Ante la delicada
situación financiera de nuestra Sanidad pública, los responsables políticos
suelen optar por el camino más corto, fácil y menos resolutivo en lugar de
atajar los problemas estructurales que causan el déficit. ¿La receta de
siempre? Bajar por decreto el precio de los fármacos, obligar a recetar
genéricos y restringir la prescripción de medicamentos innovadores si existen
alternativas más económicas. Se llega incluso a la paradoja de que, a igualdad
de precio, la Administración impone el genérico por sistema.
(AZprensa) El horizonte
que se dibuja ante nosotros es preocupante: una medicina fragmentada en tres
velocidades. Una para rentas altas (la sanidad privada pura), otra para la
clase media (las aseguradoras médicas) y una tercera para el resto (la sanidad
pública). En esta última, los pacientes se ven abocados casi en exclusiva a los
genéricos —y solo a los que entren en lista—, mientras que en los otros niveles
se puede optar por marcas o genéricos según el criterio del médico y las
peculiaridades de cada persona.
Como
vemos, en unos casos decide el burócrata de turno y en otros el profesional
sanitario. Pero ¿y el paciente? ¿Acaso no tiene nada que decir? Hablamos,
además, de un usuario cada vez más informado, digital y consciente de su salud.
La propuesta:
Co-decidir para no recortar
Lo
lógico y deseable —asumiendo las telarañas que pueblan las arcas de la
Administración— sería aplicar una fórmula más flexible. La Sanidad pública
debería fijar con total transparencia qué servicios, pruebas y medicamentos
cubre al 100%. A partir de ahí, si un paciente prefiere un medicamento de marca
diferente al ofertado, y su médico avala que es una opción acertada para su
caso, el usuario debería poder adquirirlo abonando simplemente la diferencia de
precio.
Con
este modelo de financiación, todos saldrían ganando:
La
Administración no gastaría un euro más: Su aportación económica seguiría siendo
exactamente la misma que si financiara el genérico.
El
médico recuperaría su libertad de prescripción: Podría sentarse con el paciente
y decirle: "Puedo recetarle la opción que cubre el sistema o esta otra marca
con la que tendría que pagar una diferencia; estas son las ventajas de cada una
y usted decide".
El
paciente se convierte en parte activa del acto médico: Dejaría de ser un sujeto
pasivo para ser un agente de su propia salud. Está demostrado que un paciente
implicado muestra mayor satisfacción, mejor adherencia al tratamiento y, por
ende, mejores resultados médicos.
La
industria farmacéutica mantendría el estímulo para innovar: Los laboratorios
podrían competir en un mercado justo por su nicho, sin que una decisión
administrativa les arrebate la oportunidad de ofrecer sus productos.
Es
hora de madurar como sistema de salud. Dejar decidir al paciente no es solo una
cuestión de libertad, es también una estrategia de supervivencia.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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