miércoles, 27 de mayo de 2026

Los profesionales del trabajo ajeno: una especie en plena expansión

La selección natural no premia siempre a los mejores, sino a los que mejor saben adaptarse. En el ecosistema empresarial, ninguna especie ilustra esta cruel verdad mejor que el Cuculus officinensis, conocido en el argot del sector como «el profesional del trabajo ajeno».
 
(AZprensa) Conviene empezar por el principio, que en este caso nos lleva a la ornitología. El cuco —Cuculus canorus, para quien prefiera la nomenclatura científica— es, desde el punto de vista de la ética, un sinvergüenza de manual. Su estrategia reproductiva consiste en lo siguiente: pone sus huevos en nido ajeno, deja que otros los empollen con todo su esfuerzo y cariño, y cuando el polluelo nace —de tal palo tal astilla— lo primero que hace es empujar fuera del nido a los demás huevos para quedarse como hijo único y ser alimentado a todo trapo por unos padres adoptivos que no sospechan nada. La selección natural, que no entiende de escrúpulos, lo ha convertido en un modelo de éxito evolutivo. La naturaleza, hay que reconocerlo, tiene un sentido del humor muy particular.
 
Pues bien: un primo hermano de este cuco lleva décadas campando a sus anchas por los organigramas corporativos de medio mundo, y todo indica que en lugar de tender a la extinción —como mandan los cánones de la justicia poética— no hace sino proliferar. Se trata de los profesionales del trabajo ajeno: una especie tan fascinante desde el punto de vista zoológico como exasperante para quienes comparten hábitat con ella.
 
FICHA DE ESPECIE · ZOOLOGÍA EMPRESARIAL
Nombre común: Profesional del trabajo ajeno
Nombre científico: Cuculus officinensis
Hábitat: Oficinas, salas de reuniones, despachos de dirección
Dieta: Méritos ajenos, aplausos, incentivos variables
Estado de conservación: En expansión preocupante
 
Descripción de la especie
 
El profesional del trabajo ajeno es, ante todo, un animal social de primer orden. Extrovertido, dicharachero, dotado de una simpatía que parece innata pero que en realidad es el fruto de un entrenamiento constante, invierte la mayor parte de su energía —que no es poca— no en producir trabajo sino en granjearse las simpatías de quienes tienen poder para premiar el trabajo. Es, en pocas palabras, un especialista en relaciones públicas que ha encontrado en la empresa su ecosistema natural.
 
Su habilidad principal consiste en hacer aparecer como propios los trabajos realizados por otros, y en hacerlo con una convicción y un desparpajo que desarman cualquier intento de refutación. El mecanismo es tan sencillo como eficaz: mientras el trabajador efectivo produce, el profesional del trabajo ajeno presenta. Y quien presenta ante el jefe es, a todos los efectos prácticos, quien ha hecho el trabajo. El jefe —cegado por el peloteo constante y por la satisfacción de verse adulado como se merece— no acierta a preguntarse quién hizo realmente la tarea. Ni, a decir verdad, le importa demasiado: lo que le importa es que alguien le haga sentir lo importante que es. Y en eso, el profesional del trabajo ajeno no tiene rival.
 
«El cuco pone sus huevos en nido ajeno. El profesional del trabajo ajeno hace algo más refinado: convence al nido de que los huevos siempre fueron suyos.»
 
Comportamiento ante el fracaso: una elegancia admirable
 
Pero donde la especie alcanza su máxima expresión —su momento de mayor brillantez etológica, diríamos— es en su relación con el fracaso. Porque el profesional del trabajo ajeno es selectivo con una precisión que haría palidecer al mejor cirujano: se apropia de los éxitos con la agilidad del carterista consumado, pero cuando las cosas salen mal, su capacidad de desaparecer del foco es sencillamente prodigiosa. El fracaso, invariablemente, recae sobre los demás. Sobre los que trabajaron, paradójicamente. Una elegancia que solo da la práctica continuada.
 
Y esto no es casualidad: es estrategia. Atribuirse también los fracasos sería un error de novato que pondría en peligro su imagen cuidadosamente construida. La perfección del método reside precisamente en esa asimetría: éxitos propios, fracasos ajenos. Crédito para arriba, responsabilidad para abajo. Una división del trabajo que, vista fríamente, funciona con una eficiencia que muchos departamentos de verdad envidiarían.
 
Perspectivas de futuro
 
Los naturalistas más optimistas confían en que, tarde o temprano, la especie encontrará sus límites naturales: que los jefes afinarán su olfato, que los compañeros dejarán de ser tan generosos con su trabajo, que el ecosistema corporativo desarrollará anticuerpos. Los más realistas, en cambio, observan que el profesional del trabajo ajeno lleva décadas desafiando ese pronóstico sin el menor síntoma de agotamiento. Si la selección natural premia la adaptación, esta especie está mejor adaptada que casi ninguna otra al entorno en que prospera. Lo cual dice mucho del entorno, y más todavía de quienes lo gestionan.

Mientras tanto, ahí están: en todas las empresas, en todos los sectores, en todos los países. Sonrientes, simpáticos, con su último mérito ajeno bajo el brazo y la mirada puesta en el próximo. Sobreviviendo, como el cuco, con una eficacia que la naturaleza debería avergonzarse de haber inventado.
 

Biblioteca Fisac
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martes, 26 de mayo de 2026

El precio de los medicamentos: una historia de nunca acabar

Este artículo lo escribí en 2010 y me temo que, quince años después, el diagnóstico no ha cambiado sustancialmente. Han variado las cifras, se han añadido nuevas capas de complejidad, pero el mecanismo de fondo sigue siendo el mismo. Y los laboratorios siguen siendo los malos de la película. Aquí tienes, pues, este artículo actualizado a día de hoy.
 
(AZprensa) Determinar el precio de un medicamento es una tarea extraordinariamente complicada. Uno podría pensar que basta con calcular cuánto cuesta fabricarlo, hacerlo llegar a los puntos de venta, añadir un margen razonable de beneficio y listo. Pero el precio de las cosas no lo fija lo que «cuestan» sino lo que «valen», y ese valor lo determina una cosa que se llama demanda. Un artículo puede costar una fortuna, pero si nadie lo quiere no vale nada. Y un medicamento puede salvar vidas, pero si el sistema que debe financiarlo decide que no vale lo que cuesta, el paciente que lo necesitaba se queda esperando.
 
El coste invisible: la investigación
 
Cuando un laboratorio quiere comercializar un fármaco, presenta el precio máximo que considera viable para conseguir la cuota de mercado que haga rentable su comercialización. Pero aquí hay un factor que no existe en casi ningún otro sector con esta dimensión: la investigación.
 
Cuando un medicamento llega al mercado ha dejado atrás entre diez y trece años de investigación. En 2010 decía que ese proceso costaba más de 800 millones de euros. Hoy las cifras son muy distintas: se precisan entre 10 y 13 años y una inversión que los estudios más recientes sitúan en torno a los 2.500 millones de euros por medicamento. El coste se ha triplicado en quince años. Y la tasa de éxito no ha mejorado: solo tres de cada diez fármacos que llegan al mercado generarán ingresos que superen los costes medios de I+D. El resto pierde dinero. Y alguien tiene que financiar también esa pérdida.
 
El retorno esperado de la inversión en nuevos medicamentos se sitúa actualmente en apenas el 1,8%, el punto más bajo de la última década, mientras que el coste medio de desarrollar y comercializar un nuevo medicamento ha aumentado cerca de un 70% desde 2010. Dicho de otro modo: investigar medicamentos es cada vez más caro y cada vez menos rentable. Y sin embargo, se sigue investigando, porque es lo que hace la industria farmacéutica y porque sin esa investigación no habría los avances médicos que hoy damos por descontados.
 
Nota: a todo esto hay que añadir que, una vez transcurridos diez años desde el descubrimiento de la molécula —es decir, aproximadamente cuando el fármaco lleva un tiempo en el mercado—, cualquier otro laboratorio puede copiar el producto y ofertarlo a un precio muy inferior, sin haber asumido ni un euro del coste de investigación ni del riesgo que esta conlleva.
 
El Gobierno como árbitro, comprador y regateador
 
El laboratorio presenta su precio máximo. El Gobierno, que es quien debe aprobarlo —dado que más del 90% de las ventas de medicamentos se canalizan a través de la sanidad pública—, tiene que decidir si acepta ese precio o negocia uno inferior. ¿Qué hace? Lo mismo que en 2010: busca cuál es el país europeo que ha fijado el precio más bajo para ese mismo producto y declara: «ese es mi precio». Sin estudiar la documentación presentada, sin considerar si el nivel de vida de ese país de referencia tiene algo que ver con el nuestro, sin valorar las horas de investigación que hay detrás de cada molécula.
 
Y en 2025 esto se ha institucionalizado aún más. El Sistema de Precios de Referencia, implantado en España hace dos décadas y consolidado en la Ley 29/2006, se mantiene como uno de los instrumentos más eficaces para el control del gasto farmacéutico público. Cada año, el Ministerio de Sanidad publica una Orden de Precios de Referencia que revisa a la baja los precios de miles de presentaciones. La actualización de 2025 ha revisado 17.385 presentaciones cuyos precios cambian para generar un ahorro estimado de 287,58 millones de euros. Un ahorro que, desde el punto de vista del paciente y del erario, es una buena noticia. Desde el punto de vista del laboratorio que financió la investigación, es una vuelta de tuerca más en un proceso que no tiene fin.
 
«El Gobierno es comprador, árbitro y regulador al mismo tiempo. Y cuando alguien acumula esos tres roles, el que sale perdiendo suele ser siempre el mismo.»
 
El calvario de llegar al mercado español
 
La consecuencia práctica de este sistema es que muchos laboratorios retrasan o directamente renuncian al lanzamiento de sus fármacos en España. La negociación con el Ministerio puede durar meses, y a veces años. Durante todo ese tiempo, los pacientes de otros países acceden al tratamiento mientras los pacientes españoles se conforman con alternativas más antiguas y menos eficaces. Cuando el fármaco por fin se lanza aquí, el período de protección de patente —que en teoría debería ser de diez años— se ha recortado sensiblemente. Y antes de que ese período expire, el Gobierno habrá introducido una, dos o más medidas adicionales de recorte que reducen todavía más los ingresos del laboratorio, ya sea bajando directamente el precio del fármaco o estableciendo descuentos sobre las ventas globales del laboratorio.
 
Al final de ese período, llegan los genéricos y los biosimilares. En 2024, los medicamentos genéricos han supuesto el 47,4% del total de envases facturados al SNS, prácticamente el doble que en 2010. La marca original tiene entonces que decidir entre seguir vendiendo a su precio con ventas en caída libre, o bajar el precio para competir con quienes se ahorraron toda la investigación. No hay tercera opción.
 
Una cosa es vender, otra muy distinta es cobrar
 
Pero el calvario no termina ahí. Una cosa es vender y otra muy distinta es cobrar. En 2010 describía situaciones en que la sanidad pública tardaba 300 días —o incluso dos años— en pagar a los laboratorios. La morosidad de las administraciones ha mejorado desde entonces, pero no ha desaparecido. En 2024, el plazo medio de pago del sector público aumentó 12 días hasta los 67 días de media, y por primera vez desde 2014 se situó por encima del sector privado. Sesenta y siete días sigue siendo el doble del plazo legal de 30 días que las propias administraciones imponen al sector privado. Un ejemplo de coherencia difícil de superar.
 
La formación médica: otro coste invisible

Y mientras todo esto ocurre, los médicos siguen necesitando formación continua para estar a la altura de los avances terapéuticos. Su empleador —la sanidad pública— no financia esa formación en la medida que sería necesaria. La financia la industria farmacéutica, que por ese motivo recibe críticas periódicas por su supuesta influencia sobre los prescriptores. Es decir: el sector privado financia la formación de los profesionales del sector público, y por ello se le critica. La lógica, como en tantas otras cosas de este sistema, brilla por su ausencia.
 
Y los malos siguen siendo los laboratorios
 
Después de todo este recorrido —la investigación financiada durante más de una década, el precio negociado a la baja, el lanzamiento retrasado, los sucesivos recortes, la morosidad institucionalizada, la formación médica asumida voluntariamente—, la opinión pública sigue teniendo de los laboratorios farmacéuticos la imagen que tiene. Cualquier ciudadano valora positivamente los medicamentos que toma, a los médicos que se los prescriben y, en general, al sistema sanitario que se los financia. Pero ¿los laboratorios que los investigaron, los fabricaron y los pusieron a su disposición? Mejor no entrar en ese tema.
 
Mientras una parte siga aprovechándose de su posición dominante y la otra siga aceptando resignada su papel de víctima, la situación no cambiará. Bueno, sí cambiará algo: los laboratorios continuarán recortando inversiones en I+D, trasladando sus centros de investigación a países con marcos regulatorios más favorables, y reduciendo su presencia en un mercado que los trata como fuente de ahorro antes que como socio estratégico del sistema sanitario. Y entonces nos preguntaremos, sorprendidos, por qué los medicamentos del futuro tardan más en llegar, por qué hay cada vez más problemas de desabastecimiento y por qué la innovación terapéutica se desarrolla lejos de aquí.
 
La respuesta la volveréis a encontrar aquí, en este artículo que escribí en 2010 y que, al actualizarlo 15 años más tarde, no he tenido que cambiar casi nada.
 

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lunes, 25 de mayo de 2026

Cítate a ti mismo

Hay quienes adornan sus escritos con frases de personajes ilustres para parecer más cultos. Hay otro camino, más honesto y más exigente: citar las propias palabras, que para algo uno sabe de lo que habla.
 
(AZprensa) Hay un gesto que se repite con llamativa frecuencia en discursos, artículos y presentaciones de todo tipo: el de abrir con una frase de Aristóteles, de Churchill, de Einstein o de cualquier otro nombre lo suficientemente ilustre como para que el público asiente con respeto antes de que el orador haya dicho nada propio. El mecanismo es transparente —aunque quien lo practica rara vez parece verlo— y funciona así: si cito a alguien muy inteligente, me estaré poniendo a su nivel y así me verá la gente. Es, en el fondo, una forma de pedirle prestada la autoridad a quien ya la tiene, en lugar de ganársela con lo que uno mismo tiene que decir.
 
No digo que citar a otros sea siempre malo —hay contextos en que una cita ajena es exactamente lo que hace falta y nada más—, pero sí digo que se abusa de ello, y que detrás de ese abuso hay con demasiada frecuencia una inseguridad que el autor prefiere disimular con nombres ajenos antes que enfrentarse a sus propias palabras. Porque si uno habla o escribe sobre algo, se supone que sabe de lo que habla. Y si sabe, tiene sus propias ideas sobre ello. E ideas propias generan, tarde o temprano, frases propias. Que son, al fin y al cabo, las únicas de las que puede responder con total honestidad quien las pronuncia.
 
Por eso abogo por un recurso que, bien mirado, es más exigente pero también más legítimo: citarse a uno mismo. Buscar entre lo que uno ha dicho o escrito aquella frase que mejor ilustra el punto que quiere desarrollar. Es un ejercicio que obliga a conocer el propio pensamiento, a haberlo destilado en algún momento hasta dejarlo en una sola oración. Y cuando eso se ha hecho, la cita no es un adorno: es la columna sobre la que se sostiene el argumento.
 
Sirva como ejemplo esta frase mía, que viene al caso:
«Cuando escribas una noticia o artículo piensa en el lector, no en tu jefe.»
Vicente Fisac
 
El lector, ese gran olvidado
 
Esta frase merece un comentario adicional, porque el problema que describe no solo no ha desaparecido sino que sigue siendo uno de los males más extendidos del periodismo y de la comunicación en general. Abundan las intromisiones: las del editor, que impone sus directrices ideológicas o comerciales; las del anunciante, cuya sensibilidad nadie quiere herir; y las del propio autor, que a veces escribe para sí mismo —para lucirse, para ajustar cuentas, para demostrar algo— olvidando que hay alguien al otro lado de la pantalla o del papel que no tiene ninguna obligación de seguirle en ese viaje interior.
 
Escribir para el lector es, en teoría, lo más obvio del mundo. En la práctica, es una de las cosas más difíciles que existen. Porque implica renunciar al propio ego, poner entre paréntesis lo que a uno le apetece decir y preguntarse en cambio qué necesita saber el otro, qué puede entender, cómo puede formarse su propio juicio sin que el texto le lleve de la mano hasta la conclusión que el autor ya tenía preparada de antemano. Si lo que quieres es expresarte a ti mismo, para eso existe el diario personal. Si lo que quieres es comunicarte con alguien, tienes que pensar en ese alguien. Es tan sencillo y tan difícil como ponerse en el lugar del otro.
 
Y esto, que es válido para el periodismo, lo es también para cualquier conversación, cualquier reunión, cualquier relación. El que habla pensando solo en lo que quiere decir raramente conecta con quien escucha. El que habla pensando en quien le escucha, casi siempre lo consigue. La diferencia está ahí, en ese pequeño desplazamiento del centro de gravedad: de uno mismo hacia el otro.
 
Sencillo de entender. Difícil de practicar. Pero esa es precisamente la diferencia entre saber algo y hacerlo.
 

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domingo, 24 de mayo de 2026

Las mentiras de ZP

(AZprensa)
Hoy estaba revisando algunas cosas que había publicado hace años en mis blogs y me he encontrado con esta que quiero volver a compartir. 

La escribí el 18 de diciembre de 2010 y ¡fíjate lo que son las cosas! al leerla ahora, 16 años después, me ha parecido de tremenda actualidad. Esto es lo que escribí aquél día:
 
“He visto un libro que se titulaba ‘Las mentiras de ZP’ pero no lo he comprado porque me parecía muy incompleto. ¡Solo tenía un tomo!”.
 
PD.- El tiempo me ha dado la razón.

 



Voy por libre. Un autorretrato geográfico y emocional

(Sunday Poetry Corner)
¿Cómo se define un poeta? ¿Cómo se presenta a sí mismo? Pues evidentemente a través de un poema. Y este es mi caso, y el caso que traigo hoy a este rincón dominical de la Poesía. 

Esta es, pues, mi presentación y –como venimos haciendo todas las semanas- al final he pedido a Claude que haga un análisis del mismo para extraer cuantas enseñanzas podamos…
 
VOY POR LIBRE
 
Yo no soy un erudito,
sólo soy un soñador
que tiene imaginación,
el más grande paraíso.
 
Soy tan vago que trabajo
en inventar cuanto puedo,
escribo en prensa, hago versos,
y si me dejan, me escapo.
 
Vivo lejos de este mundo,
la vida está en mi cerebro,
fuera de él soy prisionero
y a esas cadenas renuncio.
 
La libertad son mis sueños,
voy por libre en la movida
y aunque os suene a osadía
hago siempre lo que quiero.
 
Me gusta que sean felices
aquellos que me rodean,
que la armonía florezca
y entre todos se deslice.
 
Pasaré por esta vida
sin haber causado daño,
los versos serán el canto
de una eterna despedida
 
para encontrarnos de nuevo
en el mundo que allí aguarda,
pues la temible guadaña
es la llave que abre el cielo.
 
Soy así, un caso aislado
que ha crecido a su albedrío,
una tabla, más que un río,
de Daimiel y enamorado.
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
«Voy por libre» es un poema de presentación, pero no del tipo que entrega un currículum: entrega un carácter. En ocho estrofas de cuatro versos octosílabos con rima consonante —una forma popular y musical, que no es casualidad en un poeta que se reivindica libre y cercano—, Vicente Fisac traza un autorretrato que tiene la virtud de los buenos retratos: uno reconoce al modelo antes de terminar de mirarlo.
 
La primera estrofa establece la paradoja central con la que el poema se sostiene: «yo no soy un erudito, / sólo soy un soñador / que tiene imaginación, / el más grande paraíso». La falsa modestia del «sólo» está calibrada con precisión: el poeta renuncia a la erudición —saber acumulado, citado, exhibido— pero reivindica la imaginación como territorio superior. No es el paraíso de los sabios: es el paraíso de quienes inventan. La jerarquía está implícita y, bien mirada, es bastante atrevida.
 
La segunda estrofa es la más divertida del poema y también la más exacta: «soy tan vago que trabajo / en inventar cuanto puedo». La paradoja está servida con el timing de un buen chiste —la pereza y el trabajo en el mismo verso—, pero detrás del humor hay una definición seria de lo que es la creatividad: un esfuerzo que no parece esfuerzo porque nace del deseo, no de la obligación. «Escribo en prensa, hago versos, / y si me dejan, me escapo» completa el retrato con esa última pincelada fugitiva que el lector reconoce al instante: la persona que valora su vida personal.
 
Las estrofas tercera y cuarta son el núcleo filosófico del poema. «Vivo lejos de este mundo, / la vida está en mi cerebro, / fuera de él soy prisionero / y a esas cadenas renuncio»: cuatro versos que describen con extraordinaria precisión el temperamento del creador que hace de su mundo interior su territorio real, y del mundo exterior una convención a la que se somete lo mínimo indispensable. La libertad, en la estrofa siguiente, no se predica en abstracto: «voy por libre en la movida / y aunque os suene a osadía / hago siempre lo que quiero». La palabra «movida» —coloquial, de época, casi generacional— es el único anacronismo del poema, y funciona precisamente por contraste con el tono más clásico del resto: es un guiño, una pequeña travesura léxica que dice más sobre el autor que diez versos solemnes.
 
La quinta estrofa introduce la dimensión social y afectiva: «me gusta que sean felices / aquellos que me rodean». Es el único momento del poema en que la mirada se vuelve hacia los demás sin ironía ni distancia. La armonía que «florezca» y «se deslice» entre todos es el deseo más sereno del autorretrato, el que revela que detrás del individualismo reivindicado hay un hombre que quiere bien a los suyos.
 
Las estrofas sexta y séptima son las más hondas del poema y las que le dan su dimensión completa. «Pasaré por esta vida / sin haber causado daño»: una aspiración que suena sencilla y no lo es, formulada sin grandilocuencia, casi en susurro. Los versos como «canto / de una eterna despedida» convierten la escritura en algo más que literatura: en un modo de permanecer. Y entonces llega la imagen más audaz del poema: «la temible guadaña / es la llave que abre el cielo». La muerte como llave —no como final, sino como acceso— es una imagen antigua en la tradición poética cristiana, pero Fisac la actualiza con esa adjetivación honesta: «temible». No niega el miedo. Solo nos recuerda qué es lo que hay al otro lado.
 
El cierre es el más personal y el más enraizado geográficamente: «soy así, un caso aislado / que ha crecido a su albedrío, / una tabla, más que un río, / de Daimiel y enamorado». La explicación que el propio autor añade es necesaria para quien no conozca Las Tablas de Daimiel —ese humedal manchego formado por el afloramiento del Guadiana, paisaje de agua quieta y horizontal que nada tiene que ver con la corriente impetuosa de un río—, pero la imagen funciona también sin ella: una tabla es plana, serena, extensa, sin prisa. Es un autorretrato geográfico y temperamental a la vez. Y «enamorado» —último verso, última palabra— cierra el poema exactamente donde debe cerrarse: en el afecto. No en la muerte, no en la libertad, no en la osadía. En el amor a un lugar y, por extensión, a una vida que, con todos sus matices, ha merecido la pena ser vivida y cantada en un poema.
 

Biblioteca Fisac
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