(AZprensa) Vivimos
convencidos de que somos los cronistas perfectos de la realidad. Confiamos
ciegamente en lo que vemos, tocamos, saboreamos y olemos, asumiendo que
nuestros sentidos son ventanas transparentes que nos conectan en tiempo real
con el universo. Sin embargo, si nos despojamos de las apariencias y analizamos
el funcionamiento del cerebro con rigor neurocientífico, descubriremos una
verdad tan inquietante como fascinante: los sentidos nos engañan constantemente
y la vida misma, tal y como la experimentamos, es una suerte de bellísimo
espejismo.
El engaño de los
órganos periféricos
Hace
un tiempo leí las declaraciones demoledoras de Mara Dierssen, una de las
investigadoras más preclaras del Centro de Regulación Genómica de Barcelona,
que ponían patas arriba nuestros sesgos biológicos: «Lo que nos permite oler no
es la nariz sino el cerebro».
Tendemos
a otorgar el mérito de nuestras percepciones a los órganos periféricos, pero la
nariz, los ojos o las papilas gustativas no son más que meros receptores,
aduanas que traducen estímulos físicos y químicos en impulsos eléctricos. El
verdadero alquimista es el cerebro, que interpreta esas señales según sus
propios archivadores y mapas neuronales.
Un
ejemplo cotidiano y soberbio de este engaño sensorial es el caso de la
vainilla. La inmensa mayoría de la gente juraría que la vainilla es un sabor
primordial; sin embargo, la ciencia ha demostrado que es fundamentalmente un
olor. Es nuestro aparato olfativo retronasal el que dota de identidad a esa
sustancia, engañando a nuestra consciencia para hacernos creer que la lengua
está saboreando lo que, en realidad, el cerebro está oliendo.
La vida en
diferido: El retardo de la consciencia
Pero
el engaño más descomunal y sobrecogedor al que estamos sometidos los seres
humanos no es de carácter espacial, sino temporal. Vivimos nuestra existencia
con una fracción de segundo de retraso.
La
fisonomía del procesamiento neuronal requiere tiempo: las señales eléctricas
deben viajar por los nervios, cruzar las sinapsis y ser procesadas e integradas
por la corteza cerebral antes de transformarse en una experiencia consciente.
Tal y como explica la doctora Dierssen, cuando lanzamos un objeto al aire, ese
objeto ya ha iniciado su trayectoria de descenso una fracción de segundo antes
de que nuestros ojos y nuestra mente puedan registrar de forma consciente el
movimiento.
Esto
nos aboca a una conclusión que tambalea nuestro concepto del libre albedrío:
los seres humanos tomamos decisiones y reaccionamos en milisegundos decisivos
antes de que nos demos cuenta formalmente de ello. «Lo que estamos viviendo
—afirma la investigadora— no es lo que está pasando en este preciso momento; en
realidad es lo que ha pasado unas fracciones de segundo atrás». Somos, por lo
tanto, habitantes de un sutil desfase técnico. El presente estricto nos está
vedado; lo que percibimos con tanta nitidez es el eco inmediato del pasado.
Conclusión:
Formarse un criterio frente al espejismo
Saber
que habitamos una realidad recreada por nuestra propia mente es una lección de
humildad extraordinaria. En esta bitácora siempre invito a desconfiar de las
verdades absolutas, a informarse, a razonar y a documentarse para pensar por sí
mismos. Si ni siquiera nuestro propio cerebro nos entrega la realidad de forma directa
e inmediata, ¿cómo vamos a pretender poseer la razón absoluta en los debates
del mundo exterior?
La
próxima vez que creas presenciar un hecho de forma incontestable, recuerda que
tu mente te está entregando un retazo modificado y tardío de la historia. En
este mundo contradictorio, la verdad sigue siendo solo un punto de vista... y a
menudo, un punto de vista que llega con unas décimas de segundo de retraso.
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(AZprensa) Aceptémoslo: el
ser humano vive en una contradicción constante. Nos encanta la tradición,
compramos turrón cuando se acerca la Navidad y cada seis de enero revivimos con
devoción la festividad de los Reyes Magos. La historia oficial nos dice que
tres venerables monarcas de Oriente, guiados por la estrella de Belén —que,
analizado con rigor tecnológico, constituye el primer sistema de GPS del que se
tiene constancia en la historia de la humanidad—, recorrieron miles de
kilómetros para rendir tributo al recién nacido.
Sin
embargo, si aplicamos el bisturí del pensamiento crítico y descarnamos las
apariencias bíblicas, la versión oficial empieza a hacer aguas por todas
partes. Para empezar, la investigación histórica sospecha que ni eran reyes, ni
eran magos; lo más probable es que se tratase de una expedición de astrónomos que
descubrieron algo inusual en el firmamento. Pero lo verdaderamente grave no es
su estatus nobiliario, sino su comportamiento en el momento de aflojar la
cartera. Examinemos los regalos del pesebre bajo el flexo de la verdad.
Gaspar: El único
con señorío (y libre de impuestos)
Haciendo
balance de la jornada de adoración, hay que reconocer de forma unánime que solo
Gaspar se portó con la dignidad y el señorío que se le presuponen a un
visitante de alta alcurnia. El hombre se rascó el bolsillo y le regaló al niño oro
(no sabemos cuánto, pero el oro siempre ha sido lo más valioso que se puede
poseer).
Además,
por fortuna, en aquella época se podían regalar metales preciosos, lingotes y
joyas, sin tener que rellenar formularios, ni pagar impuestos ni declarar el
incremento patrimonial a la Agencia Tributaria. En el año cero, el fisco
todavía no te requisaba la mitad de los regalos de nacimiento.
Melchor y
Baltasar: El nacimiento de la línea de higiene personal
El
verdadero escándalo de la noche llega con los otros dos componentes del trío.
Melchor y Baltasar demostraron tener una mentalidad bastante tacaña. Está claro
que a estos dos les pudo más el fuerte olor ambiental que emanaba del portal de
Belén —un espacio donde convivían una mula y un buey- o su propia racanería.
¿A
quién en su sano juicio se le ocurre presentarse ante el Salvador del mundo con
un bote de incienso y otro de mirra? ¡Pero si eso son los tatarabuelos de los
ambientadores de pino para el coche! En lugar de invertir en el futuro del
chiquillo, decidieron solventar el compromiso de la visita real regalando dos
botes de desodorante industrial para mitigar los efluvios del establo. Unos
auténticos fenicios de la tacañería.
Una advertencia
para las próximas cartas
Por
todo ello, y aunque todavía falten meses para que las luces de colores vuelvan
a adornar nuestras calles, conviene ir avisando a los niños de la casa para que
no los engañen como a chinos en la próxima campaña navideña.
Cuando
llegue el momento de sentarse frente al papel, que no se les ocurra escribir una
carta colectiva a los Reyes Magos; hay que decirles que redacten una única y
exclusiva carta dirigida a Gaspar. Él es el único que maneja liquidez y
presupuesto real. A los otros dos personajes —los indiscutibles Reyes de la
Racanería— es mejor dejarlos pasar de largo. Como mucho, vistos sus
antecedentes históricos, lo único que les van a dejar va a ser un desodorante
de marca blanca o un paquete de barritas de sándalo. Avisados quedan.
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(AZprensa) A nadie —ni
siquiera a los niños, ni a los ingenuos, ni a los moribundos, ni a quienes
sufren el desengaño de la traición—, a absolutamente nadie se le debe mentir ni
conducir nunca a equívoco. La verdad debería erigirse siempre como la premisa
fundamental y el pilar innegociable de nuestras vidas. Una verdad, eso sí, que
no se lance como un arma arrojadiza, sino que sea dicha desde el amor, la
ternura y la más profunda delicadeza. Es probable que, al principio, este
ejercicio de honestidad radical resulte chocante para una sociedad acostumbrada
al disimulo; sin embargo, a poco que lo intentemos, todos acabaremos
agradeciendo vivir en un entorno libre de ficciones impuestas.
Hecha
esta necesaria introducción, queda clara mi postura: considero que no se debe
engañar a los niños con la fantasía mágica de los Reyes Magos. Ahora bien,
sostener esto no significa, ni muchísimo menos, que deba abolirse la Navidad o
que tengamos que renunciar a conmemorar aquella hermosa visita histórica en la
que se entregaron presentes al recién nacido. Podemos repetir exactamente el
mismo rito del regalo, pero desde la transparencia.
La
ilusión de un hijo no se pierde por conocer la realidad. Al niño siempre, por
definición, le harán una ilusión inmensa los regalos. Seguirá escribiendo su
carta con entusiasmo, pero ya no será una lista interminable, imposible y
desmedida —a la que inevitablemente sigue la frustración o la desilusión al no
verla cumplida—, sino una carta «razonable» y consciente, redactada en función
de cómo perciba el presupuesto y el nivel de vida real de su propia familia.
Esos
obsequios, adquiridos con el esfuerzo de los padres y guardados con esmero,
seguirán estando ocultos a los ojos de los pequeños hasta la mañana del 6 de
enero. Ese día, por fin, descubrirán las sorpresas, exactamente de la misma
manera en que cualquiera compra un regalo de cumpleaños para un ser querido y
lo mantiene en secreto hasta la fecha señalada. El misterio del paquete cerrado
y la emoción del descubrimiento permanecen intactos.
Con
este proceder constructivo y sincero, se conseguirían cinco beneficios
fundamentales para el desarrollo de los más jóvenes:
1.- Educar en el
valor de la verdad:
Se cimenta la confianza familiar sobre una base sólida, demostrándoles desde la
infancia que la honestidad es el camino idóneo.
2.- Evitar la desilusión
del engaño:
Les ahorramos el inevitable y a menudo doloroso instante en el que, tarde o
temprano, descubren por terceros que han sido objeto de un secreto colectivo.
3.- Fomentar la
conciencia económica:
Se les hace partícipes, de un modo maduro y natural, de las posibilidades
financieras reales que tiene cada hogar, evitando caprichos desproporcionados.
4.- Preservar el
sentido histórico:
Se mantiene vivo el verdadero origen de la celebración, recordando que hace más
de dos milenios nació Jesús y que la tradición nace de ese acontecimiento.
5.- Alimentar
una espera ilusionante: Se llenan esas semanas de una sana expectativa ante
la ansiada llegada del 6 de enero para desvelar el contenido de los paquetes.
Ya
va siendo hora de empezar a cambiar muchas dinámicas sociales. La verdad lleva
ya demasiado tiempo apartada de nuestras vidas públicas y privadas, oculta tras
disfraces que incluso pueden ser bienintencionados como en este caso.
Devolverla al corazón del hogar, especialmente durante las fechas más señaladas
del año, es el mejor regalo que podemos hacerle a las generaciones del futuro.
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(AZprensa) Todos
recordamos aquel fatídico verano de 2009 en el que el mundo se estremeció con
la muerte del Rey del Pop, Michael Jackson. La autopsia desveló que el causante
de su último viaje celestial había sido un potente anestésico de uso
hospitalario llamado propofol, una sustancia que el cantante exigía
desesperadamente a su médico de cabecera. Primero para calmar sus dolores y,
más tarde —una vez que se hubo «enganchado» sin remedio—, simplemente porque le
apetecía un plácido viaje al limbo de la inconsciencia.
Pues
bien, mira por dónde, hoy me vais a permitir que rompa una lanza a favor del
gusto farmacológico del bueno de Michael: ¡no me extraña en absoluto que el
hombre se enganchara! Yo he tenido la inmensa fortuna de probar el propofol en
varias ocasiones y debo confesar, ante el tribunal de mis lectores, que la
experiencia fue algo sencillamente maravilloso.
Un infiltrado de
AstraZeneca en el quirófano
Por
aquellos tiempos, yo conocía al milímetro los entresijos de tan bendita
sustancia. No por vicio, válgame el cielo, sino por estricta deformación
profesional: el propofol pertenecía al catálogo del laboratorio farmacéutico en
el que yo trabajaba, AstraZeneca. Su nombre comercial era Diprivan, y su
lanzamiento había revolucionado por completo la historia moderna de la
anestesia.
Los
que peinan canas recordarán que, antiguamente, despertar de una operación era
un calvario de náuseas, vómitos, mareos de feria y una resaca de proporciones
bíblicas. Con la llegada del Diprivan, aquellos momentos tradicionalmente
temidos se transformaban, por arte de magia química, en algo sumamente
placentero.
Llegó
el día en que me tocó a mí pasar por el taller de reparaciones quirúrgicas.
Mientras el equipo médico me preparaba en el antequirófano, decidí ponerme el
traje de inspector de calidad y le pregunté al anestesista con una sonrisa: «¿Qué
anestésico me va a poner?». El buen hombre se me quedó mirando estupefacto, ya
que no hay ningún paciente que haga ese tipo de preguntas. Fue entonces cuando
le saqué la credencial: le expliqué que yo jugaba en el equipo de AstraZeneca y
que teníamos en nómina al mejor anestésico del planeta. El anestesista,
captando la jugada, sonrió con complicidad y me señaló con el dedo unas cajas
que descansaban en una bandeja: sí, amigos, allí estaban, preparadas en
exclusiva para mí, las icónicas cajitas verdes de Diprivan. Jugué en casa.
El
"viaje" más lúcido de mi vida (y un gol por la escuadra)
Cuando
la sustancia comenzó a deslizarse de forma fluida por el gotero hacia mis
venas, apenas hicieron falta unos pocos segundos para que mi consciencia se
desvaneciera. Fue un apagón tan suave, rápido y aterciopelado que ni siquiera
tuve tiempo de contar los segundos o de pensar en ello.
El
verdadero espectáculo, sin embargo, comenzó al abrir los ojos en la sala de
reanimación. Recuerdo perfectamente que el médico estaba inclinado sobre mí,
pendiente de mi evolución, y me preguntó como es habitual: «¿Qué tal se
encuentra?». Solo habían transcurrido dos segundos exactos desde que abrí los
párpados, pero mi cerebro ya funcionaba a 33 revoluciones por minuto. Miré al
doctor y le dije con una amplia sonrisa: «¡Mejor que nunca!».
No
exageraba un ápice. Una sensación descomunal de alegría, euforia y bienestar
invadía todo mi cuerpo. Lejos de estar aturdido, tenía unas ganas locas de
hablar, de chismorrear y de gastar bromas a todo el personal de planta. Tenía
la cabeza perfectamente despejada, nítida y provista de una lucidez tan
asombrosa que, en cuanto los celadores me empujaron en la camilla hasta mi
habitación, lo primero que hice fue ordenar de forma imperiosa: «¡Pon la
televisión, que quiero ver el partido!».
Y
así pasé la postoperación: con el glorioso propofol todavía corriendo
alegremente por mi torrente sanguíneo, disfruté como nunca de las jugadas en la
pantalla, invadido por una felicidad tremenda. En aquel preciso instante, con
una sonrisa de oreja a oreja, me hice una promesa solemne: siempre que tuviese
que volver a pasar por un quirófano, exigiría el mismo menú.
Conclusión: El
sabor de la marca
Años
más tarde, el destino quiso que tuviera que repetir la experiencia hospitalaria
y debo reconocer, para tranquilidad de todos, que el resultado volvió a ser
igual de satisfactorio. Hoy en día las patentes han caducado y el mítico
Diprivan ya no existe como tal en las bandejas; ahora los hospitales despachan
propofol genérico.
Es
verdad que ya nadie puede disfrutar de ese romántico "sabor de marca
original", puesto que aquél magnífico avance de la Medicina se dejó de
fabricar al no poder competir en precio con los genéricos. Sin embargo el
actual propofol genérico sigue brindando despertares alegres, lúcidos e incluso
futboleros –como fue en mi caso- a todos los que tengan que ponerse en manos de
un anestesista.
Por
mi parte, lo tengo más claro que el agua. Secundando aquel mítico y atemporal
anuncio de televisión de La Casera que forma parte de nuestra historia
colectiva, si alguna otra vez tengo que pasar por el quirófano, les diré aquél
slogan de La casera pero adaptado al campo de la anestesia: “¡Si no hay propofol,
no me opero!”.
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El cerebro no se limita a recibir información: la completa,
la reinterpreta y, cuando le falta, la inventa. Lo que creemos ver no es
necesariamente lo que hay. Y la conclusión más honesta es incómoda: no te fíes
ni de ti mismo.
(AZprensa)
El cerebro humano es un órgano extraordinario. Procesa millones de datos por
segundo, reconoce patrones, anticipa situaciones, almacena recuerdos y toma
decisiones con una rapidez que ningún ordenador ha conseguido replicar del
todo. Pero tiene un defecto que conviene conocer y que la mayoría preferimos
ignorar: cuando le falta información, no se detiene a esperar que llegue. La
genera él mismo.
El
mecanismo es tan automático como inconsciente. El cerebro recibe por los
sentidos una información parcial —una imagen incompleta, un sonido ambiguo, una
situación que no acaba de encajar— y en lugar de quedarse con esa laguna
abierta, tira de todo lo que ha ido acumulando en la memoria a lo largo de la
vida: experiencias pasadas, prejuicios, expectativas, miedos, deseos. Y con ese
material propio rellena los huecos. Completa el cuadro. Construye una versión
de la realidad que parece coherente y que se siente como verdadera. Aunque no
lo sea.
«Mientras una parte de lo que percibimos nos llega por los
sentidos —el objeto que está ante nosotros—, otra parte viene siempre de
nuestra mente.»
Ya
lo decía William James (1842-1910), uno de los padres de la psicología moderna,
a finales del siglo XIX. Y lo que entonces era una intuición brillante de un
observador excepcional, la neurociencia actual lo ha confirmado con creces: la
percepción no es un proceso pasivo en que los sentidos simplemente captan lo
que hay y lo transmiten fielmente al cerebro, como si fuéramos una cámara de
vídeo. Es un proceso activo, creativo y profundamente subjetivo en el que el
propio receptor añade, modifica, interpreta y completa la información que
recibe.
«Lo que creemos ver no es el mundo tal como es. Es el mundo tal
como nuestro cerebro decide que debe ser, rellenado con todo lo que llevamos
dentro.»
Las
consecuencias de esto son más profundas de lo que a primera vista puede
parecer. Si cada uno de nosotros completa la realidad con sus propios recuerdos,
sus propios prejuicios y sus propias expectativas, entonces el mundo que
percibo yo no tiene por qué ser exactamente igual al que percibe la persona que
está sentada a mi lado viendo exactamente lo mismo. Dos personas presencian el
mismo acontecimiento y luego lo describen de forma diferente, a veces
radicalmente diferente, y ambas están convencidas de que lo que recuerdan es lo
que ocurrió. Las dos tienen razón desde su propio sistema perceptivo. Y las dos
pueden estar, en aspectos esenciales, equivocadas.
Esto,
que podría parecer un problema filosófico abstracto, tiene consecuencias muy
concretas en la vida cotidiana: en los testimonios judiciales que se
contradicen aunque los testigos sean honestos, en los malentendidos que
destrozan relaciones porque cada parte jura que el otro dijo lo que no dijo, en
los prejuicios que se confirman solos porque el cerebro tiende a percibir lo
que ya espera encontrar y a ignorar lo que no encaja con su mapa previo del
mundo.
Conclusión: no te fíes ni de ti mismo
Y
aquí viene la parte incómoda. Si la percepción es siempre una mezcla de lo que
hay fuera y de lo que ponemos nosotros, si el cerebro completa la realidad con
materiales propios sin avisarnos de que lo está haciendo, entonces no hay
ninguna garantía de que lo que creemos haber visto, oído o vivido corresponda
fielmente a lo que ocurrió. Podemos equivocarnos de buena fe. Podemos recordar
mal sin saber que recordamos mal. Podemos estar completamente convencidos de
algo que no es exactamente así.
La
conclusión, pues, es tan sencilla como desconcertante: no te fíes ciegamente de
tus propias percepciones. No porque seas deshonesto, sino precisamente porque
eres humano. Mantener una cierta dosis de duda sobre lo que uno mismo percibe
—escuchar al otro, contrastar, no dar por sentado que la propia versión es la
única válida— no es debilidad ni inseguridad. Es, simplemente, la actitud más
inteligente que cabe ante un cerebro que, con toda su brillantez, también
inventa.
Cualquier
parecido con la realidad, efectivamente, puede ser pura coincidencia.
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