Una investigación etimológica de
urgencia, sin subvención pública, que desvela el misterio mejor guardado de la
Administración Pública española.
(AZprensa) Hay preguntas que
la humanidad lleva siglos formulándose sin encontrar respuesta satisfactoria.
¿Hay vida en otros planetas? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Por qué el
cajón de la cocina siempre tiene algo que impide abrirlo del todo? A esta lista
de grandes enigmas sin resolver hay que añadir uno de carácter más doméstico
pero no menos intrigante: ¿por qué los altos cargos del Gobierno y la
Administración Pública se llaman «altos cargos»?
La pregunta merece ser abordada con el rigor que se merece.
Descartemos primero las hipótesis más evidentes. ¿Se llaman «altos» porque son
más importantes que el resto de los ciudadanos? La respuesta es no —en teoría,
todos somos iguales ante la ley, ante Dios y ante la caja del supermercado—,
aunque hay quien lo duda al ver el tamaño de sus escoltas. ¿Se llaman «altos»
por su estatura? Tampoco: la galería de altos cargos de cualquier gobierno
ofrece una diversidad antropométrica que haría las delicias de cualquier
estudio estadístico, con una representación notable de tallas que no superan el
metro sesenta. ¿Será porque tienen el despacho en la última planta del
edificio? Negativo de nuevo: muchos de ellos trabajan en la primera o la
segunda, estratégicamente situados cerca de la salida, lo cual en determinados
momentos de la legislatura resulta una ventaja nada desdeñable.
Pocas veces la Administración ha sido
tan transparente sin darse cuenta.
Agotadas las hipótesis inocentes, la respuesta correcta
resulta ser, como suele ocurrir con las grandes verdades, de una sencillez
aplastante. «Alto» hace referencia a lo elevado de sus retribuciones: sueldos,
complementos, dietas, coches oficiales con conductor, teléfonos de última
generación, gastos de representación y algún que otro plus cuya denominación
oficial requeriría un glosario propio. Y «cargo», en su segunda acepción, es
exactamente lo que parece: todo ese generoso volumen de gasto va con «cargo» a
las arcas públicas, que a su vez se nutren de los impuestos que pagan
puntualmente los ciudadanos —esos mismos ciudadanos que, curiosamente, no son
altos cargos.
Lo más fascinante del asunto es que la denominación, sin
proponérselo, resulta ser de una honestidad lingüística admirable. «Altos
cargos»: alto el sueldo, y a cargo de usted. Pocas veces la Administración ha
sido tan transparente sin darse cuenta. Si a esto le añadimos los «altos
vuelos» con que algunos de ellos afrontan sus viajes oficiales —en clase
business, naturalmente, porque las turbulencias afectan más a quienes llevan la
pesada carga de gobernar—, el cuadro queda completo.
Queda pendiente, eso sí, explicar por qué a quienes pagan
todo eso se les llama simplemente «contribuyentes». Aunque, pensándolo bien,
también esa palabra dice exactamente lo que hace falta: contribuir. Sin
adjetivos. Sin «alto» delante. Con los pies en el suelo y la cartera abierta.
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El odio solo te quema a ti. Lo negativo atrae más negativo.
Y la queja es un bumerán. Tres ideas sencillas, respaldadas por la experiencia
y el sentido común, que podrían cambiar bastante la forma en que decides vivir.
(AZprensa)
Hay verdades que no necesitan estudios académicos ni citas de autoridad para
resultar evidentes. Basta con prestar atención a lo que ocurre a nuestro
alrededor —y, sobre todo, a lo que ocurre dentro de nosotros— para comprobar
que algunas leyes de la conducta humana funcionan con la regularidad de las
leyes de la física. Lo que sigue son tres de esas verdades. Sencillas, directas
y, para algunos, incómodas.
Primera verdad: el odio solo te afecta a ti
Si
sientes odio hacia alguien, ese sentimiento negativo tiene un único
destinatario real: tú mismo. La persona hacia quien diriges ese odio no percibe
absolutamente nada. Sigue con su vida, duerme bien por las noches, come con
apetito y probablemente ni siquiera recuerda que existes en los momentos en que
tú estás consumiéndote en tu rencor. Mientras tanto, tú te quedas con la
factura: la frustración, la amargura, la energía malgastada en alimentar un
fuego que no calienta a nadie más que a quien lo aviva.
El
odio, en ese sentido, es el autoengaño más costoso que existe. Creemos que es
un arma que lanzamos contra otro cuando en realidad es un veneno que nos
tomamos nosotros. Los estoicos lo sabían hace más de dos mil años. Los
psicólogos lo confirman hoy con sus estudios. Y cualquier persona que haya
pasado un tiempo odiando a alguien de verdad lo sabe también, aunque no siempre
quiera reconocerlo: el que sufre eres tú. El otro, ni se entera.
«El odio es un veneno que uno se toma esperando que le haga daño
al otro. No funciona así. Nunca ha funcionado así.»
Segunda verdad: lo negativo atrae a lo negativo
Hay
personas que van por la vida convencidas de que todo les va mal, de que el
mundo está confabulado en su contra, de que la mala suerte las persigue con una
dedicación que no merece ningún otro ser humano sobre la faz de la tierra.
«Todo me sale mal a mí», «nunca tengo suerte», «esto solo me pasa a mí»: un
repertorio conocido, repetido con una convicción que, paradójicamente, acaba
convirtiéndose en una profecía autocumplida. Porque si uno sale a la calle
esperando que todo salga mal, su actitud, su lenguaje corporal, sus decisiones
y su disposición ante las oportunidades conspiran para que, efectivamente, todo
salga mal. No es magia negra: es psicología elemental.
Lo
contrario también funciona, aunque conviene no caer en el exceso opuesto: el
optimismo no es una fórmula mágica ni una garantía de éxito. Quien va por la
vida con ánimo positivo, con actitud proactiva, emprendiendo cosas y confiando
razonablemente en que pueden salir bien, no tiene el éxito asegurado —nadie lo
tiene—, pero sí tiene considerablemente más posibilidades de conseguirlo que
quien parte de la derrota como estado mental previo a cualquier intento. La
diferencia no está en la suerte: está en la disposición con que se afronta lo
que viene.
Tercera verdad: la queja es un bumerán
La
queja es, quizás, el hábito más extendido y menos útil de cuantos practica el
ser humano con regularidad. Nos quejamos del tiempo, del gobierno, de los
vecinos, del tráfico, del precio de la vida, del jefe, de la familia, de la
salud y de la falta de ella. Y la queja, en el mejor de los casos, no cambia
absolutamente nada de lo que nos disgusta. En el peor, nos amarga el rato que
pasamos quejándonos, deteriora nuestra relación con quienes nos escuchan y nos
ancla en el problema en lugar de impulsarnos hacia la solución.
La
alternativa no es fingir que todo va bien cuando no va bien —eso sería otra
forma de autoengaño—. La alternativa es sencilla, aunque no siempre fácil: si
una situación no te gusta, haz todo lo que esté en tu mano para cambiarla.
Actúa. Muévete. Busca la palanca que puede mover el peso que te aplasta. Y si
después de haberlo intentado de verdad compruebas que la situación no cambia
—porque hay cosas que no dependen de nosotros, y conviene saber cuáles son—,
entonces acéptala con la resignación serena de quien ha hecho lo que podía
hacer. La resignación inteligente no es rendición: es ahorro de energía para lo
que sí puede cambiar.
Conclusión: depende de ti
Tres
ideas, un denominador común: en buena medida, la calidad de tu vida interior —y
por extensión, la de tu vida exterior— depende de las decisiones que tomas
sobre cómo relacionarte con lo que te rodea. No es una promesa de felicidad
garantizada ni un manual de autoayuda con tapa brillante. Es algo mucho más
modesto y mucho más real: la constatación de que entre lo que te ocurre y cómo
reaccionas ante ello hay un espacio, y que en ese espacio vive tu libertad.
Así
que, visto lo visto, en tu mano está decidir cómo quieres que sea tu vida. Y si
eres de los que van por el mundo con el negativismo como bandera y la queja
como himno, mi consejo es que al menos durante unos días trates de cambiar el
chip —aunque solo sea por curiosidad, sin comprometerte a nada—. Pruébalo. No
vaya a ser que yo tenga razón.
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Investigadores de Los Ángeles y del
Instituto de Tecnología de California han descubierto, tras años de estudio,
algo que la sabiduría popular lleva siglos sabiendo. Con distintas palabras,
eso sí.
(AZprensa) La neurociencia
avanza a pasos agigantados. A veces incluso llega a destinos que el sentido
común ya había alcanzado hace tiempo por sus propios medios y sin necesidad de
financiación externa. Un claro ejemplo lo encontramos en una investigación
llevada a cabo en el Centro Médico Cedars-Sinai de Los Ángeles, cuyos
resultados iluminan —con el respaldo de la ciencia más rigurosa— los mecanismos
cerebrales que determinan por qué recordamos algunas cosas y olvidamos otras.
El protagonista del hallazgo es Adam Mamelak,
neurocirujano del citado centro, quien explica con la precisión que le otorga
su bata blanca: «Nuestra investigación demuestra que cuando las neuronas
relacionadas con la memoria están bien coordinadas con las ondas theta durante
el proceso de aprendizaje, los recuerdos son más fuertes». Las ondas theta,
para quien no esté familiarizado con el término, son un tipo de actividad
cerebral de baja frecuencia asociada a estados de atención relajada,
aprendizaje y memoria. Cuando esas ondas y las neuronas trabajan al unísono
—sincronizadas, acompasadas, como una orquesta bien dirigida—, la información
se fija con mayor solidez en el cerebro. Cuando no lo hacen, el recuerdo se
desvanece con la misma facilidad con que olvidamos dónde dejamos las llaves.
El investigador Ueli Rutishauser, del Instituto de
Tecnología de California, que participó en el mismo estudio, precisa a su vez
que este descubrimiento establece «una relación directa entre los
acontecimientos en el circuito del cerebro y sus efectos en la conducta
humana». Es decir: lo que pasa dentro del cerebro no ocurre en el vacío; tiene
consecuencias medibles y reales en cómo nos comportamos, cómo aprendemos y qué
somos capaces de retener de todo lo que vivimos.
La investigación ha requerido años de trabajo, tecnología
de última generación, el análisis de la actividad neuronal de pacientes durante
tareas cognitivas controladas, y la colaboración de equipos científicos de
primer nivel en dos de las instituciones más prestigiosas de California. Los
resultados han sido publicados con el rigor que exige la comunidad científica
internacional. Todo, absolutamente todo, para concluir que la estimulación
adecuada —la que sincroniza neuronas y ondas theta en el momento preciso— favorece
la formación de recuerdos duraderos.
«Años de investigación, millones de
neuronas analizadas y dos instituciones de élite para confirmar lo que
cualquier abuelo de pueblo habría podido explicar en tres minutos y con mucho
menos presupuesto.»
Lo que ya sabía el
refranero
Llegados a este punto, y con todo el respeto que merecen
los doctores Mamelak y Rutishauser —que es mucho, y que sus investigaciones sin
duda tienen implicaciones mucho más profundas de lo que este artículo alcanza a
resumir—, cabe preguntarse si para este viaje hacían falta tantas alforjas.
Porque la sabiduría popular, esa neurociencia sin laboratorio ni subvención que
se transmite de generación en generación en forma de refrán, ya había llegado a
conclusiones sorprendentemente similares mucho antes de que existieran los
electrodos, los escáneres cerebrales y los congresos internacionales de
neurología cognitiva.
En efecto: «dos tetas tiran más que dos carretas» —tengan
o no una hache intercalada en la primera sílaba, según la versión que el pudor
de cada época haya preferido adoptar— viene a decir, traducido al lenguaje de
Cedars-Sinai, que determinados estímulos producen en el cerebro una
sincronización neuronal de tal intensidad que los recuerdos asociados a ellos
quedan grabados con una nitidez y una permanencia que ningún método de estudio
convencional logra igualar. Lo cual, dicho así, suena considerablemente más
científico. Pero viene a ser lo mismo.
Bienvenidos, en definitiva, a la neurociencia del refrán.
Un campo todavía inexplorado, con un potencial investigador enorme y, sobre
todo, con un corpus de datos previos que ningún abuelo de pueblo ha cobrado por
recopilar. Ahí lo dejamos.
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(AZprensa) Cuando yo estaba en
activo, leí los resultados de una encuesta realizada por la consultora de
Comunicación Grayling, recogiendo la opinión de 90 periodistas económicos, sobre
los Directores de Comunicación (Dircom) y la nota que se desprendía de eso era
un suspenso.
Transcurridos ya unos años desde que leí ese estudio, y
desde la inmejorable perspectiva que da la jubilación, he creído oportuno y
conveniente traer de nuevo a la actualidad los resultados de ese estudio y los
comentarios que hice al respecto, para que seáis vosotros mismos quienes
comprobéis si aquellos resultados se siguen manteniendo o no. ¿Habrán aprendido
a hacer bien su trabajo los Dircom o seguimos igual que antes? Vosotros diréis…
- El 33,3% de los Dircom son poco o nada accesibles.
(¡Justo lo contrario de lo que deben ser!)
- El 58,5% tiene un escaso conocimiento de los medios
(¡Pero si eso es precisamente lo que deben conocer para su trabajo!)
- El 66,6% tienen poca agilidad a la hora de gestionar
peticiones (¡Su misión es agilizar esas peticiones y si no pueden atenderlas
decir que no en vez de dar infundadas esperanzas!)
- El 55,5% tiene insuficiente proactividad (¡Dios mío, con
la cantidad de buenos profesionales que hay en el paro esperando poder
trabajar!)
- El 65% son poco creíbles para los periodistas (¡A la
vista de todo lo anterior la verdad es que no me extraña! ¡En cambio sí que me
extraña que no estén ya de patitas en la calle! ¿Será que el nivel de
incompetencia de nuestros gobernantes se ha trasladado también a los Dircom y a
sus Jefes?)
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En el presente
artículo se explica –por experiencia propia- qué es un “escritor negro”, cómo
tienen que trabajar en muchas ocasiones, y se muestra igualmente un clásico ejemplo de
su actividad… y anonimato.
(AZprensa) Aunque soy de
raza blanca, debo reconocer que yo he sido negro. Pero no como Michael Jackson
que primero tenía la piel de color negro y luego se fue quedando cada vez más
pálido; en mi caso mi piel nunca se oscureció y sin embrago puedo decir, sin
faltar a la verdad, que yo he sido negro.
Pero,
claro, no me refiero a los negros de piel, sino a esos otros “negros” (o
ghostwriters, en un inglés más sofisticado)
que abundan en el mundo empresarial y en el mundo de la literatura. Son
esos profesionales que redactan libros, discursos, artículos y prólogos que
luego son firmados por otros. Otros que, por lo general, ostentan altos cargos,
gozan de gran popularidad o son los "famosillos" de turno que, sin
tener pajolera idea de escribir, necesitan un libro para alimentar su presencia
en las tertulias televisivas.
El
"negro" en las instituciones
En
las altas esferas, el "negro" no es un capricho, sino una necesidad
de agenda. Los presidentes y directivos suelen tener en nómina a un periodista
responsable de Comunicación que se encarga de poner voz a sus pensamientos.
Ese
fue mi caso en la última etapa de mi vida profesional, cuando ejercí como Jefe
de Prensa de la Organización Médica Colegial (OMC). Allí tuve que compaginar mi
responsabilidad institucional diaria con el reto ocasional —y a veces
mayúsculo— de escribir en nombre de otros.
El reto de
"alquilar" el cerebro
El
caso es que nunca me quejé; al contrario, me lo tomé como un ejercicio de
superación. Ser un buen "negro" requiere un proceso casi actoral:
Documentación
extrema: Buscar la información que el jefe no tiene tiempo de darte.
Mimetismo
mental: Meterte en el cerebro del presidente para averiguar cómo piensa.
Transcripción
fiel: Escribir con su voz, pero con tu talento.
A
menudo, el encargo era escueto: “Prepara un discurso para esta toma de
posesión” o “escribe un artículo sobre la salud de los médicos”. No había más
información. Todo lo demás —la estructura, la emoción, el mensaje— debía
imaginarlo y buscarlo yo.
Por
eso, desde aquí, quiero lanzar un mensaje de apoyo y admiración a todos esos
“negros” que tanto abundan en nuestro país y decirles que se lo tomen también
como un reto personal de superación, porque así podrán disfrutar de algo de lo
que jamás podrán disfrutar los que le hicieron el encargo: la satisfacción
personal del trabajo bien hecho.
Y
para ilustrar este satisfactorio anonimato, recordaré dos ejemplos de mi etapa
en la OMC:
El
éxito de "¿Y quién cura al médico?".- En noviembre de 2008 escribí
este artículo para el diario ABC. Venía firmado por el entonces presidente,
Isacio Siguero. El texto tuvo tal impacto que fue finalista en los premios
“Reflexiones”, recibió un accésit y fue incluido en un libro. Por supuesto, fue
el presidente quien subió al estrado a recoger el galardón, pero mi premio fue
ver cómo mis palabras calaban en la sociedad.
El
prólogo de "La colegiación necesaria".- El sucesor en la presidencia,
Juan José Rodríguez Sendín, me encargó el prólogo para el libro de un
colaborador de esta institución, el Dr. Juan Antonio Abascal, por el que además
sentía un gran afecto y eso hizo más grata la tarea. Al leerlo hoy, reconozco
perfectamente mi estilo y mis propias convicciones. Es, en esencia, un mensaje
embotellado con mi caligrafía y el sello de otro.
A
continuación, comparto con vosotros aquel texto, donde podréis comprobar que,
aunque la firma fuera ajena, el alma que latía en cada línea era la mía.
PRÓLOGO del
libro “La colegiación necesaria”
“Cuando
cayó en mis manos este libro, ‘La colegiación necesaria’, para escribir su
prólogo, pensé que siempre son bienvenidas todas las aportaciones que
demuestren una necesidad tan evidente –pero a veces ignorada por simple
desconocimiento o por intereses contrarios- y con el mejor ánimo me puse a
leerlo.
Sin
embargo, aún no había pasado del título cuando ya el subtítulo me dejó
perplejo: ‘La navaja de Ockham’. Hacía alusión al principio de este agustino
que “sentaba la premisa de que no se debía dar nada por sentado”. Y acto
seguido se especificaba ‘Libertad, Ética, Estética, Juicio, Prejuicio y
Conocimiento’, es decir, nos ofrecía adentrarnos en este asunto desde todos los
imaginables puntos de vista. Parecía evidente que no estábamos ante un libro al
uso y que la forma de abordar algo tan esencial para nuestra profesión y para
la ciudadanía, como es la garantía de autorregulación, nos iba a ofrecer una
perspectiva diferente.
Desde
la Organización Médica Colegial hemos reiterado en numerosas ocasiones la
capacidad demostrada de autorregulación o co-regulación de la profesión médica,
de control universal obligatorio, del mantenimiento de un sistema de alerta
permanente contra las desviaciones del ejercicio profesional; de la necesidad
–en suma- de colegiación obligatoria. Y esto debe ser así, porque de no serlo
no podría certificarse para todos, y se escaparían de la misma todos aquellos
que tuvieran algún motivo y no precisamente lícito.
En
cualquier caso, siempre es bueno conocer también otras aproximaciones a este
tema fundamental de nuestra profesión y de la garantía que a través de la
colegiación se ofrece a los ciudadanos. Pero además, en esta obra de Juan
Antonio Abascal, se funden el humor, la ironía, el conocimiento, la
documentación, la reflexión… para sorprender al lector y atarlo a esta lectura
que además de hacerle disfrutar le ayuda a contemplar la situación con ojos
nuevos.
Dice
el autor que esta es una “obra de jirones” y en cierto modo lo es por su
estructura, pero ese modo de hacerlo facilita su lectura y ayuda a “digerir”
mejor sus planteamientos. Se denuncia en esta obra “el cinismo incongruente de
la sociedad actual” y hasta se permite incluir al final un glosario de
“juicios, prejuicios y falacias de uso frecuente en los debates”, a los que
añade la forma de contrarrestarlos “por si fuera de interés del lector”.
No
se escapa a su visión crítica la propia profesión, citando, por ejemplo, los
bajos índices de participación que se dan en algunos procesos electorales de
los Colegios de Médicos. Señala, con acierto, que “los líderes colegiales no
podemos ampararnos en el desconocimiento o en la falta de interés en la
participación colegial” y añade que “nuestra obligación es dar cumplida
respuesta a la misma”.
La
colegiación, como tal, no se pone en duda; al contrario, reconoce que “se sigue
percibiendo como un bien necesario desde la inmensa mayoría de la profesión”.
Por consiguiente, la pervivencia de los Colegios de Médicos como institución
sólo puede darse dentro de la “evidencia de su necesidad real para la sociedad
en su conjunto” al que también se une ese “sentimiento de necesidad de
pertenencia” a una base de afiliación que desde hace siglos nos ha movido y nos
mueve a los médicos.
Ante
la necesidad social de un ejercicio profesional de calidad, centrado en el
paciente, en la defensa de sus intereses por encima de cualquier otro interés y
condición y de una práctica profesional de calidad, concluye con la necesidad
de una Organización Médica Colegial con vocación de servicio, comprometida v
con humanizar el ejercicio profesional de la Medicina y con la defensa del
Sistema Nacional de Salud, por encima de intereses partidistas y/o privados. Y
eso es algo que todos queremos.
Si
la necesidad de colegiación es evidente (como parece serlo la necesidad de
difundirlo y recordarlo), la misma se fortalece tras disfrutar con la lectura
de este libro. Eso es lo que recomiendo y en esa tarea estamos porque no basta
con una primera lectura.
Mi
felicitación al autor por la iniciativa, tarea nada fácil que solo puede
realizar un profundo conocedor de la estructura y principios de la colegiación.
También el sincero agradecimiento a Juan Antonio Abascal por la ayuda
inestimable que nos presta con esta obra a la profesión y muy especialmente a los
directivos colegiales”.
Biblioteca
Fisac
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