El uso racional
de los medicamentos genéricos es una herramienta indispensable para garantizar
la sostenibilidad financiera de la sanidad pública. Nadie cuestiona su utilidad
estructural. Pero convertir el precio más bajo en el único criterio de excelencia
es un error estratégico de graves consecuencias.
(AZprensa) En el artículo
de ayer sobre el sector farmacéutico, poníamos sobre la mesa el eterno debate
acerca de la equivalencia real entre los medicamentos originales y las opciones
genéricas. Pero rascar la superficie de este mercado revela una trastienda
industrial aún más compleja. Si analizamos la cadena de suministro y la presión
económica a la que se somete a los fabricantes, el debate sobre el ahorro deja
de ser meramente financiero para convertirse en una cuestión de estricta
seguridad sanitaria.
¿Son los
laboratorios de genéricos hermanitas de la caridad?
Conviene
desterrar los falsos romanticismos. Las grandes multinacionales farmacéuticas
de investigación no son ONG; buscan beneficios legítimos a través de la
innovación, el desarrollo de moléculas punteras y la excelencia clínica de la
que luego se beneficia toda la sociedad.
Pero
los laboratorios de genéricos tampoco son benefactores de la salud pública. Son
empresas puramente comerciales cuyo modelo se sustenta en el volumen y en el
ajuste drástico de gastos. Cuando los sistemas de salud y las administraciones
exprimen los precios de referencia hasta obligar a comercializar fármacos por
cantidades exiguas, se activa una reacción en cadena inevitable: para mantener
el margen de beneficio, hay que abaratar la producción en el origen.
Llegados
a este punto, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿es lógico que un envase
de antibiótico de uso clínico cueste hoy lo mismo o incluso menos que un paquete
de chicles? Cuando el precio de un medicamento vital se desploma hasta esos
niveles, alguien, en algún eslabón de la cadena, está recortando en lo
esencial.
La trastienda
invisible de la fabricación: maquinaria y materias primas
Detrás
de un comprimido no hay únicamente un principio activo teórico, sino una
infraestructura industrial milimétrica. Y es aquí donde la obsesión por el bajo
coste muestra sus mayores vulnerabilidades:
Maquinaria
obsoleta o de segunda mano: Para fabricar pastillas que garanticen una
dosificación exacta y uniforme, se requieren prensas de compresión de última
generación. Sin embargo, no es ningún secreto industrial que algunos
productores de bajo coste adquieren maquinaria de segunda mano o desfasada. La
pregunta técnica es evidente: ¿comprime y dosifica con la misma precisión una
máquina vieja y desgastada que una tecnología punta? La respuesta es un rotundo
no.
El
origen incierto de las gelatinas: Las cápsulas blandas o duras que recubren
muchos fármacos se obtienen a partir de derivados cartilaginosos animales.
Mientras que los productores rigurosos exigen una trazabilidad estricta y
certificados de calidad europeos, existen proveedores alternativos que se
abastecen en mataderos de regiones con estándares sanitarios muy laxos, como
determinadas zonas de la India o Pakistán, operando muchas veces en una
peligrosa opacidad documental.
Excipientes
y colorantes low cost: Un medicamento no solo lleva principio activo; incluye
aglutinantes, recubrimientos y colorantes. Un gran laboratorio de prestigio
internacional jamás pondrá en riesgo su reputación global por ahorrarse unos
céntimos en un tinte o un excipiente secundario. En cambio, una estructura
modesta de genéricos, cuyos beneficios unitarios se miden estrictamente en fracciones
de céntimo, puede caer en la tentación de buscar el proveedor más económico del
mercado global, abriendo la puerta a reacciones alérgicas imprevistas y
problemas de tolerancia en pacientes sensibles.
Por
eso habría que plantearse cuál es el verdadero coste de lo barato; porque cuando
se trata de lo que ingerimos para curar nuestro organismo, la obsesión ciega
por abaratar cada céntimo nos sale -tarde o temprano- demasiado cara.
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