viernes, 2 de octubre de 2026

Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia

La Visita Médica ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha sido más avispado y ha ocupado su lugar.
 
(AZprensa) Durante muchas décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que, en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios farmacéuticos.
 
Pero las cosas han ido cambiando.
 
Ante las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
 
El resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de los profesionales sanitarios.
 
El problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar. Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
 
Y si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
 
Pues aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
 
Cada vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones, van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas, las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
 
Y así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta tradicional:
¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
 
Y llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe. Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar por caja”.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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jueves, 1 de octubre de 2026

Sin riesgo no hay éxito

Una parte muy importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor
equivocarse y aprender de ello, que no hacer nada por miedo a cometer un error.
 
(AZprensa) Por supuesto, nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien el trabajo.
 
Por eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por miedo a cometer un error.
 
Un buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso cuando estas comportasen cierto riesgo.
 
Pero había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente estudiada y justificada.
 
Si, después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba parte del ejercicio de la responsabilidad.
 
Me parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad sobre lo decidido.
 
Cuando un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse partícipe de los objetivos de la organización.
 
Y eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
 
Pero no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
 
En cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de éxito.
 
Si esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar, probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
 
La cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable, sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la pena afrontarlos.
 
Nuestros competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
 
Naturalmente, esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad, exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la confianza con la autocomplacencia.
 
También resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar. Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro de nuestro propio círculo.
 
Al final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a intentarlo.
 
Y sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
 
Pero tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las estemos haciendo mal.
 
Lo importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos aprender.
 
Porque para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
 
Sin riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las cinco claves de un buen directivo

¿Cuáles son las claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
 
(AZprensa) Nada hay más gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de turno siente hacia sus empleados.
 
Dirigir no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
 
A mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo, aunque no siempre fácil de aplicar.
 
Primero: definir con claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está correctamente definida.
 
Segundo: elegir por capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio profesional.
 
Tercero: explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos. No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado las herramientas para obtenerlos.
 
Cuarto: confiar y delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la que se ha encomendado una responsabilidad.
 
Siempre he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones, incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado, sino él mismo por haberlo elegido.
 
Un directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus colaboradores, debe dejarles trabajar.
 
Y quinto: exigir resultados.
 
Porque delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas presentaciones y prometedores planes de futuro.
 
Y si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se olvide de lo más importante.
 
Los resultados.
 
Un proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una buena gestión.
 
Por eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar en consecuencia.
 
En definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que pedirle cuentas por lo que ha hecho.
 
Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien, confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las palabras.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando todo el mundo entiende de comunicación

Si hay algo en las empresas de lo que todo el mundo cree saber mucho y ser un experto, es en lo relativo a la Comunicación. Y ese creer que se sabe todo conduce a graves perjuicios para las empresas o cuando menos a desaprovechar oportunidades y recursos.
 
(AZprensa) En el mundo de la comunicación, como en tantas otras profesiones, abundan los que opinan sin tener los conocimientos necesarios. Personas que, sin experiencia ni formación específica, se sienten autorizadas para dictar sentencia sobre el trabajo ajeno y, además, lo hacen con la seguridad de quien se cree en posesión de la verdad. Frente a ellas, los profesionales debemos aprender a distinguir entre una crítica fundamentada y una simple opinión, por muy contundente que esta se presente.
 
Recuerdo una anécdota que me sucedió hace ya muchos años y cuya veracidad puedo garantizar. Una empresa tenía vacante el puesto de jefe de Publicidad y, mientras se incorporaba el nuevo responsable, decidió encomendar temporalmente aquellas funciones a un product manager. Lo que inicialmente debía ser una solución provisional terminó prolongándose durante casi un año.
 
Cuando finalmente dejó el puesto interino, aquel responsable se mostró orgullosísimo de su gestión. Su gran logro, según él, había sido conseguir un ahorro del 80 % del presupuesto publicitario. “He conseguido ahorrar el 80 % del presupuesto”, proclamó, satisfecho. La explicación de semejante hazaña era mucho más sencilla de lo que cabía imaginar: no había hecho prácticamente nada.
 
Aquel product manager había considerado la inversión publicitaria un gasto prescindible. Sin experiencia suficiente en la materia y, probablemente, ante el temor de equivocarse y recibir críticas, optó por la solución más cómoda: no hacer nada. De ese modo, nadie podría reprocharle una campaña mal planteada, una decisión desacertada o una inversión poco rentable.
 
El resultado fue un ahorro contable, sí, pero también la renuncia a cualquier posible beneficio que una estrategia publicitaria bien diseñada pudiera haber aportado a la empresa. Porque no gastar no equivale necesariamente a gestionar bien, del mismo modo que invertir no significa derrochar.
 
Esta anécdota me viene a la memoria cada vez que escucho determinadas críticas dirigidas contra quienes trabajan en Comunicación o Publicidad. Y es que, a diferencia de lo que sucede en otras áreas profesionales, parece que en estas disciplinas todo el mundo tiene algo que decir. Cualquiera se considera capaz de juzgar una campaña, cuestionar una estrategia, valorar el trabajo de un gabinete de prensa o decidir cuánto debería invertirse en publicidad. A veces basta con haber visto un anuncio o haber leído una nota de prensa para sentirse capacitado para impartir una lección magistral.
 
Hace poco, al escuchar algunas críticas sobre el trabajo que estaba desarrollando un profesional, recordé aquella conocida expresión: «Ladran, luego cabalgamos». Aunque la frase suele utilizarse para restar importancia a los ataques, conviene interpretarla con cierta prudencia: no toda crítica demuestra que estemos haciendo bien las cosas, pero tampoco toda crítica merece nuestra atención.
 
A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de conversar con numerosos compañeros de profesión sobre los asuntos más diversos relacionados con nuestro trabajo. Hemos compartido experiencias, debatido estrategias y contrastado opiniones, en ocasiones coincidentes y en otras completamente opuestas. De ese intercambio siempre ha surgido un enriquecimiento mutuo.
 
Las opiniones de quienes conocen una profesión desde dentro tienen un valor especial. No porque sean infalibles, sino porque parten de la formación, la experiencia y el conocimiento de situaciones reales. Son puntos de vista que pueden ayudarnos a detectar errores, descubrir nuevas posibilidades y mejorar nuestro trabajo. Por eso merecen ser escuchados, incluso cuando resultan incómodos.
 
La crítica constructiva, venga de un colega o de alguien ajeno a la profesión, puede ser útil. Lo que carece de sentido es conceder el mismo valor a una opinión fundamentada que a un juicio emitido desde el desconocimiento. Y también sería un error que los profesionales nos encerráramos en una torre de marfil, despreciando cualquier observación externa.
 
La clave está en saber distinguir. Escuchar cuando hay algo que aprender y no dejarse arrastrar por el ruido cuando solo hay prejuicios, desconocimiento o ganas de sentar cátedra.
 
Porque en Comunicación y Publicidad, como en la medicina, la ingeniería o el derecho, la experiencia y la preparación no son adornos: son las herramientas con las que se ejerce una profesión.
 
Y, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, saber de todo un poco no convierte a nadie en experto en nada.
 

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lunes, 28 de septiembre de 2026

¡ARRG! ¡GRRR! ¡FUUU! ¡MMPFH!

(AZprensa)
Como hoy es 28 de septiembre quiero compartir con vosotros la siguiente información:
 
¡ARG! o ¡ARRG!.- Esta onomatopeya es la que se usa más frecuentemente para expresar de forma escrita un grito de rabia.
 
¡AAAAARRRRGH!.- Si lo que quieres expresar es un grito muy fuerte, desesperado y lleno de furia, esta sería la forma correcta.
 
¡GRRR!.- En cambio, para expresar un enojo más moderado, similar al gruñido de un animal, esta onomatopeya se ajusta perfectamente.
 
¡FUUU!.- No se parece mucho a los anteriores, pero se utiliza mucho en Internet y en los comics cuando se quiere expresar una rabia provocada por una gran frustración.
 
¡MMPFH!.- Y esta otra, que parece difícil de pronunciar, se explica porque expresa un grito de rabia reprimido, como cuando te tapas la boca y casi gritas para tus adentros.
 
“Pero bueno, ¿y a cuento de qué viene todo esto?”, te preguntarás. Pues muy sencillo, ¿o es que no te habías enterado que hoy, 28 de septiembre, se celebra el “Día Mundial de la Rabia”?
 
… ¿Ah? ¿Que no es eso? ¿Que se refiere a un Día Mundial para concienciar sobre la prevención de la enfermedad de la rabia y recordar la importancia de vacunar a los animales?
 
…Bueno, pues por lo menos ya me he desahogado.
 

Novelas con corazón
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