viernes, 25 de septiembre de 2026

La gloriosa historia de la goma de borrar

Algo tan pequeño y cotidiano como la goma de borrar, tiene tras de sí una apasionante historia… que a veces resulta bastante cómica. Por eso te invito hoy a que disfrutes con esta columna con la que espero poder borrar tu seriedad.
 
(AZprensa) Muchos de los grandes inventos se han debido al azar, a la pura chiripa o a la serendipia -como dirían los más eruditos, es decir, los rebuscados y pretenciosos-. Otros, sin embargo, han sido fruto del trabajo incansable de quienes persiguieron un sueño que, después de años de esfuerzo, sudor y probablemente algún que otro momento de desesperación, acabó haciéndose realidad.
 
En este último grupo podríamos encuadrar un invento revolucionario: “La goma de borrar”.
 
¿Y por qué digo revolucionario? Porque transcurrieron casi dos siglos entre la aparición del lápiz y la utilización de la goma de borrar. ¿Qué hacían durante todo ese tiempo -se preguntarán ustedes- quienes utilizaban un lápiz y cometían un error que después querían rectificar? Pues muy sencillo: “ir a la panadería”.
 
Efectivamente, durante mucho tiempo no hubo mejor solución que utilizar miga de pan para borrar los errores cometidos con el lápiz. Un sistema bastante poco práctico, todo hay que decirlo, porque obligaba a tener pan fresco a mano cada vez que uno cometía una equivocación. Y, claro, como los errores suelen aparecer justo cuando uno no los necesita, más de uno acabaría con la mesa llena de migas.
 
Además, la miga de pan tenía una vida útil bastante limitada. Pasados unos días se convertía en un respetable mendrugo y lo que antes servía para borrar terminaba sirviendo, como mucho, para romper el papel. Y, de paso, para llenar el suelo de migas y proporcionar un festín inesperado a las hormigas.
 
La situación cambió con la aparición de las gomas de caucho y, posteriormente, con la vulcanización, proceso desarrollado por Charles Goodyear, cuyo apellido acabaría asociado a una de las marcas de neumáticos más conocidas del mundo.
 
Y aquí conviene hacer una aclaración: los neumáticos Goodyear, por mucho que procedan de la misma familia del caucho, no sirven para borrar lo escrito con lápiz. Entre otras cosas, porque resulta bastante incómodo llevar un neumático al colegio para corregir los deberes. Aunque, bien pensado, siempre habría alguien dispuesto a presumir de goma de borrar tamaño familiar.
 
Lo cierto es que llegar a conseguir un material adecuado para borrar no fue precisamente coser y cantar. Hubo experimentos, pruebas y errores hasta encontrar las propiedades adecuadas del caucho. Y ahí aparece una de esas maravillosas paradojas que tanto gustan a la historia de los inventos.
 
Porque imaginemos por un momento al investigador trabajando sobre una fórmula que necesita conservar por escrito. Hace una prueba y la goma no funciona. Perfecto: ahí está la cuartilla con la fórmula, junto con el procedimiento utilizado, para recordar que aquel camino no llevaba a ninguna parte.
 
Hace otra prueba. Tampoco funciona. Estupendo: otra fórmula que se queda cuidadosamente anotada. Y así una vez tras otra, hasta que, finalmente, llega la fórmula correcta. La prueba funciona. ¡Eureka! La goma borra perfectamente lo que está escrito. Incluida, naturalmente, “la fórmula que acababa de escribir”. Y vuelta a empezar.
 
Porque aquí surge un pequeño problema: si has inventado una sustancia que sirve precisamente para borrar lo que escribes, no parece una buena idea utilizarla encima de aquello que necesitas conservar para repetir el experimento. Así que no quedaba otra: aprenderse la fórmula de memoria.
 
De esta manera, cada vez que conseguía la mezcla correcta, podía comprobar que efectivamente borraba, memorizar de nuevo el procedimiento y, posteriormente, escribirlo otra vez. Hasta que, después de repetir el proceso quién sabe cuántas veces, probablemente acabó aprendiendo la fórmula mejor que su propio nombre.
 
Y así llegamos a uno de esos pequeños grandes inventos que cambiaron nuestra vida cotidiana. Desde entonces podemos equivocarnos, borrar el error y volver a intentarlo. Una posibilidad casi milagrosa. Algo parecido a la confesión: uno reconoce el error, lo elimina y procura que nadie se acuerde de él.
 
Aunque, gracias a la goma de borrar, al menos ya no necesitamos comprar una barra de pan cada vez que nos equivocamos. Lo que supuso una auténtica desgracia para los panaderos. Y, sobre todo, para las hormigas.
 

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La vaciedad de los debates políticos

Cada vez que hay un debate electoral corren ríos de tinta y se colapsan los espacios informativos en radios y televisiones. Pero ¿te has preguntado alguna vez para qué sirve un debate electoral?
 
(AZprensa) Cuando se produce un debate político, cada candidato echará mano de su mejor oratoria para hacernos ver que él es la necesaria salvación de este país y el otro la perdición. Nos venderá, envuelto en la mejor palabrería, que uno lo va a hacer todo bien y el otro lo hará todo mal. Y después, cada medio de comunicación dictará su veredicto diciendo “ganó tal candidato”. Curiosamente, ese resultado será diferente según la tendencia política del medio de comunicación que ofrezca su veredicto.  
 
Porque ¿qué significa “ganar” un debate? Significa haber estado más brillante, más ágil, con más chispa... Y esto, ¿nos beneficia a los ciudadanos? Me temo que no. Lo que repercute en nosotros no es lo que digan, sino lo que hagan; así que los debates no tendrían que hacerse sobre palabras sino sobre hechos o sobre proyectos concretos —ampliamente documentados— que demostrasen su viabilidad y representasen un compromiso firme para quien los propusiese, de tal forma que si pasado el plazo fijado no se hubieran cumplido, ello llevase aparejada la dimisión. Pero, claro, eso es pura ciencia ficción, ya que en nuestra clase política el verbo dimitir sigue sin estar conjugado en ningún tiempo verbal.  
 
En teoría, para los ciudadanos podría ser importante un ejercicio que recapitulase y recordase las cosas que se han hecho bien y mal en los últimos años, ya que es bien sabido que los votantes solemos tener la memoria frágil y que la mano que deposita el voto en la urna a menudo no la mueve el cerebro, sino los sentimientos. Sin embargo, la experiencia nos ha demostrado sobradamente que la simpatía o la antipatía visceral hacia un candidato puede mucho más que el raciocino de cualquier programa electoral.
 
En definitiva, ya estamos otra vez convertidos en rebaño que asiste atónito al espectáculo mediático del debate, cuyo verdadero objetivo no es otro que animar artificialmente la participación en la cita electoral puesto que —no lo olvidemos— esa mayor movilización suele terminar favoreciendo, tal como está diseñada nuestra ley electoral, a los grandes aparatos de los partidos tradicionales frente a cualquier otra alternativa.
 

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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Ejercicio y ejemplo de capacidad de síntesis

(AZprensa)
El periodista del futuro será quien mejor sepa resumir y comunicar una información en el menor espacio posible. El lector actual no tiene tiempo ni paciencia para «tochos» interminables: una noticia que se alarga demasiado corre el riesgo de perder su atención antes de llegar al final.

Por eso, la capacidad de síntesis será cada vez más importante: seleccionar lo esencial, expresarlo con claridad y hacerlo en apenas un par de párrafos. Como, por ejemplo, estos que acabas de leer ahora mismo.
 
PD.- Y ahora viene la pregunta: ¿lo he conseguido?
 

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martes, 22 de septiembre de 2026

¡Los neandertales ya eran modernos!

Leer noticias de Ciencia no sólo nos informa sino que nos hace pensar, porque hay algunas noticias científicas que cambian nuestra visión del mundo. Hoy quiero compartir el análisis que he realizado sobre esta noticia, y ya me dirás si estás de acuerdo.
 
(AZprensa) Hay noticias que cambian el mundo, y luego hay otras que, además, pueden cambiar nuestra próxima factura en un restaurante. La noticia que leí decía que un equipo internacional de investigadores, con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha descubierto en la Cueva Bajondillo, en Torremolinos (Málaga), evidencias de que los neandertales que habitaban la península Ibérica comían marisco hace 150.000 años.
 
¡Toma ya! Resulta que esos seres que durante generaciones hemos imaginado como unos tipos bastante brutos, vestidos con pieles, con el pelo revuelto, cara de pocos amigos y un garrote en la mano, eran en realidad unos auténticos sibaritas. Mientras nosotros pensábamos que se dedicaban a perseguir mamuts, ellos estaban pensando dónde conseguir unas buenas almejas.
 
Y aquí empieza lo verdaderamente preocupante. La noticia dice que este descubrimiento sitúa a Cueva Bajondillo como «el registro más antiguo de esta actividad en neandertales». Es decir, con un poco de imaginación —y sin ánimo de quitarle rigor a la ciencia— podríamos decir que Cueva Bajondillo fue la primera marisquería de la historia.
 
Eso sí, tenía algunas carencias respecto a las actuales. No había camareros. No había aire acondicionado. No había terraza. No había carta. Y, sobre todo, no había Guía Michelin. Una pena. Porque de haber existido entonces la famosa guía gastronómica, estoy convencido de que aquellos neandertales habrían luchado por conseguir sus estrellas.
 
«Cueva Bajondillo: cocina de proximidad, producto de temporada y vistas espectaculares al Mediterráneo. Servicio algo tosco, pero excelente materia prima». Incluso podríamos imaginar al crítico gastronómico de turno entrando en la cueva y preguntando:
—¿Qué me recomienda?
—Percebes.
—¿Y de segundo?
—Almejas.
—¿Tiene algo de carne?
—Mamut.
—Pues póngame medio.
 
El descubrimiento tiene, además, una segunda lectura todavía más divertida. La noticia señala que algunos investigadores consideran que el marisqueo es uno de los comportamientos que definen a los humanos modernos. ¡Ahí es nada! Resulta que comer marisco no es solamente un signo de buen gusto, sino también de modernidad. Por tanto, si los neandertales ya comían marisco hace 150.000 años, tenemos que aceptar una conclusión inevitable: los neandertales eran modernos. Muy modernos. Muchísimo más de lo que sospechábamos. Y si ellos ya eran modernos hace 150.000 años, nosotros, que seguimos comiendo marisco en el siglo XXI, debemos de ser directamente la repera de modernos.
 
Aunque hay una cosa que me preocupa. Después de 150.000 años de evolución, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Ellos recogían unos mejillones en la costa. Nosotros pedimos mejillones. Ellos comían gambas. Nosotros comemos gambas. Ellos buscaban almejas. Nosotros buscamos almejas… La única diferencia sustancial es que ellos probablemente las conseguían gratis y nosotros necesitamos una tarjeta de crédito.
 
Y aquí es donde quizá debamos replantearnos eso que llamamos «evolución». Porque si después de 150.000 años nuestro mayor progreso consiste en conseguir que alguien nos traiga a la mesa un plato de percebes mientras nosotros decimos «¡qué buenos están!», tampoco parece que hayamos avanzado una barbaridad.
 
Eso sí, hemos perfeccionado considerablemente la ceremonia. El neandertal probablemente se sentaba sobre una piedra y comía directamente. Nosotros necesitamos mantel, cubiertos, servilleta, copa, vino blanco, cubitera y, si es posible, un camarero que pronuncie correctamente el nombre del pescado. Y luego llega la cuenta. Ahí sí que hemos evolucionado. El neandertal comía marisco y se iba a su cueva. Nosotros comemos marisco y después necesitamos volver a la cueva para recuperarnos económicamente.
 
Pero lo más interesante de todo es que aquel descubrimiento nos obliga a mirar de otra manera a los neandertales. Quizá no eran esos pobres seres primitivos que durante tanto tiempo hemos imaginado. Quizá tenían gustos refinados. Quizá sabían apreciar un buen producto. Quizá, después de una jornada de caza, se sentaban tranquilamente a comer unas almejas. Y quizá alguno de ellos, mientras contemplaba el Mediterráneo, llegó incluso a decir: —Esto con un poquito de limón...
 
Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que la próxima vez que vayamos a una marisquería deberíamos hacerlo con cierto respeto histórico. Cuando nos sirvan unas gambas, no estaremos simplemente ante un plato de comida. Estaremos ante 150.000 años de tradición. Cuando abramos unas almejas, estaremos continuando una costumbre iniciada por nuestros antepasados. Y cuando llegue la cuenta, quizá podamos consolarnos pensando que, al menos, estamos demostrando nuestra modernidad. Porque, según parece, comer marisco es de modernos. Los neandertales ya lo hacían hace 150.000 años.
 
Así que, querido lector, la próxima vez que te sientes ante una bandeja de marisco, no te sientas culpable por el precio. No estás gastando. Estás perpetuando una tradición prehistórica. Y, sobre todo, estás demostrando que eres un auténtico Homo sapiens moderno. Aunque, después de saber que los neandertales ya se daban esos homenajes hace 150.000 años, empiezo a sospechar que los modernos... eran ellos.
 
¡A tu salud y buen provecho!
 

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lunes, 21 de septiembre de 2026

El millón y medio de amaxofóbicos y el aeropuerto de Ciudad Real

Según un estudio, en España hay un millón y medio de amaxofóbicos, es decir, personas a las que da miedo conducir. En este artículo propongo una solución de altura para resolver dos problemas en uno.
 
(AZprensa) ¿Y tú? ¿Tienes amaxofobia? Porque según un estudio hecho público hace unos años por el Instituto de Seguridad Vial de la Fundación Mapfre, en España hay nada menos que un millón y medio de personas que padecen amaxofobia; es decir, pánico a conducir en situaciones complicadas como mucho tráfico, conducción nocturna o climatología adversa.
 
Según los datos de este informe —ojo, que lo firman ellos, no yo—, hay más mujeres que hombres afectados por este trastorno, lo que vendría a demostrar que los hombres somos indudablemente más competentes al volante... o quizás simplemente más inconscientes. En román paladino: que no demuestra absolutamente nada.
 
El perfil del afectado: perfección y sudores fríos
 
Analizando con calma el perfil del amaxofóbico tipo, descubrimos que se trata de personas profundamente responsables, autoexigentes y perfeccionistas, con esa irrefrenable necesidad de tener absolutamente todo bajo control. Suelen ser conductores veteranos con muchos años de carné pero que apenas pisan el acelerador, prefieren no viajar solos y, en cuanto se ven al volante, empiezan a acumular taquicardias y sudores fríos. Al final, despliegan un catálogo infinito de excusas para esquivar el coche y cambian de planes a última hora.
 
Las recomendaciones oficiales (y sus matices)
 
Las directrices que arroja el estudio para atajar el problema no podían ser más drásticas:
 
Volver a la autoescuela: Es decir, aprender a conducir desde cero.
 
Ir siempre bien acompañado: Se supone que por un familiar dotado de una paciencia digna de canonización.
 
Recibir terapia psicológica: O lo que es lo mismo, que les den... asistencia profesional.
 
La alternativa infalible
 
Sin embargo, como experto en buscarle tres pies al gato de la movilidad moderna, yo me atrevería a añadir una cuarta recomendación mucho más práctica y económica.
 
Consiste en coger el coche y plantarse en el aeropuerto de Ciudad Real. Allí encontrarán kilómetros y kilómetros de pista perfectamente asfaltada, sin un solo obstáculo en el horizonte y con una ausencia total y absoluta de tráfico. De esta forma resolveríamos dos problemas de una sola tacada: Que los amaxofóbicos practiquen allí para perder el miedo, y que se rentabilicen de una vez por todas esas instalaciones que costaron un dineral y hoy continúan completamente abandonadas. ¡Todo ventajas!
 

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