¿Cuáles son las
claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás
cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
(AZprensa) Nada hay más
gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar
cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y
nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan
atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de
turno siente hacia sus empleados.
Dirigir
no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las
personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
A
mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo,
aunque no siempre fácil de aplicar.
Primero: definir con
claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener
perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de
responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede
buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está
correctamente definida.
Segundo: elegir por
capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay
que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan
aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni
simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio
profesional.
Tercero:
explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo
debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al
mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos.
No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado
las herramientas para obtenerlos.
Cuarto: confiar y
delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos
directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la
que se ha encomendado una responsabilidad.
Siempre
he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga
la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones,
incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado,
sino él mismo por haberlo elegido.
Un
directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en
un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus
colaboradores, debe dejarles trabajar.
Y quinto: exigir
resultados.
Porque
delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si
los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué
frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados
esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas
presentaciones y prometedores planes de futuro.
Y
si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga
técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser
demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se
olvide de lo más importante.
Los resultados.
Un
proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un
proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una
presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una
buena gestión.
Por
eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al
directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar
en consecuencia.
En
definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué
hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que
pedirle cuentas por lo que ha hecho.
Y
quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien,
confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las
palabras.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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Si hay algo en
las empresas de lo que todo el mundo cree saber mucho y ser un experto, es en
lo relativo a la Comunicación. Y ese creer que se sabe todo conduce a graves
perjuicios para las empresas o cuando menos a desaprovechar oportunidades y
recursos.
(AZprensa) En el mundo de
la comunicación, como en tantas otras profesiones, abundan los que opinan sin
tener los conocimientos necesarios. Personas que, sin experiencia ni formación
específica, se sienten autorizadas para dictar sentencia sobre el trabajo ajeno
y, además, lo hacen con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad.
Frente a ellas, los profesionales debemos aprender a distinguir entre una
crítica fundamentada y una simple opinión, por muy contundente que esta se
presente.
Recuerdo
una anécdota que me sucedió hace ya muchos años y cuya veracidad puedo
garantizar. Una empresa tenía vacante el puesto de jefe de Publicidad y,
mientras se incorporaba el nuevo responsable, decidió encomendar temporalmente
aquellas funciones a un product manager. Lo que inicialmente debía ser una
solución provisional terminó prolongándose durante casi un año.
Cuando
finalmente dejó el puesto interino, aquel responsable se mostró orgullosísimo
de su gestión. Su gran logro, según él, había sido conseguir un ahorro del 80 %
del presupuesto publicitario. “He conseguido ahorrar el 80 % del presupuesto”, proclamó,
satisfecho. La explicación de semejante hazaña era mucho más sencilla de lo que
cabía imaginar: no había hecho prácticamente nada.
Aquel
product manager había considerado la inversión publicitaria un gasto
prescindible. Sin experiencia suficiente en la materia y, probablemente, ante
el temor de equivocarse y recibir críticas, optó por la solución más cómoda: no
hacer nada. De ese modo, nadie podría reprocharle una campaña mal planteada,
una decisión desacertada o una inversión poco rentable.
El
resultado fue un ahorro contable, sí, pero también la renuncia a cualquier
posible beneficio que una estrategia publicitaria bien diseñada pudiera haber
aportado a la empresa. Porque no gastar no equivale necesariamente a gestionar
bien, del mismo modo que invertir no significa derrochar.
Esta
anécdota me viene a la memoria cada vez que escucho determinadas críticas
dirigidas contra quienes trabajan en Comunicación o Publicidad. Y es que, a
diferencia de lo que sucede en otras áreas profesionales, parece que en estas
disciplinas todo el mundo tiene algo que decir. Cualquiera se considera capaz
de juzgar una campaña, cuestionar una estrategia, valorar el trabajo de un
gabinete de prensa o decidir cuánto debería invertirse en publicidad. A veces
basta con haber visto un anuncio o haber leído una nota de prensa para sentirse
capacitado para impartir una lección magistral.
Hace
poco, al escuchar algunas críticas sobre el trabajo que estaba desarrollando un
profesional, recordé aquella conocida expresión: «Ladran, luego cabalgamos».
Aunque la frase suele utilizarse para restar importancia a los ataques,
conviene interpretarla con cierta prudencia: no toda crítica demuestra que
estemos haciendo bien las cosas, pero tampoco toda crítica merece nuestra
atención.
A
lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de conversar con numerosos
compañeros de profesión sobre los asuntos más diversos relacionados con nuestro
trabajo. Hemos compartido experiencias, debatido estrategias y contrastado
opiniones, en ocasiones coincidentes y en otras completamente opuestas. De ese
intercambio siempre ha surgido un enriquecimiento mutuo.
Las
opiniones de quienes conocen una profesión desde dentro tienen un valor
especial. No porque sean infalibles, sino porque parten de la formación, la
experiencia y el conocimiento de situaciones reales. Son puntos de vista que
pueden ayudarnos a detectar errores, descubrir nuevas posibilidades y mejorar
nuestro trabajo. Por eso merecen ser escuchados, incluso cuando resultan
incómodos.
La
crítica constructiva, venga de un colega o de alguien ajeno a la profesión,
puede ser útil. Lo que carece de sentido es conceder el mismo valor a una
opinión fundamentada que a un juicio emitido desde el desconocimiento. Y
también sería un error que los profesionales nos encerráramos en una torre de
marfil, despreciando cualquier observación externa.
La
clave está en saber distinguir. Escuchar cuando hay algo que aprender y no
dejarse arrastrar por el ruido cuando solo hay prejuicios, desconocimiento o
ganas de sentar cátedra.
Porque
en Comunicación y Publicidad, como en la medicina, la ingeniería o el derecho,
la experiencia y la preparación no son adornos: son las herramientas con las
que se ejerce una profesión.
Y,
por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, saber de todo un poco no
convierte a nadie en experto en nada.
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(AZprensa) Como hoy es 28
de septiembre quiero compartir con vosotros la siguiente información:
¡ARG!
o ¡ARRG!.- Esta onomatopeya es la que se usa más frecuentemente para expresar
de forma escrita un grito de rabia.
¡AAAAARRRRGH!.-
Si lo que quieres expresar es un grito muy fuerte, desesperado y lleno de furia,
esta sería la forma correcta.
¡GRRR!.-
En cambio, para expresar un enojo más moderado, similar al gruñido de un
animal, esta onomatopeya se ajusta perfectamente.
¡FUUU!.-
No se parece mucho a los anteriores, pero se utiliza mucho en Internet y en los
comics cuando se quiere expresar una rabia provocada por una gran frustración.
¡MMPFH!.-
Y esta otra, que parece difícil de pronunciar, se explica porque expresa un
grito de rabia reprimido, como cuando te tapas la boca y casi gritas para tus
adentros.
“Pero
bueno, ¿y a cuento de qué viene todo esto?”, te preguntarás. Pues muy sencillo,
¿o es que no te habías enterado que hoy, 28 de septiembre, se celebra el “Día
Mundial de la Rabia”?
…
¿Ah? ¿Que no es eso? ¿Que se refiere a un Día Mundial para concienciar sobre la
prevención de la enfermedad de la rabia y recordar la importancia de vacunar a
los animales?
…Bueno,
pues por lo menos ya me he desahogado.
Novelas con
corazón
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(Sunday Poetry Corner) Decía mi
maestro, Manuel Prieto Peromingo, que “Hoy día, esto de SENTIR, es un
privilegio que abunda poco”. Por eso quiero invitarte, en este rincón dominical
de la poesía, a que tú también disfrutes de ese privilegio.
Este sencillo poema
–del que al final podrás leer un comentario realizado por la IA Gemini- te
invita a algo tan sencillo como cerrar los ojos por un momento y sentir la
vida, sentirte vivo, y sentir cómo la barrera entre la realidad y los sueños se
desvanece.
POR UN MOMENTO
Por
un momento cierro los ojos y me siento libre.
Mi
pensamiento vuela y distorsiona en mil figuras
e
inconclusas vueltas.
No
hay que rendir cuentas,
no
hay plazos ni proyectos.
Solo
cierro los ojos y siento.
Algo
vibra y da calor y me abraza con ternura;
es
la vida, energía pura,
que
ilumina mi interior.
Por
un momento cierro los ojos y siento
que
la vida es un sueño
y
estamos solos los dos.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Gemini
La suspensión
del tiempo y la caricia interior en "Por un momento"
Bajo
la sabia premisa de que sentir se ha convertido hoy en un privilegio escaso, el
poema "Por un momento" actúa como un oasis de tregua frente al
frenesí de la realidad. En apenas dos estrofas de tono íntimo, el texto
construye un ritual de repliegue hacia lo esencial, donde el mundo exterior se
desvanece para dar paso al latido más puro de la conciencia.
Análisis formal
y claves temáticas
La ruptura con
la tiranía del tiempo útil: El poema arranca con una declaración de intenciones
rotunda: "Por un momento cierro los ojos y me siento libre". El verbo
"cerrar" no implica una huida cobarde, sino un acto de lucidez
voluntaria. Al despojarse de los "plazos", los "proyectos"
y la obligación de "rendir cuentas", el sujeto lírico suspende las
exigencias de la vida moderna. El pensamiento vuela entonces libremente,
permitiéndose la imperfección de las "inconclusas vueltas".
La epifanía de
la energía vital:
En el centro del poema se produce un tránsito sutil desde la quietud mental
hacia una calidez física y espiritual: "Algo vibra y da calor y me abraza
con ternura; / es la vida, energía pura, / que ilumina mi interior". La
vida deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una fuerza
envolvente, una caricia íntima que disipa la frialdad exterior desde dentro.
El cierre y la
comunión onírica:
Los versos finales desplazan el foco de la individualidad solitaria hacia una
complicidad compartida y trascendente: "Por un momento cierro los ojos y
siento / que la vida es un sueño / y estamos solos los dos". La frontera
entre la vigilia y el ensueño se difumina por completo. El "tú"
implícito o el refugio del otro se integran en esa burbuja de paz, demostrando
que la cumbre de la libertad íntima no es la soledad absoluta, sino el
encuentro con el otro en el umbral del sueño.
Una reflexión
final
"Por
un momento" es una delicada invitación a reivindicar el derecho a detener
el reloj. Con un ritmo pausado y una sencillez formal que desarma, el poema nos
recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en la agitación del mundo,
sino en la capacidad de cerrar los ojos, habitar nuestro propio interior y
rescatar, aunque sea por un instante, la milagrosa sensación de estar vivos.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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Poco a poco se
van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados
Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha
sólo mira al cielo para ver si llueve.
(AZprensa) En 2011 escribí
que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China-
porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del
espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
El
8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar
la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de
investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un
globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
La
misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29
kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el
suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno,
aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de
Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
Y
entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño,
manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel
pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido
magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
Aquello
pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el
Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si,
durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello
de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
Pero
no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde
Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al
espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa
desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas
astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del
cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
Es
decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos
decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol
del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos
estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno
desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de
lanzamiento.
Así
que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a
repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que
nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún
científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para
mandar una cámara a la estratosfera.
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