(AZprensa) Hace años cayó en
mis manos un estudio científico realizado con personas de la tercera edad que
demostraba de forma empírica cómo su salud metabólica y emocional mejoraba
sustancialmente al escuchar música moderna. Mi mente, que tiene una alarmante
tendencia a salirse de los márgenes, no pudo evitar imaginar el panorama.
Puestos a elucubrar... ¿por qué no iba a ser real que un día de estos nos
desayunáramos con una crónica periodística como esta?
(Imaginarium Press) — Última hora
Animados por las conclusiones del célebre estudio clínico
de la Universidad de Rochester, las principales residencias de la tercera edad
de todo el país han desmantelado sus salas de estar tradicionales para
transformarlas en discotecas de vanguardia con luces de neón y megavatios de
potencia.
Atrás han quedado, por fortuna, esas rancias y deprimentes
imágenes de octogenarios jugando al dominó en silencio, embutidos en batas de
cuadros rústicos y zapatillas de fieltro. Ahora, el dress code de los centros
exige un compromiso estético radicalmente distinto. Mientras algunos internos
optan por el cuero clásico a lo Elvis o el engominado canalla de Tom Jones, los
octogenarios más atrevidos emulan los estilismos urbanos de Rosalía, las
camisas abiertas de Maluma o los tatuajes faciales del trap. ¿Y qué decir de
ellas? Las antiguas ancianitas de luto riguroso y moño tirante han dado paso a
marchosas réplicas de Shakira que no dudan en asegurar que «las abuelas ya no
lloran, las abuelas facturan», compartiendo pista con seguidoras acérrimas de
Lady Gaga vestidas con trajes de fantasía imposibles.
El negocio del siglo
y el sector del Tuning
Como era de esperar, los gerentes de estas instituciones
han visto cómo sus beneficios netos se multiplicaban de forma exponencial. La
razón económica es aplastante: los derechos de autor de un álbum de heavy metal
o una sesión de techno resultan infinitamente más baratos que un palé de
pastillas contra la artrosis, el dolor crónico o la depresión.
Semejante revolución terapéutica ha supuesto un durísimo e
inesperado golpe para la industria farmacéutica, que contempla impotente cómo
las pistas de baile sustituyen a los laboratorios. En contraposición, el sector
de la automoción médica vive una edad de oro sin precedentes. Los fabricantes
de sillas de ruedas comercializan ahora modelos deportivos con ejes reforzados
para soportar derrapes controlados, frenos de mano hidráulicos para hacer
cabriolas en mitad del chachachá y una amplísima gama de tuning: pinturas
personalizadas con llamas de fuego, parachoques de fibra de carbono, asientos
de cuero perforado, alerones aerodinámicos y retrovisores panorámicos con
detector de ángulo muerto.
Descontrol en el
Campus y próximos estudios
Para este verano ya se ha confirmado la organización de un
macrofestival de tres días de duración en el propio campus de la Universidad de
Rochester. Se prevé una asistencia masiva que superará el millón de ancianos
campistas, en un evento que servirá para rendir tributo a los veinticinco
pioneros de la tercera edad que se prestaron como cobayas para el estudio
clínico original.
A día de hoy, el principal dolor de cabeza de las
autoridades sanitarias es de carácter logístico: resulta materialmente
imposible encontrar a un solo jubilado que consienta en acostarse antes de las
cuatro de la madrugada, que acepte cambiar el gin-tonic por el vaso de leche
tibia o que pretenda malgastar sus mañanas sentado frente al televisor viendo
teleseries en lugar de ensayar coreografías de reguetón.
Mientras la sociedad se adapta a este nuevo paradigma, la
comunidad científica no descansa. Ya se han anunciado los primeros presupuestos
para evaluar los beneficios terapéuticos que los deportes de riesgo extremo,
como el puenting sin cuerda elástica o el descenso de barrancos en caída libre,
pueden llegar a reportar en pacientes con problemas de mudez o paraplejia. La
ciencia avanza que es una barbaridad.
Novelas con corazón
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(Sunday Poetry Corner) Fue hace ya muchos
años, siendo un adolescente, cuando compartí mis primeros versos con una amiga
con quien existía una conexión especial. El recuerdo de aquella tarde me asaltó
muchas veces a lo largo de los años y, en una de esas ocasiones, escribí las palabras
que hoy comparto con vosotros en este rincón dominical de la poesía.
Espero que la lectura de este texto poético sea como un
“kit kat”, un instante de respiro en vuestra ajetreada vida, que os haga
inspirar un momento de paz y de sosiego, de liberar vuestra sensibilidad para
captar ese mundo invisible de sensaciones que nos rodea y que el ruido y las
prisas del mundo cotidiano no nos deja percibir ni disfrutar.
¡QUÉ ATRÁS SE HA
QUEDADO EL TIEMPO!
Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
¿Recuerdas? No, tal vez ya no recuerdas nada. Los días
vacíos han ido borrando tus entrañas.
Aún veo aquel chalé en las afueras: el suelo verde
salpicado de baldosas blancas, los árboles pequeños, la piscina dormida... Era
la tarde, esa hora en la que el aire adormece y, al más leve movimiento, surge
el sudor.
—¿Te gusta? —te pregunté.
—...Sí... —respondiste tímida, esbozando una sonrisa.
Allí sentados, suspendidos fuera del tiempo, te enseñaba
poesía.
—¿Qué es? —preguntaste.
—Es sentir. Es la vida.
—No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
—¿Acaso la tiene la vida? No, ¿verdad? Por eso mi verso es
como la existencia: libre, sin reglas, dueño de su propio compás, escrito al
impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora mejor?
—Un poco.
—Esto es más que un papel con signos. Es hondo, profundo,
con un relieve palpable al ultrasentido.
Fue entonces cuando tu mano, por vez primera, rozó con una
mezcla de temor e intriga aquellos caracteres y se deslizó después hasta la
mía.
—Esto vibra —dijiste, trémula.
—Es que desea sentir tus dedos para contarte muchas cosas.
Tu mano continuó el camino y los dos sentimos algo nuevo
que nacía.
—Ha despertado tu ultrasentido —te susurré.
Entusiasmada, como estabas, nos olvidamos los dos del
tiempo. Me alegraba verte así, dispuesta a explorar nuevos caminos. Quizás en
aquellos instantes el reloj detuvo el tiempo y aquél «¡Párate, oh, Sol!» de antaño
lo habíamos logrados nosotros sin saberlo.
—Es hermoso sentir algo que no vemos —dijiste al fin—.
Palpar las ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande.
—Me alegran tus palabras, pero más aún el que las sientas.
Todo debería ser así: palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el porqué de
estos versos? ¿Comprendes su balanceo?
—Sí, lo siento —me respondiste.
La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose poco a
poco, difuminando de rojo el cielo. De pronto, una voz te llamó y te alejaste
corriendo.
¿De verdad no recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no
regresas? ¿Acaso volvió a dormirse, lejos de mis manos, ese ultrasentido que
una tarde perdida sentiste renacer? ¿Dónde se ha perdido tu esperanza? ¿En qué lugar
se olvidaron tus recuerdos?
Niña, aquí estoy solo y sin ti... ¡qué atrás se ha quedado
el tiempo!
COMENTARIO
(Por Gémini)
La poesía que se palpa
El texto que analizamos es una pieza de una delicadeza
punzante. Bajo la apariencia de un recuerdo de verano —un chalé, una tarde
calurosa, el letargo de una piscina—, el poema se adentra en una de las
dimensiones más misteriosas de la creación literaria: la poesía como una
experiencia física y sensorial.
1. El escenario y el "Ultrasentido"
El autor nos sitúa en un espacio donde el tiempo
cronológico se detiene. El calor y la modorra actúan como un catalizador para
que los protagonistas consigan el milagro que ya ansiaba la literatura clásica:
detener el sol, congelar el instante. En esa suspensión temporal, el poema
introduce un concepto fascinante: el "ultrasentido". No se trata de
entender la poesía con el intelecto (la mente racional de la niña busca la rima
y el metro), sino de experimentarla con el alma y con la piel.
2. El erotismo de la palabra
Existe en el diálogo un erotismo sutil, puramente
espiritual y táctil. Las palabras del papel no son "signos" fríos;
vibran, tienen relieve, demandan el contacto de los dedos. El acto de leer y
comprender se transforma en una caricia. Cuando la mano de la niña roza los
versos y, de manera inevitable, termina rozando la mano del poeta, se produce
el verdadero milagro: la comunión a través de la belleza compartida.
3. La melancolía del olvido
Sin embargo, el poema está atravesado por la línea de la
amargura. El contraste entre el "entusiasmo" de aquella tarde y el
vacío del presente es desolador. La niña, hoy ya mujer, parece haber sido
devorada por la rutina o por la amnesia de "los días vacíos". El
poema se cierra con un eco de preguntas retóricas que no buscan respuesta, sino
que constatan una pérdida: el ultrasentido se ha vuelto a dormir.
Es una elegía hermosa y doliente al despertar de la
sensibilidad, un recordatorio de que, a veces, dejamos morir en nuestro
interior la capacidad de conmovernos con lo invisible. Una lectura
imprescindible para detener nuestro propio reloj y aprender, de nuevo, a palpar
los sentimientos.
Biblioteca Fisac
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(AZprensa) Es tal la obsesión de nuestros gobernantes por
prohibir y recaudar que cualquier insignificante acto de nuestra vida cotidiana
infringe, casi sin darnos cuenta, un entramado de normas imposible de esquivar.
Vivimos bajo un fuego cruzado de decretos y ordenanzas municipales. Para
demostrarlo, no hace falta irse al código penal; basta con observar un día
cualquiera en la vida de un ciudadano ejemplar.
Piénsalo por un momento. Hoy mismo, tú mismo, sin ir más
lejos, podrías haber infringido cuatro leyes distintas antes del mediodía:
El delito del contenedor: Por la mañana, al salir de casa,
tiras la bolsa de basura en su lugar correspondiente. Sin embargo, no te ocupas
de rebuscar entre los desperdicios para extraer esa lata de aluminio o ese
envase de plástico que, por puro descuido, se mezcló con los residuos
orgánicos. Según la estricta normativa de residuos, si un inspector te pilla en
ese renuncio, la multa está asegurada.
El "exceso" de velocidad: Subes al coche y
circulas por el centro de la ciudad en una de esas omnipresentes zonas
residenciales donde el límite máximo es de 30 km/h. Te despistas un segundo,
pisas levemente el acelerador y el velocímetro marca 31 km/h. Según la ley de
tráfico, ese kilómetro por hora de demasía ya es una infracción penalizable.
Tuviste suerte de que el radar de turno estuviera apagado.
El cruce temerario: Aparcas el vehículo y, como tienes
prisa, decides que es más rápido caminar. Cruzas la calle por donde te viene en
gana, unos metros fuera del paso de peatones regulado. Miras a ambos lados,
constatas que no viene ningún coche y cruzas. Da igual que no hubiera peligro:
el reglamento de circulación no exime la culpa y la sanción económica está
tipificada.
El pañuelo proscrito: De repente, un estornudo inoportuno
te obliga a usar un pañuelo de papel. Miras a tu alrededor y no encuentras ni
una sola papelera en cien metros a la redonda. Como no te apetece pasear ese
desecho higiénico durante media hora, lo dejas caer discretamente junto a un
desagüe. Nueva infracción de la ordenanza de limpieza y otra posible receta
para el bolsillo.
En definitiva: en una mañana cualquiera se pueden
infringir cuatro leyes y acumular cuatro multas sin sentir el más mínimo
remordimiento de conciencia.
La adicción a la
reincidencia
Pero es que esto de delinquir de forma involuntaria tiene
su punto de adicción. Al día siguiente, cualquiera de nosotros puede volver a
convertirse en un criminal en potencia con algo tan inocente como sacar a
pasear al perro por el parque del barrio.
Veamos la hoja de ruta del nuevo delito:
Banda sonora ilegal: Sales a la calle con los auriculares
puestos, escuchando esa lista de reproducción con canciones que, admitámoslo,
te descargaste de internet de aquella manera o mediante una aplicación poco
clara. Primer golpe al derecho de autor.
El cómplice de cuatro patas: En mitad del parque, sueltas
al perro para que corra un poco. Es un animal faldero que no mordería ni a una
mosca, así que el peligro es nulo... salvo para tu cartera. Según la ordenanza
municipal, está estrictamente prohibido llevar a los animales sueltos fuera de
los horarios acotados de la noche.
Alimentar al enemigo: Te sientas en un banco a descansar y
a comerte un sándwich. Se te acercan unas palomas famélicas, te dan pena (lo
cual tampoco exime de culpa) y les lanzas unas migas de pan. Felicidades:
acabas de violar la normativa de protección ambiental que prohíbe alimentar a
la fauna urbana.
Atajo sobre el verde: Se te hace un poco tarde para volver
a casa y decides cortar camino en línea recta, lo que te obliga a pisar un par
de metros de césped ornamental. Un nuevo atentado contra el mobiliario urbano.
Al final del día, en un paseíto de nada, se han cometido
otras cuatro infracciones que habrían hecho las delicias de cualquier agente
con ganas de rellenar el talonario. Por fortuna, esta vez los gobernantes no han
pillado cacho, por lo que el presupuesto para sus coches oficiales, comidas en
restaurantes de postín, viajes institucionales y alojamientos en hoteles de
primera clase tendrá que esperar a su próximo descuido.
Así que ya lo sabes. Mírate al espejo sin miedo: eres un
ciudadano normal, pero las leyes de este país te consideran un delincuente
reincidente.
Novelas con corazón
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(AZprensa) Sostienen los
expertos juristas que una sociedad civilizada podría funcionar con absoluta
fluidez con un corpus de apenas trescientas o cuatrocientas leyes básicas. Sin
embargo, en nuestro país hemos decidido ignorar la sensatez: acumulamos miles
de normas en un entramado legislativo que, lejos de frenarse, no deja de crecer
día tras día.
Lo único que se consigue con esta auténtica promiscuidad
de leyes es estimular la imaginación del ciudadano. Se le empuja a buscar el
vacío legal, la trampa o el regate; una destreza que, para colmo, suele ser
aplaudida y envidiada por el resto de la sociedad, especialmente cuando la
osadía queda impune.
Para los gobernantes responsables de parir este tsunami
normativo, las leyes han dejado de ser herramientas de convivencia. Hoy son
simples pretextos, coartadas legales diseñadas con un único fin: exprimir el
bolsillo del ciudadano para recaudar un dinero extra. Un botín imprescindible
para seguir manteniendo y engordando un aparato político insaciable, con sus
correspondientes gastos de representación, dietas, sueldos blindados y lujosas
instalaciones. Y claro, como cada vez hay más cargos públicos que mantener, la
máquina de prohibir no puede detenerse.
Precisamente mañana voy a publicar en este mismo blog un
ejemplo flagrante de esta realidad. Os demostraré cómo tú, cómo yo y cómo todos
nosotros, en definitiva, nos hemos convertido en delincuentes involuntarios por
culpa de este desmedido afán recaudatorio.
No os lo perdáis, porque os vais a ver reflejados.
Novelas con corazón
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(AZprensa) La imagen que
ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral
Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el
siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la
mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la
figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se
presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible,
un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada,
su traje presurizado y su casco.
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera
esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos
visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han
querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas
extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería
salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la
verdadera explicación de este fenómeno?
La tradición de los
canteros
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con
una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación
del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros
restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una
figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado.
Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para
que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original,
sino fruto de una intervención posterior.
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se
disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de
historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por
el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
El testigo del siglo
XX
La pieza fue labrada durante las obras de restauración de
la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero
eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el
siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de
arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la
actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con
atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar
también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas
de helado.
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves
espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es
el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su
oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de
modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los
viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del
tiempo.
Biblioteca Fisac
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