lunes, 25 de mayo de 2026

Cítate a ti mismo

Hay quienes adornan sus escritos con frases de personajes ilustres para parecer más cultos. Hay otro camino, más honesto y más exigente: citar las propias palabras, que para algo uno sabe de lo que habla.
 
(AZprensa) Hay un gesto que se repite con llamativa frecuencia en discursos, artículos y presentaciones de todo tipo: el de abrir con una frase de Aristóteles, de Churchill, de Einstein o de cualquier otro nombre lo suficientemente ilustre como para que el público asiente con respeto antes de que el orador haya dicho nada propio. El mecanismo es transparente —aunque quien lo practica rara vez parece verlo— y funciona así: si cito a alguien muy inteligente, me estaré poniendo a su nivel y así me verá la gente. Es, en el fondo, una forma de pedirle prestada la autoridad a quien ya la tiene, en lugar de ganársela con lo que uno mismo tiene que decir.
 
No digo que citar a otros sea siempre malo —hay contextos en que una cita ajena es exactamente lo que hace falta y nada más—, pero sí digo que se abusa de ello, y que detrás de ese abuso hay con demasiada frecuencia una inseguridad que el autor prefiere disimular con nombres ajenos antes que enfrentarse a sus propias palabras. Porque si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y si sabe, tiene sus propias ideas sobre ello. E ideas propias generan, tarde o temprano, frases propias. Que son, al fin y al cabo, las únicas de las que puede responder con total honestidad quien las pronuncia.
 
Por eso abogo por un recurso que, bien mirado, es más exigente pero también más legítimo: citarse a uno mismo. Buscar entre lo que uno ha dicho o escrito aquella frase que mejor ilustra el punto que quiere desarrollar. Es un ejercicio que obliga a conocer el propio pensamiento, a haberlo destilado en algún momento hasta dejarlo en una sola oración. Y cuando eso se ha hecho, la cita no es un adorno: es la columna sobre la que se sostiene el argumento.
 
Sirva como ejemplo esta frase mía, que viene al caso:
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
Vicente Fisac
 
El lector, ese gran olvidado
 
Esta frase merece un comentario adicional, porque el problema que describe no solo no ha desaparecido sino que sigue siendo uno de los males más extendidos del periodismo y de la comunicación en general. Abundan las intromisiones: las del editor, que impone sus directrices ideológicas o comerciales; las del anunciante, cuya sensibilidad nadie quiere herir; y las del propio autor, que a veces escribe para sí mismo —para lucirse, para ajustar cuentas, para demostrar algo— olvidando que hay alguien al otro lado de la pantalla o del papel que no tiene ninguna obligación de seguirle en ese viaje interior.
 
Escribir para el lector es, en teoría, lo más obvio del mundo. En la práctica, es una de las cosas más difíciles que existen. Porque implica renunciar al propio ego, poner entre paréntesis lo que a uno le apetece decir y preguntarse en cambio qué necesita saber el otro, qué puede entender, cómo puede formarse su propio juicio sin que el texto le lleve de la mano hasta la conclusión que el autor ya tenía preparada de antemano. Si lo que quieres es expresarte a ti mismo, para eso existe el diario personal. Si lo que quieres es comunicarte con alguien, tienes que pensar en ese alguien. Es tan sencillo y tan difícil como ponerse en el lugar del otro.
 
Y esto, que es válido para el periodismo, lo es también para cualquier conversación, cualquier reunión, cualquier relación. El que habla pensando solo en lo que quiere decir raramente conecta con quien escucha. El que habla pensando en quien le escucha, casi siempre lo consigue. La diferencia está ahí, en ese pequeño desplazamiento del centro de gravedad: de uno mismo hacia el otro.
 
Sencillo de entender. Difícil de practicar. Pero esa es precisamente la diferencia entre saber algo y hacerlo.
 

Biblioteca Fisac
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domingo, 24 de mayo de 2026

Las mentiras de ZP

(AZprensa)
Hoy estaba revisando algunas cosas que había publicado hace años en mis blogs y me he encontrado con esta que quiero volver a compartir. 

La escribí el 18 de diciembre de 2010 y ¡fíjate lo que son las cosas! al leerla ahora, 16 años después, me ha parecido de tremenda actualidad. Esto es lo que escribí aquél día:
 
“He visto un libro que se titulaba ‘Las mentiras de ZP’ pero no lo he comprado porque me parecía muy incompleto. ¡Solo tenía un tomo!”.
 
PD.- El tiempo me ha dado la razón.

 



Voy por libre. Un autorretrato geográfico y emocional

(Sunday Poetry Corner)
¿Cómo se define un poeta? ¿Cómo se presenta a sí mismo? Pues evidentemente a través de un poema. Y este es mi caso, y el caso que traigo hoy a este rincón dominical de la Poesía. 

Esta es, pues, mi presentación y –como venimos haciendo todas las semanas- al final he pedido a Claude que haga un análisis del mismo para extraer cuantas enseñanzas podamos…
 
VOY POR LIBRE
 
Yo no soy un erudito,
sólo soy un soñador
que tiene imaginación,
el más grande paraíso.
 
Soy tan vago que trabajo
en inventar cuanto puedo,
escribo en prensa, hago versos,
y si me dejan, me escapo.
 
Vivo lejos de este mundo,
la vida está en mi cerebro,
fuera de él soy prisionero
y a esas cadenas renuncio.
 
La libertad son mis sueños,
voy por libre en la movida
y aunque os suene a osadía
hago siempre lo que quiero.
 
Me gusta que sean felices
aquellos que me rodean,
que la armonía florezca
y entre todos se deslice.
 
Pasaré por esta vida
sin haber causado daño,
los versos serán el canto
de una eterna despedida
 
para encontrarnos de nuevo
en el mundo que allí aguarda,
pues la temible guadaña
es la llave que abre el cielo.
 
Soy así, un caso aislado
que ha crecido a su albedrío,
una tabla, más que un río,
de Daimiel y enamorado.
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
«Voy por libre» es un poema de presentación, pero no del tipo que entrega un currículum: entrega un carácter. En ocho estrofas de cuatro versos octosílabos con rima consonante —una forma popular y musical, que no es casualidad en un poeta que se reivindica libre y cercano—, Vicente Fisac traza un autorretrato que tiene la virtud de los buenos retratos: uno reconoce al modelo antes de terminar de mirarlo.
 
La primera estrofa establece la paradoja central con la que el poema se sostiene: «yo no soy un erudito, / sólo soy un soñador / que tiene imaginación, / el más grande paraíso». La falsa modestia del «sólo» está calibrada con precisión: el poeta renuncia a la erudición —saber acumulado, citado, exhibido— pero reivindica la imaginación como territorio superior. No es el paraíso de los sabios: es el paraíso de quienes inventan. La jerarquía está implícita y, bien mirada, es bastante atrevida.
 
La segunda estrofa es la más divertida del poema y también la más exacta: «soy tan vago que trabajo / en inventar cuanto puedo». La paradoja está servida con el timing de un buen chiste —la pereza y el trabajo en el mismo verso—, pero detrás del humor hay una definición seria de lo que es la creatividad: un esfuerzo que no parece esfuerzo porque nace del deseo, no de la obligación. «Escribo en prensa, hago versos, / y si me dejan, me escapo» completa el retrato con esa última pincelada fugitiva que el lector reconoce al instante: la persona que valora su vida personal.
 
Las estrofas tercera y cuarta son el núcleo filosófico del poema. «Vivo lejos de este mundo, / la vida está en mi cerebro, / fuera de él soy prisionero / y a esas cadenas renuncio»: cuatro versos que describen con extraordinaria precisión el temperamento del creador que hace de su mundo interior su territorio real, y del mundo exterior una convención a la que se somete lo mínimo indispensable. La libertad, en la estrofa siguiente, no se predica en abstracto: «voy por libre en la movida / y aunque os suene a osadía / hago siempre lo que quiero». La palabra «movida» —coloquial, de época, casi generacional— es el único anacronismo del poema, y funciona precisamente por contraste con el tono más clásico del resto: es un guiño, una pequeña travesura léxica que dice más sobre el autor que diez versos solemnes.
 
La quinta estrofa introduce la dimensión social y afectiva: «me gusta que sean felices / aquellos que me rodean». Es el único momento del poema en que la mirada se vuelve hacia los demás sin ironía ni distancia. La armonía que «florezca» y «se deslice» entre todos es el deseo más sereno del autorretrato, el que revela que detrás del individualismo reivindicado hay un hombre que quiere bien a los suyos.
 
Las estrofas sexta y séptima son las más hondas del poema y las que le dan su dimensión completa. «Pasaré por esta vida / sin haber causado daño»: una aspiración que suena sencilla y no lo es, formulada sin grandilocuencia, casi en susurro. Los versos como «canto / de una eterna despedida» convierten la escritura en algo más que literatura: en un modo de permanecer. Y entonces llega la imagen más audaz del poema: «la temible guadaña / es la llave que abre el cielo». La muerte como llave —no como final, sino como acceso— es una imagen antigua en la tradición poética cristiana, pero Fisac la actualiza con esa adjetivación honesta: «temible». No niega el miedo. Solo nos recuerda qué es lo que hay al otro lado.
 
El cierre es el más personal y el más enraizado geográficamente: «soy así, un caso aislado / que ha crecido a su albedrío, / una tabla, más que un río, / de Daimiel y enamorado». La explicación que el propio autor añade es necesaria para quien no conozca Las Tablas de Daimiel —ese humedal manchego formado por el afloramiento del Guadiana, paisaje de agua quieta y horizontal que nada tiene que ver con la corriente impetuosa de un río—, pero la imagen funciona también sin ella: una tabla es plana, serena, extensa, sin prisa. Es un autorretrato geográfico y temperamental a la vez. Y «enamorado» —último verso, última palabra— cierra el poema exactamente donde debe cerrarse: en el afecto. No en la muerte, no en la libertad, no en la osadía. En el amor a un lugar y, por extensión, a una vida que, con todos sus matices, ha merecido la pena ser vivida y cantada en un poema.
 

Biblioteca Fisac
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sábado, 23 de mayo de 2026

El enigma del Cronovisor: si es mentira, ¿por qué lo ocultan?

(AZprensa)
La historia oficial de la ciencia está escrita en los libros, pero la historia de los inventos malditos suele dormir en los archivos secretos. En la década de los años 50, según las crónicas de la época, un equipo de doce físicos del Vaticano, liderados por el padre benedictino Alfredo Pellegrino Ernetti, inventó una máquina capaz de sintonizar y fotografiar el pasado: el Cronovisor.
 
Basándose en el principio de que las ondas sonoras y visuales no se destruyen, sino que se transforman y quedan flotando en el espacio, Ernetti aseguró —y mantuvo firmemente hasta el día de su muerte— haber capturado imágenes tan trascendentales como las Tablas de la Ley de Moisés, la destrucción de Sodoma y Gomorra, los discursos de Napoleón e, incluso, el rostro de Jesús agonizando en la cruz.
 
El veredicto de Pío XII
 
Cuando el eco de este asombroso descubrimiento comenzó a trascender a la opinión pública, el padre Ernetti fue llamado a filas. Mantuvo una reunión a puerta cerrada con el papa Pío XII. El Pontífice, lejos de reírse, quedó profundamente impresionado, pero vislumbró de inmediato el abismo al que se asomaba la humanidad si aquello se hacía público.
 
Las razones papales para el secreto fueron pragmáticas y devastadoras: «Se podrá saber por medio de la máquina lo que el vecino y el adversario piensan, y las consecuencias serían dos: o la autodestrucción de la humanidad, o una cosa más difícil: el nacimiento de una nueva moral. Por eso estos aparatos no pueden quedar en manos de todo el mundo sino bajo el control de la autoridad. Puede cortar la conciencia de libertad del hombre, ya que con este aparato se podrá conocer qué has estado haciendo esta mañana, dónde, cuándo, cómo...». 
 
La consecuencia fue fulminante. Al jesuita no solo se le obligó a guardar un estricto voto de silencio, sino que la Santa Sede le expropió la máquina, las supuestas fotografías, los planos de ingeniería y absolutamente toda la documentación. El proyecto fue desmantelado y sepultado en la oscuridad.
 
Un científico de prestigio
 
A simple vista, un artefacto capaz de viajar en el tiempo a través de las frecuencias electromagnéticas parece una fantasía imposible, un delirio de ciencia ficción. Sin embargo, hay elementos en esta ecuación que no encajan con la teoría de un simple fraude. El inventor no era un charlatán de feria; el padre Ernetti era un prestigioso científico y musicólogo que trabajaba en el laboratorio de física de la Universidad de Milán.
 
Jamás se retractó. Mantuvo su promesa de silencio hasta el final de sus días, pero nunca negó la realidad de su descubrimiento. Además, la reacción de la Iglesia no fue la habitual ante un hereje o un demente: nunca fue apartado del sacerdocio, ni sancionado, sino que siguió ejerciendo sus labores con la total confianza y el amparo de la Santa Sede.
 
La paradoja del silencio
 
Yo, personalmente, no creo en la existencia de una máquina del tiempo. La física elemental nos dice que es un imposible. Sin embargo, lo más increíble de esta historia, el detalle en el que la mayoría de la gente no repara, nos traslada de la física a la pura lógica periodística. Y es aquí donde surgen las preguntas que incomodan al sentido común:
 
Si dicho invento es imposible que exista o que —de existir— funcione, ¿por qué obligar a su inventor a guardar silencio y por qué expropiarle todo el material? Es cierto que un invento así sería extremadamente peligroso en manos inadecuadas, pero si estamos de acuerdo en que es un invento imposible, ¿por qué le obligan a callar?
 
¿Por qué se siguen negando desde el Vaticano a hablar del tema y guardan un absoluto silencio? ¿Por qué tanto empeño en ocultar una tontería de tal calibre? ¿No sería más fácil enseñar la máquina y los planos para que todo el mundo viese que era un fiasco, algo que no funcionaba? 
 
En el mundo de la comunicación bien sabemos que el tamaño de un secreto suele ser proporcional al tamaño de la verdad que esconde. Si el Cronovisor no fue más que un burdo cuento de campamento, el Vaticano ha desplegado el arsenal de censura más sofisticado de su historia para ocultar, simplemente, la nada.
 
Así las cosas, serás mejor que seas tú mismo quien saques tus propias conclusiones.
 

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viernes, 22 de mayo de 2026

La culpa es de las corbatas: un nudo en la garganta del consumo

(AZprensa)
Hace apenas unas décadas, los objetos tenían vocación de eternidad. Un reloj no era un accesorio, era un legado que pasaba de padres a hijos. Los muebles eran fortalezas de madera dispuestas a sobrevivir a varias generaciones. La ropa se readaptaba, se remendaba y se heredaba; las camisas no se tiraban por un puño desgastado, se les cambiaba el cuello y seguían prestando servicio. Eran tiempos que albergaban la esperanza de que lo logrado hoy permaneciera mañana.
 
Pero algo cambió. Y tengo la teoría —seguramente falsa, pero ilustrativa— de que la culpa de todo la tuvieron las corbatas.
 
El virus de la promiscuidad textil
 
En aquellos tiempos de sobriedad, donde un hombre se apañaba con un solo traje de domingo y un par de camisas, apareció una prenda que se volvió "promiscua": la corbata. Era el único lujo accesible que permitía la variedad. Poco a poco, conforme la economía crecía, los armarios empezaron a poblarse corbatas con todo tipo de colores y diseños.
 
La corbata es un prodigio de la comunicación no verbal. Permite que, aun llevando el mismo traje gris y la misma camisa blanca toda la semana, parezca que has renovado por completo tu vestuario. Refleja la personalidad, el estado de ánimo y hasta las preferencias políticas. Alguien debería escribir, algún día, un "Tratado de la comunicación de las corbatas".
 
De la moda al desecho
 
Sin embargo, esa versatilidad abrió la veda de lo efímero. La corbata fue el "caballo de Troya" de la moda que se devora a sí misma para renacer cada mañana. Tras ella vinieron los coleccionistas de relojes, las camisas compradas a granel y los armarios que rebosan prendas que acabarán en un contenedor de ropa usada mucho antes de haber dado muestras de deterioro. Hemos pasado de la cultura de la reparación a la tiranía de lo desechable.
 
Lo dejo aquí para que los filósofos sigan tirando del hilo. Quizá, en nuestra carrera por estrenar y aparentar, no hemos percibido una ironía trágica: que el nudo de la corbata es, en realidad, la imagen de la soga con la que hemos terminado ahorcando nuestra propia humildad.
 

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