martes, 21 de julio de 2026

El absurdo de la jubilación infinita: ¿Por qué cotizar hasta la decrepitud?

El ser humano es la única especie capaz de empaquetar una pésima noticia bajo el celofán del progreso científico. Llevamos décadas escuchando a los demógrafos y a los sucesivos gobiernos congratularse por el constante aumento de la esperanza de vida. Sin embargo, en los despachos del poder, cada año de vida ganado por la población no se celebra con champán, sino con un sudor frío en el Ministerio de Hacienda.
 
(AZprensa) Por si nos fallaba la memoria, conviene recordar que fue precisamente el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero el que asestó un hachazo al estado de bienestar al ligar por ley la edad de jubilación a futuras reformas automáticas que la retrasarían al compás del estiramiento de la longevidad.
 
Bajo esta fisonomía matemática, el axioma es perverso: cuanto más tardemos en estirar la pata, más tarde cobraremos la pensión. Pero bajo el flexo de la lógica más elemental surge una pregunta tan seria como incómoda: ¿por qué los políticos hablan siempre de «esperanza de vida» en lugar de evaluar la «calidad de vida»?
 
La paradoja de los mil años atrás: Jubilados a los 40 y en plenitud
 
Para entender el monumental sinsentido de este sistema regulatorio, basta con realizar un sencillo ejercicio de reducción al absurdo y viajar en el tiempo. Imaginemos por un instante que esta genialidad contable se hubiese aprobado hace un milenio, en plena Edad Media. Por aquel entonces, debido a las guerras constantes, las hambrunas, las epidemias y la lógica ausencia de antibióticos o tecnología biomédica, la esperanza de vida apenas rozaba los 50 años.
 
Si aplicáramos la regla proporcional de nuestros gobernantes actuales, la edad de jubilación obligatoria en el año 1026 se habría fijado en torno a los 38 o 40 años. Los siervos de la gleba se habrían retirado del arado en una absoluta plenitud física, listos para disfrutar de una década de asados, vino y descanso con la espalda intacta. Visto así, el pasado medieval parece un oasis de justicia laboral comparado con el porvenir que nos diseñan.
 
El futuro de la oficina: Un asilo laboral
 
Hoy en día, la realidad médica es bien distinta. Es innegable que la ciencia nos mantiene vivos durante más tiempo, pero los últimos años de esa prórroga cronológica no suelen ser una extensión de la juventud, sino una etapa marcada por la decrepitud, los achaques y la dependencia.
 
Si la tendencia actual no se frena, el panorama de las próximas décadas va a rozar la comedia distópica. Cuando la esperanza de vida se consolide en los 90 años, las oficinas, las fábricas y los comercios se verán inundados por una multitud de entrañables vejestorios de setenta y muchos años que tendrán que arrastrarse al puesto de trabajo ayudados por un bastón o un andador. Imaginen la escena: reuniones de empresa interrumpidas por la alarma del Sintrom y pantallas de ordenador configuradas con la letra al tamaño de un cartel publicitario.
 
Conclusión: Una perspectiva celestial para los jóvenes

El sistema de pensiones actual es una contradicción constante que penaliza la salud del trabajador en nombre de la sostenibilidad contable. Sin embargo, y llegados a este punto, yo miro este porvenir con una tranquilidad absoluta. Cuando ese colapso de septuagenarios en la oficina se materialice, un servidor ya se  habrá mudado de barrio y estará plácidamente saltando de nube en nube por el cielo, disfrutando del merecido descanso eterno. Pero a vosotros, los jóvenes, que vais a tener que seguir soportando durante mucho tiempo a esta estirpe de políticos inútiles que nos gobiernan... qué queréis que os diga: lo lleváis crudo. Así que ya podéis ir ahorrando para compraron un bastón ergonómico.
 

Biblioteca Fisac
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