martes, 21 de abril de 2026

Sigue siendo mentira que falten médicos

Lo escribí en 2009 para una revista médica y me temo que, dieciséis años después, el diagnóstico no ha cambiado. Los números siguen siendo los mismos. Las excusas también. Solo han cambiado los gestores que las pronuncian. 

(AZprensa) Hace dieciséis años escribía en una revista médica que era mentira que faltasen médicos en España. Que bastaba con mirar los números para huir de la demagogia. Que el problema real no era la escasez de médicos, sino la escasez de médicos dispuestos a trabajar en las condiciones que les ofrecía el Sistema Nacional de Salud. Lo que no imaginaba entonces es que en 2025 iba a tener que escribir exactamente lo mismo, con los mismos argumentos y contra los mismos gestores —o sus sucesores, que para el caso es lo mismo.
 
Miremos de nuevo los números, porque los números no mienten aunque los que los manejan sí. Según los datos más recientes de la OCDE, España cuenta con 4,6 médicos por cada 1.000 habitantes, situándose entre los países con mayor ratio de facultativos del mundo desarrollado. Solo Noruega (5,2) y Austria (5,5) nos superan entre los países europeos. Nos encontramos muy por encima de Francia (3,4), del Reino Unido (3,2), de Estados Unidos (2,6) o de Canadá (2,8). El Informe SESPAS 2024 —la referencia más rigurosa disponible sobre recursos humanos sanitarios en España— lo certifica: ocupamos el séptimo puesto en la OCDE en médicos activos por habitante. Dicho de otro modo: tenemos más médicos por persona que casi cualquier país de nuestro entorno.
 
«En España no faltan médicos. Lo que falta son médicos dispuestos a trabajar para el SNS en las condiciones que el SNS ofrece. Hay una diferencia abismal entre ambas afirmaciones.»
 
El problema real: lo que el SNS no quiere ver
 
Y sin embargo, si la frase «en España faltan médicos» es falsa, hay otra que sí es verdadera: «en el Sistema Nacional de Salud no hay médicos suficientes que quieran trabajar en él». Ese matiz lo es todo. El SNS tiene contratado aproximadamente al 70% de los médicos colegiados en activo —el porcentaje ha mejorado algo desde el 56% que yo citaba en 2009—, pero un 30% ejerce en exclusiva en el sector privado. ¿Por qué? La respuesta no ha cambiado en dieciséis años: porque el SNS no les ofrece ni las condiciones laborales, ni las profesionales, ni las económicas que por su preparación y responsabilidad merecen.
 
La temporalidad contractual roza el 40%. Hay médicos que acumulan diez contratos distintos en tres años, muchos de ellos ilegales en cuanto a jornada. Los salarios son sensiblemente inferiores a los de Francia, Alemania, Suiza o el Reino Unido. Y el resultado es predecible: entre 2019 y 2024, más de 2.000 médicos españoles solicitaron la baja de colegiación para trabajar en el extranjero —400 solo en 2024—, según datos de la Organización Médica Colegial. A eso hay que sumar una fuga silenciosa pero igualmente preocupante: la de aquellos que, sin emigrar, abandonan la clínica pública para dedicarse a la medicina privada o a tareas de gestión, investigación o industria farmacéutica. Esos no salen en las estadísticas de emigración, pero el SNS los pierde igual.
 
La solución de siempre: importar y dilatar

Y entonces llega la respuesta de los gestores. La misma de 2009, con distinto envoltorio. A corto plazo: importar médicos de Iberoamérica, Europa del Este y otros países que sí acepten las condiciones que los médicos españoles rechazan. En la convocatoria MIR de 2022-2023, el 16,4% de las plazas adjudicadas fueron a parar a médicos extranjeros. El Informe SESPAS 2024 lo señala sin ambages: España se ha convertido en un importador neto de médicos. Lo cual, dicho así, suena casi a éxito de gestión. Lo que no se menciona es la dimensión ética del asunto: estamos captando sistemáticamente médicos de países de renta media y baja que los necesitan tanto o más que nosotros, algo que la propia OMS ha catalogado como éticamente cuestionable.
 
A largo plazo: abrir facultades de Medicina. España es ya el segundo país del mundo por número de facultades de Medicina. El número de estudiantes de nuevo ingreso ha crecido un 8,2% en los últimos seis cursos académicos, impulsado sobre todo por la proliferación de universidades privadas. El Ministerio de Sanidad propuso en 2022 un aumento del 15% en el numerus clausus. La lógica es la de siempre: si formamos a más médicos, habrá una bolsa de paro tan grande que siempre habrá alguien dispuesto a aceptar lo que se le ofrezca. No es planificación sanitaria. Es ingeniería de la precariedad.
 
Un problema nuevo que agrava el viejo
 
Lo que sí ha cambiado desde 2009 —y conviene señalarlo— es la dimensión temporal del problema. El SNS afronta en los próximos años una oleada de jubilaciones sin precedentes: se prevé que España pierda hasta 80.000 médicos por esta vía en la próxima década, a una media de entre 7.000 y 8.000 por año. La estructura de edad de los facultativos está profundamente envejecida, especialmente en atención primaria, donde uno de cada tres médicos supera ya los 60 años. Y el Informe Oferta-Necesidad de Especialistas Médicos proyecta un déficit de unos 4.500 médicos de familia en 2027.
 
Pero atención: ese déficit futuro no se resolverá abriendo más facultades ni trayendo más médicos de fuera. Se resolverá —si es que se resuelve— haciendo que los médicos que ya tenemos quieran quedarse a trabajar en el sistema público. Lo cual exige exactamente lo que los gestores llevan dieciséis años negándose a hacer: mejorar de forma estructural y real las condiciones laborales, retributivas y profesionales de los médicos del SNS. Todo lo demás es parche, cosmética o, en el mejor de los casos, patada a seguir hacia delante.
El diagnóstico sigue siendo el mismo. La enfermedad también. Solo que ahora llevamos dieciséis años más sin tratarla.
 
Este artículo es una actualización de un texto que publiqué en 2009 para el portal de formación médica Medical Practice Group (MPG). Los datos de ratios de médicos proceden de la OCDE (2021-2024) y del Informe Bienal SESPAS 2024. Los datos sobre emigración de médicos proceden de la Organización Médica Colegial (OMC).
 

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lunes, 20 de abril de 2026

Una historia basada en hechos reales

(AZprensa) Luis y María acudieron esta mañana al banco para solicitar una hipoteca. Al llegar, un empleado les preguntó qué deseaban y, a partir de ahí, no dejaron de pasar de sorpresa en sorpresa.

«Pasen aquí, por favor, a nuestra sala de reuniones, y siéntense que en seguida les atiende nuestro director».
«¿Les apetece un café o un refresco?»
«Mientras llega, permítanme que les ofrezca este pequeño obsequio: un libro que hemos editado para nuestros clientes».
Así los fueron envolviendo en halagos y atenciones hasta que apareció el director. Entró, los saludó efusivamente y, sin perder tiempo, se lanzó a una charla animada. Se interesó por su situación familiar, sus inquietudes, sus proyectos, sus opiniones sobre las cuestiones más relevantes de la vida… También les habló de su propia familia, del trabajo en el banco y de lo felices que se sienten todos atendiendo a gente tan maravillosa como ellos.
Al cabo de media hora de abrumadoras muestras de cariño, salieron del banco. Entonces se dieron cuenta de que no habían conseguido nada: no les habían concedido la hipoteca que necesitaban. Eso sí, los habían tratado con la mayor consideración; solo les había faltado despedirse con dos besos.
«¿Qué importa que sigamos sin poder comprar una casa, sin poder iniciar un proyecto de familia? ¡Ya tenemos una nueva y maravillosa familia que son los empleados de este banco, a quienes podremos venir a saludar siempre que queramos!», se dijeron.
 
PD. —He dicho en el titular que esta historia está basada en hechos reales y, en cierto modo, es así. La escribí en el año 2009 tras escuchar a la que entonces era ministra de Vivienda, Beatriz Corredor, la cual dijo públicamente: «Los bancos deben mirar con cariño a las familias que soliciten una hipoteca». Si los bancos le hubiesen hecho caso, esta historia hubiera podido ser real totalmente.
 

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Sabemos muy poco… y encima estamos equivocados

(AZprensa) Como decía Mark Twain (o al menos se le atribuye), algo falso repetido mil veces acaba convirtiéndose en verdad. Nuestra vida cotidiana está llena de estas «verdades» que aceptamos sin cuestionar solo porque las hemos oído una y otra vez. 

Esta idea no es nueva. Hace ya casi dos décadas, los británicos John Lloyd y John Mitchinson —creadores del programa QI— la convirtieron en el eje de su exitoso libro desmitificador The Book of General Ignorance (en español, El pequeño gran libro de la ignorancia). Su objetivo: demostrar cuánto nos equivocamos en lo que damos por sentado.
 
Aquí van algunos ejemplos de sus revelaciones más sorprendentes, para que reflexiones sobre cuántas de tus certezas podrían ser solo mitos bien repetidos:
 
Los camaleones no cambian de color para camuflarse con el entorno, como todo el mundo cree. Lo hacen principalmente por motivos emocionales (estrés, ira, cortejo, sumisión), por temperatura o como señal de comunicación con otros camaleones. El camuflaje es secundario.
El famoso número de la Bestia en el Apocalipsis no es 666, sino probablemente 616. El 666 surgió de un error de copia en manuscritos antiguos (el más antiguo conservado, el Papiro 115, dice 616).
Ni el champán ni la guillotina son inventos franceses en sentido estricto. El método para hacer vino espumoso con burbujas estables se desarrolló en gran parte gracias a los avances en botellas y corchos de los ingleses en el siglo XVII; la guillotina como máquina de ejecución «humanitaria» ya existía en prototipos medievales en varios países europeos antes de su adopción en la Revolución Francesa.
Los campos de concentración no los inventaron los nazis alemanes. Su precursor moderno se remonta a la política de «reconcentración» aplicada por el general español Valeriano Weyler durante la Guerra de Independencia cubana (1895-1898), para aislar a la población civil y cortar apoyos a los independentistas.
Enrique VIII no tuvo seis esposas en el sentido estricto que solemos pensar. Según la Iglesia católica, solo cuatro matrimonios fueron válidos (las anulaciones o irregularidades invalidaron los otros); para los anglicanos, solo dos (Catalina de Aragón y Juana Seymour, las únicas no cuestionadas por irregularidades formales).
El almirante Nelson nunca llevó un parche en el ojo para tapar una herida (perdió la visión del derecho en Calvi en 1794, pero no usaba parche; el mito surgió después de su muerte en pinturas y relatos románticos del siglo XIX). Tampoco murió exactamente «como un héroe» en el sentido cinematográfico: fue alcanzado por un francotirador francés mientras paseaba expuesto en la cubierta del Victory en Trafalgar.
La famosa maldición de Tutankhamón («la muerte tocará con sus alas al que perturbe el reposo del faraón») nunca estuvo escrita en la tumba. Fue un invento sensacionalista del corresponsal del Daily Express en 1923, avivado por la prensa y por Arthur Conan Doyle, tras la muerte de Lord Carnarvon.
Cruzar un campo de asteroides (como en las películas) no es peligroso. Las distancias entre rocas son enormes: millones de kilómetros en promedio. Las sondas espaciales los atraviesan sin problema.
El ser humano no tiene cinco sentidos, sino al menos nueve. Además de vista, oído, olfato, gusto y tacto, suelen incluirse: propiocepción (conciencia corporal y posición de las extremidades), termocepción (sensación de calor/frío), nocicecepción (dolor), equilibrio (vestibular) y hasta interocepción (sensaciones internas como hambre o sed).
 
Estos ejemplos solo rascan la superficie. El libro de Lloyd y Mitchinson nos recuerda que la «sabiduría popular» suele ser más ignorancia compartida que conocimiento real. En un mundo saturado de información repetida sin verificar, cuestionar lo que «todo el mundo sabe» sigue siendo el mejor antídoto contra la pereza mental.
 
¿Cuántas de estas te sorprendieron? ¿Y cuántas «verdades» más llevarás aceptando sin darte cuenta de que estás equivocado?
 

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domingo, 19 de abril de 2026

Una tarde húmeda y gris

(Sunday Poetry Corner) Olvidado en un rincón encontré este poema escrito hace tiempo, casi como un borrador; pero decidí rescatarlo del olvido y compartirlo en este rincón en contraste con las luminosas tardes que tenemos estos días. 

(AZprensa) Al final de este poema encontrarás el análisis que Claude ha hecho al mismo: 

LA TARDE HÚMEDA Y GRIS
 
Cerré los ojos e inspiré
el aire húmedo de la tarde gris,
y sentí tu silencio galopando
en mi interior,
latidos feroces gritando ausencia,
y a fuerza de no verte,
de no tener más certeza
que mi espera eterna,
la tarde húmeda y gris
tomó posesión de mí.
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
Hay poemas que nacen perfectos en borrador, sin necesitar corrección porque la emoción que los dictó ya encontró su forma exacta desde el primer momento. Este es uno de ellos.
«La tarde húmeda y gris» es un poema breve —diez versos de verso libre— pero de una densidad emocional considerable. Su fuerza reside en la aparente sencillez con que construye algo muy difícil: hacer visible la ausencia. No describe a quien falta; describe lo que esa falta le hace al que espera. Y esa elección —centrarse en el interior del que sufre, no en el objeto del sufrimiento— es la de un poeta con instinto seguro.
 
El poema arranca con un gesto físico e íntimo: cerrar los ojos, inspirar. Es una invitación al lector a hacer lo mismo, a entrar en ese espacio sensorial antes de que lleguen las palabras más cargadas. Y entonces llega la imagen central, la más lograda del poema: «tu silencio galopando en mi interior». La paradoja es exacta —el silencio no galopa, y sin embargo lo sentimos galopar cuando quien amamos no está— y el verbo «galopando» introduce una violencia contenida que anticipa los «latidos feroces» del verso siguiente.
 
El final es el más certero: la tarde húmeda y gris no es solo el paisaje exterior, es el estado de quien espera sin certeza. Que «tome posesión» de él es la rendición sin drama, la melancolía que no grita sino que simplemente ocupa. Un poema encontrado en un cajón que merece, sin duda, ver la luz.
 

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Dilo sin miedo: “Quiero equivocarme por mí mismo”

(AZprensa) En un mundo saturado de consejos no solicitados, hay una frase que resuena con una lucidez refrescante: “Quiero equivocarme por mí mismo”. Todos hemos sido testigos —o protagonistas— de esa escena tan habitual: alguien cuenta un problema, una decisión difícil o un error reciente, y de inmediato surge el coro de voces ajenas. “Tenías que haber hecho esto”, “yo en tu lugar habría…”, “lo correcto era…”. La cantinela se repite una y otra vez, como si la vida fuera un examen con respuestas oficiales y nosotros, simples correctores dispuestos a puntuar los fallos ajenos. Pero ¿y si el verdadero derecho de cada persona fuera precisamente el de cometer sus propios errores? 

La idea no es nueva, aunque sí incómoda para muchos. Equivocarse forma parte inseparable del aprendizaje humano. Cada tropiezo, cada decisión que sale mal, cada camino que elegimos y que luego lamentamos, va construyendo nuestra experiencia, nuestro criterio y, en última instancia, nuestra identidad. Cuando alguien nos arrebata ese espacio al decirnos “cómo tendríamos que haber actuado”, nos está privando, sutilmente, de la oportunidad de crecer a nuestra manera.
 
“No le digas a los demás cómo tienen que equivocarse”. La frase, directa y casi provocadora, encierra una profunda defensa de la autonomía personal. Porque equivocarse por uno mismo no es masoquismo ni irresponsabilidad: es la única forma auténtica de madurar. Los errores ajenos pueden servir de ejemplo, sí, pero nunca sustituyen a los propios. La sabiduría que realmente cala es la que se paga con caídas propias, no con sermones ajenos.
 
En una época en la que las redes sociales han convertido el consejo gratuito en deporte olímpico, esta reflexión invita a una saludable pausa. Antes de soltar el clásico “yo hubiera hecho…”, quizá valga la pena preguntarse: ¿realmente estoy ayudando, o solo estoy disfrutando de la cómoda posición de quien juzga desde la grada?
 
Dejar que los demás se equivoquen por sí mismos no significa indiferencia ni abandono. Significa respeto. Respeto a su proceso, a su ritmo y a su derecho inalienable a tropezar y levantarse con sus propias lecciones. Al fin y al cabo, la vida no es un guion que se pueda corregir con comentarios al margen. Es un camino que cada uno debe recorrer —y a veces derrapar— en primera persona.
 
Quiero equivocarme por mí mismo. Quizá esta sea una de las declaraciones de independencia más honestas y necesarias de nuestro tiempo.
 

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