(Sunday Poetry Corner) Fue hace ya muchos
años, siendo un adolescente, cuando compartí mis primeros versos con una amiga
con quien existía una conexión especial. El recuerdo de aquella tarde me asaltó
muchas veces a lo largo de los años y, en una de esas ocasiones, escribí las palabras
que hoy comparto con vosotros en este rincón dominical de la poesía.
Espero que la lectura de este texto poético sea como un “kit kat”, un instante de respiro en vuestra ajetreada vida, que os haga inspirar un momento de paz y de sosiego, de liberar vuestra sensibilidad para captar ese mundo invisible de sensaciones que nos rodea y que el ruido y las prisas del mundo cotidiano no nos deja percibir ni disfrutar.
¡QUÉ ATRÁS SE HA QUEDADO EL TIEMPO!
Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
¿Recuerdas? No, tal vez ya no recuerdas nada. Los días vacíos han ido borrando tus entrañas.
Aún veo aquel chalé en las afueras: el suelo verde salpicado de baldosas blancas, los árboles pequeños, la piscina dormida... Era la tarde, esa hora en la que el aire adormece y, al más leve movimiento, surge el sudor.
—¿Te gusta? —te pregunté.
—...Sí... —respondiste tímida, esbozando una sonrisa.
Allí sentados, suspendidos fuera del tiempo, te enseñaba poesía.
—¿Qué es? —preguntaste.
—Es sentir. Es la vida.
—No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
—¿Acaso la tiene la vida? No, ¿verdad? Por eso mi verso es como la existencia: libre, sin reglas, dueño de su propio compás, escrito al impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora mejor?
—Un poco.
—Esto es más que un papel con signos. Es hondo, profundo, con un relieve palpable al ultrasentido.
Fue entonces cuando tu mano, por vez primera, rozó con una mezcla de temor e intriga aquellos caracteres y se deslizó después hasta la mía.
—Esto vibra —dijiste, trémula.
—Es que desea sentir tus dedos para contarte muchas cosas.
Tu mano continuó el camino y los dos sentimos algo nuevo que nacía.
—Ha despertado tu ultrasentido —te susurré.
Entusiasmada, como estabas, nos olvidamos los dos del tiempo. Me alegraba verte así, dispuesta a explorar nuevos caminos. Quizás en aquellos instantes el reloj detuvo el tiempo y aquél «¡Párate, oh, Sol!» de antaño lo habíamos logrados nosotros sin saberlo.
—Es hermoso sentir algo que no vemos —dijiste al fin—. Palpar las ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande.
—Me alegran tus palabras, pero más aún el que las sientas. Todo debería ser así: palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el porqué de estos versos? ¿Comprendes su balanceo?
—Sí, lo siento —me respondiste.
La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose poco a poco, difuminando de rojo el cielo. De pronto, una voz te llamó y te alejaste corriendo.
¿De verdad no recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no regresas? ¿Acaso volvió a dormirse, lejos de mis manos, ese ultrasentido que una tarde perdida sentiste renacer? ¿Dónde se ha perdido tu esperanza? ¿En qué lugar se olvidaron tus recuerdos?
Niña, aquí estoy solo y sin ti... ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
COMENTARIO
(Por Gémini)
La poesía que se palpa
El texto que analizamos es una pieza de una delicadeza punzante. Bajo la apariencia de un recuerdo de verano —un chalé, una tarde calurosa, el letargo de una piscina—, el poema se adentra en una de las dimensiones más misteriosas de la creación literaria: la poesía como una experiencia física y sensorial.
1. El escenario y el "Ultrasentido"
El autor nos sitúa en un espacio donde el tiempo cronológico se detiene. El calor y la modorra actúan como un catalizador para que los protagonistas consigan el milagro que ya ansiaba la literatura clásica: detener el sol, congelar el instante. En esa suspensión temporal, el poema introduce un concepto fascinante: el "ultrasentido". No se trata de entender la poesía con el intelecto (la mente racional de la niña busca la rima y el metro), sino de experimentarla con el alma y con la piel.
2. El erotismo de la palabra
Existe en el diálogo un erotismo sutil, puramente espiritual y táctil. Las palabras del papel no son "signos" fríos; vibran, tienen relieve, demandan el contacto de los dedos. El acto de leer y comprender se transforma en una caricia. Cuando la mano de la niña roza los versos y, de manera inevitable, termina rozando la mano del poeta, se produce el verdadero milagro: la comunión a través de la belleza compartida.
3. La melancolía del olvido
Sin embargo, el poema está atravesado por la línea de la amargura. El contraste entre el "entusiasmo" de aquella tarde y el vacío del presente es desolador. La niña, hoy ya mujer, parece haber sido devorada por la rutina o por la amnesia de "los días vacíos". El poema se cierra con un eco de preguntas retóricas que no buscan respuesta, sino que constatan una pérdida: el ultrasentido se ha vuelto a dormir.
Es una elegía hermosa y doliente al despertar de la sensibilidad, un recordatorio de que, a veces, dejamos morir en nuestro interior la capacidad de conmovernos con lo invisible. Una lectura imprescindible para detener nuestro propio reloj y aprender, de nuevo, a palpar los sentimientos.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Espero que la lectura de este texto poético sea como un “kit kat”, un instante de respiro en vuestra ajetreada vida, que os haga inspirar un momento de paz y de sosiego, de liberar vuestra sensibilidad para captar ese mundo invisible de sensaciones que nos rodea y que el ruido y las prisas del mundo cotidiano no nos deja percibir ni disfrutar.
¡QUÉ ATRÁS SE HA QUEDADO EL TIEMPO!
Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
¿Recuerdas? No, tal vez ya no recuerdas nada. Los días vacíos han ido borrando tus entrañas.
Aún veo aquel chalé en las afueras: el suelo verde salpicado de baldosas blancas, los árboles pequeños, la piscina dormida... Era la tarde, esa hora en la que el aire adormece y, al más leve movimiento, surge el sudor.
—¿Te gusta? —te pregunté.
—...Sí... —respondiste tímida, esbozando una sonrisa.
Allí sentados, suspendidos fuera del tiempo, te enseñaba poesía.
—¿Qué es? —preguntaste.
—Es sentir. Es la vida.
—No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
—¿Acaso la tiene la vida? No, ¿verdad? Por eso mi verso es como la existencia: libre, sin reglas, dueño de su propio compás, escrito al impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora mejor?
—Un poco.
—Esto es más que un papel con signos. Es hondo, profundo, con un relieve palpable al ultrasentido.
Fue entonces cuando tu mano, por vez primera, rozó con una mezcla de temor e intriga aquellos caracteres y se deslizó después hasta la mía.
—Esto vibra —dijiste, trémula.
—Es que desea sentir tus dedos para contarte muchas cosas.
Tu mano continuó el camino y los dos sentimos algo nuevo que nacía.
—Ha despertado tu ultrasentido —te susurré.
Entusiasmada, como estabas, nos olvidamos los dos del tiempo. Me alegraba verte así, dispuesta a explorar nuevos caminos. Quizás en aquellos instantes el reloj detuvo el tiempo y aquél «¡Párate, oh, Sol!» de antaño lo habíamos logrados nosotros sin saberlo.
—Es hermoso sentir algo que no vemos —dijiste al fin—. Palpar las ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande.
—Me alegran tus palabras, pero más aún el que las sientas. Todo debería ser así: palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el porqué de estos versos? ¿Comprendes su balanceo?
—Sí, lo siento —me respondiste.
La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose poco a poco, difuminando de rojo el cielo. De pronto, una voz te llamó y te alejaste corriendo.
¿De verdad no recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no regresas? ¿Acaso volvió a dormirse, lejos de mis manos, ese ultrasentido que una tarde perdida sentiste renacer? ¿Dónde se ha perdido tu esperanza? ¿En qué lugar se olvidaron tus recuerdos?
Niña, aquí estoy solo y sin ti... ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!
COMENTARIO
(Por Gémini)
La poesía que se palpa
El texto que analizamos es una pieza de una delicadeza punzante. Bajo la apariencia de un recuerdo de verano —un chalé, una tarde calurosa, el letargo de una piscina—, el poema se adentra en una de las dimensiones más misteriosas de la creación literaria: la poesía como una experiencia física y sensorial.
1. El escenario y el "Ultrasentido"
El autor nos sitúa en un espacio donde el tiempo cronológico se detiene. El calor y la modorra actúan como un catalizador para que los protagonistas consigan el milagro que ya ansiaba la literatura clásica: detener el sol, congelar el instante. En esa suspensión temporal, el poema introduce un concepto fascinante: el "ultrasentido". No se trata de entender la poesía con el intelecto (la mente racional de la niña busca la rima y el metro), sino de experimentarla con el alma y con la piel.
2. El erotismo de la palabra
Existe en el diálogo un erotismo sutil, puramente espiritual y táctil. Las palabras del papel no son "signos" fríos; vibran, tienen relieve, demandan el contacto de los dedos. El acto de leer y comprender se transforma en una caricia. Cuando la mano de la niña roza los versos y, de manera inevitable, termina rozando la mano del poeta, se produce el verdadero milagro: la comunión a través de la belleza compartida.
3. La melancolía del olvido
Sin embargo, el poema está atravesado por la línea de la amargura. El contraste entre el "entusiasmo" de aquella tarde y el vacío del presente es desolador. La niña, hoy ya mujer, parece haber sido devorada por la rutina o por la amnesia de "los días vacíos". El poema se cierra con un eco de preguntas retóricas que no buscan respuesta, sino que constatan una pérdida: el ultrasentido se ha vuelto a dormir.
Es una elegía hermosa y doliente al despertar de la sensibilidad, un recordatorio de que, a veces, dejamos morir en nuestro interior la capacidad de conmovernos con lo invisible. Una lectura imprescindible para detener nuestro propio reloj y aprender, de nuevo, a palpar los sentimientos.
Biblioteca Fisac
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