domingo, 25 de octubre de 2026

La poesía y la sorpresa

(Sunday Poetry Corner)
El mundo de la poesía es tan inmenso y variado que te permite no sólo compartir sentimientos y emociones, sino también incluso dar alguna sorpresa a los lectores. 
Y eso es lo que hemos traído hoy a este rincón dominical: un bello poema que acabará en un giro que te provocará la sorpresa… y la sonrisa. ¡Disfrútalo!
 
AQUELLAS TARDES DE SIESTA
 
Recuerdo aquellas tardes de verano
en la casa de campo
a las afueras del pueblo.
Con treinta y cinco grados
- a la sombra un poco menos-
la vida estaba quieta y ni una mosca volaba,
todos como plomos se quedaban
en sus sitios aplastados de modorra.
Yo estaba allí y me faltaba algo,
alguien no estaba,
un alma inocente que me acompañara.
Salí en su búsqueda y comencé a gritar:
“Pati, Pati, Pati...”
nervioso por no saber dónde estaba. Y al fin,
al cabo de unos segundos que se mostraron eternos,
escuché su fina voz cantarina
y su gracioso paso al andar.
Venía corriendo hacia mí y yo le abrí mis brazos
para tener el placer de su suavidad entre mis dedos.
Miles de besos intercambiamos
y ya juntos volvimos a la sombra
para sentarnos.
Con el calor de la tarde los párpados se cerraron,
mientras sentíamos ese latir ajeno y tan querido
a nuestro lado.
Y así durmimos.
Y así soñamos.
Con un mundo para nosotros,
con un mundo de ilusión para explorarlo.
Ya después, al cabo de una hora despertamos.
Nos miramos. Acaricié su cuerpo
y sentí los besos de su pico blando.
Era mi Pati, mi patito enamorado,
que se arreglaba las plumas ya despertado
y piaba feliz, como siempre, entre mis brazos.
 
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Por Gemini
 
La complicidad estival y el tierno giro de "Aquellas tardes de siesta"
Bajo la aparente solemnidad de una estampa nostálgica, este poema nos transporta de inmediato a la atmósfera densa, dorada y silenciosa de las tardes estivales en el pueblo. Con un pulso narrativo muy medido, el texto demuestra una excelente capacidad para construir un clima emocional envolvente antes de culminar en un cierre tan inesperado como entrañable.
 
Desglose analítico y claves poéticas
 
La escenografía de la quietud: Los primeros versos sitúan al lector con precisión cinematográfica: "Con treinta y cinco grados / -a la sombra un poco menos- / la vida estaba quieta y ni una mosca volaba". La hipérbole popular y la descripción del sopor de la siesta configuran un paisaje físico donde el tiempo parece suspenderse. En ese entorno de modorra generalizada, el poeta introduce el motor del poema: un vacío, la ausencia de una compañía imprescindible.
 
La tensión del extravío: El tono se tiñe momentáneamente de urgencia dramática mediante la búsqueda y la llamada repetida (“Pati, Pati, Pati...”). El ritmo se acelera con los "segundos que se mostraron eternos", preparando el terreno para el reencuentro. Las expresiones de afecto ("suavidad entre mis dedos", "miles de besos intercambiamos") intensifican la calidez de la escena, sugiriendo un vínculo de profunda ternura.
 
El refugio compartido y el despertar onírico: La vuelta a la sombra consolida el idilio estival. El sueño compartido bajo el calor de la tarde refuerza la comunión entre el yo poético y su acompañante, mecidos por un "mundo de ilusión". La atmósfera creada es universal, evocando los afectos puros de la infancia o la juventud en el entorno rural.
 
El giro final (la sorpresa y la sonrisa): El punto culminante del poema reside en su revelación final: "Era mi Pati, mi patito enamorado". El suspense creado por la ambigüedad deliberada del nombre y de los afectos se resuelve con un toque de humor blanco y delicadeza pastoral. El "pico blando" y el plumaje que se arregla desvelan la identidad del fiel compañero, transformando la lectura en una sonrisa cómplice.
 
Una reflexión final
"Aquellas tardes de siesta" es una muestra de cómo la poesía puede transitar de la nostalgia a la cercanía más entrañable sin perder elegancia. El poema nos recuerda que los afectos más puros y memorables de nuestra juventud no siempre responden a las convenciones humanas, sino que a veces encuentran su refugio en los seres más insólitos y frágiles de la naturaleza. Una delicia literaria que arranca una sonrisa inevitable.
 

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sábado, 24 de octubre de 2026

Una tranquila velada familiar

No hay nada como una tranquila velada familiar. Y, si no, que se lo digan a los personajes de aquella mítica serie de televisión de los años ochenta “Falcon Crest”.
 




























(AZprensa) Cuando me encontré con este árbol de relaciones familiares, me quedé admirado ante el excelente trabajo realizado por quien se tomó la paciencia de poner un poco de orden en semejante laberinto genealógico. Gracias a él podemos seguir los sucesivos matrimonios, divorcios y viudedades de cada protagonista; las relaciones de parentesco, tanto legítimas como ilegítimas; los hijos que aparecen por aquí y por allá; y los insólitos cruces de relaciones entre las distintas familias. Todo ello perfectamente encajado en un auténtico rompecabezas familiar. Una verdadera obra de arte.
 
Porque en Falcon Crest averiguar quién estaba con quién no era precisamente tarea sencilla. Uno se casaba con una persona, se divorciaba, volvía a casarse con otra, que a su vez ya había estado casada con un tercero... y, por supuesto, siempre podía aparecer un hijo legítimo o ilegítimo que complicara un poco más las cosas.
 
Aunque no hayas visto ningún episodio de la serie —estuvo en antena durante nueve temporadas y después se emitió en numerosas reposiciones—, puedes pasar un buen rato siguiendo las flechas de este peculiar “árbol genealógico y de relaciones”, tratando de averiguar quién está con quién, quién estuvo antes con quién, qué parentesco tiene este con aquel y por qué demonios todos parecen estar relacionados con todos.
 
En realidad, más que un árbol genealógico, parece uno de esos pasatiempos en los que hay que seguir las líneas para descubrir dónde terminan. Así que, si alguna vez pensaste que organizar una tranquila velada familiar era algo sencillo, quizá después de echar un vistazo a este árbol cambies de opinión. Y, sobre todo, agradecerás que el árbol genealógico de tu familia no se parezca al de Falcon Crest.
 

Aquella mítica serie de televisión de los ochenta escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado.
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viernes, 23 de octubre de 2026

Ciencia para descubrir lo evidente

Hay estudios científicos realizados sobre una amplia muestra de personas, que suponen un gran trabajo y un alto coste… que podrían haberse ahorrado, porque las conclusiones ya las conocemos todos sin necesidad de ninguna investigación que lo certifique. He aquí una muestra…
 
(AZprensa) Según un estudio realizado hace unos años sobre más de 11.000 mujeres embarazadas, se demostró con todo el rigor científico que las personas que tenían un perro tenían aproximadamente un 50 por ciento más de probabilidades de alcanzar la cantidad recomendada de ejercicio diario —unos 30 minutos caminando a paso ligero— que aquellas que no tenían perro.
 
La verdad es que, al conocer este descubrimiento, uno no puede dejar de preguntarse cuánto dinero y cuánto trabajo costó llegar a semejante conclusión. Porque, si para demostrar que tener un perro hace que uno camine más hay que estudiar a más de 11.000 personas, quizá lo que necesitábamos no era un estudio científico, sino simplemente tener un perro.
 
Cualquiera que haya tenido uno sabe perfectamente cómo funciona el asunto. El perro no entiende de sedentarismo, pereza ni días de descanso. Llega la hora del paseo y ahí está, mirándote fijamente, moviendo la cola y recordándote —sin necesidad de palabras— que hay un compromiso ineludible. Y si uno intenta hacerse el distraído, el perro insiste. Y si sigue sin hacerle caso, insiste un poco más. Y si tampoco funciona, siempre queda el recurso de coger la correa y mirarte como diciendo: «¿Nos vamos o tengo que presentar una reclamación?».
 
Así que no hace falta ser investigador para llegar a la conclusión de que un perro es una especie de entrenador personal que no cobra, no acepta excusas y, además, se alegra muchísimo de verte.
 
Pero los investigadores no se quedaron ahí. Al parecer, no contentos con haber descubierto que los propietarios de perros caminan más, anunciaron que querían realizar otro estudio para averiguar “por qué los propietarios de perros grandes caminan más rápidamente, en comparación con los propietarios de perros pequeños”, según declaró la doctora Sandra McCune, directora del Programa de Investigación de Mars Petcare.
 
Y aquí es donde la ciencia vuelve a sorprendernos.
 
Porque, sinceramente, ¿de verdad hacía falta otro estudio para descubrirlo? ¿Nadie se había fijado en que los perros grandes tienen más fuerza y las patas más largas que los perros pequeños?
 
Es bastante probable que un mastín tirando de la correa tenga una opinión muy diferente sobre la velocidad del paseo que un chihuahua. Y si el primero decide que ha llegado el momento de caminar, el propietario quizá no tenga más remedio que acompañarle… a la velocidad que marque el perro.
 
De hecho, puestos a investigar, yo propondría un estudio mucho más ambicioso: averiguar por qué los propietarios de perros grandes, cuando llegan a casa, tienen a veces la sensación de haber hecho 30 minutos de ejercicio de alta intensidad, mientras que el perro parece dispuesto a salir otra vez.
 
Aunque sospecho que, para resolver este último misterio, tampoco harán falta 11.000 voluntarios. Bastará con preguntarle al perro.
 

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jueves, 22 de octubre de 2026

¿Están más sanos los tacaños?

¿Tienen las personas tacañas una mejor salud cardiovascular? Así creí entenderlo después de leer la noticia sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
(AZprensa) ¿Será posible que los tacaños tengan menos probabilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular? Esta pregunta me asaltó —aunque, afortunadamente, sin llevarse ni un euro de mi cartera— al leer una información publicada en la prensa sobre un estudio científico realizado por investigadores del Boston Medical Center, en Estados Unidos.
 
La noticia hablaba de una relación entre la “capacidad de agarre” y la salud cardiovascular. Y claro, uno, que está acostumbrado a interpretar las cosas a su manera, pensó inmediatamente en esos individuos que tienen una extraordinaria capacidad para agarrarse al dinero y no soltarlo ni aunque les hagan cosquillas.
 
¿Será entonces que los tacaños tienen menos problemas cardiovasculares? ¿Habrá descubierto la ciencia que ser un “agarrao” protege el corazón? Porque, puestos a buscar una explicación, tampoco sería tan descabellado: quizá su preocupación por no gastar un céntimo les lleva a cuidar tanto su salud que consiguen evitar cualquier enfermedad que pueda obligarles a pasar por caja. ¡Con tal de no pagar al médico, son capaces hasta de no ponerse enfermos!
 
Pero leí la información con un poco más de calma y descubrí que la “capacidad de agarre” de la que hablaban los investigadores no tenía absolutamente nada que ver con la capacidad de una persona para agarrarse a sus euros. Se referían, sencillamente, a la fuerza de la mano para sujetar objetos. Y esa fuerza sí parece guardar relación con un mejor estado general de salud.
 
De modo que mi interpretación inicial era completamente errónea. Aunque, bien pensado, tampoco estoy tan seguro de que los investigadores tengan toda la razón al considerar que una buena capacidad de agarre es un indicativo de buena salud.
 
Porque quizá lo que ocurre es justamente al revés: los tacaños han desarrollado una extraordinaria musculatura en las manos de tanto tener el puño cerrado. Llevan toda la vida agarrando las monedas con fuerza, sujetando los billetes como si se los fueran a quitar y apretando la cartera contra el pecho ante cualquier intento de acercamiento. Y así, naturalmente, terminan teniendo una fuerza de agarre envidiable.
 
Lo que ya no está tan claro es que eso tenga algo que ver con su salud cardiovascular. Aunque, si algún día aparece un estudio que demuestre que abrir la mano para pagar mejora la circulación sanguínea, los tacaños tendrán un problema: tendrán que elegir entre conservar la salud… o conservar el dinero. 
Y tratándose de un buen “agarrao”, me temo que ya sé cuál de las dos cosas elegirá.
 

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miércoles, 21 de octubre de 2026

Cuando el nombre del laboratorio es un problema

Algunos laboratorios farmacéuticos tienen en el propio nombre que los identifica uno de sus principales rivales para conseguir algo tan importante como que el público general los identifique y los recuerde: la pronunciación.
 
(AZprensa) Si yo hablo de “peficer”, es posible que muchos no sepan a quién me refiero. Y si digo “fáiser”, quizá otros sí caigan en la cuenta de que estoy hablando de ese desconocido laboratorio líder cuyo nombre se escribe Pfizer. El problema es que, para quien no sabe inglés, ni la escritura ni la pronunciación resultan precisamente intuitivas.
 
Algo parecido sucede con GSK. Muchos se refieren a ella como “geseca”, que es una adaptación perfectamente comprensible de esas tres letras. Pero si uno intenta pronunciar su nombre completo, GlaxoSmithKline, la cosa se complica bastante más. Y si además pretende que un español lo escriba después de haberlo oído, puede comenzar la aventura ortográfica.
 
Hay nombres que ya parecen diseñados para poner a prueba nuestra capacidad de pronunciación. Por ejemplo, Boehringer Ingelheim. En España es frecuente oír toda clase de aproximaciones fonéticas y, cuando alguien tiene que escribirlo después de escucharlo, empieza el verdadero desafío. Algo parecido ocurre con Schering-Plough o, para quienes no estén familiarizados con el inglés, Johnson & Johnson: el nombre puede conocerse perfectamente y, sin embargo, no resultar tan sencillo reproducirlo por escrito después de oírlo.
 
Y luego están aquellos nombres cuya dificultad no está tanto en las consonantes como en saber dónde poner el acento.
 
Un buen ejemplo es AstraZeneca. En español existe la tendencia a pronunciarlo como si fuera una palabra llana, a pesar de que la pronunciación inglesa de este nombre pone el acento en la sílaba “ze”. Por eso, al trasladarlo al español, debería escribirse con acento gráfico en esa sílaba, así: “AstraZéneca”. Puede parecer una cuestión menor, pero cuando un nombre de marca se repite miles de veces en conversaciones, congresos, medios de comunicación y campañas publicitarias, cualquier dificultad de pronunciación termina multiplicándose.
 
En cambio, hay laboratorios que lo tienen bastante más fácil. Bayer, Novartis, Almirall, Sanofi, Roche o Merck son nombres relativamente cortos, fáciles de recordar y, con las correspondientes diferencias de pronunciación según el idioma, bastante sencillos de identificar.
 
Y esto no es una cuestión puramente lingüística. El nombre forma parte de la marca y, por tanto, también forma parte de la comunicación. Una empresa puede invertir millones en publicidad, relaciones públicas, congresos, patrocinios y comunicación corporativa, pero si después el público no sabe pronunciar su nombre o duda sobre cómo escribirlo, habrá levantado una pequeña barrera innecesaria entre la marca y las personas.
 
Además, en la industria farmacéutica existe una circunstancia especialmente importante: sus nombres no se dirigen únicamente a profesionales que conocen perfectamente la compañía, sino que terminan apareciendo en periódicos, informativos, redes sociales, páginas web y conversaciones cotidianas. Cuanto más conocida se hace una compañía, más importante resulta que su nombre sea fácil de identificar, recordar, pronunciar y reproducir.
 
Por eso, cuando se crea un laboratorio y se busca un nombre para la compañía, hay una primera regla de oro que debería tenerse muy presente: además de ser corto, distintivo y fácil de recordar, debería ser también fácil de pronunciar y escribir en el mayor número posible de idiomas.
 
Porque una cosa es tener un nombre internacional y otra muy distinta es conseguir que todo el mundo sepa cómo decirlo. Y si para conseguirlo hay que dar antes un cursillo de fonética, quizá el departamento de marketing debería plantearse si no habría sido más sencillo empezar por cambiar el nombre.
 

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