viernes, 16 de octubre de 2026

Las suelas de los zapatos

Tenía por ahí, escrito hace ya unos cuantos años, un pequeño texto en el que hacía una reflexión después de ver en televisión el último capítulo de la miniserie “Marco”. Al terminar, me di cuenta —y así lo dejé reflejado entonces— de que aquella historia era una auténtica rara avis.
 
Porque, entre tanta violencia, tanta maldad, tantas infidelidades, tantos engaños, tantos políticos de mierda, tanta ansia de poder y de dinero, tanta superficialidad y tanto consumismo, encontrarse con una historia limpia e inocente como aquella resultaba casi una anomalía.
 
Y no es que fuera simplemente una historia inocente. Era, además, divertida, interesante, bien contada, bien interpretada, bien fotografiada, emocionante, tierna y cargada de valores humanos. Incluso estaba razonablemente bien planteada, teniendo en cuenta que había que aceptar ciertas licencias de la ficción: no resulta fácil comprender cómo un par de niños pueden viajar solos de una ciudad a otra y acabar incluso al otro lado del Atlántico. Pero con un poquito de condescendencia por nuestra parte, uno podía aceptar aquello como parte de las reglas del juego y dejarse llevar por la historia.
 
Sin embargo, hubo un pequeño borrón. Al final de la película, después de un año de andar de un lado para otro como dos auténticos vagabundos, los dos hermanos esperan la llegada del barco. Se sientan en el suelo y, en un determinado momento, la cámara nos muestra las suelas de sus zapatos.Blancas. Inmaculadas. Impolutas. Como si acabaran de salir de la zapatería.
 
¡Qué pena! Después de un año recorriendo caminos, calles, puertos y quién sabe cuántos lugares más, aquellos zapatos tenían las suelas más limpias que las de cualquiera que acabara de estrenarlos. Y lo peor es que habría sido tan fácil solucionar el problema… Bastaba con ponerles unos zapatos viejos, o ensuciar un poco las suelas antes de rodar aquella escena.
 
Aquel pequeño detalle me hizo sonreír, pero también me llevó a una reflexión bastante más seria. Porque, de algún modo, aquella suela inmaculada me recordó que todo en esta vida tiene algo de farsa. Incluso las historias que pretenden mostrarnos la realidad necesitan maquillaje, trucos y pequeñas trampas para resultar creíbles.
 
Y quizá por eso nos gustan tanto las buenas historias.
 
Porque la realidad, tal como nos la encontramos cada día, no siempre resulta agradable. A veces es demasiado violenta, demasiado injusta, demasiado vulgar o demasiado interesada. Y cuando uno está cansado de contemplarla, quizá no haya nada malo en cerrar los ojos durante un rato y dejarse llevar. No para huir definitivamente de ella, sino para tomarnos un descanso.
 
Cerrar los ojos, abrir un libro, ver una película, escuchar una historia… y viajar, aunque sea durante unos minutos, a un mundo diferente. Un mundo donde todavía haya inocencia, amistad, ternura, aventuras y buenos sentimientos; donde los malos no siempre ganen y donde los héroes puedan ser simplemente dos niños que recorren el mundo buscando a su madre.
 
Y allí, además, podemos permitirnos un pequeño milagro: vivir las más apasionantes aventuras sin necesidad de desgastar la suela de los zapatos.
 

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jueves, 15 de octubre de 2026

El día que fui un ídolo de masas

 
¿Al llegar de un viaje en avión te has encontrado con cientos de personas esperándote para aclamarte? ¿No? Pues yo sí. Una vez fui recibido y aclamado como una auténtica celebridad. Esta es la historia…

(AZprensa) Era un viaje más. Uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de nuestra compañía en O Porriño. Como de costumbre, había cogido el primer avión de la mañana, ese que sale a una hora en la que uno todavía no tiene muy claro si está despierto o simplemente se ha levantado por obligación.
 
Ni siquiera el café conseguía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el avión, ocupé uno de los asientos de las primeras filas y, mientras iban subiendo los demás pasajeros, eché un vistazo al periódico y aquello, lejos de despertarme, terminó de convencer a mi organismo de que lo más sensato era seguir durmiendo. Y eso hice antes incluso de despegar.
 
La voz de la azafata anunciando que debíamos abrocharnos los cinturones porque íbamos a tomar tierra me devolvió a la realidad. Había llegado a Vigo descansado y dispuesto a afrontar una jornada de trabajo bastante intensa.
 
A las once de la mañana tenía organizada una rueda de prensa. Había contactado previamente con los responsables de la información sanitaria de todos los medios de comunicación de Galicia, por lo que confiaba en que la convocatoria tuviera una buena respuesta. Lo que no podía imaginar era el recibimiento que me esperaba.
 
Cuando bajé del avión, me encontré con una auténtica muchedumbre. Había principalmente chicas jóvenes, aunque tampoco faltaban chicos e incluso algunas personas de más edad. Y, nada más verme aparecer, comenzaron a gritar como si acabara de aterrizar en Vigo el mismísimo Brad Pitt.
 
Al principio pensé que estaba soñando todavía. Aquello era demasiado bonito para ser verdad: gritos de entusiasmo, brazos agitándose en el aire, gente intentando acercarse, alguna que otra lágrima de emoción... Durante unos instantes llegué a pensar que mi popularidad como Country Communication Manager había alcanzado cotas que ni yo mismo conocía. Me sentí el hombre más afortunado del planeta.
 
La policía apenas podía contener a aquella multitud para evitar que derribase las vallas que protegían el pasillo por el que yo avanzaba. Y yo, naturalmente, respondía con una sonrisa entre modesta y agradecida, intentando aparentar normalidad ante semejante demostración de cariño.
 
Hasta que, después de caminar unos cuantos metros, empecé a notar algo extraño. Los gritos no disminuían, pero tampoco aumentaban. Y, sobre todo, aquellas miradas apasionadas no seguían mi recorrido. Permanecían fijadas en un punto situado detrás de mí.
 
Aquello empezó a resultarme sospechoso. Me di la vuelta. Y entonces descubrí la explicación. Justo detrás de mí avanzaban, uno tras otro, los jugadores de la selección española de fútbol. Resulta que iban a disputar un partido en Vigo al día siguiente y yo no había reparado en semejante detalle. Como me había quedado dormido antes incluso de despegar, no me di cuenta que poco después fueron pasando por delante de mi asiento en primera fila, todos los jugadores de la selección española, los cuales salieron detrás de mi al llegar a Vigo.
 
Eso sí, nadie podrá quitarme jamás la sensación de haber sido, aunque solo fuera durante unos instantes, un auténtico ídolo de masas.
 
Así que aquel viaje a Vigo terminó dejándome dos cosas: una excelente rueda de prensa y un pequeño episodio de gloria personal que, aunque duró muy poco, todavía permanece en mi memoria. Después de todo, no siempre puede uno sentirse como una estrella del fútbol. Aunque sea por equivocación.
 

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miércoles, 14 de octubre de 2026

Los únicos sillones que nunca están vacíos

Resulta ya tan habitual encontrar sillones vacíos, puestos de trabajo vacíos, cajas cerradas, etc., que no nos detenemos a pensar en la realidad que se esconde detrás de eso. Vamos a prestar un poco de atención en este artículo…
 
(AZprensa) Hay una cosa que cada vez resulta más frecuente en España: encontrar sitios vacíos. Si uno entra en un banco, es posible que encuentre una mesa vacía. Antes había cuatro empleados y ahora hay tres. Si entra en una tienda, probablemente verá dos dependientes donde antes había tres. Si va a un supermercado, comprobará que varias cajas permanecen cerradas y que las cajeras que antes atendían a los clientes han desaparecido de algunas de ellas. Y si entra en una oficina comercial, no será extraño encontrar puestos de trabajo vacíos. Mesas, sillas, ordenadores... todo preparado para que alguien se siente, pero sin que nadie lo haga.
 
Es una imagen que se ha convertido en habitual. Las empresas reducen plantillas, automatizan procesos, concentran servicios, sustituyen personas por máquinas o simplemente intentan hacer lo mismo con menos trabajadores. Y, cuando no hay más remedio, el puesto que queda vacío permanece vacío.
 
Pero hay lugares donde parece que esta regla no se cumple. Hay espacios en los que no se aprecia ningún sitio vacío. Todos los sillones están ocupados. Se diría que existe allí un extraño fenómeno de pleno empleo permanente:
El Congreso de los Diputados.
El Senado.
Los plenos de los ayuntamientos.
Las diputaciones y otros organismos representativos.
En estos lugares no parece existir el problema de las mesas vacías.
 
Naturalmente, alguien podría decir que un país necesita instituciones, representantes y personas que desempeñen esas funciones. Y es verdad. Una democracia no funciona sin instituciones y representantes. Pero la pregunta es otra. ¿Necesitamos exactamente tantos?
 
Porque hay una curiosa contradicción que quizá deberíamos plantearnos alguna vez. En una empresa, cuando disminuyen los ingresos, se estudia cómo reducir costes. Si sobran oficinas, se cierran oficinas. Si sobran puestos de trabajo, se amortizan puestos de trabajo. Si una tienda tiene menos clientes, procura funcionar con menos empleados. La Administración, sin embargo, parece tener una lógica diferente.
 
En el sector privado, la pregunta suele ser: «¿Cuántas personas necesitamos para hacer este trabajo?». En el sector público representativo, quizá la pregunta debería ser también: «¿Cuántas personas necesitamos para hacer este trabajo?». Y aquí aparece una idea que probablemente resulte bastante incómoda: ¿por qué no se puede reducir también el número de sillones cuando las circunstancias lo aconsejan?
 
No estoy hablando de eliminar la democracia, ni de dejar a los ciudadanos sin representación. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: aplicar a las instituciones el mismo principio de eficiencia que se exige al resto de la sociedad.
 
Si una empresa puede pasar de cuatro empleados a tres porque el volumen de trabajo ha disminuido, ¿por qué una institución no puede plantearse alguna vez si necesita exactamente el mismo número de representantes? Y si en una tienda puede haber un puesto que se queda vacío porque ya no hace falta, ¿por qué un escaño tendría que estar condenado a permanecer ocupado eternamente?
 
Hay una especie de pleno empleo que resulta particularmente llamativo: el de los políticos. Junto con los enterradores —que, por razones obvias, siempre tienen trabajo—, quizá sean de los pocos profesionales para los que nunca parece faltar un puesto.
 
Es una ironía, naturalmente. Pero las ironías suelen funcionar mejor cuando contienen una pregunta seria dentro. Y la pregunta sería esta: Si en todas partes hay que hacer ajustes cuando faltan recursos, ¿por qué las instituciones representativas no pueden hacerlos también?
 
Imaginemos, por ejemplo, que un ayuntamiento de un pueblo cualquiera dijera: «Durante los próximos años vamos a reducir un 10 por ciento el número de concejales. Cuando el 90 por ciento de nuestros ciudadanos tenga trabajo, volveremos a estudiar la situación». Probablemente nos parecería una propuesta revolucionaria. Y quizá ahí esté precisamente el problema.
 
Nos hemos acostumbrado tanto a que los ajustes los hagan siempre los demás que hemos terminado aceptando como normal que algunas instituciones permanezcan al margen de las mismas dificultades que afectan al resto.
El ciudadano puede perder su empleo.
La tienda puede cerrar una caja.
El banco puede eliminar una mesa.
La empresa puede reducir su plantilla.
Pero el sillón político parece pertenecer a otra categoría laboral.Uno de esos empleos en los que, por muchos problemas que tenga el país, siempre aparece alguien dispuesto a ocupar el puesto.
 
Quizá algún día veamos algo insólito: un pleno con varios sillones vacíos. Y entonces, por una vez, no será una mala noticia. Será la señal de que alguien ha comprendido que las instituciones también pueden hacer sacrificios cuando los ciudadanos los están haciendo. Porque si estamos de acuerdo en que no tiene sentido mantener puestos de trabajo que ya no son necesarios, deberíamos ser capaces de formular la misma pregunta en cualquier lugar: ¿Este sillón es imprescindible o simplemente está ocupado porque siempre ha estado ocupado?
 
Puede que sea una pregunta incómoda. Pero, viendo tantos sitios vacíos por todas partes, quizá ya va siendo hora de empezar a hacerla también en los lugares donde nunca falta una silla ocupada.
 

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martes, 13 de octubre de 2026

El omeprazol y el pan de ajo: una receta contra las comilonas

Los investigadores ya sabían que el omeprazol es eficaz, y también todos sabíamos que el ajo es bueno. Lo que se ha descubierto después es que cuando el omeprazol y el ajo se juntan, los beneficios son mucho mayores que la suma de uno más uno.
 
(AZprensa) Hay descubrimientos científicos que, cuando llegan a nuestros oídos, nos hacen pensar inmediatamente en sus posibles aplicaciones prácticas. Y si, además, esas aplicaciones tienen que ver con la gastronomía, la cosa empieza a ponerse verdaderamente interesante.
 
Hace ya unos cuantos años, un equipo de investigadores de la Universidad de Maastricht (Holanda) publicó en la revista Journal of Antimicrobial Chemotherapy un estudio sobre los efectos del ajo y el omeprazol frente a una bacteria llamada Helicobacter pylori, responsable de buena parte de las úlceras gástricas y duodenales.
 
Los investigadores comprobaron que ambos productos, por separado, podían inhibir el crecimiento de esta bacteria en el laboratorio, pero que, cuando se combinaban, sus efectos antibacterianos se potenciaban, mostrando una acción sinérgica.
 
¡Fantástico! ¡La ciencia al servicio de la buena mesa!
 
Porque, si el ajo ya era uno de los ingredientes imprescindibles de nuestra gastronomía, ahora parecía que también podía presumir de ciertas propiedades antibacterianas. Y si a ello añadíamos el omeprazol, ese medicamento tan popular que muchos tienen en casa, parecía que acabábamos de encontrar la fórmula magistral para enfrentarnos a cualquier exceso gastronómico.
 
Ya me imaginaba a los restaurantes incorporando a sus cartas un nuevo aperitivo: una tostada de pan de ajo acompañada de un omeprazol. Y, por supuesto, los establecimientos especializados en grandes banquetes podrían ofrecer un menú especial con esta combinación, ideal para quienes tienen previsto entregarse a los placeres de la mesa sin demasiadas preocupaciones.
 
Eso sí, conviene no dejarse llevar por el entusiasmo. El estudio se realizó in vitro, es decir, en condiciones de laboratorio, y sus resultados no demuestran que comer ajo y tomar omeprazol prevenga las úlceras ni evite los problemas digestivos después de una comilona. De hecho, los propios investigadores señalaban que era necesario realizar estudios clínicos adicionales para comprobar si esa combinación podía tener utilidad en pacientes.
 
Además, el omeprazol no es un medicamento que debamos tomar por nuestra cuenta como medida preventiva después de una comida copiosa. Y cuando existe una infección por Helicobacter pylori, su tratamiento requiere una combinación de medicamentos, habitualmente con antibióticos, prescrita por un profesional sanitario.
 
Pero, dejando a un lado estas pequeñas consideraciones científicas, no me negarán que la idea tenía su atractivo. ¡Qué tranquilidad saber que, al menos en el laboratorio, el ajo y el omeprazol parecían llevarse tan bien!
 
Así que, por ahora, seguiremos disfrutando del pan de ajo por sus cualidades gastronómicas y dejaremos el omeprazol para cuando realmente esté indicado. Porque una cosa es que la ciencia nos ayude a cuidar la salud y otra muy distinta que nos dé permiso para repetir de cochinillo, cordero o cualquier otra exquisitez.
 
Aunque, bien pensado, si algún día se demuestra que el pan de ajo protege de las consecuencias de las comilonas, los restaurantes tendrán que empezar a servirlo en cestas mucho más grandes.
 

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lunes, 12 de octubre de 2026

¿Cine de autor o cine comercial?

Muchos se preguntan: ¿Qué prefieres, cine de autor o cine comercial? Los que se las dan de entendidos, dicen que cine de autor, aunque se aburran soberanamente en esas películas; por el contrario los que prefieren cine comercial no dicen nada, pero van al cine y se divierten…
 
(AZprensa) Con cierta frecuencia surge en las conversaciones sobre cine una controversia que parece ya un clásico: cine de autor frente a cine comercial. Y lo curioso es que, antes incluso de saber de qué película estamos hablando, ya tenemos preparado el veredicto.
 
Al cine comercial, sin necesidad de haberlo visto, se le suele colocar una etiqueta bastante poco cariñosa: cine fácil, superficial, artificioso, sin contenido y pensado únicamente para hacer una buena recaudación. Si además consigue que millones de personas pasen por taquilla, la sospecha queda confirmada: aquello no puede ser demasiado bueno.
 
Al cine de autor, en cambio, se le concede de entrada un tratamiento completamente distinto. Es cine inteligente, culto, profundo, de gran calidad artística y destinado a ocupar un lugar privilegiado en la historia del séptimo arte.
 
Y si después resulta que han ido a verla cuatro gatos, tampoco pasa nada. La culpa, naturalmente, no es de la película, es de todos los que no han ido a verla que son unos incultos y no están preparados para comprender la obra.
 
Como podemos ver, somos muy aficionados a poner etiquetas antes incluso de disponer de suficientes elementos de juicio. Por eso quizá convenga empezar por el principio.
 
¿Qué es exactamente el cine de autor?
 
Podríamos decir que es aquel en el que el director hace la película que quiere hacer, como quiere hacerla y según su propia concepción artística, sin preocuparse demasiado por si después le gusta o no al público.
 
Perfecto. Si además consigue que guste a los espectadores y obtiene una buena taquilla, estupendo. Pero si ocurre lo contrario, siempre queda una salida bastante cómoda: explicar que el público no ha sabido entender la película, que la sociedad todavía no está preparada para semejante despliegue intelectual o que el director ha sido incomprendido, como suele suceder con los grandes genios.
 
Y aquí aparece el cine comercial.
 
El cine comercial sería, en principio, aquel en el que el director hace una película pensando en el público. Su objetivo es que guste al mayor número posible de espectadores. Eso no significa necesariamente que renuncie a sus gustos, a su personalidad o a su manera de entender el cine. Puede poner en la película todo su talento, sus conocimientos y sus preferencias, pero teniendo presente una pequeña cuestión: alguien tiene que pagar la entrada para verla. Y ahí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.
 
Porque parece que hemos decidido que una película tiene que ser necesariamente una cosa o la otra. O es cine de autor, y por tanto intelectual y artístico, o es cine comercial, y por tanto sospechosamente vulgar.
 
Hay autores que hacen películas de autor para salas prácticamente vacías. Y también hay directores que se limitan a seguir las instrucciones del productor, meten todos los ingredientes que supuestamente gustan al público y fabrican una película de la que, en cuanto termina, uno sale preguntándose si le devolverán el dinero de la entrada por daños morales.
 
Por eso quizá el verdadero dilema no sea cine de autor o cine comercial. Quizá sea algo mucho más sencillo: ¿Cine o bodrio?
 
Porque puede hacerse una película pensando en el público y hacerla magníficamente. Y puede hacerse una película pensando exclusivamente en satisfacer al director y conseguir una auténtica obra de arte.
 
Pero también puede hacerse una película comercial que sea un bodrio. Y puede hacerse una película pretendidamente intelectual que sea otro bodrio.
 
La diferencia es que, en el segundo caso, siempre habrá alguien dispuesto a explicarnos durante hora y media por qué no hemos entendido nada.
 
Por eso creo que deberíamos olvidarnos un poco de las etiquetas y hablar de buenas o malas películas, buenos o malos directores, buenos o malos argumentos, buenos o malos actores y buenas o malas historias.
 
Un buen director deja su sello en una película aunque no aparezca por ninguna parte la etiqueta «cine de autor». Su personalidad, su manera de contar, su sensibilidad y su forma de entender el cine acabarán apareciendo de una u otra manera. Y si, además, consigue que al público le guste, tampoco creo que haya que pedirle perdón por ello. Al fin y al cabo, hacer buen cine y conseguir que la gente quiera verlo no deberían ser conceptos incompatibles.
 
Porque quizá la verdadera categoría de una película no debería decidirse por el número de espectadores que tiene ni por la cantidad de intelectuales que aseguran haberla entendido. Debería decidirse, simplemente, por una pregunta mucho más sencilla: ¿Es una buena película? Y para responderla no hace falta ninguna etiqueta. Solo verla.
 

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