Steve Jobs fue
un genio de la informática, un extraordinario creador de productos que
cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología; pero una cosa es
admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee en un modelo
de conducta.
(AZprensa) Poco sabía yo
de este individuo hasta que, tras su muerte, todos los medios de comunicación
hablaron de él y su biografía empezó a llenar las estanterías de los VIP. Fue
el creador de los Mac, el iPod, el iPhone y el iPad. Muy bien. ¿Y qué?
La
pregunta que me interesa es otra: ¿cómo era como persona? Porque, cuando uno se
acerca a su faceta más «humana» —si se me permite la ironía—, lo que encuentra
no resulta precisamente estimulante. No fue, desde luego, alguien a quien yo
consideraría digno de admiración ni una persona a la que tomar como modelo.
Para
ofrecer un breve perfil de esa faceta «humana» (¡ja!), ahí van unas cuantas
perlas:
Estaba
convencido de que lo imposible podía conseguirse y, en consecuencia, eso mismo
exigía a sus colaboradores.
Cuando
algo no salía como él había previsto, podía ponerse a gritar y humillar a
quienes tenía delante, sin mostrar el menor respeto.
Hasta
tal punto llegaban sus berrinches que, según se cuenta, en sus empresas se
llegaron a conceder premios a los empleados que mejor los soportaban.
Y
ni siquiera las entrevistas de trabajo escapaban a sus métodos. A algunos
candidatos no les bastaba con demostrar sus aptitudes profesionales: también
tenían que responder a preguntas de carácter íntimo y personal, traspasando
unos límites éticos que nunca deberían cruzarse en un proceso de selección.
Su
soberbia llegaba incluso al organigrama. Como no podía conseguir ser el número
uno de Apple, quiso ser el número cero.
Y
hay más. No quería una plaza de aparcamiento especial por el simple hecho de
ser el jefe, pero, al parecer, no tenía inconveniente en utilizar las
reservadas para personas con discapacidad.
¿Genio?
Probablemente. ¿Innovador? Sin ninguna duda. ¿Un extraordinario creador de
productos que cambiaron nuestra forma de relacionarnos con la tecnología?
También.
Pero
una cosa es admirar el talento y otra muy distinta convertir a quien lo posee
en un modelo de conducta.
Podía
ser un genio de la informática. Pero el talento profesional no concede
automáticamente un certificado de calidad humana.
Así
que, como modelo y objeto de admiración personal, por mi parte, nada de nada.
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(AZprensa)
En estos días se está hablando mucho de Ceuta y de las pretensiones de
Marruecos por anexionarse este territorio, reclamándolo como si fuera suyo,
como si en el pasado le hubiera pertenecido y se lo hubieran arrebatado. Y hay
mucha gente que se cree que esto fue así. Y no. No es verdad. Ceuta jamás ha
pertenecido a Marruecos y, en consecuencia, no tiene ningún derecho a reclamar
su soberanía. Por eso, aquí te resumo los datos históricos que lo confirman:
CEUTA
Fue
conquistada por Portugal el 21 de agosto de 1415, durante el reinado de Juan I,
a la dinastía meriní (Sultanato de Marruecos / Reino de Fez). La ciudad estaba
en una zona de inestabilidad política y comercial importante en el Estrecho de
Gibraltar.
Permaneció
portuguesa más de 160 años. Pasó a la Monarquía Hispánica en 1580 por la unión
dinástica (Felipe II heredó el trono portugués).
Cuando
Portugal recuperó la independencia en 1640, las autoridades y población de
Ceuta eligieron permanecer leales a España. Esto se formalizó en el Tratado de
Lisboa de 1668, en el que Portugal reconoció la soberanía española sobre la
ciudad.
España
no la conquistó militarmente a otro país; la heredó de Portugal y la ciudad
decidió quedarse.
Ceuta,
al igual que Melilla nunca han pertenecido al Marruecos moderno (que se
constituyó mucho después), sino a dinastías musulmanas del norte de África
(principalmente el Sultanato de Fez o equivalentes meriníes y wattasíes).
Y
ya que estamos, veamos también los datos de Melilla:
MELILLA
Fue
tomada por la Corona de Castilla (bajo los Reyes Católicos) el 17 de septiembre
de 1497, en una expedición liderada por Pedro de Estopiñán y patrocinada por el
duque de Medina Sidonia.
En
ese momento pertenecía al Sultanato wattasí (o Reino de Fez). La ciudad estaba
prácticamente despoblada y en ruinas por conflictos internos y ataques, por lo
que la ocupación se produjo con poca o ninguna resistencia. Un intento
posterior de recuperarla por fuerzas locales fue rechazado.
Contexto
importante: En el siglo XV no existía un Estado marroquí unificado como el
actual (la dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de
1666, y la independencia formal llegó en 1956). Ambas ciudades formaban parte
de territorios controlados por dinastías locales del Magreb (meriníes,
wattasíes, etc.), asociadas a Fez. Nunca formaron parte del Marruecos
contemporáneo ni del Protectorado español de Marruecos (1912-1956), ya que se
consideraban territorio español desde mucho antes.
En
definitiva:
Ceuta
→ conquistada por Portugal a los meriníes (1415) pasó a España por unión
dinástica y decisión local (1580/1668).
Melilla
→ conquistada por Castilla a los wattasíes/Reino de Fez (1497).
Marruecos
→ la
dinastía alauí, base del Marruecos moderno, se consolidó a partir de 1666, y la
independencia formal llegó en 1956). Es decir, el país que conocemos como Marruecos,
se fundó mucho tiempo después de que España se anexionase Ceuta y Melilla. Es
decir: Ceuta y Melilla nunca pertenecieron a Marruecos. Sólo hay que mirar la historia y no hablar sin haberse informado antes.
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Hay una
diferencia sustancial entre los periodistas y copywriters. Los primeros
desarrollan perfectamente un artículo pero les surgen las dificultades a la
hora de encontrar un buen titular. Por el contrario los copywriters están tan
preparados y acostumbrados a sintetizar y captar la atención del lector, que
para ellos es muy fácil escribir un titular. Quizás los periodistas deberían
aprender de los copywriters.
(AZprensa) Quien haya
compartido redacción con periodistas de raza sabe que existe un momento crítico,
casi ritual, en el que la redacción se detiene. El artículo está perfectamente
hilvanado, la información es rigurosa y las comas ocupan su sitio. Sin embargo,
llega la hora de poner el titular y el pánico cunde. Se duda, se borra, se
vuelve a dudar y, al final, se recurre a la fórmula más gris y convencional por
puro agotamiento. A la inmensa mayoría de los profesionales de la información
les cuesta un mundo encontrar un buen titular. Curiosamente, existe otro gremio
hermano que maneja esta misma disciplina con una soltura envidiable: los
copywriters.
La maestría
publicitaria de la síntesis
Mientras
el periodista tradicional sufre ante la página en blanco de la cabecera, el
redactor publicitario se mueve en ese terreno con una naturalidad pasmosa. Los
copywriters están tan entrenados y acostumbrados a resumir conceptos complejos
—y a conseguir que ese resumen detone de inmediato el interés del receptor— que
para ellos dar con un buen titular es un ejercicio casi rutinario. Su único
problema real, lejos de sufrir bloqueos, suele ser el exceso: tienen tantas
opciones brillantes sobre la mesa que a veces les cuesta elegir una sola.
Conviene
recordarlo sin complejos: la misión de un buen titular jamás ha sido resumir la
noticia. Hacer eso es vaciarlo de vida. Como suelo definirlo, el titular es el
anzuelo de la noticia. Su verdadera vocación es radicalmente distinta y mucho
más exigente:
- Captar
la atención en medio del ruido ensordecedor del flujo informativo.
- Centrar
al lector de inmediato sobre el núcleo del asunto.
- Animarle
a seguir leyendo, abriendo una puerta por la que resulte imposible no cruzar.
Una mirada que
el periodismo necesita recuperar
Los
periodistas deberíamos mirar con menos recelo y más atención el oficio del
copywriting. No se trata de frivolizar la información, sino de asumir que el
rigor y la capacidad de atracción no son enemigos irreconciliables. En una
época en la que la atención del lector cotiza más cara que nunca, aprender a
lanzar el anzuelo con la precisión milimétrica de la publicidad es la mejor
garantía para que nuestras historias, por muy buenas que sean, no mueran
ignoradas en el fondo del cajón digital.
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Cuando se habla
de células madre se piensa, inevitablemente, en grandes avances médicos. Pero,
también, cuando se habla de grandes avances médicos se piensa en si estos
entrarán en conflicto o no con la ética. En el caso que nos ocupa, tenemos un
buen ejemplo de cómo la ciencia y la ética pueden ir de la mano. Eso sí que es
esperanzador.
(AZprensa) Hay dos
palabras que, cuando aparecen juntas, suelen despertar al mismo tiempo
esperanza y preocupación: células madre. Esperanza, porque hablamos de una de
las grandes líneas de investigación de la medicina moderna y de la posibilidad
de reparar tejidos que hasta ahora parecían tener pocas posibilidades de
recuperación. Y preocupación, porque inmediatamente aparecen las cuestiones
éticas y morales que durante años han acompañado a determinadas investigaciones
con células madre.
Pero
quizá tengamos que empezar a cambiar esa asociación. Porque no todas las
células madre plantean los mismos problemas éticos y, sobre todo, porque la
ciencia puede encontrar caminos que permitan avanzar en medicina sin tener que
enfrentarse necesariamente a nuestras convicciones morales.
Un
buen ejemplo llega de la investigación española. Un estudio realizado por
investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (INIBIC),
perteneciente al Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, demostró que
determinadas células procedentes de la membrana amniótica pueden contribuir a
la regeneración de lesiones del cartílago articular.
Y
esto no es una cuestión menor. El cartílago tiene una capacidad de reparación
muy limitada. Cuando se deteriora o se lesiona, el organismo encuentra enormes
dificultades para reconstruirlo por sí mismo. De ahí que determinadas lesiones
articulares puedan convertirse en un auténtico problema para los pacientes y,
en algunos casos, terminar afectando seriamente a su calidad de vida.
Encontrar
una forma de favorecer su regeneración supone, por tanto, abrir una puerta a
nuevos tratamientos. Pero hay algo más que convierte este descubrimiento en
especialmente interesante. Las células utilizadas proceden de la membrana
amniótica, un tejido que normalmente se desecha después del parto. Es decir, lo
que hasta ayer podía acabar simplemente convertido en un residuo biológico
podría convertirse mañana en una herramienta para ayudar a reparar el organismo
humano. La naturaleza, una vez más, parece tener recursos que todavía estamos
aprendiendo a utilizar.
Y
existe además otra ventaja: estas células presentan características que podrían
reducir los problemas relacionados con el rechazo inmunológico y favorecer una
recuperación más temprana en determinados tratamientos. La investigación abre
así una posibilidad que resulta especialmente atractiva: avanzar sin necesidad
de entrar en conflicto con principios éticos fundamentales. Porque a veces
presentamos la ciencia y la ética como si fueran dos fuerzas condenadas a
enfrentarse. Como si cada nuevo descubrimiento médico obligara necesariamente a
elegir entre el progreso y los principios. Y no tiene por qué ser así. La
ciencia necesita investigar, experimentar, hacerse preguntas y buscar nuevas
soluciones. Pero también necesita hacerlo dentro de unos límites éticos que
protejan la dignidad humana.
La
buena noticia es que ambas cosas pueden ser compatibles. Este caso resulta casi
simbólico. Un tejido que después del parto iba a ser descartado puede convertirse
en una fuente de investigación destinada a reparar otro tejido del organismo. No
hace falta destruir para construir. No hace falta renunciar a la ética para
avanzar. Hace falta, sencillamente, seguir investigando. Porque probablemente
el verdadero progreso científico no consiste únicamente en descubrir lo que
somos capaces de hacer, sino también en descubrir cómo podemos hacerlo
respetando aquello en lo que creemos.
Y
cuando ciencia y ética consiguen caminar juntas, el resultado no es solamente
un avance médico, es también un avance humano.
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Hubo un momento,
hace ya algunos años, en que una noticia científica consiguió hacer tambalear
uno de los pilares sobre los que habíamos construido nuestra manera de entender
el universo.
(AZprensa)
El protagonista se llamaba OPERA, un experimento realizado en el CERN en el que
participaban alrededor de 160 investigadores de once países. En septiembre de
2011, sus responsables anunciaron algo que parecía imposible: habían detectado
neutrinos que, aparentemente, habían recorrido la distancia entre el CERN, en
Suiza, y el laboratorio de Gran Sasso, en Italia, a una velocidad superior a la
de la luz.
Y
aquello no era una noticia científica más. La Teoría de la Relatividad de
Albert Einstein había establecido que la velocidad de la luz en el vacío
constituye un límite fundamental de la naturaleza. De repente, unos diminutos
neutrinos parecían haber decidido saltarse el límite de velocidad.
La
noticia dio la vuelta al mundo. ¿Podía ser verdad? Los neutrinos son partículas
subatómicas extraordinariamente difíciles de detectar. Tienen una masa diminuta
y apenas interactúan con la materia, hasta el punto de que pueden atravesar
enormes cantidades de material sin apenas inmutarse. En realidad, millones de
neutrinos atraviesan continuamente nuestro cuerpo sin que nos enteremos.
Y
precisamente por eso aquellos resultados resultaban tan fascinantes. Si los
neutrinos podían viajar más rápido que la luz, quizá no estábamos ante una
simple peculiaridad de una partícula. Quizá había que revisar algunas de
nuestras ideas fundamentales sobre el espacio, el tiempo y el propio universo.
Incluso
comenzaron a aparecer especulaciones sobre posibles atajos a través del
espacio-tiempo, dimensiones adicionales o universos paralelos. Pero había un
pequeño problema.
La
ciencia no funciona a base de titulares. Los propios científicos de OPERA
fueron los primeros interesados en que otros investigadores comprobaran sus
resultados. Si aquello era cierto, las consecuencias eran extraordinarias. Y si
era un error, había que encontrarlo. Y lo encontraron.
Unos
meses después, otros experimentos realizaron nuevas mediciones que no
confirmaron el resultado. Finalmente se descubrió que el experimento original
había sufrido un problema técnico relacionado con una conexión de fibra óptica
y la sincronización temporal. Los neutrinos no habían conseguido superar a la
luz. Einstein podía respirar tranquilo.
Pero
quizá la verdadera lección de OPERA no estaba en que Einstein tuviera razón. Estaba
en lo que ocurrió mientras creíamos que podía estar equivocado. Porque durante
unos meses tuvimos delante una posibilidad fascinante: que una de las teorías
científicas más importantes de la historia necesitara ser modificada.
Y
ahí aparece una cuestión que me parece mucho más interesante que la propia
velocidad de los neutrinos. ¿Estamos preparados para descubrir que estamos
equivocados? La historia de la humanidad está llena de certezas que dejaron de
serlo. Durante siglos se defendieron ideas que hoy nos parecen absurdas. Hemos
cambiado nuestra concepción de la Tierra, del Sistema Solar, de la materia, del
tiempo, del espacio y de la propia vida. Cada generación ha heredado
conocimientos que posteriormente han sido ampliados, corregidos o directamente
sustituidos.
La
ciencia no avanza porque los científicos crean tener todas las respuestas. Avanza
precisamente porque saben que pueden estar equivocándose. Por eso me resultó
tan interesante observar la reacción que provocó aquel anuncio de OPERA. Ante
la posibilidad de que los neutrinos hubieran superado la velocidad de la luz,
no hubo una celebración generalizada de quienes acababan de descubrir algo
revolucionario. Al contrario: hubo prudencia, dudas y una petición casi
obsesiva de nuevas comprobaciones.
Y
eso es exactamente lo que debía ocurrir. Porque una de las mayores grandezas de
la ciencia consiste en poder decir: «No lo sé». Y, todavía más importante: «Puede
que esté equivocado».
Al
final, los neutrinos no viajaban más rápido que la luz. Einstein no había
quedado invalidado y el universo continuó funcionando como antes. Pero aquel
episodio nos dejó una pequeña lección. Quizá deberíamos ser mucho más humildes
cuando hablamos de lo que sabemos. Porque una cosa es conocer algo. Y otra muy
distinta es creer que ya lo conocemos todo.
Tal
vez por eso sigue teniendo tanta vigencia aquella vieja frase atribuida a
Sócrates: «Solo sé que no sé nada». No es una afirmación de ignorancia. Es, probablemente,
una de las mayores declaraciones de humildad intelectual que ha hecho el ser
humano. Y quizá también sea una de las mejores maneras de hacer ciencia.
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