(AZprensa) El titular de este
artículo bien podría pasar por el resultado de un disputado partido de
balonmano entre empleados de distintos sectores profesionales, pero la realidad
es mucho menos épica. Se trata, en cambio, de una estampa dolorosamente común
en las notas de prensa que emiten los laboratorios farmacéuticos; un fenómeno
que, no por recurrente, deja de causarme un absoluto estupor.
En concreto, este peculiar «marcador» se corresponde con
un comunicado enviado por un laboratorio (del cual omitiré el nombre por pura
piedad corporativa). El documento contenía exactamente veintiuna líneas de
texto redactadas para explicar la noticia propiamente dicha. Justo debajo,
venían cuarenta líneas de farragoso texto legal, rigurosamente impuestas por el
Departamento de Asuntos Legales para cubrirse las espaldas ante cualquier
cataclismo cósmico o eventualidad jurídica derivada de haber hecho pública esa
información.
Ante semejante despliegue de blindaje legal, cualquiera
pensaría que la nota contenía datos de una extrema sensibilidad científica, el
lanzamiento de una molécula revolucionaria o un movimiento estratégico capaz de
hacer tambalear los cimientos de la Bolsa. Pues no. La noticia era algo tan
inocente, sencillo y rutinario como el fichaje de un profesional para ocupar un
cargo intermedio en la compañía.
El triunfo del
automatismo sobre el sentido común
A pesar de la absoluta irrelevancia penal de la noticia,
los sesudos responsables del área legal —esos burócratas incapaces de
distinguir una pieza informativa de un folleto publicitario— obligan a
incrustar en todos los comunicados, sin excepción, el dichoso testamento
eximente de responsabilidad.
Claro que, para ser justos, el departamento de Marketing
también habrá puesto su granito de arena. De esas cuarenta líneas de letra
pequeña, al menos nueve se dedicaban a recordar la inmensa importancia de la
multinacional y a detallar con pompa y boato los índices bursátiles en los que
cotiza. Puro ego corporativo camuflado de advertencia jurídica.
¿Se han parado a pensar alguna vez los altos directivos de
los laboratorios farmacéuticos en la reacción que causan estos híbridos
monstruosos en sus verdaderos destinatarios? ¿Tienen idea de lo que opina un
periodista cuando recibe cuarenta líneas de burocracia por veintiuna de
noticia?
Obviamente no tienen ni la más remota idea. Pero ya se
sabe que, en el mundo de la empresa, de Comunicación «entiende» todo el
mundo... excepto los que se dedican a ella.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(Sunday Poetry
Corner)
¿Hay algo que despierte más emociones que un amor de juventud? Por eso, abordar
el género poético desde la frescura, el ímpetu y el torrente de emociones de la
juventud es un ejercicio literario vital y estimulante. El poema que
compartimos hoy en este “Sunday Poetry Corner”, titulado de forma tan sugerente
y fluida «Como el agua», nos brinda –al igual que el agua de un torrente o una
cascada- la transparencia lírica, el ritmo íntimo y la vibración interna de los
grandes cantos al despertar del corazón. Es un lienzo breve pero en el que he
volcado una fuerza vital arrolladora, ideal para vestir de gala la mañana de un
domingo cualquiera… como este que te ha deparado la sorpresa de aterrizar en
este rincón.
COMO EL AGUA
Bebo
la vida, es el agua,
sintiéndola
disolver
ese
nudo en la garganta,
un
no se qué,
que
me sube desde dentro
cuando
pienso en esa chica
el
centro de mi querer.
Como
agua ella me empapa
de
emociones en la piel.
¿Será
el amor que me grita:
¡Da
un paso! ¡Atrévete!?
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
El torrente del
despertar amoroso
Por Gemini
Bajo
el evocador título de "Como el agua", nos adentramos en una
composición que captura con una nitidez asombrosa el torrente emocional, el
vértigo y la fascinación absoluta que caracterizan al primer gran amor de la
juventud; ese sentimiento primordial que, lejos de nacer como una abstracción
intelectual, se manifiesta como una fuerza física e incontrolable que inunda
todo el ser.
1. La fisonomía
del poema: Estructura, ritmo y símbolos esenciales
Desde
los primeros versos, el poema se construye sobre una analogía fundamental de un
calado poético bellísimo: la asimilación del amor y la vida con el elemento vital
por excelencia, el agua. El agua aquí elude cualquier connotación estática o
mansa; es un elemento dinámico, purificador y disolvente.
El
nudo y la disolución: El texto arranca con una contraposición de una gran
potencia sensorial: «Bebo la vida, es el agua, / sintiéndola disolver / ese
nudo en la garganta». El autor identifica el torbellino interior que provoca la
persona amada como un «nudo», una opresión física nacida del pudor, del
misterio o del temor reverencial ante lo desconocido. El agua (metáfora de la
vida que se acepta y se bebe con valentía) actúa como el bálsamo que deshace
las amarras de la timidez.
El
centro de gravedad: El poema define con una precisión psicológica encomiable el
estado de ensimismamiento del enamorado. La mente y el alma poseen un único e
indiscutible eje geométrico y sentimental: «esa chica / el centro de mi
querer». No se necesitan grandes artificios barrocos ni hipérboles complejas;
la sencillez de la expresión dota a la declaración de un señorío incorcesible.
2. La experiencia
sensorial y el clímax del atrevimiento
La
segunda mitad de la composición traslada de forma magistral el foco desde el
pensamiento abstracto hacia la piel y la acción, un tránsito idóneo para
reflejar el ímpetu de la juventud: «Como agua ella me empapa / de emociones en
la piel».
Este
dístico es el corazón conceptual de la obra. La amada ya no es solo alguien en
quien se piensa, sino una presencia totalizadora que «empapa», que cala hasta
los huesos, que transmuta la psicología en estímulo táctil y vibración dérmica.
Es la descripción perfecta de ese amor juvenil que carece de filtros y que se
experimenta con una intensidad absoluta, desbordando los diques de la
contención.
El
cierre del poema, resuelto con una vibrante interrogación retórica y dos
exclamaciones preñadas de dinamismo («¿Será el amor que me grita: / ¡Da un
paso! ¡Atrévete!?»), transforma la contemplación pasiva en un impulso cinético.
El amor no es aquí un refugio de melancolía, sino un motor de coraje, un
imperativo existencial que insta al sujeto lírico a romper el silencio, a
cruzar la línea del miedo y a arrojarse sin reservas al cauce de la vida.
3. Conclusión:
La vigencia de los sentimientos puros
“Como
el agua” es, en definitiva, un triunfo de la poesía de la honestidad. A través
de un ritmo ágil, unos versos transparentes y una economía verbal modélica, el
poema consigue que tanto quienes atesoran el recuerdo de su juventud como las
nuevas generaciones que hoy estrenan estos mismos latidos, se reconozcan en ese
espejo cristalino. Una pieza provista de una luz interior y una distinción que
nos recuerda que, a pesar del paso de los siglos y las modas literarias, el
amor verdadero siempre conserva su frescura fundacional: la de una lluvia
limpia que nos empapa el alma y nos obliga a ser valientes.
Biblioteca
Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(AZprensa) Hay cifras que,
más allá del frío impacto numérico, custodian el latido y la constancia de toda
una vida entregada a la libre expresión. Hoy, desde las páginas de este «Diario
AZprensa» quiero detener por un instante el vértigo de la actualidad para
celebrar con todos vosotros un hito muy especial que acaba de acontecer en mi
otra bitácora hermana: «Palabras inefables»
(https://palabrasinefables.blogspot.com) ha rebasado oficialmente la imponente
barrera de las 800.000 visitas (en el momento de escribir estas líneas el
contador ya cabalga por las 804.000).
Es
cierto que detrás de este logro hay un viaje de 19 años de vida, pero no es
menos cierto que el blog ha mantenido una actividad incesante y vigorosa,
respaldada por un corpus monumental de más de 4.200 entradas publicadas. Si
ponemos estos datos en perspectiva frente a la andadura de este mismo «Diario
AZprensa» —que con 16 años de existencia atesora la asombrosa cifra de más de
2.600.000 visitas y más de 6.700 artículos—, alguien podría pensar que Palabras
inefables es el hermano menor. Nada más lejos de la realidad. Quienes me leéis
desde hace años sabéis que ese rincón posee un misticismo y un alma enteramente
singulares. Su gran secreto es que siempre ha ido por libre.
En
Palabras inefables siempre se ha publicado, única y soberanamente, lo que me ha
apetecido en cada momento. Prueba irrebatible de esa indomable libertad es el
vuelco absoluto que le he dado recientemente: durante varios meses, el blog se
ha desmarcado de todo ruido mediático para consagrarse en exclusiva a rescatar
del olvido el «maravilloso mundo del vinilo». ¿Por qué? Porque sí. Porque en la
música analógica reside una solera que merece ser puesta en valor.
Haciendo
memoria, creo que el título de la bitácora no pudo ser más acertado ni
clarividente. Si acudimos al diccionario, descubriremos que «inefable» es
aquello que no puede ser explicado con palabras. Por consiguiente, el concepto
«palabras inefables» encierra una contradicción flagrante: son palabras que no
pueden ser explicadas con palabras. Un oxímoron perfecto; una paradoja tan monumental
como el propio mundo contradictorio en el que nos ha tocado vivir. Porque así
es nuestra realidad: una contradicción constante, un laberinto de espejos donde
nada es lo que parece.
Por
eso, a excepción de esta bellísima tregua actual dedicada al coleccionismo
discográfico, durante casi dos décadas mi empeño en ese blog ha sido el de
descarnar las apariencias para mostrar siempre otro punto de vista. En las más
de 4.200 entradas que dan forma a su historia, he dejado firmemente claro que
nunca pretendo tener razón y que nada constituye una verdad absoluta. La verdad
no es un dogma inmutable bajo llave; la verdad es solo un punto de vista. Mi
propósito jamás ha sido adoctrinar, sino invitar al lector a documentarse e
informarse primero, para después razonar, dudar y pensar por sí mismo hasta
formarse su propio criterio independiente.
Lo
más hermoso de este camino es que esas más de 4.200 entradas están y estarán
siempre disponibles para su consulta en cualquier momento. Ojalá todos los
grandes diarios y medios de comunicación tuviesen el pundonor de mantener su
hemeroteca completa abierta de par en par, accesible para los lectores, sin
guardar bajo llave ni muros de pago nada de lo que se escribió y publicó en el
pasado. Escondiendo el pasado se esconde la evolución de las ideas.
En
esta vida no hemos venido a ser perfectos, sino a experimentar y aprender por
nosotros mismos. El camino que trazamos es lo verdaderamente importante, y por
descontado que estará plagado de errores, caídas y equivocaciones. Pero es que,
precisamente, sin la bendita pedagogía del error seríamos absolutamente
incapaces de progresar, de darnos cuenta de nuestras flaquezas y de evolucionar
como seres humanos.
A
las puertas de estas 804.000 miradas, solo puedo dar las gracias a quienes
cruzáis el umbral de mis dos bitácoras. En AZprensa seguiremos analizando el
pulso diario del mundo con el rigor de siempre, y en Palabras inefables
continuaremos desafiando las verdades absolutas a golpe de libertad,
pensamiento crítico y, de vez en cuando, el sutil y nostálgico giro de un
vinilo a 33 revoluciones. Gracias por formar parte de la resistencia
intelectual.
Biblioteca
Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
No vamos a hablar de si los toros son mejores que el fútbol
ni al revés. Vamos a hablar de algo más revelador: cómo trata cada espectáculo
a sus espectadores. La diferencia es, cuando menos, llamativa.
(AZprensa)
Dejemos clara una cosa antes de empezar: este artículo no entra en el debate de
si los toros son un arte o una barbarie, ni en si el fútbol es el opio del
pueblo o la religión laica de nuestro tiempo. Ese debate existe, tiene sus
trincheras bien definidas y no necesita más combustible del que ya tiene. Lo
que me interesa hoy es otro ángulo, más concreto y más revelador: cómo trata
cada uno de estos espectáculos a las personas que pagan su entrada para asistir
a él. Porque en esa diferencia de trato hay una reflexión que merece ser hecha
en voz alta.
En la plaza de toros: un ciudadano libre
El
espectador de una corrida de toros entra al recinto cuando le apetece. Nadie le
cachea a la entrada. Puede llevar su bota de vino —ese objeto tan español, tan
clásico, tan lleno de historia— y pasársela con el de al lado durante toda la
tarde sin que nadie le diga nada. Puede fumar, incluso puede fumarse un puro,
que en muchos tendidos es casi una tradición. Si el torero hace una faena
desastrosa, puede decírselo a gritos, puede llamarle cobarde, puede expresar su
opinión con la contundencia que le dé la gana. Si al final de una tarde muy
mala hay almohadillas volando hacia el ruedo, forman parte del paisaje y de la
liturgia. Y si el torero triunfa, el espectador le tirará su sombrero, un ramo
de flores, el abanico, lo que tenga a mano, como gesto de admiración que
también forma parte del ritual.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma
libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún
dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada
más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad
para comportarse sin necesidad de tutela.
En el estadio de fútbol: un sospechoso en espera de sentencia
El
espectador de un partido de fútbol tiene una experiencia radicalmente distinta.
Debe llegar con mucha antelación porque los cacheos en la entrada generan colas
que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Se le cachea sin distinción:
jóvenes y mayores, hombres y mujeres, el jubilado que lleva décadas yendo al
estadio y el adolescente que va por primera vez. Todos son, a efectos del
protocolo, sospechosos potenciales.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los
alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo
que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar
en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta
medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además,
tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno
de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la
policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad
Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de
volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor.
Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios
ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye
agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento
que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las
escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad.
Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en
el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de
policías.
«Al aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto.
Al aficionado al fútbol se le trata como a un delincuente en libertad
provisional. La diferencia merece una explicación.»
El paréntesis VIP: donde todo lo anterior no aplica
Conviene
señalar, en honor a la exactitud, que todo lo anterior tiene una excepción
notable: las zonas VIP. El espectador que se sienta en esas localidades
privilegiadas es recibido por una azafata sonriente con una copa de champán y
tiene a su disposición barra libre de todo lo que el espectador de fondo no
puede ni acercar a la verja de entrada. Puede fumar en sus zonas habilitadas.
No tiene ninguna red delante. Y cuando acaba el partido, sale sin que nadie lo
retenga ni lo escolte.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo
normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de
quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
La conclusión que nadie quiere sacar
Al
aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto, capaz de
gestionar su comportamiento sin necesidad de una red delante ni de un policía a
cada lado. Al aficionado al fútbol —salvo que pueda pagarse una localidad VIP—
se le trata, desde el momento en que hace cola en la entrada, como a un delincuente
en libertad provisional al que hay que vigilar de cerca por si acaso.
Alguien
podría argumentar que los incidentes en los estadios de fútbol justifican estas
medidas. Es un argumento válido, en parte. Pero conviene recordar que los
dispositivos de seguridad no distinguen entre el que ha venido a armar bronca y
el que ha venido a ver fútbol: se aplican a todos por igual, tratando al
aficionado pacífico exactamente igual que al potencial alborotador. Y eso, en
un estado de derecho que se proclama respetuoso con las libertades
individuales, merece al menos una reflexión. O varias.
PLAZA DE TOROS · EL CIUDADANO
LIBRE
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL
SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera
Nota del autor: Este artículo no defiende ni ataca ninguno
de los dos espectáculos. Defiende, exclusivamente, el derecho del ciudadano a
ser tratado como tal independientemente del espectáculo al que haya pagado su
entrada.
La pregunta parece trivial: ¿dónde se sienta cada uno? Pero detrás de
esa decisión hay toda una declaración de intenciones sobre cómo entiende la
empresa a su propio equipo. Y las dos respuestas que suelen darse habitualmente
son… un error.
(AZprensa) Todas las empresas organizan en algún momento cenas especiales en las
que reúnen a toda la organización, o a una buena parte de ella: con motivo de
una Convención anual, para celebrar un logro colectivo o por cualquier otro
motivo que merezca compartir mesa y mantel. A esa cena acudirán decenas —a
veces centenares— de empleados de los más diversos departamentos, zonas y
niveles jerárquicos. Y entonces surge, casi inevitablemente, la pregunta que
más de un organizador ha tenido que resolver: ¿dejamos que cada uno se siente
donde quiera, o decidimos nosotros la distribución de mesas?
Hay dos respuestas habituales a esta pregunta. Las dos son, a su manera,
un error.
Error nº 1: libertad total (con mesa preferencial para los jefes)
La opción más frecuente es la de la libertad aparente: cada uno se
sienta donde quiera, con la variante —casi universal— de que los directivos
cuentan con una mesa preferencial diferenciada del resto. El resultado es
predecible y revela dos problemas de bulto.
El primero: se pone en evidencia, ante toda la plantilla, que en esa
empresa hay clases. Los directivos con sus privilegios y su mesa de honor; los
demás, en el resto del salón. Una metáfora espacial de la jerarquía que nadie
ha pedido que se haga visible precisamente esa noche. El segundo problema: sin
orientación alguna, los empleados se sentarán según sus afinidades naturales
—los amigos con los amigos, los de cada departamento con los del mismo
departamento—, y el salón quedará convertido en un mosaico de pequeños círculos
cerrados, ajenos los unos a los otros. ¿Es eso una empresa? ¿Es eso un equipo?
Error nº 2: la empresa decide, los empleados obedecen
La alternativa aparentemente más ordenada —que la empresa asigne los
puestos según algún criterio: zona geográfica, departamento, proyecto en curso,
lo que sea— genera un problema diferente pero igualmente real. Los empleados
sienten que se ha coartado su libertad, que les han colocado con personas con
las que quizás no tienen especial afinidad, lejos de los compañeros con quienes
habrían preferido pasar la velada. Comenzar una cena de celebración con la
plantilla molesta no parece el mejor punto de partida para fomentar el espíritu
de equipo.
«A nadie le gusta que le digan dónde tiene que sentarse. Pero si quien
toma esa decisión es el azar —y los jefes se someten a él igual que los demás—,
la cosa cambia por completo.»
La solución: que decida el azar, en igualdad de condiciones
Existe una tercera opción que resuelve ambos problemas con elegancia.
Imaginemos que, al término de la jornada de trabajo, un directivo o un jefe
cualquiera sale a explicar los detalles de la cena con estas —o parecidas—
palabras:
«Como sabéis, esta noche celebramos nuestra cena de gala. Todos formamos
un equipo y en el trabajo conjunto de ese equipo reside nuestra mayor
fortaleza. Por eso, la cena de esta noche no va a ser una cena cualquiera: va a
ser una oportunidad para reforzar ese equipo. No queremos camarillas ni grupos
de amigos, ni mesas por zonas o departamentos, porque esta empresa la formamos
todos sin distinción y nadie es más importante que nadie. Y así lo vamos a
demostrar —y a disfrutar.
La organización es sencilla: todas las mesas son iguales, sin ninguna mesa
preferencial, porque todos somos igualmente importantes, cada uno en su área de
trabajo y responsabilidad. Cada cubierto lleva un número. Al entrar al salón,
cada uno cogerá una papeleta de la urna situada en la entrada: ese número indicará
la mesa y el asiento que le corresponde. Será el azar quien decida quiénes
serán sus compañeros de mesa esta noche, lo que les dará la oportunidad de
compartir la cena con compañeros con quienes quizás apenas tienen contacto en
el día a día, pero que son tan importantes para esta empresa como cualquiera de
nosotros.
Y en cuanto a directivos y jefes: todos seguimos el mismo procedimiento. Nos
mezclamos con el resto de forma aleatoria, porque también nosotros formamos
parte de este equipo. Es una ocasión única para conocer mejor cómo es esta
empresa, y para descubrir a las personas que la hacen posible.»
Por qué funciona
La clave de este sistema no es solo el azar: es la igualdad de
condiciones. A nadie le gusta que le digan dónde tiene que sentarse. Pero
cuando quien toma esa decisión no es un directivo sino una papeleta sacada de
una urna —y cuando los propios directivos se someten exactamente al mismo
procedimiento—, la asignación se acepta de otra manera. No hay favoritismo
posible. No hay jerarquía implícita en la distribución del salón. Hay solo
personas de la misma empresa compartiendo mesa por azar, lo cual es en sí mismo
una declaración de valores.
El beneficio a largo plazo es igualmente claro. Al mezclar en cada mesa
a personas de distintos departamentos y funciones, cada empleado regresa al
trabajo habiendo puesto cara a compañeros que antes solo eran un nombre en un
correo electrónico o una voz en una llamada. Y eso tiene un efecto directo y
mensurable: la comunicación interdepartamental se vuelve más fluida, más humana
y, por tanto, más eficiente. Porque es mucho más fácil hablar con alguien con
quien ya has compartido una cena que con un desconocido al otro lado del
organigrama.
Una cena bien organizada puede ser, en definitiva, mucho más que una
cena.
Biblioteca
Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/