(Sunday Poetry Corner) Uno de noviembre. Una
fecha en donde la muerte y la vida se dan la mano y caminan juntas. Y como
escenario para ese recorrido, un paisaje de otoño. El otoño se muestra así como
la estación que anuncia la muerte, pero con la certeza de que al final renacerá
la vida.
El poema de hoy, llamado “Otoño” nos habla de esta
estación del año que también es una estación de nuestra vida. Pero será mejor
que leáis primero el poema y paséis después al comentario y análisis que ha
realizado del mismo una Inteligencia Artificial, porque así podremos descubrir
otra lectura más profunda del mismo…
OTOÑO
Cuando llegas
los campos se desangran
con tu luz.
La carne roja
de tus entrañas
se esparce por el musgo
y levanta la neblina
del hedor
de un tiempo muerto
que pasó.
Eres anuncio lúgubre
y despedida,
telón que cierra un acto
y da paso también
a una nueva vida.
ANÁLISIS Y
COMENTARIO
Por Claude
«Otoño» hace algo poco frecuente con una estación tan
visitada por la poesía: no la embellece. Donde la tradición suele ver
melancolía dorada y hojas que caen con elegancia, aquí hay sangre, carne,
entrañas y hedor. Y sin embargo el poema no se queda en esa oscuridad, sino que
la atraviesa para llegar a otra cosa. Ese recorrido, de la imagen más cruda a
la más esperanzada en solo quince versos, es su mayor acierto.
Una llegada violenta
El poema abre con «Cuando llegas», dirigido a un «tú» que
es la propia estación convertida en presencia. El arranque tiene algo de
ritual, como si el otoño entrara por la puerta. Lo que provoca su llegada es
que «los campos se desangran / con tu luz». La metáfora se apoya en algo real,
la luz baja y rojiza de esos meses que tiñe el paisaje de ocres y rojos, pero
el verbo «desangrar» convierte el color en herida. «Con tu luz» queda aislado
en su propio verso, y esa pausa subraya que la luz es aquí lo que hiere.
El cuerpo de la
estación
En la segunda mitad de la estrofa cambia quién sangra. Ya
no son los campos, sino la propia estación: «la carne roja de tus entrañas / se
esparce por el musgo». El otoño es a la vez quien llega y quien se sacrifica, y
las hojas caídas son su carne derramada sobre la tierra húmeda.
Las imágenes apelan a tres sentidos: la vista en el rojo,
el tacto en el musgo y el olfato en el hedor. Ese «del hedor», solo en su
verso, no suaviza nada. La hojarasca que se pudre huele, y el poema lo dice. Lo
que se levanta con la neblina es «un tiempo muerto / que pasó». Puede leerse
como el verano, pero también como cualquier tiempo vivido que ya no vuelve. Ese
«que pasó» corto y seco cierra la estrofa con el peso de lo irreversible.
El giro: del cadáver
al telón
La segunda estrofa cambia de registro. Se pasa de la
imagen física a una metáfora teatral, de la carne al escenario. Empieza sin
rodeos: «anuncio lúgubre / y despedida». El poema admite la lectura oscura
antes de matizarla, y por eso resulta creíble cuando lo hace.
La elección del telón importa. Un telón cierra un acto,
pero la función no ha terminado, de modo que la propia imagen contiene la
continuación. La palabra clave es «también»: el otoño «da paso también a una
nueva vida». No dice «en lugar de», sino además. Visto desde ahí, lo que
parecía pura descomposición en la primera estrofa cambia de sentido. La carne
esparcida por el musgo y el hedor de lo podrido son lo que alimenta el suelo.
El poema nunca dice «abono», pero deja la idea a mano.
Una rima que lo dice
todo
Hay un detalle sonoro que merece atención. «Despedida» y
«vida» riman, y es el único momento en que el poema se permite una rima clara
después de una primera estrofa en verso libre. El oído une así lo que el
sentido propone: despedirse y vivir no son opuestos. La rima funciona como
cierre de ciclo.
Forma y tono
Son dos estrofas desiguales, de diez y cinco versos, en
verso libre y con versos breves, casi telegráficos. La primera, más larga, se
detiene en el proceso de la descomposición. La segunda, mucho más corta,
resuelve con rapidez, como si la esperanza necesitara menos palabras que la
caída.
En definitiva, «Otoño» mira de frente la muerte de lo que
fue sin adornarla, y se niega a quedarse ahí. Da el paso que su propia metáfora
anunciaba: el telón cae para que pueda empezar otro acto.
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Si la historia
nos habla de grandes pensadores que han cambiado la historia con sus ideas, el
fútbol no se queda atrás y nos ofrece un variado mosaico de grandes pensadores
que bien podrían dirigir cátedras de filosofía en las universidades más
prestigiosas. Aquí os presentamos a algunos de ellos.
(AZprensa) El mundo del
fútbol nos ofrece un variado y fascinante panorama de pensadores
contemporáneos. Lejos de los tratados académicos y de las polvorientas
bibliotecas universitarias, es sobre el césped y ante los micrófonos de la zona
mixta donde emergen mentes privilegiadas capaces de condensar la complejidad
del cosmos en una sola frase.
Para
que os hagáis una idea de la magnitud de su legado, traigo aquí algunos de esos
hitos del pensamiento universal. Os sugiero que, tras la lectura de cada uno de
ellos, dediquéis varias horas a la profunda meditación hasta alcanzar, previo
éxtasis místico, la total regeneración de vuestro cuerpo astral. ¡Cuánta
sabiduría! ¡Cuánta belleza! ¡Qué agudeza de pensamiento!
Hicieron
maravillosamente bien los cronistas deportivos de la época en divulgar
semejantes perlas a través de los medios de comunicación, evitando así que
tanta ciencia se perdiese con el devenir de los tiempos. Pasará el género
humano, se apagará el sol y colapsará nuestro sistema solar, pero estas sabias
palabras —auténtico resumen del cénit intelectual alcanzado por la
civilización— quedarán flotando en el universo como testimonio eterno de
nuestro paso por la Tierra.
Pasen y lean,
con reverencia, estos pensamientos cumbre de la sabiduría:
«Fútbol
es fútbol» (Vujadin Boškov)
Una
obra maestra de la tautología ontológica. Boškov sintetizó en tres palabras
toda la incertidumbre cuántica y el empirismo más radical. No busques
explicaciones tácticas ni física cuántica; si es redondo, bota, y si entra, es
gol. La esencia pura de la nada elevada al absoluto.
«Chicos
bien, moral óptima» (Ladislao Kubala)
La
piedra filosofal de la psicología deportiva y el coaching de autoayuda. Menos
mal que nos lo aclararon: si los muchachos están bien alimentados y contentos,
la moral sube como la espuma. Un tratado de liderazgo empresarial que ya
quisieran firmar los gurús de Silicon Valley.
«Siempre
negativo, nunca positivo» (Louis van Gaal)
La
deconstrucción existencialista del optimismo patológico. Van Gaal no solo
diagnosticaba el estado anímico de sus jugadores ante los periodistas, sino que
firmaba un himno nihilista apto para cualquier crisis existencial de un lunes
por la mañana.
«Písalo,
písalo» (Carlos Salvador Bilardo)
La
cumbre de la diplomacia internacional y la ética kantiana pasada por el filtro
del bilardismo más descarnado. Un imperativo categórico que insta al prójimo a
ejercer una amable presión sobre el tobogán óseo del rival caído. Paz, amor y
un marcaje al hombre.
«El
fútbol es un estado de ánimo» (Jorge Valdano)
El
gran intelectual con botas de la Transición futbolística nos legó este
diagnóstico clínico. Ya no importa el césped ni el planteamiento táctico; si el
ánimo decae, ni la táctica de Guardiola ni el rezo de Simeone nos salvan del
abismo melancólico.
«Las
finales no se juegan, se ganan» (Alfredo Di Stéfano)
Pragmatismo
puro y duro. Para qué perder el tiempo dando espectáculos estéticos o jugando
con elegancia cuando puedes simplemente levantar la copa. Una bofetada de
realismo capitalista aplicada al deporte.
«Tengo
la corazonada de que vamos a ganar el partido» (Ian Rush)
El
delantero galés demostró con esta frase que la ciencia empírica y la estadística
predictiva palidecen ante un buen pálpito estomacal previo al pitido inicial.
«Hay
que ganar, ganar y ganar y volver a ganar» (Luis Aragonés)
La
cumbre absoluta del empirismo pragmático y la perseverancia metodológica del
Sabio de Hortaleza. Si Boškov nos regalaba la tautología y Van Gaal el
pesimismo existencial, Luis Aragonés elevó la repetición verbal a la categoría
de dogma de fe. No hay matices, no hay estética que valga ni debates sobre la
posesión del esférico; la Santísima Trinidad del fútbol se resume en una
machacona y gloriosa letanía. Un mantra de autoayuda motivacional que ya
quisieran para sí los más exigentes directores de multinacionales.
Mediten
sobre ello, amigos. Al lado de estos colosos, Sócrates, Platón, Descartes y
demás filósofos son meros aficionados de barrio.
Si te diviertes
al hacer deporte, habrás ganado… aunque hayas perdido.
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deporte es la sonrisa”:
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Los partes
meteorológicos del tiempo, en las televisiones, se han convertido en auténticos
programas de terror, cuya misión no es informar sino asustar. Los poderes
públicos alientan este cambio, porque con ciudadanos asustados siempre se
gobierna mejor.
(AZprensa) Si uno se sienta
un rato delante del televisor y presta atención a los informativos
meteorológicos, llegará a una conclusión tan inquietante como evidente: hoy en
día, los espacios del tiempo se han convertido en uno de los mejores programas
de antesala del terror que emiten las cadenas.
Antes,
los hombres y mujeres del tiempo se limitaban a cumplir con una función tan
noble como sencilla: informar de la previsión atmosférica con un mapa, unas
cuantas borrascas dibujadas y una sonrisa amable. Ahora no. Ahora el objetivo principal
parece ser meter el miedo en el cuerpo a la población.
El catálogo de
las catástrofes cotidianas
Da
igual lo que marque el termómetro o lo que haga el cielo; el parte se ha
convertido en una sucesión de advertencias apocalípticas:
Si
hace calor, la pantalla se tiñe inmediatamente de un rojo infernal, agitando el
fantasma de la ola de calor y vaticinando riesgos casi mortales para la salud
pública.
Si
hace frío, los informativos se transforman en una campaña sanitaria contra las enfermedades
invernales y el colapso hospitalario.
Si
llueve, el peligro inminente de inundaciones nos acecha en cada esquina.
Si
graniza, la crónica se narra como si estuviésemos sufriendo un bombardeo
estratégico.
Y
si hace viento, la escenografía nos traslada mentalmente a Florida en plena
temporada de huracanes, exigiendo poco menos que evacuar las ciudades.
Bajo
este prisma catastrofista, el mensaje subyacente siempre es el mismo: hace
calor, hace frío, llueve, nieva, graniza o sopla aire... Así que lo más sensato
y seguro es que nos quedemos encerrados en casa, pegados a la pantalla del
televisor, dejando que Papá Estado se ocupe de absolutamente todo.
El control a
través del pánico
No
nos engañemos; detrás de esta hipérbole meteorológica permanente hay una
estrategia bien conocida. Cada vez que anuncian el tiempo, ya no se habla del
tiempo en sí; se habla de catástrofes y graves peligros inminentes.
La
razón es antropológica y política: una población atenazada por el miedo es una
población sumisa. Quien teme por su integridad o por su entorno acata sin
rechistar lo que le dicte el poder, jamás se atreve a cuestionar las decisiones
de la autoridad y termina obedeciendo como un rebaño. La historia universal nos
lo demuestra una y otra vez: los antiguos conquistadores, cuando invadían un
territorio, arrasaban cultivos e incendiaban casas no solo por destruir, sino
para sembrar el terror y lograr que la población local se sometiera sin
resistencia.
Hoy
ya no hacen falta ejércitos invasores; basta con encender la televisión y
comprobar que un simple chubasco de primavera se ha convertido, por obra y
gracia del alarmismo audiovisual, en el fin del mundo.
¡Qué bien nos
vendría leer esto, porque ya se nos ha olvidado!
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caos”:
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La Comunicación
no es decir algo al otro, ni siquiera que el otro lo reciba; la clave y lo que
realmente importa en Comunicación es la interpretación que el otro hace de lo
que le decimos. Y siendo así ¿te has mirado a ti mismo para ver en qué te fijas
cuando comunicas algo?
(AZprensa) Cuando
cualquiera de nosotros quiere comunicar algo —ya sea en el ámbito estrictamente
profesional o en el terreno de las relaciones personales—, solemos caer una y
otra vez en la misma trampa: prestamos muchísima más atención a lo que queremos
decir y a cómo lo estamos transmitiendo que a lo que el destinatario está
realmente recibiendo e interpretando.
Nos
obsesionamos con construir un discurso impecable, de ensayar los argumentos y
cuidar la retórica. Sin embargo, de nada nos sirve una exposición brillante de
los hechos o un relato excelente de los acontecimientos si el interlocutor no
lo está percibiendo como a nosotros nos gustaría.
La brújula
apunta al receptor
La
clave de una buena comunicación no reside en el emisor del mensaje, sino en el
destinatario. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, subvierte por
completo la forma en que solemos relacionarnos. Asumir que el éxito de un
mensaje depende de cómo es decodificado al otro lado de la mesa implica un
esfuerzo intelectual adicional y, por supuesto, mucha práctica. Exige salir de
nuestro propio ombligo discursivo para ponernos en la piel de quien nos
escucha.
Por
eso, en el fondo, no es tan importante la cantidad de información que aportemos
como el modo en que seamos capaces de hacerla llegar. Una retahíla de datos
fríos o un argumentario técnico interminable no sirven de nada si no consiguen
sintonizar con la frecuencia de quien tenemos enfrente.
El arte de
conectar
Lograr
esa sintonía requiere ingredientes que van mucho más allá de la mera lógica:
exige altas dosis de entusiasmo, convicción y persuasión. Y, sobre todo,
demanda un ejercicio de alta cirugía mental para ser capaces de sintetizar y
conectar con la audiencia.
Al
final, comunicar no es descargar un archivo en la cabeza del otro, sino
conseguir que el otro, el que recibe nuestro mensaje, lo interprete como
nosotros queremos. Por eso, deberíamos dejar de preguntarnos qué queremos decir
nosotros y empezar a preocuparnos por lo que el otro pueda entender de lo que
le decimos.
Esta es la
asignatura en la que suspenden todos los laboratorios farmacéuticos… y muchas
otras empresas.
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en la industria farmacéutica”:
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La capacidad de
síntesis es imprescindible en periodismo. Todo periodista sabe que tiene que
resumir en muy pocas palabras lo más importante de una información o unas
declaraciones. Y de esto último, hay un ejemplo digno de haber entrado en el
libro Guinness de los records.
(AZprensa) De todos es
sabido que en televisión el tiempo es oro y que un minuto en antena equivale
prácticamente a una eternidad. Aun así, muchos entrevistados todavía se
sorprenden cuando, tras media hora de conversación pausada y grabada con mimo,
comprueban que el departamento de edición ha decidido despacharlos en apenas
veinte segundos.
Sin
embargo, el mayor prodigio de síntesis televisiva que uno recuerda se produjo
tras la finalización de un partido de fútbol.
Los
corresponsales de una conocida cadena acudieron a la sala de prensa para
recoger las declaraciones del entrenador local. Se supone que estuvieron atentos
a todo lo que se expuso ante los micrófonos, que después revisaron el material
en la redacción y que hicieron una minuciosa selección para resumir lo
acontecido.
Pues
bien, ¿cabe mayor alarde de concisión? Esto que reproduzco a continuación fue
todo lo que los responsables de aquella cadena consideraron suficiente para
ilustrar la noticia: «Sembrado».
Así
es. Una única palabra en boca del técnico; ni siquiera la acompañaron de
sujeto, verbo y complementos circunstanciales. No. Tan solo esa aislada y
rotunda palabra: «sembrado».
La mutilación de
la realidad
Si
uno acude a la trastienda de los hechos, descubre el verdadero alcance del
misterio. En realidad, el entrenador había ofrecido una explicación más o menos
sensata de la victoria: "Desde el inicio se ha puesto el partido como nos
imaginábamos. Durante la semana hemos trabajado estos aspectos, con una defensa
de tres para abrir bien las bandas, y por eso quiero dar la enhorabuena al
equipo, que ha estado sembrado". A partir de ahí, el míster se explayó
detallando cómo los suyos se habían sobrepuesto a las adversidades, mantenido
la fe y demostrado una gran puntería ante la meta rival.
Pero
para los editores de los informativos de aquella cadena, todo ese análisis
táctico, el esfuerzo coral y la crónica del encuentro sobraban por completo. La
rueda de prensa entera quedó reducida a un monosílabo con ínfulas: «sembrado».
¿Cabe
mayor capacidad de reducción al absurdo? Desde luego, semejante ejercicio de
cirugía informativa merecería un puesto de honor en el libro Guinness de los
récords. Al final, nos venden la urgencia como coartada para justificar la
pereza intelectual, convirtiendo el periodismo en una suerte de telegrama
indescifrable donde lo único que cuenta es rellenar huecos a golpe de brocha
gorda. Menos mal que los entrenadores siempre nos dejarán titulares tan
profundos como este para alimentar el desconcierto general.
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