Cualquier
persona ajena al sector sanitario que, por puro azar o curiosidad, se ponga a
hojear una revista médica de esas dirigidas exclusivamente a profesionales, se
quedará estupefacta ante el panorama publicitario. Y no me refiero al mensaje
del fármaco, ni a la audacia del diseño gráfico, ni a su creatividad visual. Lo
que verdaderamente dejará ojiplático al lector profano es la presencia de unas
páginas completas, anexas a cada anuncio, escritas con un texto minúsculo,
denso y completamente apelmazado. ¿Qué es eso?
(AZprensa) En la jerga del sector, este fenómeno se conoce como «ficha anuncio». Se trata de los textos de obligado cumplimiento que las normativas exigen incluir a los anunciantes, y que no son otra cosa que un resumen de la ficha técnica (ese prospecto ininteligible que acompaña a todos los medicamentos bajo receta).
La ingenua idea del "lumbreras" de turno
Hace ya años, a algún preclaro legislador se le ocurrió la peregrina idea de que no podía publicarse ningún anuncio de un fármaco si no venía escoltado por este testamento legal. El objetivo teórico era blindar la seguridad: especificar las propiedades del medicamento, su forma de administración, contraindicaciones y un sinfín de posibles efectos secundarios. En la práctica, es el escudo perfecto de los laboratorios: una fórmula obligatoria para que, en caso de juicio, nadie pueda alegar aquello de «a mí no me habían dicho que esto daba dolor de cabeza».
Como es lógico, muchos de estos efectos adversos van surgiendo al cabo de los años de uso de un fármaco, cuando ya lo han consumido millones de personas. ¿Cuál es la consecuencia? Que el texto debe actualizarse permanentemente, y en el mundo de la burocracia, actualizar siempre significa añadir más líneas de texto.
Cuando se implantó la medida, el espacio publicitario se duplicó automáticamente de forma absurda:
- Por cada página de anuncio correspondía una página de texto legal.
- Por cada anuncio de media página, correspondía una página entera de texto.
- Y para mayor despropósito: por un minúsculo anuncio de un octavo de página... ¡otra página completa de intrincada literatura legal!
El calvario de las editoriales y la picaresca del "cuerpo ocho"
Este desmadre de páginas obligó a las revistas médicas a un aumento drástico de sus tarifas. Las editoriales, conscientes del disparate, no cobraban esas páginas de mazacote al precio de la tarifa publicitaria normal, pero lógicamente tenían que aplicar un suplemento: el coste del papel, de la impresión y de la distribución de semejantes tochos es sumamente elevado. ¿El resultado? Los anuncios se encarecieron y las revistas perdieron todo su atractivo visual, lastradas por la inserción de tales bodrios.
Quien parió la norma pensó, en su infinita inocencia, que los médicos se leerían minuciosamente ese testamento antes de firmar una receta. Para "facilitar" la labor, la ley dictaminó que el cuerpo mínimo de la letra debía ser el número ocho. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los laboratorios cumplieron la norma al pie de la letra (nunca mejor dicho): la tipografía era un cuerpo ocho, sí, pero ejecutada en su variante más estrecha, juntando al máximo el interlineado, eliminando los espacios y suprimiendo cualquier atisbo de punto y aparte. El resultado fue un auténtico bloque de cemento armado, completamente ilegible para el ojo humano.
Y de verdad que no se puede culpar a los laboratorios. Ante tamaño despropósito regulatorio, ¿qué pretendían? ¿Que lo pusieran en un diseño bonito y espaciado para que, en lugar de una página, el texto ocupase diez? ¿Iba así a leérselo alguien? Vamos, por favor...
Conclusión: La proporción del disparate
La historia, lejos de corregirse, ha alcanzado tintes de comedia grotesca. Como los textos legales no paran de crecer año tras año a medida que el fármaco envejece en el mercado, actualmente se ha llegado a una proporción delirante de 3 a 1. Sí, han leído bien: por cada página de publicidad creativa, el lector debe tragarse tres páginas de un mazacote insufrible de textos legales.
¿Hay algo más absurdo en el mundo de la comunicación que pagar por publicar un texto que está diseñado específicamente para que nadie sea capaz de leerlo? Probablemente no. Es el triunfo del papeleo sobre el sentido común, patrocinado por la mente que puso en marcha la medida y por las mentes que, a día de hoy, permiten que este sainete impreso continúe existiendo.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(AZprensa) En la jerga del sector, este fenómeno se conoce como «ficha anuncio». Se trata de los textos de obligado cumplimiento que las normativas exigen incluir a los anunciantes, y que no son otra cosa que un resumen de la ficha técnica (ese prospecto ininteligible que acompaña a todos los medicamentos bajo receta).
La ingenua idea del "lumbreras" de turno
Hace ya años, a algún preclaro legislador se le ocurrió la peregrina idea de que no podía publicarse ningún anuncio de un fármaco si no venía escoltado por este testamento legal. El objetivo teórico era blindar la seguridad: especificar las propiedades del medicamento, su forma de administración, contraindicaciones y un sinfín de posibles efectos secundarios. En la práctica, es el escudo perfecto de los laboratorios: una fórmula obligatoria para que, en caso de juicio, nadie pueda alegar aquello de «a mí no me habían dicho que esto daba dolor de cabeza».
Como es lógico, muchos de estos efectos adversos van surgiendo al cabo de los años de uso de un fármaco, cuando ya lo han consumido millones de personas. ¿Cuál es la consecuencia? Que el texto debe actualizarse permanentemente, y en el mundo de la burocracia, actualizar siempre significa añadir más líneas de texto.
Cuando se implantó la medida, el espacio publicitario se duplicó automáticamente de forma absurda:
- Por cada página de anuncio correspondía una página de texto legal.
- Por cada anuncio de media página, correspondía una página entera de texto.
- Y para mayor despropósito: por un minúsculo anuncio de un octavo de página... ¡otra página completa de intrincada literatura legal!
El calvario de las editoriales y la picaresca del "cuerpo ocho"
Este desmadre de páginas obligó a las revistas médicas a un aumento drástico de sus tarifas. Las editoriales, conscientes del disparate, no cobraban esas páginas de mazacote al precio de la tarifa publicitaria normal, pero lógicamente tenían que aplicar un suplemento: el coste del papel, de la impresión y de la distribución de semejantes tochos es sumamente elevado. ¿El resultado? Los anuncios se encarecieron y las revistas perdieron todo su atractivo visual, lastradas por la inserción de tales bodrios.
Quien parió la norma pensó, en su infinita inocencia, que los médicos se leerían minuciosamente ese testamento antes de firmar una receta. Para "facilitar" la labor, la ley dictaminó que el cuerpo mínimo de la letra debía ser el número ocho. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los laboratorios cumplieron la norma al pie de la letra (nunca mejor dicho): la tipografía era un cuerpo ocho, sí, pero ejecutada en su variante más estrecha, juntando al máximo el interlineado, eliminando los espacios y suprimiendo cualquier atisbo de punto y aparte. El resultado fue un auténtico bloque de cemento armado, completamente ilegible para el ojo humano.
Y de verdad que no se puede culpar a los laboratorios. Ante tamaño despropósito regulatorio, ¿qué pretendían? ¿Que lo pusieran en un diseño bonito y espaciado para que, en lugar de una página, el texto ocupase diez? ¿Iba así a leérselo alguien? Vamos, por favor...
Conclusión: La proporción del disparate
La historia, lejos de corregirse, ha alcanzado tintes de comedia grotesca. Como los textos legales no paran de crecer año tras año a medida que el fármaco envejece en el mercado, actualmente se ha llegado a una proporción delirante de 3 a 1. Sí, han leído bien: por cada página de publicidad creativa, el lector debe tragarse tres páginas de un mazacote insufrible de textos legales.
¿Hay algo más absurdo en el mundo de la comunicación que pagar por publicar un texto que está diseñado específicamente para que nadie sea capaz de leerlo? Probablemente no. Es el triunfo del papeleo sobre el sentido común, patrocinado por la mente que puso en marcha la medida y por las mentes que, a día de hoy, permiten que este sainete impreso continúe existiendo.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/







