Esa
frase no la dice Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, pero
posiblemente la piensa. Aquí desgloso y razono por qué no va a convocar nunca
elecciones generales.
(AZprensa) Este fin de semana en
España todo son cábalas sobre si Pedro Sánchez convocará elecciones generales o no. Parece mentira que no lo
conozcan. Si él pensase en los ciudadanos, convocaría elecciones. Si él pensase
en su partido, convocaría elecciones. Si él pensase en su gobierno, convocaría
elecciones. Pero no, él no piensa en nada de eso, él sólo piensa en sí mismo. Y
pensando en sí mismo, son muchos lo argumentos para no convocar lecciones.
Veamos algunos de ellos.
Si
continúa como presidente de gobierno, podrá indultar a su mujer, a su hermano y
a todos sus amigos cuando los condene la justicia por sus correspondientes
delitos.
Si
continúa como presidente e gobierno, podrá seguir disfrutando de lo que más le
gusta: el poder.
Si
continúa como presidente del gobierno, podrá seguir colocando en puestos clave
de las instituciones, tanto públicas como privadas, a sus amigos, tal como ha
venido haciendo hasta ahora, y es que todavía le quedan unas pocas
instituciones para tenerlas copadas todas por sus amigos.
Si
continúa como presidente, seguirá teniendo la potestad de decidir cuando se
convocan elecciones, es decir: nunca.
Aclaremos
este último punto:
Sólo
convocará elecciones cuando esté seguro de que las va ganar, o a menos que la suma de PP+Vox no alcanza la
mayoría absoluta, porque siendo así, sólo o apoyado por el resto de partidos,
seguirá en el poder, aunque esos que le apoyan como ahora le sigan pidiendo
pidan muchas cosas, por más que esas concesiones arruinen y dividan al país.
Pero “¿y si nunca llega a estar seguro de ganarlas, porque hemos visto que
elección tras elección sigue perdiendo votos y escaños?”, te preguntarás. Pues
en ese caso, le interesa seguir como presidente para organizar -como ahora
empieza a verse- altercados callejeros (“incendiar las calles” que se dice) que
vayan en aumento por toda España e impidan la celebración de unas lecciones con
un mínimo de seguridad ciudadana, o mantener indefinidamente crisis migratorias
como la de Ceuta, que también será un buen pretexto para no convocar
elecciones.
De
igual forma, seguir como presidente le dará tiempo para manipular censos
electorales y ajustarlos a sus necesidades tal como hacen todos los dictadores
y él mismo está intentando hacer ahora mismo.
Conclusión:
Sólo un auténtico milagro podría despegarlo de su sillón presidencial. Nunca va
a convocar elecciones mientras sepa que no las va a ganar , así que ya podéis
ir perdiendo toda esperanza.
PD.-
Nada más me gustaría que equivocarme y tener que volver a este post para
añadir: “Estaba equivocado”.
Así
empezó la nueva era de implantación del pensamiento único.
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Si
alguien se creía por mi artículo de ayer, “Cuando el médico te receta ir al
supermercado en vez de la farmacia”, que estaba exagerando, aquí va la
continuación del mismo en donde podemos comprobar (y ejemplos hay a miles) cómo
determinados alimentos empiezan cada vez se empiezan a parecer más a
medicamentos. Aquí van varios ejemplos de cómo las empresas de alimentación
invaden el lugar de los laboratorios farmacéuticos.
(AZprensa) Hace años,
cuando estaba en activo en la industria farmacéutica, pude constatar como
empezaban a proliferar curiosos estudios científicos que nos descubrían cómo un
alimento que llevamos toda la vida comiendo no solo está rico, sino que además
parece dispuesto a competir con la industria farmacéutica.
Por
entonces teníamos, entre otros ejemplos, la salsa de tomate con supuestas
propiedades cardiosaludables y el chocolate convertido, casi por arte de magia
científica, en aliado contra las enfermedades cardiovasculares. La pregunta que
me hacía entonces era bastante sencilla: si los alimentos empiezan a
comportarse como medicamentos, ¿acabaremos encontrándolos en las farmacias?
Pues
parece que el asunto no ha terminado ahí.
La
investigación nutricional ha seguido avanzando y también lo ha hecho una
modalidad bastante curiosa de investigación: aquella en la que el producto que
se estudia pertenece precisamente a la empresa que financia el estudio.
Conviene
aclarar algo antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza: que una
empresa financie una investigación no significa que sus resultados sean falsos.
La financiación empresarial puede ser perfectamente legítima y muchos estudios
cuentan con procedimientos científicos rigurosos. El problema está en que,
cuando quien vende el producto paga para investigar sus posibles beneficios, el
ciudadano tiene derecho, como mínimo, a saber quién pone el dinero.
Y
ejemplos no faltan.
Uno
de los más curiosos procede de Stanford. Investigadores realizaron el
denominado estudio SWAP-MEAT, en el que 38 participantes siguieron durante ocho
semanas una dieta basada en productos cárnicos vegetales y otras ocho semanas
una dieta basada en carne animal. Durante la fase vegetal disminuyeron
determinados factores relacionados con el riesgo cardiovascular, entre ellos el
colesterol LDL, el peso y el TMAO, un compuesto que se ha relacionado con el
riesgo cardiovascular.
Hasta
aquí, todo perfectamente científico.
El
pequeño detalle que puede despertar la curiosidad del lector es que la
investigación recibió financiación de Beyond Meat, empresa dedicada
precisamente a fabricar carne vegetal. Stanford reconoce además que la
iniciativa universitaria de investigación sobre dietas vegetales fue posible
gracias a una importante donación de esa compañía.
Es
decir, que si mañana una fábrica de paraguas financia un estudio para demostrar
que los paraguas protegen de la lluvia, tampoco deberíamos sorprendernos
demasiado.
Otro
caso nos lleva a Nestlé Health Science. En 2023 se publicaron resultados de un
análisis del programa Optifast, basado en buena parte en productos sustitutivos
de comidas. El estudio, financiado por Nestlé Health Science, encontró mayores
reducciones de peso, presión arterial y determinados parámetros lipídicos que
con una dieta hipocalórica convencional. El trabajo procedía de un análisis
secundario del ensayo OPTIWIN, realizado con 273 adultos con obesidad.
Aquí
la cosa empieza a ponerse interesante. Porque hasta ahora uno iba al médico, le
contaba que quería adelgazar y el médico podía recomendarle dieta, ejercicio y,
en determinados casos, medicamentos. Pero ahora podemos imaginar una nueva
generación de recetas: En vez del clásico «Tome dos comprimidos al día durante
tres meses» nos dirán «Tome dos batidos Nestlé al día durante tres meses». La
diferencia es que uno se compra en la farmacia y el otro, por ahora,
probablemente en otro establecimiento.
Y
si seguimos avanzando por este camino, podemos llegar a una situación todavía
más divertida. El supermercado podría acabar convirtiéndose en una especie de
farmacia de libre dispensación.
—Tengo
el colesterol alto.
—Pues
llévese estas nueces.
—¿Y
cuánto tengo que tomar?
—Un
puñado al día.
—¿Y
tienen efectos secundarios?
—Sí.
Se le pueden acabar antes de llegar a casa.
Las
nueces, por cierto, tampoco se libran de la investigación nutricional
financiada por quienes tienen intereses económicos en ellas. Existen ensayos en
los que se ha estudiado su relación con factores de riesgo cardiovascular y que
han contado con financiación de la California Walnut Commission, organización
vinculada al sector de la nuez. Eso no invalida los resultados, pero demuestra
que el fenómeno es bastante más amplio que aquel lejano estudio sobre la salsa
de tomate.
Y
entonces aparece una pregunta que quizá sea más importante que todas las
anteriores: ¿Quién decide qué alimento merece convertirse en medicamento? Porque
cuando una empresa farmacéutica realiza un ensayo para demostrar la eficacia de
un medicamento, todos entendemos que existe un interés comercial detrás. Por
eso existen normas, declaraciones de conflictos de interés, revisiones
científicas y todo un sistema destinado a valorar la evidencia. Pero cuando
hablamos de alimentos parece que bajamos un poco la guardia.
Decimos
«un estudio demuestra que…» y nos quedamos tan tranquilos. Y a partir de ahí
comienza la fiesta. El chocolate protege el corazón. Las nueces ayudan a
controlar determinados factores de riesgo. La carne vegetal puede mejorar
algunos marcadores cardiovasculares. Un programa de sustitución de comidas
ayuda a adelgazar y mejora determinados parámetros cardiovasculares.
Mañana
quizá descubramos que el jamón mejora la memoria, que el queso previene la
tristeza o que las croquetas favorecen la circulación sanguínea. Y no descarto
que, dentro de unos años, los médicos tengan que ampliar sus recetas
electrónicas.
Principio
activo: nuez.
Dosis:
un puñado.
Vía
de administración: oral.
Duración
del tratamiento: hasta que se acaben.
Lo
único que todavía no sabemos es si la Seguridad Social financiará el
tratamiento. Porque ahí puede estar el verdadero problema. Una cosa es
descubrir que determinados alimentos pueden formar parte de una dieta
saludable. Otra muy distinta es convertir cada resultado favorable de un
estudio nutricional en una especie de prospecto farmacéutico.
Y
hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar: un estudio no es un anuncio
publicitario, aunque a veces el titular que llega al público pueda parecerlo. Precisamente
por eso resulta tan importante saber quién ha financiado la investigación, qué
producto se ha estudiado, con qué producto se ha comparado, cuántas personas
han participado y, sobre todo, qué dicen realmente los resultados.
Porque
incluso en la investigación científica hay una pregunta que nunca debería
faltar: «¿Y quién paga la fiesta?». No porque quien paga tenga necesariamente
razón. Sino porque conviene saberlo antes de tragarnos la píldora. O la nuez. O
el chocolate. O, llegado el caso, la hamburguesa vegetal.
Y
si algún día todo esto acaba en la farmacia, espero al menos que respeten las
dosis. Porque una cosa es comer chocolate para cuidar el corazón y otra muy
distinta que alguien interprete que una tableta después de cada comida es
tratamiento médico. Ahí sí que tendríamos un problema. Y, curiosamente, bastante
agradable.
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La Visita Médica
ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos
encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de
que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los
médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido
que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha
sido más avispado y ha ocupado su lugar.
(AZprensa) Durante muchas
décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien
se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles
sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de
formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que,
en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios
farmacéuticos.
Pero
las cosas han ido cambiando.
Ante
las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la
Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria
farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos
medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la
actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar
el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
El
resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria
farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e
investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de
actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de
los profesionales sanitarios.
El
problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo
congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar.
Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
Y
si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia
suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
Pues
aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
Cada
vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y
otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados
al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los
laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones,
van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas,
las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio
extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
Y
así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca
más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta
tradicional:
¿Tiene
diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene
colesterol? “Danacol”.
¿Está
griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A
mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa:
no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La
ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos
necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
Y
llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una
revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este
camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni
siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al
supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le
diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco
griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe.
Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar
por caja”.
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Una parte muy
importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y
capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan
iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean
censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor equivocarse y aprender de ello, que no
hacer nada por miedo a cometer un error.
(AZprensa) Por supuesto,
nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad
profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de
haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien
el trabajo.
Por
eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de
equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por
miedo a cometer un error.
Un
buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después
de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a
dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar
responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso
cuando estas comportasen cierto riesgo.
Pero
había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente
estudiada y justificada.
Si,
después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y
finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba
parte del ejercicio de la responsabilidad.
Me
parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos
ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad
sobre lo decidido.
Cuando
un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe
después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir
responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse
partícipe de los objetivos de la organización.
Y
eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
Pero
no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
En
cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien
pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando
también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un
nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o
una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de
éxito.
Si
esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar,
probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
La
cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable,
sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la
pena afrontarlos.
Nuestros
competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la
obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer
aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
Naturalmente,
esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad,
exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una
nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la
confianza con la autocomplacencia.
También
resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir
experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas
nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar.
Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras
mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una
mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro
de nuestro propio círculo.
Al
final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a
hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a
intentarlo.
Y
sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
Pero
tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos
haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las
estemos haciendo mal.
Lo
importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos
aprender.
Porque
para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la
posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que
atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
Sin
riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
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¿Cuáles son las
claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás
cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
(AZprensa) Nada hay más
gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar
cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y
nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan
atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de
turno siente hacia sus empleados.
Dirigir
no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las
personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
A
mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo,
aunque no siempre fácil de aplicar.
Primero: definir con
claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener
perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de
responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede
buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está
correctamente definida.
Segundo: elegir por
capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay
que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan
aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni
simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio
profesional.
Tercero:
explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo
debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al
mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos.
No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado
las herramientas para obtenerlos.
Cuarto: confiar y
delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos
directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la
que se ha encomendado una responsabilidad.
Siempre
he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga
la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones,
incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado,
sino él mismo por haberlo elegido.
Un
directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en
un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus
colaboradores, debe dejarles trabajar.
Y quinto: exigir
resultados.
Porque
delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si
los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué
frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados
esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas
presentaciones y prometedores planes de futuro.
Y
si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga
técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser
demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se
olvide de lo más importante.
Los resultados.
Un
proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un
proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una
presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una
buena gestión.
Por
eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al
directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar
en consecuencia.
En
definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué
hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que
pedirle cuentas por lo que ha hecho.
Y
quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien,
confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las
palabras.
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