(AZprensa) Detente un segundo. Para un momento y contempla
cómo ha sido tu jornada hasta ahora: prisas, tensión, trabajo, esperas,
discusiones, desencantos, risas, retrasos, apreturas, un susto, una sorpresa,
aburrimiento, enfado, una caricia, desorden, un café, sonidos, recuerdos,
informes, propuestas, correos electrónicos, urgencias... Y así podría seguir
encadenando momentos y sensaciones hasta rellenar, una a una, las veinticuatro
horas del día. Un día tras otro. Una rutina que nos sepulta.
Por eso no es de extrañar esa cara de absoluta felicidad
que se nos queda cuando, de repente, salimos a la calle en una mañana
espléndida y nos regalamos una profunda bocanada de aire fresco. Sentir cómo el
aire nos oxigena los pulmones y nos relaja los hombros es un placer primitivo.
Pues bien, esa misma bocanada de aire fresco es la que
puedes regalarle a tu mente cada día. Solo necesitas detenerte diez segundos;
el tiempo justo para leer un poema. Un instante desconectado del ruido del
mundo como el que cada domingo os propongo en este rincón del blog, bajo el
epígrafe "Sunday Poetry Corner".
Respiremos juntos.
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(AZprensa) ¿Puede transformarse en poesía un acto tan
frecuente, doméstico y mundano como el de preparar un chocolate caliente? Para
un verdadero poeta la respuesta es un rotundo sí. Al fin y al cabo, la
literatura no solo habita en los grandes dramas o en los paisajes idílicos;
late con fuerza en cada rincón de lo cotidiano, por insignificante que parezca,
esperando a que alguien sepa descubrirla.
Hoy traigo como ejemplo un poema que narra, precisamente,
la divertida vorágine de una joven entre fogones. Los versos han sido extraídos
de mi libro “Yo soy Alma”, una obra singular cuya inspiración me llegó
directamente a través de una musa. Fue un proceso casi místico, cercano a la
escritura automática, donde yo apenas actué como un canal, trasladando al papel
las palabras que ella me dictaba. Por eso, aun llevando mi firma, es ella —la
indómita protagonista— quien nos habla en primera persona de sus emociones, sus
andanzas y sus secretos más íntimos, compartidos con una amiga que contempla,
entre el asombro y la cámara de fotos, todo el "espectáculo".
Aquí tenéis el poema:
CHOCOLATE
¡Zafarrancho en la cocina!
Me he lanzado como obsesa
a preparar chocolate
mientras tú miras absorta
el desorden y la absoluta falta
de limpieza.
Guarreando en la cocina,
manchando todo el camino,
disfruto como una loca y tú
apenas hablas y frotas
tus ojos grises y haces fotos,
una tras otra.
Ya está casi terminado
y te invito a disfrutar.
— “¿Quién limpiará todo esto?”
— “¡Mañana Dios lo dirá!”
COMENTARIO:
(Por Gemini)
La poética del torbellino y la alegría viva
El poema Chocolate es un estallido de vitalidad y una
celebración del momento presente. A través de sus versos cortos y su ritmo
ágil, el autor nos regala una radiografía perfecta de la libertad y la
complicidad femenina.
1. El encanto del caos
Frente a la rigidez del mundo adulto y pulcro, la
protagonista del poema opta por el "zafarrancho" y el disfrute más
puro. Palabras como "obsesa", "guarreando" o "como una
loca" despojan a la escena de cualquier pretensión académica y la llenan
de una verdad aplastante. Hay una belleza salvaje en el desorden cuando este es
el resultado de la pasión y de la creación (aunque esta creación sea un simple
dulce). La cocina se convierte en un lienzo donde está permitido mancharse.
2. Dos miradas en un mismo espejo
El poema juega de forma magistral con el contraste entre
dos personalidades. Por un lado, la acción pura, desinhibida y golosa de quien
cocina; por el otro, la mirada "absorta", contenida y observadora de
la amiga de los "ojos grises". Mientras una ensucia y disfruta, la
otra congela el instante haciendo fotos "una tras otra". Es la
dualidad perfecta: la vida que sucede a borbotones y el arte que la documenta.
3. La filosofía del carpe
diem
El cierre del poema es, sencillamente, una declaración de
principios. Frente a la preocupación pragmática y un punto reprimida de la
espectadora («¿Quién limpiará todo esto?»), la protagonista responde con una
jovialidad arrolladora: «¡Mañana Dios lo dirá!». Es el carpe diem llevado a la cocina. El chocolate está listo y la vida
es demasiado corta para posponer el placer por miedo a tener que fregar los
platos.
Una pieza deliciosa que nos recuerda que la felicidad sabe
a cacao y que las mejores cosas de la vida, casi siempre, te dejan las manos
manchadas.
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(AZprensa) El mundo digital ha
logrado muchas hazañas, pero también perpetrado grandes engaños semánticos. El
más flagrante de todos ha sido desvirtuar, de forma errónea y descarada, el
término "amigo".
Basta con asomarse a los perfiles de cualquier red social
para presenciar un fenómeno sociológico inaudito: la gente acumula cantidades
industriales de afectos virtuales. Es raro encontrar a alguien que declare
tener menos de cien o doscientos "amigos", y es ya una norma habitual
cruzarse con perfiles que exhiben con orgullo cifras que superan los mil o dos
mil. Pero seamos sinceros, ¿tiene eso algo que ver con la amistad?
La verdad según el
diccionario
Si acudimos a la Real Academia Española, descubrimos que
la palabra "amistad" define un «afecto personal, puro y
desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el
trato».
Sin embargo, en el ecosistema de las pantallas, ese
"trato" es siempre una ilusión a distancia. Es un escaparate
unidireccional e indiscriminado donde lanzamos los mismos mensajes y
fotografías a una masa informe de espectadores. Resulta biológica y
psicológicamente imposible forjar un vínculo sincero, conocer los miedos del
otro, sostener su mirada o descubrir sus silencios cuando el marcador de
contactos alcanza esas cifras estratosféricas. ¿No sería mucho más honesto y
saludable cambiar la etiqueta de "amigos" por la de
"conocidos", "seguidores" o, simplemente,
"público"?
El absurdo de la
multitud
Para entender la banalidad de esta farsa, solo hace falta
trasladar las reglas del juego digital al mundo de carne y hueso.
Todos podemos imaginar a cualquiera saliendo un sábado por
la tarde a dar un paseo de confidencias con un buen amigo. Incluso podemos
concebir una animada cena con diez o veinte personas queridas. Pero, hagamos la
prueba de fuego de la lógica: ¿se ha visto alguna vez a alguien salir a pasear
por el parque de la mano de mil quinientos amigos?
La respuesta es obvia. Entre el ruido de los "me
gusta" y la urgencia de las notificaciones, hemos olvidado que la
verdadera amistad es artesanal, selectiva y analógica. Ocupa tiempo, requiere
presencia física y se cultiva mirándose a los ojos, no deslizando el dedo sobre
un cristal frío. Quizás va siendo hora de apagar un rato el teléfono, vaciar la
agenda de extraños y recuperar el valor de los pocos que sí cabrían con nosotros
en una mesa de café.
Biblioteca Fisac
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(AZprensa) La industria
farmacéutica ya no es lo que era. Hubo un tiempo en que sus laboratorios
estaban repletos de excelentes profesionales, respetados y muy bien
remunerados. Era un sector ciertamente endogámico: existían los fichajes, por
supuesto, pero siempre se pescaba en los laboratorios de la competencia.
Gracias a este ecosistema, los trabajadores iban atesorando un conocimiento
profundo del sector y una experiencia específica de un valor incalculable.
En torno al año 2005, los laboratorios vivieron su
auténtica época dorada. Sin embargo, poco después llegó la crisis económica y,
años más tarde, para rematar el paisaje, la pandemia. Aquellos crecimientos
anuales históricos de dos dígitos pasaron a ser cosa del pasado, y fue entonces
cuando la industria cambió radicalmente de rumbo.
Los nuevos CEOs y altos directivos ya no eran hombres y
mujeres forjados en el conocimiento de la ciencia y el mercado farmacéutico,
sino supuestos expertos en másteres inflados y rimbombantes presentaciones de
PowerPoint. Líderes sin alma y sin escrúpulos. Si antes, como a muchos
directivos se les llenaba la boca al señalar, «el mejor activo de una empresa
son sus empleados», a partir de ese momento los trabajadores pasaron a ser
simples números. Y los mandos intermedios y los propios directivos de la vieja
escuela, también.
La operación
"Renove" del low-cost
El timón de las compañías quedó en manos de estos nuevos y
ambiciosos "profesionales de la teoría", carentes de experiencia real
en el terreno. Para cuadrar los balances de la manera más perezosa, pusieron en
marcha una particular operación "Renove": despedir a los
profesionales excelentes y, por cada dos bajas, contratar a un recién
licenciado —con mucho título anglosajón y nula experiencia— para que hiciese el
trabajo de ambos por la mitad del salario de cualquiera de los despedidos.
Se pasó, de la noche a la mañana, de tener profesionales
curtidos a tener niñatos en despachos demasiado grandes. Y los niñatos, por no
tener, no tienen ni principios ni valores.
Me contaban hace poco, por poner solo un ejemplo gráfico,
el trato humillante que dispensan a los proveedores. Sabedores de los tiempos
difíciles que corren, ya ni siquiera se molestan en negociar o regatear los
presupuestos que se les presentan. Sin más miramientos, imponen un recorte del
30% bajo la burda premisa de «lo tomas o lo dejas». Y lo peor no es el fondo,
sino las formas: se lo espetan tras haberles tenido esperando más de una hora
en la recepción y, después de semejante plantón, son incapaces de articular la
más leve palabra de disculpa. Es la soberbia de la ignorancia.
Empresas sin alma
Como es lógico, estos jóvenes se sienten en el fondo
explotados por el propio sistema que los ha encumbrado a precio de saldo, y
terminan trasladando su frustración y su mala educación a todo lo que les
rodea.
El triste resultado es el panorama corporativo que hoy
abunda en nuestra sociedad: empresas desalmadas que exprimen a sus plantillas,
organizaciones que han olvidado el factor humano y que compran, usan y tiran a
las personas como si fueran simples fichas de un juego de mesa barato.
Biblioteca Fisac
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(AZprensa) ¿Quieres saber, de
forma rápida y sin salir de casa, si estás en riesgo real de padecer diabetes o
un infarto de miocardio? Olvídate de análisis complejos por un momento; la
prueba que te propongo hoy es rudimentaria, infalible y analógica. Solo tienes
que seguir estos sencillos pasos:
1.- Coge un metro de
costura (de esos flexibles que se adaptan a las curvas de la vida).
2.- Rodéate la cintura con él.
3.- Pon música con
redobles de tambor de fondo para darle un mayor dramatismo a la escena (este
punto, por supuesto, es opcional, pero altamente recomendado para la tensión
narrativa).
4.- Mira fijamente la
cifra que marca la cinta.
5.- El veredicto de la
ciencia
Llegados a este punto, toca ponerse serios (pero solo un
poco). Según los datos de la Sociedad Española de Rehabilitación
Cardiorrespiratoria, el tamaño aquí sí importa, y mucho. Tener un perímetro de cintura superior a 88 centímetros
en las mujeres y a 102 centímetros en los hombres duplica automáticamente el
riesgo de desarrollar diabetes.
Por si fuera poco, la llamada obesidad abdominal —esa
entrañable "curva de la felicidad" que en realidad no hace tanta
gracia y que ya padece el 35% de los españoles— multiplica por dos las
papeletas para sufrir un infarto de miocardio. La grasa acumulada en esa zona
no es meramente estética; es metabólicamente activa y bastante traicionera.
El plan de
emergencia
Y llegados a este punto, si al mirar la cinta descubres
que has superado esas cifras de seguridad o, lo que es peor, si se te ha
quedado corto el metro de la abuela... ¡no entres en pánico!
Simplemente, guarda el metro en el cajón, átate bien las
zapatillas, sal corriendo a la calle como si no hubiera un mañana y ¡no pares
de trotar hasta que te hayas dejado toda la grasa por el camino! Tu corazón te
lo agradecerá.
PD.- Esta información tiene un
carácter meramente informativo. Para obtener asesoramiento o diagnóstico
médicos, consulta a un profesional.
Biblioteca Fisac
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