El voto por
correo en las próximas elecciones será lo más parecido a la imagen que acompaña
este artículo. Piénsatelo antes de elegir esta opción en vez de optar por el voto
presencial que nadie te cambiará.
(AZprensa) El próximo 29 de
noviembre hay elecciones generales en España y ya dije en su momento que Pedro
Sánchez sólo las convocaría cuando estuviese seguro de que podía ganarlas. Y
aquí hay que hacer una aclaración: ¿Qué significa para Pedro Sánchez ganar las
elecciones? Porque mucha gente no se da cuenta de esto. Respuesta: Que la suma
de PP+Vox no alcance la mayoría absoluta; en ese caso, Sánchez pactará con
todos los demás y se doblegará a sus exigencias con tal de seguir en el poder,
aunque consiga menos diputados de los que tenía antes.
Por
lo tanto, Sánchez no necesita sacar muchos votos, sólo los necesarios para que
PP+Vox no tengan mayoría absoluta. Y ahí entra en juego el voto por correo. Y
Sánchez es un maestro en esto como ya demostró cuando llegó al poder en su
propio partido gracias a manipulación de votos como muchas personas –incluso
implicados- han denunciado.
Ya
lo vimos también en las últimas elecciones: las convocó en plenas vacaciones de
verano para que mucha gente votara por correo. Y votó. Y PP+Vox ganaron pero
sin mayoría absoluta. Y al frente de Correos estaba Leire Díaz, hoy imputada en
trapos sucios del PSOE.
Por
lo tanto, cuantos más votos por correo haya, mejor será para Sánchez porque
nadie puede certificar la limpieza y transparencia en el recorrido de esos
votos. Y a todo eso hay que sumar los cientos de miles de votos que van a
llegar desde Latinoamérica al permitir que nietos de españoles que emigraron
puedan votar ahora aunque nunca hayan pisado España, simplemente depositando su
voto en las embajadas que luego los enviará para su “custodia” a correos.
Votar
por correo es, pues, lo más parecido a la imagen que acompaña este comentario:
Pucherazo. Y ya se está cocinando a fuego lento, el mismo fuego que está
desintegrando la sociedad española, la democracia y el estado de bienestar que
habíamos alcanzado.
Parece que nos
hemos olvidado, pero así comenzó el “nuevo orden mundial” que ahora padecemos…
“Diario del
caos”:
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Hay que tener
mucho cuidado cuando leemos –o creemos leer- los titulares de las noticias,
porque damos por ciertas algunas cosas que no lo son por el simple hecho de
creer que “las hemos leído”.
(AZprensa) “¿Son los
médicos y los enfermeros unos borregos?”. Por un momento, lo confieso, llegó a
mi mente este pensamiento mientras repasaba ejemplares atrasados de periódicos
en la hemeroteca. Y es que no era para menos. Me encontré con un titular que,
leído literalmente y sin conocer el contexto, tenía bastante más miga de la que
probablemente había pretendido su autor:
«Médicos
y enfermeros coinciden en que un ministro de Sanidad que no sea pastor sería un
error».
Mi
primera reacción fue de perplejidad. ¿Pastor? ¿Desde cuándo médicos y
enfermeros necesitaban un pastor que los guiase? Porque, si nos atenemos al
significado más evidente de la frase, aquello parecía reconocer que dos
colectivos profesionales formados por personas con años de estudios,
especialización y experiencia necesitaban que alguien les indicase por dónde
debían caminar. Vamos, que se reconocían a sí mismos como borregos.
La
imagen era bastante curiosa: miles de médicos y enfermeros avanzando disciplinadamente
por los pasillos de los hospitales detrás de su pastor, mientras este, provisto
de cayado, les iba indicando el camino.
—Por
aquí, ovejitas, que hoy tenemos quirófano a las diez.
Pero
entonces se me ocurrió otra posibilidad. ¿Y si se referían a un pastor
espiritual? Quizá médicos y enfermeros estaban reclamando para el Ministerio de
Sanidad a alguien capaz de orientarles en las grandes tribulaciones morales y
éticas de la profesión.
La
cosa empezaba a ponerse interesante. Me imaginé entonces las iglesias llenas de
profesionales sanitarios, tomando apuntes mientras el pastor pronunciaba desde
el púlpito:
Hermanos
médicos, recordad: curaréis al enfermo, pero también cuidaréis su alma.
Y
todos ellos, muy atentos, asentían solemnemente.
Ya
estaba yo dispuesto a escribir una columna sobre la profunda espiritualidad del
colectivo sanitario cuando reparé en un pequeño detalle que lo aclaraba todo. La
palabra «Pastor» estaba escrita con mayúscula. ¡Ah! Entonces comprendí que allí
no había ovejas, ni cayados, ni sermones dominicales. El titular se refería a
Ana Pastor, que había sido ministra de Sanidad y Consumo y a quien, según
aquella información, médicos y enfermeros apoyaban para que volviera a ocupar
esa cartera.
Todo
volvía a la normalidad. Los médicos seguían siendo médicos. Los enfermeros,
enfermeros. Y los borregos, de momento, no tenían nada que ver con la noticia.
Pero
durante unos minutos había descubierto algo fascinante: un titular puede
cambiar completamente de significado dependiendo de una sola letra. Una «P»
mayúscula había evitado que miles de profesionales sanitarios acabaran
convertidos, al menos metafóricamente, en un rebaño.
En
fin, son las cosas que pasan cuando uno lee titulares deprisa, fuera de contexto
y con demasiada imaginación. Aunque también es verdad que, si un lector
necesita conocer toda la noticia para descubrir qué demonios quería decir el
titular, quizá el problema no esté solamente en las prisas del lector. Pero de
eso hablaremos otro día…
“La Comunicación
en Medicina”:
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Si vas a
escribir una nota de prensa, quizá lo primero que deberías preguntarte es algo
tan sencillo como: ¿qué es eso de una nota de prensa?
(AZprensa) La definición
más sencilla que se me ocurre es que una nota de prensa es, ante todo, algo
jerárquico. Y no me refiero a que tenga que estar escrita por el director
general, sino a que la información debe aparecer ordenada de mayor a menor
importancia.
Lo
más importante debe ir siempre al principio y, además, debe estar
suficientemente destacado como para que el periodista pueda saber,
prácticamente con solo echar un vistazo, cuál es la noticia.
Porque
el periodista que recibe una nota de prensa no tiene por qué compartir nuestra
emoción ante el acontecimiento. Ni conoce necesariamente a nuestro director
general, ni siente especial curiosidad por la historia de la empresa, ni
necesita saber que el acto se celebró en un magnífico salón de un hotel de
cinco estrellas, convenientemente decorado para la ocasión. Y mucho menos
necesita que le hagamos esperar cuatro párrafos para descubrir qué demonios ha
ocurrido.
Sin
embargo, todavía es bastante habitual encontrarse notas de prensa que comienzan
describiendo el lugar donde se ha celebrado el acto, continúan relacionando a
todos los personajes que han intervenido, explican quién es cada uno de ellos,
cuentan los antecedentes históricos de la compañía y, después de varios
párrafos, llegan finalmente a la noticia. Para entonces, el periodista ya ha
llegado a la papelera.
Una
nota de prensa debe facilitarle el trabajo, no obligarle a jugar a las
adivinanzas. Si en las primeras líneas no encuentra algo que pueda convertirse
en noticia, lo normal es que pase a la siguiente. Y la siguiente. Y la
siguiente.
Por
eso, cuando escribamos una nota de prensa deberíamos hacernos una pregunta muy
sencilla: ¿qué es lo que podría interesarle al lector final? Porque ese es el
verdadero destinatario de nuestro trabajo.
Y
aquí aparece uno de los grandes errores de quienes redactan información
corporativa: escribir pensando en lo que le gustará a su jefe.
Si
al director general le encanta aparecer citado, pondremos una larga declaración
del director general. Si al presidente le gusta que se mencione su trayectoria,
incluiremos su biografía. Si al responsable de Comunicación le parece
importantísimo explicar que el acto contó con la presencia de autoridades,
expertos, invitados y representantes de nosecuántas instituciones, ahí
tendremos otros dos párrafos.
El
resultado será probablemente una nota de prensa que hará muy feliz a quien la
ha encargado. Y que sólo leerán él y quien la ha escrito.
La
comunicación eficaz empieza por entender algo elemental: no escribimos para
quien nos paga, sino para quien nos lee. Y, en una nota de prensa, cuanto antes
descubramos qué es noticia, más posibilidades tendremos de que alguien llegue
hasta el final.
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síntesis”:
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Hay una curiosa
costumbre en España que llevamos tantos años practicando que casi hemos
terminado por considerarla una virtud: confundir estar en la oficina con
trabajar. Y no es lo mismo. Es lo que se llama “el presentismo”: el empleado
que termina antes porque ha hecho bien su trabajo puede acabar pareciendo menos
trabajador que quien permanece dos horas más.
(AZprensa)
En España, en efecto, se confunde “estar en la oficina” con “trabajar”. Y no
son la misma cosa. Se puede estar ocho, nueve o diez horas sentado delante de
un ordenador y trabajar realmente durante una parte bastante más pequeña de ese
tiempo. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede cumplir
escrupulosamente su jornada, marcharse a su hora y haber hecho durante ella
mucho más trabajo útil que otro compañero que permanece en la oficina hasta que
el conserje empieza a insinuarle que quizá sería conveniente apagar la luz.
Pero
parece que todavía nos cuesta distinguir ambas cosas. Durante muchos años, una
de las recetas empresariales para aumentar la productividad ha consistido en
aumentar las horas de trabajo. Cuando falta personal, antes que contratar
nuevos empleados se reparte el trabajo entre los que quedan. Y, naturalmente,
eso exige más horas. Algunas se pagan como horas extraordinarias. Otras, no. Y
en épocas de desempleo elevado siempre aparece el argumento definitivo:
—Esto
es lo que hay. Si no te gusta, ahí fuera hay unos cuantos miles de personas que
estarían encantadas de ocupar tu puesto.
Es
un argumento que puede resultar muy eficaz para conseguir que alguien se quede
un rato más en la oficina. Lo que ya no está tan claro es que consiga que
trabaje mejor. Porque una cosa es prolongar la jornada y otra muy distinta
aumentar la productividad.
Por
mi experiencia profesional en una compañía internacional, tuve ocasión de
comprobar algo que me llamó poderosamente la atención: en España se podía pasar
más tiempo en la oficina que en otros países europeos y, sin embargo, no
necesariamente trabajar más. De hecho, la diferencia resultaba bastante
evidente cuando comparaba nuestras costumbres con las de colegas del Reino
Unido, Suecia, Alemania, Dinamarca, Bélgica y otros países europeos. Allí
descubrí algo que parecía revolucionario: cuando se trabaja, se trabaja.
No
se pierde demasiado tiempo en conversaciones interminables de despacho. Ni en
reuniones que podrían haberse resuelto con un correo electrónico. Ni en charlas
de pasillo que empiezan hablando del trabajo y terminan repasando la actualidad
nacional, el fútbol y la vida sentimental del compañero de enfrente. Tampoco se
dedica una parte considerable de la mañana a decidir dónde tomar el café.
Y,
por supuesto, siempre existe la tentación de echar un vistazo a la edición
digital del periódico, comprobar los resultados deportivos o consultar
cualquier otra cosa que, en ese preciso momento, parece absolutamente
imprescindible para la supervivencia de la humanidad.
En
otros países que conocí profesionalmente, la relación con el horario laboral
era diferente. La jornada comenzaba y se trabajaba. Y cuando llegaba la hora de
terminar, se terminaba. No había que demostrar vocación de sacrificio
permaneciendo en la oficina una hora más para que el jefe pudiera comprobar que
seguías allí. A la hora prevista, empleados y directivos recogían sus cosas y
se marchaban. Y no porque fueran menos responsables. Precisamente porque
existía una idea bastante sencilla: el trabajo debe realizarse dentro del
tiempo destinado al trabajo.
Hasta
la comida era diferente. El tradicional almuerzo español, con su sobremesa y
todo su ritual, no tenía demasiado que ver con aquel rápido sándwich que podía
despacharse en unos minutos. Después, de nuevo al trabajo. Y cuando llegaba la
hora de salir, cada cual se iba a su casa. Parece sencillo. Pero tiene
consecuencias importantes.
Cuando
una empresa premia, explícita o implícitamente, al trabajador que permanece más
horas en la oficina, está enviando un mensaje bastante peligroso: no importa
tanto lo que hagas como el tiempo que estés aquí. Y entonces aparece la
paradoja. Un empleado organiza bien su trabajo, termina sus tareas, cumple sus
objetivos y se marcha a su hora. Otro necesita más tiempo, se entretiene,
acumula tareas, prolonga su jornada y termina saliendo dos horas después. ¿Quién
es el más trabajador? En demasiadas ocasiones, nuestra cultura empresarial
responde: el segundo.
Y
ahí empieza el problema. Porque si queremos aumentar la productividad, quizá
deberíamos dejar de medir las horas de presencia y empezar a medir los
resultados. El trabajador que permanece diez horas en la oficina no
necesariamente produce más que el que permanece ocho. Puede producir menos.
El
cansancio acumulado disminuye la concentración, aumenta los errores, reduce la
creatividad y termina afectando incluso a la capacidad para tomar decisiones. Un
trabajador cansado no se convierte automáticamente en un trabajador productivo
por el simple hecho de seguir sentado delante del ordenador. El ordenador
tampoco trabaja más porque permanezca encendido. Y lo mismo puede decirse de
las personas.
Además
está la otra factura, la que no aparece en ninguna cuenta de resultados: la
vida personal. Cuando salir tarde de la oficina se convierte en una costumbre,
desaparecen horas que ya no vuelven. La comida con los hijos. La conversación
con la pareja. El deporte. Los amigos. La lectura. El descanso. La posibilidad,
incluso, de no hacer absolutamente nada durante un rato, que tampoco debería
considerarse una actividad ilegal. Y todo ello produce un trabajador más
cansado, más desmotivado y con menos tiempo para recuperarse. No parece
precisamente la receta ideal para aumentar la productividad.
Hay,
además, un efecto perverso sobre la motivación. Si un empleado observa que la
empresa recompensa al que llega antes y se marcha el último, aunque no sea
quien mejores resultados obtiene, acabará entendiendo rápidamente las reglas
del juego. Y puede llegar a la conclusión de que hacer bien el trabajo no es
suficiente: hay que ser visto haciéndolo.
Entonces
aparece el conocido «presentismo»
No
basta con trabajar. Hay que parecer que se trabaja. Y, puestos a parecerlo, nada
mejor que permanecer en la oficina cuando ya no queda prácticamente nada que
hacer. Es el equivalente laboral de mantener encendida la luz de una habitación
para demostrar que estamos dentro.
Quizá
deberíamos empezar a preguntarnos qué queremos realmente de nuestros
trabajadores. ¿Que estén muchas horas? ¿O que hagan bien su trabajo? Porque no
es lo mismo.
Una
empresa no debería necesitar empleados que acumulen horas de presencia, sino
profesionales capaces de alcanzar unos objetivos razonables dentro de una
jornada también razonable.
Para
ello hacen falta objetivos claros, bien definidos y medibles; responsabilidades
concretas; medios suficientes; confianza en las personas y, naturalmente,
sistemas de evaluación y recompensa que valoren los resultados y no simplemente
el tiempo que alguien permanece físicamente en su puesto.
No
se trata de trabajar menos por trabajar menos. Se trata de trabajar mejor. Y
tampoco se trata de importar sin más los hábitos laborales de otros países.
Cada sociedad tiene sus costumbres, sus horarios y sus circunstancias. Pero sí
podemos aprender de una idea que parece bastante universal: el tiempo de
trabajo tiene un límite y la productividad no se mide por las horas que uno
permanece sentado en una silla.
Porque,
al final, quizá haya llegado el momento de cambiar una vieja pregunta. En lugar
de preguntar:
—¿A
qué hora te vas?
Deberíamos
preguntar:
—¿Has
terminado tus objetivos?
Y
si la respuesta es afirmativa, quizá no haya ninguna razón para que esa persona
tenga que quedarse mirando la pantalla hasta que el jefe decida marcharse.
Porque
estar en la oficina es una circunstancia física. Trabajar es otra cosa. Y
confundir ambas puede salirnos bastante caro: a la empresa, al trabajador y,
sobre todo, a esa parte de nuestra vida que jamás podremos recuperar.
Una visión de la
industria farmacéutica a través de uno de sus grandes laboratorios…
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Hay personas que
saben leer. Y hay personas que, además, saben leer entre líneas. No es
exactamente lo mismo.
(AZprensa) Leer consiste,
en principio, en descifrar las palabras que alguien ha escrito y entender lo
que aparentemente quiere decir. Leer entre líneas exige algo más: prestar
atención a lo que no está escrito, a lo que se insinúa, a las intenciones que
pueden esconderse detrás de una frase y, en definitiva, descubrir un segundo
mensaje que puede estar muy lejos de lo que dicen literalmente las palabras. Porque
no siempre las cosas son lo que parecen.
Un
texto puede hablar de una cosa y estar hablando, en realidad, de otra. Una
conversación puede parecer intrascendente y contener una advertencia. Una
novela puede contar una historia de amor y estar hablando de soledad. Una
película puede mostrarnos violencia, ambición y traiciones y, sin embargo,
transmitir un mensaje profundamente humano.
El
problema es que solemos quedarnos con la primera lectura. Con lo evidente. Con
aquello que está escrito en letras grandes. Y quizá nos perdemos precisamente
lo más interesante, que suele estar escrito en letra pequeña.
Hace
algún tiempo tuve una experiencia curiosa con mi propio libro, “La Biblia de
Falcon Crest”. Cuando escribí este libro sobre aquella popular serie de
televisión, descubrí algo que, visto con cierta perspectiva, resulta bastante
sorprendente.
Falcon
Crest nos presentaba un mundo en el que precisamente no abundaban las virtudes.
Sus personajes eran ambiciosos, cínicos, manipuladores y, en muchos casos,
bastante amorales. Allí había conspiraciones, venganzas, envidias, traiciones,
intereses económicos, infidelidades y luchas por el poder. Los protagonistas
podían sonreír mientras estaban preparando la próxima jugada contra alguien. Y
cuando parecía que todo estaba resuelto, aparecía otra conspiración para
demostrar que, en aquel universo, la tranquilidad era solamente el intervalo
entre dos problemas.
Y,
sin embargo, debajo de todo aquello había otro relato. Al analizar los diálogos
y las situaciones de la serie descubrí que, entre líneas, podían encontrarse
mensajes muy diferentes de los que aparentemente dominaban la historia: amor,
compasión, amistad, fidelidad, honradez, solidaridad, arrepentimiento, perdón...
Es decir, precisamente algunos de los valores que encontramos en la Biblia. De
ahí el título de mi libro.
No
estoy diciendo que los guionistas de Falcon Crest se sentaran ante una mesa
para decidir: “Hoy vamos a transmitir un mensaje bíblico mediante una familia
de millonarios californianos que se dedican a hacerse la vida imposible”.
Probablemente no fue así. Quizá algunos de esos mensajes fueron deliberados.
Quizá otros surgieron de manera inconsciente. Y quizá fueron los propios
conflictos humanos de la historia los que terminaron poniendo de manifiesto,
por contraste, aquello que realmente importa.
Hay una curiosa
paradoja: a veces necesitamos ver lo que está mal para comprender lo que está
bien
Una
traición nos hace valorar la fidelidad. Una mentira nos hace apreciar la
verdad. La ambición desmedida nos hace comprender el valor de la generosidad.
El odio pone de manifiesto la necesidad del amor. Y cuando contemplamos a
alguien que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, descubrimos, precisamente
por contraste, la importancia de la amistad y de la lealtad. Eso también es
leer entre líneas. Y no ocurre solamente en los libros o en las series de
televisión. Ocurre continuamente en nuestra vida.
Una
persona puede decirnos “haz lo que quieras” y estar diciendo exactamente lo
contrario. Alguien puede felicitarnos por una decisión y, por el tono empleado,
estar demostrando que no le ha gustado absolutamente nada. Un político puede
pronunciar un discurso lleno de palabras aparentemente impecables y dejar
entrever otras cosas muy distintas. Una publicidad puede hablarnos de libertad
mientras intenta convencernos de que necesitamos comprar algo que hasta ese
momento no necesitábamos. Incluso un silencio puede decir más que un discurso.
Por
eso leer entre líneas requiere algo más que inteligencia. Requiere atención,
experiencia y capacidad de observación. Y, sobre todo, exige no aceptar
automáticamente la primera interpretación que se nos presenta.
Las
palabras tienen un significado, pero también tienen un contexto. Una frase
aislada puede significar una cosa y esa misma frase, pronunciada en
determinadas circunstancias, significar otra completamente distinta.
Por
eso conviene preguntarse de vez en cuando: “¿Qué me está queriendo decir realmente?”.
No para convertirnos en paranoicos que buscan dobles intenciones detrás de cada
palabra, porque entonces acabaríamos viendo conspiraciones hasta en la lista de
la compra. Se trata simplemente de desarrollar una mirada más profunda y menos
ingenua sobre aquello que leemos, escuchamos y observamos.
Pero
también existe el peligro contrario: leer entre líneas lo que no existe. Una
cosa es descubrir un mensaje oculto y otra inventárselo. Una cosa es
interpretar y otra proyectar sobre un texto nuestras propias ideas. Leer entre
líneas no significa retorcer las palabras hasta conseguir que digan lo que
nosotros queremos que digan. Significa prestar atención a las pistas que el
propio texto proporciona.
Y
aquí está, probablemente, lo más interesante: un buen escritor puede conseguir
que el lector reciba un mensaje sin darse cuenta de que lo está recibiendo. Puede
envolver una idea en una historia. Puede esconder una enseñanza dentro de una
conversación. Puede hacer que un personaje diga una cosa mientras sus actos
demuestran otra. Puede utilizar la ironía para que comprendamos exactamente lo
contrario de lo que aparentemente se afirma.
Es
una especie de juego de inteligencia entre quien escribe y quien lee. El
escritor coloca las piezas. El lector debe descubrir cómo encajan. Y cuando lo
consigue, aparece una segunda historia debajo de la primera.
Quizá
por eso algunos libros envejecen mejor que otros. Los que solamente cuentan una
historia pueden entretenernos durante un tiempo. Los que, además, esconden algo
debajo de esa historia pueden acompañarnos durante muchos años, porque cada
nueva lectura permite descubrir algo que antes no habíamos visto.
Con
“La Biblia de Falcon Crest” me ocurrió precisamente eso: terminé descubriendo
que detrás de un universo aparentemente dominado por la ambición, el dinero, el
poder y las intrigas podía encontrarse un mensaje mucho más humano. Quizá sea
una buena lección para la vida. No deberíamos quedarnos siempre con lo primero
que vemos. Ni con lo primero que escuchamos. Ni siquiera con lo primero que
leemos. Porque las palabras son solamente el envoltorio. A veces el verdadero
regalo está dentro.
Aquella mítica
serie de TV de los 80 escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado…
“La Biblia de
Falcon Crest”
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