Hay récords que duran unos meses y
otros que dejan huella para siempre. En Daimiel, un gigantesco rompecabezas de
24.000 piezas se convirtió en noticia mundial en 2008 y todavía hoy puede
contemplarse. Una buena excusa para visitar esta localidad manchega y descubrir
una curiosidad que muchos desconocen.
(AZprensa) Hay aficiones que
requieren paciencia, otras exigen habilidad y algunas, además, necesitan una
buena dosis de espacio. Montar un puzzle de unos cientos de piezas puede ser un
entretenimiento estupendo para una tarde de invierno. Pero ¿qué ocurre cuando
hablamos de 24.000 piezas? Pues que la cosa deja de ser un pasatiempo doméstico
para convertirse en una auténtica proeza.
Eso es precisamente lo que sucedió en Daimiel, en el año
2008, cuando se completó un gigantesco puzzle que llegó a figurar en el Libro
Guinness de los Récords como el más grande del mundo. Una hazaña que convirtió
a esta localidad de Ciudad Real en protagonista de una noticia que iba mucho
más allá de los aficionados a los rompecabezas.
El puzzle, titulado Vida, el gran reto, fue diseñado por
el artista neozelandés Royce B. McClure. Sus 24.000 piezas formaban una imagen
de aproximadamente 4,28 metros de largo por 1,57 de alto. Para hacerse una idea
de sus dimensiones, basta imaginar un cuadro de más de cuatro metros de
longitud colgado en la pared de una habitación. Solo que, en este caso, el
cuadro estaba compuesto por miles y miles de pequeñas piezas que debían encajar
unas con otras.
El montaje se llevó a cabo durante el verano de 2008, con
la participación de aficionados que dedicaron muchas horas a una tarea que
exigía concentración, paciencia y una buena organización. Porque, cuando se
trata de semejante cantidad de piezas, encontrar la que falta no es
precisamente lo mismo que buscar la última pieza de un puzzle de 500.
Daimiel volvió a
superarse
La historia no terminó ahí. En octubre de 2010, Daimiel
volvió a convertirse en escenario de otro gran desafío: el montaje de Doble
Retrospectiva, un puzzle de 32.256 piezas de la firma Ravensburger, que
alcanzaba unas dimensiones aproximadas de 5,44 por 1,92 metros.
Es decir, que el municipio manchego no se conformó con
haber protagonizado una hazaña en 2008, sino que dos años después fue escenario
de un nuevo montaje todavía más espectacular.
En mayo de 2014, Valladolid superó aquella cifra con un
puzzle de 33.600 piezas titulado Vida Salvaje. Pero la historia de los grandes
rompecabezas no acabó con aquel nuevo récord. Se han comercializado
posteriormente modelos de mayor tamaño, y algunos de los puzzles montados en
acontecimientos colectivos han encontrado después un lugar donde permanecer
expuestos.
Por eso conviene hacer una distinción: una cosa es superar
un récord de piezas y otra muy distinta es conservar el resultado para que
pueda contemplarse años después. No todos los grandes puzzles tienen la misma
suerte una vez terminada la hazaña.
Un récord que no se
quedó en el olvido
Y aquí es donde Daimiel tiene una particularidad que
merece la pena destacar. El puzzle de 24.000 piezas de 2008 se expuso durante varios años en el Centro de Interpretación del Agua, un edificio del arquitecto Miguel Fisac en donde se explica la curiosidad hídrica y geológica de las Tablas de Daimiel, y que resulta visita muy recomendable antes de visitar el Parque Nacional. Sin embargo, recientemente se ha trasladado al Punto Joven de la localidad, de tal forma que sigue expuesto al público pero ahora no en un punto de atracción turística como lo era antes el Centro del Agua sino en un lugar en donde ningún turista -salvo que esté realmente interesado- se molestará en visitar, perdiéndose así un atractivo turístico más que haría las delicias de niños y curiosos. Y no estamos
hablando, por tanto, de una fotografía antigua, de una noticia que quedó
archivada en los periódicos o de una marca que solo puede consultarse en una
página de Internet. Estamos hablando de una obra que cualquier persona puede ir
a visitar y contemplar hoy en día, aunque ahora le cueste más trabajo localizarla.
Muchos récords deportivos,
científicos o de cualquier otra especialidad quedan asociados a un momento
concreto y después pasan a formar parte de la historia. En este caso, el
resultado de aquella proeza continúa presente y permite apreciar directamente
las dimensiones de un trabajo que, visto en fotografías, ya resulta
impresionante.
Y hay algo más: contemplarlo en directo ayuda a comprender
lo que significa realmente montar un puzzle de semejante tamaño. Desde la
distancia, uno puede apreciar la imagen completa; al acercarse, descubre que
aquello que parece un enorme cuadro está compuesto por miles de pequeñas
piezas. Cada una tiene su lugar y todas son necesarias para completar el
conjunto.
El puzzle de Daimiel no es el único gran rompecabezas que
se conserva expuesto al público. El de 33.600 piezas montado en Valladolid, por
ejemplo, fue donado al Museo de la Evolución Humana de Burgos, donde también
puede contemplarse. Pero eso no resta interés a la experiencia de Daimiel, que
cuenta con una historia propia y con el atractivo añadido de haber sido
escenario de dos grandes montajes en apenas dos años.
Una buena razón para
visitar Daimiel
Si todavía no conoces Daimiel, esta puede ser una buena
ocasión para acercarte. La localidad ofrece mucho más que esta curiosidad. Su
entorno natural está estrechamente ligado al Parque Nacional de las Tablas de
Daimiel, uno de los humedales más singulares de España, con una riqueza
ecológica que merece una visita por sí misma.
Combinar una visita al entorno natural con la posibilidad
de contemplar el gigantesco puzzle es una manera diferente de descubrir el
municipio. No hace falta ser un gran aficionado a los rompecabezas para
apreciar la magnitud del trabajo: basta con detenerse unos minutos delante de
él y pensar en la paciencia que requiere colocar correctamente 24.000 piezas.
A veces buscamos grandes atractivos turísticos a cientos
de kilómetros y olvidamos que cerca de nosotros existen historias singulares
que merecen ser conocidas. Daimiel tiene una de ellas: un récord que se
convirtió en una obra permanente y que permite recordar una hazaña colectiva de
hace casi dos décadas.
Porque hay puzzles que se terminan, se guardan en su caja
y se olvidan. Y hay otros que, una vez completados, se convierten en parte de
la historia de un lugar. El de Daimiel pertenece a esta segunda categoría. Y
verlo en persona puede ser una estupenda razón para hacer una escapada a esta
localidad manchega. Claro que, viendo, el poco interés que han puesto las Autoridades en explotar este original atractivo turístico, quien desee verlo tendrá que hacer una labor detectivesca hasta dar con el Punto Joven en donde se conserva actualmente. Puestos así, sería como invitar a los turistas a que participen en una ginkana.
Todos
hemos entrado con o sin coche en muchos parkings o aparcamientos –como queráis
llamarlos- y sin embargo no nos hemos dado cuenta de un fenómeno paranormal que
está presente en casi todos ellos… y que en más de una ocasión nos ha afectado.
En este artículo vamos a profundizar en ese misterio…
(AZprensa) Hay fenómenos
inexplicables que parecen desafiar las leyes de la naturaleza y que, sin
embargo, se repiten con una regularidad sospechosa. Uno de ellos es la
extraordinaria capacidad de los aparcamientos subterráneos para atraer las
llamadas telefónicas precisamente cuando no podemos atenderlas. No hay estudios
estadísticos que lo demuestren, pero tampoco hace falta ser un investigador de
lo paranormal para sospechar que aquí está ocurriendo algo extraño.
Antes
de que alguien se lleve las manos a la cabeza, conviene aclarar una cosa:
cuando hablo del Parking no me refiero a ningún mago, mentalista, vidente o
echador de cartas. Me refiero, sencillamente, a la palabra inglesa que
utilizamos para designar un aparcamiento.
Cuando
hablo de parking o aparcamiento me refiero a esos espacios subterráneos donde
dejamos el coche, respiramos una mezcla poco recomendable de aire viciado y
gases de los vehículos, recorremos pasillos de iluminación discutible y, en ocasiones,
nos preguntamos si el responsable de instalar las bombillas tenía alguna
enemistad personal con la electricidad.
Hasta
aquí, nada extraordinario. Todos hemos estado alguna vez en uno de esos lugares
y sabemos que no figuran precisamente entre nuestros destinos favoritos para
pasar el tiempo libre.
Pero
hay un detalle que merece una investigación mucho más profunda. Un fenómeno
que, de haberlo descubierto alguien con vocación de investigador de misterios,
podría haberse hecho un hueco en alguno de esos programas de televisión
dedicados a los sucesos inexplicables.
Primer misterio:
¿por qué siempre suena el teléfono cuando no hay cobertura?
Vamos
a hacer un pequeño experimento mental. Imagina que estás esperando una llamada
telefónica. Puede ser de un amigo, de un cliente, de un familiar o de alguien
que tiene que darte una noticia importante. Miras el teléfono. Compruebas que
hay cobertura. Esperas. Pasan cinco minutos. Diez minutos. Quince minutos.
Nada. En vista de que no te llega la llamada, decides bajar al aparcamiento
subterráneo para recoger el coche o hacer cualquier otra cosa. Entras, avanzas
unos metros, pierdes la cobertura y, justo entonces, suena el teléfono.
Bueno,
quizá no suena exactamente en ese momento. Quizá lo que sucede es que, cuando
recuperas la cobertura, descubres una llamada perdida. Pero el efecto
psicológico es el mismo: alguien ha decidido llamarte precisamente cuando
estabas en uno de los pocos lugares donde no podías atenderle.
Y
aquí surge la pregunta fundamental: ¿cómo es posible que una llamada que
llevabas esperando un buen rato no llegue mientras estás tranquilamente en la
calle, pero aparezca justo cuando entras en un lugar sin cobertura?
Naturalmente,
las explicaciones técnicas existen. Los aparcamientos subterráneos pueden
bloquear o debilitar las señales de radio, y las llamadas pueden coincidir con
el momento en que perdemos la conexión. No hay necesidad de recurrir a fuerzas
sobrenaturales para explicar cómo funciona un teléfono móvil. Lo verdaderamente
sospechoso es la extraordinaria precisión con la que parece producirse la
coincidencia.
Porque
una cosa es que recibas una llamada en cualquier momento del día y otra muy
distinta es que parezca estar esperando a que cruces la rampa de entrada del
parking para manifestarse. Y, lamentablemente, aún no existen estudios
estadísticos sobre este asunto aunque todos los hemos padecido.
Segundo
misterio: cuanto más importante es la llamada, peor es el momento
Pero
el fenómeno tiene una segunda característica que lo hace todavía más
inquietante. No todas las llamadas parecen tener las mismas probabilidades de
producirse dentro de un aparcamiento subterráneo. Existe una relación
directamente proporcional entre la importancia de la llamada y la probabilidad,
aparentemente, de recibirla cuando no puedes contestar.
Si
se trata de una llamada comercial para ofrecerte un producto que no necesitas,
es posible que te encuentres cómodamente sentado en el sofá de tu casa, con el
teléfono al alcance de la mano y cobertura excelente. Si te llama alguien para
preguntarte una tontería, tampoco parece haber problemas.
Pero
si estás esperando una llamada decisiva para tu trabajo, una respuesta que
puede cambiar tus planes o una noticia que llevas días aguardando, entonces la
situación cambia radicalmente. Entras en el parking. Desaparece la cobertura. Y,
como si alguien hubiera dado una orden secreta, llega la llamada. No puedes
contestar. No puedes explicar que estás en un lugar sin señal. No puedes hacer
absolutamente nada, salvo esperar a salir del aparcamiento y comprobar quién te
ha llamado. Y, cuando por fin recuperas la cobertura, la llamada importante ya
se ha convertido en una llamada perdida.
¡Qué
casualidad! Si esto fuera una película de suspense, a estas alturas ya habría
aparecido un investigador dispuesto a descubrir quién o qué está detrás de
semejante conspiración.
Por
supuesto, alguien podría argumentar que todo esto no es más que una impresión
subjetiva. Que recibimos muchas llamadas durante el día, que pasamos poco
tiempo en los aparcamientos y que recordamos con mayor intensidad aquellas
coincidencias que nos perjudican. Y probablemente tendría parte de razón.
Los
psicólogos conocen fenómenos como el sesgo de atención y el sesgo de
confirmación: tendemos a fijarnos especialmente en los acontecimientos que
confirman nuestras expectativas y a recordar mejor las coincidencias llamativas
que las situaciones en las que no ocurre nada extraordinario.
Si
pasamos veinte minutos en el parking y no recibimos ninguna llamada, lo
olvidamos rápidamente. Pero si recibimos allí una llamada importante, es muy
probable que recordemos el episodio durante mucho tiempo.
Además,
las llamadas no se distribuyen necesariamente de forma uniforme a lo largo del
día, y la falta de cobertura puede impedir que una llamada se complete o
retrasar la recepción de una notificación. Todo eso puede contribuir a que la
experiencia parezca más frecuente de lo que realmente es.
Hasta
aquí, la ciencia. Pero una cosa es disponer de explicaciones razonables y otra
conseguir que desaparezca la sensación de que el teléfono tiene un sentido del
humor particularmente perverso.
Porque,
seamos sinceros, todos hemos vivido alguna situación en la que nos hemos
preguntado cómo es posible que algo tan oportuno para quien llama resulte tan
inoportuno para quien recibe la llamada.
Propongo un
estudio estadístico
Como
todavía no disponemos de un estudio estadístico que demuestre la existencia de
este supuesto fenómeno, propongo que alguien se anime a investigarlo. El
procedimiento sería relativamente sencillo.
Durante
un mes, un grupo de voluntarios debería anotar todas las llamadas recibidas,
indicando dónde se encontraba cada persona, si tenía cobertura, cuánto tiempo
llevaba esperando la llamada y qué importancia tenía para ella.
Habría
que comparar las llamadas recibidas dentro de aparcamientos subterráneos con
las recibidas en otros lugares, teniendo en cuenta el tiempo pasado en cada uno
y las condiciones de cobertura.
También
sería necesario definir previamente qué entendemos por una llamada importante,
para evitar que cada participante clasifique como extraordinaria únicamente
aquella que le haya causado una molestia.
Y,
por supuesto, habría que registrar también las ocasiones en las que no se
recibe ninguna llamada. De lo contrario, estaríamos contabilizando solo los
casos que nos interesan y el resultado no tendría demasiado valor científico.
Si
el estudio demostrara que las llamadas importantes se concentran en los
aparcamientos con una frecuencia superior a la esperable, tendríamos un
resultado digno de publicación. Si no encontrara ninguna diferencia
significativa, habría que reconocer que nuestro misterioso fenómeno era, al
menos en buena medida, una ilusión de la memoria.
Eso
sí, mientras esperamos los resultados, me permito mantener abierta la
investigación paranormal. Nunca se sabe.
Una
recomendación para la próxima vez
La
próxima vez que estés esperando una llamada importante, haz la prueba. Permanece
fuera del aparcamiento. No entres todavía. Espera un rato y comprueba si llega
la llamada. Si no llega, espera un poco más. Y cuando, finalmente, te canses de
esperar y decidas entrar en el parking, presta atención a lo que sucede
después.
Eso
sí, no olvides una cosa: si el teléfono no tiene cobertura, quizá no recibas la
llamada en ese mismo instante, sino que descubras la llamada perdida cuando
vuelvas a tener señal. Y si resulta que no recibes ninguna llamada, tampoco te
preocupes. Puede que ese día las fuerzas misteriosas estén ocupadas en otro
aparcamiento.
Porque,
mientras no se demuestre lo contrario, mantengo mi hipótesis: el parking posee
una capacidad extraordinaria para atraer las llamadas telefónicas en el momento
menos oportuno, y esa capacidad parece aumentar en proporción directa a la
importancia de la llamada.
No
tengo pruebas estadísticas que lo demuestren. Pero seguro que más de uno, al
leer estas líneas, recordará una llamada perdida que le hará sospechar que aquí
hay algo que merece ser investigado.
“No
son coincidencias”:
https://amzn.eu/d/eAizhA8
(Sunday Poetry Corner) Uno de noviembre. Una
fecha en donde la muerte y la vida se dan la mano y caminan juntas. Y como
escenario para ese recorrido, un paisaje de otoño. El otoño se muestra así como
la estación que anuncia la muerte, pero con la certeza de que al final renacerá
la vida.
El poema de hoy, llamado “Otoño” nos habla de esta
estación del año que también es una estación de nuestra vida. Pero será mejor
que leáis primero el poema y paséis después al comentario y análisis que ha
realizado del mismo una Inteligencia Artificial, porque así podremos descubrir
otra lectura más profunda del mismo…
OTOÑO
Cuando llegas
los campos se desangran
con tu luz.
La carne roja
de tus entrañas
se esparce por el musgo
y levanta la neblina
del hedor
de un tiempo muerto
que pasó.
Eres anuncio lúgubre
y despedida,
telón que cierra un acto
y da paso también
a una nueva vida.
ANÁLISIS Y
COMENTARIO
Por Claude
«Otoño» hace algo poco frecuente con una estación tan
visitada por la poesía: no la embellece. Donde la tradición suele ver
melancolía dorada y hojas que caen con elegancia, aquí hay sangre, carne,
entrañas y hedor. Y sin embargo el poema no se queda en esa oscuridad, sino que
la atraviesa para llegar a otra cosa. Ese recorrido, de la imagen más cruda a
la más esperanzada en solo quince versos, es su mayor acierto.
Una llegada violenta
El poema abre con «Cuando llegas», dirigido a un «tú» que
es la propia estación convertida en presencia. El arranque tiene algo de
ritual, como si el otoño entrara por la puerta. Lo que provoca su llegada es
que «los campos se desangran / con tu luz». La metáfora se apoya en algo real,
la luz baja y rojiza de esos meses que tiñe el paisaje de ocres y rojos, pero
el verbo «desangrar» convierte el color en herida. «Con tu luz» queda aislado
en su propio verso, y esa pausa subraya que la luz es aquí lo que hiere.
El cuerpo de la
estación
En la segunda mitad de la estrofa cambia quién sangra. Ya
no son los campos, sino la propia estación: «la carne roja de tus entrañas / se
esparce por el musgo». El otoño es a la vez quien llega y quien se sacrifica, y
las hojas caídas son su carne derramada sobre la tierra húmeda.
Las imágenes apelan a tres sentidos: la vista en el rojo,
el tacto en el musgo y el olfato en el hedor. Ese «del hedor», solo en su
verso, no suaviza nada. La hojarasca que se pudre huele, y el poema lo dice. Lo
que se levanta con la neblina es «un tiempo muerto / que pasó». Puede leerse
como el verano, pero también como cualquier tiempo vivido que ya no vuelve. Ese
«que pasó» corto y seco cierra la estrofa con el peso de lo irreversible.
El giro: del cadáver
al telón
La segunda estrofa cambia de registro. Se pasa de la
imagen física a una metáfora teatral, de la carne al escenario. Empieza sin
rodeos: «anuncio lúgubre / y despedida». El poema admite la lectura oscura
antes de matizarla, y por eso resulta creíble cuando lo hace.
La elección del telón importa. Un telón cierra un acto,
pero la función no ha terminado, de modo que la propia imagen contiene la
continuación. La palabra clave es «también»: el otoño «da paso también a una
nueva vida». No dice «en lugar de», sino además. Visto desde ahí, lo que
parecía pura descomposición en la primera estrofa cambia de sentido. La carne
esparcida por el musgo y el hedor de lo podrido son lo que alimenta el suelo.
El poema nunca dice «abono», pero deja la idea a mano.
Una rima que lo dice
todo
Hay un detalle sonoro que merece atención. «Despedida» y
«vida» riman, y es el único momento en que el poema se permite una rima clara
después de una primera estrofa en verso libre. El oído une así lo que el
sentido propone: despedirse y vivir no son opuestos. La rima funciona como
cierre de ciclo.
Forma y tono
Son dos estrofas desiguales, de diez y cinco versos, en
verso libre y con versos breves, casi telegráficos. La primera, más larga, se
detiene en el proceso de la descomposición. La segunda, mucho más corta,
resuelve con rapidez, como si la esperanza necesitara menos palabras que la
caída.
En definitiva, «Otoño» mira de frente la muerte de lo que
fue sin adornarla, y se niega a quedarse ahí. Da el paso que su propia metáfora
anunciaba: el telón cae para que pueda empezar otro acto.
“Arquitecto de
emociones”:
https://amzn.eu/d/4uGH3XH
Si la historia
nos habla de grandes pensadores que han cambiado la historia con sus ideas, el
fútbol no se queda atrás y nos ofrece un variado mosaico de grandes pensadores
que bien podrían dirigir cátedras de filosofía en las universidades más
prestigiosas. Aquí os presentamos a algunos de ellos.
(AZprensa) El mundo del
fútbol nos ofrece un variado y fascinante panorama de pensadores
contemporáneos. Lejos de los tratados académicos y de las polvorientas
bibliotecas universitarias, es sobre el césped y ante los micrófonos de la zona
mixta donde emergen mentes privilegiadas capaces de condensar la complejidad
del cosmos en una sola frase.
Para
que os hagáis una idea de la magnitud de su legado, traigo aquí algunos de esos
hitos del pensamiento universal. Os sugiero que, tras la lectura de cada uno de
ellos, dediquéis varias horas a la profunda meditación hasta alcanzar, previo
éxtasis místico, la total regeneración de vuestro cuerpo astral. ¡Cuánta
sabiduría! ¡Cuánta belleza! ¡Qué agudeza de pensamiento!
Hicieron
maravillosamente bien los cronistas deportivos de la época en divulgar
semejantes perlas a través de los medios de comunicación, evitando así que
tanta ciencia se perdiese con el devenir de los tiempos. Pasará el género
humano, se apagará el sol y colapsará nuestro sistema solar, pero estas sabias
palabras —auténtico resumen del cénit intelectual alcanzado por la
civilización— quedarán flotando en el universo como testimonio eterno de
nuestro paso por la Tierra.
Pasen y lean,
con reverencia, estos pensamientos cumbre de la sabiduría:
«Fútbol
es fútbol» (Vujadin Boškov)
Una
obra maestra de la tautología ontológica. Boškov sintetizó en tres palabras
toda la incertidumbre cuántica y el empirismo más radical. No busques
explicaciones tácticas ni física cuántica; si es redondo, bota, y si entra, es
gol. La esencia pura de la nada elevada al absoluto.
«Chicos
bien, moral óptima» (Ladislao Kubala)
La
piedra filosofal de la psicología deportiva y el coaching de autoayuda. Menos
mal que nos lo aclararon: si los muchachos están bien alimentados y contentos,
la moral sube como la espuma. Un tratado de liderazgo empresarial que ya
quisieran firmar los gurús de Silicon Valley.
«Siempre
negativo, nunca positivo» (Louis van Gaal)
La
deconstrucción existencialista del optimismo patológico. Van Gaal no solo
diagnosticaba el estado anímico de sus jugadores ante los periodistas, sino que
firmaba un himno nihilista apto para cualquier crisis existencial de un lunes
por la mañana.
«Písalo,
písalo» (Carlos Salvador Bilardo)
La
cumbre de la diplomacia internacional y la ética kantiana pasada por el filtro
del bilardismo más descarnado. Un imperativo categórico que insta al prójimo a
ejercer una amable presión sobre el tobogán óseo del rival caído. Paz, amor y
un marcaje al hombre.
«El
fútbol es un estado de ánimo» (Jorge Valdano)
El
gran intelectual con botas de la Transición futbolística nos legó este
diagnóstico clínico. Ya no importa el césped ni el planteamiento táctico; si el
ánimo decae, ni la táctica de Guardiola ni el rezo de Simeone nos salvan del
abismo melancólico.
«Las
finales no se juegan, se ganan» (Alfredo Di Stéfano)
Pragmatismo
puro y duro. Para qué perder el tiempo dando espectáculos estéticos o jugando
con elegancia cuando puedes simplemente levantar la copa. Una bofetada de
realismo capitalista aplicada al deporte.
«Tengo
la corazonada de que vamos a ganar el partido» (Ian Rush)
El
delantero galés demostró con esta frase que la ciencia empírica y la estadística
predictiva palidecen ante un buen pálpito estomacal previo al pitido inicial.
«Hay
que ganar, ganar y ganar y volver a ganar» (Luis Aragonés)
La
cumbre absoluta del empirismo pragmático y la perseverancia metodológica del
Sabio de Hortaleza. Si Boškov nos regalaba la tautología y Van Gaal el
pesimismo existencial, Luis Aragonés elevó la repetición verbal a la categoría
de dogma de fe. No hay matices, no hay estética que valga ni debates sobre la
posesión del esférico; la Santísima Trinidad del fútbol se resume en una
machacona y gloriosa letanía. Un mantra de autoayuda motivacional que ya
quisieran para sí los más exigentes directores de multinacionales.
Mediten
sobre ello, amigos. Al lado de estos colosos, Sócrates, Platón, Descartes y
demás filósofos son meros aficionados de barrio.
Si te diviertes
al hacer deporte, habrás ganado… aunque hayas perdido.
“El mejor
deporte es la sonrisa”:
https://amzn.eu/d/3kcF9x6
Los partes
meteorológicos del tiempo, en las televisiones, se han convertido en auténticos
programas de terror, cuya misión no es informar sino asustar. Los poderes
públicos alientan este cambio, porque con ciudadanos asustados siempre se
gobierna mejor.
(AZprensa) Si uno se sienta
un rato delante del televisor y presta atención a los informativos
meteorológicos, llegará a una conclusión tan inquietante como evidente: hoy en
día, los espacios del tiempo se han convertido en uno de los mejores programas
de antesala del terror que emiten las cadenas.
Antes,
los hombres y mujeres del tiempo se limitaban a cumplir con una función tan
noble como sencilla: informar de la previsión atmosférica con un mapa, unas
cuantas borrascas dibujadas y una sonrisa amable. Ahora no. Ahora el objetivo principal
parece ser meter el miedo en el cuerpo a la población.
El catálogo de
las catástrofes cotidianas
Da
igual lo que marque el termómetro o lo que haga el cielo; el parte se ha
convertido en una sucesión de advertencias apocalípticas:
Si
hace calor, la pantalla se tiñe inmediatamente de un rojo infernal, agitando el
fantasma de la ola de calor y vaticinando riesgos casi mortales para la salud
pública.
Si
hace frío, los informativos se transforman en una campaña sanitaria contra las enfermedades
invernales y el colapso hospitalario.
Si
llueve, el peligro inminente de inundaciones nos acecha en cada esquina.
Si
graniza, la crónica se narra como si estuviésemos sufriendo un bombardeo
estratégico.
Y
si hace viento, la escenografía nos traslada mentalmente a Florida en plena
temporada de huracanes, exigiendo poco menos que evacuar las ciudades.
Bajo
este prisma catastrofista, el mensaje subyacente siempre es el mismo: hace
calor, hace frío, llueve, nieva, graniza o sopla aire... Así que lo más sensato
y seguro es que nos quedemos encerrados en casa, pegados a la pantalla del
televisor, dejando que Papá Estado se ocupe de absolutamente todo.
El control a
través del pánico
No
nos engañemos; detrás de esta hipérbole meteorológica permanente hay una
estrategia bien conocida. Cada vez que anuncian el tiempo, ya no se habla del
tiempo en sí; se habla de catástrofes y graves peligros inminentes.
La
razón es antropológica y política: una población atenazada por el miedo es una
población sumisa. Quien teme por su integridad o por su entorno acata sin
rechistar lo que le dicte el poder, jamás se atreve a cuestionar las decisiones
de la autoridad y termina obedeciendo como un rebaño. La historia universal nos
lo demuestra una y otra vez: los antiguos conquistadores, cuando invadían un
territorio, arrasaban cultivos e incendiaban casas no solo por destruir, sino
para sembrar el terror y lograr que la población local se sometiera sin
resistencia.
Hoy
ya no hacen falta ejércitos invasores; basta con encender la televisión y
comprobar que un simple chubasco de primavera se ha convertido, por obra y
gracia del alarmismo audiovisual, en el fin del mundo.
¡Qué bien nos
vendría leer esto, porque ya se nos ha olvidado!
“Diario del
caos”:
https://amzn.eu/d/16DdxqN