miércoles, 15 de julio de 2026

Cuando la política nos quita el derecho a pensar por nosotros mismos

El pensamiento monocolor, el pensamiento único, nos roba lo más sagrado de nosotros mismos: nuestra individualidad. La diversidad de opiniones y pensamientos es algo que enriquece a la sociedad y nos invita a pensar y razonar por nosotros mismos.
 
(AZprensa) Es una verdad que se manifiesta en muchos órdenes de la vida, pero es en el tablero de la política donde cobra una vigencia tan flagrante como desoladora. Tanto en las columnas de los grandes medios de comunicación como en las tertulias cotidianas a pie de calle, se ha convertido en una misión prácticamente imposible encontrar a alguien capaz de admitir, con honestidad intelectual, que «su» partido político ha cometido un error.
 
Es perfectamente legítimo que cada ciudadano posea sus propias ideas y que encuentre unas siglas que reflejen sus principios mejor que otras. El problema surge cuando el legítimo encaje se transforma en una militancia ciega o en una simpatía incondicional. Bajo ese epígrafe invisible, se asume un pacto de silencio implícito: se aplaudirá sistemáticamente al partido propio —incluso cuando cometa errores horrorosos— y se denostará sin matices al rival, aunque este firme una gestión extraordinariamente brillante.
 
La trinchera del «y tú más»
 
El resultado de esta dinámica es un paisaje social abonado para la contradicción constante. Nos encontramos a diario con personas para quienes la lacra de la corrupción es siempre un patrimonio exclusivo del bando contrario, bloqueando la realidad aunque los jueces y las pruebas hayan dictado una sentencia en contra de sus propios líderes.
 
Esta fe ciega se traslada también a la trinchera ideológica. Los temas más complejos y polémicos de nuestra sociedad —el aborto, la eutanasia, la píldora del día después, la lucha contra el terrorismo, la ordenación fiscal o regulaciones tan cotidianas como la limitación de velocidad, la ley del tabaco e incluso la eliminación de chiringuitos en las playas— se defienden a muerte, como bloques monolíticos e indivisibles. Resulta muy difícil no dudar de que, en la intimidad de su fuero interno, estas personas coincidan al cien por cien con todos y cada uno de los planteamientos de su cúpula. Sin embargo, cuando llega la crítica, el debate se reduce al más infantil y socorrido de los argumentos: el recurso del «y tú más».
 
El secuestro de la individualidad
 
Este pensamiento monocolor, radicalmente incapaz de realizar el más mínimo ejercicio de autocrítica, convierte cualquier intercambio de opiniones en un desierto estéril. No se busca el contraste, ni se escucha, ni se razona; el único propósito es imponer y justificar el dogma de fe en las siglas protectoras, renunciando de manera voluntaria a un derecho sagrado: la individualidad del pensamiento.
 
La verdad es un territorio que requiere informarse primero para poder razonar después con criterio propio. Cuando la ideología secuestra la lógica, la conversación inteligente se apaga. Por eso, ante semejante panorama de sordera voluntaria, lo más saludable para el espíritu es ejercer la prudencia, cambiar radicalmente de tercio y refugiarse en un refugio clásico: hablar del tiempo y de los planes de vacaciones. Al fin y al cabo, ya estamos en verano y hay debates que simplemente no merecen arruinar una buena tarde bajo el sol.
 

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martes, 14 de julio de 2026

Personas normales con alucinaciones: El misterio del Síndrome de Charles Bonnet

En el imaginario colectivo existe una verdad asumida de forma automática: la presencia de alucinaciones es un síntoma inequívoco de un trastorno psiquiátrico grave o de una severa patología mental. Sin embargo, la ciencia médica nos demuestra una vez más que la realidad es un territorio complejo y contradictorio. ¿Pueden las personas mentalmente sanas tener alucinaciones visuales nítidas y recurrentes?
 
(AZprensa) Hoy vamos a hablar de un fenómeno clínico fascinante que tiene un nombre propio: Síndrome de Charles Bonnet. Esta condición debe su denominación a su descubridor, el célebre naturalista y filósofo suizo Charles Bonnet, nacido en el año 1720, quien describió por primera vez el fenómeno al observar cómo su propio abuelo, un anciano mentalmente lúcido pero prácticamente ciego, afirmaba ver figuras humanas, pájaros y edificios flotando en el aire.
 
La paradoja del ojo ciego y el cerebro activo
 
Los pacientes que experimentan el Síndrome de Charles Bonnet gozan de una perfecta salud mental y cognitiva. El origen del problema no se halla en una alteración de la razón, sino en un deterioro físico de los órganos de la visión. Quienes lo padecen arrastran importantes deficiencias en sus ojos, generalmente causadas por patologías ligadas al envejecimiento como la Degeneración Macular Asociada a la Edad (DMAE), cataratas severas o glaucoma.
 
El mecanismo científico detrás de este fenómeno es tan sobrecogedor como lógico. Cuando los ojos dejan de enviar imágenes al cerebro debido a la ceguera, la corteza visual se queda «a oscuras». Al verse privada de estímulos externos, la máquina neuronal se impacienta y empieza a fabricar sus propias imágenes a partir de los recuerdos almacenados en sus archivadores, rellenando el vacío informativo. Es un enigma por qué motivo le ocurre esto a unas personas con estas características y a otras muchas no, pero el hecho es que el paciente padece alucinaciones de aparición brusca, repetitivas y que suelen durar de 1 a 10 minutos.
 
Figuras en movimiento bajo el flexo de la estadística
 
La fisonomía de estas visiones ha sido meticulosamente estudiada. Lejos de ser manchas borrosas, se trata de imágenes de una nitidez y un colorido asombrosos:
 
Predominio de formas humanas: En su inmensa mayoría, las alucinaciones consisten en figuras de personas, apareciendo en el 80% de los casos. Con menor frecuencia, los pacientes reportan ver animales de compañía, plantas exuberantes o estructuras arquitectónicas complejas.
 
Imágenes dinámicas: En el 47% de las ocasiones, estas apariciones presentan movimiento autónomo; las figuras caminan, gesticulan o se desplazan por la habitación antes de desvanecerse.
 
Lo verdaderamente crucial de este síndrome es que el paciente, al estar mentalmente sano y provisto de una lógica impecable, reconoce perfectamente que se trata de un engaño de sus sentidos. Sabe que lo que está viendo no es real. Sin embargo, aquí es donde encalla el drama humano: la inmensa mayoría es profundamente reacia a comentar esta situación con sus familiares o médicos por el temor atávico a ser considerados locos o ser ingresados en un centro psiquiátrico. El silencio se convierte en su única armadura.
 
Un protagonismo urgente en el siglo XXI
 
Con el notable aumento de la esperanza de vida en nuestra sociedad moderna, a la que inevitablemente acompaña el desgaste y deterioro natural de los ojos, el Síndrome de Charles Bonnet ha empezado a tomar un protagonismo sin precedentes en las consultas de geriatría y oftalmología. Lo que hasta ahora era un rincón casi desconocido de la literatura médica, hoy es una realidad que afecta a miles de ancianos que sufren en secreto.
 
En esta bitácora siempre les recordamos la importancia de documentarse e informarse primero, para poder razonar después con criterio propio. Conocer la existencia de este síndrome es el primer paso para desterrar el miedo. No todo lo que escapa a la normalidad de nuestros ojos nace de la demencia; a veces, es simplemente el cerebro intentando encender la luz en una habitación que se ha quedado a oscuras.
 

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lunes, 13 de julio de 2026

Cuando la ciencia copia la ciencia ficción con treinta años de retraso

La ciencia moderna vive empeñada en fascinarnos con titulares apocalípticos y promesas de inmortalidad que parecen extraídas de un guion cinematográfico de Hollywood. Hoy nos vamos a centrar en el vaticinio que se hace en el libro “Genes, microbios y células” en donde se presenta una tesis que nos invita a mirar las estrellas y a mirarnos las arrugas con una perspectiva enteramente nueva.
 
(AZprensa) En su libro “Genes, microbios y células”, el profesor de Genética y divulgador científico Javier Novo repasa algunos de los avances científicos más punteros de nuestra era y defiende una idea que asustaría al mismísimo Julio Verne:
 
«Dentro de un par de siglos tendremos que plantearnos seriamente la necesidad de habitar otro planeta, algo que se conseguirá cuando repliquemos las condiciones que hacen posible la vida, y que todavía no conocemos con detalle». 
 
¡Impresionante! Resulta que en doscientos años tendremos las maletas preparadas en la puerta para mudarnos a una urbanización espacial, un milagro logístico que lograremos replicando unas condiciones biológicas que... a día de hoy ni siquiera conocemos. Un plan sin fisuras.
 
La generación de los tres siglos y los artilugios internos
 
Pero la mudanza cósmica no es el único plato fuerte que nos depara el futuro según este ensayo. Otro de los grandes temas que aborda el autor es la posibilidad, que califica de «cada vez más real», de prolongar la existencia humana venciendo definitivamente a la enfermedad y al envejecimiento biológico. Agárrense a sus asientos: el profesor asegura sin titubear que a finales del mismísimo siglo XXI, el ser humano podría nacer ya con una esperanza de vida de 300 años. Imaginen lo que será calcular las cuotas de la hipoteca o aguantar las reuniones de vecinos durante tres siglos. Una contradicción constante entre el regalo de la longevidad y la paciencia humana.
 
Para que semejante proeza sea posible en el día a día, el avance que realmente va a revolucionar nuestra cotidianidad no será la genética, sino la Nanotecnología. Prepárense para convertirse en ciborgs de alta fidelidad, porque la ciencia prevé la aparición de una amplia variedad de dispositivos biomédicos; o lo que es lo mismo, unos artilugios minúsculos que se nos implantarán en el cuerpo con el fin de facilitar el funcionamiento del organismo o liberar fármacos de forma controlada. Seremos un templo analógico gobernado por microprocesadores internos.
 
El "efecto retro" de la vanguardia científica
 
Sin embargo, a cualquiera que atesore una buena biblioteca en su hogar y profese un respeto reverencial por la literatura de anticipación, todo este despliegue de profecías futuristas le provocará una inevitable y cómplice sonrisa. Y es que, despojando a los titulares universitarios de sus ropajes de novedad absoluta, descubrimos que de todo esto —de la nanotecnología médica, de la prolongación de la vida hasta los trescientos años y de la necesidad acuciante de emigrar a otros mundos— ya hablaba de forma magistral el escritor Kim Stanley Robinson.
 
El autor estadounidense alcanzó la fama mundial el siglo pasado, allá por el lejano 1993, gracias a su monumental e imperecedera obra cumbre: la trilogía “Marte rojo / Marte verde / Marte azul”. En aquellas páginas visionarias ya se describía con un rigor científico sobrecogedor y un realismo apabullante exactamente el mismo porvenir que hoy nos venden los laboratorios como el último grito del saber humano.
 
Conclusión: El camino de la imaginación
 
Como siempre recordamos, la verdad solo es un punto de vista y conviene informarse y documentarse primero para poder razonar por uno mismo. La ciencia avanza con paso firme, qué duda cabe, pero la imaginación humana siempre va unas cuantas leguas por delante. El profesor Novo ha escrito un libro magnífico que estimula el debate, pero el mérito del plano original le pertenece a la literatura de hace más de tres décadas. Así que, queridos lectores, mientras llegan los mini-artilugios internos y soplamos las trescientas velas del pastel, les aconsejo que se dejen de predicciones y acudan a los clásicos de la ciencia ficción. A veces, para saber hacia dónde va el futuro, basta con abrir un libro del siglo pasado.
 

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domingo, 12 de julio de 2026

Caminar al encuentro, ya es estar juntos

(Sunday Poetry Corner)
Hoy salimos de paseo en este radiante día de Sunday Poetry Corner para recorrer las calles con la ilusión del enamorado que se dirige al encuentro de su amada. ¿Quién no lo ha hecho? Porque acudir a una cita con la persona amada es algo que nos llena de ilusión y de esperanza y todos sentimos la necesidad de acelerar el paso, al igual que se acelera el corazón, según nos vamos acercando a ese momento tanto tiempo deseado. Pero mejor será que lo contemos aquí convertido en unos versos:
  
TE BUSCO
 
Te busco, te espero...
Camino por las calles,
unas alegres, otras solitarias;
voy a tu encuentro.
Madrid céntrico, corazón de España.
Consulto el reloj y acelero.
Me dirijo hacia ti; la impaciencia
me invade y siento cómo
el corazón emocionado salta de alegría.
 
Atravieso una plaza, entro en el metro.
Estación tras estación
pasan rápidas.
Luego salgo y camino.
Te busco, sé dónde y me alegro.
Después otra plaza, más calles;
me dirijo a la cita puntual, contento.
Una calle sorteando a la gente,
voy en tu busca, y en los labios la sonrisa,
la impaciencia por verte, por sentir
que tú estás a mi lado.
 
Después de unos largos minutos, llego.
No estás y te espero; yo, tranquilo.
Todo está calmado.
Doy un paso, me detengo,
Elevo mi vista; te espero...
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Claude
 
«Te busco» es un poema de movimiento. Desde el primer verso hasta el último, el lector acompaña al poeta en un desplazamiento físico que es al mismo tiempo un desplazamiento emocional: calles, plazas, el metro, más calles, la cita, la llegada. El poema avanza como el propio protagonista: con paso firme, con impaciencia contenida, con la energía de quien sabe adónde va y tiene muchas ganas de llegar.
 
Lo primero que llama la atención es la estructura en tres tiempos que organiza el poema de forma natural, casi sin que el lector lo perciba conscientemente. La primera estrofa establece el punto de partida y el estado emocional: la búsqueda, la espera, el corazón que «salta de alegría». La segunda es el viaje en sí —el metro, las estaciones, las plazas, la sonrisa en los labios—, con una acumulación de detalles cotidianos que tienen el efecto de hacer que el lector también camine, también espere que pasen las estaciones, también sortee a la gente en la calle. Y la tercera, brevísima y poderosa, es la llegada. O mejor dicho: la no-llegada del otro. Porque el hablante llega, pero el destinatario no está todavía.
 
Esa tercera estrofa es la más interesante del poema y la que le da su verdadera dimensión. Después de toda la impaciencia acumulada a lo largo de los doce versos anteriores, después de ese corazón que saltaba y esa sonrisa en los labios, el hablante llega y no encuentra a nadie. Y sin embargo —y esto es lo más revelador— no hay decepción. Hay calma. «No estás y te espero; yo, tranquilo. / Todo está calmado.» El contraste con la energía de las dos estrofas anteriores es tan nítido que resulta casi físico: como cuando uno entra en una habitación silenciosa después de venir de la calle con ruido.
 
Esa calma no es resignación ni tristeza. Es la serenidad de quien tiene certeza. Quien espera sin saber si el otro va a llegar espera con ansiedad. Quien espera sabiendo que el otro va a llegar espera con paz. Y el hablante de este poema espera con paz. «Doy un paso, me detengo, / elevo mi vista; te espero...» Los puntos suspensivos finales no son melancolía: son confianza. El poema no cierra porque la historia no ha terminado; solo ha llegado a una pausa.
 
Hay algo más que merece señalarse: la presencia discreta pero constante de Madrid. «Madrid céntrico, corazón de España» es el único verso que nombra el lugar, pero toda la segunda estrofa está impregnada de ciudad: el metro, las plazas, la gente que se sortea en la calle. Madrid no es un escenario decorativo aquí; es el espacio vivo en que se mueve el poema, el fondo urbano que contrasta con la intimidad del sentimiento que lo recorre.
 
En cuanto a la forma, el poema trabaja con el verso libre de manera muy natural, sin que se note el esfuerzo. El ritmo lo marcan los verbos de movimiento —busco, espero, camino, atravieso, salgo, me dirijo, llego— que se encadenan a lo largo del texto como pasos sobre el asfalto. Es una elección formal que encaja perfectamente con el contenido: el poema avanza porque el hablante avanza.
 
Un poema, en definitiva, que celebra la anticipación del encuentro tanto como el encuentro mismo. Quizás más. Porque en esos minutos de búsqueda y espera, el otro ocupa todo el espacio de la mente y del corazón. Y eso, también, es una forma de estar juntos.
 

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sábado, 11 de julio de 2026

El misterio del "colecho": Cuando dormir con los niños se convirtió en ciencia

En el fascinante universo de la paternidad contemporánea, cada cierto tiempo surge una palabra mágica, un neologismo con pretensiones académicas que los expertos lanzan al ruedo para desconcierto de los mortales. El último grito en los manuales de crianza es el término «colecho». Pero ¿qué significa este término?
 
(AZprensa) Si acudes al diccionario de la Real Academia para buscar qué significa “colecho”, perderás el tiempo: la palabra no existe. Se trata de un invento conceptual de la pediatría moderna para referirse a algo tan viejo, normal y cotidiano como el hecho de que los padres y los hijos duerman apelotonados en la misma cama.
 
Lo que para nuestros abuelos era una absoluta necesidad de espacio o una forma rudimentaria de ahorrar en mantas, hoy se debate en simposios médicos internacionales bajo el flexo de la controversia. Como el mundo es una contradicción constante, el "colecho" cuenta con una legión de defensores acérrimos y, al mismo tiempo, con un batallón de detractores que ven en la cama familiar un auténtico deporte de riesgo.
 
La trinchera de los defensores: Vínculos y barra libre nocturna
 
Por un lado, los partidarios de esta práctica le ven ventajas idílicas y casi místicas. El argumento estrella de los defensores es que los niños que comparten el colchón con su madre tienen un acceso inmediato y constante al lactado, por lo que maman muchas más veces a lo largo de la noche que los pobrecitos que duermen desterrados en su propia cuna.
 
Además, afirman con solemnidad que es una práctica sumamente eficaz para aumentar el vínculo afectivo entre padres e hijos. Al fin y al cabo, ¿qué puede unir más a una familia que compartir los efluvios nocturnos y recibir una patada infantil en las costillas a las tres de la mañana?
 
La trinchera de los detractores: El peligro del sueño profundo
 
En la otra orilla del colchón se sitúan los detractores, cuyos augurios son capaces de quitarle el sueño a cualquiera. Los científicos más cautos aducen que meter al bebé en la cama de los adultos aumenta exponencialmente el riesgo de asfixia o de la temida muerte súbita.
 
Pero los peligros no son solo físicos, sino también psicológicos y conyugales. Se asocia el colecho con futuros problemas del sueño en etapas posteriores de la vida del niño, dificultando una independencia que se augura traumática. Y por supuesto, está el factor logístico de la pareja: resulta evidente que la presencia de un tercero de sesenta centímetros en mitad de la cama interfiere de manera flagrante en las relaciones íntimas de los progenitores, transformando el dormitorio principal en un casto parque infantil.
 
El consenso de la prudencia: Prohibido menores de seis meses
 
Donde sí se acaba la discusión y todos los expertos coinciden unánimemente es en señalar el peligro extremo que corre el lactante cuando los progenitores entran en lo que podríamos llamar "zonas de riesgo". El colecho se convierte en una ruleta rusa si los padres han consumido alcohol, si están tomando alguna medicación que induzca un sueño excesivamente profundo, o si se trata de padres que padecen obesidad severa y corren el riesgo de sepultar al vástago en un giro involuntario.
 
Por todo ello, la comunidad médica ha decidido curarse en salud y coincide en contraindicar formalmente esta práctica al menos durante los seis primeros meses de vida del bebé. Hasta que el niño no tenga cierta capacidad de resistencia, mejor cada uno en su parcela.
 
Conclusión: Formarse su propio criterio en el colchón
 
Como siempre defendemos en esta bitácora, la verdad absoluta no existe y cada uno debe informarse y documentarse primero para después pensar por sí mismo. El "colecho" puede ser una bendición de apego o el fin de la paz matrimonial, dependiendo del punto de vista y del tamaño de la cama. Así que, si has leído hasta aquí, razona un poco, mide los riesgos, calcula los metros cuadrados de tu colchón y, sobre todo, no te dejes impresionar por las palabras rimbombantes que se inventan los expertos. Al final, dormir a pierna suelta sigue siendo el verdadero milagro de la vida.
 

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