jueves, 22 de octubre de 2026

¿Están más sanos los tacaños?

¿Tienen las personas tacañas una mejor salud cardiovascular? Así creí entenderlo después de leer la noticia sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
(AZprensa) ¿Será posible que los tacaños tengan menos probabilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular? Esta pregunta me asaltó —aunque, afortunadamente, sin llevarse ni un euro de mi cartera— al leer una información publicada en la prensa sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
La noticia hablaba de una relación entre la “capacidad de agarre” y la salud cardiovascular. Y claro, uno, que está acostumbrado a interpretar las cosas a su manera, pensó inmediatamente en esos individuos que tienen una extraordinaria capacidad para agarrarse al dinero y no soltarlo ni aunque les hagan cosquillas.
 
¿Será entonces que los tacaños tienen menos problemas cardiovasculares? ¿Habrá descubierto la ciencia que ser un “agarrao” protege el corazón? Porque, puestos a buscar una explicación, tampoco sería tan descabellado: quizá su preocupación por no gastar un céntimo les lleva a cuidar tanto su salud que consiguen evitar cualquier enfermedad que pueda obligarles a pasar por caja. ¡Con tal de no pagar al médico, son capaces hasta de no ponerse enfermos!
 
Pero leí la información con un poco más de calma y descubrí que la “capacidad de agarre” de la que hablaban los investigadores no tenía absolutamente nada que ver con la capacidad de una persona para agarrarse a sus euros. Se referían, sencillamente, a la fuerza de la mano para sujetar objetos. Y esa fuerza sí parece guardar relación con un mejor estado general de salud.
 
De modo que mi interpretación inicial era completamente errónea. Aunque, bien pensado, tampoco estoy tan seguro de que los investigadores tengan toda la razón al considerar que una buena capacidad de agarre es un indicativo de buena salud.
 
Porque quizá lo que ocurre es justamente al revés: los tacaños han desarrollado una extraordinaria musculatura en las manos de tanto tener el puño cerrado. Llevan toda la vida agarrando las monedas con fuerza, sujetando los billetes como si se los fueran a quitar y apretando la cartera contra el pecho ante cualquier intento de acercamiento. Y así, naturalmente, terminan teniendo una fuerza de agarre envidiable.
 
Lo que ya no está tan claro es que eso tenga algo que ver con su salud cardiovascular. Aunque, si algún día aparece un estudio que demuestre que abrir la mano para pagar mejora la circulación sanguínea, los tacaños tendrán un problema: tendrán que elegir entre conservar la salud… o conservar el dinero. 
Y tratándose de un buen “agarrao”, me temo que ya sé cuál de las dos cosas elegirá.
 

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miércoles, 21 de octubre de 2026

Cuando el nombre del laboratorio es un problema

Algunos laboratorios farmacéuticos tienen en el propio nombre que los identifica uno de sus principales rivales para conseguir algo tan importante como que el público general los identifique y los recuerde: la pronunciación.
 
(AZprensa) Si yo hablo de “peficer”, es posible que muchos no sepan a quién me refiero. Y si digo “fáiser”, quizá otros sí caigan en la cuenta de que estoy hablando de ese desconocido laboratorio líder cuyo nombre se escribe Pfizer. El problema es que, para quien no sabe inglés, ni la escritura ni la pronunciación resultan precisamente intuitivas.
 
Algo parecido sucede con GSK. Muchos se refieren a ella como “geseca”, que es una adaptación perfectamente comprensible de esas tres letras. Pero si uno intenta pronunciar su nombre completo, GlaxoSmithKline, la cosa se complica bastante más. Y si además pretende que un español lo escriba después de haberlo oído, puede comenzar la aventura ortográfica.
 
Hay nombres que ya parecen diseñados para poner a prueba nuestra capacidad de pronunciación. Por ejemplo, Boehringer Ingelheim. En España es frecuente oír toda clase de aproximaciones fonéticas y, cuando alguien tiene que escribirlo después de escucharlo, empieza el verdadero desafío. Algo parecido ocurre con Schering-Plough o, para quienes no estén familiarizados con el inglés, Johnson & Johnson: el nombre puede conocerse perfectamente y, sin embargo, no resultar tan sencillo reproducirlo por escrito después de oírlo.
 
Y luego están aquellos nombres cuya dificultad no está tanto en las consonantes como en saber dónde poner el acento.
 
Un buen ejemplo es AstraZeneca. En español existe la tendencia a pronunciarlo como si fuera una palabra llana, a pesar de que la pronunciación inglesa de este nombre pone el acento en la sílaba “ze”. Por eso, al trasladarlo al español, debería escribirse con acento gráfico en esa sílaba, así: “AstraZéneca”. Puede parecer una cuestión menor, pero cuando un nombre de marca se repite miles de veces en conversaciones, congresos, medios de comunicación y campañas publicitarias, cualquier dificultad de pronunciación termina multiplicándose.
 
En cambio, hay laboratorios que lo tienen bastante más fácil. Bayer, Novartis, Almirall, Sanofi, Roche o Merck son nombres relativamente cortos, fáciles de recordar y, con las correspondientes diferencias de pronunciación según el idioma, bastante sencillos de identificar.
 
Y esto no es una cuestión puramente lingüística. El nombre forma parte de la marca y, por tanto, también forma parte de la comunicación. Una empresa puede invertir millones en publicidad, relaciones públicas, congresos, patrocinios y comunicación corporativa, pero si después el público no sabe pronunciar su nombre o duda sobre cómo escribirlo, habrá levantado una pequeña barrera innecesaria entre la marca y las personas.
 
Además, en la industria farmacéutica existe una circunstancia especialmente importante: sus nombres no se dirigen únicamente a profesionales que conocen perfectamente la compañía, sino que terminan apareciendo en periódicos, informativos, redes sociales, páginas web y conversaciones cotidianas. Cuanto más conocida se hace una compañía, más importante resulta que su nombre sea fácil de identificar, recordar, pronunciar y reproducir.
 
Por eso, cuando se crea un laboratorio y se busca un nombre para la compañía, hay una primera regla de oro que debería tenerse muy presente: además de ser corto, distintivo y fácil de recordar, debería ser también fácil de pronunciar y escribir en el mayor número posible de idiomas.
 
Porque una cosa es tener un nombre internacional y otra muy distinta es conseguir que todo el mundo sepa cómo decirlo. Y si para conseguirlo hay que dar antes un cursillo de fonética, quizá el departamento de marketing debería plantearse si no habría sido más sencillo empezar por cambiar el nombre.
 

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martes, 20 de octubre de 2026

Liderar es confiar: el valor del error

Este artículo se centra en algo tan revolucionario en el mundo de la empresa como la capacidad de liderazgo, la dirección de empleados y la no penalización del error al considerarlo como elemento clave para la formación y el éxito futuro.
 
(AZprensa) Si os fijáis en la valoración de cualquier compañía farmacéutica, comprobaréis que los empleados representan alrededor del 10 por ciento del valor de capitalización de mercado de la compañía. Pero una compañía no es otra cosa que el conjunto de las personas que la forman, y es precisamente el valor intelectual de esas personas lo que hace que una empresa sea realmente valiosa.
 
Por eso resulta, cuando menos, preocupante que no se dé a los empleados todo el valor y reconocimiento que merecen. Despedir a personas con una gran experiencia y conocimiento de la empresa y sustituirlas por otras con una buena titulación, pero faltas de experiencia y conocimiento —tanto de la propia empresa como del sector— y que, a cambio, aceptan salarios más bajos, no es otra cosa que devaluar la compañía.
 
Sustituir a dos empleados experimentados por uno de los nuevos y pretender que este asuma el trabajo de aquellos dos y, además, cumpla sobradamente todos los objetivos, es simplemente una muestra de incompetencia directiva.
 
Cualquier compañía debería construirse alrededor del capital intelectual de las personas que la forman, alrededor del valor contrastado de “su gente”. Y es precisamente ahí donde se demuestra el auténtico liderazgo: en conseguir que una compañía sea un lugar donde todo el mundo quiera entrar a trabajar o colaborar, donde trabajar en ella constituya siempre una primera elección.
 
Para conseguirlo resulta imprescindible crear una atmósfera creativa y entusiasta, en la que los empleados tengan la oportunidad de expresar sus ideas y desarrollar todo su potencial.
 
Delegar no es desentenderse
 
El empowerment, o lo que podríamos llamar delegar con responsabilidad, es algo que —en teoría— forma parte de la política de muchas compañías. Pero, en demasiadas ocasiones, se queda precisamente en eso: en teoría, en palabras que figuran muy bien en los manuales de dirección pero que después rara vez se llevan a la práctica.
 
Porque delegar no consiste simplemente en asignar responsabilidades a los empleados y hacerlos más partícipes de la compañía. Implica desarrollar toda una cultura en la que las personas se sientan cómodas a la hora de tomar decisiones, confiar en los demás y asumir la responsabilidad de las medidas adoptadas.
 
Un directivo debe centrarse en los temas importantes, no pretender controlar hasta el último detalle de lo que hacen sus colaboradores.
 
Delegar con responsabilidad empieza en el momento en que los miembros del equipo directivo depositan realmente su confianza en las personas de la compañía. Y eso conlleva, entre otras cosas, dejar de fiscalizar permanentemente su trabajo, animar a la toma de decisiones y eliminar todos aquellos trabajos, controles y revisiones que no aportan nada.
 
El trabajo de los directivos debería consistir en apoyar a las personas y a los equipos en los asuntos importantes, no en dirigirlos en cada detalle nimio de su actividad.
 
El error también enseña
 
En una compañía que aspire a ser líder deberían quedar desterradas todas aquellas conductas que convierten el trabajo en una búsqueda permanente de culpables.
 
Los empleados deben sentirse libres y animados para tomar decisiones y asumir riesgos, aun sabiendo que algunas veces se equivocarán. Porque el error forma parte del aprendizaje. Naturalmente, hablamos de errores asumibles, no de negligencias o de actuaciones irresponsables. Pero una organización que no permite equivocarse es también una organización que termina por no permitir innovar.
 
Un buen directivo debería dedicar una buena parte de su tiempo al contacto directo y personal con sus empleados. De lo que ellos le digan puede aprender mucho. La forma en que responden a los retos, aquello que les estimula, lo que les preocupa y las dificultades que encuentran son elementos fundamentales para saber cómo dirigir una compañía.
 
Sin confianza en el equipo no hay éxito
 
Para llegar a ese modelo, el camino pasa por el diálogo constante y por unos directivos cuya puerta esté siempre abierta para escuchar a sus empleados, atender sus propuestas y animarles a llevar adelante aquellas iniciativas cuyos fundamentos permitan pensar que pueden llegar a buen puerto.
 
Hay que dejar que la creatividad alcance su plenitud e impulsar a las personas a explorar nuevos límites. Porque si los directivos no confían realmente en su equipo, difícilmente conseguirán que sus integrantes desarrollen todas sus capacidades en beneficio de la compañía.
 
El error forma parte intrínseca del ser humano. Por eso es necesario arriesgar y probar constantemente nuevos métodos y nuevas vías. Si, en lugar de incentivar la creatividad, se fiscalizan todas las actuaciones y los empleados trabajan bajo el temor permanente a ser reprendidos si cometen un error, lo más probable es que dejen de tomar decisiones propias.
 
Y llegará un momento en que nadie se atreva a dar un solo paso sin contar previamente con todas las bendiciones, autorizaciones y firmas correspondientes. Por desgracia, cuando finalmente se consiguen todas esas autorizaciones y apoyos... la oportunidad ya ha pasado y todo el esfuerzo ha sido en balde.
 
Por eso me quedo con aquellos directivos que apuestan por un equipo motivado —y también recompensado de acuerdo con su valía—, al que se permite arriesgar, experimentar y poner en práctica nuevas ideas en un mercado cada día más competitivo y difícil. Porque dirigir no es controlar a las personas. Es conseguir que las personas quieran dar lo mejor de sí mismas. Y para eso hace falta algo tan sencillo —y tan difícil— como confiar en ellas.
 

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lunes, 19 de octubre de 2026

Yo que tú…

Existe una curiosa tendencia que todos tenemos para convertir nuestros propios criterios en normas universales. Nos tomamos como modelo y como centro del universo y –según nosotros- todo debe funcionar tal como nosotros lo deseamos. Convendría mirar esto desde fuera…
 
(AZprensa) «Yo que tú haría...». «Lo que tenías que haber hecho es...». «Tienes que hacer...». «Dile que...». «Vete a...». Son frases que todos hemos pronunciado alguna vez. Y probablemente más de una. Yo también, naturalmente. Porque todos tenemos una cierta tendencia a pensar que, si nosotros sabemos cómo hacer las cosas, los demás deberían hacerlas exactamente igual.
 
Tenemos nuestra manera de pensar, nuestras experiencias, nuestros criterios y nuestras propias soluciones para los problemas de la vida. Y, como además estamos convencidos de que nuestra solución es la correcta, no tardamos demasiado en convertirla en una especie de norma de obligado cumplimiento para los demás.
 
El problema es que los demás no somos nosotros. Lo que a mí me parece evidente puede no parecérselo a otra persona. Lo que yo habría hecho en una determinada situación puede ser precisamente lo último que haría ella. Y lo que desde fuera parece una decisión absurda puede tener razones que desconocemos.
 
Pero nos encanta aconsejar. Nos gusta decir a los demás lo que tienen que hacer, con quién tienen que hablar, qué deben contestar, dónde tienen que ir y hasta lo que deberían haber hecho hace tres días. Y, lo que es todavía más curioso, muchas veces lo hacemos sin que nadie nos haya pedido consejo.
 
Quizá nos vendría bien practicar un poco más la tolerancia y la comprensión. Entender que cada persona tiene derecho a tomar sus propias decisiones, incluso cuando nosotros estamos convencidos de que se está equivocando. Porque también nosotros nos hemos equivocado. Y no pocas veces.
 
Pero si alguien hubiera tomado siempre las decisiones por nosotros, quizá nunca habríamos aprendido de nuestros propios errores. Hay cosas que sólo se aprenden equivocándose. Hay caminos que sólo descubrimos después de haber tomado el equivocado. Y hay decisiones que necesitamos tomar nosotros mismos, aunque sepamos que quizá no sean las mejores.
 
Por eso, la próxima vez que estemos a punto de decir «Yo que tú...», quizá podríamos detenernos un segundo. Tal vez sea mejor preguntarle “por qué” para que nos de su propio razonamiento y así, al hacerlo, quizás se dé cuenta de que existen otros caminos, siendo él quien los descubra y no nosotros quienes se lo marquemos.
 

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domingo, 18 de octubre de 2026

Un instante poético

(Sunday Poetry Corner)
Todos los domingos traemos a este rincón de “Diario AZprensa” un poema y después le pedimos a la IA que haga un “Análisis y Comentario” sobre el mismo. Es interesante no sólo disfrutar del poema, sino también descubrir, a través de la IA, todo lo que puede esconder detrás de unas pocas palabras. Porque un poema no tiene que ser corto ni largo: tiene que transmitir emociones.
 
Por eso hoy hemos elegido uno corto, muy corto, porque en su brevedad y sencillez encierra mucho más contenido del que pudiéramos imaginar. Leerlo es cuestión de dos segundos; asimilarlo... eso ya lleva mucho más tiempo. Y puede acompañarnos —si queremos— durante todo el día, ayudándonos a comprender que este mundo material y esta vida de prisas en la que estamos inmersos quizá no sean más que una diminuta mota de polvo en la inmensidad del universo.
 
HAY TANTOS MUNDOS…
 
«No hay más verdad que la que creo
ni más realidad que la que siento».
 
¿O no será que hay tantos mundos
como tantos son... los pensamientos?
 
ANÁLISIS Y COMENTARIOS
Por ChatGPT
 
Cuatro versos. Apenas unas palabras. Y, sin embargo, detrás de ellos se esconde una pregunta que lleva siglos acompañando al ser humano: ¿existe una realidad única y objetiva o cada uno de nosotros construye su propia realidad a partir de lo que piensa y siente?
 
El poema comienza con dos afirmaciones rotundas:
«No hay más verdad que la que creo
ni más realidad que la que siento».
La primera lectura podría llevarnos a pensar que el autor está defendiendo una especie de verdad absolutamente personal: aquello que yo creo sería mi verdad y aquello que siento constituiría mi realidad. Pero inmediatamente aparece la duda.
«¿O no será que…?»
Y esas tres palabras cambian completamente el sentido del poema. Ya no estamos ante una afirmación, sino ante una invitación a reflexionar. Porque quizá no exista un único mundo interior. Quizá cada persona viva en un mundo diferente, construido con sus recuerdos, sus experiencias, sus ilusiones, sus miedos, sus deseos y, sobre todo, sus pensamientos.
 
Dos personas pueden contemplar exactamente el mismo paisaje y ver cosas completamente diferentes. Pueden vivir la misma experiencia y recordarla de manera distinta. Pueden escuchar las mismas palabras y sentirse heridas, emocionadas o indiferentes. El hecho es el mismo; la vivencia, no.
 
Y ahí aparece la gran pregunta que plantea el poema:
«¿O no será que hay tantos mundos
como tantos son... los pensamientos?»
El autor no dice que existan tantos mundos físicos como personas. Habla de algo mucho más cercano: nuestros mundos interiores. Cada pensamiento abre una posibilidad. Cada persona interpreta la realidad desde su propia perspectiva. Y cada perspectiva crea, de alguna manera, un mundo diferente.
 
Esto nos lleva además a una reflexión sobre la tolerancia. Si cada uno de nosotros contempla la realidad desde un lugar distinto, quizá deberíamos ser algo más prudentes cuando afirmamos que nuestra verdad es «la verdad» y que nuestra manera de ver las cosas es la única posible. Tal vez el mundo que yo veo no sea el mundo. Sea simplemente mi mundo. Y el que ve el otro tampoco tiene por qué ser el mismo que veo yo. Es «su mundo». Lo extraordinario es que todos esos mundos pueden coexistir al mismo tiempo, aunque cada uno de nosotros esté convencido de habitar el verdadero.
 
El poema también tiene una lectura más profunda, casi filosófica. Nos recuerda que entre la realidad exterior y nuestra percepción de ella existe un filtro: nosotros mismos. No vivimos únicamente los acontecimientos; vivimos la interpretación que hacemos de ellos. Por eso una misma circunstancia puede hacer feliz a una persona y desgraciada a otra. No siempre cambia la realidad. A veces cambia la mirada. Y quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas de estos cuatro versos: no podemos elegir todas las cosas que nos suceden, pero sí podemos intentar elegir la manera en que las miramos.
 
Al final, el poema nos devuelve a esa inmensidad del universo que mencionábamos al principio. Frente a miles de millones de estrellas, galaxias, planetas y mundos que ni siquiera podemos imaginar, nuestros problemas cotidianos parecen diminutos. Pero, al mismo tiempo, dentro de cada uno de nosotros existe otro universo igualmente complejo: el de nuestros pensamientos. Puede que seamos una mota de polvo en el universo. Pero una mota de polvo capaz de pensar, de sentir y de construir mundos. Y quizá por eso, después de leer este pequeño poema, ya no parezca tan pequeño.
 

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