Los partes
meteorológicos del tiempo, en las televisiones, se han convertido en auténticos
programas de terror, cuya misión no es informar sino asustar. Los poderes
públicos alientan este cambio, porque con ciudadanos asustados siempre se
gobierna mejor.
(AZprensa) Si uno se sienta
un rato delante del televisor y presta atención a los informativos
meteorológicos, llegará a una conclusión tan inquietante como evidente: hoy en
día, los espacios del tiempo se han convertido en uno de los mejores programas
de antesala del terror que emiten las cadenas.
Antes,
los hombres y mujeres del tiempo se limitaban a cumplir con una función tan
noble como sencilla: informar de la previsión atmosférica con un mapa, unas
cuantas borrascas dibujadas y una sonrisa amable. Ahora no. Ahora el objetivo principal
parece ser meter el miedo en el cuerpo a la población.
El catálogo de
las catástrofes cotidianas
Da
igual lo que marque el termómetro o lo que haga el cielo; el parte se ha
convertido en una sucesión de advertencias apocalípticas:
Si
hace calor, la pantalla se tiñe inmediatamente de un rojo infernal, agitando el
fantasma de la ola de calor y vaticinando riesgos casi mortales para la salud
pública.
Si
hace frío, los informativos se transforman en una campaña sanitaria contra las enfermedades
invernales y el colapso hospitalario.
Si
llueve, el peligro inminente de inundaciones nos acecha en cada esquina.
Si
graniza, la crónica se narra como si estuviésemos sufriendo un bombardeo
estratégico.
Y
si hace viento, la escenografía nos traslada mentalmente a Florida en plena
temporada de huracanes, exigiendo poco menos que evacuar las ciudades.
Bajo
este prisma catastrofista, el mensaje subyacente siempre es el mismo: hace
calor, hace frío, llueve, nieva, graniza o sopla aire... Así que lo más sensato
y seguro es que nos quedemos encerrados en casa, pegados a la pantalla del
televisor, dejando que Papá Estado se ocupe de absolutamente todo.
El control a
través del pánico
No
nos engañemos; detrás de esta hipérbole meteorológica permanente hay una
estrategia bien conocida. Cada vez que anuncian el tiempo, ya no se habla del
tiempo en sí; se habla de catástrofes y graves peligros inminentes.
La
razón es antropológica y política: una población atenazada por el miedo es una
población sumisa. Quien teme por su integridad o por su entorno acata sin
rechistar lo que le dicte el poder, jamás se atreve a cuestionar las decisiones
de la autoridad y termina obedeciendo como un rebaño. La historia universal nos
lo demuestra una y otra vez: los antiguos conquistadores, cuando invadían un
territorio, arrasaban cultivos e incendiaban casas no solo por destruir, sino
para sembrar el terror y lograr que la población local se sometiera sin
resistencia.
Hoy
ya no hacen falta ejércitos invasores; basta con encender la televisión y
comprobar que un simple chubasco de primavera se ha convertido, por obra y
gracia del alarmismo audiovisual, en el fin del mundo.
¡Qué bien nos
vendría leer esto, porque ya se nos ha olvidado!
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caos”:
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La Comunicación
no es decir algo al otro, ni siquiera que el otro lo reciba; la clave y lo que
realmente importa en Comunicación es la interpretación que el otro hace de lo
que le decimos. Y siendo así ¿te has mirado a ti mismo para ver en qué te fijas
cuando comunicas algo?
(AZprensa) Cuando
cualquiera de nosotros quiere comunicar algo —ya sea en el ámbito estrictamente
profesional o en el terreno de las relaciones personales—, solemos caer una y
otra vez en la misma trampa: prestamos muchísima más atención a lo que queremos
decir y a cómo lo estamos transmitiendo que a lo que el destinatario está
realmente recibiendo e interpretando.
Nos
obsesionamos con construir un discurso impecable, de ensayar los argumentos y
cuidar la retórica. Sin embargo, de nada nos sirve una exposición brillante de
los hechos o un relato excelente de los acontecimientos si el interlocutor no
lo está percibiendo como a nosotros nos gustaría.
La brújula
apunta al receptor
La
clave de una buena comunicación no reside en el emisor del mensaje, sino en el
destinatario. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, subvierte por
completo la forma en que solemos relacionarnos. Asumir que el éxito de un
mensaje depende de cómo es decodificado al otro lado de la mesa implica un
esfuerzo intelectual adicional y, por supuesto, mucha práctica. Exige salir de
nuestro propio ombligo discursivo para ponernos en la piel de quien nos
escucha.
Por
eso, en el fondo, no es tan importante la cantidad de información que aportemos
como el modo en que seamos capaces de hacerla llegar. Una retahíla de datos
fríos o un argumentario técnico interminable no sirven de nada si no consiguen
sintonizar con la frecuencia de quien tenemos enfrente.
El arte de
conectar
Lograr
esa sintonía requiere ingredientes que van mucho más allá de la mera lógica:
exige altas dosis de entusiasmo, convicción y persuasión. Y, sobre todo,
demanda un ejercicio de alta cirugía mental para ser capaces de sintetizar y
conectar con la audiencia.
Al
final, comunicar no es descargar un archivo en la cabeza del otro, sino
conseguir que el otro, el que recibe nuestro mensaje, lo interprete como
nosotros queremos. Por eso, deberíamos dejar de preguntarnos qué queremos decir
nosotros y empezar a preocuparnos por lo que el otro pueda entender de lo que
le decimos.
Esta es la
asignatura en la que suspenden todos los laboratorios farmacéuticos… y muchas
otras empresas.
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La capacidad de
síntesis es imprescindible en periodismo. Todo periodista sabe que tiene que
resumir en muy pocas palabras lo más importante de una información o unas
declaraciones. Y de esto último, hay un ejemplo digno de haber entrado en el
libro Guinness de los records.
(AZprensa) De todos es
sabido que en televisión el tiempo es oro y que un minuto en antena equivale
prácticamente a una eternidad. Aun así, muchos entrevistados todavía se
sorprenden cuando, tras media hora de conversación pausada y grabada con mimo,
comprueban que el departamento de edición ha decidido despacharlos en apenas
veinte segundos.
Sin
embargo, el mayor prodigio de síntesis televisiva que uno recuerda se produjo
tras la finalización de un partido de fútbol.
Los
corresponsales de una conocida cadena acudieron a la sala de prensa para
recoger las declaraciones del entrenador local. Se supone que estuvieron atentos
a todo lo que se expuso ante los micrófonos, que después revisaron el material
en la redacción y que hicieron una minuciosa selección para resumir lo
acontecido.
Pues
bien, ¿cabe mayor alarde de concisión? Esto que reproduzco a continuación fue
todo lo que los responsables de aquella cadena consideraron suficiente para
ilustrar la noticia: «Sembrado».
Así
es. Una única palabra en boca del técnico; ni siquiera la acompañaron de
sujeto, verbo y complementos circunstanciales. No. Tan solo esa aislada y
rotunda palabra: «sembrado».
La mutilación de
la realidad
Si
uno acude a la trastienda de los hechos, descubre el verdadero alcance del
misterio. En realidad, el entrenador había ofrecido una explicación más o menos
sensata de la victoria: "Desde el inicio se ha puesto el partido como nos
imaginábamos. Durante la semana hemos trabajado estos aspectos, con una defensa
de tres para abrir bien las bandas, y por eso quiero dar la enhorabuena al
equipo, que ha estado sembrado". A partir de ahí, el míster se explayó
detallando cómo los suyos se habían sobrepuesto a las adversidades, mantenido
la fe y demostrado una gran puntería ante la meta rival.
Pero
para los editores de los informativos de aquella cadena, todo ese análisis
táctico, el esfuerzo coral y la crónica del encuentro sobraban por completo. La
rueda de prensa entera quedó reducida a un monosílabo con ínfulas: «sembrado».
¿Cabe
mayor capacidad de reducción al absurdo? Desde luego, semejante ejercicio de
cirugía informativa merecería un puesto de honor en el libro Guinness de los
récords. Al final, nos venden la urgencia como coartada para justificar la
pereza intelectual, convirtiendo el periodismo en una suerte de telegrama
indescifrable donde lo único que cuenta es rellenar huecos a golpe de brocha
gorda. Menos mal que los entrenadores siempre nos dejarán titulares tan
profundos como este para alimentar el desconcierto general.
Si te diviertes
al hacer deporte, habrás ganado… aunque hayas perdido.
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Las licencias
farmacéuticas constituyen una práctica muy habitual, aunque a menudo
desconocida para el gran público, dentro del mercado de los medicamentos. Pero
¿en qué consiste exactamente eso de las “licencias”? Aquí te lo epxlicamos.
(AZprensa) Se entiende por
«licencia de producto» el acuerdo estratégico entre dos o más compañías
mediante el cual el laboratorio propietario de un fármaco original cede los
derechos de comercialización a otras empresas licenciatarias. Como resultado de
esta alianza, en el mercado conviven dos o más productos que comparten
exactamente el mismo principio activo, pero se comercializan bajo distintas
marcas y por laboratorios diferentes.
La necesidad de
multiplicar la voz: Atención Primaria
Por
lo general, este tipo de acuerdos se suscriben en productos de amplísima
difusión, especialmente aquellos orientados a los médicos de Atención Primaria.
Son muy pocos los laboratorios en el mundo que disponen de una red de ventas lo
suficientemente gigantesca como para visitar de forma constante a decenas de
miles de médicos de cabecera y mantenerlos puntualmente informados sobre los
últimos avances, indicaciones o estudios clínicos de un fármaco.
La
licencia actúa, por tanto, como un amplificador comercial. Permite que
múltiples equipos de visitadores médicos difundan las virtudes del principio
activo, facilitando que el facultativo pueda prescribirlo —bajo una u otra
marca— con la seguridad de aplicar el tratamiento más beneficioso para cada
paciente a la luz de la evidencia científica más reciente.
Negocio,
amortización y letra pequeña
Desde
una perspectiva económica, esta práctica resulta vital para la viabilidad de la
industria. Permite rentabilizar la cuenta de resultados de un producto
innovador: un porcentaje fijo de las ventas obtenidas por el licenciatario va
directo a la cuenta de beneficios del laboratorio descubridor, ayudándole a
amortizar la ingente y arriesgada inversión económica necesaria para investigar
y sacar al mercado un nuevo medicamento.
Sin
embargo, el camino hasta estampar la firma no es sencillo. Un acuerdo de
licencia exige un proceso de negociaciones complejas y minuciosas que
fácilmente puede prolongarse hasta dos años desde los primeros contactos hasta
la rúbrica del contrato definitivo.
Para
este tipo de alianzas se suelen seleccionar fármacos de primera línea, aquellos
que suponen un auténtico hito en la práctica clínica y cuya información debe
desplegarse ante un universo colosal de prescriptores. Para llevarlo a cabo con
garantías, es necesario blindar un extenso abanico de aspectos legales y
comerciales —no es raro que el contrato final ronde entre las 80 y 100 páginas
de densa prosa jurídica—. Quizá por ello, y debido a la exigencia de los
filtros, solo una pequeña parte de las negociaciones emprendidas terminan
llegando a buen puerto.
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