viernes, 26 de junio de 2026

¿Financiar tratamientos para dejar de fumar? ¿Factura pública para decisión privada?

(AZprensa)
¿Debe el Estado costear con cargo a los impuestos colectivos los tratamientos farmacológicos y terapéuticos para dejar de fumar? Si analizamos la fisonomía del problema con rigor económico y realismo social, dejando a un lado la demagogia biempensante, la respuesta debe ser un rotundo e inapelable «NO».
 
Para sostener esta postura, alejada de las verdades absolutas, pero cimentada en la lógica de la responsabilidad, conviene desglosar una serie de realidades objetivas que a menudo se pretenden camuflar bajo el paraguas del asistencialismo estatal.
 
La voluntariedad del hábito: El reverso de la enfermedad sobrevenida
 
En primer lugar, es imperativo establecer una distinción ética y clínica fundamental. El acto de fumar es una decisión estrictamente voluntaria y continuada en el tiempo; no nos encontramos ante una patología imprevista o una afección sobrevenida por sorpresa o por un revés incontrolable de la biología.
 
Quien enciende un cigarrillo día tras día conoce perfectamente las advertencias explícitas impresas en las cajetillas y los riesgos epidemiológicos asociados. Si el tabaco termina enfermando el organismo, es la consecuencia directa de una conducta buscada y mantenida de forma individual. ¿Es justo que el contribuyente financie la rectificación de una imprudencia deliberada?
 
Un sistema deficitario ante la escasez de recursos
 
En segundo lugar, no podemos obviar la cruda realidad macroeconómica de nuestro modelo sanitario. La Sanidad pública española es estructuralmente deficitaria. Si faltan recursos financieros para cubrir las necesidades más básicas y perentorias de la población, resulta una contradicción flagrante pretender sufragar estos programas de deshabituación.
 
Pero el problema no es solo de dinero, sino de capital humano. Los médicos de atención primaria y especialistas apenas dan abasto con las apretadísimas agendas y el volumen de pacientes que deben atender diariamente en sus consultas. Destinar el escaso y valioso tiempo de estos profesionales a tutorizar procesos que dependen fundamentalmente de la fuerza de voluntad individual es un lujo que un sistema saturado no se puede permitir.
 
El doble gasto: El impacto del tabaquismo en las arcas comunes
 
El impacto del fumador en el erario público no se limita al coste de los parches o los fármacos de sustitución nicotínica. El verdadero problema reside en que el consumo de tabaco es el causante directo de diversas enfermedades crónicas y graves —como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) o diversos tipos de carcinomas— que, de no haber fumado nunca, el paciente jamás habría contraído.
 
Por lo tanto, el fumador no solo perjudica su salud de manera consciente, sino que provoca un gasto masivo y evitable a la Sanidad pública para tratar las complejas dolencias derivadas de su adicción. Si esos recursos no tuviesen que desviarse hacia patologías provocadas por el tabaco, la Sanidad ahorraría miles de millones de euros anuales que podrían destinarse a tratar con mayor holgura, tecnología y dignidad a aquellos pacientes que han enfermado sin buscarlo deliberadamente.
 
La amortización personal: El mejor incremento familiar
 
Finalmente, existe un argumento puramente contable que desarma la necesidad de cualquier subsidio estatal. El coste de un tratamiento para dejar de fumar es perfectamente asumible por el bolsillo del interesado, ya que lo amortiza por completo en cuestión de unos pocos meses con el dinero que deja de gastar en comprar cajetillas.
 
A partir de ese momento, la economía familiar del exfumador experimenta un desahogo notable. De hecho, tal y como está la compleja situación económica actual en España, las personas que toman la firme decisión de abandonar el tabaco se convierten en unas de las pocas que ven cómo sus recursos económicos mensuales netos aumentan de forma inmediata y real. El tratamiento se paga solo; basta con reinvertir lo que antes se quemaba en humo.
 
Conclusión: Pensar por sí mismo
 
Legitimar que el Estado deba tutelar y financiar las rectificaciones de nuestros propios excesos individuales es una pendiente resbaladiza que despoja al ciudadano de su madurez. La verdad, como siempre defendemos en este “Diario AZprensa”, es solo un punto de vista, pero los datos nos invitan a reflexionar: en una sociedad madura, cada uno debe ser consecuente con sus actos. Dejar de fumar es una excelente noticia para la salud y para el bolsillo, pero el peaje de la decisión debe correr por cuenta de quien decidió encender la primera cerilla.
 

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jueves, 25 de junio de 2026

Deja de buscar frases de otros. Las tuyas deberían ser mejores

Cada vez que alguien abre un discurso con una cita de Churchill, Aristóteles o Einstein está diciéndole al público, sin saberlo, que no confía demasiado en sus propias palabras. Hay una alternativa más honesta y más valiente: citarse a uno mismo.
 
(AZprensa) Existe un tic muy extendido entre quienes tienen que escribir un artículo, preparar una ponencia o abrir una presentación: lo primero que hacen es buscar una frase célebre de alguien famoso para encabezar su texto. Einstein, Churchill, Séneca, Gandhi, Steve Jobs —los clásicos de toda la vida y los clásicos de guardarropía— desfilan por miles de conferencias y artículos cada año sin haber sido invitados por nadie. El mecanismo que hay detrás es tan transparente como ineficaz: si cito a alguien muy inteligente, algo de esa inteligencia me salpicará por proximidad. Como si la sabiduría fuera contagiosa por mera vecindad tipográfica.
 
El resultado suele ser el contrario del deseado. Una frase de Aristóteles en la cabecera de un artículo mediocre no eleva el artículo: rebaja a Aristóteles. Y delata al autor: si necesita pedir prestada la autoridad de otros para arrancar, es porque no confía demasiado en la suya propia. Lo cual, antes de haber escrito una sola línea, ya es un mal comienzo.
 
La propuesta: cítate a ti mismo
 
Si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y si sabe, tiene ideas propias sobre ello. E ideas propias, destiladas con el tiempo y la experiencia, generan frases propias. Frases que merecen ser recogidas, conservadas y citadas —por uno mismo, en primer lugar— antes de que el viento se las lleve.
 
Citarse a uno mismo no es vanidad: es coherencia. Es confiar en el propio pensamiento lo suficiente como para presentarlo en público con nombre y apellidos, asumiendo la responsabilidad de haberlo dicho. Y tiene una ventaja adicional que la cita ajena nunca puede ofrecer: es original. Nadie más la ha dicho antes. Nadie más puede reclamarla. Es tuya.
 
Como ejemplo de lo que propongo, aquí van seis frases mías —algunas sobre comunicación y periodismo, otras sobre la vida en general— que he ido escribiendo o pronunciando a lo largo del tiempo y que considero que merecen sobrevivir al momento en que nacieron:
 
«Si buscas buenas frases para incluirlas en tu discurso o artículo, no debes buscar fuera sino citarte a ti mismo.»
 
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
 
«El problema de la Comunicación es que todos se creen expertos en ella.»
 
«La Poesía es el alimento del alma.»
 
«La violencia no es una cuestión de género, sino de dinamómetro.»
 
«La mejor tradición es la que me invento yo mismo.»
 
«Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.»
 
Esta última no es mía —es del cangrejo Sebastián de La Sirenita—, pero la incluyo porque es, con diferencia, la más aplicable a todo lo que hemos hablado. Y porque demuestra que la sabiduría no entiende de pedigrí académico: puede venir de Aristóteles o de un cangrejo animado, y en ambos casos lo que importa es si la frase dice algo verdadero.
 
Así que la próxima vez que te sientes a escribir ese artículo o a preparar esa ponencia y sientas el impulso de buscar una cita famosa para empezar con buen pie, detente un momento. Piensa en lo que tú mismo has dicho o escrito sobre ese tema a lo largo de tu vida. Seguramente hay ahí algo que merece la pena rescatar. Y si todavía no lo has dicho, dilo ahora. Puede que sea esa frase la que alguien cite dentro de veinte años.
 

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miércoles, 24 de junio de 2026

Sigue en directo cómo se construye un estadio de fútbol

El Bodø/Glimt, el club noruego que eliminó a la Roma de Mourinho, a la Lazio y llegó a las semifinales de la Europa League, ofrece a cualquier aficionado del mundo seguir en tiempo real la construcción de su nuevo estadio. Y hasta poner su nombre en él.
 
(AZprensa) Hay equipos de fútbol que existen desde hace décadas sin que nadie fuera de su país haya oído hablar de ellos. Y hay equipos que de repente irrumpen en el mapa del fútbol europeo con tanta fuerza que uno se pregunta de dónde han salido. El Bodø/Glimt pertenece decididamente a la segunda categoría. Este club noruego, fundado en 1916 en la ciudad de Bodø —capital de la región de Nordland, situada por encima del Círculo Polar Ártico, donde en verano el sol no se pone durante semanas y en invierno apenas asoma— se ha convertido en los últimos años en uno de los fenómenos más sorprendentes del fútbol continental. Y ahora, en plena construcción de su nuevo estadio, ha tenido una idea tan sencilla como genial: invitar al mundo entero a seguir la obra en tiempo real.
 
Una historia de superación con final feliz (por ahora)
 
Para entender lo que representa este club hay que conocer su historia reciente. En 2010, el equipo estuvo a punto de quebrar; los jugadores a veces pasaban meses sin cobrar y los aficionados del norte de Noruega tuvieron que ingeniárselas para salvar a su club favorito. Un rescate colectivo, de comunidad, que dice mucho sobre la relación entre este equipo y su ciudad de apenas 55.000 habitantes.
 
Lo que vino después es difícil de creer si no se conoce la historia. Tras su descenso en 2017, el Bodø/Glimt tuvo un punto de inflexión y resurgió con un proyecto enfocado en el desarrollo de jóvenes talentos y en un crecimiento institucional que fue mucho más allá de lo estrictamente futbolístico. En 2020 se convirtió en el primer club de fútbol ubicado al norte del Círculo Polar Ártico en ganar la máxima liga de su país entre las ligas reconocidas oficialmente por la FIFA. Un hito histórico que luego repetiría en 2021, 2023 y 2024: cuatro títulos en cinco años para un club que una década antes no podía pagar las nóminas.
 

1916

Año de fundación

4

Títulos de liga noruega

55.000

Habitantes de Bodø

6-1

Victoria ante la Roma de Mourinho

 
En el plano europeo, la progresión ha sido igual de meteórica. Alcanzó los cuartos de final de la Conference League en 2022 y la semifinal de la Europa League en la temporada 2024-25. El 18 de abril de 2025 venció a la Lazio en penaltis y se convirtió en el primer equipo noruego de la historia en pasar a semifinales de un torneo continental. En el camino había dejado también a Olympiacos y, en temporadas anteriores, había humillado a la Roma de José Mourinho con un memorable 6-1. Todo esto con un presupuesto que en 2024 fue de unos 29 millones de euros, frente a los más de mil millones que tienen los más grandes equipos europeos. La historia de David y Goliat, versión ártica.
 
«Un club que en 2010 no podía pagar las nóminas de sus jugadores. En 2025, semifinalista de la Europa League y con un nuevo estadio en construcción que todo el mundo puede seguir en tiempo real.»
 
El nuevo estadio: la obra que puedes ver crecer
 
Y ahora el Bodø/Glimt da otro paso adelante: la construcción de un nuevo estadio que sustituirá al actual Aspmyra —un recinto de apenas 8.270 espectadores, claramente insuficiente para un club con ambiciones europeas— por una arena moderna a la altura de lo que el equipo ha demostrado que puede conseguir.
 
Lo llamativo no es solo que construyan el estadio: es cómo lo están haciendo. El club ha instalado cámaras que transmiten en tiempo real el avance de las obras desde su página web, ny-arena.no. Cualquier persona en cualquier parte del mundo puede entrar y ver, en este mismo momento, cómo va creciendo el nuevo estadio: las imágenes, los datos de la obra, el progreso día a día. Una transparencia y una apertura hacia el aficionado que van mucho más allá de lo que suelen ofrecer los grandes clubs europeos, acostumbrados a gestionar sus proyectos con la opacidad propia de las grandes corporaciones.
 
Pero hay más. El club ofrece también la posibilidad de participar directamente en la construcción del estadio de una manera muy concreta: comprando una piedra para el paseo central del nuevo recinto, con el nombre del comprador —o el texto que este elija— grabado en ella. Una forma de dejar huella literal en el proyecto, de ser parte de algo que va más allá de un partido de fútbol. Un vínculo entre el aficionado y su club que pocas instituciones deportivas han sabido crear con tanta originalidad.
 
Los textos de la página están originalmente en noruego e inglés, pero el traductor instantáneo de Google resuelve esa barrera en segundos. No hay excusa para no asomarse.
 
Una invitación abierta al mundo
 
El Bodø/Glimt es, en muchos sentidos, el antídoto perfecto al fútbol de los grandes presupuestos, los fichajes galácticos y la gestión opaca de los grandes clubs europeos. Es un club de una ciudad pequeña, en el extremo norte del mundo, que ha construido su éxito sobre la cantera, la comunidad y un proyecto deportivo coherente, y que ahora comparte con cualquier curioso del planeta el proceso de construir su futuro más literalmente posible: ladrillo a ladrillo, imagen a imagen, en tiempo real.
 
Si tienes un momento, entra y visita el progreso de las obras, comprobando por ti mismo cómo se construye un estadio. Y si te apetece, pon tu nombre en él. Es una de esas pequeñas aventuras que Internet hace posible y que merece la pena al menos comprobar.
 
Sigue en directo la construcción del nuevo estadio del Bodø/Glimt
ny-arena.no/byggekamera
 

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martes, 23 de junio de 2026

Una experiencia extrasensorial

Cuarenta años después de su muerte, mi padre se presentó ante mí con una nitidez y una solidez que ningún sueño había tenido nunca. Lo abracé. Lo sentí. Y semanas después, esa experiencia sigue tan viva como el primer día.
 
(AZprensa) Hoy vamos a compartir un testimonio... Estaba soñando. Un sueño como todos los sueños: absurdo, irracional, poblado de imágenes que no guardan coherencia entre sí y que uno sabe, incluso mientras las vive, que no pertenecen al mundo real. Y de repente, en medio de ese caos onírico, apareció mi padre. Mi padre había fallecido hacía cuarenta años.
 
Lo que ocurrió a continuación no se parece a nada de lo que he experimentado jamás mientras dormía. En contraste con el fondo confuso e irreal del sueño en que me hallaba, su figura se presentó con una nitidez absoluta, con una presencia tan sólida y tan inequívoca como la de cualquier persona con quien uno se encuentra estando despierto. Era él. Mayor, como principalmente lo recordaba, pero no como en sus últimos años de enfermedad: conservaba toda su vitalidad, y de él irradiaba algo que no sé describir de otra manera que como felicidad.
 
Yo era consciente, en ese extraño estado de lucidez que a veces se alcanza dentro del sueño, de que estaba soñando. Y precisamente por eso, al verlo tan real —demasiado real para ser una imagen onírica—, no pude sino hacerle la pregunta que me salió sola: «¿Puedo tocarte?». Porque comprendía que si era parte del sueño, el contacto lo desmentiría; que mi mano atravesaría una ilusión y quedaría confirmado que aquella presencia, por mucho que lo pareciera, no era verdadera.
 
Él sonrió. Y respondió: «Claro que sí». Lo abracé. Y lo que sentí en ese abrazo no tiene nada que ver con ninguna imagen de sueño que haya tenido antes ni después. Sentí su tacto. Su calor. El peso sólido de su cuerpo. El olor que le era propio. Incluso la aspereza de la barba de un día sin afeitar. No era una imaginación, no era la sensación difusa que a veces nos deja un sueño muy vívido. Era real. Tan real —o más— que cualquier abrazo que uno da estando completamente despierto. Y a través de ese abrazo me transmitía algo que tampoco sé nombrar con precisión: una mezcla de cariño, de consuelo y de una felicidad que parecía querer desbordarse hacia mí.
 
«No sentí miedo. ¿Cómo vas a sentir miedo de abrazar a tu padre, al que llevabas cuarenta años sin poder abrazar?»
 
Entonces me dijo algo. Dijo: «He estado fuera viendo muchos lugares, pero ahora he vuelto». Y dicho esto, su figura desapareció. Y yo volví a caer en ese sueño absurdo e inconsistente del que no recuerdo nada desde que me levanté de la cama aquella mañana. Como ocurre con todos los sueños: se disuelven con la misma rapidez que el humo de un cigarrillo cuando lo alcanza una ráfaga de viento.
 
Lo que distingue esta experiencia de un sueño cualquiera
 
La diferencia más evidente entre lo que viví en esos minutos y cualquier sueño habitual es la permanencia. Los sueños —por muy intensos que sean en el momento— se evaporan a lo largo del día. Basta con levantarse, desayunar, ponerse en marcha, para que las imágenes de la noche queden reducidas a fragmentos borrosos que a última hora de la tarde ya no podemos reconstruir. De los sueños que tuve la noche anterior a aquella visita, y los de las noches posteriores, no recuerdo nada. Esta experiencia, en cambio, sigue aquí. Semanas después, con la misma claridad y la misma intensidad del primer momento. Como un recuerdo de algo que ocurrió de verdad, porque eso es exactamente lo que parece ser.
 
Sus palabras, y lo que pueden significar
 
«He estado fuera viendo muchos lugares, pero ahora he vuelto.» Cuarenta años en términos del tiempo tal como lo conocemos aquí. ¿Significa eso que llevaba ese tiempo recorriendo territorios que están más allá de lo que podemos imaginar desde este lado? ¿Y qué significaba ese «he vuelto»? ¿Era acaso que iba a iniciar una nueva encarnación —para quienes creemos en la reencarnación— y antes de dar ese paso quería saludarme? ¿O significaba que pasaba a un estado espiritual distinto, más elevado, tras un periodo de tránsito o permanencia en uno intermedio?
 
No lo sé. Y me temo que no lo sabré hasta que yo también cruce esa frontera y pueda preguntárselo directamente. Que a estas alturas, y teniendo en cuenta todo lo que he leído y aprendido sobre “el otro lado” me parece tan apetecible como han expresado aquellos miles de personas en todo el mundo que –tras experimentar lo que se llama una “experiencia cercana a la muerte”, es decir, una muerte clínica de la que luego regresa inexplicablemente desde el punto de vista científico- no querían regresar a este mundo porque allí estaban micho mejor.
 
Lo que sí tengo claro es la certeza de haber abrazado a mi padre una vez más. De haber sentido su presencia, su calor y su afecto de una manera que ninguna explicación racionalista consigue desmontar del todo. Y la sensación de que él está bien. Más que bien: feliz. Y que quiso, de alguna manera que escapa a todo lo que conocemos, hacer el viaje de vuelta durante unos minutos para decírmelo. Con eso me basta. Y me sobra.
 

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lunes, 22 de junio de 2026

Asuntos Legales 40 – Periodistas 21

(AZprensa)
El titular de este artículo bien podría pasar por el resultado de un disputado partido de balonmano entre empleados de distintos sectores profesionales, pero la realidad es mucho menos épica. Se trata, en cambio, de una estampa dolorosamente común en las notas de prensa que emiten los laboratorios farmacéuticos; un fenómeno que, no por recurrente, deja de causarme un absoluto estupor.
 
En concreto, este peculiar «marcador» se corresponde con un comunicado enviado por un laboratorio (del cual omitiré el nombre por pura piedad corporativa). El documento contenía exactamente veintiuna líneas de texto redactadas para explicar la noticia propiamente dicha. Justo debajo, venían cuarenta líneas de farragoso texto legal, rigurosamente impuestas por el Departamento de Asuntos Legales para cubrirse las espaldas ante cualquier cataclismo cósmico o eventualidad jurídica derivada de haber hecho pública esa información.
 
Ante semejante despliegue de blindaje legal, cualquiera pensaría que la nota contenía datos de una extrema sensibilidad científica, el lanzamiento de una molécula revolucionaria o un movimiento estratégico capaz de hacer tambalear los cimientos de la Bolsa. Pues no. La noticia era algo tan inocente, sencillo y rutinario como el fichaje de un profesional para ocupar un cargo intermedio en la compañía.
 
El triunfo del automatismo sobre el sentido común
 
A pesar de la absoluta irrelevancia penal de la noticia, los sesudos responsables del área legal —esos burócratas incapaces de distinguir una pieza informativa de un folleto publicitario— obligan a incrustar en todos los comunicados, sin excepción, el dichoso testamento eximente de responsabilidad.
 
Claro que, para ser justos, el departamento de Marketing también habrá puesto su granito de arena. De esas cuarenta líneas de letra pequeña, al menos nueve se dedicaban a recordar la inmensa importancia de la multinacional y a detallar con pompa y boato los índices bursátiles en los que cotiza. Puro ego corporativo camuflado de advertencia jurídica.
 
¿Se han parado a pensar alguna vez los altos directivos de los laboratorios farmacéuticos en la reacción que causan estos híbridos monstruosos en sus verdaderos destinatarios? ¿Tienen idea de lo que opina un periodista cuando recibe cuarenta líneas de burocracia por veintiuna de noticia?
 
Obviamente no tienen ni la más remota idea. Pero ya se sabe que, en el mundo de la empresa, de Comunicación «entiende» todo el mundo... excepto los que se dedican a ella.
 

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