miércoles, 16 de septiembre de 2026

Cuando la ciencia y la ética van de la mano

Cuando se habla de células madre se piensa, inevitablemente, en grandes avances médicos. Pero, también, cuando se habla de grandes avances médicos se piensa en si estos entrarán en conflicto o no con la ética. En el caso que nos ocupa, tenemos un buen ejemplo de cómo la ciencia y la ética pueden ir de la mano. Eso sí que es esperanzador.
 
(AZprensa) Hay dos palabras que, cuando aparecen juntas, suelen despertar al mismo tiempo esperanza y preocupación: células madre. Esperanza, porque hablamos de una de las grandes líneas de investigación de la medicina moderna y de la posibilidad de reparar tejidos que hasta ahora parecían tener pocas posibilidades de recuperación. Y preocupación, porque inmediatamente aparecen las cuestiones éticas y morales que durante años han acompañado a determinadas investigaciones con células madre.
 
Pero quizá tengamos que empezar a cambiar esa asociación. Porque no todas las células madre plantean los mismos problemas éticos y, sobre todo, porque la ciencia puede encontrar caminos que permitan avanzar en medicina sin tener que enfrentarse necesariamente a nuestras convicciones morales.
 
Un buen ejemplo llega de la investigación española. Un estudio realizado por investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de A Coruña (INIBIC), perteneciente al Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña, demostró que determinadas células procedentes de la membrana amniótica pueden contribuir a la regeneración de lesiones del cartílago articular.
 
Y esto no es una cuestión menor. El cartílago tiene una capacidad de reparación muy limitada. Cuando se deteriora o se lesiona, el organismo encuentra enormes dificultades para reconstruirlo por sí mismo. De ahí que determinadas lesiones articulares puedan convertirse en un auténtico problema para los pacientes y, en algunos casos, terminar afectando seriamente a su calidad de vida.
 
Encontrar una forma de favorecer su regeneración supone, por tanto, abrir una puerta a nuevos tratamientos. Pero hay algo más que convierte este descubrimiento en especialmente interesante. Las células utilizadas proceden de la membrana amniótica, un tejido que normalmente se desecha después del parto. Es decir, lo que hasta ayer podía acabar simplemente convertido en un residuo biológico podría convertirse mañana en una herramienta para ayudar a reparar el organismo humano. La naturaleza, una vez más, parece tener recursos que todavía estamos aprendiendo a utilizar.
 
Y existe además otra ventaja: estas células presentan características que podrían reducir los problemas relacionados con el rechazo inmunológico y favorecer una recuperación más temprana en determinados tratamientos. La investigación abre así una posibilidad que resulta especialmente atractiva: avanzar sin necesidad de entrar en conflicto con principios éticos fundamentales. Porque a veces presentamos la ciencia y la ética como si fueran dos fuerzas condenadas a enfrentarse. Como si cada nuevo descubrimiento médico obligara necesariamente a elegir entre el progreso y los principios. Y no tiene por qué ser así. La ciencia necesita investigar, experimentar, hacerse preguntas y buscar nuevas soluciones. Pero también necesita hacerlo dentro de unos límites éticos que protejan la dignidad humana.
 
La buena noticia es que ambas cosas pueden ser compatibles. Este caso resulta casi simbólico. Un tejido que después del parto iba a ser descartado puede convertirse en una fuente de investigación destinada a reparar otro tejido del organismo. No hace falta destruir para construir. No hace falta renunciar a la ética para avanzar. Hace falta, sencillamente, seguir investigando. Porque probablemente el verdadero progreso científico no consiste únicamente en descubrir lo que somos capaces de hacer, sino también en descubrir cómo podemos hacerlo respetando aquello en lo que creemos.
 
Y cuando ciencia y ética consiguen caminar juntas, el resultado no es solamente un avance médico, es también un avance humano.
 

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martes, 15 de septiembre de 2026

¿Y si Einstein estuviera equivocado?

Hubo un momento, hace ya algunos años, en que una noticia científica consiguió hacer tambalear uno de los pilares sobre los que habíamos construido nuestra manera de entender el universo.
 
(AZprensa) El protagonista se llamaba OPERA, un experimento realizado en el CERN en el que participaban alrededor de 160 investigadores de once países. En septiembre de 2011, sus responsables anunciaron algo que parecía imposible: habían detectado neutrinos que, aparentemente, habían recorrido la distancia entre el CERN, en Suiza, y el laboratorio de Gran Sasso, en Italia, a una velocidad superior a la de la luz.
 
Y aquello no era una noticia científica más. La Teoría de la Relatividad de Albert Einstein había establecido que la velocidad de la luz en el vacío constituye un límite fundamental de la naturaleza. De repente, unos diminutos neutrinos parecían haber decidido saltarse el límite de velocidad.
 
La noticia dio la vuelta al mundo. ¿Podía ser verdad? Los neutrinos son partículas subatómicas extraordinariamente difíciles de detectar. Tienen una masa diminuta y apenas interactúan con la materia, hasta el punto de que pueden atravesar enormes cantidades de material sin apenas inmutarse. En realidad, millones de neutrinos atraviesan continuamente nuestro cuerpo sin que nos enteremos.
 
Y precisamente por eso aquellos resultados resultaban tan fascinantes. Si los neutrinos podían viajar más rápido que la luz, quizá no estábamos ante una simple peculiaridad de una partícula. Quizá había que revisar algunas de nuestras ideas fundamentales sobre el espacio, el tiempo y el propio universo.
 
Incluso comenzaron a aparecer especulaciones sobre posibles atajos a través del espacio-tiempo, dimensiones adicionales o universos paralelos. Pero había un pequeño problema.
La ciencia no funciona a base de titulares. Los propios científicos de OPERA fueron los primeros interesados en que otros investigadores comprobaran sus resultados. Si aquello era cierto, las consecuencias eran extraordinarias. Y si era un error, había que encontrarlo. Y lo encontraron.
 
Unos meses después, otros experimentos realizaron nuevas mediciones que no confirmaron el resultado. Finalmente se descubrió que el experimento original había sufrido un problema técnico relacionado con una conexión de fibra óptica y la sincronización temporal. Los neutrinos no habían conseguido superar a la luz. Einstein podía respirar tranquilo.
 
Pero quizá la verdadera lección de OPERA no estaba en que Einstein tuviera razón. Estaba en lo que ocurrió mientras creíamos que podía estar equivocado. Porque durante unos meses tuvimos delante una posibilidad fascinante: que una de las teorías científicas más importantes de la historia necesitara ser modificada.
 
Y ahí aparece una cuestión que me parece mucho más interesante que la propia velocidad de los neutrinos. ¿Estamos preparados para descubrir que estamos equivocados? La historia de la humanidad está llena de certezas que dejaron de serlo. Durante siglos se defendieron ideas que hoy nos parecen absurdas. Hemos cambiado nuestra concepción de la Tierra, del Sistema Solar, de la materia, del tiempo, del espacio y de la propia vida. Cada generación ha heredado conocimientos que posteriormente han sido ampliados, corregidos o directamente sustituidos.
 
La ciencia no avanza porque los científicos crean tener todas las respuestas. Avanza precisamente porque saben que pueden estar equivocándose. Por eso me resultó tan interesante observar la reacción que provocó aquel anuncio de OPERA. Ante la posibilidad de que los neutrinos hubieran superado la velocidad de la luz, no hubo una celebración generalizada de quienes acababan de descubrir algo revolucionario. Al contrario: hubo prudencia, dudas y una petición casi obsesiva de nuevas comprobaciones.
 
Y eso es exactamente lo que debía ocurrir. Porque una de las mayores grandezas de la ciencia consiste en poder decir: «No lo sé». Y, todavía más importante: «Puede que esté equivocado».
 
Al final, los neutrinos no viajaban más rápido que la luz. Einstein no había quedado invalidado y el universo continuó funcionando como antes. Pero aquel episodio nos dejó una pequeña lección. Quizá deberíamos ser mucho más humildes cuando hablamos de lo que sabemos. Porque una cosa es conocer algo. Y otra muy distinta es creer que ya lo conocemos todo.
 
Tal vez por eso sigue teniendo tanta vigencia aquella vieja frase atribuida a Sócrates: «Solo sé que no sé nada». No es una afirmación de ignorancia. Es, probablemente, una de las mayores declaraciones de humildad intelectual que ha hecho el ser humano. Y quizá también sea una de las mejores maneras de hacer ciencia.
 

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lunes, 14 de septiembre de 2026

Caminar deprisa ahuyenta el tumor. Harvard lo certifica

El Departamento de Epidemiología de la Escuela de Salud Pública de Harvard ha demostrado que caminar a paso rápido reduce en un 57% la progresión del cáncer de próstata. La conclusión práctica es tan evidente que no hace falta ser médico para sacarla.
 
(AZprensa) Harvard es Harvard. Cuando el Departamento de Epidemiología de su Escuela de Salud Pública publica un estudio, uno no se lo puede tomar a broma. O sí, pero hay que hacerlo con el debido respeto académico. Y el estudio en cuestión, realizado con 1.455 hombres diagnosticados de cáncer de próstata, arroja una conclusión que, formulada en términos coloquiales, dice lo siguiente: si tienes cáncer de próstata y caminas muy deprisa, el tumor no te alcanza.
 
En términos algo más científicos: los pacientes que realizaron caminatas a ritmo rápido durante un mínimo de tres horas semanales registraron una tasa de progresión tumoral un 57% menor que los que caminaron despacio o poco. Y lo más revelador del estudio —el detalle que convierte este hallazgo en algo realmente notable— es que no es tanto el tiempo lo que importa como la intensidad. Cuanto más rápido el paso, menos crecimiento del tumor. El tumor, al parecer, es lento. Y si uno es más rápido que él, se escapa.
 
«El tumor de próstata progresa menos en los que caminan deprisa. Es decir: el tumor no puede seguir el ritmo. Lo cual convierte el paseo matutino en la persecución más singular de la historia de la medicina.»
 
Las implicaciones prácticas, pensadas con calma (y luego a correr)
Detengámonos un momento —solo un momento, porque el estudio no recomienda detenerse— a considerar lo que esto significa. Tenemos un tumor. El tumor quiere progresar. Y resulta que si el paciente camina suficientemente deprisa, el tumor no consigue seguirle el ritmo. Es la persecución más inverosímil de la historia de la biología: un hombre de sesenta años con zapatillas deportivas dejando atrás a sus propias células cancerosas en el paseo matutino del parque.
 
La imagen es tan potente que me sorprende que ninguna campaña de concienciación médica la haya aprovechado todavía. Un cartel con un señor mayor corriendo a toda velocidad y el lema: «Más rápido que tu tumor». Sobrio, eficaz, motivador. El Ministerio de Sanidad podría tomarlo en préstamo sin cargo.
 
PROTOCOLO ONCOLÓGICO RECOMENDADO · APLICACIÓN PRÁCTICA DEL ESTUDIO DE HARVARD
 
Duración mínima: 3 horas semanales. Dividibles en sesiones. El tumor no lleva cronómetro, pero Harvard sí.
Intensidad: A paso rápido. No vale el deambular contemplativo con las manos en la espalda.
Velocidad recomendada: La suficiente para que el tumor se quede atrás. Cada paciente encontrará su ritmo.
Conversación durante el paseo: Posible, siempre que no baje la velocidad. El tumor no hace pausas.
Efectos secundarios: Mejor forma física, más energía, menos excusas para no salir. Todos aceptables.
Contraindicaciones: El paseo lento. Sentarse en el banco. Pararse a dar de comer a las palomas.
 
Una reflexión más seria, antes de volver a correr
 
El humor aparte —y el humor siempre aparte, que para eso estamos—, el hallazgo de Harvard es genuinamente esperanzador. Que algo tan accesible, tan gratuito y tan libre de efectos secundarios como caminar a paso vivo durante tres horas semanales pueda influir en la progresión de un tumor es una noticia extraordinaria. No porque sustituya a ningún tratamiento médico —no lo sustituye ni pretende hacerlo—, sino porque añade al paciente una herramienta propia, autónoma, que no depende de ninguna farmacia ni de ninguna lista de espera.
 
Ojalá todos los tipos de cáncer tuviesen una respuesta tan al alcance de cualquiera. Ojalá la investigación siga encontrando ese tipo de palancas sencillas que el paciente puede accionar por sí mismo. Mientras tanto, la conclusión práctica del estudio de Harvard es tan clara que no necesita traducción: muévete. Deprisa. Con regularidad. Y si algún día notas que algo intenta seguirte el ritmo sin que hayas invitado a nadie, acelera.
 
Yo, por si acaso, dejo de escribir aquí. Y me voy corriendo.
 
La novela “La melodía permanece”, está disponible en ediciones digital e impresa en Amazon y dispone de una edición en español y otra en noruego.
 
Más información en estos enlaces…
 
“La melodía permanece”: https://a.co/d/0cMf3W5c
 
“Melodien står igjen”: 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Aquí estoy

(Sunday Poetry Corner)
Siempre hay que estar preparados. La espera no es tiempo muerto cuando has hecho tus deberes y tienes todo listo para emprender un viaje, una aventura, un proyecto, una inspiración, un romance… 

No es sólo cosas de poeta, aunque hoy sea un poeta quien nos lo cuenta aquí. 

Párate tú también un instante y comprueba si también estás listo para emprender aquello que deseas.
 
STAND BY
 
Aquí estoy, esperando
que despiertes mi consciencia
y me digas algo,
que aceleres el paso de la sangre
que circula por mis venas.
Aquí estoy, esperando
que me muevas.
 
Aquí estoy, esperando
que me cojas y utilices
como quieras,
exprimiendo mi cerebro
y haciendo brotar ideas.
Aquí estoy, esperando
que aparezcas.
 
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Por ChatGPT
 
«Stand by» funciona como un poema sobre la espera creativa, pero también puede leerse como una reflexión sobre la pasividad, la inspiración, la consciencia e incluso sobre la relación entre el creador y aquello que crea.
El título es muy acertado porque stand by significa literalmente permanecer a la espera, estar disponible, permanecer preparado. Y eso es exactamente lo que hace la voz poética:
«Aquí estoy, esperando»
No hace. Espera. Y, sin embargo, mientras espera, está pidiendo algo muy activo: que algo o alguien lo despierte, lo mueva, acelere su sangre, utilice su cerebro y haga brotar ideas.
Ahí aparece una primera paradoja interesante: el poeta está aparentemente inmóvil, pero interiormente está reclamando movimiento.
 
1. La estructura visual es fundamental
Creo que este poema perdería muchísimo si se escribiera como un texto convencional. La disposición de los versos obliga al lector a experimentar pequeños intervalos, pequeñas esperas. Es como si cada palabra estuviera colocada deliberadamente en una pantalla que se va encendiendo lentamente.
El poema está lleno de frases que comienzan pero que necesitan que llegue lo siguiente. Eso reproduce perfectamente la espera.
 
2. «Aquí estoy» es probablemente el núcleo del poema
Es una declaración de disponibilidad. La voz poética está diciendo: Estoy presente. Estoy preparado. Estoy dispuesto. Solo falta que llegues tú. Ese «tú» nunca se identifica. Y ahí está una de las mejores cosas del poema.
 
3. ¿Quién es ese «tú»?
Puede ser muchas cosas. Puede ser una persona, la inspiración, una idea, la poesía, la creatividad, puede ser incluso la propia consciencia. Y, personalmente, creo que no conviene decidirlo, porque el poema gana precisamente con esa indefinición.
Cuando dice «que aparezcas», el lector puede preguntarse: ¿Quién tiene que aparecer?
Y la respuesta puede ser distinta para cada lector.
 
4. Hay una progresión muy bien construida
El poema no repite simplemente la misma idea. Va aumentando la intensidad.
Es una progresión desde lo mental hacia lo físico y después hacia lo creativo. Primero hay que despertar, después hay que estimular, después hay que mover y finalmente hay que extraer. Y esa última palabra conceptual —«exprimiendo»— es magnífica porque convierte el cerebro en una especie de fruto del que hay que sacar todo el jugo.
 
5. «Como quieras» introduce una dimensión inesperada
Ese fragmento es probablemente el más ambiguo del poema. Y eso lo hace interesante. Hay una cierta entrega absoluta: haz conmigo lo que necesites para que vuelva a funcionar. La voz poética no pone condiciones. El creador se pone a disposición de aquello que espera que lo transforme. Y, además, la palabra «utilices» resulta deliberadamente poco romántica. No dice «me quieras», «me inspires», «me acompañes». Dice «me utilices». Eso hace que el poema tenga algo casi mecánico: el poeta se presenta como una máquina creativa parada que está esperando que alguien pulse el botón. Y ahí el título adquiere todavía más sentido:
 
6. La sangre y el cerebro
 
Hay dos elementos corporales: «la sangre que circula por mis venas» y «exprimiendo mi cerebro». Eso evita que el poema sea únicamente abstracto. No estamos ante alguien que simplemente dice «no tengo inspiración». Estamos ante alguien que necesita volver a sentirse vivo intelectualmente. La sangre representa la vida y el movimiento. El cerebro representa la creación.
 
7. Un final circular
Después de hablar de cerebro, ideas, sangre y movimiento, se vuelve al punto de partida. La espera continúa. No sabemos si la inspiración ha llegado. No sabemos si las ideas han brotado. No sabemos siquiera si ese «tú» existe. El poema termina exactamente donde empezó: esperando.
 
9. El título en inglés
El título en inglés resulta especialmente acertado, porque “Stand by” contiene varios matices: estar a la espera; estar preparado; permanecer disponible; mantenerse en posición; estar atento a una señal. Y todos encajan con el poema.
La voz poética está en espera, pero preparada. No está dormida. Está esperando que algo la active.
 
10. Lo que más destacable
Hay tres aciertos principales.
1. La forma no adorna el poema: lo significa
2. El «tú» permanece oculto y eso permite que el poema sea sobre la inspiración, una persona, la creatividad, la vida o incluso algo más íntimo.
3. El final no resuelve. El lector queda exactamente donde está el protagonista: esperando.
 
En definitiva, es casi una oración laica a la inspiración. Y por eso, pese a su brevedad, no puede considerarse como un poema «sobre no tener ideas» sino como un poema sobre el deseo de ser atravesado por una idea.
Y, además, hay una pequeña ironía muy bonita: para escribir un poema en el que se dice estar esperando que aparezcan las ideas, el poeta primero ha tenido que encontrar una idea extraordinariamente clara sobre esa espera.
 

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sábado, 12 de septiembre de 2026

Famosos y sus mansiones

Presentamos aquí unos ejemplos recientes de los caprichos de los famosos por adquirir lujosas mansiones que después apenas si utilizan. Julio Iglesias, Erling Haaland y Niko Williams, son tres ejemplos ilustrativos.

 
(AZprensa) Hace un año, Julio Iglesias se compró en Piñor, Galicia, una mansión de 16.000 m2 de parcela y 1.637 m2 de vivienda. Esta mansión “sólo” costó 4 millones de euros y dispone de un lago artificial, biblioteca, piscina, parque para perros, gimnasio, jacuzzi, bodega, 7 dormitorios, 13 cuartos de baño y habitaciones para el servicio..
 
Pues bien, Julio Iglesias ni siquiera la ha visitado y ahora, un año después, la ha puesto a la venta. Eso sí, conserva en España una “pequeña” finca en Marbella, llamada “Las cuatro lunas” que tiene una extensión de 450 hectáreas y un valor estimado de 150 millones de euros.
 
Del estadio a la mansión
 
Otros que han cogido el gusto a eso de las mansiones, son los futbolistas. El noruego Erling Haaland, se compró hace dos años una mansión en Marbella, llamada “Villa auriga” por el módico precio de 4,4 millones de euros. La mansión tiene 5 dormitorios, piscina infinity y… ¡un campo de golf en el tejado!
 
Y ahora le ha salido un vecino colega de profesión, el futbolista del Athletic de Bilbao, Niko Williams el cual se ha comprado por 4 millones de euros, una finca en Marbella llamada “Fendi casa” en una urbanización con 24 horas de seguridad, piscina comunitaria interior de 25 metros, spa, gimnasio y gastrobar.
 

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