(Sunday Poetry Corner) Decía mi
maestro, Manuel Prieto Peromingo, que “Hoy día, esto de SENTIR, es un
privilegio que abunda poco”. Por eso quiero invitarte, en este rincón dominical
de la poesía, a que tú también disfrutes de ese privilegio.
Este sencillo poema
–del que al final podrás leer un comentario realizado por la IA Gemini- te
invita a algo tan sencillo como cerrar los ojos por un momento y sentir la
vida, sentirte vivo, y sentir cómo la barrera entre la realidad y los sueños se
desvanece.
POR UN MOMENTO
Por
un momento cierro los ojos y me siento libre.
Mi
pensamiento vuela y distorsiona en mil figuras
e
inconclusas vueltas.
No
hay que rendir cuentas,
no
hay plazos ni proyectos.
Solo
cierro los ojos y siento.
Algo
vibra y da calor y me abraza con ternura;
es
la vida, energía pura,
que
ilumina mi interior.
Por
un momento cierro los ojos y siento
que
la vida es un sueño
y
estamos solos los dos.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Gemini
La suspensión
del tiempo y la caricia interior en "Por un momento"
Bajo
la sabia premisa de que sentir se ha convertido hoy en un privilegio escaso, el
poema "Por un momento" actúa como un oasis de tregua frente al
frenesí de la realidad. En apenas dos estrofas de tono íntimo, el texto
construye un ritual de repliegue hacia lo esencial, donde el mundo exterior se
desvanece para dar paso al latido más puro de la conciencia.
Análisis formal
y claves temáticas
La ruptura con
la tiranía del tiempo útil: El poema arranca con una declaración de intenciones
rotunda: "Por un momento cierro los ojos y me siento libre". El verbo
"cerrar" no implica una huida cobarde, sino un acto de lucidez
voluntaria. Al despojarse de los "plazos", los "proyectos"
y la obligación de "rendir cuentas", el sujeto lírico suspende las
exigencias de la vida moderna. El pensamiento vuela entonces libremente,
permitiéndose la imperfección de las "inconclusas vueltas".
La epifanía de
la energía vital:
En el centro del poema se produce un tránsito sutil desde la quietud mental
hacia una calidez física y espiritual: "Algo vibra y da calor y me abraza
con ternura; / es la vida, energía pura, / que ilumina mi interior". La
vida deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una fuerza
envolvente, una caricia íntima que disipa la frialdad exterior desde dentro.
El cierre y la
comunión onírica:
Los versos finales desplazan el foco de la individualidad solitaria hacia una
complicidad compartida y trascendente: "Por un momento cierro los ojos y
siento / que la vida es un sueño / y estamos solos los dos". La frontera
entre la vigilia y el ensueño se difumina por completo. El "tú"
implícito o el refugio del otro se integran en esa burbuja de paz, demostrando
que la cumbre de la libertad íntima no es la soledad absoluta, sino el
encuentro con el otro en el umbral del sueño.
Una reflexión
final
"Por
un momento" es una delicada invitación a reivindicar el derecho a detener
el reloj. Con un ritmo pausado y una sencillez formal que desarma, el poema nos
recuerda que la verdadera libertad no se encuentra en la agitación del mundo,
sino en la capacidad de cerrar los ojos, habitar nuestro propio interior y
rescatar, aunque sea por un instante, la milagrosa sensación de estar vivos.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
Poco a poco se
van uniendo más países a la carrera espacial. En 2011 eran tres países, Estados
Unidos, Rusia y China… y una ciudad: Daimiel. Pero desde entonces La Mancha
sólo mira al cielo para ver si llueve.
(AZprensa) En 2011 escribí
que la carrera espacial ya no era cosa de tres -Estados Unidos, Rusia y China-
porque Daimiel se había incorporado por derecho propio a la conquista del
espacio. Bueno, quizá exageré un poco. Pero tampoco tanto.
El
8 de octubre de aquel año, mientras medio mundo miraba al cielo para contemplar
la espectacular lluvia de estrellas de las Dracónidas, un equipo de
investigadores de la Universidad Complutense de Madrid lanzó desde Daimiel un
globo estratosférico equipado con una cámara de alta sensibilidad.
La
misión era muy seria: observar y registrar los meteoros desde unos 29
kilómetros de altura, donde la atmósfera molesta bastante menos que desde el
suelo. El globo permaneció unas cuatro horas en vuelo y terminó aterrizando -bueno,
aterrizando es una manera elegante de decirlo- a unos 200 kilómetros de
Daimiel, cerca de Jaén, donde la sonda fue recuperada.
Y
entonces llegó lo mejor. Uno de los responsables del proyecto, Fernando Ortuño,
manifestó su deseo de repetir la experiencia y llegó a plantear que Daimiel
pudiera convertirse en su “base de lanzamientos”, porque la acogida había sido
magnífica y la zona ofrecía buenas condiciones para este tipo de operaciones.
Aquello
pintaba estupendamente. Daimiel podía tener su NASA. Solo faltaba encontrar el
Cabo Cañaveral. Pero… han pasado quince años y he estado mirando por si,
durante este tiempo, algún daimieleño había escuchado más de una vez aquello
de: “¡Cuenta atrás! ¡Diez, nueve, ocho…!”.
Pero
no. No he encontrado constancia de nuevos lanzamientos estratosféricos desde
Daimiel relacionados con aquel proyecto. La ciudad, eso sí, no ha renunciado al
espacio. Todo lo contrario. La Asociación Daimieleña de Astronomía continúa
desarrollando actividades de divulgación, observaciones y jornadas
astronómicas, y se ha convertido en uno de los referentes de la divulgación del
cielo en la localidad. En 2024 celebró sus veinte años de existencia.
Es
decir, seguimos mirando hacia arriba. Lo que ocurre es que, de momento, hemos
decidido no subir nosotros. Este mismo año, con motivo del eclipse total de Sol
del 12 de agosto, se organizaron numerosos lanzamientos de globos
estratosféricos desde distintos puntos de España para estudiar el fenómeno
desde las alturas. Pero Daimiel no estaba esta vez entre las bases de
lanzamiento.
Así
que aquellas esperanzas aeroespaciales del año 2011 en Daimiel no han vuelto a
repetirse. Bien es cierto que en aquella ocasión, Daimiel voló más alto que
nadie… pero solo durante cuatro horas. Quizá haya que esperar a que algún
científico vuelva a necesitar un lugar tranquilo, despejado y manchego para
mandar una cámara a la estratosfera.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
Algo tan pequeño
y cotidiano como la goma de borrar, tiene tras de sí una apasionante historia…
que a veces resulta bastante cómica. Por eso te invito hoy a que disfrutes con
esta columna con la que espero poder borrar tu seriedad.
(AZprensa) Muchos de los
grandes inventos se han debido al azar, a la pura chiripa o a la serendipia -como
dirían los más eruditos, es decir, los rebuscados y pretenciosos-. Otros, sin
embargo, han sido fruto del trabajo incansable de quienes persiguieron un sueño
que, después de años de esfuerzo, sudor y probablemente algún que otro momento
de desesperación, acabó haciéndose realidad.
En
este último grupo podríamos encuadrar un invento revolucionario: “La goma de
borrar”.
¿Y
por qué digo revolucionario? Porque transcurrieron casi dos siglos entre la
aparición del lápiz y la utilización de la goma de borrar. ¿Qué hacían durante
todo ese tiempo -se preguntarán ustedes- quienes utilizaban un lápiz y cometían
un error que después querían rectificar? Pues muy sencillo: “ir a la panadería”.
Efectivamente,
durante mucho tiempo no hubo mejor solución que utilizar miga de pan para
borrar los errores cometidos con el lápiz. Un sistema bastante poco práctico,
todo hay que decirlo, porque obligaba a tener pan fresco a mano cada vez que
uno cometía una equivocación. Y, claro, como los errores suelen aparecer justo
cuando uno no los necesita, más de uno acabaría con la mesa llena de migas.
Además,
la miga de pan tenía una vida útil bastante limitada. Pasados unos días se
convertía en un respetable mendrugo y lo que antes servía para borrar terminaba
sirviendo, como mucho, para romper el papel. Y, de paso, para llenar el suelo
de migas y proporcionar un festín inesperado a las hormigas.
La
situación cambió con la aparición de las gomas de caucho y, posteriormente, con
la vulcanización, proceso desarrollado por Charles Goodyear, cuyo apellido
acabaría asociado a una de las marcas de neumáticos más conocidas del mundo.
Y
aquí conviene hacer una aclaración: los neumáticos Goodyear, por mucho que
procedan de la misma familia del caucho, no sirven para borrar lo escrito con
lápiz. Entre otras cosas, porque resulta bastante incómodo llevar un neumático
al colegio para corregir los deberes. Aunque, bien pensado, siempre habría
alguien dispuesto a presumir de goma de borrar tamaño familiar.
Lo
cierto es que llegar a conseguir un material adecuado para borrar no fue
precisamente coser y cantar. Hubo experimentos, pruebas y errores hasta
encontrar las propiedades adecuadas del caucho. Y ahí aparece una de esas
maravillosas paradojas que tanto gustan a la historia de los inventos.
Porque
imaginemos por un momento al investigador trabajando sobre una fórmula que
necesita conservar por escrito. Hace una prueba y la goma no funciona.
Perfecto: ahí está la cuartilla con la fórmula, junto con el procedimiento
utilizado, para recordar que aquel camino no llevaba a ninguna parte.
Hace
otra prueba. Tampoco funciona. Estupendo: otra fórmula que se queda
cuidadosamente anotada. Y así una vez tras otra, hasta que, finalmente, llega
la fórmula correcta. La prueba funciona. ¡Eureka! La goma borra perfectamente
lo que está escrito. Incluida, naturalmente, “la fórmula que acababa de
escribir”. Y vuelta a empezar.
Porque
aquí surge un pequeño problema: si has inventado una sustancia que sirve
precisamente para borrar lo que escribes, no parece una buena idea utilizarla
encima de aquello que necesitas conservar para repetir el experimento. Así que
no quedaba otra: aprenderse la fórmula de memoria.
De
esta manera, cada vez que conseguía la mezcla correcta, podía comprobar que
efectivamente borraba, memorizar de nuevo el procedimiento y, posteriormente,
escribirlo otra vez. Hasta que, después de repetir el proceso quién sabe
cuántas veces, probablemente acabó aprendiendo la fórmula mejor que su propio
nombre.
Y
así llegamos a uno de esos pequeños grandes inventos que cambiaron nuestra vida
cotidiana. Desde entonces podemos equivocarnos, borrar el error y volver a
intentarlo. Una posibilidad casi milagrosa. Algo parecido a la confesión: uno
reconoce el error, lo elimina y procura que nadie se acuerde de él.
Aunque,
gracias a la goma de borrar, al menos ya no necesitamos comprar una barra de
pan cada vez que nos equivocamos. Lo que supuso una auténtica desgracia para
los panaderos. Y, sobre todo, para las hormigas.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“El cine y el
misterio”: https://www.amazon.es/dp/B0DJF3M3ZW
Cada vez que hay
un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios
informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para
qué sirve un debate electoral?
(AZprensa) Cuando se produce
un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para
hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la
perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer
todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación
dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado
será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que
ofrezca su veredicto.
Porque
¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más
ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que
no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que
los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre
proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y
representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que
si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la
dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase
política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo
verbal.
En
teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase
y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que
es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano
que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los
sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la
simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el
raciocino de cualquier programa electoral.
En
definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo
mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar
artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo
olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está
diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos
tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
Vicente Fisac es
periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último
viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
(AZprensa) El periodista
del futuro será quien mejor sepa resumir y comunicar una información en el
menor espacio posible. El lector actual no tiene tiempo ni paciencia para
«tochos» interminables: una noticia que se alarga demasiado corre el riesgo de
perder su atención antes de llegar al final.
Por
eso, la capacidad de síntesis será cada vez más importante: seleccionar lo
esencial, expresarlo con claridad y hacerlo en apenas un par de párrafos. Como,
por ejemplo, estos que acabas de leer ahora mismo.
PD.- Y ahora
viene la pregunta: ¿lo he conseguido?
Novelas con
corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1