(AZprensa) Todos
recordamos aquel fatídico verano de 2009 en el que el mundo se estremeció con
la muerte del Rey del Pop, Michael Jackson. La autopsia desveló que el causante
de su último viaje celestial había sido un potente anestésico de uso
hospitalario llamado propofol, una sustancia que el cantante exigía
desesperadamente a su médico de cabecera. Primero para calmar sus dolores y,
más tarde —una vez que se hubo «enganchado» sin remedio—, simplemente porque le
apetecía un plácido viaje al limbo de la inconsciencia.
Pues
bien, mira por dónde, hoy me vais a permitir que rompa una lanza a favor del
gusto farmacológico del bueno de Michael: ¡no me extraña en absoluto que el
hombre se enganchara! Yo he tenido la inmensa fortuna de probar el propofol en
varias ocasiones y debo confesar, ante el tribunal de mis lectores, que la
experiencia fue algo sencillamente maravilloso.
Un infiltrado de
AstraZeneca en el quirófano
Por
aquellos tiempos, yo conocía al milímetro los entresijos de tan bendita
sustancia. No por vicio, válgame el cielo, sino por estricta deformación
profesional: el propofol pertenecía al catálogo del laboratorio farmacéutico en
el que yo trabajaba, AstraZeneca. Su nombre comercial era Diprivan, y su
lanzamiento había revolucionado por completo la historia moderna de la
anestesia.
Los
que peinan canas recordarán que, antiguamente, despertar de una operación era
un calvario de náuseas, vómitos, mareos de feria y una resaca de proporciones
bíblicas. Con la llegada del Diprivan, aquellos momentos tradicionalmente
temidos se transformaban, por arte de magia química, en algo sumamente
placentero.
Llegó
el día en que me tocó a mí pasar por el taller de reparaciones quirúrgicas.
Mientras el equipo médico me preparaba en el antequirófano, decidí ponerme el
traje de inspector de calidad y le pregunté al anestesista con una sonrisa: «¿Qué
anestésico me va a poner?». El buen hombre se me quedó mirando estupefacto, ya
que no hay ningún paciente que haga ese tipo de preguntas. Fue entonces cuando
le saqué la credencial: le expliqué que yo jugaba en el equipo de AstraZeneca y
que teníamos en nómina al mejor anestésico del planeta. El anestesista,
captando la jugada, sonrió con complicidad y me señaló con el dedo unas cajas
que descansaban en una bandeja: sí, amigos, allí estaban, preparadas en
exclusiva para mí, las icónicas cajitas verdes de Diprivan. Jugué en casa.
El
"viaje" más lúcido de mi vida (y un gol por la escuadra)
Cuando
la sustancia comenzó a deslizarse de forma fluida por el gotero hacia mis
venas, apenas hicieron falta unos pocos segundos para que mi consciencia se
desvaneciera. Fue un apagón tan suave, rápido y aterciopelado que ni siquiera
tuve tiempo de contar los segundos o de pensar en ello.
El
verdadero espectáculo, sin embargo, comenzó al abrir los ojos en la sala de
reanimación. Recuerdo perfectamente que el médico estaba inclinado sobre mí,
pendiente de mi evolución, y me preguntó como es habitual: «¿Qué tal se
encuentra?». Solo habían transcurrido dos segundos exactos desde que abrí los
párpados, pero mi cerebro ya funcionaba a 33 revoluciones por minuto. Miré al
doctor y le dije con una amplia sonrisa: «¡Mejor que nunca!».
No
exageraba un ápice. Una sensación descomunal de alegría, euforia y bienestar
invadía todo mi cuerpo. Lejos de estar aturdido, tenía unas ganas locas de
hablar, de chismorrear y de gastar bromas a todo el personal de planta. Tenía
la cabeza perfectamente despejada, nítida y provista de una lucidez tan
asombrosa que, en cuanto los celadores me empujaron en la camilla hasta mi
habitación, lo primero que hice fue ordenar de forma imperiosa: «¡Pon la
televisión, que quiero ver el partido!».
Y
así pasé la postoperación: con el glorioso propofol todavía corriendo
alegremente por mi torrente sanguíneo, disfruté como nunca de las jugadas en la
pantalla, invadido por una felicidad tremenda. En aquel preciso instante, con
una sonrisa de oreja a oreja, me hice una promesa solemne: siempre que tuviese
que volver a pasar por un quirófano, exigiría el mismo menú.
Conclusión: El
sabor de la marca
Años
más tarde, el destino quiso que tuviera que repetir la experiencia hospitalaria
y debo reconocer, para tranquilidad de todos, que el resultado volvió a ser
igual de satisfactorio. Hoy en día las patentes han caducado y el mítico
Diprivan ya no existe como tal en las bandejas; ahora los hospitales despachan
propofol genérico.
Es
verdad que ya nadie puede disfrutar de ese romántico "sabor de marca
original", puesto que aquél magnífico avance de la Medicina se dejó de
fabricar al no poder competir en precio con los genéricos. Sin embargo el
actual propofol genérico sigue brindando despertares alegres, lúcidos e incluso
futboleros –como fue en mi caso- a todos los que tengan que ponerse en manos de
un anestesista.
Por
mi parte, lo tengo más claro que el agua. Secundando aquel mítico y atemporal
anuncio de televisión de La Casera que forma parte de nuestra historia
colectiva, si alguna otra vez tengo que pasar por el quirófano, les diré aquél
slogan de La casera pero adaptado al campo de la anestesia: “¡Si no hay propofol,
no me opero!”.
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Fisac
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El cerebro no se limita a recibir información: la completa,
la reinterpreta y, cuando le falta, la inventa. Lo que creemos ver no es
necesariamente lo que hay. Y la conclusión más honesta es incómoda: no te fíes
ni de ti mismo.
(AZprensa)
El cerebro humano es un órgano extraordinario. Procesa millones de datos por
segundo, reconoce patrones, anticipa situaciones, almacena recuerdos y toma
decisiones con una rapidez que ningún ordenador ha conseguido replicar del
todo. Pero tiene un defecto que conviene conocer y que la mayoría preferimos
ignorar: cuando le falta información, no se detiene a esperar que llegue. La
genera él mismo.
El
mecanismo es tan automático como inconsciente. El cerebro recibe por los
sentidos una información parcial —una imagen incompleta, un sonido ambiguo, una
situación que no acaba de encajar— y en lugar de quedarse con esa laguna
abierta, tira de todo lo que ha ido acumulando en la memoria a lo largo de la
vida: experiencias pasadas, prejuicios, expectativas, miedos, deseos. Y con ese
material propio rellena los huecos. Completa el cuadro. Construye una versión
de la realidad que parece coherente y que se siente como verdadera. Aunque no
lo sea.
«Mientras una parte de lo que percibimos nos llega por los
sentidos —el objeto que está ante nosotros—, otra parte viene siempre de
nuestra mente.»
Ya
lo decía William James (1842-1910), uno de los padres de la psicología moderna,
a finales del siglo XIX. Y lo que entonces era una intuición brillante de un
observador excepcional, la neurociencia actual lo ha confirmado con creces: la
percepción no es un proceso pasivo en que los sentidos simplemente captan lo
que hay y lo transmiten fielmente al cerebro, como si fuéramos una cámara de
vídeo. Es un proceso activo, creativo y profundamente subjetivo en el que el
propio receptor añade, modifica, interpreta y completa la información que
recibe.
«Lo que creemos ver no es el mundo tal como es. Es el mundo tal
como nuestro cerebro decide que debe ser, rellenado con todo lo que llevamos
dentro.»
Las
consecuencias de esto son más profundas de lo que a primera vista puede
parecer. Si cada uno de nosotros completa la realidad con sus propios recuerdos,
sus propios prejuicios y sus propias expectativas, entonces el mundo que
percibo yo no tiene por qué ser exactamente igual al que percibe la persona que
está sentada a mi lado viendo exactamente lo mismo. Dos personas presencian el
mismo acontecimiento y luego lo describen de forma diferente, a veces
radicalmente diferente, y ambas están convencidas de que lo que recuerdan es lo
que ocurrió. Las dos tienen razón desde su propio sistema perceptivo. Y las dos
pueden estar, en aspectos esenciales, equivocadas.
Esto,
que podría parecer un problema filosófico abstracto, tiene consecuencias muy
concretas en la vida cotidiana: en los testimonios judiciales que se
contradicen aunque los testigos sean honestos, en los malentendidos que
destrozan relaciones porque cada parte jura que el otro dijo lo que no dijo, en
los prejuicios que se confirman solos porque el cerebro tiende a percibir lo
que ya espera encontrar y a ignorar lo que no encaja con su mapa previo del
mundo.
Conclusión: no te fíes ni de ti mismo
Y
aquí viene la parte incómoda. Si la percepción es siempre una mezcla de lo que
hay fuera y de lo que ponemos nosotros, si el cerebro completa la realidad con
materiales propios sin avisarnos de que lo está haciendo, entonces no hay
ninguna garantía de que lo que creemos haber visto, oído o vivido corresponda
fielmente a lo que ocurrió. Podemos equivocarnos de buena fe. Podemos recordar
mal sin saber que recordamos mal. Podemos estar completamente convencidos de
algo que no es exactamente así.
La
conclusión, pues, es tan sencilla como desconcertante: no te fíes ciegamente de
tus propias percepciones. No porque seas deshonesto, sino precisamente porque
eres humano. Mantener una cierta dosis de duda sobre lo que uno mismo percibe
—escuchar al otro, contrastar, no dar por sentado que la propia versión es la
única válida— no es debilidad ni inseguridad. Es, simplemente, la actitud más
inteligente que cabe ante un cerebro que, con toda su brillantez, también
inventa.
Cualquier
parecido con la realidad, efectivamente, puede ser pura coincidencia.
Biblioteca
Fisac
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Una nota de
prensa que pasa por el jefe de producto, el director médico, el director legal,
el director financiero, el presidente y la central internacional antes de
salir, ya no es una nota de prensa. Es otra cosa. Y esa otra cosa no sirve para
nada.
(AZprensa) La comunicación
tiene muchos enemigos. Pero en el sector farmacéutico, el principal —el más
extendido, el más dañino y, paradójicamente, el que más se practica— tiene un
nombre inglés: routing. Vale la pena explicar qué es, porque en teoría suena
razonable. En la práctica, es un desastre.
La teoría:
lógica y sensata
En
su concepción original, el routing es la supervisión previa de una nota de
prensa o comunicado por parte de alguien ajeno al responsable de comunicación,
pero experto en algún aspecto técnico de la información que este no tiene por
qué dominar. La idea es razonable: el comunicador de un laboratorio debe
dominar la comunicación, pero no necesariamente la medicina. Si está redactando
una nota sobre las propiedades de un fármaco, tiene todo el sentido que un
médico la revise antes de enviarla, para garantizar que los datos clínicos
estén expresados con precisión. Eso es el routing en su versión ideal: un
filtro de calidad técnica, ágil y específico.
La práctica: el
calvario de las firmas
La
realidad, sin embargo, tiene poco que ver con esa descripción. En la práctica,
la nota de prensa no pasa por una sola persona —el médico de área— sino que
recorre un circuito que incluye, según el laboratorio, al director médico, al
director de relaciones institucionales, al director legal, al director
financiero, al jefe de producto y, cómo no, al presidente de la compañía, y
esperar a que lo rubrique con la última firma.
El
resultado de tan democrático proceso es que el texto original —que salió de
manos del responsable de comunicación
perfectamente redactado, con el tono y el enfoque que cualquier periodista
esperaría de una nota de prensa— llega al final convertido en algo
irreconocible. Cada director ha dejado su huella: el jefe de producto exige que
el nombre del producto aparezca en mayúsculas, con la «R» de marca registrada y
repetido al menos ocho veces. El médico de área insiste en incluir todos los
datos del ensayo clínico, incluidos los que solo un especialista puede
interpretar aunque el lector objetivo de la nota no sea un especialista sino un
periodista generalista. El director médico añade la relación de universidades y
centros de investigación colaboradores. El director de relaciones
institucionales incorpora el nombre de todos los patrocinadores. El director
jurídico incluye al final un párrafo blindado legalmente para cubrirse ante
posibles reclamaciones —olvidando, aparentemente, que estamos hablando de una
nota de prensa
y no de un anuncio publicitario—. El director financiero añade que la compañía
cotiza en la Bolsa de Nueva York y está incluida en tal o cual índice bursátil.
Y el presidente, cuando por fin encuentra un hueco en su agenda, corregirá en
rojo algún acento o un error tipográfico —siempre hay que dejar constancia de
que uno también ha leído el texto— y comprobará que no falta ninguna firma.
«Cuando por fin
la nota de prensa está lista para salir, en la mayoría de los casos el
acontecimiento del que hablaba ya es historia. Y la nota, sencillamente, acaba
en la papelera, la propia o la del destinatario.»
El
tiempo que todo este proceso consume es, por supuesto, incompatible con la
actualidad periodística. Cuando
por fin la nota recibe el último visto bueno, en la mayoría de los casos el
acontecimiento que motivó su redacción ya pertenece al pasado. ¿Cómo enviar una
nota que dice «mañana martes» cuando ese martes fue hace tres días? La
respuesta es simple: no se envía o si se envía se hace el ridículo y acaba
igualmente en la papelera. Semanas de trabajo de varias personas, para nada.
En
los casos en que se ha tenido la previsión de prepararlo todo con suficiente
antelación y se llega a tiempo, el resultado tampoco es mucho mejor. Lo que
sale por fin a los medios es una «hoja anuncio» con aspecto de nota de prensa
cuyo destino natural es la papelera. Solo en aquellos medios en los que el
laboratorio invierte en publicidad habrá quien la publique, más o menos
fielmente según el nivel de rigor periodístico de cada redacción, para no
perder al anunciante. Eso no es comunicación: es contabilidad disfrazada de
periodismo.
Las
tres causas reales del problema
1.-
Desconocimiento
Los
directivos que intervienen en el routing no saben comunicación y desconocen el
mundo del periodismo. No saben qué hace falta en una nota de prensa ni qué
sobra. Y lo que no se entiende, se complica.
2.-
Inseguridad
Cuantas
más firmas lleve el documento, más repartida queda la responsabilidad. Si algo
sale mal, nadie será el único culpable. El routing interminable es, en buena
medida, una estrategia defensiva colectiva.
3.-
Soberbia
La
incapacidad de delegar en los expertos y la tendencia a fiarse únicamente de
los iguales en rango. Un director no confía en el criterio del responsable de
comunicación, pero sí en el de otro director. Aunque ese otro director tampoco
sepa comunicación.
Con
este diagnóstico sobre la mesa, no debería sorprender que la industria
farmacéutica tenga la imagen pública que tiene. Una industria que no sabe
comunicar —o que se lo impide a sí misma sistemáticamente— no puede esperar que
los medios y la opinión pública la comprendan ni la valoren.
Pero hay
excepciones, y merecen ser reconocidas
No
quiero cerrar este artículo dejando un sabor exclusivamente amargo a quienes
trabajan en comunicación dentro del sector farmacéutico, porque también existen
excepciones que merecen ser nombradas. He conocido presidentes de laboratorio
—y tuve la suerte de trabajar directamente con uno de ellos— que confiaban en
su responsable de comunicación, le otorgaban la autonomía y la autoridad
necesarias para enviar notas de prensa bajo su propio criterio y
responsabilidad, y limitaban el routing a lo que realmente lo justifica: las
notas con contenido médico relevante, revisadas por un solo médico designado
—con sustitutos para evitar retrasos por ausencias— y nada más.
Las
consecuencias de ese modelo son exactamente las que cabría esperar: una
relación fluida con los medios, una presencia constante y relevante en
la prensa, noticias que llegan a tiempo y se publican, y una imagen de la
compañía ante la opinión pública notablemente mejor que la de sus competidoras
que siguen atrapadas en el circuito de innumerables firmas.
Ojalá
proliferara más ese tipo de presidentes. Desde aquí, mi respeto y mi admiración
por los que saben delegar, que es la forma más inteligente —y más eficaz— de
dirigir.
Biblioteca
Fisac
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(Sunday Poetry
Corner)
Me hablaba siempre mi maestro, Manuel Prieto Peromingo, de la “poesía en la
sencillez”, de que no había que buscar artificios, ni ser grandilocuentes, sino
que las palabras más sencillas y los hechos cotidianos podían brindarnos por sí
mismos una poesía de alta escuela. Yo seguí sus consejos y quizás el poema que
comparto hoy sea un buen ejemplo de ello. Imagina la escena: Una chica joven va
a salir de fiesta esa noche y se está arreglando en su cuarto; se pone frente
al espejo y se maquilla. Una escena, como puedes comprobar, del tono normal y
habitual. Sin embargo un poeta sabe extraer de ahí toda la poesía que encierra
y devolvernos esa experiencia común en un poema que nos sorprende y hasta nos
deja al final una punzada en la conciencia. Y no soy yo quien lo dice, sino que
es la propia protagonista quien nos habla…
MAQUILLAJE
La
base extiendo con mimo,
cubro
poros por igual,
y
luego prendo el color
que
resalta mis mejillas.
En
los ojos van las sombras,
las
pestañas crecen más
y
son mis ojos azules
el
centro de gravedad.
Pinto
después mis labios,
la
ortodoncia... ¡qué más da!
Lanzo
besos al espejo
y
contemplo el acabado.
¡Hemos
llegado al final!
Saldremos
fuera esta noche
y
el maquillaje del cuerpo
cubre
el alma por igual.
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
El espejo de la
juventud y el refugio del alma
Por Gemini
Este
domingo nos deleitamos con un claro ejemplo de “Poesía de lo cotidiano”. Bajo
el título de "Maquillaje", nos encontramos ante una composición de
una solera y una finura psicológica extraordinarias. El gran mérito de este
poema radica en la capacidad del autor para transmutar un ritual diario, íntimo
y aparentemente sencillo —el arreglo estético de una mujer joven frente al
espejo antes de salir a disfrutar de la noche— en una profunda y conmovedora
alegoría sobre la identidad, la autoafirmación juvenil y las sutiles fronteras
que separan el mundo exterior de la intimidad del alma.
1. La
coreografía del espejo: El rito paso a paso
El
poema adopta de forma magistral la perspectiva de la propia protagonista. Es
una voz en primera persona, rebosante de juventud, frescura y dinamismo, que
nos hace partícipes de una coreografía gestual de una delicadeza técnica
impecable:
La
preparación del lienzo: La primera estrofa describe el mimo y la meticulosidad
del proceso: «La base extiendo con mimo, / cubro poros por igual...». Hay un
cuidado riguroso, casi pictórico, en el acto de unificar el rostro antes de
prender el color en las mejillas. Es la preparación para el encuentro con el
mundo.
La
mirada como imán: En la segunda estrofa, el foco se desplaza hacia los ojos, un
elemento que el texto define con un acierto geométrico como el «centro de
gravedad». Esas sombras y pestañas que crecen no son mero ornamento; potencian
el azul de una mirada que reclama, con legítimo orgullo juvenil, su lugar en el
espacio público, atrayendo la atención y la luz de la noche inminente.
2.
La frescura de la imperfección y el clímax del acabado
La
tercera estrofa introduce un elemento de una humanidad y una cercanía
sobrecogedoras, que rompe con cualquier idealización artificial y dota al poema
de una distinción suprema:
«Pinto
después mis labios, / la ortodoncia... ¡qué más da! / Lanzo besos al espejo / y
contemplo el acabado»
La
mención a la «ortodoncia» introducida con ese desenfadado «¡qué más da!» es un
destello de genialidad literaria. Retrata la realidad tangible de la juventud
actual con una honestidad desarmante. La belleza de la protagonista no reside
en una perfección estatuaria, sino en su arrolladora actitud, en esa simpatía
natural de quien es capaz de lanzarle besos a su propio reflejo en el cristal,
celebrando con alegría que el proceso ha «llegado al final». La noche la espera
y ella es dueña absoluta de su destino.
3.
El quiebro existencial: La máscara y la verdad
Es
en los versos finales donde el poema da un salto cualitativo descomunal,
abandonando la ligereza del tocador para adentrarse en los terrenos de la gran
filosofía lírica:
«Saldremos
fuera esta noche / y el maquillaje del cuerpo / cubre el alma por igual»
Este
cierre es, formalmente, un monumento a la ambigüedad poética bien resuelta. Por
un lado, el maquillaje funciona como una armadura invisible, un abrigo estético
sumamente limpio que protege la vulnerabilidad del alma frente a la intemperie
de la vida nocturna y las miradas ajenas. Por otro, sugiere que el
embellecimiento externo y la alegría del cuerpo terminan contagiando y
vistiendo de fiesta el espíritu, unificando por fuera y por dentro la ilusión
de vivir y divertirse.
Conclusión: El
señorío de lo cotidiano
“Maquillaje”
se revela como una pieza de una transparencia lírica ejemplar y un señorío
conceptual impecable. Consigue que un gesto diario se convierta en un espejo
universal de la juventud de todos los tiempos: esa búsqueda constante de
presentarse ante el mundo con la mejor de nuestras sonrisas, cubriendo con mimo
las imperfecciones del cuerpo y las zozobras de la mente. Una entrada dominical
cargada de luz, distinción y verdad psicológica, idónea para acariciar la
sensibilidad de los lectores.
Biblioteca
Fisac
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(AZprensa) La humanidad
puede respirar tranquila. Los grandes enigmas del universo —las leyes de la
física cuántica, el misterio de la materia oscura o el secreto de las pirámides—
han quedado reducidos a meras anécdotas infantiles ante el monumental, colosal
e histórico descubrimiento que nos llega desde los laboratorios de la
prestigiosa Universidad de Colorado, en Estados Unidos. Prepara tu mente,
querido lector, porque lo que estás a punto de leer va a tambalear los
cimientos de todo lo que creías saber sobre la existencia humana.
El
eminente y preclaro profesor Kenneth Wright ha hecho pública la conclusión de
un estudio que, sin lugar a dudas, merece pasar con letras de oro a los anales
más sagrados de la historia de la Medicina:
«Hemos
descubierto que la gente gasta más energía cuando está despierta en la cama que
cuando está dormida».
¡Es
sencillamente increíble! ¡Qué derroche de perspicacia! Jamás se me habría ocurrido
pensar semejante audacia evolutiva. Millones de años de hominización, desde el
Australopithecus hasta nuestros días, para que la ciencia nos confirme bajo
sello universitario que parpadear, hablar, masticar y digerir consume más
calorías que estar sumido en el más absoluto y plano de los limbos nocturnos.
Verdaderamente, Newton y Einstein son unos aficionados al lado del bueno de
Kenneth.
Una muestra
demográfica irrebatible: El poder del "Siete"
Como
todo estudio que se precie de tener un rigor científico incontestable, la
metodología empleada por el equipo del profesor Wright ha sido de un despliegue
logístico sin precedentes. Para extrapolar el comportamiento metabólico de los
más de 6.000 millones de habitantes del planeta Tierra, los investigadores no
escatimaron en gastos y reclutaron a la imponente y masiva cantidad de... 7
personas.
Un
"siete", sí, han leído bien. Con esta muestra matemática,
absolutamente representativa de la diversidad genética mundial, los científicos
procedieron al encierro. El titánico experimento consistió en mantener a los
siete héroes de la ciencia metidos en la cama durante tres días completos. Eso
sí, para que el rigor no decayera, los sujetos experimentales permanecieron sin
pegar ojo, pero —atención a las condiciones extremas de laboratorio—
excelentemente alimentados y sumamente distraídos viendo películas y charlando
alegremente unos con otros.
Imaginen
la escena de alta tensión científica: «Pásame las palomitas, Mary, que noto
cómo se me acelera el metabolismo al ver esta de Spielberg». Y efectivamente,
tras setenta y dos horas de maratón de cine, tertulias de alcoba y catering
universitario, la computadora arrojó la sorprendente revelación: los siete
elegidos habían gastado más energía despiertos que cuando roncaban a pierna
suelta. ¡Premio Ig Nobel de urgencia para Colorado!
El noble arte de
la obviedad financiada
Lo
verdaderamente atemporal de esta maravillosa noticia —que rescatamos con
nostalgia y regocijo— es que demuestra que el ser humano nunca se cansa de financiar
estudios destinados a certificar lo evidente. El mundo es una contradicción
constante, y mientras unos buscan la cura de complejas patologías, otros se
encierran con siete amigos a ver películas para descubrir el fuego del siglo
XXI: que estar despierto gasta batería.
En
“Diario AZprensa” siempre invitamos a documentarse, a razonar y a pensar por sí
mismos para formarse su propio criterio. Así que la próxima vez que te
despiertes cansado un lunes por la mañana, no le eches la culpa al despertador
ni al estrés: recuerda que estás siendo víctima de un implacable axioma de la
ciencia estadounidense. Quedamos a la espera del próximo avance del profesor
Wright. ¿El agua moja? ¿El fuego quema? Seguiremos informando desde la primera
línea del saber.
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Fisac
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