sábado, 3 de octubre de 2026

Pedro Sánchez: “Perded toda esperanza”

Esa frase no la dice Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, pero posiblemente la piensa. Aquí desgloso y razono por qué no va a convocar nunca elecciones generales.
 
(AZprensa) Este fin de semana en España todo son cábalas sobre si Pedro Sánchez convocará elecciones  generales o no. Parece mentira que no lo conozcan. Si él pensase en los ciudadanos, convocaría elecciones. Si él pensase en su partido, convocaría elecciones. Si él pensase en su gobierno, convocaría elecciones. Pero no, él no piensa en nada de eso, él sólo piensa en sí mismo. Y pensando en sí mismo, son muchos lo argumentos para no convocar lecciones. Veamos algunos de ellos.
 
Si continúa como presidente de gobierno, podrá indultar a su mujer, a su hermano y a todos sus amigos cuando los condene la justicia por sus correspondientes delitos.
 
Si continúa como presidente e gobierno, podrá seguir disfrutando de lo que más le gusta: el poder.
 
Si continúa como presidente del gobierno, podrá seguir colocando en puestos clave de las instituciones, tanto públicas como privadas, a sus amigos, tal como ha venido haciendo hasta ahora, y es que todavía le quedan unas pocas instituciones para tenerlas copadas todas por sus amigos.
 
Si continúa como presidente, seguirá teniendo la potestad de decidir cuando se convocan elecciones, es decir: nunca.
 
Aclaremos este último punto:
 
Sólo convocará elecciones cuando esté seguro de que las va ganar,  o a menos que la suma de PP+Vox no alcanza la mayoría absoluta, porque siendo así, sólo o apoyado por el resto de partidos, seguirá en el poder, aunque esos que le apoyan como ahora le sigan pidiendo pidan muchas cosas, por más que esas concesiones arruinen y dividan al país. Pero “¿y si nunca llega a estar seguro de ganarlas, porque hemos visto que elección tras elección sigue perdiendo votos y escaños?”, te preguntarás. Pues en ese caso, le interesa seguir como presidente para organizar -como ahora empieza a verse- altercados callejeros (“incendiar las calles” que se dice) que vayan en aumento por toda España e impidan la celebración de unas lecciones con un mínimo de seguridad ciudadana, o mantener indefinidamente crisis migratorias como la de Ceuta, que también será un buen pretexto para no convocar elecciones.
De igual forma, seguir como presidente le dará tiempo para manipular censos electorales y ajustarlos a sus necesidades tal como hacen todos los dictadores y él mismo está intentando hacer ahora mismo.
 
Conclusión: Sólo un auténtico milagro podría despegarlo de su sillón presidencial. Nunca va a convocar elecciones mientras sepa que no las va a ganar , así que ya podéis ir perdiendo toda esperanza.
 
PD.- Nada más me gustaría que equivocarme y tener que volver a este post para añadir: “Estaba equivocado”.
 

Así empezó la nueva era de implantación del pensamiento único.
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Laboratorios farmacéuticos vs Empresas de alimentación

Si alguien se creía por mi artículo de ayer, “Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia”, que estaba exagerando, aquí va la continuación del mismo en donde podemos comprobar (y ejemplos hay a miles) cómo determinados alimentos empiezan cada vez se empiezan a parecer más a medicamentos. Aquí van varios ejemplos de cómo las empresas de alimentación invaden el lugar de los laboratorios farmacéuticos.

 
(AZprensa) Hace años, cuando estaba en activo en la industria farmacéutica, pude constatar como empezaban a proliferar curiosos estudios científicos que nos descubrían cómo un alimento que llevamos toda la vida comiendo no solo está rico, sino que además parece dispuesto a competir con la industria farmacéutica.
 
Por entonces teníamos, entre otros ejemplos, la salsa de tomate con supuestas propiedades cardiosaludables y el chocolate convertido, casi por arte de magia científica, en aliado contra las enfermedades cardiovasculares. La pregunta que me hacía entonces era bastante sencilla: si los alimentos empiezan a comportarse como medicamentos, ¿acabaremos encontrándolos en las farmacias?
 
Pues parece que el asunto no ha terminado ahí.
 
La investigación nutricional ha seguido avanzando y también lo ha hecho una modalidad bastante curiosa de investigación: aquella en la que el producto que se estudia pertenece precisamente a la empresa que financia el estudio.
 
Conviene aclarar algo antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza: que una empresa financie una investigación no significa que sus resultados sean falsos. La financiación empresarial puede ser perfectamente legítima y muchos estudios cuentan con procedimientos científicos rigurosos. El problema está en que, cuando quien vende el producto paga para investigar sus posibles beneficios, el ciudadano tiene derecho, como mínimo, a saber quién pone el dinero.
 
Y ejemplos no faltan.
 
Uno de los más curiosos procede de Stanford. Investigadores realizaron el denominado estudio SWAP-MEAT, en el que 38 participantes siguieron durante ocho semanas una dieta basada en productos cárnicos vegetales y otras ocho semanas una dieta basada en carne animal. Durante la fase vegetal disminuyeron determinados factores relacionados con el riesgo cardiovascular, entre ellos el colesterol LDL, el peso y el TMAO, un compuesto que se ha relacionado con el riesgo cardiovascular.
 
Hasta aquí, todo perfectamente científico.
 
El pequeño detalle que puede despertar la curiosidad del lector es que la investigación recibió financiación de Beyond Meat, empresa dedicada precisamente a fabricar carne vegetal. Stanford reconoce además que la iniciativa universitaria de investigación sobre dietas vegetales fue posible gracias a una importante donación de esa compañía.
 
Es decir, que si mañana una fábrica de paraguas financia un estudio para demostrar que los paraguas protegen de la lluvia, tampoco deberíamos sorprendernos demasiado.
 
Otro caso nos lleva a Nestlé Health Science. En 2023 se publicaron resultados de un análisis del programa Optifast, basado en buena parte en productos sustitutivos de comidas. El estudio, financiado por Nestlé Health Science, encontró mayores reducciones de peso, presión arterial y determinados parámetros lipídicos que con una dieta hipocalórica convencional. El trabajo procedía de un análisis secundario del ensayo OPTIWIN, realizado con 273 adultos con obesidad.
 
Aquí la cosa empieza a ponerse interesante. Porque hasta ahora uno iba al médico, le contaba que quería adelgazar y el médico podía recomendarle dieta, ejercicio y, en determinados casos, medicamentos. Pero ahora podemos imaginar una nueva generación de recetas: En vez del clásico «Tome dos comprimidos al día durante tres meses» nos dirán «Tome dos batidos Nestlé al día durante tres meses». La diferencia es que uno se compra en la farmacia y el otro, por ahora, probablemente en otro establecimiento.
 
Y si seguimos avanzando por este camino, podemos llegar a una situación todavía más divertida. El supermercado podría acabar convirtiéndose en una especie de farmacia de libre dispensación.
—Tengo el colesterol alto.
—Pues llévese estas nueces.
—¿Y cuánto tengo que tomar?
—Un puñado al día.
—¿Y tienen efectos secundarios?
—Sí. Se le pueden acabar antes de llegar a casa.
 
Las nueces, por cierto, tampoco se libran de la investigación nutricional financiada por quienes tienen intereses económicos en ellas. Existen ensayos en los que se ha estudiado su relación con factores de riesgo cardiovascular y que han contado con financiación de la California Walnut Commission, organización vinculada al sector de la nuez. Eso no invalida los resultados, pero demuestra que el fenómeno es bastante más amplio que aquel lejano estudio sobre la salsa de tomate.
 
Y entonces aparece una pregunta que quizá sea más importante que todas las anteriores: ¿Quién decide qué alimento merece convertirse en medicamento? Porque cuando una empresa farmacéutica realiza un ensayo para demostrar la eficacia de un medicamento, todos entendemos que existe un interés comercial detrás. Por eso existen normas, declaraciones de conflictos de interés, revisiones científicas y todo un sistema destinado a valorar la evidencia. Pero cuando hablamos de alimentos parece que bajamos un poco la guardia.
 
Decimos «un estudio demuestra que…» y nos quedamos tan tranquilos. Y a partir de ahí comienza la fiesta. El chocolate protege el corazón. Las nueces ayudan a controlar determinados factores de riesgo. La carne vegetal puede mejorar algunos marcadores cardiovasculares. Un programa de sustitución de comidas ayuda a adelgazar y mejora determinados parámetros cardiovasculares.
 
Mañana quizá descubramos que el jamón mejora la memoria, que el queso previene la tristeza o que las croquetas favorecen la circulación sanguínea. Y no descarto que, dentro de unos años, los médicos tengan que ampliar sus recetas electrónicas.
Principio activo: nuez.
Dosis: un puñado.
Vía de administración: oral.
Duración del tratamiento: hasta que se acaben.
 
Lo único que todavía no sabemos es si la Seguridad Social financiará el tratamiento. Porque ahí puede estar el verdadero problema. Una cosa es descubrir que determinados alimentos pueden formar parte de una dieta saludable. Otra muy distinta es convertir cada resultado favorable de un estudio nutricional en una especie de prospecto farmacéutico.
 
Y hay otra cuestión que tampoco deberíamos olvidar: un estudio no es un anuncio publicitario, aunque a veces el titular que llega al público pueda parecerlo. Precisamente por eso resulta tan importante saber quién ha financiado la investigación, qué producto se ha estudiado, con qué producto se ha comparado, cuántas personas han participado y, sobre todo, qué dicen realmente los resultados.
 
Porque incluso en la investigación científica hay una pregunta que nunca debería faltar: «¿Y quién paga la fiesta?». No porque quien paga tenga necesariamente razón. Sino porque conviene saberlo antes de tragarnos la píldora. O la nuez. O el chocolate. O, llegado el caso, la hamburguesa vegetal.
 
Y si algún día todo esto acaba en la farmacia, espero al menos que respeten las dosis. Porque una cosa es comer chocolate para cuidar el corazón y otra muy distinta que alguien interprete que una tableta después de cada comida es tratamiento médico. Ahí sí que tendríamos un problema. Y, curiosamente, bastante agradable.
 

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viernes, 2 de octubre de 2026

Cuando el médico te receta ir al supermercado en vez de la farmacia

La Visita Médica ha experimentado muchos cambios durante las últimas décadas, y casi todos ellos encaminados a dificultar la labor de los visitadores médicos, olvidándose de que gracias al patrocinio y actividades de los laboratorios farmacéuticos los médicos pueden acceder a la formación médica continuada. El resultado ha sido que al coartar al patrocinador tradicional de la formación médica, alguien ha sido más avispado y ha ocupado su lugar.
 
(AZprensa) Durante muchas décadas, el visitador médico ha sido un fiel aliado de los médicos. Era quien se encargaba de ponerles al día sobre las novedades terapéuticas, informarles sobre nuevos medicamentos y, de paso, facilitar su participación en cursos de formación, congresos y otras actividades científicas. Una labor formativa que, en buena medida, contó durante años con el respaldo económico de los laboratorios farmacéuticos.
 
Pero las cosas han ido cambiando.
 
Ante las crecientes dificultades económicas del sistema sanitario público, la Administración ha ido estrechando cada vez más el cerco sobre la industria farmacéutica: bajadas de precios, dificultades y demoras para registrar nuevos medicamentos, precios de comercialización muy ajustados, restricciones a la actividad de los visitadores médicos, descuentos adicionales y, para completar el cuadro, plazos de pago que pueden hacerse eternos.
 
El resultado no es difícil de imaginar: despidos y más despidos en la industria farmacéutica, cierre de fábricas, traslado de centros de producción e investigación a otros países y una progresiva retirada de muchas empresas de actividades que durante años habían contribuido a la formación continuada de los profesionales sanitarios.
 
El problema es que los médicos siguen necesitando formación. Y siguen teniendo congresos a los que acudir, cursos que realizar y conocimientos que actualizar. Porque la medicina, afortunadamente, no se queda quieta.
 
Y si quien debería facilitar esa formación -la Sanidad pública- no la financia suficientemente, surge una pregunta bastante sencilla: “¿quién va a pagarla?”.
 
Pues aquí es donde han estado mucho más espabiladas las empresas de alimentación.
 
Cada vez es más frecuente encontrar aguas minerales, leches, yogures, margarinas y otros productos alimentarios anunciándose en publicaciones médicas o vinculados al patrocinio de actividades de sociedades científicas. Mientras los laboratorios farmacéuticos, sometidos a un creciente cúmulo de restricciones, van reduciendo su presencia en determinados congresos y actividades formativas, las empresas de alimentación parecen haber descubierto un territorio extraordinariamente interesante: el consultorio médico.
 
Y así, poco a poco, puede llegar el día en que la consulta del médico se parezca más a la sección de alimentación de un supermercado que a una consulta tradicional:
¿Tiene diarrea? “Aquarius”.
¿Tiene colesterol? “Danacol”.
¿Está griposo y necesita reforzar sus defensas? “Actimel”.
A mí, de hecho, ya me han recetado Aquarius. Y lo digo con conocimiento de causa: no tuve que pasar por la farmacia. Fui directamente al supermercado.
La ventaja para la Sanidad pública es evidente: como ninguno de estos productos necesita receta, el ahorro en medicamentos es del cien por cien.
 
Y llegados a este punto, uno empieza a preguntarse si no estamos ante una revolución sanitaria de proporciones históricas. Porque, si seguimos por este camino, quizá dentro de poco ya no necesitaremos médico, ni farmacia, ni siquiera centro de salud. Cuando nos encontremos mal, bastará con acercarnos al supermercado, coger un carrito y dirigirnos a la sección correspondiente. Le diremos al empleado: “Buenos días. Tengo el colesterol alto, estoy un poco griposo y llevo dos días con diarrea”. Y nos responderá: “No se preocupe. Pasillo tres, pasillo cinco y frigoríficos… Y, por supuesto, no olvide pasar por caja”.
 

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jueves, 1 de octubre de 2026

Sin riesgo no hay éxito

Una parte muy importante del éxito de cualquier compañía es tener empelados motivados y capaces, pero dotándolos además de la suficiente libertad para que tengan iniciativa, asuman sus responsabilidades, tomen riesgos calculados y no sean censurados cuando al final los resultados de esa acción no sean los esperados.
Es mejor
equivocarse y aprender de ello, que no hacer nada por miedo a cometer un error.
 
(AZprensa) Por supuesto, nadie está libre de cometer errores. Forma parte de cualquier actividad profesional. Pero existe una diferencia importante entre equivocarse después de haber tomado una decisión razonada y equivocarse por no haber sabido hacer bien el trabajo.
 
Por eso, siempre he pensado que es preferible hacer algo, asumir la posibilidad de equivocarse y aprender de ello, que permanecer permanentemente inmóvil por miedo a cometer un error.
 
Un buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria de Tom McKillop, quien, después de una larga experiencia al frente de una multinacional farmacéutica, pasó a dirigir el Bank of Scotland. McKillop defendía la necesidad de delegar responsabilidades en los empleados y animarles a tomar decisiones, incluso cuando estas comportasen cierto riesgo.
 
Pero había una condición fundamental: la decisión debía haber sido previamente estudiada y justificada.
 
Si, después de analizar una situación, un empleado tomaba una decisión razonable y finalmente se equivocaba, no debía ser reprendido por ello. El error formaba parte del ejercicio de la responsabilidad.
 
Me parece una filosofía de dirección especialmente interesante porque contiene dos ideas que deberían ir siempre unidas: libertad para decidir y responsabilidad sobre lo decidido.
 
Cuando un empleado sabe que nunca será castigado por un error cometido de buena fe después de haber analizado correctamente las circunstancias, se atreve a asumir responsabilidades. Deja de limitarse a ejecutar órdenes y empieza a sentirse partícipe de los objetivos de la organización.
 
Y eso tiene una consecuencia evidente: la motivación aumenta.
 
Pero no solo la motivación. También las posibilidades de éxito.
 
En cualquier actividad empresarial existe un cierto grado de incertidumbre. Quien pretenda eliminar por completo el riesgo probablemente terminará eliminando también buena parte de las oportunidades. Una inversión, el lanzamiento de un nuevo producto, la apertura de un mercado, una estrategia comercial diferente o una campaña de comunicación novedosa pueden no ofrecer garantías absolutas de éxito.
 
Si esperásemos a tener la certeza de que una decisión va a funcionar, probablemente llegaríamos siempre demasiado tarde.
 
La cuestión, por tanto, no consiste en asumir riesgos de manera irresponsable, sino en saber calcularlos, limitar sus consecuencias y decidir cuándo merece la pena afrontarlos.
 
Nuestros competidores también toman decisiones. Y, en ocasiones, la ventaja no la obtiene quien dispone de más recursos, sino quien se atreve antes a hacer aquello que los demás todavía están dudando si hacer.
 
Naturalmente, esto exige autocrítica. Cada uno debe analizar su trabajo con honestidad, exigirse el máximo posible y afrontar cada proyecto y cada jornada como una nueva oportunidad para mejorar. No hay nada más peligroso que confundir la confianza con la autocomplacencia.
 
También resulta fundamental mantener el contacto con otros profesionales. Compartir experiencias, contrastar opiniones y conocer cómo afrontan los problemas nuestros colegas constituye una de las mejores herramientas para avanzar. Preferiblemente con profesionales del propio sector, porque conocen nuestras mismas dificultades, pero también con personas de otros ámbitos, porque una mirada diferente puede aportar soluciones que jamás habríamos encontrado dentro de nuestro propio círculo.
 
Al final, crecer profesionalmente consiste en buena medida en eso: atreverse a hacer, analizar lo que se ha hecho, aprender de los errores y volver a intentarlo.
 
Y sí, de vez en cuando escucharemos algún ladrido.
 
Pero tampoco conviene obsesionarse con ellos. No todo ladrido significa que estemos haciendo bien las cosas, del mismo modo que toda crítica no significa que las estemos haciendo mal.
 
Lo importante es saber distinguir entre el ruido y una crítica de la que podamos aprender.
 
Porque para avanzar hay que asumir riesgos. Para mejorar hay que aceptar la posibilidad de equivocarse. Y para tener éxito, en muchas ocasiones, hay que atreverse a dar ese paso que otros todavía no se han decidido a dar.
 
Sin riesgo no hay éxito. Pero sin reflexión, tampoco.
 

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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Las cinco claves de un buen directivo

¿Cuáles son las claves para ser un buen directivo? En este artículo te lo cuento y comprobarás cómo es muy difícil encontrar directivos que cumplan esos cinco requisitos.
 
(AZprensa) Nada hay más gratificante, en una organización, que contar con directivos capaces de confiar cada parcela de trabajo al profesional mejor cualificado para desempeñarla. Y nada resulta más frustrante que comprobar cómo determinados puestos se asignan atendiendo a las simpatías, antipatías, filias o fobias que el responsable de turno siente hacia sus empleados.
 
Dirigir no debería consistir en rodearse de personas afines, sino en saber elegir a las personas adecuadas para cada función. Y, una vez elegidas, confiar en ellas.
 
A mi juicio, un buen directivo debería seguir un proceso relativamente sencillo, aunque no siempre fácil de aplicar.
 
Primero: definir con claridad el puesto. Antes de decidir quién debe ocuparlo, hay que tener perfectamente establecido cuál es su objetivo, cuál será su ámbito de responsabilidad y qué resultados se esperan de quien lo desempeñe. No se puede buscar a la persona adecuada para una función que ni siquiera está correctamente definida.
 
Segundo: elegir por capacidad profesional. Una vez delimitadas las características del puesto, hay que conocer las cualidades, conocimientos y experiencia de quienes puedan aspirar a ocuparlo y elegir exclusivamente en función de su idoneidad. Ni simpatías personales ni relaciones de confianza deberían sustituir al criterio profesional.
 
Tercero: explicar qué se espera y proporcionar los medios. Elegida la persona, el directivo debe dejar perfectamente claros los objetivos que tiene que alcanzar y, al mismo tiempo, poner a su disposición los recursos necesarios para conseguirlos. No parece razonable exigir resultados si previamente no se han proporcionado las herramientas para obtenerlos.
 
Cuarto: confiar y delegar. Esta es, probablemente, una de las mayores dificultades para muchos directivos. Delegar no significa desentenderse, sino confiar en la persona a la que se ha encomendado una responsabilidad.
 
Siempre he pensado que quien es incapaz de delegar en sus subordinados quizá no tenga la suficiente confianza en que ha elegido correctamente. Y, en ocasiones, incluso puede albergar la sospecha de que el incompetente no es el subordinado, sino él mismo por haberlo elegido.
 
Un directivo que pretende supervisarlo absolutamente todo acaba convirtiéndose en un cuello de botella para su propia organización. Si ha elegido bien a sus colaboradores, debe dejarles trabajar.
 
Y quinto: exigir resultados.
 
Porque delegar y confiar no significa renunciar a la responsabilidad de comprobar si los objetivos se cumplen. También resulta sorprendente comprobar con qué frecuencia algunos supuestos profesionales no consiguen los resultados esperados, pero presentan a cambio magníficos proyectos, elaboradas presentaciones y prometedores planes de futuro.
 
Y si todo ello viene acompañado de una brillante oratoria, abundante jerga técnica y una buena dosis de seguridad en sí mismos, el efecto puede ser demoledor: consiguen que su superior quede encantado con las explicaciones y se olvide de lo más importante.
 
Los resultados.
 
Un proyecto extraordinario que nunca llega a materializarse sigue siendo un proyecto. Una promesa repetida muchas veces continúa siendo una promesa. Y una presentación magnífica no convierte automáticamente una mala gestión en una buena gestión.
 
Por eso, después de definir, elegir, explicar, dotar de recursos y delegar, al directivo solo le queda una cosa por hacer: comprobar los resultados y actuar en consecuencia.
 
En definitiva, dirigir bien no consiste en saber hacerlo todo, sino en saber qué hay que hacer, quién sabe hacerlo, qué necesita para hacerlo y cuándo hay que pedirle cuentas por lo que ha hecho.
 
Y quizá esa sea una de las mejores definiciones de liderazgo: elegir bien, confiar de verdad y exigir después que los hechos estén a la altura de las palabras.
 

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