El ser humano es
la única especie capaz de empaquetar una pésima noticia bajo el celofán del
progreso científico. Llevamos décadas escuchando a los demógrafos y a los
sucesivos gobiernos congratularse por el constante aumento de la esperanza de
vida. Sin embargo, en los despachos del poder, cada año de vida ganado por la
población no se celebra con champán, sino con un sudor frío en el Ministerio de
Hacienda.
(AZprensa) Por si nos
fallaba la memoria, conviene recordar que fue precisamente el Ejecutivo de Rodríguez
Zapatero el que asestó un hachazo al estado de bienestar al ligar por ley la
edad de jubilación a futuras reformas automáticas que la retrasarían al compás
del estiramiento de la longevidad.
Bajo
esta fisonomía matemática, el axioma es perverso: cuanto más tardemos en
estirar la pata, más tarde cobraremos la pensión. Pero bajo el flexo de la
lógica más elemental surge una pregunta tan seria como incómoda: ¿por qué los
políticos hablan siempre de «esperanza de vida» en lugar de evaluar la «calidad
de vida»?
La paradoja de
los mil años atrás: Jubilados a los 40 y en plenitud
Para
entender el monumental sinsentido de este sistema regulatorio, basta con
realizar un sencillo ejercicio de reducción al absurdo y viajar en el tiempo.
Imaginemos por un instante que esta genialidad contable se hubiese aprobado
hace un milenio, en plena Edad Media. Por aquel entonces, debido a las guerras
constantes, las hambrunas, las epidemias y la lógica ausencia de antibióticos o
tecnología biomédica, la esperanza de vida apenas rozaba los 50 años.
Si
aplicáramos la regla proporcional de nuestros gobernantes actuales, la edad de
jubilación obligatoria en el año 1026 se habría fijado en torno a los 38 o 40
años. Los siervos de la gleba se habrían retirado del arado en una absoluta
plenitud física, listos para disfrutar de una década de asados, vino y descanso
con la espalda intacta. Visto así, el pasado medieval parece un oasis de
justicia laboral comparado con el porvenir que nos diseñan.
El futuro de la
oficina: Un asilo laboral
Hoy
en día, la realidad médica es bien distinta. Es innegable que la ciencia nos
mantiene vivos durante más tiempo, pero los últimos años de esa prórroga
cronológica no suelen ser una extensión de la juventud, sino una etapa marcada
por la decrepitud, los achaques y la dependencia.
Si
la tendencia actual no se frena, el panorama de las próximas décadas va a rozar
la comedia distópica. Cuando la esperanza de vida se consolide en los 90 años,
las oficinas, las fábricas y los comercios se verán inundados por una multitud
de entrañables vejestorios de setenta y muchos años que tendrán que arrastrarse
al puesto de trabajo ayudados por un bastón o un andador. Imaginen la escena:
reuniones de empresa interrumpidas por la alarma del Sintrom y pantallas de
ordenador configuradas con la letra al tamaño de un cartel publicitario.
Conclusión: Una
perspectiva celestial para los jóvenes
El
sistema de pensiones actual es una contradicción constante que penaliza la
salud del trabajador en nombre de la sostenibilidad contable. Sin embargo, y
llegados a este punto, yo miro este porvenir con una tranquilidad absoluta.
Cuando ese colapso de septuagenarios en la oficina se materialice, un servidor
ya se habrá mudado de barrio y estará
plácidamente saltando de nube en nube por el cielo, disfrutando del merecido
descanso eterno. Pero a vosotros, los jóvenes, que vais a tener que seguir
soportando durante mucho tiempo a esta estirpe de políticos inútiles que nos
gobiernan... qué queréis que os diga: lo lleváis crudo. Así que ya podéis ir
ahorrando para compraron un bastón ergonómico.
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