viernes, 4 de septiembre de 2026

Cuando recortar céntimos en los genéricos pone en riesgo la salud

El uso racional de los medicamentos genéricos es una herramienta indispensable para garantizar la sostenibilidad financiera de la sanidad pública. Nadie cuestiona su utilidad estructural. Pero convertir el precio más bajo en el único criterio de excelencia es un error estratégico de graves consecuencias.

(AZprensa) En el artículo de ayer sobre el sector farmacéutico, poníamos sobre la mesa el eterno debate acerca de la equivalencia real entre los medicamentos originales y las opciones genéricas. Pero rascar la superficie de este mercado revela una trastienda industrial aún más compleja. Si analizamos la cadena de suministro y la presión económica a la que se somete a los fabricantes, el debate sobre el ahorro deja de ser meramente financiero para convertirse en una cuestión de estricta seguridad sanitaria.
 
¿Son los laboratorios de genéricos hermanitas de la caridad?
 
Conviene desterrar los falsos romanticismos. Las grandes multinacionales farmacéuticas de investigación no son ONG; buscan beneficios legítimos a través de la innovación, el desarrollo de moléculas punteras y la excelencia clínica de la que luego se beneficia toda la sociedad.
 
Pero los laboratorios de genéricos tampoco son benefactores de la salud pública. Son empresas puramente comerciales cuyo modelo se sustenta en el volumen y en el ajuste drástico de gastos. Cuando los sistemas de salud y las administraciones exprimen los precios de referencia hasta obligar a comercializar fármacos por cantidades exiguas, se activa una reacción en cadena inevitable: para mantener el margen de beneficio, hay que abaratar la producción en el origen.
 
Llegados a este punto, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿es lógico que un envase de antibiótico de uso clínico cueste hoy lo mismo o incluso menos que un paquete de chicles? Cuando el precio de un medicamento vital se desploma hasta esos niveles, alguien, en algún eslabón de la cadena, está recortando en lo esencial.
 
La trastienda invisible de la fabricación: maquinaria y materias primas
 
Detrás de un comprimido no hay únicamente un principio activo teórico, sino una infraestructura industrial milimétrica. Y es aquí donde la obsesión por el bajo coste muestra sus mayores vulnerabilidades:
 
Maquinaria obsoleta o de segunda mano: Para fabricar pastillas que garanticen una dosificación exacta y uniforme, se requieren prensas de compresión de última generación. Sin embargo, no es ningún secreto industrial que algunos productores de bajo coste adquieren maquinaria de segunda mano o desfasada. La pregunta técnica es evidente: ¿comprime y dosifica con la misma precisión una máquina vieja y desgastada que una tecnología punta? La respuesta es un rotundo no.
 
El origen incierto de las gelatinas: Las cápsulas blandas o duras que recubren muchos fármacos se obtienen a partir de derivados cartilaginosos animales. Mientras que los productores rigurosos exigen una trazabilidad estricta y certificados de calidad europeos, existen proveedores alternativos que se abastecen en mataderos de regiones con estándares sanitarios muy laxos, como determinadas zonas de la India o Pakistán, operando muchas veces en una peligrosa opacidad documental.
 
Excipientes y colorantes low cost: Un medicamento no solo lleva principio activo; incluye aglutinantes, recubrimientos y colorantes. Un gran laboratorio de prestigio internacional jamás pondrá en riesgo su reputación global por ahorrarse unos céntimos en un tinte o un excipiente secundario. En cambio, una estructura modesta de genéricos, cuyos beneficios unitarios se miden estrictamente en fracciones de céntimo, puede caer en la tentación de buscar el proveedor más económico del mercado global, abriendo la puerta a reacciones alérgicas imprevistas y problemas de tolerancia en pacientes sensibles.
 
Por eso habría que plantearse cuál es el verdadero coste de lo barato; porque cuando se trata de lo que ingerimos para curar nuestro organismo, la obsesión ciega por abaratar cada céntimo nos sale -tarde o temprano- demasiado cara.
 
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jueves, 3 de septiembre de 2026

¿Son realmente iguales los medicamentos genéricos y los de marca? El dilema entre la economía y la salud

Han pasado los años, los gobiernos se suceden y las normativas sanitarias se afinan sobre el papel, pero en el fondo de las boticas y en los mostradores de las farmacias el dilema sigue intacto. Cuando acudimos a retirar una receta, la inercia del sistema nos empuja casi sin margen de maniobra hacia el medicamento genérico. La premisa oficial es clara y repetida hasta la saciedad: mismo principio activo, misma eficacia, menor coste.
 
(AZprensa) Al rascar la superficie de la verdad oficial, surgen preguntas incómodas que la burocracia sanitaria prefiere silenciar. ¿Es un genérico exactamente igual a su equivalente de marca? Y lo que es más importante: ¿dónde está el límite entre la eficiencia económica y la seguridad clínica?
 
La paradoja del mercado y el absurdo del precio
 
Imaginemos por un momento que extrapolamos esta lógica a cualquier otro sector de consumo. Si acudimos a una tienda a comprar un artículo de una firma reconocida y, encontrándonos con que la copia o la alternativa blanca cuesta exactamente lo mismo, la normativa nos obligara a llevarnos la imitación, pondríamos el grito en el cielo alegando vulneración de la libertad de elección.
 
En el terreno farmacéutico, esta anomalía se ha normalizado bajo el paraguas del ahorro público. A igualdad de precio —o con mínimas variaciones inducidas por los reales decretos de referencia—, los resortes del sistema priorizan la dispensación del genérico. Pero estamos hablando de salud, no de textiles ni de electrónica de consumo.
 
El mito de la equivalencia exacta: la horquilla de biodisponibilidad
 
Aquí radica el núcleo de la cuestión que rara vez se explica al ciudadano de a pie. A un medicamento genérico no se le exige que sea químicamente idéntico ni que se comporte de forma milimétrica como el original de marca. Las agencias reguladoras aceptan un margen de variabilidad en la llamada biodisponibilidad —la cantidad y velocidad con la que el principio activo llega al torrente sanguíneo— que puede oscilar, según los estándares internacionales, entre un 25% por arriba o por abajo respecto al fármaco de referencia.
 
Traducido al lenguaje de la calle: un genérico no es estrictamente "igual", sino "aproximadamente igual".
 
Si acudimos a una tienda de música buscando el disco de un artista consagrado y el dependiente nos ofrece un disco de otro intérprete que "canta más o menos parecido", lo más probable es que rechacemos el cambiazo. ¿Por qué aceptamos entonces esa misma horquilla de tolerancia cuando se trata de moléculas que regulan nuestra tensión arterial, nuestra tiroides o procesos neurológicos complejos? Las autoridades sanitarias defienden que esos márgenes son clínicamente seguros para la gran mayoría de la población. Sin embargo, la duda razonable persiste en pacientes crónicos o con estrechos márgenes terapéuticos: ¿con qué frecuencia y rigor se auditan de forma independiente los miles de genéricos que inundan el mercado?
 
El peligro invisible: asfixiar al investigador
 
Más allá del debate clínico inmediato, existe una amenaza a medio y largo plazo que afecta directamente a la innovación médica. Desarrollar un nuevo fármaco, someterlo a ensayos clínicos rigurosos durante más de una década y superar los filtros de seguridad requiere inversiones millonarias que asumen los grandes laboratorios innovadores.
 
Si el sistema exprime de manera sistemática los márgenes de los medicamentos originales —reduciendo drásticamente el retorno de la inversión apenas expira la patente—, el incentivo para investigar se evapora. Los inversores de riesgo capital migrarán de forma natural hacia sectores más rentables y menos regulados. La consecuencia lógica de este desincentivo es peligrosa: si castigamos sistemáticamente a quien investiga, dentro de un siglo nos encontraremos consumiendo los mismos medicamentos de siempre, huérfanos de nuevas moléculas capaces de plantar cara a las enfermedades del futuro.
 
El genérico cumple una función insustituible para sostener la viabilidad de los sistemas públicos de salud, nadie lo discute. Pero convertirlo en un dogma indiscutible, ocultando sus matices técnicos y tensionando a la industria de la innovación, es una receta cortoplacista. La salud merece rigor, transparencia y, sobre todo, el derecho soberano del paciente y del médico a saber exactamente qué se está poniendo sobre la mesa.
 
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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Suspendemos en Biología. Y en humildad. Y en casi todo lo demás

El Census of Marine Life ha calculado que el 86% de las especies terrestres y el 91% de las marinas aún no han sido descubiertas ni catalogadas. Es decir: llevamos milenios convencidos de conocer el planeta en que vivimos y resulta que no tenemos ni idea de con quiénes compartimos casa.
 
(AZprensa) La humanidad lleva siglos cultivando con gran esmero una de sus características más universales y menos justificadas: la convicción de saberlo todo. Hemos construido civilizaciones, levantado imperios, escrito enciclopedias, lanzado sondas al espacio exterior y declarado guerras por ideas que considerábamos verdades absolutas. Y mientras hacíamos todo eso, resulta que el 86% de las especies que comparten con nosotros este planeta estaban ahí, tranquilamente, sin que nadie las hubiera visto, nombrado ni catalogado. Ocupando su lugar en el ecosistema con total discreción mientras nosotros disputábamos fronteras y cotizábamos en bolsa.
 
Los científicos del Census of Marine Life —un proyecto internacional de una ambición y una paciencia encomiables— han publicado el cálculo más preciso realizado hasta ahora sobre el número total de especies vivas en la Tierra. El resultado: aproximadamente 6,5 millones de especies en tierra firme y 2,2 millones en el mar. Y de ese total, seguimos sin conocer el 86% de las terrestres y el 91% de las marinas. En términos de nota escolar, eso equivale a un suspenso tan rotundo que no se recupera en septiembre: se recupera en varios siglos de trabajo de campo intensivo.
 
«Conocemos el 14% de las especies terrestres y el 9% de las marinas. El resto nos es completamente desconocido. Y aun así organizamos cumbres de biodiversidad con la solemnidad de quien sabe de lo que habla.»
 
El boletín de notas de la humanidad
 
Si alguien tuviese la ocurrencia de extender a la humanidad un boletín de calificaciones sobre el conocimiento de su propio planeta, el resultado sería el siguiente:
 
BOLETÍN DE CALIFICACIONES · HUMANIDAD · CURSO: LOS ÚLTIMOS DIEZ MIL AÑOS
 
Especies terrestres conocidas: 1,4 sobre 10. Suspenso. Recuperación en septiembre del año 2800.
Especies marinas conocidas: 0,9 sobre 10. Suspenso severo. El mar ni nos conoce a nosotros.
Humildad ante lo desconocido: 0,5 sobre 10. Suspenso histórico. Sin visos de mejora.
Guerras declaradas: 10 sobre 10. Sobresaliente. La única asignatura en que destacamos.
Banalidad cultivada: 9,8 sobre 10. Notable alto. Esfuerzo constante y visible.
 
La paradoja del ignorante seguro de sí mismo
 
Lo que más llama la atención de todo esto no es la magnitud de lo que desconocemos —que es abrumadora—, sino la desproporción entre ese desconocimiento y la confianza con que actuamos. Organizamos cumbres de biodiversidad con la solemnidad de expertos. Debatimos sobre la preservación de ecosistemas como si tuviéramos un inventario completo de lo que hay que preservar. Legislamos sobre especies en peligro de extinción cuando todavía no sabemos ni qué especies existen. Es como diseñar un plan de ahorro sin saber cuánto dinero hay en la cuenta. Con corbata y PowerPoint, eso sí.
 
Y mientras tanto, en algún rincón del océano a tres mil metros de profundidad, o en la hojarasca de algún bosque tropical que aún no hemos deforestado del todo, hay criaturas que llevan millones de años viviendo perfectamente sin que ningún científico les haya puesto nombre, sin que ningún documental las haya filmado y sin que ninguna red social haya tenido la oportunidad de convertirlas en meme. Ahí están, tranquilas, siendo el 86%.
 
Una propuesta modesta
 
Ante esta situación, cabría esperar que la humanidad reorientara sus prioridades. Que dedicara menos energía a las guerras, a la ambición sin freno y a la banalidad de lo cotidiano, y más a conocer el planeta extraordinario que habita. Que en lugar de disputar por los recursos de un mundo que apenas comprende, invirtiera en comprender ese mundo antes de terminar de estropearlo.
 
No voy a hacer la propuesta demasiado concreta porque la experiencia enseña que las propuestas concretas acaban en comités, los comités en informes, los informes en cajones y los cajones en ninguna parte. Me limito, pues, a señalar que hay un 86% de la naturaleza terrestre y un 91% de la naturaleza marina que no nos conocen, que nunca hemos molestado y que, a juzgar por cómo nos comportamos, probablemente preferirían seguir así.
 
Nos tendremos que aplicar, sí. Mucho. Y quizás empezar por la asignatura más urgente de todas: la humildad. Porque es difícil aprender algo nuevo cuando uno está convencido de que ya lo sabe todo. Y nosotros, con el 14% del conocimiento disponible sobre nuestra propia casa, llevamos milenios creyendo que lo sabemos todo.
 
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martes, 1 de septiembre de 2026

¿Existieron los dinosaurios vampiros?

Revisando la hemeroteca, uno se encuentra con noticias tan curiosas como esta que hoy voy a recordar…
 
(AZprensa) Que existieron vampiros (o animales predecesores de los vampiros) hace millones de años, seguramente es cierto, pero esos animales no eran dinosaurios. Y sin embargo una noticia del año 2011 nos venía a demostrar que los dinosaurios vampiros sí que existen, quizás no existieron antes pero sí ahora. Me explicaré.
 
Decía la citada noticia que el parque temático de Teruel sobre dinosaurios, Dinópolis, había sacado una oferta de lo más sangrienta: a todas las personas que acudiesen un determinado día a donar sangre, con motivo de una Maratón de Donación de Sangre en Zaragoza, se les haría (a ellos y a sus familiares) un 20% de descuento en la entrada a este parque.
 
Y es que, para que nadie olvidase ese eslogan turístico de “Teruel existe”, te animaban ahora a grabártelo con sangre.
 

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lunes, 31 de agosto de 2026

Los islandeses prefieren seguir su propio rumbo

Tras el referéndum celebrado en Islandia para decidir si se retomaban o no las negociaciones de adhesión con la Unión Europea, la opción del "no" se ha impuesto con claridad. Los islandeses prefieren seguir siendo dueños de su propio destino, sin injerencias de nadie
 
(AZprensa) En un contexto geopolítico global donde las grandes potencias y los bloques supranacionales parecen querer absorberlo todo, todavía quedan comunidades dispuestas a reivindicar el valor incalculable de la independencia. Los ciudadanos de Islandia acaban de mandar un mensaje alto y claro en las urnas: tras el referéndum celebrado para decidir si se retomaban o no las negociaciones de adhesión con la Unión Europea, la opción del "no" se ha impuesto con claridad.  Los islandeses han mirado a su alrededor, han sopesado las ventajas y los peajes de formar parte del club comunitario y han concluido que están mejor así, gobernando su propio destino y protegiendo su soberanía frente a las directrices de Bruselas.
 
El peso sagrado de la soberanía y la riqueza del mar
 
Para entender esta decisión hay que mirar más allá de la fría aritmética económica. Islandia es una isla con una identidad muy marcada, celosa de su autogobierno —conquistado plenamente hace relativamente poco, en 1944— y con una economía muy particular donde los recursos naturales marinos juegan un papel absoluto.  Entrar en la Unión Europea siempre ha supuesto para los islandeses un dilema peliagudo: la más que probable pérdida de control exclusivo sobre sus ricos caladeros de pesca y la imposición de normativas comunitarias ajenas a la realidad de una pequeña nación insular en medio del Atlántico Norte. La experiencia histórica y el temor a diluir su soberanía en un engranaje burocrático continental han pesado como una losa sobre los partidarios de la integración.
 
La libertad de elegir no diluirse
 
A pesar de las presiones del tablero geopolítico actual y de los cantos de sirena que abogaban por estrechar lazos formales bajo el paraguas europeo, la ciudadanía ha preferido mantener el modelo actual: una estrecha colaboración comercial a través del Espacio Económico Europeo (EEE), pero conservando las manos libres en lo político, monetario y legislativo.
 
En una época en la que muchos países parecen renunciar por inercia a parcelas fundamentales de su autogobierno en favor de estructuras centralizadas, el veredicto de Islandia funciona como un recordatorio saludable. Nos enseña que la soberanía nacional, la capacidad de decidir las propias leyes y la protección de los recursos propios siguen siendo valores de primer orden para quienes entienden que la independencia no es solo un concepto histórico, sino una herramienta diaria de supervivencia y dignidad.
 
Los islandeses han votado y lo han tenido claro: prefieren ser dueños de su brújula en su propio mar, aunque sople el viento del norte.
 

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