(AZprensa) Es una de las
expresiones más comunes de nuestro idioma: «Lo he visto con mis propios ojos».
La utilizamos como el argumento definitivo, una verdad absoluta que zanja
cualquier discusión. En nuestra vida cotidiana, tendemos a otorgar a la vista
una categoría de infalibilidad casi sagrada: si está ahí delante y lo veo,
tiene que ser real.
Sin embargo, lamento deciros que vuestros ojos —o mejor
dicho, vuestro cerebro— os mienten con una facilidad pasmosa.
Para muestra, basta con que os detengáis unos segundos a
observar la imagen que acompaña estas líneas.
Si miráis de un punto a otro de este patrón de esferas
rosadas, vuestra vista y la interpretación inmediata que hace vuestro cerebro
os dirán, sin asomo de duda, que la imagen está en movimiento. Sentiréis un
torbellino que gira y se desplaza hacia el centro de la pantalla. Pero todo es
una burda mentira de vuestra percepción. Se trata de una imagen completamente
fija, estática, un archivo plano sin un solo milímetro de animación.
La ciencia del
engaño: ¿Por qué se mueve lo que está quieto?
¿Cómo es posible que caigamos en la trampa de forma tan
unánime? La explicación científica detrás de este fenómeno (un tipo de ilusión
óptica conocida como ilusión de deriva periférica) no es mágica, sino puramente
evolutiva.
Para entenderlo, debemos derribar un mito: los ojos no son
cámaras de vídeo que graban la realidad en tiempo real. Los ojos captan
estímulos de luz y el cerebro, a toda velocidad, se encarga de construir e
interpretar la imagen basándose en lo que ya conoce.
En esta ilustración en concreto, el secreto del engaño
reside en el uso estratégico de tres elementos: el patrón repetitivo en
espiral, el fuerte contraste entre los tonos claros y oscuros de las burbujas,
y nuestra visión periférica.
Nuestras neuronas visuales procesan la luz brillante mucho
más rápido que la luz oscura. Cuando paseamos la mirada por el dibujo, el
cerebro recibe primero los datos de las zonas iluminadas de las burbujas y,
unos milisegundos después, los datos de los bordes sombreados oscuros. Al
procesar esa mínima diferencia de tiempo en un patrón tan repetitivo, el
cerebro interpreta ese "retraso" como si fuera un cambio de posición
física.
Es exactamente el mismo principio que el del cine: nuestro
sistema visual junta esos pequeños "fotogramas" de luz y sombra y
genera de forma artificial una simulación de movimiento y profundidad donde
solo hay quietud. El cerebro prefiere inventarse el movimiento antes que
quedarse rezagado procesando la información.
Una lección de humildad visual
Este sutil diseño nos demuestra que nuestra percepción de
la realidad es, en el fondo, una elaborada conjetura de nuestra mente. No vemos
el mundo tal y como es, sino tal y como nuestro cerebro es capaz de procesarlo.
Las ilusiones ópticas son divertidas, pero también
encierran una profunda lección para el día a día. Si nuestra propia biología es
capaz de hacernos ver movimiento en un lienzo estático, ¿cuántas otras cosas
daremos por ciertas en nuestras vidas basándonos solo en apariencias
superficiales?
Por eso, la próxima vez que estéis dispuestos a jugaros el
cuello defendiendo algo bajo el clásico «es que lo he visto yo», recordad este
torbellino rosa. Y aplicad la máxima: no te creas todo lo que veas, ni niegues
todo lo que no puedas ver.
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(AZprensa) Existen misterios
que duermen a la vista de todos en las paredes de los templos antiguos. Uno de
los más desconcertantes se encuentra en la iglesia de San Pedro en Montalcino,
un encantador pueblo italiano situado a unos cuarenta kilómetros de Siena. Allí
se conserva el lienzo titulado La glorificación de la Eucaristía, pintado por
Ventura Salimbeni entre los años 1598 y 1614.
A primera vista, la escena responde a la iconografía
religiosa de la época. Sin embargo, al fijar la mirada en la parte central, el
espectador actual experimenta un cortocircuito mental: Dios Padre y Jesucristo
sostienen una extraña esfera metálica de la que emergen lo que parecen ser dos
antenas telescópicas. El conjunto resulta desconcertante. Pero la extrañeza se
transforma en asombro absoluto si colocamos, justo al lado de la pintura, una
fotografía del Sputnik 1, el primer satélite artificial lanzado al espacio por
la Unión Soviética a mediados del siglo XX.
El refugio de los
racionalistas
Aquellos que siempre buscan a la desesperada argumentos
"racionales" afirman que esa esfera no es más que el Globus Cruciger,
la representación del globo terráqueo bajo el poder divino. Sin embargo, la
explicación cojea al observar los detalles. En la esfera de Salimbeni no hay
rastro de continentes ni de océanos; solo se aprecia un reflejo luminoso en la
parte superior y un elemento todavía más insólito en su cuadrante inferior
izquierdo: un pequeño círculo idéntico al ojo visor o lente que portaba el
satélite ruso. Por si fuera poco, en la esfera del cuadro se distinguen unas
líneas de unión que la circunvalan por el ecuador... exactamente iguales a las
juntas que sellaban el cuerpo del Sputnik.
Respecto a las supuestas "antenas", los
racionalistas argumentan que se trata de los cetros o varas de mando que Dios y
Cristo posan sobre el mundo. Es cierto que el extremo superior de estos
bastones está rematado con un motivo religioso, pero la zona que conecta con la
esfera se ensancha de forma sospechosa, imitando un anclaje mecánico. Además,
la inclinación y la distancia equidistante entre ambos elementos reproducen
fielmente el diseño de las antenas de telecomunicación del satélite soviético.
Una coincidencia de
58 centímetros
Hay un último detalle numérico en el que muy pocos
investigadores han reparado: el tamaño. El Sputnik original medía exactamente
58 centímetros de diámetro. Si uno observa las proporciones de la pintura
respecto a los cuerpos de las divinidades, la esfera que aparece en el cuadro
tiene un tamaño asombrosamente similar.
Cuesta creer en la posibilidad de un viaje en el tiempo;
resulta descabellado imaginar al pintor viajando al futuro o al propio satélite
soviético sufriendo un error de navegación que lo hiciera aterrizar en pleno
Renacimiento italiano. ¿Pudo tratarse entonces de una visión premonitoria, de
un viaje astral o de un proceso de visión remota como aquellos que la propia
CIA llegó a investigar y dar por válidos durante la Guerra Fría?
No disponemos de pruebas ni de material científico
suficiente para lanzar una hipótesis fantástica con rigor periodístico. Pero,
de igual forma, el arte tampoco ofrece argumentos lo bastante sólidos como para
descartarla por completo.
Ante el misterio de Montalcino, no hay dogmas que valgan.
Simplemente queda mirar las dos imágenes, cruzar los datos y dejar que la mente
piense lo que quiera.
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(Sunday Poetry Corner) Yo no me siento
viejo, pero cuando miro mi DNI me doy cuenta de que tengo muchos años. Me
encuentro en buen estado de forma y de salud, pero las matemáticas me dicen que
77 años ya son muchos. No sé cuánto me queda de vida, pero –si nos atenemos a
los índices estadísticos- está claro que ya no me puede quedar mucha vida por
delante. Vistas así las cosas sólo queda echar una mirada atrás y revisar lo
que ha sido nuestra vida y poner en prioridad –si es que tuviésemos alguno-
cualquier asunto pendiente.
Estando en paz con uno mismo y habiendo hecho en esta vida
lo que buenamente se ha podido, ya sólo queda pedir al árbitro que pite el
final del partido. Así lo reflejé en este poema y tras él podrás leer el
comentario que ha hecho del mismo la IA.
¡PITA YA EL FINAL!
Busco una luz que me indique
el camino a seguir
desde este punto de confusa encrucijada.
Mi tiempo se alargó más allá de cuanto pensaba
y en esta prórroga eterna,
el horizonte se escapa.
Regateo el presente sin soltar balón,
ni poder ver puerta contraria;
mi equipo celebra el triunfo
y yo sigo igual que estaba.
Envejezco muy despacio
y a este cuerpo le cuesta contener
las ganas de escapar que tiene el alma.
Ya hice lo que debía y es hora de partir.
¡Arbitro, pita ya el final de este partido!
¡Hay muchos que quieren levantar su vida
más allá de mis pisadas!
Comentario
(Por Claude)
«¡Pita ya el final!» es un poema de una honestidad
desconcertante. No hay en él lamento, ni miedo, ni la melancolía pegajosa que
suele rodear a los poemas sobre la vejez y la muerte. Hay, en cambio, algo más
difícil de conseguir y más raro de encontrar: serenidad. La serenidad de quien
ha jugado su partido hasta el final y no necesita ni más tiempo ni más
aplausos.
La metáfora futbolística no es un adorno: es la columna
vertebral del poema y funciona con una precisión que solo da la experiencia
vivida. La «prórroga eterna», el «regateo del presente sin soltar balón», la
«puerta contraria» que no se ve, el equipo que celebra mientras el jugador sigue
en el campo sin saber muy bien para qué... Todo ello construye la imagen de
alguien que ha cumplido ya su función en el juego pero sigue ahí, no por
voluntad propia sino porque el árbitro no ha pitado todavía. Y esa espera
—lúcida, sin dramatismo, casi administrativa— es el corazón emocional del
poema.
Los primeros versos son de una arquitectura muy cuidada
bajo su apariencia sencilla. La «confusa encrucijada» del arranque no es
angustia existencial: es la perplejidad práctica de quien no sabe muy bien qué
hacer con el tiempo que le queda, porque ya hizo lo que tenía que hacer. El
horizonte que «se escapa» en la prórroga es otra imagen exacta: cuando uno ha
llegado adonde quería llegar, el horizonte pierde su magnetismo. Ya no tira
hacia delante con la misma urgencia.
El giro más bello y más inesperado llega casi al final: «a
este cuerpo le cuesta contener / las ganas de escapar que tiene el alma». La
inversión es magistral. No es el alma la que quiere escapar del cuerpo —que
sería el tópico de rigor—, sino el cuerpo el que ya no puede retener a un alma
que tiene prisa por marcharse. El cuerpo como jaula involuntaria de algo que ya
está listo para seguir viaje. Pocos versos dicen tanto en tan poco espacio.
El remate —«¡Hay muchos que quieren levantar su vida / más
allá de mis pisadas!»— es el único momento en que el poema mira hacia afuera,
hacia los demás, y lo hace con una generosidad que termina de definir al
hablante: no pide el final por cansancio ni por desesperación, sino para dejar
sitio. Para que otros puedan correr por el campo que él ya ha recorrido. Es, en
su sencillez aparente, uno de los actos de amor más callados que puede hacer un
ser humano: retirarse a tiempo para que los demás tengan espacio.
Un poema, en definitiva, que no habla de la muerte sino de
la vida bien vivida. Y esa es la diferencia que lo hace memorable.
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(AZprensa) Afortunadamente,
cada vez está más extendida la presencia de periodistas en las grandes empresas
e instituciones. Ellos se encargan, entre otras tareas propias de la
comunicación corporativa, de redactar las notas de prensa, discursos y comunicados
oficiales para que los mensajes lleguen al público de forma clara, directa y,
sobre todo, sin dobles sentidos peligrosos.
Sin embargo, tras analizar la realidad, uno llega a la
conclusión de que no solo las multinacionales o los grandes organismos
necesitan estos servicios. Las pequeñas parroquias que pueblan nuestra
geografía también deberían plantearse, muy en serio, meter en nómina a un
profesional de la información.
Para que comprendáis cuán necesaria es esta labor de
edición, os dejo una selección de comunicados auténticos publicados en diversas
"hojas parroquiales". Parecen inventados por un humorista, pero os
juro que se imprimieron tal cual:
ANTOLOGÍA DEL
DESPISTE PARROQUIAL
1.- Para cuantos entre ustedes tienen hijos y no lo saben,
tenemos en la parroquia una zona arreglada para niños.
2.- El próximo jueves, a las cinco de la tarde, se reunirá
el grupo de las mamás. Aquellas señoras que deseen entrar a formar parte de las
mamás, por favor, se dirijan al párroco en su despacho.
3.- El grupo de recuperación de la confianza en sí mismos
se reúne el jueves por la tarde, a las ocho. Por favor, para entrar usen la
puerta trasera.
4.- El viernes, a las siete, los niños del Oratorio
representarán la obra “Hamlet” de Shakespeare. Se invita a toda la comunidad a
tomar parte en esta tragedia.
5.- Estimadas señoras, ¡no se olviden de la venta de
beneficencia! Es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles
que estorban en casa. Traigan a sus maridos.
6.- Por favor, pongan sus limosnas en el sobre, junto con
los difuntos que deseen que recordemos.
7.- El párroco encenderá su vela en la del altar. El
diácono encenderá la suya en la del párroco, y luego encenderá uno por uno a
todos los fieles de la primera fila.
8.- El próximo martes por la noche habrá cena a base de
alubias en el salón parroquial. A continuación seguirá el concierto.
9.- Recuerden que el jueves empieza la catequesis para
niños y niñas de ambos sexos.
10.- Tema de la catequesis de hoy: “Jesús camina sobre las
aguas”. Catequesis de mañana: “En búsqueda de Jesús”.
11.- El coro de los mayores de 60 años se suspenderá
durante todo el verano, con agradecimiento por parte de toda la parroquia.
12.- Recuerden en la oración a todos aquellos que están
cansados y desesperados de nuestra parroquia.
13.- El torneo de basket continúa el próximo miércoles por
la tarde. ¡Vengan a aplaudirnos! ¡Trataremos de derrotar a Cristo Rey!
14.- El precio para participar en el cursillo sobre
“Oración y ayuno” incluye también las comidas.
Nota del editor:
Como habéis podido comprobar, una coma mal puesta, un
orden de palabras invertido o un exceso de literalidad pueden transformar la fe
en pura comedia. Así que ya lo saben: la próxima vez que duden de la utilidad
de un periodista, piensen en los fieles de la primera fila ardiendo o en la
sutil relación entre una cena de alubias y el concierto posterior.
La palabra es un arma poderosa... solo hace falta saber
cómo coordinarla.
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El comunicado de empresa que anuncia despidos masivos es
uno de los géneros literarios más estables de nuestra época. Las palabras
cambian poco. Los despedidos, también.
(AZprensa)
Hace un tiempo leí una nota de prensa emitida por un laboratorio farmacéutico
internacional en la que anunciaban el despido de 6.300 empleados en todo el
mundo, equivalente al 6% de su plantilla global. En tiempos de crisis esto no
sorprende demasiado; lo que sí sorprende —o más bien asombra, porque sorpresa
ya no es— es el lenguaje con que se envuelve la noticia.
Aquel
comunicado me pareció entonces un ejemplo perfecto de un género muy consolidado
en el mundo corporativo: el eufemismo institucional aplicado a los despidos
masivos. Lo que me pareció entonces me lo sigue pareciendo hoy, porque ese
mismo comunicado —con ligeras variaciones de estilo y cifras distintas— lo he
vuelto a leer después en decenas de ocasiones, firmado por otras empresas, en
otros sectores, en otros países. El texto cambia. El espíritu no.
Por
eso merece la pena hacer una pequeña traducción simultánea del lenguaje
corporativo al castellano de andar por casa. Que para eso está el periodismo.
Un ejemplo
En
este ejemplo que cito, la empresa habla de “excelencia profesional” o sea, que
despedir a los empleados es una muestra de “excelencia profesional”. Continúan
diciendo que esta medida va a “incrementar la eficiencia y mejorar la
productividad”, o sea, que los que queden en la empresa van a trabajar por
ellos mismos, por los despedidos y por el incremento adicional que esperan de
ellos.
Y
ya en el colmo del asombro, dicen que esperan “un crecimiento claramente por
encima del mercado” (o sea, que las ventas no iban tan mal) y que con esta
medida van a tener “un aumento de dos dígitos del beneficio por acción” (queda
claro cuál es su único interés).
Pero
eso sí, ya para regodeo terminan diciendo que “no escatimaremos esfuerzos para
encontrar soluciones socialmente responsables para los empleados afectados”, es
decir, que les darán lo que marque la ley y les desearán buena suerte, justo la
suerte que la empresa les está quitando.
«Nadie en la historia del lenguaje corporativo ha anunciado un
despido masivo sin llamarlo "oportunidad", "eficiencia" o,
en el colmo de la audacia, "excelencia".»
Un género literario en perfecta salud
Lo
más llamativo de todo esto no es que una empresa concreta haya escrito
semejante comunicado. Lo más llamativo es que ese tipo de comunicado se sigue
escribiendo y divulgando por empresas de todos los sectores.
El
género tiene sus reglas propias: siempre hay una referencia a la «eficiencia»,
siempre hay una mención a la «responsabilidad social», y siempre hay un párrafo
final en donde la empresa expresa su «compromiso» con los empleados a quienes
acaba de despedir. La coherencia de estos textos es, en su propia manera
perversa, casi admirable.
En
España, a los despidos masivos se les llama «Expediente de Regulación de
Empleo» —un ERE—, que es una denominación tan aséptica y tan alejada de lo que
realmente describe que casi consigue el mismo efecto que «excelencia
profesional»: ocultar detrás de una jerga técnica el hecho concreto de que hay
miles de personas que mañana se quedan sin trabajo.
El
eufemismo no es solo una cuestión de estilo. Es una cuestión de poder. Quien
controla el lenguaje con que se describe la realidad controla, en parte, cómo
esa realidad es percibida. Una empresa que anuncia un ERE está comunicando una
tragedia para miles de familias. Una empresa que anuncia un «proceso de
transformación orientado a la excelencia operativa» está... haciendo
exactamente lo mismo, pero con mejor prensa.
¿Hay
un ejemplo mayor de caradura? Probablemente no. Aunque si esperas unos días
encontrarás en cualquier medio de comunicación algo parecido.
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