(AZprensa) ¿Se puede estar al
mismo tiempo a ambos lados de la mesa? En un extremo se sitúan los periodistas
que redactan para un medio de comunicación de interés general. En el opuesto,
aquellos que elaboran notas de prensa para sus corporaciones y las envían a las
redacciones con la esperanza de verlas publicadas. Ante este escenario, cabe
hacerse una pregunta incómoda: ¿pueden los profesionales de la comunicación
institucional actuar también como editores de un medio de información general?
Hasta ahora, las reglas del juego dictaban que cada cual
ocupase su sitio. En las últimas décadas, los departamentos de Comunicación de
las grandes compañías no han dejado de crecer, afortunadamente no solo en
presupuestos, sino en cualificación profesional, nutriéndose de periodistas de
raza. A ellos se suma la colaboración de las agencias y gabinetes externos,
integrados también por profesionales de la información.
Desde este flanco de la mesa, la misión es clara:
canalizar toda la información relevante de la empresa y atender con solvencia
las peticiones de datos, declaraciones, entrevistas o posicionamientos que
formulan los medios.
Se trata, por tanto, de un diálogo constante entre
profesionales. Un intercambio con intereses legítimos pero contrapuestos: la
compañía busca maximizar el impacto de sus hitos positivos; el medio, por su
parte, persigue captar el interés del lector para ganar el favor de la
audiencia.
El valor del
contraste
En la otra orilla nos encontramos con los periodistas de
redacción, encargados de buscar proactivamente la noticia mientras digieren un
alud diario de notas corporativas. En su libro de estilo debería figurar una
máxima inquebrantable: acudir siempre a los portavoces cualificados de las
compañías implicadas. Cuestión distinta —y obligatoria— es que el redactor
contraste esos datos con fuentes ajenas e independientes para ofrecer una
visión equilibrada de la realidad.
Históricamente, la relación entre ambos bandos ha estado
marcada por una sutil desconfianza. Sin embargo, para avanzar, es imperativo
dejar atrás los viejos recelos.
Especialización
contra censura
La prensa técnica y especializada ofrece un excelente
ejemplo de convivencia. Es natural que sus páginas alberguen abundantes
informaciones sobre las empresas del sector, puesto que sus lectores son
profesionales hambrientos de esa actualidad. En estos nichos, los periodistas
poseen un conocimiento profundo de su área y desarrollan los contenidos con un
rigor impecable. A la prensa técnica no le duelen prendas a la hora de citar
marcas, productos o nombres propios; entiende que ocultarlos sería hurtar
información valiosa a su público.
El problema surge cuando analizamos la prensa generalista.
Con demasiada frecuencia, los grandes medios confunden la imparcialidad con una
suerte de censura puritana hacia cualquier nombre comercial.
Esta miopía informativa se acentúa en sectores
especialmente sensibles, como el de la industria farmacéutica. Es habitual leer
crónicas que detallan un hallazgo científico o el lanzamiento de un fármaco
prometedor, ocultando sistemáticamente el nombre del laboratorio o del fármaco
en cuestión. Sin embargo, la timidez desaparece si la noticia es negativa: en
el error, el escándalo o la crisis, el rigor nominal regresa con saña y se
aportan todo tipo de detalles citando nombre del laboratorio y marca comercial
del fármaco si procede.
La verdadera imparcialidad no consiste en esterilizar el
texto borrando marcas comerciales. Consiste en proporcionar toda la información
relevante —lo que incluye saber quién está detrás de un hecho— y en recoger con
honestidad las distintas opiniones en liza, situando siempre en el centro a los
directamente implicados.
Un equilibrio necesario pero esquivo. Al fin y al cabo,
siempre ha sido un asunto difícil este de la imparcialidad...
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