(AZprensa) Nuestro cerebro no
es un simple espejo que refleja el mundo tal y como es, sino que actúa como un
editor constante. Ante la falta de información sensorial completa, nuestra
mente utiliza recuerdos y creencias pasadas para inventar lo que falta, creando
una versión de la realidad que parece real, pero que a menudo es una ilusión.
Por ello, es importante cuestionar incluso nuestras propias percepciones.
Aquí te desgloso los puntos clave de este proceso:
Interpretación activa: Tus ojos y oídos solo captan
fragmentos de la realidad.
Reconstrucción mental: Para rellenar esos vacíos, el
cerebro utiliza tu historial personal (experiencias, miedos, prejuicios y
deseos).
Ilusión de certeza: El resultado final se siente 100 %
real y lógico, aunque contenga errores o invenciones.
Moraleja: Dado que nuestra mente altera la información
para crear una narrativa coherente, es recomendable no asumir que todo lo que
percibimos es la verdad absoluta.
Si quieres más información sobre este asunto, te
recomiendo este artículo:
https://azpressnews.blogspot.com/2026/07/cualquier-parecido-con-la-realidad-si.html
Biblioteca Fisac
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(AZprensa) El
"routing" es el proceso burocrático y excesivo de revisión por el que
pasa un comunicado de prensa en el sector farmacéutico. Al requerir la
aprobación de tantos departamentos distintos, el mensaje original se diluye y
se retrasa tanto que el texto final pierde su propósito informativo y su
impacto.
En otras palabras:
Exceso de filtros: El texto es corregido y modificado por
áreas con intereses diferentes (médico, legal, financiero, corporativo), lo que
destruye el enfoque periodístico.
Mensaje desvirtuado: El documento final se convierte en un
texto genérico, aburrido y neutral que no aporta valor real ni llama la
atención de los medios o el público.
El problema de la burocracia: En teoría, este sistema
busca proteger a la empresa de errores; en la práctica, retrasa la publicación
y anula la efectividad de la comunicación corporativa.
Biblioteca
Fisac
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(AZprensa) Vivimos
convencidos de que somos los cronistas perfectos de la realidad. Confiamos
ciegamente en lo que vemos, tocamos, saboreamos y olemos, asumiendo que
nuestros sentidos son ventanas transparentes que nos conectan en tiempo real
con el universo. Sin embargo, si nos despojamos de las apariencias y analizamos
el funcionamiento del cerebro con rigor neurocientífico, descubriremos una
verdad tan inquietante como fascinante: los sentidos nos engañan constantemente
y la vida misma, tal y como la experimentamos, es una suerte de bellísimo
espejismo.
El engaño de los
órganos periféricos
Hace
un tiempo leí las declaraciones demoledoras de Mara Dierssen, una de las
investigadoras más preclaras del Centro de Regulación Genómica de Barcelona,
que ponían patas arriba nuestros sesgos biológicos: «Lo que nos permite oler no
es la nariz sino el cerebro».
Tendemos
a otorgar el mérito de nuestras percepciones a los órganos periféricos, pero la
nariz, los ojos o las papilas gustativas no son más que meros receptores,
aduanas que traducen estímulos físicos y químicos en impulsos eléctricos. El
verdadero alquimista es el cerebro, que interpreta esas señales según sus
propios archivadores y mapas neuronales.
Un
ejemplo cotidiano y soberbio de este engaño sensorial es el caso de la
vainilla. La inmensa mayoría de la gente juraría que la vainilla es un sabor
primordial; sin embargo, la ciencia ha demostrado que es fundamentalmente un
olor. Es nuestro aparato olfativo retronasal el que dota de identidad a esa
sustancia, engañando a nuestra consciencia para hacernos creer que la lengua
está saboreando lo que, en realidad, el cerebro está oliendo.
La vida en
diferido: El retardo de la consciencia
Pero
el engaño más descomunal y sobrecogedor al que estamos sometidos los seres
humanos no es de carácter espacial, sino temporal. Vivimos nuestra existencia
con una fracción de segundo de retraso.
La
fisonomía del procesamiento neuronal requiere tiempo: las señales eléctricas
deben viajar por los nervios, cruzar las sinapsis y ser procesadas e integradas
por la corteza cerebral antes de transformarse en una experiencia consciente.
Tal y como explica la doctora Dierssen, cuando lanzamos un objeto al aire, ese
objeto ya ha iniciado su trayectoria de descenso una fracción de segundo antes
de que nuestros ojos y nuestra mente puedan registrar de forma consciente el
movimiento.
Esto
nos aboca a una conclusión que tambalea nuestro concepto del libre albedrío:
los seres humanos tomamos decisiones y reaccionamos en milisegundos decisivos
antes de que nos demos cuenta formalmente de ello. «Lo que estamos viviendo
—afirma la investigadora— no es lo que está pasando en este preciso momento; en
realidad es lo que ha pasado unas fracciones de segundo atrás». Somos, por lo
tanto, habitantes de un sutil desfase técnico. El presente estricto nos está
vedado; lo que percibimos con tanta nitidez es el eco inmediato del pasado.
Conclusión:
Formarse un criterio frente al espejismo
Saber
que habitamos una realidad recreada por nuestra propia mente es una lección de
humildad extraordinaria. En esta bitácora siempre invito a desconfiar de las
verdades absolutas, a informarse, a razonar y a documentarse para pensar por sí
mismos. Si ni siquiera nuestro propio cerebro nos entrega la realidad de forma directa
e inmediata, ¿cómo vamos a pretender poseer la razón absoluta en los debates
del mundo exterior?
La
próxima vez que creas presenciar un hecho de forma incontestable, recuerda que
tu mente te está entregando un retazo modificado y tardío de la historia. En
este mundo contradictorio, la verdad sigue siendo solo un punto de vista... y a
menudo, un punto de vista que llega con unas décimas de segundo de retraso.
Biblioteca
Fisac
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(AZprensa) Aceptémoslo: el
ser humano vive en una contradicción constante. Nos encanta la tradición,
compramos turrón cuando se acerca la Navidad y cada seis de enero revivimos con
devoción la festividad de los Reyes Magos. La historia oficial nos dice que
tres venerables monarcas de Oriente, guiados por la estrella de Belén —que,
analizado con rigor tecnológico, constituye el primer sistema de GPS del que se
tiene constancia en la historia de la humanidad—, recorrieron miles de
kilómetros para rendir tributo al recién nacido.
Sin
embargo, si aplicamos el bisturí del pensamiento crítico y descarnamos las
apariencias bíblicas, la versión oficial empieza a hacer aguas por todas
partes. Para empezar, la investigación histórica sospecha que ni eran reyes, ni
eran magos; lo más probable es que se tratase de una expedición de astrónomos que
descubrieron algo inusual en el firmamento. Pero lo verdaderamente grave no es
su estatus nobiliario, sino su comportamiento en el momento de aflojar la
cartera. Examinemos los regalos del pesebre bajo el flexo de la verdad.
Gaspar: El único
con señorío (y libre de impuestos)
Haciendo
balance de la jornada de adoración, hay que reconocer de forma unánime que solo
Gaspar se portó con la dignidad y el señorío que se le presuponen a un
visitante de alta alcurnia. El hombre se rascó el bolsillo y le regaló al niño oro
(no sabemos cuánto, pero el oro siempre ha sido lo más valioso que se puede
poseer).
Además,
por fortuna, en aquella época se podían regalar metales preciosos, lingotes y
joyas, sin tener que rellenar formularios, ni pagar impuestos ni declarar el
incremento patrimonial a la Agencia Tributaria. En el año cero, el fisco
todavía no te requisaba la mitad de los regalos de nacimiento.
Melchor y
Baltasar: El nacimiento de la línea de higiene personal
El
verdadero escándalo de la noche llega con los otros dos componentes del trío.
Melchor y Baltasar demostraron tener una mentalidad bastante tacaña. Está claro
que a estos dos les pudo más el fuerte olor ambiental que emanaba del portal de
Belén —un espacio donde convivían una mula y un buey- o su propia racanería.
¿A
quién en su sano juicio se le ocurre presentarse ante el Salvador del mundo con
un bote de incienso y otro de mirra? ¡Pero si eso son los tatarabuelos de los
ambientadores de pino para el coche! En lugar de invertir en el futuro del
chiquillo, decidieron solventar el compromiso de la visita real regalando dos
botes de desodorante industrial para mitigar los efluvios del establo. Unos
auténticos fenicios de la tacañería.
Una advertencia
para las próximas cartas
Por
todo ello, y aunque todavía falten meses para que las luces de colores vuelvan
a adornar nuestras calles, conviene ir avisando a los niños de la casa para que
no los engañen como a chinos en la próxima campaña navideña.
Cuando
llegue el momento de sentarse frente al papel, que no se les ocurra escribir una
carta colectiva a los Reyes Magos; hay que decirles que redacten una única y
exclusiva carta dirigida a Gaspar. Él es el único que maneja liquidez y
presupuesto real. A los otros dos personajes —los indiscutibles Reyes de la
Racanería— es mejor dejarlos pasar de largo. Como mucho, vistos sus
antecedentes históricos, lo único que les van a dejar va a ser un desodorante
de marca blanca o un paquete de barritas de sándalo. Avisados quedan.
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(AZprensa) A nadie —ni
siquiera a los niños, ni a los ingenuos, ni a los moribundos, ni a quienes
sufren el desengaño de la traición—, a absolutamente nadie se le debe mentir ni
conducir nunca a equívoco. La verdad debería erigirse siempre como la premisa
fundamental y el pilar innegociable de nuestras vidas. Una verdad, eso sí, que
no se lance como un arma arrojadiza, sino que sea dicha desde el amor, la
ternura y la más profunda delicadeza. Es probable que, al principio, este
ejercicio de honestidad radical resulte chocante para una sociedad acostumbrada
al disimulo; sin embargo, a poco que lo intentemos, todos acabaremos
agradeciendo vivir en un entorno libre de ficciones impuestas.
Hecha
esta necesaria introducción, queda clara mi postura: considero que no se debe
engañar a los niños con la fantasía mágica de los Reyes Magos. Ahora bien,
sostener esto no significa, ni muchísimo menos, que deba abolirse la Navidad o
que tengamos que renunciar a conmemorar aquella hermosa visita histórica en la
que se entregaron presentes al recién nacido. Podemos repetir exactamente el
mismo rito del regalo, pero desde la transparencia.
La
ilusión de un hijo no se pierde por conocer la realidad. Al niño siempre, por
definición, le harán una ilusión inmensa los regalos. Seguirá escribiendo su
carta con entusiasmo, pero ya no será una lista interminable, imposible y
desmedida —a la que inevitablemente sigue la frustración o la desilusión al no
verla cumplida—, sino una carta «razonable» y consciente, redactada en función
de cómo perciba el presupuesto y el nivel de vida real de su propia familia.
Esos
obsequios, adquiridos con el esfuerzo de los padres y guardados con esmero,
seguirán estando ocultos a los ojos de los pequeños hasta la mañana del 6 de
enero. Ese día, por fin, descubrirán las sorpresas, exactamente de la misma
manera en que cualquiera compra un regalo de cumpleaños para un ser querido y
lo mantiene en secreto hasta la fecha señalada. El misterio del paquete cerrado
y la emoción del descubrimiento permanecen intactos.
Con
este proceder constructivo y sincero, se conseguirían cinco beneficios
fundamentales para el desarrollo de los más jóvenes:
1.- Educar en el
valor de la verdad:
Se cimenta la confianza familiar sobre una base sólida, demostrándoles desde la
infancia que la honestidad es el camino idóneo.
2.- Evitar la desilusión
del engaño:
Les ahorramos el inevitable y a menudo doloroso instante en el que, tarde o
temprano, descubren por terceros que han sido objeto de un secreto colectivo.
3.- Fomentar la
conciencia económica:
Se les hace partícipes, de un modo maduro y natural, de las posibilidades
financieras reales que tiene cada hogar, evitando caprichos desproporcionados.
4.- Preservar el
sentido histórico:
Se mantiene vivo el verdadero origen de la celebración, recordando que hace más
de dos milenios nació Jesús y que la tradición nace de ese acontecimiento.
5.- Alimentar
una espera ilusionante: Se llenan esas semanas de una sana expectativa ante
la ansiada llegada del 6 de enero para desvelar el contenido de los paquetes.
Ya
va siendo hora de empezar a cambiar muchas dinámicas sociales. La verdad lleva
ya demasiado tiempo apartada de nuestras vidas públicas y privadas, oculta tras
disfraces que incluso pueden ser bienintencionados como en este caso.
Devolverla al corazón del hogar, especialmente durante las fechas más señaladas
del año, es el mejor regalo que podemos hacerle a las generaciones del futuro.
Biblioteca
Fisac
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