sábado, 10 de octubre de 2026

Así es el voto por correo del 29 Noviembre

El voto por correo en las próximas elecciones será lo más parecido a la imagen que acompaña este artículo. Piénsatelo antes de elegir esta opción en vez de optar por el voto presencial que nadie te cambiará.
 
(AZprensa) El próximo 29 de noviembre hay elecciones generales en España y ya dije en su momento que Pedro Sánchez sólo las convocaría cuando estuviese seguro de que podía ganarlas. Y aquí hay que hacer una aclaración: ¿Qué significa para Pedro Sánchez ganar las elecciones? Porque mucha gente no se da cuenta de esto. Respuesta: Que la suma de PP+Vox no alcance la mayoría absoluta; en ese caso, Sánchez pactará con todos los demás y se doblegará a sus exigencias con tal de seguir en el poder, aunque consiga menos diputados de los que tenía antes.
 
Por lo tanto, Sánchez no necesita sacar muchos votos, sólo los necesarios para que PP+Vox no tengan mayoría absoluta. Y ahí entra en juego el voto por correo. Y Sánchez es un maestro en esto como ya demostró cuando llegó al poder en su propio partido gracias a manipulación de votos como muchas personas –incluso implicados- han denunciado.
 
Ya lo vimos también en las últimas elecciones: las convocó en plenas vacaciones de verano para que mucha gente votara por correo. Y votó. Y PP+Vox ganaron pero sin mayoría absoluta. Y al frente de Correos estaba Leire Díaz, hoy imputada en trapos sucios del PSOE.
 
Por lo tanto, cuantos más votos por correo haya, mejor será para Sánchez porque nadie puede certificar la limpieza y transparencia en el recorrido de esos votos. Y a todo eso hay que sumar los cientos de miles de votos que van a llegar desde Latinoamérica al permitir que nietos de españoles que emigraron puedan votar ahora aunque nunca hayan pisado España, simplemente depositando su voto en las embajadas que luego los enviará para su “custodia” a correos.
 
Votar por correo es, pues, lo más parecido a la imagen que acompaña este comentario: Pucherazo. Y ya se está cocinando a fuego lento, el mismo fuego que está desintegrando la sociedad española, la democracia y el estado de bienestar que habíamos alcanzado.
 

Parece que nos hemos olvidado, pero así comenzó el “nuevo orden mundial” que ahora padecemos…
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viernes, 9 de octubre de 2026

¿Son los médicos y los enfermeros unos borregos?

Hay que tener mucho cuidado cuando leemos –o creemos leer- los titulares de las noticias, porque damos por ciertas algunas cosas que no lo son por el simple hecho de creer que “las hemos leído”.
 
(AZprensa) “¿Son los médicos y los enfermeros unos borregos?”. Por un momento, lo confieso, llegó a mi mente este pensamiento mientras repasaba ejemplares atrasados de periódicos en la hemeroteca. Y es que no era para menos. Me encontré con un titular que, leído literalmente y sin conocer el contexto, tenía bastante más miga de la que probablemente había pretendido su autor:
 
«Médicos y enfermeros coinciden en que un ministro de Sanidad que no sea pastor sería un error».
 
Mi primera reacción fue de perplejidad. ¿Pastor? ¿Desde cuándo médicos y enfermeros necesitaban un pastor que los guiase? Porque, si nos atenemos al significado más evidente de la frase, aquello parecía reconocer que dos colectivos profesionales formados por personas con años de estudios, especialización y experiencia necesitaban que alguien les indicase por dónde debían caminar. Vamos, que se reconocían a sí mismos como borregos.
 
La imagen era bastante curiosa: miles de médicos y enfermeros avanzando disciplinadamente por los pasillos de los hospitales detrás de su pastor, mientras este, provisto de cayado, les iba indicando el camino.
—Por aquí, ovejitas, que hoy tenemos quirófano a las diez.
 
Pero entonces se me ocurrió otra posibilidad. ¿Y si se referían a un pastor espiritual? Quizá médicos y enfermeros estaban reclamando para el Ministerio de Sanidad a alguien capaz de orientarles en las grandes tribulaciones morales y éticas de la profesión.
 
La cosa empezaba a ponerse interesante. Me imaginé entonces las iglesias llenas de profesionales sanitarios, tomando apuntes mientras el pastor pronunciaba desde el púlpito:
Hermanos médicos, recordad: curaréis al enfermo, pero también cuidaréis su alma.
Y todos ellos, muy atentos, asentían solemnemente.
 
Ya estaba yo dispuesto a escribir una columna sobre la profunda espiritualidad del colectivo sanitario cuando reparé en un pequeño detalle que lo aclaraba todo. La palabra «Pastor» estaba escrita con mayúscula. ¡Ah! Entonces comprendí que allí no había ovejas, ni cayados, ni sermones dominicales. El titular se refería a Ana Pastor, que había sido ministra de Sanidad y Consumo y a quien, según aquella información, médicos y enfermeros apoyaban para que volviera a ocupar esa cartera.
 
Todo volvía a la normalidad. Los médicos seguían siendo médicos. Los enfermeros, enfermeros. Y los borregos, de momento, no tenían nada que ver con la noticia.
 
Pero durante unos minutos había descubierto algo fascinante: un titular puede cambiar completamente de significado dependiendo de una sola letra. Una «P» mayúscula había evitado que miles de profesionales sanitarios acabaran convertidos, al menos metafóricamente, en un rebaño.
 
En fin, son las cosas que pasan cuando uno lee titulares deprisa, fuera de contexto y con demasiada imaginación. Aunque también es verdad que, si un lector necesita conocer toda la noticia para descubrir qué demonios quería decir el titular, quizá el problema no esté solamente en las prisas del lector. Pero de eso hablaremos otro día…
 

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jueves, 8 de octubre de 2026

Una nota de prensa no es una novela

Si vas a escribir una nota de prensa, quizá lo primero que deberías preguntarte es algo tan sencillo como: ¿qué es eso de una nota de prensa?
 
(AZprensa) La definición más sencilla que se me ocurre es que una nota de prensa es, ante todo, algo jerárquico. Y no me refiero a que tenga que estar escrita por el director general, sino a que la información debe aparecer ordenada de mayor a menor importancia.
 
Lo más importante debe ir siempre al principio y, además, debe estar suficientemente destacado como para que el periodista pueda saber, prácticamente con solo echar un vistazo, cuál es la noticia.
 
Porque el periodista que recibe una nota de prensa no tiene por qué compartir nuestra emoción ante el acontecimiento. Ni conoce necesariamente a nuestro director general, ni siente especial curiosidad por la historia de la empresa, ni necesita saber que el acto se celebró en un magnífico salón de un hotel de cinco estrellas, convenientemente decorado para la ocasión. Y mucho menos necesita que le hagamos esperar cuatro párrafos para descubrir qué demonios ha ocurrido.
 
Sin embargo, todavía es bastante habitual encontrarse notas de prensa que comienzan describiendo el lugar donde se ha celebrado el acto, continúan relacionando a todos los personajes que han intervenido, explican quién es cada uno de ellos, cuentan los antecedentes históricos de la compañía y, después de varios párrafos, llegan finalmente a la noticia. Para entonces, el periodista ya ha llegado a la papelera.
 
Una nota de prensa debe facilitarle el trabajo, no obligarle a jugar a las adivinanzas. Si en las primeras líneas no encuentra algo que pueda convertirse en noticia, lo normal es que pase a la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.
 
Por eso, cuando escribamos una nota de prensa deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿qué es lo que podría interesarle al lector final? Porque ese es el verdadero destinatario de nuestro trabajo.
 
Y aquí aparece uno de los grandes errores de quienes redactan información corporativa: escribir pensando en lo que le gustará a su jefe.
 
Si al director general le encanta aparecer citado, pondremos una larga declaración del director general. Si al presidente le gusta que se mencione su trayectoria, incluiremos su biografía. Si al responsable de Comunicación le parece importantísimo explicar que el acto contó con la presencia de autoridades, expertos, invitados y representantes de nosecuántas instituciones, ahí tendremos otros dos párrafos.
 
El resultado será probablemente una nota de prensa que hará muy feliz a quien la ha encargado. Y que sólo leerán él y quien la ha escrito.
 
La comunicación eficaz empieza por entender algo elemental: no escribimos para quien nos paga, sino para quien nos lee. Y, en una nota de prensa, cuanto antes descubramos qué es noticia, más posibilidades tendremos de que alguien llegue hasta el final.
 

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miércoles, 7 de octubre de 2026

Estar en la oficina no es trabajar

Hay una curiosa costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos trabajador que quien permanece dos horas más.
 
(AZprensa) En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
 
Pero parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente, eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta aumentar la productividad.
 
Por mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
 
No se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
 
Y, por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
 
En otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del tiempo destinado al trabajo.
 
Hasta la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene consecuencias importantes.
 
Cuando una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene, acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial responde: el segundo.
 
Y ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
 
El cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de las personas.
 
Además está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre, desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad, incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
 
Hay, además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
 
Entonces aparece el conocido «presentismo»
 
No basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación para demostrar que estamos dentro.
 
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no es lo mismo.
 
Una empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una jornada también razonable.
 
Para ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente, sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
 
No se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países. Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno permanece sentado en una silla.
 
Porque, al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar de preguntar:
—¿A qué hora te vas?
Deberíamos preguntar:
—¿Has terminado tus objetivos?
Y si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
 
Porque estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y, sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
 

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martes, 6 de octubre de 2026

Saber leer entre líneas

Hay personas que saben leer. Y hay personas que, además, saben leer entre líneas. No es exactamente lo mismo.
 
(AZprensa) Leer consiste, en principio, en descifrar las palabras que alguien ha escrito y entender lo que aparentemente quiere decir. Leer entre líneas exige algo más: prestar atención a lo que no está escrito, a lo que se insinúa, a las intenciones que pueden esconderse detrás de una frase y, en definitiva, descubrir un segundo mensaje que puede estar muy lejos de lo que dicen literalmente las palabras. Porque no siempre las cosas son lo que parecen.
 
Un texto puede hablar de una cosa y estar hablando, en realidad, de otra. Una conversación puede parecer intrascendente y contener una advertencia. Una novela puede contar una historia de amor y estar hablando de soledad. Una película puede mostrarnos violencia, ambición y traiciones y, sin embargo, transmitir un mensaje profundamente humano.
 
El problema es que solemos quedarnos con la primera lectura. Con lo evidente. Con aquello que está escrito en letras grandes. Y quizá nos perdemos precisamente lo más interesante, que suele estar escrito en letra pequeña.
 
Hace algún tiempo tuve una experiencia curiosa con mi propio libro, “La Biblia de Falcon Crest”. Cuando escribí este libro sobre aquella popular serie de televisión, descubrí algo que, visto con cierta perspectiva, resulta bastante sorprendente.
 
Falcon Crest nos presentaba un mundo en el que precisamente no abundaban las virtudes. Sus personajes eran ambiciosos, cínicos, manipuladores y, en muchos casos, bastante amorales. Allí había conspiraciones, venganzas, envidias, traiciones, intereses económicos, infidelidades y luchas por el poder. Los protagonistas podían sonreír mientras estaban preparando la próxima jugada contra alguien. Y cuando parecía que todo estaba resuelto, aparecía otra conspiración para demostrar que, en aquel universo, la tranquilidad era solamente el intervalo entre dos problemas.
 
Y, sin embargo, debajo de todo aquello había otro relato. Al analizar los diálogos y las situaciones de la serie descubrí que, entre líneas, podían encontrarse mensajes muy diferentes de los que aparentemente dominaban la historia: amor, compasión, amistad, fidelidad, honradez, solidaridad, arrepentimiento, perdón... Es decir, precisamente algunos de los valores que encontramos en la Biblia. De ahí el título de mi libro.
 
No estoy diciendo que los guionistas de Falcon Crest se sentaran ante una mesa para decidir: “Hoy vamos a transmitir un mensaje bíblico mediante una familia de millonarios californianos que se dedican a hacerse la vida imposible”. Probablemente no fue así. Quizá algunos de esos mensajes fueron deliberados. Quizá otros surgieron de manera inconsciente. Y quizá fueron los propios conflictos humanos de la historia los que terminaron poniendo de manifiesto, por contraste, aquello que realmente importa.
 
Hay una curiosa paradoja: a veces necesitamos ver lo que está mal para comprender lo que está bien
 
Una traición nos hace valorar la fidelidad. Una mentira nos hace apreciar la verdad. La ambición desmedida nos hace comprender el valor de la generosidad. El odio pone de manifiesto la necesidad del amor. Y cuando contemplamos a alguien que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, descubrimos, precisamente por contraste, la importancia de la amistad y de la lealtad. Eso también es leer entre líneas. Y no ocurre solamente en los libros o en las series de televisión. Ocurre continuamente en nuestra vida.
 
Una persona puede decirnos “haz lo que quieras” y estar diciendo exactamente lo contrario. Alguien puede felicitarnos por una decisión y, por el tono empleado, estar demostrando que no le ha gustado absolutamente nada. Un político puede pronunciar un discurso lleno de palabras aparentemente impecables y dejar entrever otras cosas muy distintas. Una publicidad puede hablarnos de libertad mientras intenta convencernos de que necesitamos comprar algo que hasta ese momento no necesitábamos. Incluso un silencio puede decir más que un discurso.
 
Por eso leer entre líneas requiere algo más que inteligencia. Requiere atención, experiencia y capacidad de observación. Y, sobre todo, exige no aceptar automáticamente la primera interpretación que se nos presenta.
 
Las palabras tienen un significado, pero también tienen un contexto. Una frase aislada puede significar una cosa y esa misma frase, pronunciada en determinadas circunstancias, significar otra completamente distinta.
 
Por eso conviene preguntarse de vez en cuando: “¿Qué me está queriendo decir realmente?”. No para convertirnos en paranoicos que buscan dobles intenciones detrás de cada palabra, porque entonces acabaríamos viendo conspiraciones hasta en la lista de la compra. Se trata simplemente de desarrollar una mirada más profunda y menos ingenua sobre aquello que leemos, escuchamos y observamos.
 
Pero también existe el peligro contrario: leer entre líneas lo que no existe. Una cosa es descubrir un mensaje oculto y otra inventárselo. Una cosa es interpretar y otra proyectar sobre un texto nuestras propias ideas. Leer entre líneas no significa retorcer las palabras hasta conseguir que digan lo que nosotros queremos que digan. Significa prestar atención a las pistas que el propio texto proporciona.
 
Y aquí está, probablemente, lo más interesante: un buen escritor puede conseguir que el lector reciba un mensaje sin darse cuenta de que lo está recibiendo. Puede envolver una idea en una historia. Puede esconder una enseñanza dentro de una conversación. Puede hacer que un personaje diga una cosa mientras sus actos demuestran otra. Puede utilizar la ironía para que comprendamos exactamente lo contrario de lo que aparentemente se afirma.
 
Es una especie de juego de inteligencia entre quien escribe y quien lee. El escritor coloca las piezas. El lector debe descubrir cómo encajan. Y cuando lo consigue, aparece una segunda historia debajo de la primera.
 
Quizá por eso algunos libros envejecen mejor que otros. Los que solamente cuentan una historia pueden entretenernos durante un tiempo. Los que, además, esconden algo debajo de esa historia pueden acompañarnos durante muchos años, porque cada nueva lectura permite descubrir algo que antes no habíamos visto.
 
Con “La Biblia de Falcon Crest” me ocurrió precisamente eso: terminé descubriendo que detrás de un universo aparentemente dominado por la ambición, el dinero, el poder y las intrigas podía encontrarse un mensaje mucho más humano. Quizá sea una buena lección para la vida. No deberíamos quedarnos siempre con lo primero que vemos. Ni con lo primero que escuchamos. Ni siquiera con lo primero que leemos. Porque las palabras son solamente el envoltorio. A veces el verdadero regalo está dentro.
 

Aquella mítica serie de TV de los 80 escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado…
“La Biblia de Falcon Crest”
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