lunes, 2 de noviembre de 2026

El parking y los fenómenos paranormales

Todos hemos entrado con o sin coche en muchos parkings o aparcamientos –como queráis llamarlos- y sin embargo no nos hemos dado cuenta de un fenómeno paranormal que está presente en casi todos ellos… y que en más de una ocasión nos ha afectado. En este artículo vamos a profundizar en ese misterio…

 
(AZprensa) Hay fenómenos inexplicables que parecen desafiar las leyes de la naturaleza y que, sin embargo, se repiten con una regularidad sospechosa. Uno de ellos es la extraordinaria capacidad de los aparcamientos subterráneos para atraer las llamadas telefónicas precisamente cuando no podemos atenderlas. No hay estudios estadísticos que lo demuestren, pero tampoco hace falta ser un investigador de lo paranormal para sospechar que aquí está ocurriendo algo extraño.
 
Antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza, conviene aclarar una cosa: cuando hablo del Parking no me refiero a ningún mago, mentalista, vidente o echador de cartas. Me refiero, sencillamente, a la palabra inglesa que utilizamos para designar un aparcamiento.
 
Cuando hablo de parking o aparcamiento me refiero a esos espacios subterráneos donde dejamos el coche, respiramos una mezcla poco recomendable de aire viciado y gases de los vehículos, recorremos pasillos de iluminación discutible y, en ocasiones, nos preguntamos si el responsable de instalar las bombillas tenía alguna enemistad personal con la electricidad.
 
Hasta aquí, nada extraordinario. Todos hemos estado alguna vez en uno de esos lugares y sabemos que no figuran precisamente entre nuestros destinos favoritos para pasar el tiempo libre.
 
Pero hay un detalle que merece una investigación mucho más profunda. Un fenómeno que, de haberlo descubierto alguien con vocación de investigador de misterios, podría haberse hecho un hueco en alguno de esos programas de televisión dedicados a los sucesos inexplicables.
 
Primer misterio: ¿por qué siempre suena el teléfono cuando no hay cobertura?
 
Vamos a hacer un pequeño experimento mental. Imagina que estás esperando una llamada telefónica. Puede ser de un amigo, de un cliente, de un familiar o de alguien que tiene que darte una noticia importante. Miras el teléfono. Compruebas que hay cobertura. Esperas. Pasan cinco minutos. Diez minutos. Quince minutos. Nada. En vista de que no te llega la llamada, decides bajar al aparcamiento subterráneo para recoger el coche o hacer cualquier otra cosa. Entras, avanzas unos metros, pierdes la cobertura y, justo entonces, suena el teléfono.
 
Bueno, quizá no suena exactamente en ese momento. Quizá lo que sucede es que, cuando recuperas la cobertura, descubres una llamada perdida. Pero el efecto psicológico es el mismo: alguien ha decidido llamarte precisamente cuando estabas en uno de los pocos lugares donde no podías atenderle.
 
Y aquí surge la pregunta fundamental: ¿cómo es posible que una llamada que llevabas esperando un buen rato no llegue mientras estás tranquilamente en la calle, pero aparezca justo cuando entras en un lugar sin cobertura?
 
Naturalmente, las explicaciones técnicas existen. Los aparcamientos subterráneos pueden bloquear o debilitar las señales de radio, y las llamadas pueden coincidir con el momento en que perdemos la conexión. No hay necesidad de recurrir a fuerzas sobrenaturales para explicar cómo funciona un teléfono móvil. Lo verdaderamente sospechoso es la extraordinaria precisión con la que parece producirse la coincidencia.
 
Porque una cosa es que recibas una llamada en cualquier momento del día y otra muy distinta es que parezca estar esperando a que cruces la rampa de entrada del parking para manifestarse. Y, lamentablemente, aún no existen estudios estadísticos sobre este asunto aunque todos los hemos padecido.
 
Segundo misterio: cuanto más importante es la llamada, peor es el momento
 
Pero el fenómeno tiene una segunda característica que lo hace todavía más inquietante. No todas las llamadas parecen tener las mismas probabilidades de producirse dentro de un aparcamiento subterráneo. Existe una relación directamente proporcional entre la importancia de la llamada y la probabilidad, aparentemente, de recibirla cuando no puedes contestar.
 
Si se trata de una llamada comercial para ofrecerte un producto que no necesitas, es posible que te encuentres cómodamente sentado en el sofá de tu casa, con el teléfono al alcance de la mano y cobertura excelente. Si te llama alguien para preguntarte una tontería, tampoco parece haber problemas.
 
Pero si estás esperando una llamada decisiva para tu trabajo, una respuesta que puede cambiar tus planes o una noticia que llevas días aguardando, entonces la situación cambia radicalmente. Entras en el parking. Desaparece la cobertura. Y, como si alguien hubiera dado una orden secreta, llega la llamada. No puedes contestar. No puedes explicar que estás en un lugar sin señal. No puedes hacer absolutamente nada, salvo esperar a salir del aparcamiento y comprobar quién te ha llamado. Y, cuando por fin recuperas la cobertura, la llamada importante ya se ha convertido en una llamada perdida.
 
¡Qué casualidad! Si esto fuera una película de suspense, a estas alturas ya habría aparecido un investigador dispuesto a descubrir quién o qué está detrás de semejante conspiración.
 
Por supuesto, alguien podría argumentar que todo esto no es más que una impresión subjetiva. Que recibimos muchas llamadas durante el día, que pasamos poco tiempo en los aparcamientos y que recordamos con mayor intensidad aquellas coincidencias que nos perjudican. Y probablemente tendría parte de razón.
 
Los psicólogos conocen fenómenos como el sesgo de atención y el sesgo de confirmación: tendemos a fijarnos especialmente en los acontecimientos que confirman nuestras expectativas y a recordar mejor las coincidencias llamativas que las situaciones en las que no ocurre nada extraordinario.
 
Si pasamos veinte minutos en el parking y no recibimos ninguna llamada, lo olvidamos rápidamente. Pero si recibimos allí una llamada importante, es muy probable que recordemos el episodio durante mucho tiempo.
 
Además, las llamadas no se distribuyen necesariamente de forma uniforme a lo largo del día, y la falta de cobertura puede impedir que una llamada se complete o retrasar la recepción de una notificación. Todo eso puede contribuir a que la experiencia parezca más frecuente de lo que realmente es.
 
Hasta aquí, la ciencia. Pero una cosa es disponer de explicaciones razonables y otra conseguir que desaparezca la sensación de que el teléfono tiene un sentido del humor particularmente perverso.
 
Porque, seamos sinceros, todos hemos vivido alguna situación en la que nos hemos preguntado cómo es posible que algo tan oportuno para quien llama resulte tan inoportuno para quien recibe la llamada.
 
Propongo un estudio estadístico
 
Como todavía no disponemos de un estudio estadístico que demuestre la existencia de este supuesto fenómeno, propongo que alguien se anime a investigarlo. El procedimiento sería relativamente sencillo.
 
Durante un mes, un grupo de voluntarios debería anotar todas las llamadas recibidas, indicando dónde se encontraba cada persona, si tenía cobertura, cuánto tiempo llevaba esperando la llamada y qué importancia tenía para ella.
 
Habría que comparar las llamadas recibidas dentro de aparcamientos subterráneos con las recibidas en otros lugares, teniendo en cuenta el tiempo pasado en cada uno y las condiciones de cobertura.
 
También sería necesario definir previamente qué entendemos por una llamada importante, para evitar que cada participante clasifique como extraordinaria únicamente aquella que le haya causado una molestia.
 
Y, por supuesto, habría que registrar también las ocasiones en las que no se recibe ninguna llamada. De lo contrario, estaríamos contabilizando solo los casos que nos interesan y el resultado no tendría demasiado valor científico.
 
Si el estudio demostrara que las llamadas importantes se concentran en los aparcamientos con una frecuencia superior a la esperable, tendríamos un resultado digno de publicación. Si no encontrara ninguna diferencia significativa, habría que reconocer que nuestro misterioso fenómeno era, al menos en buena medida, una ilusión de la memoria.
 
Eso sí, mientras esperamos los resultados, me permito mantener abierta la investigación paranormal. Nunca se sabe.
 
Una recomendación para la próxima vez
 
La próxima vez que estés esperando una llamada importante, haz la prueba. Permanece fuera del aparcamiento. No entres todavía. Espera un rato y comprueba si llega la llamada. Si no llega, espera un poco más. Y cuando, finalmente, te canses de esperar y decidas entrar en el parking, presta atención a lo que sucede después.
 
Eso sí, no olvides una cosa: si el teléfono no tiene cobertura, quizá no recibas la llamada en ese mismo instante, sino que descubras la llamada perdida cuando vuelvas a tener señal. Y si resulta que no recibes ninguna llamada, tampoco te preocupes. Puede que ese día las fuerzas misteriosas estén ocupadas en otro aparcamiento.
 
Porque, mientras no se demuestre lo contrario, mantengo mi hipótesis: el parking posee una capacidad extraordinaria para atraer las llamadas telefónicas en el momento menos oportuno, y esa capacidad parece aumentar en proporción directa a la importancia de la llamada.
 
No tengo pruebas estadísticas que lo demuestren. Pero seguro que más de uno, al leer estas líneas, recordará una llamada perdida que le hará sospechar que aquí hay algo que merece ser investigado.
 

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domingo, 1 de noviembre de 2026

Otoño: Muerte y Vida

(Sunday Poetry Corner)
Uno de noviembre. Una fecha en donde la muerte y la vida se dan la mano y caminan juntas. Y como escenario para ese recorrido, un paisaje de otoño. El otoño se muestra así como la estación que anuncia la muerte, pero con la certeza de que al final renacerá la vida.
 
El poema de hoy, llamado “Otoño” nos habla de esta estación del año que también es una estación de nuestra vida. Pero será mejor que leáis primero el poema y paséis después al comentario y análisis que ha realizado del mismo una Inteligencia Artificial, porque así podremos descubrir otra lectura más profunda del mismo…
 
OTOÑO
 
Cuando llegas
los campos se desangran
con tu luz.
La carne roja
de tus entrañas
se esparce por el musgo
y levanta la neblina
del hedor
de un tiempo muerto
que pasó.
 
Eres anuncio lúgubre
y despedida,
telón que cierra un acto
y da paso también
a una nueva vida.
 
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Por Claude
 
«Otoño» hace algo poco frecuente con una estación tan visitada por la poesía: no la embellece. Donde la tradición suele ver melancolía dorada y hojas que caen con elegancia, aquí hay sangre, carne, entrañas y hedor. Y sin embargo el poema no se queda en esa oscuridad, sino que la atraviesa para llegar a otra cosa. Ese recorrido, de la imagen más cruda a la más esperanzada en solo quince versos, es su mayor acierto.
 
Una llegada violenta
 
El poema abre con «Cuando llegas», dirigido a un «tú» que es la propia estación convertida en presencia. El arranque tiene algo de ritual, como si el otoño entrara por la puerta. Lo que provoca su llegada es que «los campos se desangran / con tu luz». La metáfora se apoya en algo real, la luz baja y rojiza de esos meses que tiñe el paisaje de ocres y rojos, pero el verbo «desangrar» convierte el color en herida. «Con tu luz» queda aislado en su propio verso, y esa pausa subraya que la luz es aquí lo que hiere.
 
El cuerpo de la estación
 
En la segunda mitad de la estrofa cambia quién sangra. Ya no son los campos, sino la propia estación: «la carne roja de tus entrañas / se esparce por el musgo». El otoño es a la vez quien llega y quien se sacrifica, y las hojas caídas son su carne derramada sobre la tierra húmeda.
 
Las imágenes apelan a tres sentidos: la vista en el rojo, el tacto en el musgo y el olfato en el hedor. Ese «del hedor», solo en su verso, no suaviza nada. La hojarasca que se pudre huele, y el poema lo dice. Lo que se levanta con la neblina es «un tiempo muerto / que pasó». Puede leerse como el verano, pero también como cualquier tiempo vivido que ya no vuelve. Ese «que pasó» corto y seco cierra la estrofa con el peso de lo irreversible.
 
El giro: del cadáver al telón
 
La segunda estrofa cambia de registro. Se pasa de la imagen física a una metáfora teatral, de la carne al escenario. Empieza sin rodeos: «anuncio lúgubre / y despedida». El poema admite la lectura oscura antes de matizarla, y por eso resulta creíble cuando lo hace.
 
La elección del telón importa. Un telón cierra un acto, pero la función no ha terminado, de modo que la propia imagen contiene la continuación. La palabra clave es «también»: el otoño «da paso también a una nueva vida». No dice «en lugar de», sino además. Visto desde ahí, lo que parecía pura descomposición en la primera estrofa cambia de sentido. La carne esparcida por el musgo y el hedor de lo podrido son lo que alimenta el suelo. El poema nunca dice «abono», pero deja la idea a mano.
 
Una rima que lo dice todo
 
Hay un detalle sonoro que merece atención. «Despedida» y «vida» riman, y es el único momento en que el poema se permite una rima clara después de una primera estrofa en verso libre. El oído une así lo que el sentido propone: despedirse y vivir no son opuestos. La rima funciona como cierre de ciclo.
 
Forma y tono
 
Son dos estrofas desiguales, de diez y cinco versos, en verso libre y con versos breves, casi telegráficos. La primera, más larga, se detiene en el proceso de la descomposición. La segunda, mucho más corta, resuelve con rapidez, como si la esperanza necesitara menos palabras que la caída.
 
En definitiva, «Otoño» mira de frente la muerte de lo que fue sin adornarla, y se niega a quedarse ahí. Da el paso que su propia metáfora anunciaba: el telón cae para que pueda empezar otro acto.
 

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sábado, 31 de octubre de 2026

Los grandes filósofos de la Historia y los entrenadores de fútbol

Si la historia nos habla de grandes pensadores que han cambiado la historia con sus ideas, el fútbol no se queda atrás y nos ofrece un variado mosaico de grandes pensadores que bien podrían dirigir cátedras de filosofía en las universidades más prestigiosas. Aquí os presentamos a algunos de ellos.
 
(AZprensa) El mundo del fútbol nos ofrece un variado y fascinante panorama de pensadores contemporáneos. Lejos de los tratados académicos y de las polvorientas bibliotecas universitarias, es sobre el césped y ante los micrófonos de la zona mixta donde emergen mentes privilegiadas capaces de condensar la complejidad del cosmos en una sola frase.
 
Para que os hagáis una idea de la magnitud de su legado, traigo aquí algunos de esos hitos del pensamiento universal. Os sugiero que, tras la lectura de cada uno de ellos, dediquéis varias horas a la profunda meditación hasta alcanzar, previo éxtasis místico, la total regeneración de vuestro cuerpo astral. ¡Cuánta sabiduría! ¡Cuánta belleza! ¡Qué agudeza de pensamiento!
 
Hicieron maravillosamente bien los cronistas deportivos de la época en divulgar semejantes perlas a través de los medios de comunicación, evitando así que tanta ciencia se perdiese con el devenir de los tiempos. Pasará el género humano, se apagará el sol y colapsará nuestro sistema solar, pero estas sabias palabras —auténtico resumen del cénit intelectual alcanzado por la civilización— quedarán flotando en el universo como testimonio eterno de nuestro paso por la Tierra.
 
Pasen y lean, con reverencia, estos pensamientos cumbre de la sabiduría:
 
«Fútbol es fútbol» (Vujadin Boškov)
Una obra maestra de la tautología ontológica. Boškov sintetizó en tres palabras toda la incertidumbre cuántica y el empirismo más radical. No busques explicaciones tácticas ni física cuántica; si es redondo, bota, y si entra, es gol. La esencia pura de la nada elevada al absoluto.
 
«Chicos bien, moral óptima» (Ladislao Kubala)
La piedra filosofal de la psicología deportiva y el coaching de autoayuda. Menos mal que nos lo aclararon: si los muchachos están bien alimentados y contentos, la moral sube como la espuma. Un tratado de liderazgo empresarial que ya quisieran firmar los gurús de Silicon Valley.
 
«Siempre negativo, nunca positivo» (Louis van Gaal)
La deconstrucción existencialista del optimismo patológico. Van Gaal no solo diagnosticaba el estado anímico de sus jugadores ante los periodistas, sino que firmaba un himno nihilista apto para cualquier crisis existencial de un lunes por la mañana.
 
«Písalo, písalo» (Carlos Salvador Bilardo)
La cumbre de la diplomacia internacional y la ética kantiana pasada por el filtro del bilardismo más descarnado. Un imperativo categórico que insta al prójimo a ejercer una amable presión sobre el tobogán óseo del rival caído. Paz, amor y un marcaje al hombre.
 
«El fútbol es un estado de ánimo» (Jorge Valdano)
El gran intelectual con botas de la Transición futbolística nos legó este diagnóstico clínico. Ya no importa el césped ni el planteamiento táctico; si el ánimo decae, ni la táctica de Guardiola ni el rezo de Simeone nos salvan del abismo melancólico.
 
«Las finales no se juegan, se ganan» (Alfredo Di Stéfano)
Pragmatismo puro y duro. Para qué perder el tiempo dando espectáculos estéticos o jugando con elegancia cuando puedes simplemente levantar la copa. Una bofetada de realismo capitalista aplicada al deporte.
 
«Tengo la corazonada de que vamos a ganar el partido» (Ian Rush)
El delantero galés demostró con esta frase que la ciencia empírica y la estadística predictiva palidecen ante un buen pálpito estomacal previo al pitido inicial.
 
«Hay que ganar, ganar y ganar y volver a ganar» (Luis Aragonés)
La cumbre absoluta del empirismo pragmático y la perseverancia metodológica del Sabio de Hortaleza. Si Boškov nos regalaba la tautología y Van Gaal el pesimismo existencial, Luis Aragonés elevó la repetición verbal a la categoría de dogma de fe. No hay matices, no hay estética que valga ni debates sobre la posesión del esférico; la Santísima Trinidad del fútbol se resume en una machacona y gloriosa letanía. Un mantra de autoayuda motivacional que ya quisieran para sí los más exigentes directores de multinacionales.
 
Mediten sobre ello, amigos. Al lado de estos colosos, Sócrates, Platón, Descartes y demás filósofos son meros aficionados de barrio.
 

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viernes, 30 de octubre de 2026

Informativo del tiempo: el mejor programa de terror de la televisión

Los partes meteorológicos del tiempo, en las televisiones, se han convertido en auténticos programas de terror, cuya misión no es informar sino asustar. Los poderes públicos alientan este cambio, porque con ciudadanos asustados siempre se gobierna mejor.
 
(AZprensa) Si uno se sienta un rato delante del televisor y presta atención a los informativos meteorológicos, llegará a una conclusión tan inquietante como evidente: hoy en día, los espacios del tiempo se han convertido en uno de los mejores programas de antesala del terror que emiten las cadenas.
 
Antes, los hombres y mujeres del tiempo se limitaban a cumplir con una función tan noble como sencilla: informar de la previsión atmosférica con un mapa, unas cuantas borrascas dibujadas y una sonrisa amable. Ahora no. Ahora el objetivo principal parece ser meter el miedo en el cuerpo a la población.
 
El catálogo de las catástrofes cotidianas
 
Da igual lo que marque el termómetro o lo que haga el cielo; el parte se ha convertido en una sucesión de advertencias apocalípticas:
Si hace calor, la pantalla se tiñe inmediatamente de un rojo infernal, agitando el fantasma de la ola de calor y vaticinando riesgos casi mortales para la salud pública.
Si hace frío, los informativos se transforman en una campaña sanitaria contra las enfermedades invernales y el colapso hospitalario.
Si llueve, el peligro inminente de inundaciones nos acecha en cada esquina.
Si graniza, la crónica se narra como si estuviésemos sufriendo un bombardeo estratégico.
Y si hace viento, la escenografía nos traslada mentalmente a Florida en plena temporada de huracanes, exigiendo poco menos que evacuar las ciudades.
 
Bajo este prisma catastrofista, el mensaje subyacente siempre es el mismo: hace calor, hace frío, llueve, nieva, graniza o sopla aire... Así que lo más sensato y seguro es que nos quedemos encerrados en casa, pegados a la pantalla del televisor, dejando que Papá Estado se ocupe de absolutamente todo.
 
El control a través del pánico
 
No nos engañemos; detrás de esta hipérbole meteorológica permanente hay una estrategia bien conocida. Cada vez que anuncian el tiempo, ya no se habla del tiempo en sí; se habla de catástrofes y graves peligros inminentes.
 
La razón es antropológica y política: una población atenazada por el miedo es una población sumisa. Quien teme por su integridad o por su entorno acata sin rechistar lo que le dicte el poder, jamás se atreve a cuestionar las decisiones de la autoridad y termina obedeciendo como un rebaño. La historia universal nos lo demuestra una y otra vez: los antiguos conquistadores, cuando invadían un territorio, arrasaban cultivos e incendiaban casas no solo por destruir, sino para sembrar el terror y lograr que la población local se sometiera sin resistencia.
 
Hoy ya no hacen falta ejércitos invasores; basta con encender la televisión y comprobar que un simple chubasco de primavera se ha convertido, por obra y gracia del alarmismo audiovisual, en el fin del mundo.
 

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jueves, 29 de octubre de 2026

El gran error de la comunicación: nos importa más lo que decimos que lo que el otro entiende

La Comunicación no es decir algo al otro, ni siquiera que el otro lo reciba; la clave y lo que realmente importa en Comunicación es la interpretación que el otro hace de lo que le decimos. Y siendo así ¿te has mirado a ti mismo para ver en qué te fijas cuando comunicas algo?
 
(AZprensa) Cuando cualquiera de nosotros quiere comunicar algo —ya sea en el ámbito estrictamente profesional o en el terreno de las relaciones personales—, solemos caer una y otra vez en la misma trampa: prestamos muchísima más atención a lo que queremos decir y a cómo lo estamos transmitiendo que a lo que el destinatario está realmente recibiendo e interpretando.
 
Nos obsesionamos con construir un discurso impecable, de ensayar los argumentos y cuidar la retórica. Sin embargo, de nada nos sirve una exposición brillante de los hechos o un relato excelente de los acontecimientos si el interlocutor no lo está percibiendo como a nosotros nos gustaría.
 
La brújula apunta al receptor
 
La clave de una buena comunicación no reside en el emisor del mensaje, sino en el destinatario. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, subvierte por completo la forma en que solemos relacionarnos. Asumir que el éxito de un mensaje depende de cómo es decodificado al otro lado de la mesa implica un esfuerzo intelectual adicional y, por supuesto, mucha práctica. Exige salir de nuestro propio ombligo discursivo para ponernos en la piel de quien nos escucha.
 
Por eso, en el fondo, no es tan importante la cantidad de información que aportemos como el modo en que seamos capaces de hacerla llegar. Una retahíla de datos fríos o un argumentario técnico interminable no sirven de nada si no consiguen sintonizar con la frecuencia de quien tenemos enfrente.
 
El arte de conectar
 
Lograr esa sintonía requiere ingredientes que van mucho más allá de la mera lógica: exige altas dosis de entusiasmo, convicción y persuasión. Y, sobre todo, demanda un ejercicio de alta cirugía mental para ser capaces de sintetizar y conectar con la audiencia.
 
Al final, comunicar no es descargar un archivo en la cabeza del otro, sino conseguir que el otro, el que recibe nuestro mensaje, lo interprete como nosotros queremos. Por eso, deberíamos dejar de preguntarnos qué queremos decir nosotros y empezar a preocuparnos por lo que el otro pueda entender de lo que le decimos.
 
 

Esta es la asignatura en la que suspenden todos los laboratorios farmacéuticos… y muchas otras empresas.
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