miércoles, 14 de octubre de 2026

Los únicos sillones que nunca están vacíos

Resulta ya tan habitual encontrar sillones vacíos, puestos de trabajo vacíos, cajas cerradas, etc., que no nos detenemos a pensar en la realidad que se esconde detrás de eso. Vamos a prestar un poco de atención en este artículo…
 
(AZprensa) Hay una cosa que cada vez resulta más frecuente en España: encontrar sitios vacíos. Si uno entra en un banco, es posible que encuentre una mesa vacía. Antes había cuatro empleados y ahora hay tres. Si entra en una tienda, probablemente verá dos dependientes donde antes había tres. Si va a un supermercado, comprobará que varias cajas permanecen cerradas y que las cajeras que antes atendían a los clientes han desaparecido de algunas de ellas. Y si entra en una oficina comercial, no será extraño encontrar puestos de trabajo vacíos. Mesas, sillas, ordenadores... todo preparado para que alguien se siente, pero sin que nadie lo haga.
 
Es una imagen que se ha convertido en habitual. Las empresas reducen plantillas, automatizan procesos, concentran servicios, sustituyen personas por máquinas o simplemente intentan hacer lo mismo con menos trabajadores. Y, cuando no hay más remedio, el puesto que queda vacío permanece vacío.
 
Pero hay lugares donde parece que esta regla no se cumple. Hay espacios en los que no se aprecia ningún sitio vacío. Todos los sillones están ocupados. Se diría que existe allí un extraño fenómeno de pleno empleo permanente:
El Congreso de los Diputados.
El Senado.
Los plenos de los ayuntamientos.
Las diputaciones y otros organismos representativos.
En estos lugares no parece existir el problema de las mesas vacías.
 
Naturalmente, alguien podría decir que un país necesita instituciones, representantes y personas que desempeñen esas funciones. Y es verdad. Una democracia no funciona sin instituciones y representantes. Pero la pregunta es otra. ¿Necesitamos exactamente tantos?
 
Porque hay una curiosa contradicción que quizá deberíamos plantearnos alguna vez. En una empresa, cuando disminuyen los ingresos, se estudia cómo reducir costes. Si sobran oficinas, se cierran oficinas. Si sobran puestos de trabajo, se amortizan puestos de trabajo. Si una tienda tiene menos clientes, procura funcionar con menos empleados. La Administración, sin embargo, parece tener una lógica diferente.
 
En el sector privado, la pregunta suele ser: «¿Cuántas personas necesitamos para hacer este trabajo?». En el sector público representativo, quizá la pregunta debería ser también: «¿Cuántas personas necesitamos para hacer este trabajo?». Y aquí aparece una idea que probablemente resulte bastante incómoda: ¿por qué no se puede reducir también el número de sillones cuando las circunstancias lo aconsejan?
 
No estoy hablando de eliminar la democracia, ni de dejar a los ciudadanos sin representación. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: aplicar a las instituciones el mismo principio de eficiencia que se exige al resto de la sociedad.
 
Si una empresa puede pasar de cuatro empleados a tres porque el volumen de trabajo ha disminuido, ¿por qué una institución no puede plantearse alguna vez si necesita exactamente el mismo número de representantes? Y si en una tienda puede haber un puesto que se queda vacío porque ya no hace falta, ¿por qué un escaño tendría que estar condenado a permanecer ocupado eternamente?
 
Hay una especie de pleno empleo que resulta particularmente llamativo: el de los políticos. Junto con los enterradores —que, por razones obvias, siempre tienen trabajo—, quizá sean de los pocos profesionales para los que nunca parece faltar un puesto.
 
Es una ironía, naturalmente. Pero las ironías suelen funcionar mejor cuando contienen una pregunta seria dentro. Y la pregunta sería esta: Si en todas partes hay que hacer ajustes cuando faltan recursos, ¿por qué las instituciones representativas no pueden hacerlos también?
 
Imaginemos, por ejemplo, que un ayuntamiento de un pueblo cualquiera dijera: «Durante los próximos años vamos a reducir un 10 por ciento el número de concejales. Cuando el 90 por ciento de nuestros ciudadanos tenga trabajo, volveremos a estudiar la situación». Probablemente nos parecería una propuesta revolucionaria. Y quizá ahí esté precisamente el problema.
 
Nos hemos acostumbrado tanto a que los ajustes los hagan siempre los demás que hemos terminado aceptando como normal que algunas instituciones permanezcan al margen de las mismas dificultades que afectan al resto.
El ciudadano puede perder su empleo.
La tienda puede cerrar una caja.
El banco puede eliminar una mesa.
La empresa puede reducir su plantilla.
Pero el sillón político parece pertenecer a otra categoría laboral.Uno de esos empleos en los que, por muchos problemas que tenga el país, siempre aparece alguien dispuesto a ocupar el puesto.
 
Quizá algún día veamos algo insólito: un pleno con varios sillones vacíos. Y entonces, por una vez, no será una mala noticia. Será la señal de que alguien ha comprendido que las instituciones también pueden hacer sacrificios cuando los ciudadanos los están haciendo. Porque si estamos de acuerdo en que no tiene sentido mantener puestos de trabajo que ya no son necesarios, deberíamos ser capaces de formular la misma pregunta en cualquier lugar: ¿Este sillón es imprescindible o simplemente está ocupado porque siempre ha estado ocupado?
 
Puede que sea una pregunta incómoda. Pero, viendo tantos sitios vacíos por todas partes, quizá ya va siendo hora de empezar a hacerla también en los lugares donde nunca falta una silla ocupada.
 

Así empezó la implantación del pensamiento único…
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martes, 13 de octubre de 2026

El omeprazol y el pan de ajo: una receta contra las comilonas

Los investigadores ya sabían que el omeprazol es eficaz, y también todos sabíamos que el ajo es bueno. Lo que se ha descubierto después es que cuando el omeprazol y el ajo se juntan, los beneficios son mucho mayores que la suma de uno más uno.
 
(AZprensa) Hay descubrimientos científicos que, cuando llegan a nuestros oídos, nos hacen pensar inmediatamente en sus posibles aplicaciones prácticas. Y si, además, esas aplicaciones tienen que ver con la gastronomía, la cosa empieza a ponerse verdaderamente interesante.
 
Hace ya unos cuantos años, un equipo de investigadores de la Universidad de Maastricht (Holanda) publicó en la revista Journal of Antimicrobial Chemotherapy un estudio sobre los efectos del ajo y el omeprazol frente a una bacteria llamada Helicobacter pylori, responsable de buena parte de las úlceras gástricas y duodenales.
 
Los investigadores comprobaron que ambos productos, por separado, podían inhibir el crecimiento de esta bacteria en el laboratorio, pero que, cuando se combinaban, sus efectos antibacterianos se potenciaban, mostrando una acción sinérgica.
 
¡Fantástico! ¡La ciencia al servicio de la buena mesa!
 
Porque, si el ajo ya era uno de los ingredientes imprescindibles de nuestra gastronomía, ahora parecía que también podía presumir de ciertas propiedades antibacterianas. Y si a ello añadíamos el omeprazol, ese medicamento tan popular que muchos tienen en casa, parecía que acabábamos de encontrar la fórmula magistral para enfrentarnos a cualquier exceso gastronómico.
 
Ya me imaginaba a los restaurantes incorporando a sus cartas un nuevo aperitivo: una tostada de pan de ajo acompañada de un omeprazol. Y, por supuesto, los establecimientos especializados en grandes banquetes podrían ofrecer un menú especial con esta combinación, ideal para quienes tienen previsto entregarse a los placeres de la mesa sin demasiadas preocupaciones.
 
Eso sí, conviene no dejarse llevar por el entusiasmo. El estudio se realizó in vitro, es decir, en condiciones de laboratorio, y sus resultados no demuestran que comer ajo y tomar omeprazol prevenga las úlceras ni evite los problemas digestivos después de una comilona. De hecho, los propios investigadores señalaban que era necesario realizar estudios clínicos adicionales para comprobar si esa combinación podía tener utilidad en pacientes.
 
Además, el omeprazol no es un medicamento que debamos tomar por nuestra cuenta como medida preventiva después de una comida copiosa. Y cuando existe una infección por Helicobacter pylori, su tratamiento requiere una combinación de medicamentos, habitualmente con antibióticos, prescrita por un profesional sanitario.
 
Pero, dejando a un lado estas pequeñas consideraciones científicas, no me negarán que la idea tenía su atractivo. ¡Qué tranquilidad saber que, al menos en el laboratorio, el ajo y el omeprazol parecían llevarse tan bien!
 
Así que, por ahora, seguiremos disfrutando del pan de ajo por sus cualidades gastronómicas y dejaremos el omeprazol para cuando realmente esté indicado. Porque una cosa es que la ciencia nos ayude a cuidar la salud y otra muy distinta que nos dé permiso para repetir de cochinillo, cordero o cualquier otra exquisitez.
 
Aunque, bien pensado, si algún día se demuestra que el pan de ajo protege de las consecuencias de las comilonas, los restaurantes tendrán que empezar a servirlo en cestas mucho más grandes.
 

Si a veces buscamos segundas opiniones, a veces también hay que buscar segundas lecturas…
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lunes, 12 de octubre de 2026

¿Cine de autor o cine comercial?

Muchos se preguntan: ¿Qué prefieres, cine de autor o cine comercial? Los que se las dan de entendidos, dicen que cine de autor, aunque se aburran soberanamente en esas películas; por el contrario los que prefieren cine comercial no dicen nada, pero van al cine y se divierten…
 
(AZprensa) Con cierta frecuencia surge en las conversaciones sobre cine una controversia que parece ya un clásico: cine de autor frente a cine comercial. Y lo curioso es que, antes incluso de saber de qué película estamos hablando, ya tenemos preparado el veredicto.
 
Al cine comercial, sin necesidad de haberlo visto, se le suele colocar una etiqueta bastante poco cariñosa: cine fácil, superficial, artificioso, sin contenido y pensado únicamente para hacer una buena recaudación. Si además consigue que millones de personas pasen por taquilla, la sospecha queda confirmada: aquello no puede ser demasiado bueno.
 
Al cine de autor, en cambio, se le concede de entrada un tratamiento completamente distinto. Es cine inteligente, culto, profundo, de gran calidad artística y destinado a ocupar un lugar privilegiado en la historia del séptimo arte.
 
Y si después resulta que han ido a verla cuatro gatos, tampoco pasa nada. La culpa, naturalmente, no es de la película, es de todos los que no han ido a verla que son unos incultos y no están preparados para comprender la obra.
 
Como podemos ver, somos muy aficionados a poner etiquetas antes incluso de disponer de suficientes elementos de juicio. Por eso quizá convenga empezar por el principio.
 
¿Qué es exactamente el cine de autor?
 
Podríamos decir que es aquel en el que el director hace la película que quiere hacer, como quiere hacerla y según su propia concepción artística, sin preocuparse demasiado por si después le gusta o no al público.
 
Perfecto. Si además consigue que guste a los espectadores y obtiene una buena taquilla, estupendo. Pero si ocurre lo contrario, siempre queda una salida bastante cómoda: explicar que el público no ha sabido entender la película, que la sociedad todavía no está preparada para semejante despliegue intelectual o que el director ha sido incomprendido, como suele suceder con los grandes genios.
 
Y aquí aparece el cine comercial.
 
El cine comercial sería, en principio, aquel en el que el director hace una película pensando en el público. Su objetivo es que guste al mayor número posible de espectadores. Eso no significa necesariamente que renuncie a sus gustos, a su personalidad o a su manera de entender el cine. Puede poner en la película todo su talento, sus conocimientos y sus preferencias, pero teniendo presente una pequeña cuestión: alguien tiene que pagar la entrada para verla. Y ahí es donde las cosas empiezan a ponerse interesantes.
 
Porque parece que hemos decidido que una película tiene que ser necesariamente una cosa o la otra. O es cine de autor, y por tanto intelectual y artístico, o es cine comercial, y por tanto sospechosamente vulgar.
 
Hay autores que hacen películas de autor para salas prácticamente vacías. Y también hay directores que se limitan a seguir las instrucciones del productor, meten todos los ingredientes que supuestamente gustan al público y fabrican una película de la que, en cuanto termina, uno sale preguntándose si le devolverán el dinero de la entrada por daños morales.
 
Por eso quizá el verdadero dilema no sea cine de autor o cine comercial. Quizá sea algo mucho más sencillo: ¿Cine o bodrio?
 
Porque puede hacerse una película pensando en el público y hacerla magníficamente. Y puede hacerse una película pensando exclusivamente en satisfacer al director y conseguir una auténtica obra de arte.
 
Pero también puede hacerse una película comercial que sea un bodrio. Y puede hacerse una película pretendidamente intelectual que sea otro bodrio.
 
La diferencia es que, en el segundo caso, siempre habrá alguien dispuesto a explicarnos durante hora y media por qué no hemos entendido nada.
 
Por eso creo que deberíamos olvidarnos un poco de las etiquetas y hablar de buenas o malas películas, buenos o malos directores, buenos o malos argumentos, buenos o malos actores y buenas o malas historias.
 
Un buen director deja su sello en una película aunque no aparezca por ninguna parte la etiqueta «cine de autor». Su personalidad, su manera de contar, su sensibilidad y su forma de entender el cine acabarán apareciendo de una u otra manera. Y si, además, consigue que al público le guste, tampoco creo que haya que pedirle perdón por ello. Al fin y al cabo, hacer buen cine y conseguir que la gente quiera verlo no deberían ser conceptos incompatibles.
 
Porque quizá la verdadera categoría de una película no debería decidirse por el número de espectadores que tiene ni por la cantidad de intelectuales que aseguran haberla entendido. Debería decidirse, simplemente, por una pregunta mucho más sencilla: ¿Es una buena película? Y para responderla no hace falta ninguna etiqueta. Solo verla.
 

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domingo, 11 de octubre de 2026

La pesca como metáfora de la existencia

(Sunday Poetry Corner)
Para nuestro rincón dominical de poesía traemos hoy este poema que recrea una escena bien definida: Ella está en el muelle pescando. Sin embargo, para un poeta, las escenas cotidianas suelen tener otros significados muy distintos y, en esta ocasión, los versos nos transforman esa aparentemente sencilla y sin más trascendencia en algo sublime. Porque el poeta ve más allá de lo que dictan nuestros sentidos y su mundo abarca una dimensión mucho más amplia que trasciende las fronteras espaciales y temporales. Aquí os dejo, pues, con esta escena de pesca, una mañana cualquiera, en un muelle cualquiera…
 
DE PESCA
 
Tu sombra alargada
cruza el muelle
y en tu mano la caña
lanza el sedal y lo mantiene,
confiada como estás en que la pesca
llene de sentido esta mañana.
 
El mar está tranquilo,
tanto como tu alma,
sientes solo esa gran paz
del vacío consentido,
de no querer hacer nada,
solo consumir el tiempo
de esta vida, no pedida,
como isla solitaria,
sin más dueño ni destino
que el que marca tu mirada.
 
Lanzas de nuevo el sedal
esperando la esperanza.
No sabes por qué has venido
a este mundo que te esquiva,
pero mis ojos te han visto
y has capturado mi alma.
Soy yo ahora quien te espera
y quiere ser arrastrado.
Quiero sentirme fuera
del mundo que conocía.
¡Tira fuerte de mí!
¡Has conseguido tu presa!
 
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Por ChatGPT
 
A primera vista, “De pesca” parece describir una escena sencilla y perfectamente reconocible: una mujer se encuentra en un muelle, pescando tranquilamente en una mañana cualquiera. Hay un mar en calma, una caña, un sedal que se lanza una y otra vez y una mujer que espera pacientemente a que algo pique.
 
Pero esa es solamente la primera lectura del poema. Porque, como apunta la introducción, el poeta no se limita a describir lo que ve. Utiliza aquello que ve para hablar de lo que no se ve. Y ahí es donde una aparentemente intrascendente escena de pesca empieza a adquirir una dimensión mucho más profunda.
 
Desde el primer verso aparece ya un elemento que nos invita a mirar más allá: «Tu sombra alargada / cruza el muelle». No es ella quien cruza el muelle, sino su sombra. El recurso resulta significativo porque esa sombra puede interpretarse como una prolongación de la propia persona, pero también como una especie de presencia silenciosa que ocupa un espacio mayor que su propio cuerpo.
 
La mujer pesca, pero no parece hacerlo movida por una ilusión concreta. Lo hace porque necesita «que la pesca / llene de sentido esta mañana». Y aquí aparece uno de los temas fundamentales del poema: la búsqueda de un sentido.
 
El segundo bloque profundiza en esa sensación. El mar está tranquilo «tanto como tu alma», pero esa tranquilidad no transmite necesariamente felicidad. Es más bien una calma vacía, una suspensión del tiempo. La protagonista parece instalada voluntariamente en el «vacío consentido», en ese «no querer hacer nada» que no es exactamente descanso, sino una forma de dejar pasar la vida.
 
Y el verso «esta vida, no pedida» introduce de manera muy directa una reflexión existencial. La mujer aparece como «isla solitaria», sin dueño ni destino, dejándose llevar por una existencia cuyo rumbo parece depender únicamente de «lo que marca tu mirada».
 
Hasta aquí, el poema podría interpretarse como el retrato de una persona perdida en su propia existencia. Pero entonces aparece el poeta. Y con él cambia completamente la historia. La protagonista vuelve a lanzar el sedal «esperando la esperanza». Es una expresión especialmente significativa: no espera simplemente pescar algo; espera encontrar una razón para esperar. Hay en esos versos una especie de paradoja que resume su estado de ánimo.
 
Y es precisamente en ese momento cuando descubrimos que alguien la estaba observando. «Pero mis ojos te han visto / y has capturado mi alma.» La pesca acaba de cambiar de sentido. Hasta ese momento era ella quien lanzaba el sedal intentando capturar un pez. Ahora sabemos que, sin pretenderlo, ha capturado a otra presa mucho más importante: al propio poeta.
 
A partir de ahí se produce un hermoso juego de inversiones. Ella esperaba capturar algo; ahora es él quien quiere ser capturado. Ella lanzaba el sedal buscando llenar de sentido su mañana; él quiere que ella dé sentido a su vida. Ella era quien esperaba; ahora es él quien espera.
 
Y llega finalmente la petición: «¡Tira fuerte de mí! ¡Has conseguido tu presa!» Es probablemente el momento más intenso del poema porque transforma definitivamente la metáfora. La presa ya no es un pez. Es el propio poeta, que se ofrece voluntariamente a ser arrastrado fuera del mundo que conocía.
 
Y ese «fuera del mundo que conocía» puede entenderse de varias maneras. Puede ser el abandono de una vida anterior, la ruptura con la soledad, el descubrimiento del amor o, simplemente, el deseo de que otra persona nos saque de ese estado de vacío en el que estábamos instalados. Por eso el poema comienza hablando de una mujer que pesca y termina hablando de dos personas que, quizá sin saberlo, estaban pescando la una a la otra.
 
Hay además un detalle que me parece especialmente interesante: la mujer no parece estar buscando al poeta. Su acción es completamente ajena a él. Ella lanza el sedal hacia el mar, mientras él, desde algún lugar, contempla la escena. Sin embargo, el azar hace que ese gesto cotidiano termine provocando un encuentro interior. Y quizá ahí esté una de las ideas más sugerentes del poema: no siempre encontramos aquello que buscamos, pero a veces encontramos algo que ni siquiera sabíamos que necesitábamos.
 
La pesca, por tanto, acaba convirtiéndose en una metáfora de la existencia. Lanzamos nuestros sedales al futuro sin saber muy bien qué esperamos encontrar. Esperamos algo que dé sentido a nuestra vida, aunque ni siquiera sepamos exactamente qué es ese «algo». Y, en ocasiones, basta una mirada, una persona o un instante aparentemente insignificante para cambiar completamente el rumbo.
 
La mujer llegó al muelle buscando llenar de sentido una mañana. Y terminó llenando de sentido la vida de alguien que la estaba mirando. No pescó un pez. Pescó un alma.
 

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sábado, 10 de octubre de 2026

Así es el voto por correo del 29 Noviembre

El voto por correo en las próximas elecciones será lo más parecido a la imagen que acompaña este artículo. Piénsatelo antes de elegir esta opción en vez de optar por el voto presencial que nadie te cambiará.
 
(AZprensa) El próximo 29 de noviembre hay elecciones generales en España y ya dije en su momento que Pedro Sánchez sólo las convocaría cuando estuviese seguro de que podía ganarlas. Y aquí hay que hacer una aclaración: ¿Qué significa para Pedro Sánchez ganar las elecciones? Porque mucha gente no se da cuenta de esto. Respuesta: Que la suma de PP+Vox no alcance la mayoría absoluta; en ese caso, Sánchez pactará con todos los demás y se doblegará a sus exigencias con tal de seguir en el poder, aunque consiga menos diputados de los que tenía antes.
 
Por lo tanto, Sánchez no necesita sacar muchos votos, sólo los necesarios para que PP+Vox no tengan mayoría absoluta. Y ahí entra en juego el voto por correo. Y Sánchez es un maestro en esto como ya demostró cuando llegó al poder en su propio partido gracias a manipulación de votos como muchas personas –incluso implicados- han denunciado.
 
Ya lo vimos también en las últimas elecciones: las convocó en plenas vacaciones de verano para que mucha gente votara por correo. Y votó. Y PP+Vox ganaron pero sin mayoría absoluta. Y al frente de Correos estaba Leire Díaz, hoy imputada en trapos sucios del PSOE.
 
Por lo tanto, cuantos más votos por correo haya, mejor será para Sánchez porque nadie puede certificar la limpieza y transparencia en el recorrido de esos votos. Y a todo eso hay que sumar los cientos de miles de votos que van a llegar desde Latinoamérica al permitir que nietos de españoles que emigraron puedan votar ahora aunque nunca hayan pisado España, simplemente depositando su voto en las embajadas que luego los enviará para su “custodia” a correos.
 
Votar por correo es, pues, lo más parecido a la imagen que acompaña este comentario: Pucherazo. Y ya se está cocinando a fuego lento, el mismo fuego que está desintegrando la sociedad española, la democracia y el estado de bienestar que habíamos alcanzado.
 

Parece que nos hemos olvidado, pero así comenzó el “nuevo orden mundial” que ahora padecemos…
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