miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las cinco claves de un buen directivo

¿Cuáles son las claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
 
(AZprensa) Nada hay más gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de turno siente hacia sus empleados.
 
Dirigir no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
 
A mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo, aunque no siempre fácil de aplicar.
 
Primero: definir con claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está correctamente definida.
 
Segundo: elegir por capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio profesional.
 
Tercero: explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos. No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado las herramientas para obtenerlos.
 
Cuarto: confiar y delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la que se ha encomendado una responsabilidad.
 
Siempre he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones, incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado, sino él mismo por haberlo elegido.
 
Un directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus colaboradores, debe dejarles trabajar.
 
Y quinto: exigir resultados.
 
Porque delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas presentaciones y prometedores planes de futuro.
 
Y si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se olvide de lo más importante.
 
Los resultados.
 
Un proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una buena gestión.
 
Por eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar en consecuencia.
 
En definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que pedirle cuentas por lo que ha hecho.
 
Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien, confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las palabras.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando todo el mundo entiende de comunicación

Si hay algo en las empresas de lo que todo el mundo cree saber mucho y ser un experto, es en lo relativo a la Comunicación. Y ese creer que se sabe todo conduce a graves perjuicios para las empresas o cuando menos a desaprovechar oportunidades y recursos.
 
(AZprensa) En el mundo de la comunicación, como en tantas otras profesiones, abundan los que opinan sin tener los conocimientos necesarios. Personas que, sin experiencia ni formación específica, se sienten autorizadas para dictar sentencia sobre el trabajo ajeno y, además, lo hacen con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad. Frente a ellas, los profesionales debemos aprender a distinguir entre una crítica fundamentada y una simple opinión, por muy contundente que esta se presente.
 
Recuerdo una anécdota que me sucedió hace ya muchos años y cuya veracidad puedo garantizar. Una empresa tenía vacante el puesto de jefe de Publicidad y, mientras se incorporaba el nuevo responsable, decidió encomendar temporalmente aquellas funciones a un product manager. Lo que inicialmente debía ser una solución provisional terminó prolongándose durante casi un año.
 
Cuando finalmente dejó el puesto interino, aquel responsable se mostró orgullosísimo de su gestión. Su gran logro, según él, había sido conseguir un ahorro del 80 % del presupuesto publicitario. “He conseguido ahorrar el 80 % del presupuesto”, proclamó, satisfecho. La explicación de semejante hazaña era mucho más sencilla de lo que cabía imaginar: no había hecho prácticamente nada.
 
Aquel product manager había considerado la inversión publicitaria un gasto prescindible. Sin experiencia suficiente en la materia y, probablemente, ante el temor de equivocarse y recibir críticas, optó por la solución más cómoda: no hacer nada. De ese modo, nadie podría reprocharle una campaña mal planteada, una decisión desacertada o una inversión poco rentable.
 
El resultado fue un ahorro contable, sí, pero también la renuncia a cualquier posible beneficio que una estrategia publicitaria bien diseñada pudiera haber aportado a la empresa. Porque no gastar no equivale necesariamente a gestionar bien, del mismo modo que invertir no significa derrochar.
 
Esta anécdota me viene a la memoria cada vez que escucho determinadas críticas dirigidas contra quienes trabajan en Comunicación o Publicidad. Y es que, a diferencia de lo que sucede en otras áreas profesionales, parece que en estas disciplinas todo el mundo tiene algo que decir. Cualquiera se considera capaz de juzgar una campaña, cuestionar una estrategia, valorar el trabajo de un gabinete de prensa o decidir cuánto debería invertirse en publicidad. A veces basta con haber visto un anuncio o haber leído una nota de prensa para sentirse capacitado para impartir una lección magistral.
 
Hace poco, al escuchar algunas críticas sobre el trabajo que estaba desarrollando un profesional, recordé aquella conocida expresión: «Ladran, luego cabalgamos». Aunque la frase suele utilizarse para restar importancia a los ataques, conviene interpretarla con cierta prudencia: no toda crítica demuestra que estemos haciendo bien las cosas, pero tampoco toda crítica merece nuestra atención.
 
A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de conversar con numerosos compañeros de profesión sobre los asuntos más diversos relacionados con nuestro trabajo. Hemos compartido experiencias, debatido estrategias y contrastado opiniones, en ocasiones coincidentes y en otras completamente opuestas. De ese intercambio siempre ha surgido un enriquecimiento mutuo.
 
Las opiniones de quienes conocen una profesión desde dentro tienen un valor especial. No porque sean infalibles, sino porque parten de la formación, la experiencia y el conocimiento de situaciones reales. Son puntos de vista que pueden ayudarnos a detectar errores, descubrir nuevas posibilidades y mejorar nuestro trabajo. Por eso merecen ser escuchados, incluso cuando resultan incómodos.
 
La crítica constructiva, venga de un colega o de alguien ajeno a la profesión, puede ser útil. Lo que carece de sentido es conceder el mismo valor a una opinión fundamentada que a un juicio emitido desde el desconocimiento. Y también sería un error que los profesionales nos encerráramos en una torre de marfil, despreciando cualquier observación externa.
 
La clave está en saber distinguir. Escuchar cuando hay algo que aprender y no dejarse arrastrar por el ruido cuando solo hay prejuicios, desconocimiento o ganas de sentar cátedra.
 
Porque en Comunicación y Publicidad, como en la medicina, la ingeniería o el derecho, la experiencia y la preparación no son adornos: son las herramientas con las que se ejerce una profesión.
 
Y, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, saber de todo un poco no convierte a nadie en experto en nada.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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lunes, 28 de septiembre de 2026

¡ARRG! ¡GRRR! ¡FUUU! ¡MMPFH!

(AZprensa)
Como hoy es 28 de septiembre quiero compartir con vosotros la siguiente información:
 
¡ARG! o ¡ARRG!.- Esta onomatopeya es la que se usa más frecuentemente para expresar de forma escrita un grito de rabia.
 
¡AAAAARRRRGH!.- Si lo que quieres expresar es un grito muy fuerte, desesperado y lleno de furia, esta sería la forma correcta.
 
¡GRRR!.- En cambio, para expresar un enojo más moderado, similar al gruñido de un animal, esta onomatopeya se ajusta perfectamente.
 
¡FUUU!.- No se parece mucho a los anteriores, pero se utiliza mucho en Internet y en los comics cuando se quiere expresar una rabia provocada por una gran frustración.
 
¡MMPFH!.- Y esta otra, que parece difícil de pronunciar, se explica porque expresa un grito de rabia reprimido, como cuando te tapas la boca y casi gritas para tus adentros.
 
“Pero bueno, ¿y a cuento de qué viene todo esto?”, te preguntarás. Pues muy sencillo, ¿o es que no te habías enterado que hoy, 28 de septiembre, se celebra el “Día Mundial de la Rabia”?
 
… ¿Ah? ¿Que no es eso? ¿Que se refiere a un Día Mundial para concienciar sobre la prevención de la enfermedad de la rabia y recordar la importancia de vacunar a los animales?
 
…Bueno, pues por lo menos ya me he desahogado.
 

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domingo, 27 de septiembre de 2026

Sentir

(Sunday Poetry Corner)
Decía mi maestro, Manuel Prieto Peromingo, que “Hoy día, esto de SENTIR, es un privilegio que abunda poco”. Por eso quiero invitarte, en este rincón dominical de la poesía, a que tú también disfrutes de ese privilegio. 

Este sencillo poema –del que al final podrás leer un comentario realizado por la IA Gemini- te invita a algo tan sencillo como cerrar los ojos por un momento y sentir la vida, sentirte vivo, y sentir cómo la barrera entre la realidad y los sueños se desvanece.
 
POR UN MOMENTO
 
Por un momento cierro los ojos y me siento libre.
Mi pensamiento vuela y distorsiona en mil figuras
e inconclusas vueltas.
No hay que rendir cuentas,
no hay plazos ni proyectos.
Solo cierro los ojos y siento.
Algo vibra y da calor y me abraza con ternura;
es la vida, energía pura,
que ilumina mi interior.
 
Por un momento cierro los ojos y siento
que la vida es un sueño
y estamos solos los dos.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Gemini
 
La suspensión del tiempo y la caricia interior en "Por un momento"
 
Bajo la sabia premisa de que sentir se ha convertido hoy en un privilegio escaso, el poema "Por un momento" actúa como un oasis de tregua frente al frenesí de la realidad. En apenas dos estrofas de tono íntimo, el texto construye un ritual de repliegue hacia lo esencial, donde el mundo exterior se desvanece para dar paso al latido más puro de la conciencia.
 
Análisis formal y claves temáticas
 
La ruptura con la tiranía del tiempo útil: El poema arranca con una declaración de intenciones rotunda: "Por un momento cierro los ojos y me siento libre". El verbo "cerrar" no implica una huida cobarde, sino un acto de lucidez voluntaria. Al despojarse de los "plazos", los "proyectos" y la obligación de "rendir cuentas", el sujeto lírico suspende las exigencias de la vida moderna. El pensamiento vuela entonces libremente, permitiéndose la imperfección de las "inconclusas vueltas".
 
La epifanía de la energía vital: En el centro del poema se produce un tránsito sutil desde la quietud mental hacia una calidez física y espiritual: "Algo vibra y da calor y me abraza con ternura; / es la vida, energía pura, / que ilumina mi interior". La vida deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una fuerza envolvente, una caricia íntima que disipa la frialdad exterior desde dentro.
 
El cierre y la comunión onírica: Los versos finales desplazan el foco de la individualidad solitaria hacia una complicidad compartida y trascendente: "Por un momento cierro los ojos y siento / que la vida es un sueño / y estamos solos los dos". La frontera entre la vigilia y el ensueño se difumina por completo. El "tú" implícito o el refugio del otro se integran en esa burbuja de paz, demostrando que la cumbre de la libertad íntima no es la soledad absoluta, sino el encuentro con el otro en el umbral del sueño.
 
Una reflexión final
 
"Por un momento" es una delicada invitación a reivindicar el derecho a detener el reloj. Con un ritmo pausado y una sencillez formal que desarma, el poema nos recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en la agitación del mundo, sino en la capacidad de cerrar los ojos, habitar nuestro propio interior y rescatar, aunque sea por un instante, la milagrosa sensación de estar vivos.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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sábado, 26 de septiembre de 2026

Daimiel voló más alto que nadie… pero sólo cuatro horas

Poco a poco se van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha sólo mira al cielo para ver si llueve.
 
(AZprensa) En 2011 escribí que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China- porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
 
El 8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
 
La misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29 kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno, aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
 
Y entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño, manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
 
Aquello pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si, durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
 
Pero no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
 
Es decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de lanzamiento.
 
Así que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para mandar una cámara a la estratosfera.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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