La mejor manera de conseguir que nadie hable de un problema importante es proporcionar inmediatamente otro asunto que resulte mucho más entretenido. Y si además provoca indignación, enfrentamiento o escándalo, mucho mejor.
Una polémica sobre una frase, un vídeo viral, un enfrentamiento entre tertulianos, una declaración desafortunada o una pelea en redes puede ocupar durante horas el espacio informativo que podría dedicarse a cuestiones bastante menos divertidas, como la economía, la educación, la sanidad, el empleo o la gestión de los servicios públicos.
Hoy la distracción tiene, además, una ventaja tecnológica: el algoritmo sabe perfectamente qué nos enfada. Y nos lo sirve. Una y otra vez.
La técnica tiene una variante moderna todavía más eficaz: primero se crea el problema, después se crea la polémica y finalmente se consigue que todo el mundo discuta sobre quién tiene la culpa. Mientras tanto, casi nadie pregunta quién decidió la solución.
Las grandes transformaciones suelen provocar resistencia cuando se presentan de golpe. Por eso resulta mucho más eficaz administrarlas poco a poco.
Hoy se acepta una pequeña modificación. Mañana otra. Pasado mañana una excepción. Después una medida «provisional». Y unos años más tarde descubrimos que aquello que parecía imposible se ha convertido en normal.
El secreto está en que nadie percibe el cambio completo porque cada paso parece demasiado pequeño como para justificar una protesta.
Es la vieja técnica de la rana y el agua caliente, aunque quizá convendría no utilizar demasiado la metáfora porque, si seguimos así, hasta la rana necesitará un comité de expertos para decidir si el agua está caliente.
Hay decisiones impopulares que resultan mucho más fáciles de aceptar cuando se aplaza su aplicación. «Será necesario.» «No hay alternativa.» «Tendremos que hacerlo.» «Pero todavía no.»
El futuro tiene una extraordinaria ventaja política y publicitaria: nadie puede pedirle cuentas hoy por lo que ocurrirá mañana. Y cuando llegue ese mañana, siempre habrá alguna nueva circunstancia que permita retrasarlo un poco más o justificar que ahora hay que hacer otra cosa.
Cuanto más complejo es un asunto, más tentación existe de reducirlo a una frase. «Los buenos están aquí y los malos allí.» «Esto es blanco y aquello es negro.» «Ellos quieren esto; nosotros queremos lo contrario.» «No hay nada más que hablar.»
Las redes sociales han llevado esta simplificación a su máxima expresión: una cuestión económica, jurídica, científica o social que necesitaría varias páginas de explicación queda reducida a un titular, un meme o un vídeo de veinte segundos.
El problema es que la simplificación facilita la comprensión, pero también puede eliminar los matices. Y sin matices es mucho más fácil convencer que explicar.
Una noticia que provoca miedo, indignación, entusiasmo, odio o ternura tiene muchas más posibilidades de ser compartida inmediatamente que otra que exige cinco minutos de lectura y reflexión.
Por eso la comunicación moderna sabe que una imagen vale más que mil argumentos... especialmente si consigue que nos enfademos antes de que tengamos tiempo de comprobar si aquello que estamos viendo es cierto.
La emoción no es mala. Lo peligroso es utilizarla como sustituto del razonamiento. Y aquí las redes sociales tienen un aliado formidable: basta con pulsar un botón para compartir aquello que nos ha indignado, aunque todavía no sepamos exactamente qué estamos compartiendo.
Durante mucho tiempo se pensó que una sociedad bien formada era más difícil de manipular. Hoy tenemos una variante mucho más sofisticada: conseguir que la persona crea que saber poco es suficiente para opinar de todo.
No hace falta leer un libro sobre economía para explicar la economía. No hace falta conocer una sentencia para interpretar una sentencia. No hace falta estudiar medicina para diagnosticar una enfermedad. No hace falta conocer un conflicto internacional para decidir quién tiene razón. Basta con haber visto un vídeo. Y si el vídeo dura treinta segundos, mejor todavía.
La cultura requiere esfuerzo. La opinión instantánea solamente requiere una conexión a Internet.
Si algo consigue millones de visitas, parece que automáticamente adquiere importancia. Si alguien tiene millones de seguidores, parece que automáticamente adquiere autoridad. Y si algo se convierte en tendencia, parece que automáticamente merece nuestra atención.
Pero popularidad y calidad no son sinónimos. Una sociedad puede convertir en referente a quien simplemente sabe llamar la atención. La consecuencia es que el ruido puede terminar ocultando al conocimiento, y el espectáculo puede terminar ocupando el lugar de la reflexión.
El problema no es que exista entretenimiento. El problema aparece cuando el entretenimiento se convierte en el único criterio para decidir qué merece nuestra atención.
Cuando algo funciona mal, siempre resulta útil encontrar un culpable. Y qué mejor candidato que el propio ciudadano.
Si consume demasiado, si contamina, si no ahorra, si no se informa, si no participa, si no entiende las cosas, si no acepta determinados cambios... La responsabilidad siempre puede devolverse hacia abajo.
Así, quien tiene capacidad de decisión puede presentarse como simple gestor de unas circunstancias inevitables, mientras quien carece de poder termina sintiéndose responsable de aquello que otros han decidido.
La técnica consiste en transformar al ciudadano de afectado en culpable. Y un ciudadano que se siente culpable suele protestar menos que uno que se siente engañado.
Esta es probablemente la gran novedad de nuestro tiempo. Antes había que preguntar. Ahora muchas veces basta con observar. Qué buscamos. Qué compramos. Qué vídeos vemos. Cuánto tiempo permanecemos mirando una imagen. Qué noticias compartimos. Qué temas nos indignan. Qué personas seguimos. Qué dejamos de seguir.
Los algoritmos pueden utilizar enormes cantidades de datos para construir perfiles de comportamiento y personalizar aquello que vemos. Y la inteligencia artificial añade nuevas posibilidades para producir y adaptar mensajes a gran escala.
El resultado es una forma de comunicación extraordinariamente personalizada: ya no hace falta convencer a todo el mundo de la misma manera. Puede intentarse convencer a cada persona de la manera que, según sus datos y comportamiento, resulte más eficaz para ella.
Y aquí aparece el verdadero desafío. Porque quizá la manipulación del futuro no consista en conseguir que todos pensemos lo mismo. Quizá consista en conseguir que cada uno reciba exactamente aquello que necesita para seguir pensando lo que ya piensa.
Esta última no estaba en aquella lista original. Pero yo la añadiría. Porque probablemente sea la más eficaz de todas.
Si alguien sabe que está siendo manipulado, puede defenderse. Si cree que está tomando una decisión completamente libre, la manipulación ha conseguido su objetivo.
Por eso, en una sociedad saturada de información, quizá nuestra mejor defensa no sea desconfiar de todo —eso también sería absurdo—, sino aprender a hacernos unas cuantas preguntas antes de aceptar cualquier mensaje: ¿Quién me está contando esto? ¿Por qué me lo cuenta? ¿Qué parte de la realidad estoy viendo y cuál no? ¿Qué emociones está intentando despertar en mí? ¿Qué datos puedo comprobar? Y, sobre todo, qué quiere que haga después de haberlo leído?
Porque quizá la verdadera libertad no consista solamente en poder elegir, sino también en saber quién está intentando influir en nuestra elección. Y eso exige algo que, paradójicamente, cada vez parece más revolucionario: pararse un momento, pensar, y leer entre líneas.
El más claro ejemplo de manipulación de masas…
“Diario del caos”:
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