domingo, 11 de octubre de 2026

La pesca como metáfora de la existencia

(Sunday Poetry Corner)
Para nuestro rincón dominical de poesía traemos hoy este poema que recrea una escena bien definida: Ella está en el muelle pescando. Sin embargo, para un poeta, las escenas cotidianas suelen tener otros significados muy distintos y, en esta ocasión, los versos nos transforman esa aparentemente sencilla y sin más trascendencia en algo sublime. Porque el poeta ve más allá de lo que dictan nuestros sentidos y su mundo abarca una dimensión mucho más amplia que trasciende las fronteras espaciales y temporales. Aquí os dejo, pues, con esta escena de pesca, una mañana cualquiera, en un muelle cualquiera…
 
DE PESCA
 
Tu sombra alargada
cruza el muelle
y en tu mano la caña
lanza el sedal y lo mantiene,
confiada como estás en que la pesca
llene de sentido esta mañana.
 
El mar está tranquilo,
tanto como tu alma,
sientes solo esa gran paz
del vacío consentido,
de no querer hacer nada,
solo consumir el tiempo
de esta vida, no pedida,
como isla solitaria,
sin más dueño ni destino
que el que marca tu mirada.
 
Lanzas de nuevo el sedal
esperando la esperanza.
No sabes por qué has venido
a este mundo que te esquiva,
pero mis ojos te han visto
y has capturado mi alma.
Soy yo ahora quien te espera
y quiere ser arrastrado.
Quiero sentirme fuera
del mundo que conocía.
¡Tira fuerte de mí!
¡Has conseguido tu presa!
 
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Por ChatGPT
 
A primera vista, “De pesca” parece describir una escena sencilla y perfectamente reconocible: una mujer se encuentra en un muelle, pescando tranquilamente en una mañana cualquiera. Hay un mar en calma, una caña, un sedal que se lanza una y otra vez y una mujer que espera pacientemente a que algo pique.
 
Pero esa es solamente la primera lectura del poema. Porque, como apunta la introducción, el poeta no se limita a describir lo que ve. Utiliza aquello que ve para hablar de lo que no se ve. Y ahí es donde una aparentemente intrascendente escena de pesca empieza a adquirir una dimensión mucho más profunda.
 
Desde el primer verso aparece ya un elemento que nos invita a mirar más allá: «Tu sombra alargada / cruza el muelle». No es ella quien cruza el muelle, sino su sombra. El recurso resulta significativo porque esa sombra puede interpretarse como una prolongación de la propia persona, pero también como una especie de presencia silenciosa que ocupa un espacio mayor que su propio cuerpo.
 
La mujer pesca, pero no parece hacerlo movida por una ilusión concreta. Lo hace porque necesita «que la pesca / llene de sentido esta mañana». Y aquí aparece uno de los temas fundamentales del poema: la búsqueda de un sentido.
 
El segundo bloque profundiza en esa sensación. El mar está tranquilo «tanto como tu alma», pero esa tranquilidad no transmite necesariamente felicidad. Es más bien una calma vacía, una suspensión del tiempo. La protagonista parece instalada voluntariamente en el «vacío consentido», en ese «no querer hacer nada» que no es exactamente descanso, sino una forma de dejar pasar la vida.
 
Y el verso «esta vida, no pedida» introduce de manera muy directa una reflexión existencial. La mujer aparece como «isla solitaria», sin dueño ni destino, dejándose llevar por una existencia cuyo rumbo parece depender únicamente de «lo que marca tu mirada».
 
Hasta aquí, el poema podría interpretarse como el retrato de una persona perdida en su propia existencia. Pero entonces aparece el poeta. Y con él cambia completamente la historia. La protagonista vuelve a lanzar el sedal «esperando la esperanza». Es una expresión especialmente significativa: no espera simplemente pescar algo; espera encontrar una razón para esperar. Hay en esos versos una especie de paradoja que resume su estado de ánimo.
 
Y es precisamente en ese momento cuando descubrimos que alguien la estaba observando. «Pero mis ojos te han visto / y has capturado mi alma.» La pesca acaba de cambiar de sentido. Hasta ese momento era ella quien lanzaba el sedal intentando capturar un pez. Ahora sabemos que, sin pretenderlo, ha capturado a otra presa mucho más importante: al propio poeta.
 
A partir de ahí se produce un hermoso juego de inversiones. Ella esperaba capturar algo; ahora es él quien quiere ser capturado. Ella lanzaba el sedal buscando llenar de sentido su mañana; él quiere que ella dé sentido a su vida. Ella era quien esperaba; ahora es él quien espera.
 
Y llega finalmente la petición: «¡Tira fuerte de mí! ¡Has conseguido tu presa!» Es probablemente el momento más intenso del poema porque transforma definitivamente la metáfora. La presa ya no es un pez. Es el propio poeta, que se ofrece voluntariamente a ser arrastrado fuera del mundo que conocía.
 
Y ese «fuera del mundo que conocía» puede entenderse de varias maneras. Puede ser el abandono de una vida anterior, la ruptura con la soledad, el descubrimiento del amor o, simplemente, el deseo de que otra persona nos saque de ese estado de vacío en el que estábamos instalados. Por eso el poema comienza hablando de una mujer que pesca y termina hablando de dos personas que, quizá sin saberlo, estaban pescando la una a la otra.
 
Hay además un detalle que me parece especialmente interesante: la mujer no parece estar buscando al poeta. Su acción es completamente ajena a él. Ella lanza el sedal hacia el mar, mientras él, desde algún lugar, contempla la escena. Sin embargo, el azar hace que ese gesto cotidiano termine provocando un encuentro interior. Y quizá ahí esté una de las ideas más sugerentes del poema: no siempre encontramos aquello que buscamos, pero a veces encontramos algo que ni siquiera sabíamos que necesitábamos.
 
La pesca, por tanto, acaba convirtiéndose en una metáfora de la existencia. Lanzamos nuestros sedales al futuro sin saber muy bien qué esperamos encontrar. Esperamos algo que dé sentido a nuestra vida, aunque ni siquiera sepamos exactamente qué es ese «algo». Y, en ocasiones, basta una mirada, una persona o un instante aparentemente insignificante para cambiar completamente el rumbo.
 
La mujer llegó al muelle buscando llenar de sentido una mañana. Y terminó llenando de sentido la vida de alguien que la estaba mirando. No pescó un pez. Pescó un alma.
 

La poesía es el lenguaje del alma…
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sábado, 10 de octubre de 2026

Así es el voto por correo del 29 Noviembre

El voto por correo en las próximas elecciones será lo más parecido a la imagen que acompaña este artículo. Piénsatelo antes de elegir esta opción en vez de optar por el voto presencial que nadie te cambiará.
 
(AZprensa) El próximo 29 de noviembre hay elecciones generales en España y ya dije en su momento que Pedro Sánchez sólo las convocaría cuando estuviese seguro de que podía ganarlas. Y aquí hay que hacer una aclaración: ¿Qué significa para Pedro Sánchez ganar las elecciones? Porque mucha gente no se da cuenta de esto. Respuesta: Que la suma de PP+Vox no alcance la mayoría absoluta; en ese caso, Sánchez pactará con todos los demás y se doblegará a sus exigencias con tal de seguir en el poder, aunque consiga menos diputados de los que tenía antes.
 
Por lo tanto, Sánchez no necesita sacar muchos votos, sólo los necesarios para que PP+Vox no tengan mayoría absoluta. Y ahí entra en juego el voto por correo. Y Sánchez es un maestro en esto como ya demostró cuando llegó al poder en su propio partido gracias a manipulación de votos como muchas personas –incluso implicados- han denunciado.
 
Ya lo vimos también en las últimas elecciones: las convocó en plenas vacaciones de verano para que mucha gente votara por correo. Y votó. Y PP+Vox ganaron pero sin mayoría absoluta. Y al frente de Correos estaba Leire Díaz, hoy imputada en trapos sucios del PSOE.
 
Por lo tanto, cuantos más votos por correo haya, mejor será para Sánchez porque nadie puede certificar la limpieza y transparencia en el recorrido de esos votos. Y a todo eso hay que sumar los cientos de miles de votos que van a llegar desde Latinoamérica al permitir que nietos de españoles que emigraron puedan votar ahora aunque nunca hayan pisado España, simplemente depositando su voto en las embajadas que luego los enviará para su “custodia” a correos.
 
Votar por correo es, pues, lo más parecido a la imagen que acompaña este comentario: Pucherazo. Y ya se está cocinando a fuego lento, el mismo fuego que está desintegrando la sociedad española, la democracia y el estado de bienestar que habíamos alcanzado.
 

Parece que nos hemos olvidado, pero así comenzó el “nuevo orden mundial” que ahora padecemos…
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viernes, 9 de octubre de 2026

¿Son los médicos y los enfermeros unos borregos?

Hay que tener mucho cuidado cuando leemos –o creemos leer- los titulares de las noticias, porque damos por ciertas algunas cosas que no lo son por el simple hecho de creer que “las hemos leído”.
 
(AZprensa) “¿Son los médicos y los enfermeros unos borregos?”. Por un momento, lo confieso, llegó a mi mente este pensamiento mientras repasaba ejemplares atrasados de periódicos en la hemeroteca. Y es que no era para menos. Me encontré con un titular que, leído literalmente y sin conocer el contexto, tenía bastante más miga de la que probablemente había pretendido su autor:
 
«Médicos y enfermeros coinciden en que un ministro de Sanidad que no sea pastor sería un error».
 
Mi primera reacción fue de perplejidad. ¿Pastor? ¿Desde cuándo médicos y enfermeros necesitaban un pastor que los guiase? Porque, si nos atenemos al significado más evidente de la frase, aquello parecía reconocer que dos colectivos profesionales formados por personas con años de estudios, especialización y experiencia necesitaban que alguien les indicase por dónde debían caminar. Vamos, que se reconocían a sí mismos como borregos.
 
La imagen era bastante curiosa: miles de médicos y enfermeros avanzando disciplinadamente por los pasillos de los hospitales detrás de su pastor, mientras este, provisto de cayado, les iba indicando el camino.
—Por aquí, ovejitas, que hoy tenemos quirófano a las diez.
 
Pero entonces se me ocurrió otra posibilidad. ¿Y si se referían a un pastor espiritual? Quizá médicos y enfermeros estaban reclamando para el Ministerio de Sanidad a alguien capaz de orientarles en las grandes tribulaciones morales y éticas de la profesión.
 
La cosa empezaba a ponerse interesante. Me imaginé entonces las iglesias llenas de profesionales sanitarios, tomando apuntes mientras el pastor pronunciaba desde el púlpito:
Hermanos médicos, recordad: curaréis al enfermo, pero también cuidaréis su alma.
Y todos ellos, muy atentos, asentían solemnemente.
 
Ya estaba yo dispuesto a escribir una columna sobre la profunda espiritualidad del colectivo sanitario cuando reparé en un pequeño detalle que lo aclaraba todo. La palabra «Pastor» estaba escrita con mayúscula. ¡Ah! Entonces comprendí que allí no había ovejas, ni cayados, ni sermones dominicales. El titular se refería a Ana Pastor, que había sido ministra de Sanidad y Consumo y a quien, según aquella información, médicos y enfermeros apoyaban para que volviera a ocupar esa cartera.
 
Todo volvía a la normalidad. Los médicos seguían siendo médicos. Los enfermeros, enfermeros. Y los borregos, de momento, no tenían nada que ver con la noticia.
 
Pero durante unos minutos había descubierto algo fascinante: un titular puede cambiar completamente de significado dependiendo de una sola letra. Una «P» mayúscula había evitado que miles de profesionales sanitarios acabaran convertidos, al menos metafóricamente, en un rebaño.
 
En fin, son las cosas que pasan cuando uno lee titulares deprisa, fuera de contexto y con demasiada imaginación. Aunque también es verdad que, si un lector necesita conocer toda la noticia para descubrir qué demonios quería decir el titular, quizá el problema no esté solamente en las prisas del lector. Pero de eso hablaremos otro día…
 

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jueves, 8 de octubre de 2026

Una nota de prensa no es una novela

Si vas a escribir una nota de prensa, quizá lo primero que deberías preguntarte es algo tan sencillo como: ¿qué es eso de una nota de prensa?
 
(AZprensa) La definición más sencilla que se me ocurre es que una nota de prensa es, ante todo, algo jerárquico. Y no me refiero a que tenga que estar escrita por el director general, sino a que la información debe aparecer ordenada de mayor a menor importancia.
 
Lo más importante debe ir siempre al principio y, además, debe estar suficientemente destacado como para que el periodista pueda saber, prácticamente con solo echar un vistazo, cuál es la noticia.
 
Porque el periodista que recibe una nota de prensa no tiene por qué compartir nuestra emoción ante el acontecimiento. Ni conoce necesariamente a nuestro director general, ni siente especial curiosidad por la historia de la empresa, ni necesita saber que el acto se celebró en un magnífico salón de un hotel de cinco estrellas, convenientemente decorado para la ocasión. Y mucho menos necesita que le hagamos esperar cuatro párrafos para descubrir qué demonios ha ocurrido.
 
Sin embargo, todavía es bastante habitual encontrarse notas de prensa que comienzan describiendo el lugar donde se ha celebrado el acto, continúan relacionando a todos los personajes que han intervenido, explican quién es cada uno de ellos, cuentan los antecedentes históricos de la compañía y, después de varios párrafos, llegan finalmente a la noticia. Para entonces, el periodista ya ha llegado a la papelera.
 
Una nota de prensa debe facilitarle el trabajo, no obligarle a jugar a las adivinanzas. Si en las primeras líneas no encuentra algo que pueda convertirse en noticia, lo normal es que pase a la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.
 
Por eso, cuando escribamos una nota de prensa deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla: ¿qué es lo que podría interesarle al lector final? Porque ese es el verdadero destinatario de nuestro trabajo.
 
Y aquí aparece uno de los grandes errores de quienes redactan información corporativa: escribir pensando en lo que le gustará a su jefe.
 
Si al director general le encanta aparecer citado, pondremos una larga declaración del director general. Si al presidente le gusta que se mencione su trayectoria, incluiremos su biografía. Si al responsable de Comunicación le parece importantísimo explicar que el acto contó con la presencia de autoridades, expertos, invitados y representantes de nosecuántas instituciones, ahí tendremos otros dos párrafos.
 
El resultado será probablemente una nota de prensa que hará muy feliz a quien la ha encargado. Y que sólo leerán él y quien la ha escrito.
 
La comunicación eficaz empieza por entender algo elemental: no escribimos para quien nos paga, sino para quien nos lee. Y, en una nota de prensa, cuanto antes descubramos qué es noticia, más posibilidades tendremos de que alguien llegue hasta el final.
 

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miércoles, 7 de octubre de 2026

Estar en la oficina no es trabajar

Hay una curiosa costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos trabajador que quien permanece dos horas más.
 
(AZprensa) En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
 
Pero parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente, eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta aumentar la productividad.
 
Por mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
 
No se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
 
Y, por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
 
En otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del tiempo destinado al trabajo.
 
Hasta la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene consecuencias importantes.
 
Cuando una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene, acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial responde: el segundo.
 
Y ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
 
El cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de las personas.
 
Además está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre, desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad, incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
 
Hay, además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
 
Entonces aparece el conocido «presentismo»
 
No basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación para demostrar que estamos dentro.
 
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no es lo mismo.
 
Una empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una jornada también razonable.
 
Para ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente, sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
 
No se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países. Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno permanece sentado en una silla.
 
Porque, al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar de preguntar:
—¿A qué hora te vas?
Deberíamos preguntar:
—¿Has terminado tus objetivos?
Y si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
 
Porque estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y, sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
 

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