lunes, 20 de julio de 2026

El triunfo del ladrillo legal: El absurdo de la publicidad en revistas médicas

Cualquier persona ajena al sector sanitario que, por puro azar o curiosidad, se ponga a hojear una revista médica de esas dirigidas exclusivamente a profesionales, se quedará estupefacta ante el panorama publicitario. Y no me refiero al mensaje del fármaco, ni a la audacia del diseño gráfico, ni a su creatividad visual. Lo que verdaderamente dejará ojiplático al lector profano es la presencia de unas páginas completas, anexas a cada anuncio, escritas con un texto minúsculo, denso y completamente apelmazado. ¿Qué es eso?
 
(AZprensa) En la jerga del sector, este fenómeno se conoce como «ficha anuncio». Se trata de los textos de obligado cumplimiento que las normativas exigen incluir a los anunciantes, y que no son otra cosa que un resumen de la ficha técnica (ese prospecto ininteligible que acompaña a todos los medicamentos bajo receta).
 
La ingenua idea del "lumbreras" de turno
 
Hace ya años, a algún preclaro legislador se le ocurrió la peregrina idea de que no podía publicarse ningún anuncio de un fármaco si no venía escoltado por este testamento legal. El objetivo teórico era blindar la seguridad: especificar las propiedades del medicamento, su forma de administración, contraindicaciones y un sinfín de posibles efectos secundarios. En la práctica, es el escudo perfecto de los laboratorios: una fórmula obligatoria para que, en caso de juicio, nadie pueda alegar aquello de «a mí no me habían dicho que esto daba dolor de cabeza».
 
Como es lógico, muchos de estos efectos adversos van surgiendo al cabo de los años de uso de un fármaco, cuando ya lo han consumido millones de personas. ¿Cuál es la consecuencia? Que el texto debe actualizarse permanentemente, y en el mundo de la burocracia, actualizar siempre significa añadir más líneas de texto.
 
Cuando se implantó la medida, el espacio publicitario se duplicó automáticamente de forma absurda:
 
- Por cada página de anuncio correspondía una página de texto legal.
 
- Por cada anuncio de media página, correspondía una página entera de texto.
 
- Y para mayor despropósito: por un minúsculo anuncio de un octavo de página... ¡otra página completa de intrincada literatura legal!
 
El calvario de las editoriales y la picaresca del "cuerpo ocho"
 
Este desmadre de páginas obligó a las revistas médicas a un aumento drástico de sus tarifas. Las editoriales, conscientes del disparate, no cobraban esas páginas de mazacote al precio de la tarifa publicitaria normal, pero lógicamente tenían que aplicar un suplemento: el coste del papel, de la impresión y de la distribución de semejantes tochos es sumamente elevado. ¿El resultado? Los anuncios se encarecieron y las revistas perdieron todo su atractivo visual, lastradas por la inserción de tales bodrios.
 
Quien parió la norma pensó, en su infinita inocencia, que los médicos se leerían minuciosamente ese testamento antes de firmar una receta. Para "facilitar" la labor, la ley dictaminó que el cuerpo mínimo de la letra debía ser el número ocho. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los laboratorios cumplieron la norma al pie de la letra (nunca mejor dicho): la tipografía era un cuerpo ocho, sí, pero ejecutada en su variante más estrecha, juntando al máximo el interlineado, eliminando los espacios y suprimiendo cualquier atisbo de punto y aparte. El resultado fue un auténtico bloque de cemento armado, completamente ilegible para el ojo humano.
 
Y de verdad que no se puede culpar a los laboratorios. Ante tamaño despropósito regulatorio, ¿qué pretendían? ¿Que lo pusieran en un diseño bonito y espaciado para que, en lugar de una página, el texto ocupase diez? ¿Iba así a leérselo alguien? Vamos, por favor...
 
Conclusión: La proporción del disparate
 
La historia, lejos de corregirse, ha alcanzado tintes de comedia grotesca. Como los textos legales no paran de crecer año tras año a medida que el fármaco envejece en el mercado, actualmente se ha llegado a una proporción delirante de 3 a 1. Sí, han leído bien: por cada página de publicidad creativa, el lector debe tragarse tres páginas de un mazacote insufrible de textos legales.
 
¿Hay algo más absurdo en el mundo de la comunicación que pagar por publicar un texto que está diseñado específicamente para que nadie sea capaz de leerlo? Probablemente no. Es el triunfo del papeleo sobre el sentido común, patrocinado por la mente que puso en marcha la medida y por las mentes que, a día de hoy, permiten que este sainete impreso continúe existiendo.
 

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domingo, 19 de julio de 2026

La arquitectura visual como lenguaje

(Sunday Poetry Corner) A veces las palabras contenidas en los versos de un poema no pueden resistir la monotonía y las estrictas reglas gramaticales y deciden viajar por libre, escaparse de los moldes establecidos y jugar a ser ellas mismas parte gráfica de las imágenes que transmite ese poema. 

Hoy traemos a este rincón dominical un ejemplo de ello. Este poema, titulado “Cuando me separan de ti”, nos muestra cómo algunas de sus palabras juegan por sí mismas para reflejar visualmente lo que nos dicta el poema.

CUANDO ME SEPARAN DE TI
 
Cuando me      separan     de ti
sin que nadie ni nada pueda impedirlo,
siento acorchada mi mente,
como si nada
hubiera pasado,
como si nunca hubiese existido.
 
Cuando mis manos no te       alcanzan,
antes que dejarlas
                                caer
                                          muertas,
las encierro con mi mente en el olvido,
guardando como siempre
la esencia de un             suspiro
                             hondo
 
Cuando pienso que ahora estás        lejos,
sin poder romper
                             o saltar
las horas ciclópeas,
sólo se me ocurre hacer esto:
Guardar en mi cerebro
toda tu esencia
envuelta en mis anhelos.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Claude
 
«Cuando me separan de ti» es un poema tipográficamente atrevido y emocionalmente honesto. Antes de leer una sola palabra, la página ya habla: los espacios en blanco que separan «separan» de «ti» en el primer verso, la caída escalonada de «caer / muertas», el salto que abre el tercer terceto entre «ahora estás» y «lejos»… Todo eso no es decoración ni capricho gráfico. Es la forma que ha encontrado el poeta para que el lector no solo entienda la separación, sino que la sienta en el cuerpo mientras lee.
 
La arquitectura visual como lenguaje
 
Lo primero que hay que señalar, porque es lo más singular del poema, es que la disposición espacial de las palabras en la página es parte inseparable del significado. Cuando el primer verso escribe «Cuando me      separan     de ti», esos espacios vacíos entre las palabras son la separación. El ojo tiene que saltar sobre el blanco igual que el hablante tiene que saltar sobre la distancia que lo separa del otro. Es una decisión formal de una eficacia inmediata y muy difícil de conseguir sin que parezca forzada. Aquí no lo parece: es completamente natural.
 
Lo mismo ocurre con «caer / muertas», dispuesto en escalera descendente. Las manos no solo caen en el texto: caen en la página, hacia abajo, hasta quedar encerradas en el olvido. Y el «lejos» del tercer terceto, separado por un espacio de «ahora estás», construye visualmente esa distancia que el hablante describe: la palabra más importante, la que duele, aparece sola, al final, después de un vacío.
 
El poema en tres tiempos
 
La estructura anafórica —los tres comienzos con «Cuando»— organiza el poema en tres respuestas a la misma situación: la separación. Cada estrofa parte del mismo hecho y lo aborda desde un ángulo distinto.
 
La primera trabaja desde la mente: la separación produce un entumecimiento, un «acorchamiento» que es la reacción de defensa ante algo que duele demasiado para ser procesado. «Como si nada / hubiera pasado, / como si nunca hubiese existido»: la mente protege anestesiando. Es un mecanismo psicológico muy preciso, descrito con pocas palabras y con exactitud.
 
La segunda trabaja desde el cuerpo: las manos que no alcanzan al otro. La imagen de las manos «muertas» antes que dejarlas caer es de una intensidad considerable. El hablante prefiere encerrarlas en el olvido —guardarlas, suspenderlas— antes que tener que vivir con su inutilidad en ausencia del otro. Y el «suspiro / hondo» al final, con esa disposición escalonada, baja físicamente en la página como baja el suspiro en el cuerpo.
 
La tercera trabaja desde el tiempo: «las horas ciclópeas» son una imagen nueva y potente. El adjetivo «ciclópeas» —enorme, de una sola dimensión, cegador— le da a las horas de separación una corporeidad casi mitológica. No son horas que pasan: son obstáculos que no se pueden romper ni saltar. Y la respuesta del hablante a esa imposibilidad es la misma que en las estrofas anteriores, pero ahora formulada con más claridad: guardar «toda tu esencia / envuelta en mis anhelos». Interiorizar al otro cuando el exterior no lo permite.
 
El movimiento hacia adentro

Si el poema del domingo anterior, «Te busco», era un poema de movimiento externo —calles, metro, plaza, llegada—, este es su exacto reverso: un poema de movimiento interno. Ante la imposibilidad de alcanzar al otro en el espacio, el hablante lo lleva dentro. La mente, el olvido, el cerebro: todo el vocabulario de este poema es interior. Es la geografía del que no puede moverse hacia donde quiere y construye en cambio una morada interior donde el otro sigue presente.

Ese movimiento de repliegue no es rendición. Es, al contrario, una forma activa de preservar. «Guardar en mi cerebro / toda tu esencia / envuelta en mis anhelos»: el verbo guardar implica cuidado, intención, voluntad. El hablante no olvida ni se resigna. Guarda. Y lo que guarda es la esencia del otro, no su imagen ni su recuerdo, sino algo más profundo e indefinible: su esencia. Eso que hace que una persona sea exactamente esa persona y no otra.
 
El poema sostiene a lo largo de sus tres estrofas un equilibrio muy difícil de mantener: habla de dolor —de separación, de manos que no alcanzan, de horas que no se pueden saltar— sin caer en el lamento ni en la queja. Hay una dignidad contenida en cada verso que convierte lo que podría ser una elegía en algo más cercano a una declaración silenciosa de amor resistente. El otro no está, pero el hablante lo guarda. Y en ese gesto de guardar, el poema encuentra su razón de ser.
 

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sábado, 18 de julio de 2026

Algunas frases geniales

(AZprensa)
Hoy vamos a compartir algunas frases geniales sobre tres asuntos bien distintos. En cualquier caso, son frases que más allá de sorprendernos o hacernos esbozar un sonrisa, nos llevan a pensar un poco sobre la clase de mundo y sociedad tan absurda que nos ha tocado vivir. Esta es la selección de hoy:
 
Sobre la piratería:
“Cada persona que se descarga gratuitamente un libro/película/disco, no es un pirata, ni un delincuente, ni un cliente que hayan perdido; simplemente es un cliente que nunca iban a tener”.
PD.- Y yo diría más aún: es una persona que si encuentra satisfactoria esa descarga se convertirá en un cliente potencial para la próxima obra de ese artista. Las “descargas piratas” son, pues, como “muestras gratuitas” de un producto que si nos gusta es posible que compremos más adelante.
 
Sobre el canon digital:
“¿Por qué tengo que pagar el canon digital por un CD si lo quiero para colgarlo en el balcón y ahuyentar a las palomas?”
 
Sobre la Justicia:
"En un país donde la justicia es lenta, no hay justicia”
Esta frase la pronunció hace años el Dr. Guillermo Sierra, en el contexto de unas declaraciones sobre una sentencia del Tribunal Constitucional sobre acreditación de la formación, que tardó ¡nueve años en resolverse!
 

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viernes, 17 de julio de 2026

Falsas lecciones de urbanidad: El arte político de exigir lo que no se cumple

Existe una vieja y perversa costumbre en los despachos del poder que consiste en tratar al ciudadano con una condescendencia flagrante. A menudo, las élites políticas se autootorgan el papel de tutores morales, dictando normas, consejos y sermones de conducta mientras, a nivel de calle, se sienten enteramente eximidas de cumplir sus propios dogmas.
 
(AZprensa) Revisando los archivadores de mi hemeroteca personal, he rescatado una crónica que escribí en el ya lejano año 2011. Aunque el protagonista de la anécdota, el entonces presidente del Congreso José Bono, ya no ejerce ningún cargo público, el fondo de la historia es tan atemporal y aplicable a la sociedad de hoy que merece la pena pasarle el plumero de la actualidad. Este ejemplo sigue perfectamente vigente en todos los ámbitos.
 
Un mal ejemplo frente a Las Cortes
 
La historia real ocurrió una tarde a las 16:50 horas. Me disponía a cruzar la calle justo frente al edificio de Las Cortes por el paso de cebra reglamentario. En ese preciso instante, divisé a José Bono cruzando esa misma calzada de forma totalmente incorrecta. «Caray —pensé para mis adentros—, podía haber dado diez pasos más, porque el paso de peatones lo tenía aquí mismo».
 
Sin embargo, haciendo gala de una alarmante desidia urbana, tanto el político como los escoltas que le acompañaban cruzaron por un lugar no señalizado, incumpliendo de forma flagrante una clara norma de tráfico.
 
Soy consciente de que algún lector podría pensar que esto es sacar punta a un hecho insignificante. Al fin y al cabo, solo hay que asomarse a cualquier calle a cualquier hora del día para ver cómo los peatones cruzan por donde les da la gana. Tienen razón los lectores, y de hecho no tenía la más mínima intención de relatar este tropiezo cotidiano en mi blog. Hasta que llegó la noche.
 
La matemática imposible de una excusa oficial
 
Al repasar la prensa nocturna, me topé con una noticia asombrosa: el día anterior, el político había llegado tarde a un acto en la Escuela de Cuchillería de Albacete. Para justificar su retraso ante los asistentes, no se le ocurrió otra cosa que afirmar que la tardanza se había debido, estrictamente, a que había respetado escrupulosamente las normas de tráfico.
 
La contradicción era monumental. Un peatón que se salta las normas de circulación por pura comodidad a plena luz del día iba dando lecciones públicas sobre la necesidad de cumplir la ley. Pero lo más jugoso —según lo publicado en los diarios de la época— era la cuantía del retraso: una hora exacta.
 
Fue ahí donde saqué la calculadora y las cuentas, sencillamente, no cuadraban:
 
¿Una hora de retraso en el trayecto Madrid-Albacete? Conviene recordar que en aquellas fechas el Gobierno había aprobado una reducción temporal de la velocidad máxima permitida en autopistas, bajándola de 120 a 110 km/h.
 
¿Esa rebaja de solo 10 km/h paralizaba de tal manera las carreteras del país como para estirar el viaje sesenta minutos? Es físicamente imposible.
 
¿O es que quizás el coche oficial estaba acostumbrado a circular a 180 km/h y al ponerse por una vez a la velocidad legal el desfase temporal fue de una hora?
 
Las conclusiones lógicas nos dejan solo dos caminos: o el retraso se debió a causas totalmente ajenas y se buscó la primera excusa política que quedaba a mano, o todo se dijo en plan de broma y el reportero de turno no captó el chiste.
 
Conclusión: Nadie está para dar sermones
 
La verdad se construye informándose primero para poder razonar después por uno mismo. Este viejo episodio de nuestra hemeroteca es la radiografía perfecta de un mal endémico: el de los líderes que pretenden educar a la masa desde el púlpito mientras ellos toman el atajo prohibido.
 
Ya sea en 2011 o en la actualidad, en la política o en la vida diaria, las lecciones de urbanidad solo son válidas cuando se respaldan con el ejemplo. El resto es simple palabrería y matemáticas defectuosas que dejan la realidad al decsubierto.
 

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jueves, 16 de julio de 2026

¿Para qué sirve hoy una carrera de Periodismo?

La ausencia de una colegiación obligatoria que sirva de escudo ético y profesional ha dejado el campo abierto al "todo vale", castigando precisamente a quienes pasaron por las aulas universitarias.
 
(AZprensa) En los años de formación universitaria, es natural observar la colegiación profesional como un marchamo de garantía indispensable para el ejercicio del saber. Se concebía como una defensa natural contra el intrusismo, un marco ético inquebrantable y un reglamento de buenas prácticas capaz de garantizar unas mismas reglas de juego para todos los agentes del sector. Sin embargo, en el ámbito de las ciencias de la información, esa colegiación obligatoria jamás llegó a materializarse.
 
El resultado de esa anomalía histórica lo sufrimos hoy en día: cualquiera puede ejercer el periodismo. Ante este panorama, cabe hacerse una pregunta tan incómoda como inevitable: ¿para qué sirve realmente estudiar la carrera de Periodismo? En la práctica actual, la respuesta es desalentadora: para nada. Para trabajar hoy en los medios de comunicación, solo se necesita cumplir con alguna de estas dos condiciones:
 
Saber comunicar bien: Lo que incluye la habilidad de escribir con soltura, resumir con eficacia y destacar aquello que resulta más atractivo e impactante para el gran público.
 
Ser famoso: En cuyo caso, ni siquiera es necesario poseer destrezas comunicativas; para subsanar esa carencia ya existen los llamados «negros» o redactores en la sombra que escriben en nombre de otros.
 
Redacciones plagadas e infiernos salariales
 
Si uno se toma la molestia de echar un vistazo a las redacciones de cualquier medio de comunicación contemporáneo, comprobará que están plagadas de profesionales que jamás han pisado la facultad de ciencias de la información.
 
Esta situación genera una paradoja tan flagrante como injusta: aquellos profesionales que sí han dedicado años a cursar la carrera reglada son, con alarmante frecuencia, quienes soportan los sueldos más ínfimos del escalafón y se ven obligados a realizar el trabajo más duro y precario de la cadena de producción informativa.
 
El secuestro del rigor y la ética
 
De la ética y del rigor informativo en los tiempos que corren, mejor ni hablar; brillan por su ausencia. Hoy en día no impera la búsqueda de la verdad objetiva, sino los estrictos dictados del editor, quien lógicamente se encuentra mucho más pendiente del apoyo publicitario de sus anunciantes y de las prebendas de los poderes políticos y económicos que de la deontología de su oficio.
 
El panorama actual es el reflejo exacto de este modelo: programas de telebasura que copan de forma sistemática los primeros puestos de audiencia, informaciones tendenciosas diseñadas a la medida exacta de los poderes que sostienen económicamente al medio, y afirmaciones categóricas lanzadas al aire sin la más mínima comprobación o contraste previo.
 
¿A quién beneficia el descontrol?
 
Tal vez, si en su momento hubiese existido una colegiación obligatoria en el periodismo, el panorama actual no se hubiera desmadrado de una forma tan flagrante. Un colegio profesional fuerte habría actuado como un dique de contención frente a los desmanes y la degradación del oficio.
 
Para entender un problema hay que preguntarse a quién beneficia la situación actual: ¿a qué tipo de profesional le interesa que la colegiación no sea obligatoria? La respuesta es obvia: únicamente a aquellos que no desean ser controlados. Interesa a quienes huyen de estar sometidos a unas mismas reglas de ejercicio profesional y a un código ético igual para todos. Sin reglas, el negocio de la desinformación es mucho más rentable, aunque el precio a pagar sea la muerte del propio periodismo.
 

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