lunes, 27 de abril de 2026

Larga vida a la vitamina C (y a los recuerdos efervescentes)

(AZprensa) En 1959 llegó a España Redoxón, la primera vitamina C comercial del mercado. Pronto se convirtió en un auténtico fenómeno, especialmente en su formato efervescente con sabor a naranja. Todavía hoy, más de seis décadas después, sigue siendo un clásico de las farmacias.
 
Yo vivía esa época en el lado de los laboratorios farmacéuticos y en los años setenta promocionaba Cecrisina, una de sus principales competidoras. Nuestro gran argumento de venta era que sabíamos “más a naranja natural”. Y para demostrarlo, los visitadores médicos llevaban en su maletín algo muy especial: unos elegantes vasos de cristal decorados con el logo de Cecrisina y muestras del producto.
 
La visita promocional seguía siempre el mismo ritual. Después de presentar el resto de la gama, llegaba el momento culminante: entregaban el vaso al médico, le pedían que lo llenara de agua, disolvían el comprimido efervescente y lo invitaban a probarlo. “¿A que sabe a naranja de verdad?”, preguntaban con una sonrisa. Funcionaba. Y muy bien. Como cada delegado visitaba a los médicos cada mes o cada dos meses, muchos facultativos acabaron formando una pequeña colección de aquellos bonitos vasos. Sus esposas, según contaban, estaban encantadas.
 
Otra anécdota curiosa de aquella época: cuando prácticamente todos los medicamentos estaban financiados por la Seguridad Social, a Redoxón y a sus competidoras se las conocía popularmente como “el refresco del seguro”. Las madres acudían al médico pidiendo “esa naranjada que sale gratis” para sus hijos. Y los médicos, comprensivos, se la recetaban.
 
La vitamina C ha sido, sin duda, un gran aliado para nuestra salud. Ayuda a reforzar las defensas, contribuye al buen funcionamiento del sistema inmunitario y ha acompañado a varias generaciones. Sin embargo, hay que reconocer una verdad incómoda: Redoxón, Cecrisina y el resto de marcas efervescentes nos han convertido en unos vagos redomados. Hoy preferimos echar un comprimido en un vaso de agua antes que exprimir un par de naranjas frescas. Es más cómodo, más rápido… y da mucho menos trabajo.
 
Por eso, hoy quiero rendir un pequeño homenaje a estos clásicos. Felicito a Redoxón por su longevidad (todo un superviviente) y recuerdo con cariño a la desaparecida Cecrisina. Y auguro una larga vida a las vitaminas C efervescentes… Al menos hasta que alguien invente el exprimidor perfecto: el que no haya que limpiar después de usarlo.
 

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domingo, 26 de abril de 2026

Pero ¿hemos pisado la Luna?

(AZprensa) A día de hoy, todavía hay quien se hace una pregunta tan fascinante como inquietante: ¿pisó realmente el ser humano la Luna o fue todo un elaborado engaño?
 
Los escépticos sostienen su postura apoyándose en diversos argumentos. Uno de los más conocidos es el del cinturón de Van Allen, esa región de radiación que rodea la Tierra y que, según ellos, habría sido letal para los astronautas al atravesarla sin la protección adecuada. Señalan también que, en aquella época, la tecnología —incluidos los trajes espaciales— no estaba suficientemente desarrollada como para soportar la radiación ni las duras condiciones de la superficie lunar, carente de atmósfera protectora.
 
A estos argumentos técnicos se suman otros de carácter visual: fotografías en las que la bandera parece ondear sin viento, reflejos extraños en las viseras, zonas iluminadas donde debería haber sombra, ausencia de estrellas en el cielo o sombras que no siguen trayectorias paralelas. Para quienes dudan, estos detalles no son simples curiosidades, sino indicios de una posible escenificación.
 
Como casi siempre ocurre en cuestiones tan debatidas, la interpretación final queda en manos del lector. Por mi parte, me inclino por una postura intermedia: creo que el ser humano sí llegó a la Luna, pero también considero posible que parte del material gráfico que conocemos no se realizara allí.
 
Para entender esta idea, conviene situarse en el contexto histórico. Fue el presidente estadounidense John F. Kennedy quien lanzó el ambicioso objetivo de llegar a la Luna antes que nadie. En plena Guerra Fría, con la Unión Soviética tomando ventaja en la carrera espacial, lograrlo suponía mucho más que un avance científico: era un golpe propagandístico de enorme magnitud.
 
El apoyo popular permitió destinar a la NASA presupuestos colosales, necesarios para una empresa de tal envergadura. Pero si el objetivo era también demostrar al mundo ese logro, surgía un problema evidente: ¿y si las imágenes reales no eran lo suficientemente claras o se veían afectadas por las condiciones del espacio? En ese escenario, algunos plantean que se habría diseñado un “plan B”.
 
Aquí entra en juego una figura tan inesperada como sugerente: el director de cine Stanley Kubrick. Tras el impacto visual de 2001: Una odisea del espacio (1968), su nombre comenzó a asociarse con teorías que apuntan a su posible colaboración en la recreación de escenas lunares en un plató terrestre. Según esta hipótesis, las anomalías visuales en fotos y vídeos serían consecuencia de esa recreación.
 
A partir de ahí, el relato se adentra en terrenos aún más especulativos: supuestas muertes en circunstancias extrañas de personas implicadas, el progresivo aislamiento de Kubrick en su residencia en el Reino Unido o incluso la cesión por parte de la NASA de lentes especiales que utilizó en Barry Lyndon (1975), capaces de rodar con luz natural.
 
¿Casualidad, coincidencia o indicio? Es difícil afirmarlo con rotundidad.
 
Lo cierto es que, más allá de teorías y sospechas, la llegada del hombre a la Luna sigue siendo uno de los hitos más impresionantes de la historia de la humanidad. Y quizá, como ocurre con muchos grandes acontecimientos, entre la realidad y el relato siempre queda un espacio abierto a la duda, la interpretación… y la imaginación.
 

Biblioteca Fisac
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Violeta

(Sunday Poetry Corner) Al igual que el domingo anterior, hoy traemos a nuestro rincón dominical de la Poesía un poema inédito de Vicente Fisac, centrado en un nombre/color, en este caso “Violeta”. 

Tras el poema, viene un detallado análisis del mismo… 


VIOLETA
 
Vas abriendo tu camino de conceptos y palabras
inefables, como un alma prisionera que se expande
olvidando sus raíces, sin cadenas, adelante,
lanzando tu ser al viento, buscándote en lucha eterna
en la Red que te abre puertas, hasta encontrar quien te diga:
tranquila, en el cielo de tus ojos, traspasados los umbrales,
aparcan hoy las estrellas y tú luces más radiante, mi querida Violeta.
 
ANÁLISIS:
 
Este poema es un texto delicado y cargado de simbolismo, donde el nombre propio se convierte en el hilo conductor de un mensaje de liberación, búsqueda y reconocimiento. La elección del acróstico no es casual: cada verso comienza con una letra del nombre, lo que dota al poema de una estructura formal elegante y de un ritmo casi musical.
 
Estructura y forma
 
El poema está compuesto por siete versos, uno por cada letra de “VIOLETA”. Esta disposición crea una progresión natural: desde la apertura del camino hasta el cierre íntimo y luminoso. El lenguaje es fluido, con encabalgamientos suaves que permiten que la lectura fluya como un pensamiento continuo, casi como si el alma de Violeta se estuviera expandiendo verso a verso.
 
Imágenes y simbología
 
El poema traza un arco claro de transformación. Comienza con la idea de apertura y expansión: “Vas abriendo tu camino de conceptos y palabras inefables”. Violeta aparece como un alma que se libera de sus “raíces” y “cadenas”, lanzándose “al viento” en una “lucha eterna”. La imagen del alma prisionera que se expande es poderosa: sugiere un proceso de autodescubrimiento, de ruptura con límites previos.
 
La mención de “la Red” (con mayúscula) es especialmente significativa. Introduce el contexto contemporáneo de internet y las conexiones digitales, donde Violeta busca su identidad y su voz. Es un espacio de puertas que se abren, pero también de búsqueda incansable. El poema pasa entonces del esfuerzo individual (“buscándote en lucha eterna”) al momento de encuentro y consuelo: alguien le dice “tranquila”, ofreciendo paz.
 
El verso final es el más emotivo y culminante:
“aparcan hoy las estrellas y tú luces más radiante, mi querida Violeta.” Aquí se produce una bella inversión: las estrellas, símbolos habituales de lejanía y grandeza, “aparcan” (se detienen, se calman) para que sea ella quien brille con más fuerza. El cielo de sus ojos se convierte en el escenario donde se cruzan umbrales, y el amor aparece como el reconocimiento final que la hace radiante.
 
Temática y tono
 
“VIOLETA” habla de liberación personal y amor contemplativo. Violeta es retratada como una mujer en proceso de expansión: intelectual (“conceptos y palabras”), emocional y espiritual. El poema celebra su valentía al soltar cadenas y lanzarse al mundo (o a la Red), pero también la ternura de quien la observa y la acoge. El tono es cariñoso y admirativo, sin caer en lo grandilocuente. La palabra “querida” en el cierre aporta una calidez íntima y personal.
 
En definitiva, este acróstico ofrece, con sensibilidad y economía de medios, trazar el retrato de una mujer que se libera y se encuentra a sí misma. La progresión avanza desde la lucha y la expansión hasta la calma final. El uso de imágenes etéreas (alma que se expande, estrellas que aparcan, cielo de ojos) ensambla lo cósmico con lo afectivo, creando una atmósfera de serenidad y brillo. Un poema tierno, moderno (por la referencia a la Red) y profundamente humano, que honra el nombre de Violeta convirtiéndolo en sinónimo de luz propia que, al igual que el poema “Rosa” que compartimos aquí el domingo pasado, transforma un nombre/color en símbolo vivo de emoción y crecimiento personal.
 

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sábado, 25 de abril de 2026

Lo importante no es ganar, sino disfrutar

(AZprensa) En las competiciones deportivas todos persiguen la victoria. “Las finales son para ganarlas”, repiten muchos entrenadores. “Ganar, ganar y volver a ganar”, como decía Luis Aragonés. Y luego están quienes sostienen que “lo importante no es ganar, sino participar” (curiosamente, suelen decirlo los que no ganan para consolarse y justificarse ante los demás).
 
Yo, sin embargo, prefiero una idea distinta: “En el deporte, lo importante no es ganar… sino divertirse”. Piénsalo un momento. Si te diviertes, ya has triunfado, independientemente del resultado. Si no lo haces, habrás perdido incluso aunque hayas ganado.
 
El libro que hoy te presento nace con ese espíritu. Está pensado para ejercitar tu sentido del humor, para invitarte a mirar el deporte desde otra perspectiva y para quitarle esa carga excesiva de trascendencia que a menudo lo rodea. En sus páginas he reunido vivencias personales, anécdotas y reflexiones acumuladas a lo largo de décadas “jugando” a hacer deporte y probando, de una u otra forma, más de 60 disciplinas distintas.
 
Encontrarás los deportes ordenados alfabéticamente, según mi grado de relación con ellos —a veces intensa, otras meramente anecdótica—. Por eso algunos capítulos, como los dedicados al fútbol, son más extensos, mientras que otros resultan más breves. Y sí, todos los que aparecen están considerados deportes… todos menos uno: el toreo. Pero no pude resistirme a incluirlo por razones, digamos, cómicas.
 
A lo largo del libro descubrirás curiosidades, especialmente de los deportes menos conocidos, te sorprenderás con situaciones vividas y, espero, esbozarás más de una sonrisa con las anécdotas y disparates que relato. Porque, como puedo afirmar sin miedo a equivocarme: “Yo he sido un gran deportista… y si no te lo crees, tienes toda la razón”.
 
En fin, prepárate para practicar el más placentero de los ejercicios: sonreír. No te tomes la vida demasiado en serio… y el deporte, mucho menos.
 

El mejor deporte es la sonrisa
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Esos Periodistas canaperos…

Una reflexión sobre la noble especie del periodista gastronómico vocacional, su hábitat natural —el cóctel de empresa— y las ingeniosas estrategias que despliegan las compañías para atraerlos a sus ruedas de prensa. 

(AZprensa) En cualquier cóctel que se precie no pueden faltar los canaperos —o, más comúnmente, las canaperas—, esas entrañables señoras de cierta edad, elegantemente ataviadas para la ocasión, que se cuelan en fiestas ajenas con una doble misión: aligerar el peso que soportan los camareros en sus bandejas y ejercitar deportivamente sus mandíbulas engullendo a dos carrillos todo cuanto se ponga a su alcance. Los organizadores suelen percatarse de estas intrusas, pero ¿quién se atreve a echarlas? ¿Quién es el guapo capaz de señalar con el dedo a una señora tan elegante, tan sonriente, tan absolutamente convencida de que tiene todo el derecho del mundo a estar ahí, sin saber siquiera si es la acompañante de alguno de los invitados? Nadie. Así que, ante la duda —y movidos por un loable instinto de conservación social—, se las deja cumplir con su noble cometido de eliminación de residuos alimentarios. Todo sea por el medio ambiente.
 
Lo que yo no sabía es que también existen los periodistas canaperos. El descubrimiento no vino de golpe, sino por acumulación de evidencias. Recuerdo —y es solo un ejemplo entre muchos— que un laboratorio farmacéutico organizó un encuentro con medios de comunicación en uno de los restaurantes más reputados de Madrid. El éxito de convocatoria desbordó cualquier previsión: la lista de confirmaciones obligó a reorganizar la sala dos veces. Celebré mentalmente el interés que despertaba la sanidad entre los profesionales de la información. Luego me pregunté, con la ingenuidad del recién llegado, si habrían tenido el mismo éxito ofreciendo un vino correcto en la sala de reuniones de un hotel de cuatro estrellas, como también se hace con frecuencia. La respuesta, ya la intuye el lector, fue un rotundo y silencioso no.
 
«La diferencia entre un buen menú degustación y un vino de hotel equivale, en unidades de periodistas asistentes, a unos quince acreditados.»
 
Sin ánimo de ofender al gremio
 
Pero que no se enfaden los periodistas canaperos —que los hay, y muchos, y de ambos géneros y todas las generaciones—, porque no los critico. En absoluto. Me limito a constatar con afecto y cierta admiración la lógica interna del fenómeno, y a disfrutar de las estrategias a las que se ven obligadas las empresas para garantizar una representación mediática digna en sus actos. Es una relación simbiótica, en el fondo: el periodista come bien y la empresa sale en los medios. Hay negocios menos transparentes.
 
El mismo principio, llevado a otra escala, es el que opera cuando una empresa contrata a un famoso para apoyar su rueda de prensa o para protagonizar su campaña publicitaria. La lógica es impecable sobre el papel: el famoso atrae a los medios, los medios dan cobertura al acto, la empresa gana visibilidad. Lo que con cierta frecuencia se olvida —o se subestima— es que el famoso tiene su propia agenda informativa, y que cuando una celebrity comparte mesa con el director general de una multinacional, las cámaras, los micrófonos y los titulares suelen quedarse con el famoso. La noticia acaba siendo la anécdota que dijo en el photocall, el modelito que llevaba o la misteriosa acompañante que nadie esperaba. La empresa, el producto y el mensaje para el que fue contratado quedan relegados –si es que hay suerte- a la segunda mitad del tercer párrafo del artículo, allí donde la mayoría de los lectores ya han dejado de leer.
 
Moraleja —si es que este artículo la tiene—: en Comunicación, como en los cócteles, conviene saber muy bien a quién se invita, con qué se le atrae y de qué se quiere que se hable. Porque si no, se acabará hablando de los canapés.
 

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