domingo, 19 de abril de 2026

Una tarde húmeda y gris

(Sunday Poetry Corner) Olvidado en un rincón encontré este poema escrito hace tiempo, casi como un borrador; pero decidí rescatarlo del olvido y compartirlo en este rincón en contraste con las luminosas tardes que tenemos estos días. 

(AZprensa) Al final de este poema encontrarás el análisis que Claude ha hecho al mismo: 

LA TARDE HÚMEDA Y GRIS
 
Cerré los ojos e inspiré
el aire húmedo de la tarde gris,
y sentí tu silencio galopando
en mi interior,
latidos feroces gritando ausencia,
y a fuerza de no verte,
de no tener más certeza
que mi espera eterna,
la tarde húmeda y gris
tomó posesión de mí.
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
Hay poemas que nacen perfectos en borrador, sin necesitar corrección porque la emoción que los dictó ya encontró su forma exacta desde el primer momento. Este es uno de ellos.
«La tarde húmeda y gris» es un poema breve —diez versos de verso libre— pero de una densidad emocional considerable. Su fuerza reside en la aparente sencillez con que construye algo muy difícil: hacer visible la ausencia. No describe a quien falta; describe lo que esa falta le hace al que espera. Y esa elección —centrarse en el interior del que sufre, no en el objeto del sufrimiento— es la de un poeta con instinto seguro.
 
El poema arranca con un gesto físico e íntimo: cerrar los ojos, inspirar. Es una invitación al lector a hacer lo mismo, a entrar en ese espacio sensorial antes de que lleguen las palabras más cargadas. Y entonces llega la imagen central, la más lograda del poema: «tu silencio galopando en mi interior». La paradoja es exacta —el silencio no galopa, y sin embargo lo sentimos galopar cuando quien amamos no está— y el verbo «galopando» introduce una violencia contenida que anticipa los «latidos feroces» del verso siguiente.
 
El final es el más certero: la tarde húmeda y gris no es solo el paisaje exterior, es el estado de quien espera sin certeza. Que «tome posesión» de él es la rendición sin drama, la melancolía que no grita sino que simplemente ocupa. Un poema encontrado en un cajón que merece, sin duda, ver la luz.
 

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Dilo sin miedo: “Quiero equivocarme por mí mismo”

(AZprensa) En un mundo saturado de consejos no solicitados, hay una frase que resuena con una lucidez refrescante: “Quiero equivocarme por mí mismo”. Todos hemos sido testigos —o protagonistas— de esa escena tan habitual: alguien cuenta un problema, una decisión difícil o un error reciente, y de inmediato surge el coro de voces ajenas. “Tenías que haber hecho esto”, “yo en tu lugar habría…”, “lo correcto era…”. La cantinela se repite una y otra vez, como si la vida fuera un examen con respuestas oficiales y nosotros, simples correctores dispuestos a puntuar los fallos ajenos. Pero ¿y si el verdadero derecho de cada persona fuera precisamente el de cometer sus propios errores? 

La idea no es nueva, aunque sí incómoda para muchos. Equivocarse forma parte inseparable del aprendizaje humano. Cada tropiezo, cada decisión que sale mal, cada camino que elegimos y que luego lamentamos, va construyendo nuestra experiencia, nuestro criterio y, en última instancia, nuestra identidad. Cuando alguien nos arrebata ese espacio al decirnos “cómo tendríamos que haber actuado”, nos está privando, sutilmente, de la oportunidad de crecer a nuestra manera.
 
“No le digas a los demás cómo tienen que equivocarse”. La frase, directa y casi provocadora, encierra una profunda defensa de la autonomía personal. Porque equivocarse por uno mismo no es masoquismo ni irresponsabilidad: es la única forma auténtica de madurar. Los errores ajenos pueden servir de ejemplo, sí, pero nunca sustituyen a los propios. La sabiduría que realmente cala es la que se paga con caídas propias, no con sermones ajenos.
 
En una época en la que las redes sociales han convertido el consejo gratuito en deporte olímpico, esta reflexión invita a una saludable pausa. Antes de soltar el clásico “yo hubiera hecho…”, quizá valga la pena preguntarse: ¿realmente estoy ayudando, o solo estoy disfrutando de la cómoda posición de quien juzga desde la grada?
 
Dejar que los demás se equivoquen por sí mismos no significa indiferencia ni abandono. Significa respeto. Respeto a su proceso, a su ritmo y a su derecho inalienable a tropezar y levantarse con sus propias lecciones. Al fin y al cabo, la vida no es un guion que se pueda corregir con comentarios al margen. Es un camino que cada uno debe recorrer —y a veces derrapar— en primera persona.
 
Quiero equivocarme por mí mismo. Quizá esta sea una de las declaraciones de independencia más honestas y necesarias de nuestro tiempo.
 

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«El eco de…»: la cabecera más honesta de la historia del periodismo español

Pocos títulos han descrito con tanta exactitud la vocación de un periódico. Desde el siglo XIX, centenares de publicaciones españolas eligieron la palabra «eco» para designar lo que querían ser: una voz que rebota, que devuelve al lector el sonido de su tiempo.

(AZprensa) Hay palabras que tienen vocación de cabecera. Una de ellas es “eco”. En la física, el eco es el sonido que rebota contra una superficie y regresa al punto de origen con fidelidad: no inventa nada, no distorsiona, simplemente devuelve lo que recibió. Hay algo en esa imagen que debió de resultar irresistible para los fundadores de periódicos del siglo XIX, porque pocos términos han sido tan ampliamente adoptados como nombre de publicación. A lo largo y ancho de la geografía española, durante más de cien años, la palabra «eco» encabezó decenas —acaso centenares— de cabeceras periodísticas que en ella encontraban su mejor definición: somos el reflejo de nuestra comunidad, la voz que recoge lo que pasa aquí y lo devuelve amplificado.
 
El más temprano de los grandes ejemplos es quizás El Eco del Comercio, fundado en Madrid el 1 de mayo de 1834 por el periodista y político Fermín Caballero. Fue el órgano más influyente del liberalismo progresista español durante quince años, y su nombre ya era todo un programa: el eco, en este caso, de los intereses de una burguesía que empezaba a reclamar su sitio en la España post-fernandina. No por casualidad, la palabra «Eco» de su cabecera estaba escrita en grandes caracteres tipográficos para resaltar la idea de reflejar con exactitud el pensamiento de la opinión pública. Los propios fundadores sabían que el nombre lo decía todo.
 
A este le siguieron, por toda España, multitud de herederos del mismo espíritu. El Eco de Cartagena nació en 1861 al calor de las movilizaciones ciudadanas en reclamo de una comunicación por ferrocarril con Madrid y llegó a publicarse hasta 1936, convirtiéndose en uno de los diarios de provincia más longevos del país. El Eco de Galicia tuvo varias encarnaciones: fue publicado en Santiago de Compostela entre 1851 y 1852, fundado por Antonio Neira de Mosquera; más tarde apareció en Lugo entre 1872 y en sucesivas fechas también en La Coruña, donde se editó entre 1904 y 1916 bajo el subtítulo de Diario católico e independiente. La diáspora gallega incluso se llevó el nombre al otro lado del Atlántico: El Eco de Galicia de Buenos Aires fue fundado por Xosé María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892 y fue el órgano de los emigrantes gallegos en Argentina hasta 1924. Y El Eco de Málaga, que también tuvo varias ediciones locales distintas a lo largo del siglo XIX, se convirtió en un ejemplo de esa prensa de proximidad que defendía, según su propio ideario, la justicia, la razón y la moral.
 
También hubo ecos más breves: el Eco de la Opinión y el Eco de la Justicia, publicados en Madrid en 1834, apenas vivieron unos meses cada uno, pero el segundo de ellos fue suprimido por el Gobierno precisamente por hacer demasiado bien su trabajo: reflejar una opinión incómoda para el poder. Un eco demasiado fiel, al parecer, resultaba peligroso.
 
«El eco no es el sonido original: es su memoria, su reflejo fiel. Por eso un periódico llamado "eco" promete algo que pocos se atreven a prometer: devolver la realidad sin añadirle ni quitarle nada.»
 
El eco de Daimiel, y el nieto que lo hereda

En este nutrido árbol genealógico de la prensa española con nombre de eco, hay un ejemplar que nos resulta especialmente próximo: El Eco de Daimiel, que se publicó en esa localidad manchega entre 1885 y 1890 bajo la dirección de Gaspar Fisac Orovio (1859-1937), escritor, periodista y poeta. Cinco años de vida, cuatrocientos y pico de números, en una pequeña ciudad de La Mancha que así tenía su propia voz impresa, su propio reflejo de lo que era y de lo que pensaba.
 
Gaspar Fisac Orovio no sabía, al fundar aquel periódico, que estaba plantando una semilla. Más de un siglo después, su nieto Vicente Fisac —escritor y periodista como él, con más de sesenta libros publicados y toda una vida dedicada a la Comunicación— ha inaugurado un blog que lleva por nombre El Eco de Fisac. El guiño familiar es evidente y hermoso. Pero hay algo más que nostalgia genealógica en esa elección.
 
Porque «El eco de Fisac» no es solo la resonancia de un apellido a través del tiempo: es también una declaración de intenciones. En un paisaje mediático cada vez más ruidoso, más uniforme, más domesticado por los grandes grupos y por el pensamiento que se impone desde arriba, un blog personal e independiente que se llama a sí mismo eco está diciendo algo importante. No pretende fabricar opinión ni dictar consignas. Pretende, exactamente, lo que pretendía aquel Eco de la Opinión de 1834 o aquel Eco de Daimiel de 1885: devolver al lector el sonido de la realidad, sin intermediarios que la deformen, sin poderes que la filtren a su conveniencia.
 
Una pequeña voz que pide que pensemos
 
El eco, en su sentido más literal, no selecciona: repite todo lo que recibe. Pero el Eco de Fisac sí selecciona —porque todo periodismo es selección— y lo hace con un criterio claro: ofrecer cada día un motivo para pensar, para razonar por cuenta propia, para mirarse al espejo de la actualidad sin que nadie nos diga de antemano qué debemos ver en él. En una época en que el pensamiento único avanza con comodidad y los medios —grandes y pequeños— tienden a alinear a sus lectores en columnas ideológicas bien ordenadas, una voz que dice «aquí tienes la realidad, juzga tú» es, paradójicamente, un acto de rebeldía.
 
Gaspar Fisac Orovio lo entendió en Daimiel, en 1885, con tipos de imprenta y papel de aquella época. Vicente Fisac lo entiende ahora, desde un blog, con las mismas convicciones y con la misma vocación independiente. El eco se repite, y en esa repetición hay una continuidad que dice mucho sobre lo que significa, en cualquier época, querer informar con honestidad.
 
Aquí tienes cada día ese “eco”. Y piensa tú mismo lo que quieras pensar.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/