(AZprensa) La historia oficial
de la ciencia está escrita en los libros, pero la historia de los inventos
malditos suele dormir en los archivos secretos. En la década de los años 50,
según las crónicas de la época, un equipo de doce físicos del Vaticano,
liderados por el padre benedictino Alfredo Pellegrino Ernetti, inventó una
máquina capaz de sintonizar y fotografiar el pasado: el Cronovisor.
Basándose en el principio de que las ondas sonoras y
visuales no se destruyen, sino que se transforman y quedan flotando en el
espacio, Ernetti aseguró —y mantuvo firmemente hasta el día de su muerte— haber
capturado imágenes tan trascendentales como las Tablas de la Ley de Moisés, la
destrucción de Sodoma y Gomorra, los discursos de Napoleón e, incluso, el
rostro de Jesús agonizando en la cruz.
El veredicto de Pío
XII
Cuando el eco de este asombroso descubrimiento comenzó a
trascender a la opinión pública, el padre Ernetti fue llamado a filas. Mantuvo
una reunión a puerta cerrada con el papa Pío XII. El Pontífice, lejos de reírse,
quedó profundamente impresionado, pero vislumbró de inmediato el abismo al que
se asomaba la humanidad si aquello se hacía público.
Las razones papales para el secreto fueron pragmáticas y
devastadoras: «Se podrá saber por medio de la máquina lo que el vecino y el
adversario piensan, y las consecuencias serían dos: o la autodestrucción de la
humanidad, o una cosa más difícil: el nacimiento de una nueva moral. Por eso
estos aparatos no pueden quedar en manos de todo el mundo sino bajo el control
de la autoridad. Puede cortar la conciencia de libertad del hombre, ya que con
este aparato se podrá conocer qué has estado haciendo esta mañana, dónde,
cuándo, cómo...».
La consecuencia fue fulminante. Al jesuita no solo se le
obligó a guardar un estricto voto de silencio, sino que la Santa Sede le
expropió la máquina, las supuestas fotografías, los planos de ingeniería y
absolutamente toda la documentación. El proyecto fue desmantelado y sepultado
en la oscuridad.
Un científico de
prestigio
A simple vista, un artefacto capaz de viajar en el tiempo
a través de las frecuencias electromagnéticas parece una fantasía imposible, un
delirio de ciencia ficción. Sin embargo, hay elementos en esta ecuación que no
encajan con la teoría de un simple fraude. El inventor no era un charlatán de
feria; el padre Ernetti era un prestigioso científico y musicólogo que
trabajaba en el laboratorio de física de la Universidad de Milán.
Jamás se retractó. Mantuvo su promesa de silencio hasta el
final de sus días, pero nunca negó la realidad de su descubrimiento. Además, la
reacción de la Iglesia no fue la habitual ante un hereje o un demente: nunca
fue apartado del sacerdocio, ni sancionado, sino que siguió ejerciendo sus
labores con la total confianza y el amparo de la Santa Sede.
La paradoja del
silencio
Yo, personalmente, no creo en la existencia de una máquina
del tiempo. La física elemental nos dice que es un imposible. Sin embargo, lo
más increíble de esta historia, el detalle en el que la mayoría de la gente no
repara, nos traslada de la física a la pura lógica periodística. Y es aquí
donde surgen las preguntas que incomodan al sentido común:
Si dicho invento es imposible que exista o que —de
existir— funcione, ¿por qué obligar a su inventor a guardar silencio y por qué
expropiarle todo el material? Es cierto que un invento así sería extremadamente
peligroso en manos inadecuadas, pero si estamos de acuerdo en que es un invento
imposible, ¿por qué le obligan a callar?
¿Por qué se siguen negando desde el Vaticano a hablar del
tema y guardan un absoluto silencio? ¿Por qué tanto empeño en ocultar una
tontería de tal calibre? ¿No sería más fácil enseñar la máquina y los planos
para que todo el mundo viese que era un fiasco, algo que no funcionaba?
En el mundo de la comunicación bien sabemos que el tamaño
de un secreto suele ser proporcional al tamaño de la verdad que esconde. Si el
Cronovisor no fue más que un burdo cuento de campamento, el Vaticano ha
desplegado el arsenal de censura más sofisticado de su historia para ocultar,
simplemente, la nada.
Así las cosas, serás mejor que seas tú mismo quien saques
tus propias conclusiones.
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(AZprensa) Hace apenas unas
décadas, los objetos tenían vocación de eternidad. Un reloj no era un
accesorio, era un legado que pasaba de padres a hijos. Los muebles eran
fortalezas de madera dispuestas a sobrevivir a varias generaciones. La ropa se
readaptaba, se remendaba y se heredaba; las camisas no se tiraban por un puño
desgastado, se les cambiaba el cuello y seguían prestando servicio. Eran
tiempos que albergaban la esperanza de que lo logrado hoy permaneciera mañana.
Pero algo cambió. Y tengo la teoría —seguramente falsa,
pero ilustrativa— de que la culpa de todo la tuvieron las corbatas.
El virus de la
promiscuidad textil
En aquellos tiempos de sobriedad, donde un hombre se
apañaba con un solo traje de domingo y un par de camisas, apareció una prenda
que se volvió "promiscua": la corbata. Era el único lujo accesible
que permitía la variedad. Poco a poco, conforme la economía crecía, los
armarios empezaron a poblarse corbatas con todo tipo de colores y diseños.
La corbata es un prodigio de la comunicación no verbal.
Permite que, aun llevando el mismo traje gris y la misma camisa blanca toda la
semana, parezca que has renovado por completo tu vestuario. Refleja la
personalidad, el estado de ánimo y hasta las preferencias políticas. Alguien
debería escribir, algún día, un "Tratado de la comunicación de las
corbatas".
De la moda al
desecho
Sin embargo, esa versatilidad abrió la veda de lo efímero.
La corbata fue el "caballo de Troya" de la moda que se devora a sí
misma para renacer cada mañana. Tras ella vinieron los coleccionistas de
relojes, las camisas compradas a granel y los armarios que rebosan prendas que
acabarán en un contenedor de ropa usada mucho antes de haber dado muestras de
deterioro. Hemos pasado de la cultura de la reparación a la tiranía de lo
desechable.
Lo dejo aquí para que los filósofos sigan tirando del
hilo. Quizá, en nuestra carrera por estrenar y aparentar, no hemos percibido
una ironía trágica: que el nudo de la corbata es, en realidad, la imagen de la soga
con la que hemos terminado ahorcando nuestra propia humildad.
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(AZprensa) Desde hace años,
siento una atracción profunda por Noruega. Me fascina su modelo de sociedad,
donde la tolerancia, la educación y el respeto no son solo palabras, sino señas
de identidad. Hace tiempo, un amigo noruego me envió una cinta de vídeo con
varios programas de televisión de su país; sabía que me apasionaba sumergirme
en sus paisajes y en su cultura.
En una de esas grabaciones, apareció una niña. Tenía un
instinto prodigioso, casi sobrenatural, para tocar el violín. A pesar de su
corta edad, el instrumento en sus manos se convertía en un torbellino que te
arrastraba, sin remedio, al mundo de los sueños. Recuerdo que pensé: «Esta niña
es un genio».
Quedé tan impresionado que, sin más señas que su nombre y
la ciudad donde residía, decidí escribirle una carta. En ella le contaba cómo
su maestría me había conmovido y la animaba a no abandonar nunca ese camino.
Los carteros noruegos, haciendo gala de su mítica eficacia, lograron entregar
el sobre. Poco después, aquella niña me contestó dándome las gracias.
El hada del violín
Han pasado los años y el tiempo me ha dado la razón.
Aquella niña es hoy una artista de prestigio internacional que, con el violín
entre sus manos, se transforma en un hada que nos guía por el reino de la
imaginación. Su música no se escucha: se siente, porque toca la fibra más
sensible de nuestro ser. Su nombre es Martine Lund Hoel, y aquí podéis ser
testigos de su talento:
https://www.youtube.com/watch?v=99lxsmFREFI&list=RD99lxsmFREFI&start_radio=1
Un susurro al
corazón
Mientras escucho sus notas, siento como si alguien llamara
suavemente a mi puerta y me susurrara preguntas que hemos olvidado hacernos:
¿Cuándo fue la última vez que hablaste con la Luna o
pediste un deseo a una estrella fugaz?
¿Cuándo te perdiste en un bosque encantado, consultaste a
una oruga o recibiste la visita de un hada madrina que convirtió tus deseos en
alas?
¿Cuándo fue la última vez que derramaste lágrimas en el
lago de la añoranza, bebiste de la fuente del asombro o renaciste, como el
Fénix, de tus propias cenizas?
¿Cuándo apoyaste la cabeza en un regazo querido para
escuchar esa canción lejana que solo suena en un lugar llamado hogar?
No sueltes la cuerda de los sentimientos; ha llegado el
momento. Es la hora de explorar lo invisible, de cantar con entusiasmo y abrir
los brazos al firmamento.
Recuérdalo siempre: cuando la imaginación llame a tu
mente… ¡abre la puerta!
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(AZprensa) Vivimos en un mundo
de prohibiciones, recortes e imposiciones. Los medios de comunicación nos
bombardean con noticias negativas y el poder parece haber aprendido una lección
oscura: cuanto más miedo tiene la población, más sumisa se vuelve ante el
control. Sin embargo, en medio de este panorama, aún queda gente con ideas
brillantes. Por desgracia, la realidad suele ser el cementerio donde esas ideas
van a morir.
El ejemplo que comparto hoy con vosotros es una prueba
irrefutable de ello.
El radar que
premiaba en lugar de castigar
Sucedió en el año 2010 en Suecia. La fotografía que
acompaña estas líneas no es un montaje; es un radar real que estuvo situado
durante un periodo de prueba en las afueras de Estocolmo. Pero lo asombroso no
era su tecnología, sino su filosofía: su misión no era poner multas, sino dar
dinero a los conductores.
Parece una utopía, pero fue verdad. El radar detectaba a
todos los conductores que respetaban los límites de velocidad y, al final de
cada mes, sorteaba entre ellos una cantidad equivalente a 2.150 euros. El
experimento buscaba responder a una pregunta fundamental de la psicología
social: ¿Es más eficaz incentivar el buen comportamiento que penalizar el malo?
La rentabilidad del
castigo
No hemos vuelto a tener noticias de radares similares en
activo. Esto nos lleva a una conclusión amarga: ideas buenas hay, pero rara vez
sobreviven al sistema. Si un invento funciona para mejorar la sociedad pero no
para llenar las arcas, suele ser descartado tras el "periodo de
prueba".
En España, una iniciativa de este tipo suena hoy a ciencia
ficción. Aquí, el único objetivo de los radares parece ser la recaudación pura
y dura; la seguridad vial, a menudo, es solo la excusa para el cobro. En
nuestro país impera la lógica de recaudación; la seguridad les importa un pito.
Y si pitas, otra multa más.
Es una pena que prefieran ciudadanos asustados que
conductores motivados. Pero claro, premiar no genera intereses, y en este
mundo, parece que solo lo que recauda merece ser puesto en práctica.
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(AZprensa) A la gente le
encanta dar consejos y decir a los demás qué es lo que tienen que hacer; la
pena es que no suelen aplicarse esos consejos a sí mismos.
A mí también me han dado muchos consejos, algunos los he
seguido y otros no. Pero de todos los consejos que he escuchado, este es mi
favorito y el que recomiendo a todos los demás: “Cuando quieras algo
bien hecho, hazlo tú mismo”.
Y ¿sabes quién pronunció esas sabias palabras? Pues no fue
ningún filósofo, ni ningún historiador, ni ninguna otra eminencia, sino alguien
más sencillo e irreal: el cangrejo “Sebastián” en la película de Disney “La
sirenita”.
No vayas a desdeñarlo por eso, porque esa frase encierra
toda una filosofía ante la vida y te invita a la acción responsable, a tomar el
control de tu propia vida, a trabajar, a emprender y a predicar con el ejemplo,
que es lo que vale más que mil palabras.
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