domingo, 18 de octubre de 2026

Un instante poético

(Sunday Poetry Corner)
Todos los domingos traemos a este rincón de “Diario AZprensa” un poema y después le pedimos a la IA que haga un “Análisis y Comentario” sobre el mismo. Es interesante no sólo disfrutar del poema, sino también descubrir, a través de la IA, todo lo que puede esconder detrás de unas pocas palabras. Porque un poema no tiene que ser corto ni largo: tiene que transmitir emociones.
 
Por eso hoy hemos elegido uno corto, muy corto, porque en su brevedad y sencillez encierra mucho más contenido del que pudiéramos imaginar. Leerlo es cuestión de dos segundos; asimilarlo... eso ya lleva mucho más tiempo. Y puede acompañarnos —si queremos— durante todo el día, ayudándonos a comprender que este mundo material y esta vida de prisas en la que estamos inmersos quizá no sean más que una diminuta mota de polvo en la inmensidad del universo.
 
HAY TANTOS MUNDOS…
 
«No hay más verdad que la que creo
ni más realidad que la que siento».
 
¿O no será que hay tantos mundos
como tantos son... los pensamientos?
 
ANÁLISIS Y COMENTARIOS
Por ChatGPT
 
Cuatro versos. Apenas unas palabras. Y, sin embargo, detrás de ellos se esconde una pregunta que lleva siglos acompañando al ser humano: ¿existe una realidad única y objetiva o cada uno de nosotros construye su propia realidad a partir de lo que piensa y siente?
 
El poema comienza con dos afirmaciones rotundas:
«No hay más verdad que la que creo
ni más realidad que la que siento».
La primera lectura podría llevarnos a pensar que el autor está defendiendo una especie de verdad absolutamente personal: aquello que yo creo sería mi verdad y aquello que siento constituiría mi realidad. Pero inmediatamente aparece la duda.
«¿O no será que…?»
Y esas tres palabras cambian completamente el sentido del poema. Ya no estamos ante una afirmación, sino ante una invitación a reflexionar. Porque quizá no exista un único mundo interior. Quizá cada persona viva en un mundo diferente, construido con sus recuerdos, sus experiencias, sus ilusiones, sus miedos, sus deseos y, sobre todo, sus pensamientos.
 
Dos personas pueden contemplar exactamente el mismo paisaje y ver cosas completamente diferentes. Pueden vivir la misma experiencia y recordarla de manera distinta. Pueden escuchar las mismas palabras y sentirse heridas, emocionadas o indiferentes. El hecho es el mismo; la vivencia, no.
 
Y ahí aparece la gran pregunta que plantea el poema:
«¿O no será que hay tantos mundos
como tantos son... los pensamientos?»
El autor no dice que existan tantos mundos físicos como personas. Habla de algo mucho más cercano: nuestros mundos interiores. Cada pensamiento abre una posibilidad. Cada persona interpreta la realidad desde su propia perspectiva. Y cada perspectiva crea, de alguna manera, un mundo diferente.
 
Esto nos lleva además a una reflexión sobre la tolerancia. Si cada uno de nosotros contempla la realidad desde un lugar distinto, quizá deberíamos ser algo más prudentes cuando afirmamos que nuestra verdad es «la verdad» y que nuestra manera de ver las cosas es la única posible. Tal vez el mundo que yo veo no sea el mundo. Sea simplemente mi mundo. Y el que ve el otro tampoco tiene por qué ser el mismo que veo yo. Es «su mundo». Lo extraordinario es que todos esos mundos pueden coexistir al mismo tiempo, aunque cada uno de nosotros esté convencido de habitar el verdadero.
 
El poema también tiene una lectura más profunda, casi filosófica. Nos recuerda que entre la realidad exterior y nuestra percepción de ella existe un filtro: nosotros mismos. No vivimos únicamente los acontecimientos; vivimos la interpretación que hacemos de ellos. Por eso una misma circunstancia puede hacer feliz a una persona y desgraciada a otra. No siempre cambia la realidad. A veces cambia la mirada. Y quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas de estos cuatro versos: no podemos elegir todas las cosas que nos suceden, pero sí podemos intentar elegir la manera en que las miramos.
 
Al final, el poema nos devuelve a esa inmensidad del universo que mencionábamos al principio. Frente a miles de millones de estrellas, galaxias, planetas y mundos que ni siquiera podemos imaginar, nuestros problemas cotidianos parecen diminutos. Pero, al mismo tiempo, dentro de cada uno de nosotros existe otro universo igualmente complejo: el de nuestros pensamientos. Puede que seamos una mota de polvo en el universo. Pero una mota de polvo capaz de pensar, de sentir y de construir mundos. Y quizá por eso, después de leer este pequeño poema, ya no parezca tan pequeño.
 

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sábado, 17 de octubre de 2026

Cuatro millones de visitas

(AZprensa)
El 27 de agosto de este mismo año (2026) publicábamos en estas mismas páginas digitales un artículo comentando que el “Diario AZprensa” había alcanzado los 3 millones de visitas. Desde entonces hasta hoy, día 17 de octubre de 2026, sólo han pasado 51 días y se ha producido un hecho remarcable: El “Diario AZprensa” ha alcanzado la cifra de 4 millones de visitas.
 
Ante una noticia de este tipo sólo cabe dar las gracias a los lectores y, si acaso, recordarles las características que hacen tan especial a este informativo digital.
 
 
1.- Es completamente independiente, ya que no admite publicidad y por lo tanto no está sometido a la esclavitud de tener que “contentar” a sus anunciantes, tal como sucede en todos los medios de comunicación que se financian básicamente con la publicidad.
 
2.- No depende, y por lo tanto no rinde pleitesía, a ningún poder político, ni económico, ni de ningún tipo. Es un informativo unipersonal.
 
3.- Está escrito por un periodista que ama el buen periodismo, el rigor y la independencia.
 
4.- Su autor está jubilado y por lo tanto puede decir lo que quiera sin miedo a arruinar su trayectoria profesional y, en consecuencia, no tiene por qué ser políticamente correcto ni seguir las directrices del pensamiento único.
 
5.- Bien es cierto que en este espectacular aumento de visitas hay una parte que corresponde a sistemas de IA que buscan información en el “Diario AZprensa”, pero esto a su vez es un reflejo de la imparcialidad del medio y un aliciente para nuevos lectores.
 
6.- A diferencia de otros medios digitales, aquí se puede consultar toda su hemeroteca, con casi 7.000 noticias e informaciones publicadas. Y para acceder a ella sólo hay consultar –en su vista como web- el directorio que aparece en el lateral derecho, o bien escribir la palabra clave en el buscado que aparece arriba a la izquierda (también en su vista como web).
 
7.- Y también puede resultar atractivo para los lectores, el que se aborden todo tipo  de temas, siempre bajo la perspectiva de la originalidad, el interés y la sorpresa por descubrir nuevos ángulos de la información; así como una invitación sincera para que cada cual cuestione todo lo que lea, vea y oiga, y sean su propio razonamiento y criterio los que finalmente manden por encima de lo leído, visto u oído en cualquier sitio.
 

Biblioteca Fisac
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¿Quién se baja en la próxima estación?

Un método infalible para saber quién se bajará en la próxima estación del Metro y así estar atentos y poder ocupar su asiento en cuanto se levante.
 
(AZprensa) Cada vez que subimos al metro nos encontramos realmente acompañados. Allí tenemos a nuestro alrededor a decenas de personas a las que no conocemos absolutamente de nada y que, a pesar de ello, se toman enseguida ciertas libertades: nos rozan, nos empujan, se apoyan en nosotros, nos pisan los pies y, en las horas punta, hasta consiguen descubrir partes de nuestro cuerpo cuya existencia desconocíamos.
 
Pero lo peor llega cuando queremos sentarnos. Encontrar un asiento libre en hora punta es una misión casi imposible. Aunque digo “casi”, porque existe una técnica que nos permite averiguar quién será la próxima persona en levantarse para bajarse en la siguiente estación.
 
La estrategia es sencilla: basta con observar a los que están sentados y tratar de adivinar qué estación corresponde a cada uno de ellos. Si acertamos, sólo tenemos que situarnos discretamente junto a su asiento, esperar a que se levante y, en cuanto ponga un pie en el andén... ¡Zas! ¡El asiento es nuestro!
 
La cuestión es: ¿cómo podemos saber quién se baja en cada estación?
 
No hace falta preguntar, ni iniciar una conversación; sólo necesitamos unas pequeñas dotes de observación y conocer bien el nombre de las estaciones. Porque, como veremos a continuación, hay nombres de estaciones del Metro de Madrid que parecen haber sido puestos expresamente para indicarnos qué clase de personas se bajan allí.
 
El que está cabreado se baja en... Portazgo
El lagarto en... Sol
El mudo en... Callao
El trabajador vago en... Santo Domingo
El perro en... San Bernardo
El puritano en... Estrecho
El oso panda en... Bambú
El cura en... Iglesia
El juez en... Tribunal
El magnate en... Banco
El jubilado en... Retiro
El director de Marketing en... Ventas
El que tiene de todo en... El Capricho
El egipcio en... Pirámides
El optimista en... Vista Alegre
El salido en... Empalme
El excursionista en... Campamento
El difunto en... Ciudad de los Ángeles
El fabricante de turrón en... Almendrales
El goloso en... Delicias
El poeta en... Las Musas
El catalán en... La Rambla
El mago en... Barajas
El cafetero en... Colombia
El pescador en... Lago
El nostálgico en... La Peseta
El astrónomo en... Estrella
El bodeguero en... Vinateros
El hippy en... Ibiza
El seminarista en... Noviciado
El emprendedor en... Prosperidad
El aceitunero en... Tres Olivos
El periodista en... Ronda de la Comunicación
El educador en... La Moraleja
El cerdo en... La Granja
El cantante en... Opera
El moribundo en... Puerta del Ángel
El de comunión diaria en... Pan Bendito
El alpinista en... Peña Grande
El profesor de gramática en... Lacoma
El indeciso en... Cuatro Caminos
El héroe en... Nueva Numancia
Y el daimieleño en... Las Tablas
 

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viernes, 16 de octubre de 2026

Las suelas de los zapatos

Tenía por ahí, escrito hace ya unos cuantos años, un pequeño texto en el que hacía una reflexión después de ver en televisión el último capítulo de la miniserie “Marco”. Al terminar, me di cuenta —y así lo dejé reflejado entonces— de que aquella historia era una auténtica rara avis.
 
Porque, entre tanta violencia, tanta maldad, tantas infidelidades, tantos engaños, tantos políticos de mierda, tanta ansia de poder y de dinero, tanta superficialidad y tanto consumismo, encontrarse con una historia limpia e inocente como aquella resultaba casi una anomalía.
 
Y no es que fuera simplemente una historia inocente. Era, además, divertida, interesante, bien contada, bien interpretada, bien fotografiada, emocionante, tierna y cargada de valores humanos. Incluso estaba razonablemente bien planteada, teniendo en cuenta que había que aceptar ciertas licencias de la ficción: no resulta fácil comprender cómo un par de niños pueden viajar solos de una ciudad a otra y acabar incluso al otro lado del Atlántico. Pero con un poquito de condescendencia por nuestra parte, uno podía aceptar aquello como parte de las reglas del juego y dejarse llevar por la historia.
 
Sin embargo, hubo un pequeño borrón. Al final de la película, después de un año de andar de un lado para otro como dos auténticos vagabundos, los dos hermanos esperan la llegada del barco. Se sientan en el suelo y, en un determinado momento, la cámara nos muestra las suelas de sus zapatos.Blancas. Inmaculadas. Impolutas. Como si acabaran de salir de la zapatería.
 
¡Qué pena! Después de un año recorriendo caminos, calles, puertos y quién sabe cuántos lugares más, aquellos zapatos tenían las suelas más limpias que las de cualquiera que acabara de estrenarlos. Y lo peor es que habría sido tan fácil solucionar el problema… Bastaba con ponerles unos zapatos viejos, o ensuciar un poco las suelas antes de rodar aquella escena.
 
Aquel pequeño detalle me hizo sonreír, pero también me llevó a una reflexión bastante más seria. Porque, de algún modo, aquella suela inmaculada me recordó que todo en esta vida tiene algo de farsa. Incluso las historias que pretenden mostrarnos la realidad necesitan maquillaje, trucos y pequeñas trampas para resultar creíbles.
 
Y quizá por eso nos gustan tanto las buenas historias.
 
Porque la realidad, tal como nos la encontramos cada día, no siempre resulta agradable. A veces es demasiado violenta, demasiado injusta, demasiado vulgar o demasiado interesada. Y cuando uno está cansado de contemplarla, quizá no haya nada malo en cerrar los ojos durante un rato y dejarse llevar. No para huir definitivamente de ella, sino para tomarnos un descanso.
 
Cerrar los ojos, abrir un libro, ver una película, escuchar una historia… y viajar, aunque sea durante unos minutos, a un mundo diferente. Un mundo donde todavía haya inocencia, amistad, ternura, aventuras y buenos sentimientos; donde los malos no siempre ganen y donde los héroes puedan ser simplemente dos niños que recorren el mundo buscando a su madre.
 
Y allí, además, podemos permitirnos un pequeño milagro: vivir las más apasionantes aventuras sin necesidad de desgastar la suela de los zapatos.
 

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jueves, 15 de octubre de 2026

El día que fui un ídolo de masas

 
¿Al llegar de un viaje en avión te has encontrado con cientos de personas esperándote para aclamarte? ¿No? Pues yo sí. Una vez fui recibido y aclamado como una auténtica celebridad. Esta es la historia…

(AZprensa) Era un viaje más. Uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de nuestra compañía en O Porriño. Como de costumbre, había cogido el primer avión de la mañana, ese que sale a una hora en la que uno todavía no tiene muy claro si está despierto o simplemente se ha levantado por obligación.
 
Ni siquiera el café conseguía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el avión, ocupé uno de los asientos de las primeras filas y, mientras iban subiendo los demás pasajeros, eché un vistazo al periódico y aquello, lejos de despertarme, terminó de convencer a mi organismo de que lo más sensato era seguir durmiendo. Y eso hice antes incluso de despegar.
 
La voz de la azafata anunciando que debíamos abrocharnos los cinturones porque íbamos a tomar tierra me devolvió a la realidad. Había llegado a Vigo descansado y dispuesto a afrontar una jornada de trabajo bastante intensa.
 
A las once de la mañana tenía organizada una rueda de prensa. Había contactado previamente con los responsables de la información sanitaria de todos los medios de comunicación de Galicia, por lo que confiaba en que la convocatoria tuviera una buena respuesta. Lo que no podía imaginar era el recibimiento que me esperaba.
 
Cuando bajé del avión, me encontré con una auténtica muchedumbre. Había principalmente chicas jóvenes, aunque tampoco faltaban chicos e incluso algunas personas de más edad. Y, nada más verme aparecer, comenzaron a gritar como si acabara de aterrizar en Vigo el mismísimo Brad Pitt.
 
Al principio pensé que estaba soñando todavía. Aquello era demasiado bonito para ser verdad: gritos de entusiasmo, brazos agitándose en el aire, gente intentando acercarse, alguna que otra lágrima de emoción... Durante unos instantes llegué a pensar que mi popularidad como Country Communication Manager había alcanzado cotas que ni yo mismo conocía. Me sentí el hombre más afortunado del planeta.
 
La policía apenas podía contener a aquella multitud para evitar que derribase las vallas que protegían el pasillo por el que yo avanzaba. Y yo, naturalmente, respondía con una sonrisa entre modesta y agradecida, intentando aparentar normalidad ante semejante demostración de cariño.
 
Hasta que, después de caminar unos cuantos metros, empecé a notar algo extraño. Los gritos no disminuían, pero tampoco aumentaban. Y, sobre todo, aquellas miradas apasionadas no seguían mi recorrido. Permanecían fijadas en un punto situado detrás de mí.
 
Aquello empezó a resultarme sospechoso. Me di la vuelta. Y entonces descubrí la explicación. Justo detrás de mí avanzaban, uno tras otro, los jugadores de la selección española de fútbol. Resulta que iban a disputar un partido en Vigo al día siguiente y yo no había reparado en semejante detalle. Como me había quedado dormido antes incluso de despegar, no me di cuenta que poco después fueron pasando por delante de mi asiento en primera fila, todos los jugadores de la selección española, los cuales salieron detrás de mi al llegar a Vigo.
 
Eso sí, nadie podrá quitarme jamás la sensación de haber sido, aunque solo fuera durante unos instantes, un auténtico ídolo de masas.
 
Así que aquel viaje a Vigo terminó dejándome dos cosas: una excelente rueda de prensa y un pequeño episodio de gloria personal que, aunque duró muy poco, todavía permanece en mi memoria. Después de todo, no siempre puede uno sentirse como una estrella del fútbol. Aunque sea por equivocación.
 

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