solo da la práctica continuada.
 
Y esto no es casualidad: es estrategia. Atribuirse también los fracasos sería un error de novato que pondría en peligro su imagen cuidadosamente construida. La perfección del método reside precisamente en esa asimetría: éxitos propios, fracasos ajenos. Crédito para arriba, responsabilidad para abajo. Una división del trabajo que, vista fríamente, funciona con una eficiencia que muchos departamentos de verdad envidiarían.
 
Perspectivas de futuro
 
Los naturalistas más optimistas confían en que, tarde o temprano, la especie encontrará sus límites naturales: que los jefes afinarán su olfato, que los compañeros dejarán de ser tan generosos con su trabajo, que el ecosistema corporativo desarrollará anticuerpos. Los más realistas, en cambio, observan que el profesional del trabajo ajeno lleva décadas desafiando ese pronóstico sin el menor síntoma de agotamiento. Si la selección natural premia la adaptación, esta especie está mejor adaptada que casi ninguna otra al entorno en que prospera. Lo cual dice mucho del entorno, y más todavía de quienes lo gestionan.

Mientras tanto, ahí están: en todas las empresas, en todos los sectores, en todos los países. Sonrientes, simpáticos, con su último mérito ajeno bajo el brazo y la mirada puesta en el próximo. Sobreviviendo, como el cuco, con una eficacia que la naturaleza debería avergonzarse de haber inventado.
 

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martes, 26 de mayo de 2026

El precio de los medicamentos: una historia de nunca acabar

Este artículo lo escribí en 2010 y me temo que, quince años después, el diagnóstico no ha cambiado sustancialmente. Han variado las cifras, se han añadido nuevas capas de complejidad, pero el mecanismo de fondo sigue siendo el mismo. Y los laboratorios siguen siendo los malos de la película. Aquí tienes, pues, este artículo actualizado a día de hoy.
 
(AZprensa) Determinar el precio de un medicamento es una tarea extraordinariamente complicada. Uno podría pensar que basta con calcular cuánto cuesta fabricarlo, hacerlo llegar a los puntos de venta, añadir un margen razonable de beneficio y listo. Pero el precio de las cosas no lo fija lo que «cuestan» sino lo que «valen», y ese valor lo determina una cosa que se llama demanda. Un artículo puede costar una fortuna, pero si nadie lo quiere no vale nada. Y un medicamento puede salvar vidas, pero si el sistema que debe financiarlo decide que no vale lo que cuesta, el paciente que lo necesitaba se queda esperando.
 
El coste invisible: la investigación
 
Cuando un laboratorio quiere comercializar un fármaco, presenta el precio máximo que considera viable para conseguir la cuota de mercado que haga rentable su comercialización. Pero aquí hay un factor que no existe en casi ningún otro sector con esta dimensión: la investigación.
 
Cuando un medicamento llega al mercado ha dejado atrás entre diez y trece años de investigación. En 2010 decía que ese proceso costaba más de 800 millones de euros. Hoy las cifras son muy distintas: se precisan entre 10 y 13 años y una inversión que los estudios más recientes sitúan en torno a los 2.500 millones de euros por medicamento. El coste se ha triplicado en quince años. Y la tasa de éxito no ha mejorado: solo tres de cada diez fármacos que llegan al mercado generarán ingresos que superen los costes medios de I+D. El resto pierde dinero. Y alguien tiene que financiar también esa pérdida.
 
El retorno esperado de la inversión en nuevos medicamentos se sitúa actualmente en apenas el 1,8%, el punto más bajo de la última década, mientras que el coste medio de desarrollar y comercializar un nuevo medicamento ha aumentado cerca de un 70% desde 2010. Dicho de otro modo: investigar medicamentos es cada vez más caro y cada vez menos rentable. Y sin embargo, se sigue investigando, porque es lo que hace la industria farmacéutica y porque sin esa investigación no habría los avances médicos que hoy damos por descontados.
 
Nota: a todo esto hay que añadir que, una vez transcurridos diez años desde el descubrimiento de la molécula —es decir, aproximadamente cuando el fármaco lleva un tiempo en el mercado—, cualquier otro laboratorio puede copiar el producto y ofertarlo a un precio muy inferior, sin haber asumido ni un euro del coste de investigación ni del riesgo que esta conlleva.
 
El Gobierno como árbitro, comprador y regateador
 
El laboratorio presenta su precio máximo. El Gobierno, que es quien debe aprobarlo —dado que más del 90% de las ventas de medicamentos se canalizan a través de la sanidad pública—, tiene que decidir si acepta ese precio o negocia uno inferior. ¿Qué hace? Lo mismo que en 2010: busca cuál es el país europeo que ha fijado el precio más bajo para ese mismo producto y declara: «ese es mi precio». Sin estudiar la documentación presentada, sin considerar si el nivel de vida de ese país de referencia tiene algo que ver con el nuestro, sin valorar las horas de investigación que hay detrás de cada molécula.
 
Y en 2025 esto se ha institucionalizado aún más. El Sistema de Precios de Referencia, implantado en España hace dos décadas y consolidado en la Ley 29/2006, se mantiene como uno de los instrumentos más eficaces para el control del gasto farmacéutico público. Cada año, el Ministerio de Sanidad publica una Orden de Precios de Referencia que revisa a la baja los precios de miles de presentaciones. La actualización de 2025 ha revisado 17.385 presentaciones cuyos precios cambian para generar un ahorro estimado de 287,58 millones de euros. Un ahorro que, desde el punto de vista del paciente y del erario, es una buena noticia. Desde el punto de vista del laboratorio que financió la investigación, es una vuelta de tuerca más en un proceso que no tiene fin.
 
«El Gobierno es comprador, árbitro y regulador al mismo tiempo. Y cuando alguien acumula esos tres roles, el que sale perdiendo suele ser siempre el mismo.»
 
El calvario de llegar al mercado español
 
La consecuencia práctica de este sistema es que muchos laboratorios retrasan o directamente renuncian al lanzamiento de sus fármacos en España. La negociación con el Ministerio puede durar meses, y a veces años. Durante todo ese tiempo, los pacientes de otros países acceden al tratamiento mientras los pacientes españoles se conforman con alternativas más antiguas y menos eficaces. Cuando el fármaco por fin se lanza aquí, el período de protección de patente —que en teoría debería ser de diez años— se ha recortado sensiblemente. Y antes de que ese período expire, el Gobierno habrá introducido una, dos o más medidas adicionales de recorte que reducen todavía más los ingresos del laboratorio, ya sea bajando directamente el precio del fármaco o estableciendo descuentos sobre las ventas globales del laboratorio.
 
Al final de ese período, llegan los genéricos y los biosimilares. En 2024, los medicamentos genéricos han supuesto el 47,4% del total de envases facturados al SNS, prácticamente el doble que en 2010. La marca original tiene entonces que decidir entre seguir vendiendo a su precio con ventas en caída libre, o bajar el precio para competir con quienes se ahorraron toda la investigación. No hay tercera opción.
 
Una cosa es vender, otra muy distinta es cobrar
 
Pero el calvario no termina ahí. Una cosa es vender y otra muy distinta es cobrar. En 2010 describía situaciones en que la sanidad pública tardaba 300 días —o incluso dos años— en pagar a los laboratorios. La morosidad de las administraciones ha mejorado desde entonces, pero no ha desaparecido. En 2024, el plazo medio de pago del sector público aumentó 12 días hasta los 67 días de media, y por primera vez desde 2014 se situó por encima del sector privado. Sesenta y siete días sigue siendo el doble del plazo legal de 30 días que las propias administraciones imponen al sector privado. Un ejemplo de coherencia difícil de superar.
 
La formación médica: otro coste invisible

Y mientras todo esto ocurre, los médicos siguen necesitando formación continua para estar a la altura de los avances terapéuticos. Su empleador —la sanidad pública— no financia esa formación en la medida que sería necesaria. La financia la industria farmacéutica, que por ese motivo recibe críticas periódicas por su supuesta influencia sobre los prescriptores. Es decir: el sector privado financia la formación de los profesionales del sector público, y por ello se le critica. La lógica, como en tantas otras cosas de este sistema, brilla por su ausencia.
 
Y los malos siguen siendo los laboratorios
 
Después de todo este recorrido —la investigación financiada durante más de una década, el precio negociado a la baja, el lanzamiento retrasado, los sucesivos recortes, la morosidad institucionalizada, la formación médica asumida voluntariamente—, la opinión pública sigue teniendo de los laboratorios farmacéuticos la imagen que tiene. Cualquier ciudadano valora positivamente los medicamentos que toma, a los médicos que se los prescriben y, en general, al sistema sanitario que se los financia. Pero ¿los laboratorios que los investigaron, los fabricaron y los pusieron a su disposición? Mejor no entrar en ese tema.
 
Mientras una parte siga aprovechándose de su posición dominante y la otra siga aceptando resignada su papel de víctima, la situación no cambiará. Bueno, sí cambiará algo: los laboratorios continuarán recortando inversiones en I+D, trasladando sus centros de investigación a países con marcos regulatorios más favorables, y reduciendo su presencia en un mercado que los trata como fuente de ahorro antes que como socio estratégico del sistema sanitario. Y entonces nos preguntaremos, sorprendidos, por qué los medicamentos del futuro tardan más en llegar, por qué hay cada vez más problemas de desabastecimiento y por qué la innovación terapéutica se desarrolla lejos de aquí.
 
La respuesta la volveréis a encontrar aquí, en este artículo que escribí en 2010 y que, al actualizarlo 15 años más tarde, no he tenido que cambiar casi nada.
 

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