El pensamiento
monocolor, el pensamiento único, nos roba lo más sagrado de nosotros mismos:
nuestra individualidad. La diversidad de opiniones y pensamientos es algo que
enriquece a la sociedad y nos invita a pensar y razonar por nosotros mismos.
(AZprensa) Es una verdad
que se manifiesta en muchos órdenes de la vida, pero es en el tablero de la
política donde cobra una vigencia tan flagrante como desoladora. Tanto en las
columnas de los grandes medios de comunicación como en las tertulias cotidianas
a pie de calle, se ha convertido en una misión prácticamente imposible
encontrar a alguien capaz de admitir, con honestidad intelectual, que «su»
partido político ha cometido un error.
Es
perfectamente legítimo que cada ciudadano posea sus propias ideas y que encuentre
unas siglas que reflejen sus principios mejor que otras. El problema surge
cuando el legítimo encaje se transforma en una militancia ciega o en una
simpatía incondicional. Bajo ese epígrafe invisible, se asume un pacto de
silencio implícito: se aplaudirá sistemáticamente al partido propio —incluso
cuando cometa errores horrorosos— y se denostará sin matices al rival, aunque
este firme una gestión extraordinariamente brillante.
La trinchera del
«y tú más»
El
resultado de esta dinámica es un paisaje social abonado para la contradicción
constante. Nos encontramos a diario con personas para quienes la lacra de la
corrupción es siempre un patrimonio exclusivo del bando contrario, bloqueando
la realidad aunque los jueces y las pruebas hayan dictado una sentencia en
contra de sus propios líderes.
Esta
fe ciega se traslada también a la trinchera ideológica. Los temas más complejos
y polémicos de nuestra sociedad —el aborto, la eutanasia, la píldora del día
después, la lucha contra el terrorismo, la ordenación fiscal o regulaciones tan
cotidianas como la limitación de velocidad, la ley del tabaco e incluso la
eliminación de chiringuitos en las playas— se defienden a muerte, como bloques
monolíticos e indivisibles. Resulta muy difícil no dudar de que, en la intimidad
de su fuero interno, estas personas coincidan al cien por cien con todos y cada
uno de los planteamientos de su cúpula. Sin embargo, cuando llega la crítica,
el debate se reduce al más infantil y socorrido de los argumentos: el recurso
del «y tú más».
El secuestro de
la individualidad
Este
pensamiento monocolor, radicalmente incapaz de realizar el más mínimo ejercicio
de autocrítica, convierte cualquier intercambio de opiniones en un desierto
estéril. No se busca el contraste, ni se escucha, ni se razona; el único
propósito es imponer y justificar el dogma de fe en las siglas protectoras,
renunciando de manera voluntaria a un derecho sagrado: la individualidad del
pensamiento.
La
verdad es un territorio que requiere informarse primero para poder razonar
después con criterio propio. Cuando la ideología secuestra la lógica, la
conversación inteligente se apaga. Por eso, ante semejante panorama de sordera
voluntaria, lo más saludable para el espíritu es ejercer la prudencia, cambiar
radicalmente de tercio y refugiarse en un refugio clásico: hablar del tiempo y
de los planes de vacaciones. Al fin y al cabo, ya estamos en verano y hay
debates que simplemente no merecen arruinar una buena tarde bajo el sol.
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En el imaginario
colectivo existe una verdad asumida de forma automática: la presencia de
alucinaciones es un síntoma inequívoco de un trastorno psiquiátrico grave o de
una severa patología mental. Sin embargo, la ciencia médica nos demuestra una
vez más que la realidad es un territorio complejo y contradictorio. ¿Pueden las
personas mentalmente sanas tener alucinaciones visuales nítidas y recurrentes?
(AZprensa) Hoy vamos a
hablar de un fenómeno clínico fascinante que tiene un nombre propio: Síndrome
de Charles Bonnet. Esta condición debe su denominación a su descubridor, el
célebre naturalista y filósofo suizo Charles Bonnet, nacido en el año 1720,
quien describió por primera vez el fenómeno al observar cómo su propio abuelo,
un anciano mentalmente lúcido pero prácticamente ciego, afirmaba ver figuras
humanas, pájaros y edificios flotando en el aire.
La paradoja del
ojo ciego y el cerebro activo
Los
pacientes que experimentan el Síndrome de Charles Bonnet gozan de una perfecta
salud mental y cognitiva. El origen del problema no se halla en una alteración
de la razón, sino en un deterioro físico de los órganos de la visión. Quienes
lo padecen arrastran importantes deficiencias en sus ojos, generalmente
causadas por patologías ligadas al envejecimiento como la Degeneración Macular
Asociada a la Edad (DMAE), cataratas severas o glaucoma.
El
mecanismo científico detrás de este fenómeno es tan sobrecogedor como lógico.
Cuando los ojos dejan de enviar imágenes al cerebro debido a la ceguera, la
corteza visual se queda «a oscuras». Al verse privada de estímulos externos, la
máquina neuronal se impacienta y empieza a fabricar sus propias imágenes a
partir de los recuerdos almacenados en sus archivadores, rellenando el vacío
informativo. Es un enigma por qué motivo le ocurre esto a unas personas con
estas características y a otras muchas no, pero el hecho es que el paciente
padece alucinaciones de aparición brusca, repetitivas y que suelen durar de 1 a
10 minutos.
Figuras en
movimiento bajo el flexo de la estadística
La
fisonomía de estas visiones ha sido meticulosamente estudiada. Lejos de ser
manchas borrosas, se trata de imágenes de una nitidez y un colorido asombrosos:
Predominio
de formas humanas: En su inmensa mayoría, las alucinaciones consisten en figuras
de personas, apareciendo en el 80% de los casos. Con menor frecuencia, los
pacientes reportan ver animales de compañía, plantas exuberantes o estructuras
arquitectónicas complejas.
Imágenes
dinámicas: En el 47% de las ocasiones, estas apariciones presentan movimiento
autónomo; las figuras caminan, gesticulan o se desplazan por la habitación
antes de desvanecerse.
Lo
verdaderamente crucial de este síndrome es que el paciente, al estar
mentalmente sano y provisto de una lógica impecable, reconoce perfectamente que
se trata de un engaño de sus sentidos. Sabe que lo que está viendo no es real.
Sin embargo, aquí es donde encalla el drama humano: la inmensa mayoría es
profundamente reacia a comentar esta situación con sus familiares o médicos por
el temor atávico a ser considerados locos o ser ingresados en un centro
psiquiátrico. El silencio se convierte en su única armadura.
Un protagonismo
urgente en el siglo XXI
Con
el notable aumento de la esperanza de vida en nuestra sociedad moderna, a la
que inevitablemente acompaña el desgaste y deterioro natural de los ojos, el
Síndrome de Charles Bonnet ha empezado a tomar un protagonismo sin precedentes
en las consultas de geriatría y oftalmología. Lo que hasta ahora era un rincón
casi desconocido de la literatura médica, hoy es una realidad que afecta a
miles de ancianos que sufren en secreto.
En
esta bitácora siempre les recordamos la importancia de documentarse e
informarse primero, para poder razonar después con criterio propio. Conocer la
existencia de este síndrome es el primer paso para desterrar el miedo. No todo
lo que escapa a la normalidad de nuestros ojos nace de la demencia; a veces, es
simplemente el cerebro intentando encender la luz en una habitación que se ha
quedado a oscuras.
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Fisac
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La ciencia
moderna vive empeñada en fascinarnos con titulares apocalípticos y promesas de
inmortalidad que parecen extraídas de un guion cinematográfico de Hollywood.
Hoy nos vamos a centrar en el vaticinio que se hace en el libro “Genes,
microbios y células” en donde se presenta una tesis que nos invita a mirar las
estrellas y a mirarnos las arrugas con una perspectiva enteramente nueva.
(AZprensa) En su libro
“Genes, microbios y células”, el profesor de Genética y divulgador científico
Javier Novo repasa algunos de los avances científicos más punteros de nuestra
era y defiende una idea que asustaría al mismísimo Julio Verne:
«Dentro
de un par de siglos tendremos que plantearnos seriamente la necesidad de
habitar otro planeta, algo que se conseguirá cuando repliquemos las condiciones
que hacen posible la vida, y que todavía no conocemos con detalle».
¡Impresionante!
Resulta que en doscientos años tendremos las maletas preparadas en la puerta
para mudarnos a una urbanización espacial, un milagro logístico que lograremos
replicando unas condiciones biológicas que... a día de hoy ni siquiera
conocemos. Un plan sin fisuras.
La generación de
los tres siglos y los artilugios internos
Pero
la mudanza cósmica no es el único plato fuerte que nos depara el futuro según
este ensayo. Otro de los grandes temas que aborda el autor es la posibilidad,
que califica de «cada vez más real», de prolongar la existencia humana
venciendo definitivamente a la enfermedad y al envejecimiento biológico.
Agárrense a sus asientos: el profesor asegura sin titubear que a finales del
mismísimo siglo XXI, el ser humano podría nacer ya con una esperanza de vida de
300 años. Imaginen lo que será calcular las cuotas de la hipoteca o aguantar
las reuniones de vecinos durante tres siglos. Una contradicción constante entre
el regalo de la longevidad y la paciencia humana.
Para
que semejante proeza sea posible en el día a día, el avance que realmente va a
revolucionar nuestra cotidianidad no será la genética, sino la Nanotecnología.
Prepárense para convertirse en ciborgs de alta fidelidad, porque la ciencia
prevé la aparición de una amplia variedad de dispositivos biomédicos; o lo que
es lo mismo, unos artilugios minúsculos que se nos implantarán en el cuerpo con
el fin de facilitar el funcionamiento del organismo o liberar fármacos de forma
controlada. Seremos un templo analógico gobernado por microprocesadores
internos.
El "efecto
retro" de la vanguardia científica
Sin
embargo, a cualquiera que atesore una buena biblioteca en su hogar y profese un
respeto reverencial por la literatura de anticipación, todo este despliegue de
profecías futuristas le provocará una inevitable y cómplice sonrisa. Y es que,
despojando a los titulares universitarios de sus ropajes de novedad absoluta,
descubrimos que de todo esto —de la nanotecnología médica, de la prolongación
de la vida hasta los trescientos años y de la necesidad acuciante de emigrar a
otros mundos— ya hablaba de forma magistral el escritor Kim Stanley Robinson.
El
autor estadounidense alcanzó la fama mundial el siglo pasado, allá por el
lejano 1993, gracias a su monumental e imperecedera obra cumbre: la trilogía
“Marte rojo / Marte verde / Marte azul”. En aquellas páginas visionarias ya se
describía con un rigor científico sobrecogedor y un realismo apabullante
exactamente el mismo porvenir que hoy nos venden los laboratorios como el
último grito del saber humano.
Conclusión: El
camino de la imaginación
Como
siempre recordamos, la verdad solo es un punto de vista y conviene informarse y
documentarse primero para poder razonar por uno mismo. La ciencia avanza con
paso firme, qué duda cabe, pero la imaginación humana siempre va unas cuantas
leguas por delante. El profesor Novo ha escrito un libro magnífico que estimula
el debate, pero el mérito del plano original le pertenece a la literatura de
hace más de tres décadas. Así que, queridos lectores, mientras llegan los
mini-artilugios internos y soplamos las trescientas velas del pastel, les
aconsejo que se dejen de predicciones y acudan a los clásicos de la ciencia
ficción. A veces, para saber hacia dónde va el futuro, basta con abrir un libro
del siglo pasado.
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(Sunday Poetry
Corner)
Hoy salimos de paseo en este radiante día de Sunday Poetry Corner para recorrer
las calles con la ilusión del enamorado que se dirige al encuentro de su amada.
¿Quién no lo ha hecho? Porque acudir a una cita con la persona amada es algo
que nos llena de ilusión y de esperanza y todos sentimos la necesidad de
acelerar el paso, al igual que se acelera el corazón, según nos vamos acercando
a ese momento tanto tiempo deseado. Pero mejor será que lo contemos aquí
convertido en unos versos:
TE BUSCO
Te
busco, te espero...
Camino
por las calles,
unas
alegres, otras solitarias;
voy
a tu encuentro.
Madrid
céntrico, corazón de España.
Consulto
el reloj y acelero.
Me
dirijo hacia ti; la impaciencia
me
invade y siento cómo
el
corazón emocionado salta de alegría.
Atravieso
una plaza, entro en el metro.
Estación
tras estación
pasan
rápidas.
Luego
salgo y camino.
Te
busco, sé dónde y me alegro.
Después
otra plaza, más calles;
me
dirijo a la cita puntual, contento.
Una
calle sorteando a la gente,
voy
en tu busca, y en los labios la sonrisa,
la
impaciencia por verte, por sentir
que
tú estás a mi lado.
Después
de unos largos minutos, llego.
No
estás y te espero; yo, tranquilo.
Todo
está calmado.
Doy
un paso, me detengo,
Elevo
mi vista; te espero...
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Claude
«Te
busco» es un poema de movimiento. Desde el primer verso hasta el último, el
lector acompaña al poeta en un desplazamiento físico que es al mismo tiempo un
desplazamiento emocional: calles, plazas, el metro, más calles, la cita, la
llegada. El poema avanza como el propio protagonista: con paso firme, con impaciencia
contenida, con la energía de quien sabe adónde va y tiene muchas ganas de
llegar.
Lo
primero que llama la atención es la estructura en tres tiempos que organiza el
poema de forma natural, casi sin que el lector lo perciba conscientemente. La
primera estrofa establece el punto de partida y el estado emocional: la
búsqueda, la espera, el corazón que «salta de alegría». La segunda es el viaje
en sí —el metro, las estaciones, las plazas, la sonrisa en los labios—, con una
acumulación de detalles cotidianos que tienen el efecto de hacer que el lector
también camine, también espere que pasen las estaciones, también sortee a la
gente en la calle. Y la tercera, brevísima y poderosa, es la llegada. O mejor
dicho: la no-llegada del otro. Porque el hablante llega, pero el destinatario
no está todavía.
Esa
tercera estrofa es la más interesante del poema y la que le da su verdadera
dimensión. Después de toda la impaciencia acumulada a lo largo de los doce
versos anteriores, después de ese corazón que saltaba y esa sonrisa en los
labios, el hablante llega y no encuentra a nadie. Y sin embargo —y esto es lo
más revelador— no hay decepción. Hay calma. «No estás y te espero; yo,
tranquilo. / Todo está calmado.» El contraste con la energía de las dos
estrofas anteriores es tan nítido que resulta casi físico: como cuando uno
entra en una habitación silenciosa después de venir de la calle con ruido.
Esa
calma no es resignación ni tristeza. Es la serenidad de quien tiene certeza.
Quien espera sin saber si el otro va a llegar espera con ansiedad. Quien espera
sabiendo que el otro va a llegar espera con paz. Y el hablante de este poema
espera con paz. «Doy un paso, me detengo, / elevo mi vista; te espero...» Los
puntos suspensivos finales no son melancolía: son confianza. El poema no cierra
porque la historia no ha terminado; solo ha llegado a una pausa.
Hay
algo más que merece señalarse: la presencia discreta pero constante de Madrid.
«Madrid céntrico, corazón de España» es el único verso que nombra el lugar,
pero toda la segunda estrofa está impregnada de ciudad: el metro, las plazas,
la gente que se sortea en la calle. Madrid no es un escenario decorativo aquí;
es el espacio vivo en que se mueve el poema, el fondo urbano que contrasta con
la intimidad del sentimiento que lo recorre.
En
cuanto a la forma, el poema trabaja con el verso libre de manera muy natural,
sin que se note el esfuerzo. El ritmo lo marcan los verbos de movimiento
—busco, espero, camino, atravieso, salgo, me dirijo, llego— que se encadenan a
lo largo del texto como pasos sobre el asfalto. Es una elección formal que
encaja perfectamente con el contenido: el poema avanza porque el hablante
avanza.
Un
poema, en definitiva, que celebra la anticipación del encuentro tanto como el
encuentro mismo. Quizás más. Porque en esos minutos de búsqueda y espera, el
otro ocupa todo el espacio de la mente y del corazón. Y eso, también, es una
forma de estar juntos.
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En el fascinante
universo de la paternidad contemporánea, cada cierto tiempo surge una palabra
mágica, un neologismo con pretensiones académicas que los expertos lanzan al
ruedo para desconcierto de los mortales. El último grito en los manuales de
crianza es el término «colecho». Pero ¿qué significa este término?
(AZprensa) Si acudes al
diccionario de la Real Academia para buscar qué significa “colecho”, perderás
el tiempo: la palabra no existe. Se trata de un invento conceptual de la
pediatría moderna para referirse a algo tan viejo, normal y cotidiano como el
hecho de que los padres y los hijos duerman apelotonados en la misma cama.
Lo
que para nuestros abuelos era una absoluta necesidad de espacio o una forma
rudimentaria de ahorrar en mantas, hoy se debate en simposios médicos
internacionales bajo el flexo de la controversia. Como el mundo es una
contradicción constante, el "colecho" cuenta con una legión de
defensores acérrimos y, al mismo tiempo, con un batallón de detractores que ven
en la cama familiar un auténtico deporte de riesgo.
La trinchera de
los defensores: Vínculos y barra libre nocturna
Por
un lado, los partidarios de esta práctica le ven ventajas idílicas y casi
místicas. El argumento estrella de los defensores es que los niños que
comparten el colchón con su madre tienen un acceso inmediato y constante al
lactado, por lo que maman muchas más veces a lo largo de la noche que los
pobrecitos que duermen desterrados en su propia cuna.
Además,
afirman con solemnidad que es una práctica sumamente eficaz para aumentar el
vínculo afectivo entre padres e hijos. Al fin y al cabo, ¿qué puede unir más a
una familia que compartir los efluvios nocturnos y recibir una patada infantil
en las costillas a las tres de la mañana?
La trinchera de
los detractores: El peligro del sueño profundo
En
la otra orilla del colchón se sitúan los detractores, cuyos augurios son
capaces de quitarle el sueño a cualquiera. Los científicos más cautos aducen
que meter al bebé en la cama de los adultos aumenta exponencialmente el riesgo
de asfixia o de la temida muerte súbita.
Pero
los peligros no son solo físicos, sino también psicológicos y conyugales. Se
asocia el colecho con futuros problemas del sueño en etapas posteriores de la
vida del niño, dificultando una independencia que se augura traumática. Y por
supuesto, está el factor logístico de la pareja: resulta evidente que la
presencia de un tercero de sesenta centímetros en mitad de la cama interfiere
de manera flagrante en las relaciones íntimas de los progenitores,
transformando el dormitorio principal en un casto parque infantil.
El consenso de
la prudencia: Prohibido menores de seis meses
Donde
sí se acaba la discusión y todos los expertos coinciden unánimemente es en
señalar el peligro extremo que corre el lactante cuando los progenitores entran
en lo que podríamos llamar "zonas de riesgo". El colecho se convierte
en una ruleta rusa si los padres han consumido alcohol, si están tomando alguna
medicación que induzca un sueño excesivamente profundo, o si se trata de padres
que padecen obesidad severa y corren el riesgo de sepultar al vástago en un
giro involuntario.
Por
todo ello, la comunidad médica ha decidido curarse en salud y coincide en
contraindicar formalmente esta práctica al menos durante los seis primeros
meses de vida del bebé. Hasta que el niño no tenga cierta capacidad de resistencia,
mejor cada uno en su parcela.
Conclusión:
Formarse su propio criterio en el colchón
Como
siempre defendemos en esta bitácora, la verdad absoluta no existe y cada uno
debe informarse y documentarse primero para después pensar por sí mismo. El
"colecho" puede ser una bendición de apego o el fin de la paz
matrimonial, dependiendo del punto de vista y del tamaño de la cama. Así que, si
has leído hasta aquí, razona un poco, mide los riesgos, calcula los metros
cuadrados de tu colchón y, sobre todo, no te dejes impresionar por las palabras
rimbombantes que se inventan los expertos. Al final, dormir a pierna suelta
sigue siendo el verdadero milagro de la vida.
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