domingo, 7 de junio de 2026

El eco del ultrasentido

(Sunday Poetry Corner)
Fue hace ya muchos años, siendo un adolescente, cuando compartí mis primeros versos con una amiga con quien existía una conexión especial. El recuerdo de aquella tarde me asaltó muchas veces a lo largo de los años y, en una de esas ocasiones, escribí las palabras que hoy comparto con vosotros en este rincón dominical de la poesía.
 
Espero que la lectura de este texto poético sea como un “kit kat”, un instante de respiro en vuestra ajetreada vida, que os haga inspirar un momento de paz y de sosiego, de liberar vuestra sensibilidad para captar ese mundo invisible de sensaciones que nos rodea y que el ruido y las prisas del mundo cotidiano no nos deja percibir ni disfrutar.
 
¡QUÉ ATRÁS SE HA QUEDADO EL TIEMPO!
 
Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
¿Recuerdas? No, tal vez ya no recuerdas nada. Los días vacíos han ido borrando tus entrañas.
 
Aún veo aquel chalé en las afueras: el suelo verde salpicado de baldosas blancas, los árboles pequeños, la piscina dormida... Era la tarde, esa hora en la que el aire adormece y, al más leve movimiento, surge el sudor.
 
—¿Te gusta? —te pregunté.
—...Sí... —respondiste tímida, esbozando una sonrisa.
 
Allí sentados, suspendidos fuera del tiempo, te enseñaba poesía.
—¿Qué es? —preguntaste.
—Es sentir. Es la vida.
—No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
—¿Acaso la tiene la vida? No, ¿verdad? Por eso mi verso es como la existencia: libre, sin reglas, dueño de su propio compás, escrito al impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora mejor?
—Un poco.
—Esto es más que un papel con signos. Es hondo, profundo, con un relieve palpable al ultrasentido.
 
Fue entonces cuando tu mano, por vez primera, rozó con una mezcla de temor e intriga aquellos caracteres y se deslizó después hasta la mía.
—Esto vibra —dijiste, trémula.
—Es que desea sentir tus dedos para contarte muchas cosas.
Tu mano continuó el camino y los dos sentimos algo nuevo que nacía.
—Ha despertado tu ultrasentido —te susurré.
 
Entusiasmada, como estabas, nos olvidamos los dos del tiempo. Me alegraba verte así, dispuesta a explorar nuevos caminos. Quizás en aquellos instantes el reloj detuvo el tiempo y aquél «¡Párate, oh, Sol!» de antaño lo habíamos logrados nosotros sin saberlo.
 
—Es hermoso sentir algo que no vemos —dijiste al fin—. Palpar las ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande.
—Me alegran tus palabras, pero más aún el que las sientas. Todo debería ser así: palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el porqué de estos versos? ¿Comprendes su balanceo?
—Sí, lo siento —me respondiste.
 
La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose poco a poco, difuminando de rojo el cielo. De pronto, una voz te llamó y te alejaste corriendo.
 
¿De verdad no recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no regresas? ¿Acaso volvió a dormirse, lejos de mis manos, ese ultrasentido que una tarde perdida sentiste renacer? ¿Dónde se ha perdido tu esperanza? ¿En qué lugar se olvidaron tus recuerdos?
 
Niña, aquí estoy solo y sin ti... ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
 
COMENTARIO
(Por Gémini)
 
La poesía que se palpa
 
El texto que analizamos es una pieza de una delicadeza punzante. Bajo la apariencia de un recuerdo de verano —un chalé, una tarde calurosa, el letargo de una piscina—, el poema se adentra en una de las dimensiones más misteriosas de la creación literaria: la poesía como una experiencia física y sensorial.
 
1. El escenario y el "Ultrasentido"
El autor nos sitúa en un espacio donde el tiempo cronológico se detiene. El calor y la modorra actúan como un catalizador para que los protagonistas consigan el milagro que ya ansiaba la literatura clásica: detener el sol, congelar el instante. En esa suspensión temporal, el poema introduce un concepto fascinante: el "ultrasentido". No se trata de entender la poesía con el intelecto (la mente racional de la niña busca la rima y el metro), sino de experimentarla con el alma y con la piel.
 
2. El erotismo de la palabra
Existe en el diálogo un erotismo sutil, puramente espiritual y táctil. Las palabras del papel no son "signos" fríos; vibran, tienen relieve, demandan el contacto de los dedos. El acto de leer y comprender se transforma en una caricia. Cuando la mano de la niña roza los versos y, de manera inevitable, termina rozando la mano del poeta, se produce el verdadero milagro: la comunión a través de la belleza compartida.
 
3. La melancolía del olvido
Sin embargo, el poema está atravesado por la línea de la amargura. El contraste entre el "entusiasmo" de aquella tarde y el vacío del presente es desolador. La niña, hoy ya mujer, parece haber sido devorada por la rutina o por la amnesia de "los días vacíos". El poema se cierra con un eco de preguntas retóricas que no buscan respuesta, sino que constatan una pérdida: el ultrasentido se ha vuelto a dormir.
 
Es una elegía hermosa y doliente al despertar de la sensibilidad, un recordatorio de que, a veces, dejamos morir en nuestro interior la capacidad de conmovernos con lo invisible. Una lectura imprescindible para detener nuestro propio reloj y aprender, de nuevo, a palpar los sentimientos.
 

Biblioteca Fisac
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sábado, 6 de junio de 2026

Todos somos delincuentes (y reincidentes)

(AZprensa)
Es tal la obsesión de nuestros gobernantes por prohibir y recaudar que cualquier insignificante acto de nuestra vida cotidiana infringe, casi sin darnos cuenta, un entramado de normas imposible de esquivar. Vivimos bajo un fuego cruzado de decretos y ordenanzas municipales. Para demostrarlo, no hace falta irse al código penal; basta con observar un día cualquiera en la vida de un ciudadano ejemplar.
 
Piénsalo por un momento. Hoy mismo, tú mismo, sin ir más lejos, podrías haber infringido cuatro leyes distintas antes del mediodía:
 
El delito del contenedor: Por la mañana, al salir de casa, tiras la bolsa de basura en su lugar correspondiente. Sin embargo, no te ocupas de rebuscar entre los desperdicios para extraer esa lata de aluminio o ese envase de plástico que, por puro descuido, se mezcló con los residuos orgánicos. Según la estricta normativa de residuos, si un inspector te pilla en ese renuncio, la multa está asegurada.
 
El "exceso" de velocidad: Subes al coche y circulas por el centro de la ciudad en una de esas omnipresentes zonas residenciales donde el límite máximo es de 30 km/h. Te despistas un segundo, pisas levemente el acelerador y el velocímetro marca 31 km/h. Según la ley de tráfico, ese kilómetro por hora de demasía ya es una infracción penalizable. Tuviste suerte de que el radar de turno estuviera apagado.
 
El cruce temerario: Aparcas el vehículo y, como tienes prisa, decides que es más rápido caminar. Cruzas la calle por donde te viene en gana, unos metros fuera del paso de peatones regulado. Miras a ambos lados, constatas que no viene ningún coche y cruzas. Da igual que no hubiera peligro: el reglamento de circulación no exime la culpa y la sanción económica está tipificada.
 
El pañuelo proscrito: De repente, un estornudo inoportuno te obliga a usar un pañuelo de papel. Miras a tu alrededor y no encuentras ni una sola papelera en cien metros a la redonda. Como no te apetece pasear ese desecho higiénico durante media hora, lo dejas caer discretamente junto a un desagüe. Nueva infracción de la ordenanza de limpieza y otra posible receta para el bolsillo.
 
En definitiva: en una mañana cualquiera se pueden infringir cuatro leyes y acumular cuatro multas sin sentir el más mínimo remordimiento de conciencia.
 
La adicción a la reincidencia
 
Pero es que esto de delinquir de forma involuntaria tiene su punto de adicción. Al día siguiente, cualquiera de nosotros puede volver a convertirse en un criminal en potencia con algo tan inocente como sacar a pasear al perro por el parque del barrio.
 
Veamos la hoja de ruta del nuevo delito:
 
Banda sonora ilegal: Sales a la calle con los auriculares puestos, escuchando esa lista de reproducción con canciones que, admitámoslo, te descargaste de internet de aquella manera o mediante una aplicación poco clara. Primer golpe al derecho de autor.
 
El cómplice de cuatro patas: En mitad del parque, sueltas al perro para que corra un poco. Es un animal faldero que no mordería ni a una mosca, así que el peligro es nulo... salvo para tu cartera. Según la ordenanza municipal, está estrictamente prohibido llevar a los animales sueltos fuera de los horarios acotados de la noche.
 
Alimentar al enemigo: Te sientas en un banco a descansar y a comerte un sándwich. Se te acercan unas palomas famélicas, te dan pena (lo cual tampoco exime de culpa) y les lanzas unas migas de pan. Felicidades: acabas de violar la normativa de protección ambiental que prohíbe alimentar a la fauna urbana.
 
Atajo sobre el verde: Se te hace un poco tarde para volver a casa y decides cortar camino en línea recta, lo que te obliga a pisar un par de metros de césped ornamental. Un nuevo atentado contra el mobiliario urbano.
 
Al final del día, en un paseíto de nada, se han cometido otras cuatro infracciones que habrían hecho las delicias de cualquier agente con ganas de rellenar el talonario. Por fortuna, esta vez los gobernantes no han pillado cacho, por lo que el presupuesto para sus coches oficiales, comidas en restaurantes de postín, viajes institucionales y alojamientos en hoteles de primera clase tendrá que esperar a su próximo descuido.
 
Así que ya lo sabes. Mírate al espejo sin miedo: eres un ciudadano normal, pero las leyes de este país te consideran un delincuente reincidente.
 

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viernes, 5 de junio de 2026

Las leyes solo son pretextos para recaudar

(AZprensa)
Sostienen los expertos juristas que una sociedad civilizada podría funcionar con absoluta fluidez con un corpus de apenas trescientas o cuatrocientas leyes básicas. Sin embargo, en nuestro país hemos decidido ignorar la sensatez: acumulamos miles de normas en un entramado legislativo que, lejos de frenarse, no deja de crecer día tras día.
 
Lo único que se consigue con esta auténtica promiscuidad de leyes es estimular la imaginación del ciudadano. Se le empuja a buscar el vacío legal, la trampa o el regate; una destreza que, para colmo, suele ser aplaudida y envidiada por el resto de la sociedad, especialmente cuando la osadía queda impune.
 
Para los gobernantes responsables de parir este tsunami normativo, las leyes han dejado de ser herramientas de convivencia. Hoy son simples pretextos, coartadas legales diseñadas con un único fin: exprimir el bolsillo del ciudadano para recaudar un dinero extra. Un botín imprescindible para seguir manteniendo y engordando un aparato político insaciable, con sus correspondientes gastos de representación, dietas, sueldos blindados y lujosas instalaciones. Y claro, como cada vez hay más cargos públicos que mantener, la máquina de prohibir no puede detenerse.
 
Precisamente mañana voy a publicar en este mismo blog un ejemplo flagrante de esta realidad. Os demostraré cómo tú, cómo yo y cómo todos nosotros, en definitiva, nos hemos convertido en delincuentes involuntarios por culpa de este desmedido afán recaudatorio.
 
No os lo perdáis, porque os vais a ver reflejados.
 

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jueves, 4 de junio de 2026

Un astronauta en el siglo XVI

(AZprensa)
La imagen que ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible, un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada, su traje presurizado y su casco.
 
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la verdadera explicación de este fenómeno?
 
La tradición de los canteros
 
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado. Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original, sino fruto de una intervención posterior.
 
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
 
El testigo del siglo XX

La pieza fue labrada durante las obras de restauración de la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas de helado.
 
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del tiempo.
 

Biblioteca Fisac
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miércoles, 3 de junio de 2026

¿Verdad o mentira? (Pensar puede ser divertido)

(AZprensa)
«¿Es verdad lo que me dices?». Es una pregunta idílica, casi ingenua. En el fondo, ¿cómo podemos saber con absoluta certeza si la persona que tenemos enfrente nos está revelando una verdad incontestable o nos está colando una burda mentira?
 
Si le trasladas la duda a tu interlocutor y este te responde con solemnidad que no está mintiendo, la respuesta no te vale de nada; al fin y al cabo, si te estuviese engañando, te diría exactamente lo mismo. Por el contrario, si en un arrebato de honestidad kamikaze te confiesa que te ha mentido... ¿cómo demonios vas a fiarte, a partir de ese instante, de alguien que se autoproclama mentiroso? Entrar en ese juego es como morderse la cola en un bucle infinito.
 
El refugio de las creencias
 
Por si fuera poco, el asunto se complica con los bienintencionados. A menudo, lo que la gente te dice es simplemente lo que cree que es verdad. Pero el hecho de que alguien defienda una idea con fe ciega y devoción no la convierte automáticamente en un hecho real. La historia está llena de verdades absolutas que terminaron en el vertedero de los errores históricos.
 
Ante este panorama, desconfiados de los demás, caemos en la última trampa: el egocentrismo cognitivo. Pensamos que solo queda y solo vale lo que uno mismo cree. Nos convertimos en nuestros propios jueces y soberanos. Sin embargo, lamento aguar la fiesta, pero lo más probable es que eso que tú crees con tanta firmeza tampoco sea la verdad desnuda, sino solo tu creencia; un traje a medida fabricado por tus sesgos, tus vivencias y tus deseos.
 
La perspectiva del otro lado
 
Quizás la verdad, con mayúsculas, sea un territorio prohibido para los vivos. Algo que nadie alcanzará jamás en esta existencia, por la sencilla razón de que para comprobar si algo es real o un espejismo, necesitas perspectiva. Necesitas, inevitablemente, haber abandonado esta vida y contemplar el cuadro completo, con distancia, desde el otro lado del telón. Solo los muertos poseen el mapa del tesoro, pero tienen la mala costumbre de no enviar postales.
 
Así que nos quedamos aquí abajo, atrapados en este tablero de sombras donde las certezas se evaporan en cuanto las tocas.
 
Y llegados a este punto de sospecha generalizada, solo me queda lanzar una última pregunta al aire: ¿será verdad esto que os estoy diciendo?
 

Biblioteca Fisac
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