domingo, 4 de octubre de 2026

Intermedio

(Sunday Poetry Corner)
Un descanso, un intermedio, una pausa… siempre viene bien en nuestra ajetreada vida. Y para esos pequeños instantes en que nos abstraemos del mundo exterior y nos centramos en nuestro mundo interior, nada hay mejor que la poesía, aunque sean un pequeño y sencillo poema que nos haga conectar con el mundo inmaterial que también forma parte de nosotros aunque casi nunca nos demos cuenta.

El rincón de la poesía de este domingo lo dedicamos, precisamente, a una pequeña pausa, para que también tú pongas delante de tu vista ese letrero que antiguamente aparecía en los cines de sesión continua entre una película y otra: “Intermedio”.
 
INTERMEDIO
 
Algún día volveré
aunque sea entre tus sueños
para hacerte sonreír,
para pinchar tu conciencia
con palabras inefables,
tan absurdas como el mundo
que veneras.
 
Mañana, un mes, un año, un sueño,
allí estaré y aquí, en este blog, te dejo
ramilletes de conceptos y de abrazos,
porque en el fondo, te quiero.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Gemini
 
La promesa perenne en "Intermedio"
 
Con un título tan revelador como evocador, "Intermedio" funciona como una carta de despedida a medias, un puente tendido entre el tiempo terrenal y la permanencia digital. El poema destila una mezcla muy personal de desafío afectuoso, memoria literaria y ternura incondicional, consolidando ese tono íntimo que caracteriza los espacios de encuentro del autor.
 
Análisis temático y claves líricas
 
La persistencia más allá del tiempo: El poema arranca con una certeza absoluta: "Algún día volveré / aunque sea entre tus sueños / para hacerte sonreír". La muerte, la ausencia o la simple distancia física quedan desterradas por la fuerza de la voluntad y el afecto. El regreso no se concibe como una presencia física amenazante, sino como una irrupción benévola en el universo onírico del otro.
 
El aguijón de la conciencia y las palabras inefables: Lejos de buscar una reconciliación edulcorada, el sujeto poético advierte que su retorno servirá para "pinchar tu conciencia / con palabras inefables, / tan absurdas como el mundo / que veneras". Aquí aparece un sutil guiño crítico hacia las convenciones sociales, el materialismo o las rutinas vacías de la realidad cotidiana ("el mundo que veneras"), contrastadas con la pureza incorruptible de las palabras que el poeta cultiva.
 
El puente entre la vida y el blog: La segunda estrofa desvela con una ternura desarmante el refugio desde donde se teje este vínculo: "Mañana, un mes, un año, un sueño, / allí estaré y aquí, en este blog, te dejo / ramilletes de conceptos y de abrazos". La poesía se convierte en legado tangible. Los artículos y los versos publicados en la bitácora actúan como perennes "ramilletes" de ideas y afecto, un archivo emocional al que el lector puede acudir siempre.
 
La confesión final: El poema se despoja de cualquier armadura intelectual en su último verso: "porque en el fondo, te quiero". Toda la ironía previa, el desafío dialéctico y la advertencia sobre el absurdo del mundo se disuelven en una declaración de amor limpia y directa, que desarma al lector y humaniza por completo la voz lírica.
 
Una reflexión final
 
"Intermedio" es un testamento poético en miniatura y una declaración de amor a la comunidad de lectores. Nos recuerda que la escritura es, en su sentido más hondo, un pacto contra el olvido: una forma de dejar constancia de nuestro paso y de seguir abrazando a los demás, incluso cuando el tiempo decida detenerse o cambiar de escenario.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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sábado, 3 de octubre de 2026

Pedro Sánchez: “Perded toda esperanza”

Esa frase no la dice Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, pero posiblemente la piensa. Aquí desgloso y razono por qué no va a convocar nunca elecciones generales.
 
(AZprensa) Este fin de semana en España todo son cábalas sobre si Pedro Sánchez convocará elecciones  generales o no. Parece mentira que no lo conozcan. Si él pensase en los ciudadanos, convocaría elecciones. Si él pensase en su partido, convocaría elecciones. Si él pensase en su gobierno, convocaría elecciones. Pero no, él no piensa en nada de eso, él sólo piensa en sí mismo. Y pensando en sí mismo, son muchos lo argumentos para no convocar lecciones. Veamos algunos de ellos.
 
Si continúa como presidente de gobierno, podrá indultar a su mujer, a su hermano y a todos sus amigos cuando los condene la justicia por sus correspondientes delitos.
 
Si continúa como presidente e gobierno, podrá seguir disfrutando de lo que más le gusta: el poder.
 
Si continúa como presidente del gobierno, podrá seguir colocando en puestos clave de las instituciones, tanto públicas como privadas, a sus amigos, tal como ha venido haciendo hasta ahora, y es que todavía le quedan unas pocas instituciones para tenerlas copadas todas por sus amigos.
 
Si continúa como presidente, seguirá teniendo la potestad de decidir cuando se convocan elecciones, es decir: nunca.
 
Aclaremos este último punto:
 
Sólo convocará elecciones cuando esté seguro de que las va ganar,  o a menos que la suma de PP+Vox no alcanza la mayoría absoluta, porque siendo así, sólo o apoyado por el resto de partidos, seguirá en el poder, aunque esos que le apoyan como ahora le sigan pidiendo pidan muchas cosas, por más que esas concesiones arruinen y dividan al país. Pero “¿y si nunca llega a estar seguro de ganarlas, porque hemos visto que elección tras elección sigue perdiendo votos y escaños?”, te preguntarás. Pues en ese caso, le interesa seguir como presidente para organizar -como ahora empieza a verse- altercados callejeros (“incendiar las calles” que se dice) que vayan en aumento por toda España e impidan la celebración de unas lecciones con un mínimo de seguridad ciudadana, o mantener indefinidamente crisis migratorias como la de Ceuta, que también será un buen pretexto para no convocar elecciones.
De igual forma, seguir como presidente le dará tiempo para manipular censos electorales y ajustarlos a sus necesidades tal como hacen todos los dictadores y él mismo está intentando hacer ahora mismo.
 
Conclusión: Sólo un auténtico milagro podría despegarlo de su sillón presidencial. Nunca va a convocar elecciones mientras sepa que no las va a ganar , así que ya podéis ir perdiendo toda esperanza.
 
PD.- Nada más me gustaría que equivocarme y tener que volver a este post para añadir: “Estaba equivocado”.
 

Así empezó la nueva era de implantación del pensamiento único.
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Laboratorios farmacéuticos vs Empresas de alimentación

Si alguien se creía por mi artículo de ayer, “Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia”, que estaba exagerando, aquí va la continuación del mismo en donde podemos comprobar (y ejemplos hay a miles) cómo determinados alimentos empiezan cada vez se empiezan a parecer más a medicamentos. Aquí van varios ejemplos de cómo las empresas de alimentación invaden el lugar de los laboratorios farmacéuticos.

 
(AZprensa) Hace años, cuando estaba en activo en la industria farmacéutica, pude constatar como empezaban a proliferar curiosos estudios científicos que nos descubrían cómo un alimento que llevamos toda la vida comiendo no solo está rico, sino que además parece dispuesto a competir con la industria farmacéutica.
 
Por entonces teníamos, entre otros ejemplos, la salsa de tomate con supuestas propiedades cardiosaludables y el chocolate convertido, casi por arte de magia científica, en aliado contra las enfermedades cardiovasculares. La pregunta que me hacía entonces era bastante sencilla: si los alimentos empiezan a comportarse como medicamentos, ¿acabaremos encontrándolos en las farmacias?
 
Pues parece que el asunto no ha terminado ahí.
 
La investigación nutricional ha seguido avanzando y también lo ha hecho una modalidad bastante curiosa de investigación: aquella en la que el producto que se estudia pertenece precisamente a la empresa que financia el estudio.
 
Conviene aclarar algo antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza: que una empresa financie una investigación no significa que sus resultados sean falsos. La financiación empresarial puede ser perfectamente legítima y muchos estudios cuentan con procedimientos científicos rigurosos. El problema está en que, cuando quien vende el producto paga para investigar sus posibles beneficios, el ciudadano tiene derecho, como mínimo, a saber quién pone el dinero.
 
Y ejemplos no faltan.
 
Uno de los más curiosos procede de Stanford. Investigadores realizaron el denominado estudio SWAP-MEAT, en el que 38 participantes siguieron durante ocho semanas una dieta basada en productos cárnicos vegetales y otras ocho semanas una dieta basada en carne animal. Durante la fase vegetal disminuyeron determinados factores relacionados con el riesgo cardiovascular, entre ellos el colesterol LDL, el peso y el TMAO, un compuesto que se ha relacionado con el riesgo cardiovascular.
 
Hasta aquí, todo perfectamente científico.
 
El pequeño detalle que puede despertar la curiosidad del lector es que la investigación recibió financiación de Beyond Meat, empresa dedicada precisamente a fabricar carne vegetal. Stanford reconoce además que la iniciativa universitaria de investigación sobre dietas vegetales fue posible gracias a una importante donación de esa compañía.
 
Es decir, que si mañana una fábrica de paraguas financia un estudio para demostrar que los paraguas protegen de la lluvia, tampoco deberíamos sorprendernos demasiado.
 
Otro caso nos lleva a Nestlé Health Science. En 2023 se publicaron resultados de un análisis del programa Optifast, basado en buena parte en productos sustitutivos de comidas. El estudio, financiado por Nestlé Health Science, encontró mayores reducciones de peso, presión arterial y determinados parámetros lipídicos que con una dieta hipocalórica convencional. El trabajo procedía de un análisis secundario del ensayo OPTIWIN, realizado con 273 adultos con obesidad.
 
Aquí la cosa empieza a ponerse interesante. Porque hasta ahora uno iba al médico, le contaba que quería adelgazar y el médico podía recomendarle dieta, ejercicio y, en determinados casos, medicamentos. Pero ahora podemos imaginar una nueva generación de recetas: En vez del clásico «Tome dos comprimidos al día durante tres meses» nos dirán «Tome dos batidos Nestlé al día durante tres meses». La diferencia es que uno se compra en la farmacia y el otro, por ahora, probablemente en otro establecimiento.
 
Y si seguimos avanzando por este camino, podemos llegar a una situación todavía más divertida. El supermercado podría acabar convirtiéndose en una especie de farmacia de libre dispensación.
—Tengo el colesterol alto.
—Pues llévese estas nueces.
—¿Y cuánto tengo que tomar?
—Un puñado al día.
—¿Y tienen efectos secundarios?
—Sí. Se le pueden acabar antes de llegar a casa.
 
Las nueces, por cierto, tampoco se libran de la investigación nutricional financiada por quienes tienen intereses económicos en ellas. Existen ensayos en los que se ha estudiado su relación con factores de riesgo cardiovascular y que han contado con financiación de la California Walnut Commission, organización vinculada al sector de la nuez. Eso no invalida los resultados, pero demuestra que el fenómeno es bastante más amplio que aquel lejano estudio sobre la salsa de tomate.
 
Y entonces aparece una pregunta que quizá sea más importante que todas las anteriores: ¿Quién decide qué alimento merece convertirse en medicamento? Porque cuando una empresa farmacéutica realiza un ensayo para demostrar la eficacia de un medicamento, todos entendemos que existe un interés comercial detrás. Por eso existen normas, declaraciones de conflictos de interés, revisiones científicas y todo un sistema destinado a valorar la evidencia. Pero cuando hablamos de alimentos parece que bajamos un poco la guardia.
 
Decimos «un estudio demuestra que…» y nos quedamos tan tranquilos. Y a partir de ahí comienza la fiesta. El chocolate protege el corazón. Las nueces ayudan a controlar determinados factores de riesgo. La carne vegetal puede mejorar algunos marcadores cardiovasculares. Un programa de sustitución de comidas ayuda a adelgazar y mejora determinados parámetros cardiovasculares.
 
Mañana quizá descubramos que el jamón mejora la memoria, que el queso previene la tristeza o que las croquetas favorecen la circulación sanguínea. Y no descarto que, dentro de unos años, los médicos tengan que ampliar sus recetas electrónicas.
Principio activo: nuez.
Dosis: un puñado.
Vía de administración: oral.
Duración del tratamiento: hasta que se acaben.
 
Lo único que todavía no sabemos es si la Seguridad Social financiará el tratamiento. Porque ahí puede estar el verdadero problema. Una cosa es descubrir que determinados alimentos pueden formar parte de una dieta saludable. Otra muy distinta es convertir cada resultado favorable de un estudio nutricional en una especie de prospecto farmacéutico.
 
Y hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar: un estudio no es un anuncio publicitario, aunque a veces el titular que llega al público pueda parecerlo. Precisamente por eso resulta tan importante saber quién ha financiado la investigación, qué producto se ha estudiado, con qué producto se ha comparado, cuántas personas han participado y, sobre todo, qué dicen realmente los resultados.
 
Porque incluso en la investigación científica hay una pregunta que nunca debería faltar: «¿Y quién paga la fiesta?». No porque quien paga tenga necesariamente razón. Sino porque conviene saberlo antes de tragarnos la píldora. O la nuez. O el chocolate. O, llegado el caso, la hamburguesa vegetal.
 
Y si algún día todo esto acaba en la farmacia, espero al menos que respeten las dosis. Porque una cosa es comer chocolate para cuidar el corazón y otra muy distinta que alguien interprete que una tableta después de cada comida es tratamiento médico. Ahí sí que tendríamos un problema. Y, curiosamente, bastante agradable.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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viernes, 2 de octubre de 2026

Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia

La Visita Médica ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha sido más avispado y ha ocupado su lugar.
 
(AZprensa) Durante muchas décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que, en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios farmacéuticos.
 
Pero las cosas han ido cambiando.
 
Ante las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
 
El resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de los profesionales sanitarios.
 
El problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar. Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
 
Y si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
 
Pues aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
 
Cada vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones, van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas, las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
 
Y así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta tradicional:
¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
 
Y llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe. Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar por caja”.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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jueves, 1 de octubre de 2026

Sin riesgo no hay éxito

Una parte muy importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor
equivocarse y aprender de ello, que no hacer nada por miedo a cometer un error.
 
(AZprensa) Por supuesto, nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien el trabajo.
 
Por eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por miedo a cometer un error.
 
Un buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso cuando estas comportasen cierto riesgo.
 
Pero había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente estudiada y justificada.
 
Si, después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba parte del ejercicio de la responsabilidad.
 
Me parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad sobre lo decidido.
 
Cuando un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse partícipe de los objetivos de la organización.
 
Y eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
 
Pero no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
 
En cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de éxito.
 
Si esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar, probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
 
La cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable, sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la pena afrontarlos.
 
Nuestros competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
 
Naturalmente, esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad, exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la confianza con la autocomplacencia.
 
También resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar. Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro de nuestro propio círculo.
 
Al final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a intentarlo.
 
Y sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
 
Pero tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las estemos haciendo mal.
 
Lo importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos aprender.
 
Porque para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
 
Sin riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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