(AZprensa) Es tal la obsesión de nuestros gobernantes por
prohibir y recaudar que cualquier insignificante acto de nuestra vida cotidiana
infringe, casi sin darnos cuenta, un entramado de normas imposible de esquivar.
Vivimos bajo un fuego cruzado de decretos y ordenanzas municipales. Para
demostrarlo, no hace falta irse al código penal; basta con observar un día
cualquiera en la vida de un ciudadano ejemplar.
Piénsalo por un momento. Hoy mismo, tú mismo, sin ir más
lejos, podrías haber infringido cuatro leyes distintas antes del mediodía:
El delito del contenedor: Por la mañana, al salir de casa,
tiras la bolsa de basura en su lugar correspondiente. Sin embargo, no te ocupas
de rebuscar entre los desperdicios para extraer esa lata de aluminio o ese
envase de plástico que, por puro descuido, se mezcló con los residuos
orgánicos. Según la estricta normativa de residuos, si un inspector te pilla en
ese renuncio, la multa está asegurada.
El "exceso" de velocidad: Subes al coche y
circulas por el centro de la ciudad en una de esas omnipresentes zonas
residenciales donde el límite máximo es de 30 km/h. Te despistas un segundo,
pisas levemente el acelerador y el velocímetro marca 31 km/h. Según la ley de
tráfico, ese kilómetro por hora de demasía ya es una infracción penalizable.
Tuviste suerte de que el radar de turno estuviera apagado.
El cruce temerario: Aparcas el vehículo y, como tienes
prisa, decides que es más rápido caminar. Cruzas la calle por donde te viene en
gana, unos metros fuera del paso de peatones regulado. Miras a ambos lados,
constatas que no viene ningún coche y cruzas. Da igual que no hubiera peligro:
el reglamento de circulación no exime la culpa y la sanción económica está
tipificada.
El pañuelo proscrito: De repente, un estornudo inoportuno
te obliga a usar un pañuelo de papel. Miras a tu alrededor y no encuentras ni
una sola papelera en cien metros a la redonda. Como no te apetece pasear ese
desecho higiénico durante media hora, lo dejas caer discretamente junto a un
desagüe. Nueva infracción de la ordenanza de limpieza y otra posible receta
para el bolsillo.
En definitiva: en una mañana cualquiera se pueden
infringir cuatro leyes y acumular cuatro multas sin sentir el más mínimo
remordimiento de conciencia.
La adicción a la
reincidencia
Pero es que esto de delinquir de forma involuntaria tiene
su punto de adicción. Al día siguiente, cualquiera de nosotros puede volver a
convertirse en un criminal en potencia con algo tan inocente como sacar a
pasear al perro por el parque del barrio.
Veamos la hoja de ruta del nuevo delito:
Banda sonora ilegal: Sales a la calle con los auriculares
puestos, escuchando esa lista de reproducción con canciones que, admitámoslo,
te descargaste de internet de aquella manera o mediante una aplicación poco
clara. Primer golpe al derecho de autor.
El cómplice de cuatro patas: En mitad del parque, sueltas
al perro para que corra un poco. Es un animal faldero que no mordería ni a una
mosca, así que el peligro es nulo... salvo para tu cartera. Según la ordenanza
municipal, está estrictamente prohibido llevar a los animales sueltos fuera de
los horarios acotados de la noche.
Alimentar al enemigo: Te sientas en un banco a descansar y
a comerte un sándwich. Se te acercan unas palomas famélicas, te dan pena (lo
cual tampoco exime de culpa) y les lanzas unas migas de pan. Felicidades:
acabas de violar la normativa de protección ambiental que prohíbe alimentar a
la fauna urbana.
Atajo sobre el verde: Se te hace un poco tarde para volver
a casa y decides cortar camino en línea recta, lo que te obliga a pisar un par
de metros de césped ornamental. Un nuevo atentado contra el mobiliario urbano.
Al final del día, en un paseíto de nada, se han cometido
otras cuatro infracciones que habrían hecho las delicias de cualquier agente
con ganas de rellenar el talonario. Por fortuna, esta vez los gobernantes no han
pillado cacho, por lo que el presupuesto para sus coches oficiales, comidas en
restaurantes de postín, viajes institucionales y alojamientos en hoteles de
primera clase tendrá que esperar a su próximo descuido.
Así que ya lo sabes. Mírate al espejo sin miedo: eres un
ciudadano normal, pero las leyes de este país te consideran un delincuente
reincidente.
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(AZprensa) Sostienen los
expertos juristas que una sociedad civilizada podría funcionar con absoluta
fluidez con un corpus de apenas trescientas o cuatrocientas leyes básicas. Sin
embargo, en nuestro país hemos decidido ignorar la sensatez: acumulamos miles
de normas en un entramado legislativo que, lejos de frenarse, no deja de crecer
día tras día.
Lo único que se consigue con esta auténtica promiscuidad
de leyes es estimular la imaginación del ciudadano. Se le empuja a buscar el
vacío legal, la trampa o el regate; una destreza que, para colmo, suele ser
aplaudida y envidiada por el resto de la sociedad, especialmente cuando la
osadía queda impune.
Para los gobernantes responsables de parir este tsunami
normativo, las leyes han dejado de ser herramientas de convivencia. Hoy son
simples pretextos, coartadas legales diseñadas con un único fin: exprimir el
bolsillo del ciudadano para recaudar un dinero extra. Un botín imprescindible
para seguir manteniendo y engordando un aparato político insaciable, con sus
correspondientes gastos de representación, dietas, sueldos blindados y lujosas
instalaciones. Y claro, como cada vez hay más cargos públicos que mantener, la
máquina de prohibir no puede detenerse.
Precisamente mañana voy a publicar en este mismo blog un
ejemplo flagrante de esta realidad. Os demostraré cómo tú, cómo yo y cómo todos
nosotros, en definitiva, nos hemos convertido en delincuentes involuntarios por
culpa de este desmedido afán recaudatorio.
No os lo perdáis, porque os vais a ver reflejados.
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(AZprensa) La imagen que
ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral
Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el
siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la
mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la
figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se
presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible,
un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada,
su traje presurizado y su casco.
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera
esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos
visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han
querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas
extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería
salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la
verdadera explicación de este fenómeno?
La tradición de los
canteros
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con
una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación
del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros
restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una
figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado.
Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para
que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original,
sino fruto de una intervención posterior.
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se
disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de
historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por
el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
El testigo del siglo
XX
La pieza fue labrada durante las obras de restauración de
la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero
eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el
siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de
arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la
actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con
atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar
también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas
de helado.
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves
espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es
el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su
oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de
modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los
viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del
tiempo.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(AZprensa) «¿Es verdad lo que
me dices?». Es una pregunta idílica, casi ingenua. En el fondo, ¿cómo podemos
saber con absoluta certeza si la persona que tenemos enfrente nos está
revelando una verdad incontestable o nos está colando una burda mentira?
Si le trasladas la duda a tu interlocutor y este te
responde con solemnidad que no está mintiendo, la respuesta no te vale de nada;
al fin y al cabo, si te estuviese engañando, te diría exactamente lo mismo. Por
el contrario, si en un arrebato de honestidad kamikaze te confiesa que te ha
mentido... ¿cómo demonios vas a fiarte, a partir de ese instante, de alguien
que se autoproclama mentiroso? Entrar en ese juego es como morderse la cola en
un bucle infinito.
El refugio de las
creencias
Por si fuera poco, el asunto se complica con los
bienintencionados. A menudo, lo que la gente te dice es simplemente lo que cree
que es verdad. Pero el hecho de que alguien defienda una idea con fe ciega y
devoción no la convierte automáticamente en un hecho real. La historia está
llena de verdades absolutas que terminaron en el vertedero de los errores
históricos.
Ante este panorama, desconfiados de los demás, caemos en
la última trampa: el egocentrismo cognitivo. Pensamos que solo queda y solo
vale lo que uno mismo cree. Nos convertimos en nuestros propios jueces y
soberanos. Sin embargo, lamento aguar la fiesta, pero lo más probable es que
eso que tú crees con tanta firmeza tampoco sea la verdad desnuda, sino solo tu
creencia; un traje a medida fabricado por tus sesgos, tus vivencias y tus
deseos.
La perspectiva del
otro lado
Quizás la verdad, con mayúsculas, sea un territorio
prohibido para los vivos. Algo que nadie alcanzará jamás en esta existencia,
por la sencilla razón de que para comprobar si algo es real o un espejismo,
necesitas perspectiva. Necesitas, inevitablemente, haber abandonado esta vida y
contemplar el cuadro completo, con distancia, desde el otro lado del telón.
Solo los muertos poseen el mapa del tesoro, pero tienen la mala costumbre de no
enviar postales.
Así que nos quedamos aquí abajo, atrapados en este tablero
de sombras donde las certezas se evaporan en cuanto las tocas.
Y llegados a este punto de sospecha generalizada, solo me
queda lanzar una última pregunta al aire: ¿será verdad esto que os estoy
diciendo?
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(AZprensa) Es una de las
expresiones más comunes de nuestro idioma: «Lo he visto con mis propios ojos».
La utilizamos como el argumento definitivo, una verdad absoluta que zanja
cualquier discusión. En nuestra vida cotidiana, tendemos a otorgar a la vista
una categoría de infalibilidad casi sagrada: si está ahí delante y lo veo,
tiene que ser real.
Sin embargo, lamento deciros que vuestros ojos —o mejor
dicho, vuestro cerebro— os mienten con una facilidad pasmosa.
Para muestra, basta con que os detengáis unos segundos a
observar la imagen que acompaña estas líneas.
Si miráis de un punto a otro de este patrón de esferas
rosadas, vuestra vista y la interpretación inmediata que hace vuestro cerebro
os dirán, sin asomo de duda, que la imagen está en movimiento. Sentiréis un
torbellino que gira y se desplaza hacia el centro de la pantalla. Pero todo es
una burda mentira de vuestra percepción. Se trata de una imagen completamente
fija, estática, un archivo plano sin un solo milímetro de animación.
La ciencia del
engaño: ¿Por qué se mueve lo que está quieto?
¿Cómo es posible que caigamos en la trampa de forma tan
unánime? La explicación científica detrás de este fenómeno (un tipo de ilusión
óptica conocida como ilusión de deriva periférica) no es mágica, sino puramente
evolutiva.
Para entenderlo, debemos derribar un mito: los ojos no son
cámaras de vídeo que graban la realidad en tiempo real. Los ojos captan
estímulos de luz y el cerebro, a toda velocidad, se encarga de construir e
interpretar la imagen basándose en lo que ya conoce.
En esta ilustración en concreto, el secreto del engaño
reside en el uso estratégico de tres elementos: el patrón repetitivo en
espiral, el fuerte contraste entre los tonos claros y oscuros de las burbujas,
y nuestra visión periférica.
Nuestras neuronas visuales procesan la luz brillante mucho
más rápido que la luz oscura. Cuando paseamos la mirada por el dibujo, el
cerebro recibe primero los datos de las zonas iluminadas de las burbujas y,
unos milisegundos después, los datos de los bordes sombreados oscuros. Al
procesar esa mínima diferencia de tiempo en un patrón tan repetitivo, el
cerebro interpreta ese "retraso" como si fuera un cambio de posición
física.
Es exactamente el mismo principio que el del cine: nuestro
sistema visual junta esos pequeños "fotogramas" de luz y sombra y
genera de forma artificial una simulación de movimiento y profundidad donde
solo hay quietud. El cerebro prefiere inventarse el movimiento antes que
quedarse rezagado procesando la información.
Una lección de humildad visual
Este sutil diseño nos demuestra que nuestra percepción de
la realidad es, en el fondo, una elaborada conjetura de nuestra mente. No vemos
el mundo tal y como es, sino tal y como nuestro cerebro es capaz de procesarlo.
Las ilusiones ópticas son divertidas, pero también
encierran una profunda lección para el día a día. Si nuestra propia biología es
capaz de hacernos ver movimiento en un lienzo estático, ¿cuántas otras cosas
daremos por ciertas en nuestras vidas basándonos solo en apariencias
superficiales?
Por eso, la próxima vez que estéis dispuestos a jugaros el
cuello defendiendo algo bajo el clásico «es que lo he visto yo», recordad este
torbellino rosa. Y aplicad la máxima: no te creas todo lo que veas, ni niegues
todo lo que no puedas ver.
Biblioteca Fisac
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