martes, 28 de abril de 2026

“Precioso discurso de…”: cuando las palabras valen más que los hechos

(AZprensa) El otro día, leyendo la prensa, me topé con un comentario que rezaba: “Precioso discurso de…”. No voy a mencionar ni al orador ni al medio, porque en realidad eso es lo de menos. Lo verdaderamente preocupante es el fondo del asunto: que la opinión pública siga valorando más la forma que el contenido, más la oratoria que los resultados.
 
Nos hemos acostumbrado a juzgar a nuestros líderes por cómo hablan, por su capacidad para emocionar, por su ingenio dialéctico o por lo bien que suenan sus promesas. Mientras tanto, los hechos —esos que realmente definen a una persona o a un gobierno— quedan relegados a un segundo plano.
 
Basta observar los debates políticos. Se montan como auténticos espectáculos de esgrima verbal. Al terminar, los medios y las redes sociales se apresuran a declarar un “ganador”: el que estuvo más ágil, el que soltó la mejor frase, el que humilló con más elegancia al adversario. ¿Ganador de qué, exactamente? ¿De ser más elocuente? ¿De tener mejores guionistas?
 
Lo grave es que esa victoria dialéctica rara vez se traduce en mejoras concretas para los ciudadanos. Da igual que alguien hable maravillosamente si después sus políticas fracasan, si las promesas se evaporan o si la gestión diaria deja mucho que desear.
 
Hace más de dos mil años ya nos lo advirtieron con una claridad meridiana: “Por sus obras los conoceréis”. No dijo “por sus discursos”, ni “por sus debates”, ni “por lo bonito que suenan sus palabras”. Dijo “por sus obras”.
 
Quizá ha llegado el momento de recuperar ese criterio tan sencillo como exigente. Dejar de aplaudir los discursos brillantes y empezar a exigir resultados tangibles: en la economía, en la sanidad, en la educación, en la seguridad o en la honestidad de las instituciones.
 
Mientras sigamos premiando la retórica por encima de la realidad, seguiremos condenados a que nos gobiernen (y nos engañen) con bonitas palabras vacías. Ya va siendo hora de que nos centremos en los hechos y dejemos a un lado las palabras.
 

Biblioteca Fisac
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lunes, 27 de abril de 2026

Los libros antiguos, testigos del tiempo

(AZprensa) En un mundo dominado por pantallas y lecturas fugaces, los libros antiguos siguen resistiendo como auténticos testigos del tiempo. No son solo objetos: son cápsulas de memoria, portadoras de historias que trascienden el contenido de sus páginas. Cada ejemplar envejecido guarda huellas invisibles —manos que lo hojearon, miradas que se detuvieron en sus líneas, épocas que lo rodearon— y se convierte así en un puente entre generaciones.
 
Entre estas joyas literarias, hoy compartimos una edición ilustrada de “Don Quijote de La Mancha” impresa en 1901. No se trata únicamente de la obra cumbre de Miguel de Cervantes, considerada uno de los pilares de la literatura universal, sino de un objeto que ha sobrevivido más de un siglo, atravesando cambios sociales, tecnológicos y culturales. Sus ilustraciones, su tipografía y hasta el papel en el que fue impreso hablan de una forma distinta de entender la lectura: más pausada, más contemplativa, más íntima.
 
Poseer un ejemplar así es, en cierto modo, custodiar un fragmento de historia. El libro no solo cuenta las aventuras del ingenioso hidalgo y su fiel escudero; también narra, en silencio, su propio viaje en el tiempo. Estuvo en varias bibliotecas familiares, acompañó a varias generaciones e sobrevivió a momentos históricos convulsos. Cada marca, cada desgaste, añade una capa de significado que ninguna edición moderna puede replicar.
 
El valor emocional de estos libros es tan importante como el histórico. En ellos se mezclan la nostalgia, la curiosidad y un profundo respeto por el pasado. Leer un volumen antiguo es una experiencia distinta: no solo se interpreta el texto, sino que se establece un diálogo con quienes lo leyeron antes. En ese sentido, un Quijote de 1901 no es solo un libro; es una herencia cultural viva.
 
En tiempos donde lo inmediato predomina, rescatar y valorar estos ejemplares es también una forma de resistencia. Nos recuerda que la literatura no es efímera, que las grandes historias perduran y que, como el propio Don Quijote, hay ideales —la imaginación, la belleza, la memoria— que merecen ser defendidos contra el paso del tiempo.
 
PD.- Si estás interesado en este ejemplar, deja un comentario.
 

Biblioteca Fisac
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Larga vida a la vitamina C (y a los recuerdos efervescentes)

(AZprensa) En 1959 llegó a España Redoxón, la primera vitamina C comercial del mercado. Pronto se convirtió en un auténtico fenómeno, especialmente en su formato efervescente con sabor a naranja. Todavía hoy, más de seis décadas después, sigue siendo un clásico de las farmacias.
 
Yo vivía esa época en el lado de los laboratorios farmacéuticos y en los años setenta promocionaba Cecrisina, una de sus principales competidoras. Nuestro gran argumento de venta era que sabíamos “más a naranja natural”. Y para demostrarlo, los visitadores médicos llevaban en su maletín algo muy especial: unos elegantes vasos de cristal decorados con el logo de Cecrisina y muestras del producto.
 
La visita promocional seguía siempre el mismo ritual. Después de presentar el resto de la gama, llegaba el momento culminante: entregaban el vaso al médico, le pedían que lo llenara de agua, disolvían el comprimido efervescente y lo invitaban a probarlo. “¿A que sabe a naranja de verdad?”, preguntaban con una sonrisa. Funcionaba. Y muy bien. Como cada delegado visitaba a los médicos cada mes o cada dos meses, muchos facultativos acabaron formando una pequeña colección de aquellos bonitos vasos. Sus esposas, según contaban, estaban encantadas.
 
Otra anécdota curiosa de aquella época: cuando prácticamente todos los medicamentos estaban financiados por la Seguridad Social, a Redoxón y a sus competidoras se las conocía popularmente como “el refresco del seguro”. Las madres acudían al médico pidiendo “esa naranjada que sale gratis” para sus hijos. Y los médicos, comprensivos, se la recetaban.
 
La vitamina C ha sido, sin duda, un gran aliado para nuestra salud. Ayuda a reforzar las defensas, contribuye al buen funcionamiento del sistema inmunitario y ha acompañado a varias generaciones. Sin embargo, hay que reconocer una verdad incómoda: Redoxón, Cecrisina y el resto de marcas efervescentes nos han convertido en unos vagos redomados. Hoy preferimos echar un comprimido en un vaso de agua antes que exprimir un par de naranjas frescas. Es más cómodo, más rápido… y da mucho menos trabajo.
 
Por eso, hoy quiero rendir un pequeño homenaje a estos clásicos. Felicito a Redoxón por su longevidad (todo un superviviente) y recuerdo con cariño a la desaparecida Cecrisina. Y auguro una larga vida a las vitaminas C efervescentes… Al menos hasta que alguien invente el exprimidor perfecto: el que no haya que limpiar después de usarlo.
 

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domingo, 26 de abril de 2026

Pero ¿hemos pisado la Luna?

(AZprensa) A día de hoy, todavía hay quien se hace una pregunta tan fascinante como inquietante: ¿pisó realmente el ser humano la Luna o fue todo un elaborado engaño?
 
Los escépticos sostienen su postura apoyándose en diversos argumentos. Uno de los más conocidos es el del cinturón de Van Allen, esa región de radiación que rodea la Tierra y que, según ellos, habría sido letal para los astronautas al atravesarla sin la protección adecuada. Señalan también que, en aquella época, la tecnología —incluidos los trajes espaciales— no estaba suficientemente desarrollada como para soportar la radiación ni las duras condiciones de la superficie lunar, carente de atmósfera protectora.
 
A estos argumentos técnicos se suman otros de carácter visual: fotografías en las que la bandera parece ondear sin viento, reflejos extraños en las viseras, zonas iluminadas donde debería haber sombra, ausencia de estrellas en el cielo o sombras que no siguen trayectorias paralelas. Para quienes dudan, estos detalles no son simples curiosidades, sino indicios de una posible escenificación.
 
Como casi siempre ocurre en cuestiones tan debatidas, la interpretación final queda en manos del lector. Por mi parte, me inclino por una postura intermedia: creo que el ser humano sí llegó a la Luna, pero también considero posible que parte del material gráfico que conocemos no se realizara allí.
 
Para entender esta idea, conviene situarse en el contexto histórico. Fue el presidente estadounidense John F. Kennedy quien lanzó el ambicioso objetivo de llegar a la Luna antes que nadie. En plena Guerra Fría, con la Unión Soviética tomando ventaja en la carrera espacial, lograrlo suponía mucho más que un avance científico: era un golpe propagandístico de enorme magnitud.
 
El apoyo popular permitió destinar a la NASA presupuestos colosales, necesarios para una empresa de tal envergadura. Pero si el objetivo era también demostrar al mundo ese logro, surgía un problema evidente: ¿y si las imágenes reales no eran lo suficientemente claras o se veían afectadas por las condiciones del espacio? En ese escenario, algunos plantean que se habría diseñado un “plan B”.
 
Aquí entra en juego una figura tan inesperada como sugerente: el director de cine Stanley Kubrick. Tras el impacto visual de 2001: Una odisea del espacio (1968), su nombre comenzó a asociarse con teorías que apuntan a su posible colaboración en la recreación de escenas lunares en un plató terrestre. Según esta hipótesis, las anomalías visuales en fotos y vídeos serían consecuencia de esa recreación.
 
A partir de ahí, el relato se adentra en terrenos aún más especulativos: supuestas muertes en circunstancias extrañas de personas implicadas, el progresivo aislamiento de Kubrick en su residencia en el Reino Unido o incluso la cesión por parte de la NASA de lentes especiales que utilizó en Barry Lyndon (1975), capaces de rodar con luz natural.
 
¿Casualidad, coincidencia o indicio? Es difícil afirmarlo con rotundidad.
 
Lo cierto es que, más allá de teorías y sospechas, la llegada del hombre a la Luna sigue siendo uno de los hitos más impresionantes de la historia de la humanidad. Y quizá, como ocurre con muchos grandes acontecimientos, entre la realidad y el relato siempre queda un espacio abierto a la duda, la interpretación… y la imaginación.
 

Biblioteca Fisac
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Violeta

(Sunday Poetry Corner) Al igual que el domingo anterior, hoy traemos a nuestro rincón dominical de la Poesía un poema inédito de Vicente Fisac, centrado en un nombre/color, en este caso “Violeta”. 

Tras el poema, viene un detallado análisis del mismo… 


VIOLETA
 
Vas abriendo tu camino de conceptos y palabras
inefables, como un alma prisionera que se expande
olvidando sus raíces, sin cadenas, adelante,
lanzando tu ser al viento, buscándote en lucha eterna
en la Red que te abre puertas, hasta encontrar quien te diga:
tranquila, en el cielo de tus ojos, traspasados los umbrales,
aparcan hoy las estrellas y tú luces más radiante, mi querida Violeta.
 
ANÁLISIS:
 
Este poema es un texto delicado y cargado de simbolismo, donde el nombre propio se convierte en el hilo conductor de un mensaje de liberación, búsqueda y reconocimiento. La elección del acróstico no es casual: cada verso comienza con una letra del nombre, lo que dota al poema de una estructura formal elegante y de un ritmo casi musical.
 
Estructura y forma
 
El poema está compuesto por siete versos, uno por cada letra de “VIOLETA”. Esta disposición crea una progresión natural: desde la apertura del camino hasta el cierre íntimo y luminoso. El lenguaje es fluido, con encabalgamientos suaves que permiten que la lectura fluya como un pensamiento continuo, casi como si el alma de Violeta se estuviera expandiendo verso a verso.
 
Imágenes y simbología
 
El poema traza un arco claro de transformación. Comienza con la idea de apertura y expansión: “Vas abriendo tu camino de conceptos y palabras inefables”. Violeta aparece como un alma que se libera de sus “raíces” y “cadenas”, lanzándose “al viento” en una “lucha eterna”. La imagen del alma prisionera que se expande es poderosa: sugiere un proceso de autodescubrimiento, de ruptura con límites previos.
 
La mención de “la Red” (con mayúscula) es especialmente significativa. Introduce el contexto contemporáneo de internet y las conexiones digitales, donde Violeta busca su identidad y su voz. Es un espacio de puertas que se abren, pero también de búsqueda incansable. El poema pasa entonces del esfuerzo individual (“buscándote en lucha eterna”) al momento de encuentro y consuelo: alguien le dice “tranquila”, ofreciendo paz.
 
El verso final es el más emotivo y culminante:
“aparcan hoy las estrellas y tú luces más radiante, mi querida Violeta.” Aquí se produce una bella inversión: las estrellas, símbolos habituales de lejanía y grandeza, “aparcan” (se detienen, se calman) para que sea ella quien brille con más fuerza. El cielo de sus ojos se convierte en el escenario donde se cruzan umbrales, y el amor aparece como el reconocimiento final que la hace radiante.
 
Temática y tono
 
“VIOLETA” habla de liberación personal y amor contemplativo. Violeta es retratada como una mujer en proceso de expansión: intelectual (“conceptos y palabras”), emocional y espiritual. El poema celebra su valentía al soltar cadenas y lanzarse al mundo (o a la Red), pero también la ternura de quien la observa y la acoge. El tono es cariñoso y admirativo, sin caer en lo grandilocuente. La palabra “querida” en el cierre aporta una calidez íntima y personal.
 
En definitiva, este acróstico ofrece, con sensibilidad y economía de medios, trazar el retrato de una mujer que se libera y se encuentra a sí misma. La progresión avanza desde la lucha y la expansión hasta la calma final. El uso de imágenes etéreas (alma que se expande, estrellas que aparcan, cielo de ojos) ensambla lo cósmico con lo afectivo, creando una atmósfera de serenidad y brillo. Un poema tierno, moderno (por la referencia a la Red) y profundamente humano, que honra el nombre de Violeta convirtiéndolo en sinónimo de luz propia que, al igual que el poema “Rosa” que compartimos aquí el domingo pasado, transforma un nombre/color en símbolo vivo de emoción y crecimiento personal.
 

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