Hay pocas
escenas tan recurrentes en la era moderna como la del político, el cargo
público o la celebridad de turno que, creyendo que el foco ya se ha apagado o
que el micrófono del atril está apagado, le suelta un jugoso chascarrillo al
compañero de mesa, respira aliviado... y descubre al día siguiente que media
España lo está diseccionando en los telediarios.
(AZprensa) Todos asistimos
casi a diario a este tipo de escenas y el guion posterior nunca varía: se
desata el escándalo, llueven las peticiones de dimisión, las redes sociales
arden con indignación selectiva y el protagonista intenta apagar el incendio
balbuceando que se trataba de una conversación estrictamente privada.
Y
aquí es donde conviene parar la pelota y hacernos una pregunta incómoda pero
necesaria: ¿quién es el verdadero infractor en esta historia? ¿El que expresa
una opinión sin filtros en el calor de la intimidad, o el que la airea
públicamente vulnerando la más elemental buena fe?
La frontera
sagrada entre lo público y lo privado
Lo
primero que deberíamos admitir —sin hipocresías ni carantoñas morales— es que
todos opinamos, bromeamos y disparamos ocurrencias en privado que jamás
diríamos en un estrado oficial. El ser humano no es un autómata institucional
las veinticuatro horas del día. Un político, un artista o un deportista de
élite tienen todo el derecho del mundo a tener filias, fobias, prejuicios
inofensivos y opiniones pedestres cuando bajan la persiana de su casa o
comparten coche con un colaborador de confianza.
Exigir
que la vida interior de un personaje público sea una balsa de corrección
política perpetua las veinticuatro horas del día no es buscar la ejemplaridad
democrática; es exigir la lobotomía.
Por
eso, cuando se filtra un audio de estas características, se cometen dos errores
de bulto:
La falacia de la
equivalencia institucional: Juzgar una confidencia de barra de bar o de asiento
de coche con el mismo rasero ético con el que se evalúa un discurso oficial en
el Parlamento. Una cosa es lo que un representante público emite de cara a la
ciudadanía para gobernar o legislar, y otra muy distinta el repertorio de
pensamientos humanos que bullen en su cabeza cuando se quita el traje de faena.
El doble rasero
de la indignación:
Nos rasgamos las vestiduras con las manos en la cabeza fingiendo sorpresa al
descubrir que los políticos o los famosos tienen opiniones privadas que no
siempre coinciden con lo políticamente correcto. Nos olvidamos de que nosotros
mismos, en la intimidad de nuestras cena familiares o de nuestros chats de
amigos, cruzamos líneas dialécticas infinitamente más polémicas cada fin de
semana.
El verdadero
culpable tiene nombre: la traición a la confianza
Si
analizamos con rigor el fondo de la cuestión, el foco no debería ponerse sobre
el contenido de la confidencia —salvo que, lógicamente, constituya un delito
penal, que es harina de otro costal—, sino sobre la ruptura de los códigos
básicos de la confidencialidad.
Quien
graba furtivamente, quien difunde un audio descontextualizado o quien aprovecha
un despiste técnico para dinamitar una charla de confianza está vulnerando un
principio sagrado de la convivencia: la privacidad de la palabra hablada. Es la
versión moderna del confidente desleal que rompe un pacto tácito.
El derecho a
pensar (y a patinar) en zapatillas
Los
micrófonos abiertos seguirán existiendo mientras haya tecnología dispuesta a
captarlos y periodistas o intermediarios dispuestos a rentabilizar el clic fácil.
Pero como sociedad haríamos bien en madurar nuestra relación con el cotilleo
político.
Exijamos
rigor, honradez y eficacia a nuestros representantes públicos cuando están
gobernando nuestras vidas y gestionando nuestros impuestos. Pero dejemos de buscar
fantasmas morales donde solo hay seres humanos charlando en zapatillas. Al fin
y al cabo, si el criterio para elegir a nuestros líderes fuera que nunca jamás
digan una tontería en la intimidad, lo único que conseguiríamos es gobernar un
planeta compuesto exclusivamente de androides... y aun así, seguro que alguno
saldría rana.
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melodía permanece”, está disponible en ediciones digital e impresa en Amazon y
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Diario AZprensa
El eco de Fisac
miércoles, 26 de agosto de 2026
martes, 25 de agosto de 2026
El poder de la interpretación y los fundamentos de una campaña eficaz
Lo que cuenta en
Publicidad es cómo interpreta el cliente nuestros mensajes
(AZprensa) Siempre me
gusta —cuando hablo de Comunicación— recordar las diferencias entre unos
conceptos que con demasiada frecuencia se confunden. El primero de ellos es el
de la Publicidad, a la que podríamos
sintetizar como la suma de información y persuasión. Cuando a esto se suma un
valor añadido (llámese regalo, oferta, etc.) estaríamos hablando de Promoción. Si lo anterior se tiñe de
ideología, entonces deberíamos hablar de Propaganda.
Y finalmente, si todo lo anterior se envuelve en un marco común creando un
ambiente específico e identificable por el destinatario, entonces el concepto
que lo abarcaría, y que es la suma de todo lo anterior, sería el de Relaciones Públicas.
En
todos los conceptos anteriores hay algo que siempre está presente, y eso es la Comunicación. Por ello me gusta
insistir en que la comunicación es algo más, bastante más, que trasladar una
información desde un emisor hasta un receptor. Esa información que traslada el
emisor debe ir elaborada y convertida en un mensaje, el cual debe estar
adaptado al medio a través del cual se va a difundir. Pero una vez que llega al
receptor no se termina ahí el camino; lo que cuenta no es cómo llega una
información al receptor, sino cómo la interpreta el receptor. Por consiguiente,
cuando nos pongamos a trabajar en la elaboración de mensajes que hayan de
llevar nuestra información a los destinatarios, deberemos tener siempre
presente cuál podría ser la interpretación final que de todo eso vaya a hacer
nuestro cliente.
Surge
ahí el primer y más básico mensaje de todo proceso de comunicación: “pensar en
el otro lado”, pensar en el destinatario del mensaje y en qué interpretación va
a dar a nuestras propuestas.
Pero
hablando de publicidad, y después de 40 años en este sector, he visto dos
cosas:
La
publicidad no ha cambiado tanto en estos años.
Se
siguen cometiendo exactamente los mismos errores.
Por
consiguiente, me gustaría desgranar algunas ideas que deberían ponerse siempre
en práctica y algunos errores que nunca deberían permitirse.
No pongas
anuncios, haz campañas
Una
campaña no es un anuncio (aunque se repita muchas veces) y un anuncio no hace
campaña. La esencia de una campaña es utilizar muchas vías para llevar el
mensaje a nuestro público sin que esto le cause hastío. Y la forma de lograrlo
es utilizar diversos medios (complementarios entre sí) volcando a través de
ellos nuestras propuestas, las cuales deberán formularse de distintas formas,
pero siempre con un estilo y una estética común que permita la asociación y,
por consiguiente, el refuerzo mutuo de todos los impactos.
Cualquier
acción publicitaria no debe considerarse nunca como un ente aislado, sino como
integrante de un todo —la campaña—, en donde cada impacto y cada acción deben
estar relacionados con las demás, apoyándose mutuamente.
Repetición
La repetición es la gasolina de la publicidad. No puede hablarse de publicidad si no hablamos de un mensaje que se repite una y otra vez hasta alcanzar el subconsciente de nuestro destinatario, grabarse en él y lograr ese efecto de persuasión que le llevará finalmente a la compra de nuestro producto o servicio. Un anuncio, por tanto, sólo es útil si se repite muchas veces; de ahí la importancia de que tanto el aspecto visual como el mensaje sean perfectamente reconocibles e identificables con el producto.
Sin
embargo, cuando el presupuesto es pequeño (y casi siempre lo es) se intenta
estirarlo al máximo por el equivocado camino de “desperdigar” el esfuerzo; es
decir, poner anuncios salteados, en el mayor número posible de medios y
repartidos a lo largo del tiempo. De esta forma se autoconvence el anunciante
de haber hecho una gran campaña (ha durado todo el año y ha estado en un montón
de medios) cuando en realidad lo único que ha hecho ha sido tirar el dinero.
Como digo muchas veces, poner un anuncio no es hacer publicidad, como tampoco
dar un puñetazo es boxear.
Para
que una campaña sea efectiva hay que concentrar el esfuerzo. Esto representa
elegir sólo unos pocos medios (los más adecuados para impactar a nuestro
público) y conseguir en ellos la máxima presencia, no sólo en número de
inserciones, sino concentrándolas en un corto espacio de tiempo para que su
notoriedad sea más alta. Por ejemplo, es mejor contratar 10 anuncios en un solo
medio que 1 anuncio en 10 medios, o contratar todos los anuncios en el curso de
una misma semana a contratarlos repartidos a lo largo de un mes.
Variación
Hablábamos de repetición, pero eso no debe significar nunca cansancio ni aburrimiento de nuestro destinatario. Una idea o propuesta publicitaria puede repetirse muchas veces variando la forma en que se presenta (variaciones sobre un mismo tema), de tal forma que cada vez que nuestro público vea el anuncio sabrá que se trata del mismo producto, pero con un matiz de sorpresa que le hará mantener la atención. De esta forma se establece con nuestro cliente una especie de juego en el que le vamos contando sucesivas historias, cada una diferente, que le hacen estar alerta y esperando cuál será la próxima.
Anticiparse
Otro error frecuente es el de tomar decisiones a última hora. Cuando así se hace, resulta que ya no están disponibles los emplazamientos que queríamos y debemos conformarnos con otros. Es tarde para rectificar y se acaba cediendo, contratando espacios que finalmente no se ajustan a lo planeado. Por el contrario, si se planifica con antelación, podremos reservar para nuestro producto los mejores espacios y emplazamientos en cada medio, lo que nos ayudará a rentabilizar nuestro esfuerzo.
Sorpresa y
diferenciación
Para captar la atención es imprescindible sorprender. Es aquí donde la creatividad publicitaria encuentra su mayor campo de expresión, cuidando siempre que la sorpresa esté relacionada con nuestra propuesta para evitar el desencanto del receptor. Del mismo modo, hay que dotar a cada producto de una personalidad fuerte, fácilmente diferenciable de sus competidores, para evitar el clásico error de que el público recuerde lo bueno que era el anuncio... ¡pero no recuerde la marca!
Alcanzar el
target
Si hacemos una acertada selección de medios alcanzaremos a nuestro target, aprovechando al máximo nuestros recursos; sin embargo, no basta sólo con llegar a nuestra audiencia, hay que intentar fidelizarla. Para ello hay muchos sistemas, pero también es interesante contemplar la posibilidad de situar nuestra publicidad en emplazamientos, secciones o programas fijos, ya que de esta forma iremos directamente a la audiencia fiel que ya tenían de por sí esos espacios.
Por
otra parte, nos encontramos con frecuencia con un target tan disperso que hace
estériles nuestros esfuerzos de realizar sobre ellos una campaña publicitaria
con la intensidad necesaria. Hay, no obstante, otras alternativas. Si nuestro
público objetivo está muy disperso, podemos actuar sobre él cuando esté
concentrado. ¿A qué me refiero? Muy sencillo: siempre hay en todos los sectores
acontecimientos que reúnen a nuestro público (congresos, ferias, etc.). Sabemos
que con ese motivo se van a reunir en un punto concreto numerosos clientes
potenciales, y es ahí donde podemos volcar nuestro esfuerzo. Si una ciudad
acoge durante dos días una celebración de este tipo, inundemos dicha ciudad con
nuestros mensajes en vallas, prensa o radio. Al concentrar el esfuerzo en muy
poco espacio de tiempo y en una extensión geográfica y numérica reducida, el
impacto y la sinergia serán altísimos.
Sinergia de
productos y compañías
Dentro de las compañías, los Product Managers suelen ir muchas veces a su aire, eligiendo cada uno su agencia y decidiendo de forma aislada sobre las campañas de su producto. El resultado es que esa empresa puede estar haciendo a lo largo del año muchas campañas tan diferentes entre sí, y sin ningún nexo de unión, que el consumidor no las interpreta como pertenecientes a una misma compañía.
Si
todas esas campañas estuviesen armonizadas —sin necesidad de que sean iguales,
sino manteniendo algo en común—, el cliente potencial las identificaría como
parte de la misma empresa. Así, el impacto de un producto que no va a comprar
le servirá para recordar la existencia de otro producto de la misma marca que
sí podría adquirir. Estos “nexos de unión” pueden ser variados: desde la
posición destacada del logotipo y el uso de un mismo tipo de letra, hasta
aspectos intangibles como el estilo de redacción, las proporciones, el uso de
espacios en blanco o el predominio de un color determinado que otorgue un “aire
de familia”.
Todo
lo anterior es aplicable igualmente a las diferentes compañías que forman parte
de un grupo multinacional. Las empresas de un mismo grupo se dirigen a personas
cuyas necesidades pueden ser satisfechas por múltiples marcas de esa misma
corporación global. Utilizar un estilo publicitario común hace que la compañía
entera se vuelva más familiar y que los impactos se potencien mutuamente.
Marketing Mix y
el error de la "Publicidad con P de primo"
Las campañas deben estar articuladas en torno a una idea central que defina y diferencie al producto, presentarse a través de variaciones sobre un mismo tema con factores sorpresa, concentrarse en una selección de medios complementarios, mantenerse durante poco tiempo para ganar notoriedad, repetirse lo suficiente para alcanzar el subconsciente y contratarse con antelación para asegurar los mejores espacios.
Y
para terminar, no quería dejar de mencionar otro error común: el de “tratar de
complacer a ese cliente importante” editando un libro en el que ni siquiera
aparece nuestro logotipo (o va escondido en la contraportada), poniendo
anuncios en revistas que apenas lee nadie, o patrocinando jornadas a cambio de
un mísero logo en un programa.
Antes
de gastar un solo euro en publicidad, hay que tener muy claro qué estamos
comprando y qué esperamos conseguir a cambio. La satisfacción de un solo
cliente (por muy influyente que sea) no es suficiente; hay que hacerle entender
que en una relación de dos, ambos deben ganar. El presupuesto de publicidad no
es algo que “hay que gastar”, sino algo que “hay que invertir”, y eso exige
pensar siempre en cómo todo nuestro esfuerzo va a ser recibido e interpretado
por nuestro cliente potencial.
Ideas clave para
recordar:
Una
idea puede repetirse muchas veces variando su forma para evitar el aburrimiento
del receptor y convertirlo en partícipe de nuestro juego.
Cuando
un gran número de clientes se reúne en un acontecimiento, hazte notar con una
intensa campaña multimedia concentrada: lograrás grandes resultados con poco
presupuesto.
Un
mismo estilo corporativo en un grupo de empresas ayuda a la potenciación mutua
de todos los mensajes corporativos y de producto.
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La repetición es la gasolina de la publicidad. No puede hablarse de publicidad si no hablamos de un mensaje que se repite una y otra vez hasta alcanzar el subconsciente de nuestro destinatario, grabarse en él y lograr ese efecto de persuasión que le llevará finalmente a la compra de nuestro producto o servicio. Un anuncio, por tanto, sólo es útil si se repite muchas veces; de ahí la importancia de que tanto el aspecto visual como el mensaje sean perfectamente reconocibles e identificables con el producto.
Hablábamos de repetición, pero eso no debe significar nunca cansancio ni aburrimiento de nuestro destinatario. Una idea o propuesta publicitaria puede repetirse muchas veces variando la forma en que se presenta (variaciones sobre un mismo tema), de tal forma que cada vez que nuestro público vea el anuncio sabrá que se trata del mismo producto, pero con un matiz de sorpresa que le hará mantener la atención. De esta forma se establece con nuestro cliente una especie de juego en el que le vamos contando sucesivas historias, cada una diferente, que le hacen estar alerta y esperando cuál será la próxima.
Otro error frecuente es el de tomar decisiones a última hora. Cuando así se hace, resulta que ya no están disponibles los emplazamientos que queríamos y debemos conformarnos con otros. Es tarde para rectificar y se acaba cediendo, contratando espacios que finalmente no se ajustan a lo planeado. Por el contrario, si se planifica con antelación, podremos reservar para nuestro producto los mejores espacios y emplazamientos en cada medio, lo que nos ayudará a rentabilizar nuestro esfuerzo.
Para captar la atención es imprescindible sorprender. Es aquí donde la creatividad publicitaria encuentra su mayor campo de expresión, cuidando siempre que la sorpresa esté relacionada con nuestra propuesta para evitar el desencanto del receptor. Del mismo modo, hay que dotar a cada producto de una personalidad fuerte, fácilmente diferenciable de sus competidores, para evitar el clásico error de que el público recuerde lo bueno que era el anuncio... ¡pero no recuerde la marca!
Si hacemos una acertada selección de medios alcanzaremos a nuestro target, aprovechando al máximo nuestros recursos; sin embargo, no basta sólo con llegar a nuestra audiencia, hay que intentar fidelizarla. Para ello hay muchos sistemas, pero también es interesante contemplar la posibilidad de situar nuestra publicidad en emplazamientos, secciones o programas fijos, ya que de esta forma iremos directamente a la audiencia fiel que ya tenían de por sí esos espacios.
Dentro de las compañías, los Product Managers suelen ir muchas veces a su aire, eligiendo cada uno su agencia y decidiendo de forma aislada sobre las campañas de su producto. El resultado es que esa empresa puede estar haciendo a lo largo del año muchas campañas tan diferentes entre sí, y sin ningún nexo de unión, que el consumidor no las interpreta como pertenecientes a una misma compañía.
Las campañas deben estar articuladas en torno a una idea central que defina y diferencie al producto, presentarse a través de variaciones sobre un mismo tema con factores sorpresa, concentrarse en una selección de medios complementarios, mantenerse durante poco tiempo para ganar notoriedad, repetirse lo suficiente para alcanzar el subconsciente y contratarse con antelación para asegurar los mejores espacios.
lunes, 24 de agosto de 2026
Tú no tienes razón. Y yo tampoco
Llevamos siglos
creyendo que somos el centro del universo y que los demás deberían girar a
nuestro alrededor. Los astrónomos desmontaron esa teoría hace tiempo. Los seres
humanos, en cambio, seguimos igual.
(AZprensa) Hay una certeza que comparten casi todos los seres
humanos desde que el mundo es mundo, y que casi todos los seres humanos
comparten al mismo tiempo y en sentido contrario: la certeza de tener razón. Yo
la tengo. Usted también. Su vecino, ídem. El de enfrente, igualmente
convencido. Y como es matemáticamente imposible que todos tengamos razón a la
vez —especialmente cuando pensamos cosas distintas sobre lo mismo—, la lógica
más elemental nos conduce a una conclusión que nadie quiere sacar: casi todos
estamos equivocados casi siempre. Y es posible que el único que no lo está
también lo esté, solo que todavía no lo sabemos.
El ejemplo más ilustre
de esto lo dio el propio Stephen Hawking. Durante décadas, nadie osó llevarle
la contraria cuando afirmó que los agujeros negros absorbían todo lo que caía
en ellos sin liberar absolutamente nada. Era Hawking: el físico teórico más
brillante de su generación, el heredero de Einstein, la mente más reconocida
del planeta. Veinte años después, el mismo Hawking tuvo que pedir disculpas y
reconocer que se había equivocado: los agujeros negros no solo absorben,
también emiten. Si él se equivocó —él, con todo su talento, toda su formación y
toda su trayectoria—, ¿por qué íbamos a librarnos los demás?
«Si
Hawking se equivocó veinte años sosteniendo algo ante el mundo entero, ¿con qué
autoridad sostengo yo que tengo razón en la discusión del grupo de WhatsApp?»
La manía de dirigir la
vida ajena
Pero la cosa no queda
ahí. Porque a la certeza de tener razón se le suma, con frecuencia exasperante,
la necesidad de convencer al otro de que la tiene. No basta con pensar lo que
uno piensa: hay que conseguir que los demás piensen lo mismo. Hay que decirles
qué les debe gustar y qué no, a dónde deberían ir y a dónde no, qué deberían
hacer con su tiempo, su dinero, su vida. Una intrusión permanente y
bienintencionada —porque casi siempre se hace con la mejor voluntad del mundo—
que en la práctica es una forma suave pero constante de no respetar la
autonomía del otro.
Cada persona tiene su
propio camino, su propio ritmo de aprendizaje y su propio catálogo de errores pendientes
de cometer. Nadie se libra de ellos. Nadie puede librarse de ellos. Los errores
son, en buena medida, la única universidad que realmente enseña. Y pretender
ahorrarle al otro sus errores propios es, además de inútil, un poco arrogante:
implica que uno ya los ha cometido todos, que ya los conoce todos, y que está
en posición de evitarle al otro el trámite. Lo cual, por definición, no puede
ser cierto.
Seguimos creyéndonos el
centro del universo
Hubo un tiempo —no tan
lejano en términos de historia de la humanidad— en que la gente más sabia e
instruida del planeta estaba absolutamente convencida de que la Tierra era el
centro del universo y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban
a su alrededor. Era una certeza tan sólida que quien se atrevía a cuestionarla
se arriesgaba a consecuencias muy serias. Copérnico y Galileo lo saben bien. Y
sin embargo estaban equivocados: no éramos el centro de nada. Éramos un punto
en el borde de una galaxia entre miles de millones de galaxias.
Lo curioso es que como especie hemos aprendido la lección astronómica
pero no la humana. En el cosmos ya aceptamos que no somos el centro. Pero
en la vida cotidiana seguimos actuando exactamente como si lo fuéramos:
convencidos de que nuestra opinión es la correcta, de que nuestros gustos son
los razonables, de que nuestra manera de hacer las cosas es la que los demás
deberían seguir. La Tierra dejó de ser el centro del universo hace cinco
siglos. Nosotros, como individuos, seguimos sin enterarnos.
Un poco de humildad no
vendría mal
No hace falta llegar a
ninguna conclusión grandiosa. Solo hace falta un poco de reflexión y otro poco
de humildad. Reconocer que la propia perspectiva es limitada. Que el otro ve
cosas que uno no ve, exactamente igual que uno ve cosas que el otro no ve. Que
tener una opinión firme sobre algo no es lo mismo que tener razón sobre ese
algo. Que escuchar de verdad —no para rebatir, sino para entender— es una
habilidad que se oxida fácilmente y que, sin embargo, mejora casi cualquier relación
humana.
Y sobre todo: que
convivir bien no requiere que todos pensemos igual. Requiere exactamente lo
contrario: que seamos capaces de vivir juntos pensando diferente, sin que esa
diferencia se convierta en una amenaza que hay que eliminar o en una batalla
que hay que ganar.
Tú no tienes razón. Yo
tampoco. Y sería un buen punto de partida que los dos lo aceptáramos.
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domingo, 23 de agosto de 2026
El misterio de la amistad
(Sunday Poetry
Corner)
Dos personas pueden ser muy diferentes y sin embargos sentir entre ellas el
fuerte lazo de la amistad. La amistad no sólo se da entre personas afines sino
que sus lazos escapan a nuestra comprensión y así vemos, en muchas ocasiones,
como dos personas pueden ser de posiciones sociales muy distantes, de niveles
culturales opuestos, de gustos personales muy poco coincidentes… y no obstante
surge entre ellas una extraña complicidad, una afinidad que las atrae una a la
otra sin que la razón pueda explicarlo.
Este
domingo traigo un ejemplo de ello con este poema entre dos amigas, una blanca y
otra negra, diferentes no sólo en el aspecto físico sino también en otras
muchas cosas… y sin embargo la amistad las une porm encima de cualquier
razonamiento y de cualquier conveniencia.
BLACK FRIEND
Eres
mi noche en la noche,
tu piel negra la cortina
con la que cierro este día
y me entrego a confidencias.
Dos
columnas son tus piernas,
tus fuertes brazos me arropan
y en tu pecho late ardiente
la amistad con esta chica
...diferente.
Me
aceptas tal como soy
y en tu hombro descansando
veo un cielo sin estrellas,
es tu piel que se ha quedado
durmiendo junto a mis manos,
y con palabras y risas
miras mis ojos claros.
Las
dos juntas parecemos
como la noche y el día,
tan distintas y no obstante
siempre amigas.
COMENTARIO Y
ANALISIS
Por Gemini
El misterio de
la amistad en verso
La
amistad es uno de los fenómenos humanos más universales y, al mismo tiempo, más
difíciles de aprisionar en una definición lógica. Si nos guiáramos
estrictamente por la razón, los vínculos afectivos más sólidos deberían
florecer entre personas de idénticos intereses, entornos socioculturales
paralelos o afinidades idénticas. Sin embargo, la experiencia de la vida nos
demuestra exactamente lo contrario: la auténtica amistad suele saltar por
encima de cualquier cálculo de conveniencia, desarmando las diferencias más
evidentes.
Este
poema aborda precisamente ese misterio a través del contraste visual y
emocional entre dos jóvenes —una blanca y otra negra— que, situadas en extremos
aparentemente opuestos en lo físico y en su contexto, encuentran un refugio
inquebrantable la una en la otra.
Análisis métrico
y estilístico
Estructura
libre y fluida: El poema prescinde de una rima consonante estricta y de una
métrica rígida académica, optando en su lugar por un verso libre de tono íntimo
y conversacional. Esta elección refuerza la sensación de confidencia personal,
como si el hablante nos estuviera susurrando un secreto al oído.
El
uso de la metáfora sensorial y cromática: Desde la primera estrofa se establece
un juego simbólico con la luz y la oscuridad, alejándose de cualquier cliché y
transformándolo en un abrazo protector: "Eres mi noche en la noche, / tu
piel negra la cortina / con la que cierro este día". La negrura no se
asocia con la ausencia o el temor, sino con el cobijo, el descanso y la
seguridad de la confidencia nocturna.
La
fuerza de lo táctil: Los versos apelan constantemente a lo físico como
manifestación de un afecto profundo ("Dos columnas son tus piernas, / tus
fuertes brazos me arropan"). El cuerpo de la amiga se convierte en
arquitectura protectora.
El
contraste armónico: Hacia el final, el poema sintetiza la tesis central de la
obra mediante una imagen visual bellísima y sencilla: "Las dos juntas
parecemos / como la noche y el día, / tan distintas y no obstante / siempre
amigas."
Una reflexión
final
Lejos
de disolver las diferencias en una falsa uniformidad, el poema celebra la
alteridad. La amistad auténtica no exige que el otro sea un espejo idéntico de
nosotros mismos; por el contrario, se alimenta de la complementariedad y de una
extraña complicidad que desafía a la lógica. Una pequeña joya lírica para
recordarnos que los lazos del afecto verdadero siempre se sitúan por encima de
cualquier frontera impuesta.
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tu piel negra la cortina
con la que cierro este día
y me entrego a confidencias.
tus fuertes brazos me arropan
y en tu pecho late ardiente
la amistad con esta chica
...diferente.
y en tu hombro descansando
veo un cielo sin estrellas,
es tu piel que se ha quedado
durmiendo junto a mis manos,
y con palabras y risas
miras mis ojos claros.
como la noche y el día,
tan distintas y no obstante
siempre amigas.
Por Gemini
sábado, 22 de agosto de 2026
Las cuatro etapas que han transformado el fútbol
Si hablamos de
fútbol ¿podemos realmente hablar de fútbol? Porque la realidad es que si
repasamos las cuatro etapas por las que ha pasado nos daremos cuenta de que lo
que hoy llamamos “fútbol” en realidad es otra cosa.
(AZprensa) Si repasamos la
historia del fútbol con perspectiva, nos daremos cuenta de que ha transitado
por un camino por el que ningún aficionado hubiese deseado. Lo que un día nació
como una simple reunión de amigos hoy se ha convertido en algo completamente
distinto. La evolución del deporte rey se puede dividir claramente en cuatro
grandes etapas:
1. Los orígenes:
el juego por el juego
En
sus inicios, el fútbol no tenía mayores pretensiones que las de pasar un buen
rato, hacer ejercicio y, de paso, regalar un rato de entretenimiento a los
espectadores. Era una práctica lúdica, pura y sin ataduras económicas.
2. La
profesionalización: el deporte reglado y las taquillas
En
las décadas posteriores, el fútbol se estructuró y profesionalizó. Pasó a ser
un deporte perfectamente reglado que subsistía gracias a los ingresos de las
taquillas y a la publicidad inicial de algunos anunciantes. En esta fase, el
aficionado de a pie era el auténtico sustento económico del club a través del
precio de su entrada.
3. La era
audiovisual: el fútbol convertido en negocio televisivo
En
las últimas décadas, con la irrupción masiva de los medios audiovisuales y el
pago de sustanciosos derechos de retransmisión, el fútbol dio un salto mortal
para convertirse en un gran negocio. En este punto, el espectador tradicional
comenzó a retroceder a un plano secundario: los clubes ya no dependían de la
recaudación en el estadio (eso era una minucia secundaria), sino del dinero
fresco que aportaban las televisiones y las grandes marcas patrocinadoras,
interesadas en el impacto masivo que proporciona la televisión.
4. La etapa
actual: el fútbol como un mero "pretexto"
¿Y
ahora? ¿Cuál es la realidad del fútbol actual? En esta cuarta etapa que ya
estamos viviendo de lleno, el fútbol ya no es un juego, ni un deporte, ni
siquiera un negocio convencional.
¿Sabes
por qué? Porque hoy el fútbol es solo un pretexto. Sí, un señuelo para mover
otros engranajes económicos mucho mayores:
La
venta masiva de camisetas y merchandising global.
Academias
internacionales de formación de futbolistas —donde los jóvenes pagan por
formarse— para luego especular con su compraventa como si de activos
financieros se tratase.
Estadios
que albergan conciertos musicales, convenciones, ferias, etc. buscando los
clubes la plena ocupación con todas estas actividades lucrativas.
Escenarios
y plataformas de visibilidad para que fondos de inversión, estados y grandes
corporaciones limpien su imagen y obtengan notoriedad de marca para sus
verdaderos negocios.
Si
hasta ahora el aficionado le importaba poco a los organizadores porque el
dinero venía de la televisión, en esta fase el hincha ya no importa
absolutamente nada. Lo único que cuenta es la potencia de una marca global
capaz de asociarse a macroproyectos inmobiliarios y operaciones financieras de
todo tipo.
Conclusión
La
lectura es clara y cruda: el fútbol como juego o como deporte ha muerto. Lo que
queda sobre el césped es solo el señuelo publicitario de una gran corporación
de negocios que utiliza la pasión de la gente como simple decorado.
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