(AZprensa) En 1959 llegó a España Redoxón, la primera
vitamina C comercial del mercado. Pronto se convirtió en un auténtico fenómeno,
especialmente en su formato efervescente con sabor a naranja. Todavía hoy, más
de seis décadas después, sigue siendo un clásico de las farmacias.
Yo vivía esa época en el lado de los laboratorios
farmacéuticos y en los años setenta promocionaba Cecrisina, una de sus
principales competidoras. Nuestro gran argumento de venta era que sabíamos “más
a naranja natural”. Y para demostrarlo, los visitadores médicos llevaban en su
maletín algo muy especial: unos elegantes vasos de cristal decorados con el
logo de Cecrisina y muestras del producto.
La visita promocional seguía siempre el mismo ritual.
Después de presentar el resto de la gama, llegaba el momento culminante:
entregaban el vaso al médico, le pedían que lo llenara de agua, disolvían el
comprimido efervescente y lo invitaban a probarlo. “¿A que sabe a naranja de
verdad?”, preguntaban con una sonrisa. Funcionaba. Y muy bien. Como cada
delegado visitaba a los médicos cada mes o cada dos meses, muchos facultativos
acabaron formando una pequeña colección de aquellos bonitos vasos. Sus esposas,
según contaban, estaban encantadas.
Otra anécdota curiosa de aquella época: cuando
prácticamente todos los medicamentos estaban financiados por la Seguridad
Social, a Redoxón y a sus competidoras se las conocía popularmente como “el
refresco del seguro”. Las madres acudían al médico pidiendo “esa naranjada que
sale gratis” para sus hijos. Y los médicos, comprensivos, se la recetaban.
La vitamina C ha sido, sin duda, un gran aliado para
nuestra salud. Ayuda a reforzar las defensas, contribuye al buen funcionamiento
del sistema inmunitario y ha acompañado a varias generaciones. Sin embargo, hay
que reconocer una verdad incómoda: Redoxón, Cecrisina y el resto de marcas
efervescentes nos han convertido en unos vagos redomados. Hoy preferimos echar
un comprimido en un vaso de agua antes que exprimir un par de naranjas frescas.
Es más cómodo, más rápido… y da mucho menos trabajo.
Por eso, hoy quiero rendir un pequeño homenaje a estos
clásicos. Felicito a Redoxón por su longevidad (todo un superviviente) y
recuerdo con cariño a la desaparecida Cecrisina. Y auguro una larga vida a las
vitaminas C efervescentes… Al menos hasta que alguien invente el exprimidor
perfecto: el que no haya que limpiar después de usarlo.
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