(AZprensa) El mundo digital ha
logrado muchas hazañas, pero también perpetrado grandes engaños semánticos. El
más flagrante de todos ha sido desvirtuar, de forma errónea y descarada, el
término "amigo".
Basta con asomarse a los perfiles de cualquier red social
para presenciar un fenómeno sociológico inaudito: la gente acumula cantidades
industriales de afectos virtuales. Es raro encontrar a alguien que declare
tener menos de cien o doscientos "amigos", y es ya una norma habitual
cruzarse con perfiles que exhiben con orgullo cifras que superan los mil o dos
mil. Pero seamos sinceros, ¿tiene eso algo que ver con la amistad?
La verdad según el
diccionario
Si acudimos a la Real Academia Española, descubrimos que
la palabra "amistad" define un «afecto personal, puro y
desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el
trato».
Sin embargo, en el ecosistema de las pantallas, ese
"trato" es siempre una ilusión a distancia. Es un escaparate
unidireccional e indiscriminado donde lanzamos los mismos mensajes y
fotografías a una masa informe de espectadores. Resulta biológica y
psicológicamente imposible forjar un vínculo sincero, conocer los miedos del
otro, sostener su mirada o descubrir sus silencios cuando el marcador de
contactos alcanza esas cifras estratosféricas. ¿No sería mucho más honesto y
saludable cambiar la etiqueta de "amigos" por la de
"conocidos", "seguidores" o, simplemente,
"público"?
El absurdo de la
multitud
Para entender la banalidad de esta farsa, solo hace falta
trasladar las reglas del juego digital al mundo de carne y hueso.
Todos podemos imaginar a cualquiera saliendo un sábado por
la tarde a dar un paseo de confidencias con un buen amigo. Incluso podemos
concebir una animada cena con diez o veinte personas queridas. Pero, hagamos la
prueba de fuego de la lógica: ¿se ha visto alguna vez a alguien salir a pasear
por el parque de la mano de mil quinientos amigos?
La respuesta es obvia. Entre el ruido de los "me
gusta" y la urgencia de las notificaciones, hemos olvidado que la
verdadera amistad es artesanal, selectiva y analógica. Ocupa tiempo, requiere
presencia física y se cultiva mirándose a los ojos, no deslizando el dedo sobre
un cristal frío. Quizás va siendo hora de apagar un rato el teléfono, vaciar la
agenda de extraños y recuperar el valor de los pocos que sí cabrían con nosotros
en una mesa de café.
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(AZprensa) La industria
farmacéutica ya no es lo que era. Hubo un tiempo en que sus laboratorios
estaban repletos de excelentes profesionales, respetados y muy bien
remunerados. Era un sector ciertamente endogámico: existían los fichajes, por
supuesto, pero siempre se pescaba en los laboratorios de la competencia.
Gracias a este ecosistema, los trabajadores iban atesorando un conocimiento
profundo del sector y una experiencia específica de un valor incalculable.
En torno al año 2005, los laboratorios vivieron su
auténtica época dorada. Sin embargo, poco después llegó la crisis económica y,
años más tarde, para rematar el paisaje, la pandemia. Aquellos crecimientos
anuales históricos de dos dígitos pasaron a ser cosa del pasado, y fue entonces
cuando la industria cambió radicalmente de rumbo.
Los nuevos CEOs y altos directivos ya no eran hombres y
mujeres forjados en el conocimiento de la ciencia y el mercado farmacéutico,
sino supuestos expertos en másteres inflados y rimbombantes presentaciones de
PowerPoint. Líderes sin alma y sin escrúpulos. Si antes, como a muchos
directivos se les llenaba la boca al señalar, «el mejor activo de una empresa
son sus empleados», a partir de ese momento los trabajadores pasaron a ser
simples números. Y los mandos intermedios y los propios directivos de la vieja
escuela, también.
La operación
"Renove" del low-cost
El timón de las compañías quedó en manos de estos nuevos y
ambiciosos "profesionales de la teoría", carentes de experiencia real
en el terreno. Para cuadrar los balances de la manera más perezosa, pusieron en
marcha una particular operación "Renove": despedir a los
profesionales excelentes y, por cada dos bajas, contratar a un recién
licenciado —con mucho título anglosajón y nula experiencia— para que hiciese el
trabajo de ambos por la mitad del salario de cualquiera de los despedidos.
Se pasó, de la noche a la mañana, de tener profesionales
curtidos a tener niñatos en despachos demasiado grandes. Y los niñatos, por no
tener, no tienen ni principios ni valores.
Me contaban hace poco, por poner solo un ejemplo gráfico,
el trato humillante que dispensan a los proveedores. Sabedores de los tiempos
difíciles que corren, ya ni siquiera se molestan en negociar o regatear los
presupuestos que se les presentan. Sin más miramientos, imponen un recorte del
30% bajo la burda premisa de «lo tomas o lo dejas». Y lo peor no es el fondo,
sino las formas: se lo espetan tras haberles tenido esperando más de una hora
en la recepción y, después de semejante plantón, son incapaces de articular la
más leve palabra de disculpa. Es la soberbia de la ignorancia.
Empresas sin alma
Como es lógico, estos jóvenes se sienten en el fondo
explotados por el propio sistema que los ha encumbrado a precio de saldo, y
terminan trasladando su frustración y su mala educación a todo lo que les
rodea.
El triste resultado es el panorama corporativo que hoy
abunda en nuestra sociedad: empresas desalmadas que exprimen a sus plantillas,
organizaciones que han olvidado el factor humano y que compran, usan y tiran a
las personas como si fueran simples fichas de un juego de mesa barato.
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(AZprensa) ¿Quieres saber, de
forma rápida y sin salir de casa, si estás en riesgo real de padecer diabetes o
un infarto de miocardio? Olvídate de análisis complejos por un momento; la
prueba que te propongo hoy es rudimentaria, infalible y analógica. Solo tienes
que seguir estos sencillos pasos:
1.- Coge un metro de
costura (de esos flexibles que se adaptan a las curvas de la vida).
2.- Rodéate la cintura con él.
3.- Pon música con
redobles de tambor de fondo para darle un mayor dramatismo a la escena (este
punto, por supuesto, es opcional, pero altamente recomendado para la tensión
narrativa).
4.- Mira fijamente la
cifra que marca la cinta.
5.- El veredicto de la
ciencia
Llegados a este punto, toca ponerse serios (pero solo un
poco). Según los datos de la Sociedad Española de Rehabilitación
Cardiorrespiratoria, el tamaño aquí sí importa, y mucho. Tener un perímetro de cintura superior a 88 centímetros
en las mujeres y a 102 centímetros en los hombres duplica automáticamente el
riesgo de desarrollar diabetes.
Por si fuera poco, la llamada obesidad abdominal —esa
entrañable "curva de la felicidad" que en realidad no hace tanta
gracia y que ya padece el 35% de los españoles— multiplica por dos las
papeletas para sufrir un infarto de miocardio. La grasa acumulada en esa zona
no es meramente estética; es metabólicamente activa y bastante traicionera.
El plan de
emergencia
Y llegados a este punto, si al mirar la cinta descubres
que has superado esas cifras de seguridad o, lo que es peor, si se te ha
quedado corto el metro de la abuela... ¡no entres en pánico!
Simplemente, guarda el metro en el cajón, átate bien las
zapatillas, sal corriendo a la calle como si no hubiera un mañana y ¡no pares
de trotar hasta que te hayas dejado toda la grasa por el camino! Tu corazón te
lo agradecerá.
PD.- Esta información tiene un
carácter meramente informativo. Para obtener asesoramiento o diagnóstico
médicos, consulta a un profesional.
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(Nota del autor: Artículo publicado
originalmente el 7 de diciembre de 2010. Evidentemente eran otros tiempos, otra
legislación y otra atmósfera... pero una sonrisa políticamente incorrecta
siempre viene bien).
(AZprensa) La comida en el
restaurante había sido magnífica, aunque, para ser sinceros, un poco
paquidérmica. Opté por un plato único pero rotundo: una auténtica fabada
asturiana con todos sus sacramentos que, a esas horas, ocupaba la práctica
totalidad de mi cavidad estomacal. Entre tanta legumbre no quedaba espacio
material para el postre, así que decidí rematar la jugada con un café. Sin
embargo, en lugar de pedirlo allí mismo, preferí salir a la calle para caminar
unos metros y ayudar a que la digestión iniciara su curso.
Así lo hice. Caminé unos minutos y entré finalmente en un
bar de los de toda la vida. Me acomodé en la barra y pedí un expreso. Justo
tras el primer sorbo, las simpáticas alubias me anunciaron que el proceso de
ebullición y fermentación gaseosa había comenzado. Ante la urgencia de los
acontecimientos, me giré educadamente hacia el señor que consumía a mi lado en
la barra y, con mi mejor tono de caballero, le dije:
—Disculpe, caballero... ¿le molestaría que me tirase un
pedo?
El vecino de barra me clavó una mirada de absoluto asco,
apretó los puños y me soltó en un tono rudo e inapelable que yo era un cochino
integral y que me fuera a la puta calle a ventilar mis intimidades.
Yo me quedé estupefacto. Al fin y al cabo, me había
dirigido a él con una exquisitez formal intachable y, además, no le estaba
planteando nada del otro mundo, sino un acto biológico que toda la humanidad
realiza a diario. ¿O es que acaso hay alguien en este bendito planeta que no se
tire pedos? Es más, seamos realistas: una flatulencia solo proporciona a los
que están alrededor unos instantes de aroma desagradable, pero el tufo
desaparece enseguida y, desde luego, no supone ningún riesgo para la salud
pública. Nadie muere por pasiva.
Si probáis a hacer esta misma pregunta a vuestros vecinos
de barra en cualquier local de España, os aseguro que las reacciones serán
idénticas o considerablemente peores. No encontraréis a una sola alma
caritativa que os responda comprensiva: «No, hombre, no faltaría más, proceda
usted con total libertad».
La doble moral del
aire
Y sin embargo... ¿por qué cuando un individuo se gira en
la barra de un bar y le dice al de al lado: «¿Le molesta que fume?», la inmensa
mayoría responde con una sonrisa sumisa: «No, no me molesta, adelante»?
Nos ha jodido. Claro que les molesta. Si responden que no
les importa es por culpa de una educación pusilánime y mal entendida. Porque
ese humo, a diferencia de mi flatulencia asturiana, no desaparece en un
segundo: es un veneno persistente y desagradable para el que no fuma, perjudica
seriamente la salud de los que están alrededor y contiene sustancias
cancerígenas que se quedan impregnadas durante días en la ropa, los muebles,
las cortinas y las paredes del local.
Los que todavía "piden permiso" para encender el
cigarrillo (que son una minoría, porque la mayoría fuma en presencia ajena por
real decreto y sin mirar a quién) defienden a capa y espada su derecho a
intoxicarse, mientras niegan sistemáticamente el derecho de los demás a
respirar aire limpio.
¡Basta ya de la dictadura del tabaco y de la sumisión de
los fumadores pasivos! El día que por fin se prohíba fumar en los espacios
cerrados de la hostelería, seremos legión los que volveremos a llenar los bares
y restaurantes de los que hoy huimos. Mientras llega ese bendito día, si
alguien se me acerca educadamente con el cigarro en la mano y me pregunta: «¿Le
importa si fumo?», yo le responderé, con la misma sonrisa y exquisita
educación: «¿Y a usted le importa si me tiro un pedo?».
Y os juro que se lo diré aunque ese día no haya probado la
fabada.
PD.- Como podéis comprobar este
artículo es un claro ejemplo del hartazgo de los no fumadores hasta que por fin
se promulgó la Ley antitabaco que ha conseguido que, por fin, nadie tenga que
respirar el humo de los demás si no le apetece. Porque no se trataba de
“prohibir que fumen” sino de “prohibir que no se obligue a respirar el humo del
tabaco a los que no desean hacerlo”.
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Desde el 1 de junio, el blog Palabras Inefables ha
abierto una nueva etapa dedicada al vinilo: su historia, su sonido, su ritual. Y
próximamente, disco a disco, la colección completa de su autor. Una invitación
para los que lo vivieron y para los que nunca lo conocieron.
(AZprensa)
Los que llevan tiempo siguiendo Palabras Inefables saben que
este blog ha sido siempre un espacio de vocación amplia: opinión, literatura,
reflexión, humor, actualidad, periodismo sin ataduras. Esa filosofía no cambia.
Pero desde el 1 de junio, el blog ha inaugurado una nueva etapa que va a
convivir con todo lo anterior: El maravilloso mundo del vinilo.
El
punto de partida es sencillo: una colección de discos construida a lo largo de
toda una vida, y la convicción de que esa colección merece algo más que ocupar
espacio en una estantería. Merece ser compartida, comentada, presentada con su
contexto, su historia y las canciones que la componen. Disco a disco, uno cada
día, durante los meses que haga falta.
Primero, los cimientos
Antes
de entrar en los discos concretos, el blog ha dedicado los primeros artículos a
preparar el terreno para quien no conoce —o no recuerda bien— de qué estamos
hablando cuando hablamos de vinilo. Ya están publicados textos sobre la
historia del disco de vinilo desde sus orígenes en el siglo XIX hasta su
inesperada resurrección en el XXI; sobre lo que significa escuchar música en vinilo
—esa liturgia de elegir el disco, tocarlo, limpiarlo, colocarlo en el plato y
sentarse a escuchar sin hacer otra cosa—; y sobre por qué esa forma de escuchar
música es, además, buena para la salud. No es broma: los médicos llevan años
recomendando apartar la vista de la pantalla cada veinte minutos, y un LP dura
exactamente eso por cara.
«Para los mayores, cada disco será un viaje al pasado. Para los
jóvenes, una ventana a un mundo musical que existió antes de que ellos llegaran
y que merece ser conocido.»
Lo que viene: la colección, disco a disco
Pero
la parte más ambiciosa está por llegar. Próximamente comenzará la publicación
diaria de fichas comentadas de cada disco de la colección: título, artista,
año, sello discográfico, canciones, contexto histórico y musical, curiosidades
y el comentario personal de quien los ha escuchado y guardado durante décadas.
Tres formatos, tres experiencias distintas:
LP.- Long Play · 33 rpm · hasta 23 min. por cara · el álbum como obra
completa
EP.- Extended Play · formato intermedio · 4 o 5 canciones · muy popular
en los años 60
Single.- 45 rpm · una canción por cara · el
formato del éxito inmediato y la jukebox
Una
aclaración para los lectores más jóvenes: si el LP es el formato que más se
conoce —el disco grande de toda la vida—, el EP y el single son quizás menos
familiares. El EP, o Extended Play, fue un formato muy popular especialmente en
los años sesenta: más pequeño que el LP pero con más canciones que un single,
era el formato ideal para grupos que no tenían aún material para un álbum
completo pero querían ofrecer algo más que dos canciones. Muchos de los discos
más buscados por los coleccionistas de hoy son precisamente EPs de aquella
época.
Para quién es este blog ahora
Para
los que vivieron aquella época —los que recuerdan perfectamente el olor de una
tienda de discos, el tacto del vinilo entre los dedos, la emoción de comprar el
último single de su artista favorito—, Palabras Inefables se
convierte en estos meses en un ejercicio de memoria viva. Cada disco traerá sus
canciones, pero también su época, su contexto y los recuerdos que
inevitablemente van pegados a la música que uno escuchó en los momentos
importantes de su vida.
Para
los jóvenes que no conocieron ese mundo —los que han crecido con el streaming y
nunca han bajado una aguja sobre un surco—, es una ventana a un pasado musical
extraordinariamente rico que existió antes de que ellos llegaran. Un pasado en
el que escuchar música era un acto consciente, deliberado y físico, no el botón
de play de una lista de reproducción infinita.
La
puerta está abierta. Entren, hojeen, escuchen. Y si tienen en casa algún
tocadiscos olvidado en un armario, quizás es el momento de sacarlo.
Entra y disfruta de «El maravilloso mundo del vinilo» en
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