sábado, 19 de septiembre de 2026

¿A quién tomamos como modelo?

Steve Jobs fue un genio de la informática, un extraordinario creador de productos que cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología; pero una cosa es admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee en un modelo de conducta.
 
(AZprensa) Poco sabía yo de este individuo hasta que, tras su muerte, todos los medios de comunicación hablaron de él y su biografía empezó a llenar las estanterías de los VIP. Fue el creador de los Mac, el iPod, el iPhone y el iPad. Muy bien. ¿Y qué?
 
La pregunta que me interesa es otra: ¿cómo era como persona? Porque, cuando uno se acerca a su faceta más «humana» —si se me permite la ironía—, lo que encuentra no resulta precisamente estimulante. No fue, desde luego, alguien a quien yo consideraría digno de admiración ni una persona a la que tomar como modelo.
 
Para ofrecer un breve perfil de esa faceta «humana» (¡ja!), ahí van unas cuantas perlas:
 
Estaba convencido de que lo imposible podía conseguirse y, en consecuencia, eso mismo exigía a sus colaboradores.
 
Cuando algo no salía como él había previsto, podía ponerse a gritar y humillar a quienes tenía delante, sin mostrar el menor respeto.
 
Hasta tal punto llegaban sus berrinches que, según se cuenta, en sus empresas se llegaron a conceder premios a los empleados que mejor los soportaban.
 
Y ni siquiera las entrevistas de trabajo escapaban a sus métodos. A algunos candidatos no les bastaba con demostrar sus aptitudes profesionales: también tenían que responder a preguntas de carácter íntimo y personal, traspasando unos límites éticos que nunca deberían cruzarse en un proceso de selección.
 
Su soberbia llegaba incluso al organigrama. Como no podía conseguir ser el número uno de Apple, quiso ser el número cero.
 
Y hay más. No quería una plaza de aparcamiento especial por el simple hecho de ser el jefe, pero, al parecer, no tenía inconveniente en utilizar las reservadas para personas con discapacidad.
 
¿Genio? Probablemente. ¿Innovador? Sin ninguna duda. ¿Un extraordinario creador de productos que cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología? También.
 
Pero una cosa es admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee en un modelo de conducta.
 
Podía ser un genio de la informática. Pero el talento profesional no concede automáticamente un certificado de calidad humana.
 
Así que, como modelo y objeto de admiración personal, por mi parte, nada de nada.
 

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viernes, 18 de septiembre de 2026

Ceuta nunca ha sido de Marruecos. Y Melilla, tampoco

(AZprensa)
En estos días se está hablando mucho de Ceuta y de las pretensiones de Marruecos por anexionarse este territorio, reclamándolo como si fuera suyo, como si en el pasado le hubiera pertenecido y se lo hubieran arrebatado. Y hay mucha gente que se cree que esto fue así. Y no. No es verdad. Ceuta jamás ha pertenecido a Marruecos y, en consecuencia, no tiene ningún derecho a reclamar su soberanía. Por eso, aquí te resumo los datos históricos que lo confirman:
 
CEUTA
 
Fue conquistada por Portugal el 21 de agosto de 1415, durante el reinado de Juan I, a la dinastía meriní (Sultanato de Marruecos / Reino de Fez). La ciudad estaba en una zona de inestabilidad política y comercial importante en el Estrecho de Gibraltar.
Permaneció portuguesa más de 160 años. Pasó a la Monarquía Hispánica en 1580 por la unión dinástica (Felipe II heredó el trono portugués).
Cuando Portugal recuperó la independencia en 1640, las autoridades y población de Ceuta eligieron permanecer leales a España. Esto se formalizó en el Tratado de Lisboa de 1668, en el que Portugal reconoció la soberanía española sobre la ciudad.
España no la conquistó militarmente a otro país; la heredó de Portugal y la ciudad decidió quedarse.
 
Ceuta, al igual que Melilla nunca han pertenecido al Marruecos moderno (que se constituyó mucho después), sino a dinastías musulmanas del norte de África (principalmente el Sultanato de Fez o equivalentes meriníes y wattasíes).
 
Y ya que estamos, veamos también los datos de Melilla:
 
MELILLA
 
Fue tomada por la Corona de Castilla (bajo los Reyes Católicos) el 17 de septiembre de 1497, en una expedición liderada por Pedro de Estopiñán y patrocinada por el duque de Medina Sidonia.
En ese momento pertenecía al Sultanato wattasí (o Reino de Fez). La ciudad estaba prácticamente despoblada y en ruinas por conflictos internos y ataques, por lo que la ocupación se produjo con poca o ninguna resistencia. Un intento posterior de recuperarla por fuerzas locales fue rechazado.
Contexto importante: En el siglo XV no existía un Estado marroquí unificado como el actual (la dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de 1666, y la independencia formal llegó en 1956). Ambas ciudades formaban parte de territorios controlados por dinastías locales del Magreb (meriníes, wattasíes, etc.), asociadas a Fez. Nunca formaron parte del Marruecos contemporáneo ni del Protectorado español de Marruecos (1912-1956), ya que se consideraban territorio español desde mucho antes.
 
En definitiva:

Ceuta → conquistada por Portugal a los meriníes (1415) pasó a España por unión dinástica y decisión local (1580/1668).
Melilla → conquistada por Castilla a los wattasíes/Reino de Fez (1497).
Marruecos → la dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de 1666, y la independencia formal llegó en 1956). Es decir, el país que conocemos como Marruecos, se fundó mucho tiempo después de que España se anexionase Ceuta y Melilla. Es decir: Ceuta y Melilla nunca pertenecieron a Marruecos. Sólo hay que mirar la historia y no hablar sin haberse informado antes.
 

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jueves, 17 de septiembre de 2026

El anzuelo de la noticia: una lección de los copywriters para el periodismo de hoy

Hay una diferencia sustancial entre los periodistas y copywriters. Los primeros desarrollan perfectamente un artículo pero les surgen las dificultades a la hora de encontrar un buen titular. Por el contrario los copywriters están tan preparados y acostumbrados a sintetizar y captar la atención del lector, que para ellos es muy fácil escribir un titular. Quizás los periodistas deberían aprender de los copywriters.
 
(AZprensa) Quien haya compartido redacción con periodistas de raza sabe que existe un momento crítico, casi ritual, en el que la redacción se detiene. El artículo está perfectamente hilvanado, la información es rigurosa y las comas ocupan su sitio. Sin embargo, llega la hora de poner el titular y el pánico cunde. Se duda, se borra, se vuelve a dudar y, al final, se recurre a la fórmula más gris y convencional por puro agotamiento. A la inmensa mayoría de los profesionales de la información les cuesta un mundo encontrar un buen titular. Curiosamente, existe otro gremio hermano que maneja esta misma disciplina con una soltura envidiable: los copywriters.
 
La maestría publicitaria de la síntesis
 
Mientras el periodista tradicional sufre ante la página en blanco de la cabecera, el redactor publicitario se mueve en ese terreno con una naturalidad pasmosa. Los copywriters están tan entrenados y acostumbrados a resumir conceptos complejos —y a conseguir que ese resumen detone de inmediato el interés del receptor— que para ellos dar con un buen titular es un ejercicio casi rutinario. Su único problema real, lejos de sufrir bloqueos, suele ser el exceso: tienen tantas opciones brillantes sobre la mesa que a veces les cuesta elegir una sola.
 
Conviene recordarlo sin complejos: la misión de un buen titular jamás ha sido resumir la noticia. Hacer eso es vaciarlo de vida. Como suelo definirlo, el titular es el anzuelo de la noticia. Su verdadera vocación es radicalmente distinta y mucho más exigente:
- Captar la atención en medio del ruido ensordecedor del flujo informativo.
- Centrar al lector de inmediato sobre el núcleo del asunto.
- Animarle a seguir leyendo, abriendo una puerta por la que resulte imposible no cruzar.
 
Una mirada que el periodismo necesita recuperar
 
Los periodistas deberíamos mirar con menos recelo y más atención el oficio del copywriting. No se trata de frivolizar la información, sino de asumir que el rigor y la capacidad de atracción no son enemigos irreconciliables. En una época en la que la atención del lector cotiza más cara que nunca, aprender a lanzar el anzuelo con la precisión milimétrica de la publicidad es la mejor garantía para que nuestras historias, por muy buenas que sean, no mueran ignoradas en el fondo del cajón digital.
 

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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Cuando la ciencia y la ética van de la mano

Cuando se habla de células madre se piensa, inevitablemente, en grandes avances médicos. Pero, también, cuando se habla de grandes avances médicos se piensa en si estos entrarán en conflicto o no con la ética. En el caso que nos ocupa, tenemos un buen ejemplo de cómo la ciencia y la ética pueden ir de la mano. Eso sí que es esperanzador.
 
(AZprensa) Hay dos palabras que, cuando aparecen juntas, suelen despertar al mismo tiempo esperanza y preocupación: células madre. Esperanza, porque hablamos de una de las grandes líneas de investigación de la medicina moderna y de la posibilidad de reparar tejidos que hasta ahora parecían tener pocas posibilidades de recuperación. Y preocupación, porque inmediatamente aparecen las cuestiones éticas y morales que durante años han acompañado a determinadas investigaciones con células madre.
 
Pero quizá tengamos que empezar a cambiar esa asociación. Porque no todas las células madre plantean los mismos problemas éticos y, sobre todo, porque la ciencia puede encontrar caminos que permitan avanzar en medicina sin tener que enfrentarse necesariamente a nuestras convicciones morales.
 
Un buen ejemplo llega de la investigación española. Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (INIBIC), perteneciente al Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, demostró que determinadas células procedentes de la membrana amniótica pueden contribuir a la regeneración de lesiones del cartílago articular.
 
Y esto no es una cuestión menor. El cartílago tiene una capacidad de reparación muy limitada. Cuando se deteriora o se lesiona, el organismo encuentra enormes dificultades para reconstruirlo por sí mismo. De ahí que determinadas lesiones articulares puedan convertirse en un auténtico problema para los pacientes y, en algunos casos, terminar afectando seriamente a su calidad de vida.
 
Encontrar una forma de favorecer su regeneración supone, por tanto, abrir una puerta a nuevos tratamientos. Pero hay algo más que convierte este descubrimiento en especialmente interesante. Las células utilizadas proceden de la membrana amniótica, un tejido que normalmente se desecha después del parto. Es decir, lo que hasta ayer podía acabar simplemente convertido en un residuo biológico podría convertirse mañana en una herramienta para ayudar a reparar el organismo humano. La naturaleza, una vez más, parece tener recursos que todavía estamos aprendiendo a utilizar.
 
Y existe además otra ventaja: estas células presentan características que podrían reducir los problemas relacionados con el rechazo inmunológico y favorecer una recuperación más temprana en determinados tratamientos. La investigación abre así una posibilidad que resulta especialmente atractiva: avanzar sin necesidad de entrar en conflicto con principios éticos fundamentales. Porque a veces presentamos la ciencia y la ética como si fueran dos fuerzas condenadas a enfrentarse. Como si cada nuevo descubrimiento médico obligara necesariamente a elegir entre el progreso y los principios. Y no tiene por qué ser así. La ciencia necesita investigar, experimentar, hacerse preguntas y buscar nuevas soluciones. Pero también necesita hacerlo dentro de unos límites éticos que protejan la dignidad humana.
 
La buena noticia es que ambas cosas pueden ser compatibles. Este caso resulta casi simbólico. Un tejido que después del parto iba a ser descartado puede convertirse en una fuente de investigación destinada a reparar otro tejido del organismo. No hace falta destruir para construir. No hace falta renunciar a la ética para avanzar. Hace falta, sencillamente, seguir investigando. Porque probablemente el verdadero progreso científico no consiste únicamente en descubrir lo que somos capaces de hacer, sino también en descubrir cómo podemos hacerlo respetando aquello en lo que creemos.
 
Y cuando ciencia y ética consiguen caminar juntas, el resultado no es solamente un avance médico, es también un avance humano.
 

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martes, 15 de septiembre de 2026

¿Y si Einstein estuviera equivocado?

Hubo un momento, hace ya algunos años, en que una noticia científica consiguió hacer tambalear uno de los pilares sobre los que habíamos construido nuestra manera de entender el universo.
 
(AZprensa) El protagonista se llamaba OPERA, un experimento realizado en el CERN en el que participaban alrededor de 160 investigadores de once países. En septiembre de 2011, sus responsables anunciaron algo que parecía imposible: habían detectado neutrinos que, aparentemente, habían recorrido la distancia entre el CERN, en Suiza, y el laboratorio de Gran Sasso, en Italia, a una velocidad superior a la de la luz.
 
Y aquello no era una noticia científica más. La Teoría de la Relatividad de Albert Einstein había establecido que la velocidad de la luz en el vacío constituye un límite fundamental de la naturaleza. De repente, unos diminutos neutrinos parecían haber decidido saltarse el límite de velocidad.
 
La noticia dio la vuelta al mundo. ¿Podía ser verdad? Los neutrinos son partículas subatómicas extraordinariamente difíciles de detectar. Tienen una masa diminuta y apenas interactúan con la materia, hasta el punto de que pueden atravesar enormes cantidades de material sin apenas inmutarse. En realidad, millones de neutrinos atraviesan continuamente nuestro cuerpo sin que nos enteremos.
 
Y precisamente por eso aquellos resultados resultaban tan fascinantes. Si los neutrinos podían viajar más rápido que la luz, quizá no estábamos ante una simple peculiaridad de una partícula. Quizá había que revisar algunas de nuestras ideas fundamentales sobre el espacio, el tiempo y el propio universo.
 
Incluso comenzaron a aparecer especulaciones sobre posibles atajos a través del espacio-tiempo, dimensiones adicionales o universos paralelos. Pero había un pequeño problema.
La ciencia no funciona a base de titulares. Los propios científicos de OPERA fueron los primeros interesados en que otros investigadores comprobaran sus resultados. Si aquello era cierto, las consecuencias eran extraordinarias. Y si era un error, había que encontrarlo. Y lo encontraron.
 
Unos meses después, otros experimentos realizaron nuevas mediciones que no confirmaron el resultado. Finalmente se descubrió que el experimento original había sufrido un problema técnico relacionado con una conexión de fibra óptica y la sincronización temporal. Los neutrinos no habían conseguido superar a la luz. Einstein podía respirar tranquilo.
 
Pero quizá la verdadera lección de OPERA no estaba en que Einstein tuviera razón. Estaba en lo que ocurrió mientras creíamos que podía estar equivocado. Porque durante unos meses tuvimos delante una posibilidad fascinante: que una de las teorías científicas más importantes de la historia necesitara ser modificada.
 
Y ahí aparece una cuestión que me parece mucho más interesante que la propia velocidad de los neutrinos. ¿Estamos preparados para descubrir que estamos equivocados? La historia de la humanidad está llena de certezas que dejaron de serlo. Durante siglos se defendieron ideas que hoy nos parecen absurdas. Hemos cambiado nuestra concepción de la Tierra, del Sistema Solar, de la materia, del tiempo, del espacio y de la propia vida. Cada generación ha heredado conocimientos que posteriormente han sido ampliados, corregidos o directamente sustituidos.
 
La ciencia no avanza porque los científicos crean tener todas las respuestas. Avanza precisamente porque saben que pueden estar equivocándose. Por eso me resultó tan interesante observar la reacción que provocó aquel anuncio de OPERA. Ante la posibilidad de que los neutrinos hubieran superado la velocidad de la luz, no hubo una celebración generalizada de quienes acababan de descubrir algo revolucionario. Al contrario: hubo prudencia, dudas y una petición casi obsesiva de nuevas comprobaciones.
 
Y eso es exactamente lo que debía ocurrir. Porque una de las mayores grandezas de la ciencia consiste en poder decir: «No lo sé». Y, todavía más importante: «Puede que esté equivocado».
 
Al final, los neutrinos no viajaban más rápido que la luz. Einstein no había quedado invalidado y el universo continuó funcionando como antes. Pero aquel episodio nos dejó una pequeña lección. Quizá deberíamos ser mucho más humildes cuando hablamos de lo que sabemos. Porque una cosa es conocer algo. Y otra muy distinta es creer que ya lo conocemos todo.
 
Tal vez por eso sigue teniendo tanta vigencia aquella vieja frase atribuida a Sócrates: «Solo sé que no sé nada». No es una afirmación de ignorancia. Es, probablemente, una de las mayores declaraciones de humildad intelectual que ha hecho el ser humano. Y quizá también sea una de las mejores maneras de hacer ciencia.
 

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