sábado, 24 de octubre de 2026

Una tranquila velada familiar

No hay nada como una tranquila velada familiar. Y, si no, que se lo digan a los personajes de aquella mítica serie de televisión de los años ochenta “Falcon Crest”.
 




























(AZprensa) Cuando me encontré con este árbol de relaciones familiares, me quedé admirado ante el excelente trabajo realizado por quien se tomó la paciencia de poner un poco de orden en semejante laberinto genealógico. Gracias a él podemos seguir los sucesivos matrimonios, divorcios y viudedades de cada protagonista; las relaciones de parentesco, tanto legítimas como ilegítimas; los hijos que aparecen por aquí y por allá; y los insólitos cruces de relaciones entre las distintas familias. Todo ello perfectamente encajado en un auténtico rompecabezas familiar. Una verdadera obra de arte.
 
Porque en Falcon Crest averiguar quién estaba con quién no era precisamente tarea sencilla. Uno se casaba con una persona, se divorciaba, volvía a casarse con otra, que a su vez ya había estado casada con un tercero... y, por supuesto, siempre podía aparecer un hijo legítimo o ilegítimo que complicara un poco más las cosas.
 
Aunque no hayas visto ningún episodio de la serie —estuvo en antena durante nueve temporadas y después se emitió en numerosas reposiciones—, puedes pasar un buen rato siguiendo las flechas de este peculiar “árbol genealógico y de relaciones”, tratando de averiguar quién está con quién, quién estuvo antes con quién, qué parentesco tiene este con aquel y por qué demonios todos parecen estar relacionados con todos.
 
En realidad, más que un árbol genealógico, parece uno de esos pasatiempos en los que hay que seguir las líneas para descubrir dónde terminan. Así que, si alguna vez pensaste que organizar una tranquila velada familiar era algo sencillo, quizá después de echar un vistazo a este árbol cambies de opinión. Y, sobre todo, agradecerás que el árbol genealógico de tu familia no se parezca al de Falcon Crest.
 

Aquella mítica serie de televisión de los ochenta escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado.
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viernes, 23 de octubre de 2026

Ciencia para descubrir lo evidente

Hay estudios científicos realizados sobre una amplia muestra de personas, que suponen un gran trabajo y un alto coste… que podrían haberse ahorrado, porque las conclusiones ya las conocemos todos sin necesidad de ninguna investigación que lo certifique. He aquí una muestra…
 
(AZprensa) Según un estudio realizado hace unos años sobre más de 11.000 mujeres embarazadas, se demostró con todo el rigor científico que las personas que tenían un perro tenían aproximadamente un 50 por ciento más de probabilidades de alcanzar la cantidad recomendada de ejercicio diario —unos 30 minutos caminando a paso ligero— que aquellas que no tenían perro.
 
La verdad es que, al conocer este descubrimiento, uno no puede dejar de preguntarse cuánto dinero y cuánto trabajo costó llegar a semejante conclusión. Porque, si para demostrar que tener un perro hace que uno camine más hay que estudiar a más de 11.000 personas, quizá lo que necesitábamos no era un estudio científico, sino simplemente tener un perro.
 
Cualquiera que haya tenido uno sabe perfectamente cómo funciona el asunto. El perro no entiende de sedentarismo, pereza ni días de descanso. Llega la hora del paseo y ahí está, mirándote fijamente, moviendo la cola y recordándote —sin necesidad de palabras— que hay un compromiso ineludible. Y si uno intenta hacerse el distraído, el perro insiste. Y si sigue sin hacerle caso, insiste un poco más. Y si tampoco funciona, siempre queda el recurso de coger la correa y mirarte como diciendo: «¿Nos vamos o tengo que presentar una reclamación?».
 
Así que no hace falta ser investigador para llegar a la conclusión de que un perro es una especie de entrenador personal que no cobra, no acepta excusas y, además, se alegra muchísimo de verte.
 
Pero los investigadores no se quedaron ahí. Al parecer, no contentos con haber descubierto que los propietarios de perros caminan más, anunciaron que querían realizar otro estudio para averiguar “por qué los propietarios de perros grandes caminan más rápidamente, en comparación con los propietarios de perros pequeños”, según declaró la doctora Sandra McCune, directora del Programa de Investigación de Mars Petcare.
 
Y aquí es donde la ciencia vuelve a sorprendernos.
 
Porque, sinceramente, ¿de verdad hacía falta otro estudio para descubrirlo? ¿Nadie se había fijado en que los perros grandes tienen más fuerza y las patas más largas que los perros pequeños?
 
Es bastante probable que un mastín tirando de la correa tenga una opinión muy diferente sobre la velocidad del paseo que un chihuahua. Y si el primero decide que ha llegado el momento de caminar, el propietario quizá no tenga más remedio que acompañarle… a la velocidad que marque el perro.
 
De hecho, puestos a investigar, yo propondría un estudio mucho más ambicioso: averiguar por qué los propietarios de perros grandes, cuando llegan a casa, tienen a veces la sensación de haber hecho 30 minutos de ejercicio de alta intensidad, mientras que el perro parece dispuesto a salir otra vez.
 
Aunque sospecho que, para resolver este último misterio, tampoco harán falta 11.000 voluntarios. Bastará con preguntarle al perro.
 

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jueves, 22 de octubre de 2026

¿Están más sanos los tacaños?

¿Tienen las personas tacañas una mejor salud cardiovascular? Así creí entenderlo después de leer la noticia sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
(AZprensa) ¿Será posible que los tacaños tengan menos probabilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular? Esta pregunta me asaltó —aunque, afortunadamente, sin llevarse ni un euro de mi cartera— al leer una información publicada en la prensa sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
La noticia hablaba de una relación entre la “capacidad de agarre” y la salud cardiovascular. Y claro, uno, que está acostumbrado a interpretar las cosas a su manera, pensó inmediatamente en esos individuos que tienen una extraordinaria capacidad para agarrarse al dinero y no soltarlo ni aunque les hagan cosquillas.
 
¿Será entonces que los tacaños tienen menos problemas cardiovasculares? ¿Habrá descubierto la ciencia que ser un “agarrao” protege el corazón? Porque, puestos a buscar una explicación, tampoco sería tan descabellado: quizá su preocupación por no gastar un céntimo les lleva a cuidar tanto su salud que consiguen evitar cualquier enfermedad que pueda obligarles a pasar por caja. ¡Con tal de no pagar al médico, son capaces hasta de no ponerse enfermos!
 
Pero leí la información con un poco más de calma y descubrí que la “capacidad de agarre” de la que hablaban los investigadores no tenía absolutamente nada que ver con la capacidad de una persona para agarrarse a sus euros. Se referían, sencillamente, a la fuerza de la mano para sujetar objetos. Y esa fuerza sí parece guardar relación con un mejor estado general de salud.
 
De modo que mi interpretación inicial era completamente errónea. Aunque, bien pensado, tampoco estoy tan seguro de que los investigadores tengan toda la razón al considerar que una buena capacidad de agarre es un indicativo de buena salud.
 
Porque quizá lo que ocurre es justamente al revés: los tacaños han desarrollado una extraordinaria musculatura en las manos de tanto tener el puño cerrado. Llevan toda la vida agarrando las monedas con fuerza, sujetando los billetes como si se los fueran a quitar y apretando la cartera contra el pecho ante cualquier intento de acercamiento. Y así, naturalmente, terminan teniendo una fuerza de agarre envidiable.
 
Lo que ya no está tan claro es que eso tenga algo que ver con su salud cardiovascular. Aunque, si algún día aparece un estudio que demuestre que abrir la mano para pagar mejora la circulación sanguínea, los tacaños tendrán un problema: tendrán que elegir entre conservar la salud… o conservar el dinero. 
Y tratándose de un buen “agarrao”, me temo que ya sé cuál de las dos cosas elegirá.
 

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miércoles, 21 de octubre de 2026

Cuando el nombre del laboratorio es un problema

Algunos laboratorios farmacéuticos tienen en el propio nombre que los identifica uno de sus principales rivales para conseguir algo tan importante como que el público general los identifique y los recuerde: la pronunciación.
 
(AZprensa) Si yo hablo de “peficer”, es posible que muchos no sepan a quién me refiero. Y si digo “fáiser”, quizá otros sí caigan en la cuenta de que estoy hablando de ese desconocido laboratorio líder cuyo nombre se escribe Pfizer. El problema es que, para quien no sabe inglés, ni la escritura ni la pronunciación resultan precisamente intuitivas.
 
Algo parecido sucede con GSK. Muchos se refieren a ella como “geseca”, que es una adaptación perfectamente comprensible de esas tres letras. Pero si uno intenta pronunciar su nombre completo, GlaxoSmithKline, la cosa se complica bastante más. Y si además pretende que un español lo escriba después de haberlo oído, puede comenzar la aventura ortográfica.
 
Hay nombres que ya parecen diseñados para poner a prueba nuestra capacidad de pronunciación. Por ejemplo, Boehringer Ingelheim. En España es frecuente oír toda clase de aproximaciones fonéticas y, cuando alguien tiene que escribirlo después de escucharlo, empieza el verdadero desafío. Algo parecido ocurre con Schering-Plough o, para quienes no estén familiarizados con el inglés, Johnson & Johnson: el nombre puede conocerse perfectamente y, sin embargo, no resultar tan sencillo reproducirlo por escrito después de oírlo.
 
Y luego están aquellos nombres cuya dificultad no está tanto en las consonantes como en saber dónde poner el acento.
 
Un buen ejemplo es AstraZeneca. En español existe la tendencia a pronunciarlo como si fuera una palabra llana, a pesar de que la pronunciación inglesa de este nombre pone el acento en la sílaba “ze”. Por eso, al trasladarlo al español, debería escribirse con acento gráfico en esa sílaba, así: “AstraZéneca”. Puede parecer una cuestión menor, pero cuando un nombre de marca se repite miles de veces en conversaciones, congresos, medios de comunicación y campañas publicitarias, cualquier dificultad de pronunciación termina multiplicándose.
 
En cambio, hay laboratorios que lo tienen bastante más fácil. Bayer, Novartis, Almirall, Sanofi, Roche o Merck son nombres relativamente cortos, fáciles de recordar y, con las correspondientes diferencias de pronunciación según el idioma, bastante sencillos de identificar.
 
Y esto no es una cuestión puramente lingüística. El nombre forma parte de la marca y, por tanto, también forma parte de la comunicación. Una empresa puede invertir millones en publicidad, relaciones públicas, congresos, patrocinios y comunicación corporativa, pero si después el público no sabe pronunciar su nombre o duda sobre cómo escribirlo, habrá levantado una pequeña barrera innecesaria entre la marca y las personas.
 
Además, en la industria farmacéutica existe una circunstancia especialmente importante: sus nombres no se dirigen únicamente a profesionales que conocen perfectamente la compañía, sino que terminan apareciendo en periódicos, informativos, redes sociales, páginas web y conversaciones cotidianas. Cuanto más conocida se hace una compañía, más importante resulta que su nombre sea fácil de identificar, recordar, pronunciar y reproducir.
 
Por eso, cuando se crea un laboratorio y se busca un nombre para la compañía, hay una primera regla de oro que debería tenerse muy presente: además de ser corto, distintivo y fácil de recordar, debería ser también fácil de pronunciar y escribir en el mayor número posible de idiomas.
 
Porque una cosa es tener un nombre internacional y otra muy distinta es conseguir que todo el mundo sepa cómo decirlo. Y si para conseguirlo hay que dar antes un cursillo de fonética, quizá el departamento de marketing debería plantearse si no habría sido más sencillo empezar por cambiar el nombre.
 

La historia de la industria farmacéutica a través de uno de sus grandes laboratorios…
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martes, 20 de octubre de 2026

Liderar es confiar: el valor del error

Este artículo se centra en algo tan revolucionario en el mundo de la empresa como la capacidad de liderazgo, la dirección de empleados y la no penalización del error al considerarlo como elemento clave para la formación y el éxito futuro.
 
(AZprensa) Si os fijáis en la valoración de cualquier compañía farmacéutica, comprobaréis que los empleados representan alrededor del 10 por ciento del valor de capitalización de mercado de la compañía. Pero una compañía no es otra cosa que el conjunto de las personas que la forman, y es precisamente el valor intelectual de esas personas lo que hace que una empresa sea realmente valiosa.
 
Por eso resulta, cuando menos, preocupante que no se dé a los empleados todo el valor y reconocimiento que merecen. Despedir a personas con una gran experiencia y conocimiento de la empresa y sustituirlas por otras con una buena titulación, pero faltas de experiencia y conocimiento —tanto de la propia empresa como del sector— y que, a cambio, aceptan salarios más bajos, no es otra cosa que devaluar la compañía.
 
Sustituir a dos empleados experimentados por uno de los nuevos y pretender que este asuma el trabajo de aquellos dos y, además, cumpla sobradamente todos los objetivos, es simplemente una muestra de incompetencia directiva.
 
Cualquier compañía debería construirse alrededor del capital intelectual de las personas que la forman, alrededor del valor contrastado de “su gente”. Y es precisamente ahí donde se demuestra el auténtico liderazgo: en conseguir que una compañía sea un lugar donde todo el mundo quiera entrar a trabajar o colaborar, donde trabajar en ella constituya siempre una primera elección.
 
Para conseguirlo resulta imprescindible crear una atmósfera creativa y entusiasta, en la que los empleados tengan la oportunidad de expresar sus ideas y desarrollar todo su potencial.
 
Delegar no es desentenderse
 
El empowerment, o lo que podríamos llamar delegar con responsabilidad, es algo que —en teoría— forma parte de la política de muchas compañías. Pero, en demasiadas ocasiones, se queda precisamente en eso: en teoría, en palabras que figuran muy bien en los manuales de dirección pero que después rara vez se llevan a la práctica.
 
Porque delegar no consiste simplemente en asignar responsabilidades a los empleados y hacerlos más partícipes de la compañía. Implica desarrollar toda una cultura en la que las personas se sientan cómodas a la hora de tomar decisiones, confiar en los demás y asumir la responsabilidad de las medidas adoptadas.
 
Un directivo debe centrarse en los temas importantes, no pretender controlar hasta el último detalle de lo que hacen sus colaboradores.
 
Delegar con responsabilidad empieza en el momento en que los miembros del equipo directivo depositan realmente su confianza en las personas de la compañía. Y eso conlleva, entre otras cosas, dejar de fiscalizar permanentemente su trabajo, animar a la toma de decisiones y eliminar todos aquellos trabajos, controles y revisiones que no aportan nada.
 
El trabajo de los directivos debería consistir en apoyar a las personas y a los equipos en los asuntos importantes, no en dirigirlos en cada detalle nimio de su actividad.
 
El error también enseña
 
En una compañía que aspire a ser líder deberían quedar desterradas todas aquellas conductas que convierten el trabajo en una búsqueda permanente de culpables.
 
Los empleados deben sentirse libres y animados para tomar decisiones y asumir riesgos, aun sabiendo que algunas veces se equivocarán. Porque el error forma parte del aprendizaje. Naturalmente, hablamos de errores asumibles, no de negligencias o de actuaciones irresponsables. Pero una organización que no permite equivocarse es también una organización que termina por no permitir innovar.
 
Un buen directivo debería dedicar una buena parte de su tiempo al contacto directo y personal con sus empleados. De lo que ellos le digan puede aprender mucho. La forma en que responden a los retos, aquello que les estimula, lo que les preocupa y las dificultades que encuentran son elementos fundamentales para saber cómo dirigir una compañía.
 
Sin confianza en el equipo no hay éxito
 
Para llegar a ese modelo, el camino pasa por el diálogo constante y por unos directivos cuya puerta esté siempre abierta para escuchar a sus empleados, atender sus propuestas y animarles a llevar adelante aquellas iniciativas cuyos fundamentos permitan pensar que pueden llegar a buen puerto.
 
Hay que dejar que la creatividad alcance su plenitud e impulsar a las personas a explorar nuevos límites. Porque si los directivos no confían realmente en su equipo, difícilmente conseguirán que sus integrantes desarrollen todas sus capacidades en beneficio de la compañía.
 
El error forma parte intrínseca del ser humano. Por eso es necesario arriesgar y probar constantemente nuevos métodos y nuevas vías. Si, en lugar de incentivar la creatividad, se fiscalizan todas las actuaciones y los empleados trabajan bajo el temor permanente a ser reprendidos si cometen un error, lo más probable es que dejen de tomar decisiones propias.
 
Y llegará un momento en que nadie se atreva a dar un solo paso sin contar previamente con todas las bendiciones, autorizaciones y firmas correspondientes. Por desgracia, cuando finalmente se consiguen todas esas autorizaciones y apoyos... la oportunidad ya ha pasado y todo el esfuerzo ha sido en balde.
 
Por eso me quedo con aquellos directivos que apuestan por un equipo motivado —y también recompensado de acuerdo con su valía—, al que se permite arriesgar, experimentar y poner en práctica nuevas ideas en un mercado cada día más competitivo y difícil. Porque dirigir no es controlar a las personas. Es conseguir que las personas quieran dar lo mejor de sí mismas. Y para eso hace falta algo tan sencillo —y tan difícil— como confiar en ellas.
 

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