miércoles, 7 de octubre de 2026

Estar en la oficina no es trabajar

Hay una curiosa costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos trabajador que quien permanece dos horas más.
 
(AZprensa) En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
 
Pero parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente, eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta aumentar la productividad.
 
Por mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
 
No se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
 
Y, por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
 
En otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del tiempo destinado al trabajo.
 
Hasta la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene consecuencias importantes.
 
Cuando una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene, acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial responde: el segundo.
 
Y ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
 
El cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de las personas.
 
Además está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre, desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad, incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
 
Hay, además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
 
Entonces aparece el conocido «presentismo»
 
No basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación para demostrar que estamos dentro.
 
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no es lo mismo.
 
Una empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una jornada también razonable.
 
Para ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente, sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
 
No se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países. Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno permanece sentado en una silla.
 
Porque, al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar de preguntar:
—¿A qué hora te vas?
Deberíamos preguntar:
—¿Has terminado tus objetivos?
Y si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
 
Porque estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y, sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
 

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martes, 6 de octubre de 2026

Saber leer entre líneas

Hay personas que saben leer. Y hay personas que, además, saben leer entre líneas. No es exactamente lo mismo.
 
(AZprensa) Leer consiste, en principio, en descifrar las palabras que alguien ha escrito y entender lo que aparentemente quiere decir. Leer entre líneas exige algo más: prestar atención a lo que no está escrito, a lo que se insinúa, a las intenciones que pueden esconderse detrás de una frase y, en definitiva, descubrir un segundo mensaje que puede estar muy lejos de lo que dicen literalmente las palabras. Porque no siempre las cosas son lo que parecen.
 
Un texto puede hablar de una cosa y estar hablando, en realidad, de otra. Una conversación puede parecer intrascendente y contener una advertencia. Una novela puede contar una historia de amor y estar hablando de soledad. Una película puede mostrarnos violencia, ambición y traiciones y, sin embargo, transmitir un mensaje profundamente humano.
 
El problema es que solemos quedarnos con la primera lectura. Con lo evidente. Con aquello que está escrito en letras grandes. Y quizá nos perdemos precisamente lo más interesante, que suele estar escrito en letra pequeña.
 
Hace algún tiempo tuve una experiencia curiosa con mi propio libro, “La Biblia de Falcon Crest”. Cuando escribí este libro sobre aquella popular serie de televisión, descubrí algo que, visto con cierta perspectiva, resulta bastante sorprendente.
 
Falcon Crest nos presentaba un mundo en el que precisamente no abundaban las virtudes. Sus personajes eran ambiciosos, cínicos, manipuladores y, en muchos casos, bastante amorales. Allí había conspiraciones, venganzas, envidias, traiciones, intereses económicos, infidelidades y luchas por el poder. Los protagonistas podían sonreír mientras estaban preparando la próxima jugada contra alguien. Y cuando parecía que todo estaba resuelto, aparecía otra conspiración para demostrar que, en aquel universo, la tranquilidad era solamente el intervalo entre dos problemas.
 
Y, sin embargo, debajo de todo aquello había otro relato. Al analizar los diálogos y las situaciones de la serie descubrí que, entre líneas, podían encontrarse mensajes muy diferentes de los que aparentemente dominaban la historia: amor, compasión, amistad, fidelidad, honradez, solidaridad, arrepentimiento, perdón... Es decir, precisamente algunos de los valores que encontramos en la Biblia. De ahí el título de mi libro.
 
No estoy diciendo que los guionistas de Falcon Crest se sentaran ante una mesa para decidir: “Hoy vamos a transmitir un mensaje bíblico mediante una familia de millonarios californianos que se dedican a hacerse la vida imposible”. Probablemente no fue así. Quizá algunos de esos mensajes fueron deliberados. Quizá otros surgieron de manera inconsciente. Y quizá fueron los propios conflictos humanos de la historia los que terminaron poniendo de manifiesto, por contraste, aquello que realmente importa.
 
Hay una curiosa paradoja: a veces necesitamos ver lo que está mal para comprender lo que está bien
 
Una traición nos hace valorar la fidelidad. Una mentira nos hace apreciar la verdad. La ambición desmedida nos hace comprender el valor de la generosidad. El odio pone de manifiesto la necesidad del amor. Y cuando contemplamos a alguien que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, descubrimos, precisamente por contraste, la importancia de la amistad y de la lealtad. Eso también es leer entre líneas. Y no ocurre solamente en los libros o en las series de televisión. Ocurre continuamente en nuestra vida.
 
Una persona puede decirnos “haz lo que quieras” y estar diciendo exactamente lo contrario. Alguien puede felicitarnos por una decisión y, por el tono empleado, estar demostrando que no le ha gustado absolutamente nada. Un político puede pronunciar un discurso lleno de palabras aparentemente impecables y dejar entrever otras cosas muy distintas. Una publicidad puede hablarnos de libertad mientras intenta convencernos de que necesitamos comprar algo que hasta ese momento no necesitábamos. Incluso un silencio puede decir más que un discurso.
 
Por eso leer entre líneas requiere algo más que inteligencia. Requiere atención, experiencia y capacidad de observación. Y, sobre todo, exige no aceptar automáticamente la primera interpretación que se nos presenta.
 
Las palabras tienen un significado, pero también tienen un contexto. Una frase aislada puede significar una cosa y esa misma frase, pronunciada en determinadas circunstancias, significar otra completamente distinta.
 
Por eso conviene preguntarse de vez en cuando: “¿Qué me está queriendo decir realmente?”. No para convertirnos en paranoicos que buscan dobles intenciones detrás de cada palabra, porque entonces acabaríamos viendo conspiraciones hasta en la lista de la compra. Se trata simplemente de desarrollar una mirada más profunda y menos ingenua sobre aquello que leemos, escuchamos y observamos.
 
Pero también existe el peligro contrario: leer entre líneas lo que no existe. Una cosa es descubrir un mensaje oculto y otra inventárselo. Una cosa es interpretar y otra proyectar sobre un texto nuestras propias ideas. Leer entre líneas no significa retorcer las palabras hasta conseguir que digan lo que nosotros queremos que digan. Significa prestar atención a las pistas que el propio texto proporciona.
 
Y aquí está, probablemente, lo más interesante: un buen escritor puede conseguir que el lector reciba un mensaje sin darse cuenta de que lo está recibiendo. Puede envolver una idea en una historia. Puede esconder una enseñanza dentro de una conversación. Puede hacer que un personaje diga una cosa mientras sus actos demuestran otra. Puede utilizar la ironía para que comprendamos exactamente lo contrario de lo que aparentemente se afirma.
 
Es una especie de juego de inteligencia entre quien escribe y quien lee. El escritor coloca las piezas. El lector debe descubrir cómo encajan. Y cuando lo consigue, aparece una segunda historia debajo de la primera.
 
Quizá por eso algunos libros envejecen mejor que otros. Los que solamente cuentan una historia pueden entretenernos durante un tiempo. Los que, además, esconden algo debajo de esa historia pueden acompañarnos durante muchos años, porque cada nueva lectura permite descubrir algo que antes no habíamos visto.
 
Con “La Biblia de Falcon Crest” me ocurrió precisamente eso: terminé descubriendo que detrás de un universo aparentemente dominado por la ambición, el dinero, el poder y las intrigas podía encontrarse un mensaje mucho más humano. Quizá sea una buena lección para la vida. No deberíamos quedarnos siempre con lo primero que vemos. Ni con lo primero que escuchamos. Ni siquiera con lo primero que leemos. Porque las palabras son solamente el envoltorio. A veces el verdadero regalo está dentro.
 

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lunes, 5 de octubre de 2026

Las diez estrategias de manipulación... actualizadas

Quizás conozcas o hayas oído hablar de las “Diez estrategias de manipulación de masas”, se ha escrito mucho sobre ellas e incluso se han atribuido a quien non era, en un claro ejemplo de manipulación de la información. Por eso, aquí te lo aclaro y actualizo todo.
 
(AZprensa) Hace años cayó en mis manos una relación de las que entonces se presentaban como las «Diez estrategias de manipulación de masas» de Noam Chomsky. Me pareció interesante y, como suelo hacer con estas cosas, me permití adaptarla a mi manera y añadirle alguna dosis de cosecha propia. Con el tiempo he descubierto, sin embargo, que aquellas diez estrategias no fueron escritas por Chomsky. El texto original fue publicado en 2002 por el francés Sylvain Timsit y posteriormente empezó a circular por Internet atribuido al lingüista estadounidense. Lo curioso es que esto demuestra, por sí mismo, hasta qué punto funciona la manipulación: alguien atribuye un texto a una persona famosa, otros lo copian, otros lo vuelven a copiar y, al final, todo el mundo acaba creyendo que lo dijo quien nunca lo dijo.
 
Pero, dejando al autor al margen, las ideas resultan suficientemente interesantes como para hacer una nueva versión adaptada a la sociedad actual. Porque desde que aparecieron aquellas diez estrategias han cambiado muchas cosas. Antes había televisión, radio, periódicos y propaganda. Ahora tenemos además redes sociales, algoritmos, vídeos de quince segundos, titulares diseñados para conseguir un clic, influencers, cámaras de eco, inteligencia artificial y una cantidad de información tan descomunal que el problema ya no es solamente conseguir información, sino saber distinguirla del ruido.
 
Así que, con las debidas precauciones, estas serían mis diez estrategias de manipulación actualizadas.
 
1. Distracción: que se hable de cualquier cosa... menos de lo importante
La mejor manera de conseguir que nadie hable de un problema importante es proporcionar inmediatamente otro asunto que resulte mucho más entretenido. Y si además provoca indignación, enfrentamiento o escándalo, mucho mejor.
Una polémica sobre una frase, un vídeo viral, un enfrentamiento entre tertulianos, una declaración desafortunada o una pelea en redes puede ocupar durante horas el espacio informativo que podría dedicarse a cuestiones bastante menos divertidas, como la economía, la educación, la sanidad, el empleo o la gestión de los servicios públicos.
Hoy la distracción tiene, además, una ventaja tecnológica: el algoritmo sabe perfectamente qué nos enfada. Y nos lo sirve. Una y otra vez.
 
2. Crear el problema... y aparecer después con la solución
 
Consiste en presentar un problema —real, exagerado o incluso fabricado— hasta conseguir que la sociedad perciba que hay que hacer algo inmediatamente. Una vez creada la alarma, aparece la solución. Y quien la propone puede presentarse como el salvador que ha venido a arreglar aquello que, casualmente, acaba de convertirse en una prioridad nacional.
La técnica tiene una variante moderna todavía más eficaz: primero se crea el problema, después se crea la polémica y finalmente se consigue que todo el mundo discuta sobre quién tiene la culpa. Mientras tanto, casi nadie pregunta quién decidió la solución.
 
3. El cuentagotas: hoy una gota, mañana otra
Las grandes transformaciones suelen provocar resistencia cuando se presentan de golpe. Por eso resulta mucho más eficaz administrarlas poco a poco.
Hoy se acepta una pequeña modificación. Mañana otra. Pasado mañana una excepción. Después una medida «provisional». Y unos años más tarde descubrimos que aquello que parecía imposible se ha convertido en normal.
El secreto está en que nadie percibe el cambio completo porque cada paso parece demasiado pequeño como para justificar una protesta.
Es la vieja técnica de la rana y el agua caliente, aunque quizá convendría no utilizar demasiado la metáfora porque, si seguimos así, hasta la rana necesitará un comité de expertos para decidir si el agua está caliente.
 
4. El futuro siempre es más fácil de vender que el presente
Hay decisiones impopulares que resultan mucho más fáciles de aceptar cuando se aplaza su aplicación. «Será necesario.» «No hay alternativa.» «Tendremos que hacerlo.» «Pero todavía no.»
El futuro tiene una extraordinaria ventaja política y publicitaria: nadie puede pedirle cuentas hoy por lo que ocurrirá mañana. Y cuando llegue ese mañana, siempre habrá alguna nueva circunstancia que permita retrasarlo un poco más o justificar que ahora hay que hacer otra cosa.
 
5. Hablarle al ciudadano como si tuviera cinco años
Cuanto más complejo es un asunto, más tentación existe de reducirlo a una frase. «Los buenos están aquí y los malos allí.» «Esto es blanco y aquello es negro.» «Ellos quieren esto; nosotros queremos lo contrario.» «No hay nada más que hablar.»
Las redes sociales han llevado esta simplificación a su máxima expresión: una cuestión económica, jurídica, científica o social que necesitaría varias páginas de explicación queda reducida a un titular, un meme o un vídeo de veinte segundos.
El problema es que la simplificación facilita la comprensión, pero también puede eliminar los matices. Y sin matices es mucho más fácil convencer que explicar.
 
6. Emocione primero y piense después
 
El razonamiento necesita tiempo. La emoción no.
Una noticia que provoca miedo, indignación, entusiasmo, odio o ternura tiene muchas más posibilidades de ser compartida inmediatamente que otra que exige cinco minutos de lectura y reflexión.
Por eso la comunicación moderna sabe que una imagen vale más que mil argumentos... especialmente si consigue que nos enfademos antes de que tengamos tiempo de comprobar si aquello que estamos viendo es cierto.
La emoción no es mala. Lo peligroso es utilizarla como sustituto del razonamiento. Y aquí las redes sociales tienen un aliado formidable: basta con pulsar un botón para compartir aquello que nos ha indignado, aunque todavía no sepamos exactamente qué estamos compartiendo.
 
7. Convertir la ignorancia en una virtud
Durante mucho tiempo se pensó que una sociedad bien formada era más difícil de manipular. Hoy tenemos una variante mucho más sofisticada: conseguir que la persona crea que saber poco es suficiente para opinar de todo.
No hace falta leer un libro sobre economía para explicar la economía. No hace falta conocer una sentencia para interpretar una sentencia. No hace falta estudiar medicina para diagnosticar una enfermedad. No hace falta conocer un conflicto internacional para decidir quién tiene razón. Basta con haber visto un vídeo. Y si el vídeo dura treinta segundos, mejor todavía.
La cultura requiere esfuerzo. La opinión instantánea solamente requiere una conexión a Internet.
 
8. Hacer de la mediocridad un espectáculo
Si algo consigue millones de visitas, parece que automáticamente adquiere importancia. Si alguien tiene millones de seguidores, parece que automáticamente adquiere autoridad. Y si algo se convierte en tendencia, parece que automáticamente merece nuestra atención.
Pero popularidad y calidad no son sinónimos. Una sociedad puede convertir en referente a quien simplemente sabe llamar la atención. La consecuencia es que el ruido puede terminar ocultando al conocimiento, y el espectáculo puede terminar ocupando el lugar de la reflexión.
El problema no es que exista entretenimiento. El problema aparece cuando el entretenimiento se convierte en el único criterio para decidir qué merece nuestra atención.
 
9. Hacer que el ciudadano se sienta culpable
Cuando algo funciona mal, siempre resulta útil encontrar un culpable. Y qué mejor candidato que el propio ciudadano.
Si consume demasiado, si contamina, si no ahorra, si no se informa, si no participa, si no entiende las cosas, si no acepta determinados cambios... La responsabilidad siempre puede devolverse hacia abajo.
Así, quien tiene capacidad de decisión puede presentarse como simple gestor de unas circunstancias inevitables, mientras quien carece de poder termina sintiéndose responsable de aquello que otros han decidido.
La técnica consiste en transformar al ciudadano de afectado en culpable. Y un ciudadano que se siente culpable suele protestar menos que uno que se siente engañado.
 
10. Conocer al individuo mejor de lo que el individuo se conoce a sí mismo
Esta es probablemente la gran novedad de nuestro tiempo. Antes había que preguntar. Ahora muchas veces basta con observar. Qué buscamos. Qué compramos. Qué vídeos vemos. Cuánto tiempo permanecemos mirando una imagen. Qué noticias compartimos. Qué temas nos indignan. Qué personas seguimos. Qué dejamos de seguir.
Los algoritmos pueden utilizar enormes cantidades de datos para construir perfiles de comportamiento y personalizar aquello que vemos. Y la inteligencia artificial añade nuevas posibilidades para producir y adaptar mensajes a gran escala.
El resultado es una forma de comunicación extraordinariamente personalizada: ya no hace falta convencer a todo el mundo de la misma manera. Puede intentarse convencer a cada persona de la manera que, según sus datos y comportamiento, resulte más eficaz para ella.
Y aquí aparece el verdadero desafío. Porque quizá la manipulación del futuro no consista en conseguir que todos pensemos lo mismo. Quizá consista en conseguir que cada uno reciba exactamente aquello que necesita para seguir pensando lo que ya piensa.
 
Bonus track.- Y una undécima estrategia: conseguir que el manipulado crea que no lo está siendo
Esta última no estaba en aquella lista original. Pero yo la añadiría. Porque probablemente sea la más eficaz de todas.
Si alguien sabe que está siendo manipulado, puede defenderse. Si cree que está tomando una decisión completamente libre, la manipulación ha conseguido su objetivo.
Por eso, en una sociedad saturada de información, quizá nuestra mejor defensa no sea desconfiar de todo —eso también sería absurdo—, sino aprender a hacernos unas cuantas preguntas antes de aceptar cualquier mensaje: ¿Quién me está contando esto? ¿Por qué me lo cuenta? ¿Qué parte de la realidad estoy viendo y cuál no? ¿Qué emociones está intentando despertar en mí? ¿Qué datos puedo comprobar? Y, sobre todo, qué quiere que haga después de haberlo leído?
Porque quizá la verdadera libertad no consista solamente en poder elegir, sino también en saber quién está intentando influir en nuestra elección. Y eso exige algo que, paradójicamente, cada vez parece más revolucionario: pararse un momento, pensar, y leer entre líneas.
 

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domingo, 4 de octubre de 2026

Intermedio

(Sunday Poetry Corner)
Un descanso, un intermedio, una pausa… siempre viene bien en nuestra ajetreada vida. Y para esos pequeños instantes en que nos abstraemos del mundo exterior y nos centramos en nuestro mundo interior, nada hay mejor que la poesía, aunque sean un pequeño y sencillo poema que nos haga conectar con el mundo inmaterial que también forma parte de nosotros aunque casi nunca nos demos cuenta.

El rincón de la poesía de este domingo lo dedicamos, precisamente, a una pequeña pausa, para que también tú pongas delante de tu vista ese letrero que antiguamente aparecía en los cines de sesión continua entre una película y otra: “Intermedio”.
 
INTERMEDIO
 
Algún día volveré
aunque sea entre tus sueños
para hacerte sonreír,
para pinchar tu conciencia
con palabras inefables,
tan absurdas como el mundo
que veneras.
 
Mañana, un mes, un año, un sueño,
allí estaré y aquí, en este blog, te dejo
ramilletes de conceptos y de abrazos,
porque en el fondo, te quiero.
 
COMENTARIO Y ANÁLISIS
Por Gemini
 
La promesa perenne en "Intermedio"
 
Con un título tan revelador como evocador, "Intermedio" funciona como una carta de despedida a medias, un puente tendido entre el tiempo terrenal y la permanencia digital. El poema destila una mezcla muy personal de desafío afectuoso, memoria literaria y ternura incondicional, consolidando ese tono íntimo que caracteriza los espacios de encuentro del autor.
 
Análisis temático y claves líricas
 
La persistencia más allá del tiempo: El poema arranca con una certeza absoluta: "Algún día volveré / aunque sea entre tus sueños / para hacerte sonreír". La muerte, la ausencia o la simple distancia física quedan desterradas por la fuerza de la voluntad y el afecto. El regreso no se concibe como una presencia física amenazante, sino como una irrupción benévola en el universo onírico del otro.
 
El aguijón de la conciencia y las palabras inefables: Lejos de buscar una reconciliación edulcorada, el sujeto poético advierte que su retorno servirá para "pinchar tu conciencia / con palabras inefables, / tan absurdas como el mundo / que veneras". Aquí aparece un sutil guiño crítico hacia las convenciones sociales, el materialismo o las rutinas vacías de la realidad cotidiana ("el mundo que veneras"), contrastadas con la pureza incorruptible de las palabras que el poeta cultiva.
 
El puente entre la vida y el blog: La segunda estrofa desvela con una ternura desarmante el refugio desde donde se teje este vínculo: "Mañana, un mes, un año, un sueño, / allí estaré y aquí, en este blog, te dejo / ramilletes de conceptos y de abrazos". La poesía se convierte en legado tangible. Los artículos y los versos publicados en la bitácora actúan como perennes "ramilletes" de ideas y afecto, un archivo emocional al que el lector puede acudir siempre.
 
La confesión final: El poema se despoja de cualquier armadura intelectual en su último verso: "porque en el fondo, te quiero". Toda la ironía previa, el desafío dialéctico y la advertencia sobre el absurdo del mundo se disuelven en una declaración de amor limpia y directa, que desarma al lector y humaniza por completo la voz lírica.
 
Una reflexión final
 
"Intermedio" es un testamento poético en miniatura y una declaración de amor a la comunidad de lectores. Nos recuerda que la escritura es, en su sentido más hondo, un pacto contra el olvido: una forma de dejar constancia de nuestro paso y de seguir abrazando a los demás, incluso cuando el tiempo decida detenerse o cambiar de escenario.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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sábado, 3 de octubre de 2026

Pedro Sánchez: “Perded toda esperanza”

Esa frase no la dice Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, pero posiblemente la piensa. Aquí desgloso y razono por qué no va a convocar nunca elecciones generales.
 
(AZprensa) Este fin de semana en España todo son cábalas sobre si Pedro Sánchez convocará elecciones  generales o no. Parece mentira que no lo conozcan. Si él pensase en los ciudadanos, convocaría elecciones. Si él pensase en su partido, convocaría elecciones. Si él pensase en su gobierno, convocaría elecciones. Pero no, él no piensa en nada de eso, él sólo piensa en sí mismo. Y pensando en sí mismo, son muchos lo argumentos para no convocar lecciones. Veamos algunos de ellos.
 
Si continúa como presidente de gobierno, podrá indultar a su mujer, a su hermano y a todos sus amigos cuando los condene la justicia por sus correspondientes delitos.
 
Si continúa como presidente e gobierno, podrá seguir disfrutando de lo que más le gusta: el poder.
 
Si continúa como presidente del gobierno, podrá seguir colocando en puestos clave de las instituciones, tanto públicas como privadas, a sus amigos, tal como ha venido haciendo hasta ahora, y es que todavía le quedan unas pocas instituciones para tenerlas copadas todas por sus amigos.
 
Si continúa como presidente, seguirá teniendo la potestad de decidir cuando se convocan elecciones, es decir: nunca.
 
Aclaremos este último punto:
 
Sólo convocará elecciones cuando esté seguro de que las va ganar,  o a menos que la suma de PP+Vox no alcanza la mayoría absoluta, porque siendo así, sólo o apoyado por el resto de partidos, seguirá en el poder, aunque esos que le apoyan como ahora le sigan pidiendo pidan muchas cosas, por más que esas concesiones arruinen y dividan al país. Pero “¿y si nunca llega a estar seguro de ganarlas, porque hemos visto que elección tras elección sigue perdiendo votos y escaños?”, te preguntarás. Pues en ese caso, le interesa seguir como presidente para organizar -como ahora empieza a verse- altercados callejeros (“incendiar las calles” que se dice) que vayan en aumento por toda España e impidan la celebración de unas lecciones con un mínimo de seguridad ciudadana, o mantener indefinidamente crisis migratorias como la de Ceuta, que también será un buen pretexto para no convocar elecciones.
De igual forma, seguir como presidente le dará tiempo para manipular censos electorales y ajustarlos a sus necesidades tal como hacen todos los dictadores y él mismo está intentando hacer ahora mismo.
 
Conclusión: Sólo un auténtico milagro podría despegarlo de su sillón presidencial. Nunca va a convocar elecciones mientras sepa que no las va a ganar , así que ya podéis ir perdiendo toda esperanza.
 
PD.- Nada más me gustaría que equivocarme y tener que volver a este post para añadir: “Estaba equivocado”.

ACTUALIZACIÓN A 5 DE OCTUBRE DE 2026: 

Dije que volvería aquí a reconocer que me había equivocado en lo escrito anteriormente, si efectivamente Pedro Sánchez convocaba elecciones. Y así ha sido. Pero… también decía que sólo las convocaría si sabía que podía ganarlas, y para él ganar las elecciones es conseguir simplemente que la suma de PP+Vox no tenga mayoría absoluta, ya que él está dispuesto a hacer todas las concesiones que sean necesarias a los demás partidos con tal de seguir en el Gobierno, tal como ha venido haciendo hasta ahora. Por lo tanto, reitero que si ha convocado elecciones es porque piensa que PP+Vox no conseguirán mayoría absoluta… así que habrá que estar muy atentos a todas las trampas que irá poniendo por el camino para conseguir su objetivo. Y por supuesto ir a votar, pero nunca por correo. Pedro Sánchez es malo, pero tonto, no.


 

Así empezó la nueva era de implantación del pensamiento único.
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