Si vas a
escribir una nota de prensa, quizá lo primero que deberías preguntarte es algo
tan sencillo como: ¿qué es eso de una nota de prensa?
(AZprensa) La definición
más sencilla que se me ocurre es que una nota de prensa es, ante todo, algo
jerárquico. Y no me refiero a que tenga que estar escrita por el director
general, sino a que la información debe aparecer ordenada de mayor a menor
importancia.
Lo
más importante debe ir siempre al principio y, además, debe estar
suficientemente destacado como para que el periodista pueda saber,
prácticamente con solo echar un vistazo, cuál es la noticia.
Porque
el periodista que recibe una nota de prensa no tiene por qué compartir nuestra
emoción ante el acontecimiento. Ni conoce necesariamente a nuestro director
general, ni siente especial curiosidad por la historia de la empresa, ni
necesita saber que el acto se celebró en un magnífico salón de un hotel de
cinco estrellas, convenientemente decorado para la ocasión. Y mucho menos
necesita que le hagamos esperar cuatro párrafos para descubrir qué demonios ha
ocurrido.
Sin
embargo, todavía es bastante habitual encontrarse notas de prensa que comienzan
describiendo el lugar donde se ha celebrado el acto, continúan relacionando a
todos los personajes que han intervenido, explican quién es cada uno de ellos,
cuentan los antecedentes históricos de la compañía y, después de varios
párrafos, llegan finalmente a la noticia. Para entonces, el periodista ya ha
llegado a la papelera.
Una
nota de prensa debe facilitarle el trabajo, no obligarle a jugar a las
adivinanzas. Si en las primeras líneas no encuentra algo que pueda convertirse
en noticia, lo normal es que pase a la siguiente. Y la siguiente. Y la
siguiente.
Por
eso, cuando escribamos una nota de prensa deberíamos hacernos una pregunta muy
sencilla: ¿qué es lo que podría interesarle al lector final? Porque ese es el
verdadero destinatario de nuestro trabajo.
Y
aquí aparece uno de los grandes errores de quienes redactan información
corporativa: escribir pensando en lo que le gustará a su jefe.
Si
al director general le encanta aparecer citado, pondremos una larga declaración
del director general. Si al presidente le gusta que se mencione su trayectoria,
incluiremos su biografía. Si al responsable de Comunicación le parece
importantísimo explicar que el acto contó con la presencia de autoridades,
expertos, invitados y representantes de nosecuántas instituciones, ahí
tendremos otros dos párrafos.
El
resultado será probablemente una nota de prensa que hará muy feliz a quien la
ha encargado. Y que sólo leerán él y quien la ha escrito.
La
comunicación eficaz empieza por entender algo elemental: no escribimos para
quien nos paga, sino para quien nos lee. Y, en una nota de prensa, cuanto antes
descubramos qué es noticia, más posibilidades tendremos de que alguien llegue
hasta el final.
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Hay una curiosa
costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos
terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con
trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado
que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos
trabajador que quien permanece dos horas más.
(AZprensa)
En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no
son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de
un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese
tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir
escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella
mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que
el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
Pero
parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una
de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en
aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar
nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente,
eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y
en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto
es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que
estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es
un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede
un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que
trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta
aumentar la productividad.
Por
mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de
comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar
más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no
necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante
evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino
Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí
descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
No
se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en
reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas
de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad
nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se
dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
Y,
por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición
digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar
cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente
imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
En
otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral
era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de
terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio
permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que
seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y
se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque
existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del
tiempo destinado al trabajo.
Hasta
la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y
todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía
despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la
hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene
consecuencias importantes.
Cuando
una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más
horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa
tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la
paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus
objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene,
acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién
es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial
responde: el segundo.
Y
ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá
deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los
resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no
necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
El
cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la
creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un
trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo
por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador
tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de
las personas.
Además
está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la
vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre,
desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación
con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad,
incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería
considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más
cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece
precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
Hay,
además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la
empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea
quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas
del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es
suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
Entonces
aparece el conocido «presentismo»
No
basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada
mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que
hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación
para demostrar que estamos dentro.
Quizá
deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros
trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no
es lo mismo.
Una
empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino
profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una
jornada también razonable.
Para
ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades
concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente,
sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente
el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
No
se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y
tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países.
Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí
podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de
trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno
permanece sentado en una silla.
Porque,
al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar
de preguntar:
—¿A
qué hora te vas?
Deberíamos
preguntar:
—¿Has
terminado tus objetivos?
Y
si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona
tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
Porque
estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y
confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y,
sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
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Hay personas que
saben leer. Y hay personas que, además, saben leer entre líneas. No es
exactamente lo mismo.
(AZprensa) Leer consiste,
en principio, en descifrar las palabras que alguien ha escrito y entender lo
que aparentemente quiere decir. Leer entre líneas exige algo más: prestar
atención a lo que no está escrito, a lo que se insinúa, a las intenciones que
pueden esconderse detrás de una frase y, en definitiva, descubrir un segundo
mensaje que puede estar muy lejos de lo que dicen literalmente las palabras. Porque
no siempre las cosas son lo que parecen.
Un
texto puede hablar de una cosa y estar hablando, en realidad, de otra. Una
conversación puede parecer intrascendente y contener una advertencia. Una
novela puede contar una historia de amor y estar hablando de soledad. Una
película puede mostrarnos violencia, ambición y traiciones y, sin embargo,
transmitir un mensaje profundamente humano.
El
problema es que solemos quedarnos con la primera lectura. Con lo evidente. Con
aquello que está escrito en letras grandes. Y quizá nos perdemos precisamente
lo más interesante, que suele estar escrito en letra pequeña.
Hace
algún tiempo tuve una experiencia curiosa con mi propio libro, “La Biblia de
Falcon Crest”. Cuando escribí este libro sobre aquella popular serie de
televisión, descubrí algo que, visto con cierta perspectiva, resulta bastante
sorprendente.
Falcon
Crest nos presentaba un mundo en el que precisamente no abundaban las virtudes.
Sus personajes eran ambiciosos, cínicos, manipuladores y, en muchos casos,
bastante amorales. Allí había conspiraciones, venganzas, envidias, traiciones,
intereses económicos, infidelidades y luchas por el poder. Los protagonistas
podían sonreír mientras estaban preparando la próxima jugada contra alguien. Y
cuando parecía que todo estaba resuelto, aparecía otra conspiración para
demostrar que, en aquel universo, la tranquilidad era solamente el intervalo
entre dos problemas.
Y,
sin embargo, debajo de todo aquello había otro relato. Al analizar los diálogos
y las situaciones de la serie descubrí que, entre líneas, podían encontrarse
mensajes muy diferentes de los que aparentemente dominaban la historia: amor,
compasión, amistad, fidelidad, honradez, solidaridad, arrepentimiento, perdón...
Es decir, precisamente algunos de los valores que encontramos en la Biblia. De
ahí el título de mi libro.
No
estoy diciendo que los guionistas de Falcon Crest se sentaran ante una mesa
para decidir: “Hoy vamos a transmitir un mensaje bíblico mediante una familia
de millonarios californianos que se dedican a hacerse la vida imposible”.
Probablemente no fue así. Quizá algunos de esos mensajes fueron deliberados.
Quizá otros surgieron de manera inconsciente. Y quizá fueron los propios
conflictos humanos de la historia los que terminaron poniendo de manifiesto,
por contraste, aquello que realmente importa.
Hay una curiosa
paradoja: a veces necesitamos ver lo que está mal para comprender lo que está
bien
Una
traición nos hace valorar la fidelidad. Una mentira nos hace apreciar la
verdad. La ambición desmedida nos hace comprender el valor de la generosidad.
El odio pone de manifiesto la necesidad del amor. Y cuando contemplamos a
alguien que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, descubrimos, precisamente
por contraste, la importancia de la amistad y de la lealtad. Eso también es
leer entre líneas. Y no ocurre solamente en los libros o en las series de
televisión. Ocurre continuamente en nuestra vida.
Una
persona puede decirnos “haz lo que quieras” y estar diciendo exactamente lo
contrario. Alguien puede felicitarnos por una decisión y, por el tono empleado,
estar demostrando que no le ha gustado absolutamente nada. Un político puede
pronunciar un discurso lleno de palabras aparentemente impecables y dejar
entrever otras cosas muy distintas. Una publicidad puede hablarnos de libertad
mientras intenta convencernos de que necesitamos comprar algo que hasta ese
momento no necesitábamos. Incluso un silencio puede decir más que un discurso.
Por
eso leer entre líneas requiere algo más que inteligencia. Requiere atención,
experiencia y capacidad de observación. Y, sobre todo, exige no aceptar
automáticamente la primera interpretación que se nos presenta.
Las
palabras tienen un significado, pero también tienen un contexto. Una frase
aislada puede significar una cosa y esa misma frase, pronunciada en
determinadas circunstancias, significar otra completamente distinta.
Por
eso conviene preguntarse de vez en cuando: “¿Qué me está queriendo decir realmente?”.
No para convertirnos en paranoicos que buscan dobles intenciones detrás de cada
palabra, porque entonces acabaríamos viendo conspiraciones hasta en la lista de
la compra. Se trata simplemente de desarrollar una mirada más profunda y menos
ingenua sobre aquello que leemos, escuchamos y observamos.
Pero
también existe el peligro contrario: leer entre líneas lo que no existe. Una
cosa es descubrir un mensaje oculto y otra inventárselo. Una cosa es
interpretar y otra proyectar sobre un texto nuestras propias ideas. Leer entre
líneas no significa retorcer las palabras hasta conseguir que digan lo que
nosotros queremos que digan. Significa prestar atención a las pistas que el
propio texto proporciona.
Y
aquí está, probablemente, lo más interesante: un buen escritor puede conseguir
que el lector reciba un mensaje sin darse cuenta de que lo está recibiendo. Puede
envolver una idea en una historia. Puede esconder una enseñanza dentro de una
conversación. Puede hacer que un personaje diga una cosa mientras sus actos
demuestran otra. Puede utilizar la ironía para que comprendamos exactamente lo
contrario de lo que aparentemente se afirma.
Es
una especie de juego de inteligencia entre quien escribe y quien lee. El
escritor coloca las piezas. El lector debe descubrir cómo encajan. Y cuando lo
consigue, aparece una segunda historia debajo de la primera.
Quizá
por eso algunos libros envejecen mejor que otros. Los que solamente cuentan una
historia pueden entretenernos durante un tiempo. Los que, además, esconden algo
debajo de esa historia pueden acompañarnos durante muchos años, porque cada
nueva lectura permite descubrir algo que antes no habíamos visto.
Con
“La Biblia de Falcon Crest” me ocurrió precisamente eso: terminé descubriendo
que detrás de un universo aparentemente dominado por la ambición, el dinero, el
poder y las intrigas podía encontrarse un mensaje mucho más humano. Quizá sea
una buena lección para la vida. No deberíamos quedarnos siempre con lo primero
que vemos. Ni con lo primero que escuchamos. Ni siquiera con lo primero que
leemos. Porque las palabras son solamente el envoltorio. A veces el verdadero
regalo está dentro.
Aquella mítica
serie de TV de los 80 escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado…
“La Biblia de
Falcon Crest”
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Quizás conozcas
o hayas oído hablar de las “Diez estrategias de manipulación de masas”, se ha
escrito mucho sobre ellas e incluso se han atribuido a quien non era, en un
claro ejemplo de manipulación de la información. Por eso, aquí te lo aclaro y
actualizo todo.
(AZprensa) Hace años cayó
en mis manos una relación de las que entonces se presentaban como las «Diez
estrategias de manipulación de masas» de Noam Chomsky. Me pareció interesante
y, como suelo hacer con estas cosas, me permití adaptarla a mi manera y
añadirle alguna dosis de cosecha propia. Con el tiempo he descubierto, sin
embargo, que aquellas diez estrategias no fueron escritas por Chomsky. El texto
original fue publicado en 2002 por el francés Sylvain Timsit y posteriormente
empezó a circular por Internet atribuido al lingüista estadounidense. Lo
curioso es que esto demuestra, por sí mismo, hasta qué punto funciona la
manipulación: alguien atribuye un texto a una persona famosa, otros lo copian,
otros lo vuelven a copiar y, al final, todo el mundo acaba creyendo que lo dijo
quien nunca lo dijo.
Pero,
dejando al autor al margen, las ideas resultan suficientemente interesantes
como para hacer una nueva versión adaptada a la sociedad actual. Porque desde
que aparecieron aquellas diez estrategias han cambiado muchas cosas. Antes
había televisión, radio, periódicos y propaganda. Ahora tenemos además redes
sociales, algoritmos, vídeos de quince segundos, titulares diseñados para
conseguir un clic, influencers, cámaras de eco, inteligencia artificial y una
cantidad de información tan descomunal que el problema ya no es solamente
conseguir información, sino saber distinguirla del ruido.
Así
que, con las debidas precauciones, estas serían mis diez estrategias de
manipulación actualizadas.
1. Distracción:
que se hable de cualquier cosa... menos de lo importante
La
mejor manera de conseguir que nadie hable de un problema importante es
proporcionar inmediatamente otro asunto que resulte mucho más entretenido. Y si
además provoca indignación, enfrentamiento o escándalo, mucho mejor.
Una
polémica sobre una frase, un vídeo viral, un enfrentamiento entre tertulianos,
una declaración desafortunada o una pelea en redes puede ocupar durante horas
el espacio informativo que podría dedicarse a cuestiones bastante menos
divertidas, como la economía, la educación, la sanidad, el empleo o la gestión
de los servicios públicos.
Hoy
la distracción tiene, además, una ventaja tecnológica: el algoritmo sabe
perfectamente qué nos enfada. Y nos lo sirve. Una y otra vez.
2. Crear el
problema... y aparecer después con la solución
Consiste
en presentar un problema —real, exagerado o incluso fabricado— hasta conseguir
que la sociedad perciba que hay que hacer algo inmediatamente. Una vez creada
la alarma, aparece la solución. Y quien la propone puede presentarse como el
salvador que ha venido a arreglar aquello que, casualmente, acaba de
convertirse en una prioridad nacional.
La
técnica tiene una variante moderna todavía más eficaz: primero se crea el
problema, después se crea la polémica y finalmente se consigue que todo el
mundo discuta sobre quién tiene la culpa. Mientras tanto, casi nadie pregunta
quién decidió la solución.
3. El
cuentagotas: hoy una gota, mañana otra
Las
grandes transformaciones suelen provocar resistencia cuando se presentan de
golpe. Por eso resulta mucho más eficaz administrarlas poco a poco.
Hoy
se acepta una pequeña modificación. Mañana otra. Pasado mañana una excepción.
Después una medida «provisional». Y unos años más tarde descubrimos que aquello
que parecía imposible se ha convertido en normal.
El
secreto está en que nadie percibe el cambio completo porque cada paso parece
demasiado pequeño como para justificar una protesta.
Es
la vieja técnica de la rana y el agua caliente, aunque quizá convendría no
utilizar demasiado la metáfora porque, si seguimos así, hasta la rana
necesitará un comité de expertos para decidir si el agua está caliente.
4. El futuro
siempre es más fácil de vender que el presente
Hay
decisiones impopulares que resultan mucho más fáciles de aceptar cuando se
aplaza su aplicación. «Será necesario.» «No hay alternativa.» «Tendremos que hacerlo.»
«Pero todavía no.»
El
futuro tiene una extraordinaria ventaja política y publicitaria: nadie puede
pedirle cuentas hoy por lo que ocurrirá mañana. Y cuando llegue ese mañana,
siempre habrá alguna nueva circunstancia que permita retrasarlo un poco más o
justificar que ahora hay que hacer otra cosa.
5. Hablarle al
ciudadano como si tuviera cinco años
Cuanto
más complejo es un asunto, más tentación existe de reducirlo a una frase. «Los
buenos están aquí y los malos allí.» «Esto es blanco y aquello es negro.» «Ellos
quieren esto; nosotros queremos lo contrario.» «No hay nada más que hablar.»
Las
redes sociales han llevado esta simplificación a su máxima expresión: una
cuestión económica, jurídica, científica o social que necesitaría varias
páginas de explicación queda reducida a un titular, un meme o un vídeo de
veinte segundos.
El
problema es que la simplificación facilita la comprensión, pero también puede
eliminar los matices. Y sin matices es mucho más fácil convencer que explicar.
6. Emocione primero
y piense después
El
razonamiento necesita tiempo. La emoción no.
Una
noticia que provoca miedo, indignación, entusiasmo, odio o ternura tiene muchas
más posibilidades de ser compartida inmediatamente que otra que exige cinco
minutos de lectura y reflexión.
Por
eso la comunicación moderna sabe que una imagen vale más que mil argumentos...
especialmente si consigue que nos enfademos antes de que tengamos tiempo de
comprobar si aquello que estamos viendo es cierto.
La
emoción no es mala. Lo peligroso es utilizarla como sustituto del razonamiento.
Y aquí las redes sociales tienen un aliado formidable: basta con pulsar un
botón para compartir aquello que nos ha indignado, aunque todavía no sepamos
exactamente qué estamos compartiendo.
7. Convertir la
ignorancia en una virtud
Durante
mucho tiempo se pensó que una sociedad bien formada era más difícil de
manipular. Hoy tenemos una variante mucho más sofisticada: conseguir que la
persona crea que saber poco es suficiente para opinar de todo.
No
hace falta leer un libro sobre economía para explicar la economía. No hace
falta conocer una sentencia para interpretar una sentencia. No hace falta
estudiar medicina para diagnosticar una enfermedad. No hace falta conocer un
conflicto internacional para decidir quién tiene razón. Basta con haber visto
un vídeo. Y si el vídeo dura treinta segundos, mejor todavía.
La
cultura requiere esfuerzo. La opinión instantánea solamente requiere una
conexión a Internet.
8. Hacer de la
mediocridad un espectáculo
Si
algo consigue millones de visitas, parece que automáticamente adquiere
importancia. Si alguien tiene millones de seguidores, parece que
automáticamente adquiere autoridad. Y si algo se convierte en tendencia, parece
que automáticamente merece nuestra atención.
Pero
popularidad y calidad no son sinónimos. Una sociedad puede convertir en
referente a quien simplemente sabe llamar la atención. La consecuencia es que
el ruido puede terminar ocultando al conocimiento, y el espectáculo puede
terminar ocupando el lugar de la reflexión.
El
problema no es que exista entretenimiento. El problema aparece cuando el
entretenimiento se convierte en el único criterio para decidir qué merece
nuestra atención.
9. Hacer que el
ciudadano se sienta culpable
Cuando
algo funciona mal, siempre resulta útil encontrar un culpable. Y qué mejor
candidato que el propio ciudadano.
Si
consume demasiado, si contamina, si no ahorra, si no se informa, si no
participa, si no entiende las cosas, si no acepta determinados cambios... La
responsabilidad siempre puede devolverse hacia abajo.
Así,
quien tiene capacidad de decisión puede presentarse como simple gestor de unas
circunstancias inevitables, mientras quien carece de poder termina sintiéndose
responsable de aquello que otros han decidido.
La
técnica consiste en transformar al ciudadano de afectado en culpable. Y un
ciudadano que se siente culpable suele protestar menos que uno que se siente
engañado.
10. Conocer al
individuo mejor de lo que el individuo se conoce a sí mismo
Esta
es probablemente la gran novedad de nuestro tiempo. Antes había que preguntar. Ahora
muchas veces basta con observar. Qué buscamos. Qué compramos. Qué vídeos vemos.
Cuánto tiempo permanecemos mirando una imagen. Qué noticias compartimos. Qué
temas nos indignan. Qué personas seguimos. Qué dejamos de seguir.
Los
algoritmos pueden utilizar enormes cantidades de datos para construir perfiles
de comportamiento y personalizar aquello que vemos. Y la inteligencia
artificial añade nuevas posibilidades para producir y adaptar mensajes a gran
escala.
El
resultado es una forma de comunicación extraordinariamente personalizada: ya no
hace falta convencer a todo el mundo de la misma manera. Puede intentarse
convencer a cada persona de la manera que, según sus datos y comportamiento,
resulte más eficaz para ella.
Y
aquí aparece el verdadero desafío. Porque quizá la manipulación del futuro no
consista en conseguir que todos pensemos lo mismo. Quizá consista en conseguir
que cada uno reciba exactamente aquello que necesita para seguir pensando lo que
ya piensa.
Bonus track.- Y
una undécima estrategia: conseguir que el manipulado crea que no lo está siendo
Esta
última no estaba en aquella lista original. Pero yo la añadiría. Porque
probablemente sea la más eficaz de todas.
Si
alguien sabe que está siendo manipulado, puede defenderse. Si cree que está
tomando una decisión completamente libre, la manipulación ha conseguido su
objetivo.
Por
eso, en una sociedad saturada de información, quizá nuestra mejor defensa no
sea desconfiar de todo —eso también sería absurdo—, sino aprender a hacernos
unas cuantas preguntas antes de aceptar cualquier mensaje: ¿Quién me está
contando esto? ¿Por qué me lo cuenta? ¿Qué parte de la realidad estoy viendo y
cuál no? ¿Qué emociones está intentando despertar en mí? ¿Qué datos puedo
comprobar? Y, sobre todo, qué quiere que haga después de haberlo leído?
Porque
quizá la verdadera libertad no consista solamente en poder elegir, sino también
en saber quién está intentando influir en nuestra elección. Y eso exige algo
que, paradójicamente, cada vez parece más revolucionario: pararse un momento, pensar,
y leer entre líneas.
El más claro
ejemplo de manipulación de masas…
“Diario del
caos”:
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(Sunday Poetry
Corner)
Un descanso, un intermedio, una pausa… siempre viene bien en nuestra ajetreada
vida. Y para esos pequeños instantes en que nos abstraemos del mundo exterior y
nos centramos en nuestro mundo interior, nada hay mejor que la poesía, aunque
sean un pequeño y sencillo poema que nos haga conectar con el mundo inmaterial
que también forma parte de nosotros aunque casi nunca nos demos cuenta.
El
rincón de la poesía de este domingo lo dedicamos, precisamente, a una pequeña
pausa, para que también tú pongas delante de tu vista ese letrero que
antiguamente aparecía en los cines de sesión continua entre una película y
otra: “Intermedio”.
INTERMEDIO
Algún
día volveré
aunque
sea entre tus sueños
para
hacerte sonreír,
para
pinchar tu conciencia
con
palabras inefables,
tan
absurdas como el mundo
que
veneras.
Mañana,
un mes, un año, un sueño,
allí
estaré y aquí, en este blog, te dejo
ramilletes
de conceptos y de abrazos,
porque
en el fondo, te quiero.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Gemini
La promesa
perenne en "Intermedio"
Con
un título tan revelador como evocador, "Intermedio" funciona como una
carta de despedida a medias, un puente tendido entre el tiempo terrenal y la
permanencia digital. El poema destila una mezcla muy personal de desafío
afectuoso, memoria literaria y ternura incondicional, consolidando ese tono
íntimo que caracteriza los espacios de encuentro del autor.
Análisis
temático y claves líricas
La persistencia
más allá del tiempo:
El poema arranca con una certeza absoluta: "Algún día volveré / aunque sea
entre tus sueños / para hacerte sonreír". La muerte, la ausencia o la
simple distancia física quedan desterradas por la fuerza de la voluntad y el
afecto. El regreso no se concibe como una presencia física amenazante, sino
como una irrupción benévola en el universo onírico del otro.
El aguijón de la
conciencia y las palabras inefables: Lejos de buscar una reconciliación
edulcorada, el sujeto poético advierte que su retorno servirá para
"pinchar tu conciencia / con palabras inefables, / tan absurdas como el mundo
/ que veneras". Aquí aparece un sutil guiño crítico hacia las convenciones
sociales, el materialismo o las rutinas vacías de la realidad cotidiana
("el mundo que veneras"), contrastadas con la pureza incorruptible de
las palabras que el poeta cultiva.
El puente entre
la vida y el blog:
La segunda estrofa desvela con una ternura desarmante el refugio desde donde se
teje este vínculo: "Mañana, un mes, un año, un sueño, / allí estaré y
aquí, en este blog, te dejo / ramilletes de conceptos y de abrazos". La
poesía se convierte en legado tangible. Los artículos y los versos publicados
en la bitácora actúan como perennes "ramilletes" de ideas y afecto,
un archivo emocional al que el lector puede acudir siempre.
La confesión
final:
El poema se despoja de cualquier armadura intelectual en su último verso:
"porque en el fondo, te quiero". Toda la ironía previa, el desafío
dialéctico y la advertencia sobre el absurdo del mundo se disuelven en una
declaración de amor limpia y directa, que desarma al lector y humaniza por
completo la voz lírica.
Una reflexión
final
"Intermedio"
es un testamento poético en miniatura y una declaración de amor a la comunidad
de lectores. Nos recuerda que la escritura es, en su sentido más hondo, un
pacto contra el olvido: una forma de dejar constancia de nuestro paso y de
seguir abrazando a los demás, incluso cuando el tiempo decida detenerse o
cambiar de escenario.
Vicente
Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“El
cine y el misterio”: https://www.amazon.es/dp/B0DJF3M3ZW