(Sunday Poetry
Corner)
Hoy salimos de paseo en este radiante día de Sunday Poetry Corner para recorrer
las calles con la ilusión del enamorado que se dirige al encuentro de su amada.
¿Quién no lo ha hecho? Porque acudir a una cita con la persona amada es algo
que nos llena de ilusión y de esperanza y todos sentimos la necesidad de
acelerar el paso, al igual que se acelera el corazón, según nos vamos acercando
a ese momento tanto tiempo deseado. Pero mejor será que lo contemos aquí
convertido en unos versos:
TE BUSCO
Te
busco, te espero...
Camino por las calles,
unas alegres, otras solitarias;
voy a tu encuentro.
Madrid céntrico, corazón de España.
Consulto el reloj y acelero.
Me dirijo hacia ti; la impaciencia
me invade y siento cómo
el corazón emocionado salta de alegría.
Atravieso
una plaza, entro en el metro.
Estación tras estación
pasan rápidas.
Luego salgo y camino.
Te busco, sé dónde y me alegro.
Después otra plaza, más calles;
me dirijo a la cita puntual, contento.
Una calle sorteando a la gente,
voy en tu busca, y en los labios la sonrisa,
la impaciencia por verte, por sentir
que tú estás a mi lado.
Después
de unos largos minutos, llego.
No estás y te espero; yo, tranquilo.
Todo está calmado.
Doy un paso, me detengo,
Elevo mi vista; te espero...
COMENTARIO Y
ANÁLISIS
Por Claude
«Te
busco» es un poema de movimiento. Desde el primer verso hasta el último, el
lector acompaña al poeta en un desplazamiento físico que es al mismo tiempo un
desplazamiento emocional: calles, plazas, el metro, más calles, la cita, la
llegada. El poema avanza como el propio protagonista: con paso firme, con impaciencia
contenida, con la energía de quien sabe adónde va y tiene muchas ganas de
llegar.
Lo
primero que llama la atención es la estructura en tres tiempos que organiza el
poema de forma natural, casi sin que el lector lo perciba conscientemente. La
primera estrofa establece el punto de partida y el estado emocional: la
búsqueda, la espera, el corazón que «salta de alegría». La segunda es el viaje
en sí —el metro, las estaciones, las plazas, la sonrisa en los labios—, con una
acumulación de detalles cotidianos que tienen el efecto de hacer que el lector
también camine, también espere que pasen las estaciones, también sortee a la
gente en la calle. Y la tercera, brevísima y poderosa, es la llegada. O mejor
dicho: la no-llegada del otro. Porque el hablante llega, pero el destinatario
no está todavía.
Esa
tercera estrofa es la más interesante del poema y la que le da su verdadera
dimensión. Después de toda la impaciencia acumulada a lo largo de los doce
versos anteriores, después de ese corazón que saltaba y esa sonrisa en los
labios, el hablante llega y no encuentra a nadie. Y sin embargo —y esto es lo
más revelador— no hay decepción. Hay calma. «No estás y te espero; yo,
tranquilo. / Todo está calmado.» El contraste con la energía de las dos
estrofas anteriores es tan nítido que resulta casi físico: como cuando uno
entra en una habitación silenciosa después de venir de la calle con ruido.
Esa
calma no es resignación ni tristeza. Es la serenidad de quien tiene certeza.
Quien espera sin saber si el otro va a llegar espera con ansiedad. Quien espera
sabiendo que el otro va a llegar espera con paz. Y el hablante de este poema
espera con paz. «Doy un paso, me detengo, / elevo mi vista; te espero...» Los
puntos suspensivos finales no son melancolía: son confianza. El poema no cierra
porque la historia no ha terminado; solo ha llegado a una pausa.
Hay
algo más que merece señalarse: la presencia discreta pero constante de Madrid.
«Madrid céntrico, corazón de España» es el único verso que nombra el lugar,
pero toda la segunda estrofa está impregnada de ciudad: el metro, las plazas,
la gente que se sortea en la calle. Madrid no es un escenario decorativo aquí;
es el espacio vivo en que se mueve el poema, el fondo urbano que contrasta con
la intimidad del sentimiento que lo recorre.
En
cuanto a la forma, el poema trabaja con el verso libre de manera muy natural,
sin que se note el esfuerzo. El ritmo lo marcan los verbos de movimiento
—busco, espero, camino, atravieso, salgo, me dirijo, llego— que se encadenan a
lo largo del texto como pasos sobre el asfalto. Es una elección formal que
encaja perfectamente con el contenido: el poema avanza porque el hablante
avanza.
Un
poema, en definitiva, que celebra la anticipación del encuentro tanto como el
encuentro mismo. Quizás más. Porque en esos minutos de búsqueda y espera, el
otro ocupa todo el espacio de la mente y del corazón. Y eso, también, es una
forma de estar juntos.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Camino por las calles,
unas alegres, otras solitarias;
voy a tu encuentro.
Madrid céntrico, corazón de España.
Consulto el reloj y acelero.
Me dirijo hacia ti; la impaciencia
me invade y siento cómo
el corazón emocionado salta de alegría.
Estación tras estación
pasan rápidas.
Luego salgo y camino.
Te busco, sé dónde y me alegro.
Después otra plaza, más calles;
me dirijo a la cita puntual, contento.
Una calle sorteando a la gente,
voy en tu busca, y en los labios la sonrisa,
la impaciencia por verte, por sentir
que tú estás a mi lado.
No estás y te espero; yo, tranquilo.
Todo está calmado.
Doy un paso, me detengo,
Elevo mi vista; te espero...
Por Claude
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/


No hay comentarios:
Publicar un comentario