jueves, 9 de julio de 2026

El paciente también tiene algo que decir… y decidir

Ante la delicada situación financiera de nuestra Sanidad pública, los responsables políticos suelen optar por el camino más corto, fácil y menos resolutivo en lugar de atajar los problemas estructurales que causan el déficit. ¿La receta de siempre? Bajar por decreto el precio de los fármacos, obligar a recetar genéricos y restringir la prescripción de medicamentos innovadores si existen alternativas más económicas. Se llega incluso a la paradoja de que, a igualdad de precio, la Administración impone el genérico por sistema.
 
(AZprensa) El horizonte que se dibuja ante nosotros es preocupante: una medicina fragmentada en tres velocidades. Una para rentas altas (la sanidad privada pura), otra para la clase media (las aseguradoras médicas) y una tercera para el resto (la sanidad pública). En esta última, los pacientes se ven abocados casi en exclusiva a los genéricos —y solo a los que entren en lista—, mientras que en los otros niveles se puede optar por marcas o genéricos según el criterio del médico y las peculiaridades de cada persona.
 
Como vemos, en unos casos decide el burócrata de turno y en otros el profesional sanitario. Pero ¿y el paciente? ¿Acaso no tiene nada que decir? Hablamos, además, de un usuario cada vez más informado, digital y consciente de su salud.
 
La propuesta: Co-decidir para no recortar
 
Lo lógico y deseable —asumiendo las telarañas que pueblan las arcas de la Administración— sería aplicar una fórmula más flexible. La Sanidad pública debería fijar con total transparencia qué servicios, pruebas y medicamentos cubre al 100%. A partir de ahí, si un paciente prefiere un medicamento de marca diferente al ofertado, y su médico avala que es una opción acertada para su caso, el usuario debería poder adquirirlo abonando simplemente la diferencia de precio.
 
Con este modelo de financiación, todos saldrían ganando:
 
La Administración no gastaría un euro más: Su aportación económica seguiría siendo exactamente la misma que si financiara el genérico.
 
El médico recuperaría su libertad de prescripción: Podría sentarse con el paciente y decirle: "Puedo recetarle la opción que cubre el sistema o esta otra marca con la que tendría que pagar una diferencia; estas son las ventajas de cada una y usted decide".
 
El paciente se convierte en parte activa del acto médico: Dejaría de ser un sujeto pasivo para ser un agente de su propia salud. Está demostrado que un paciente implicado muestra mayor satisfacción, mejor adherencia al tratamiento y, por ende, mejores resultados médicos.
 
La industria farmacéutica mantendría el estímulo para innovar: Los laboratorios podrían competir en un mercado justo por su nicho, sin que una decisión administrativa les arrebate la oportunidad de ofrecer sus productos.
 
Es hora de madurar como sistema de salud. Dejar decidir al paciente no es solo una cuestión de libertad, es también una estrategia de supervivencia.
 

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