Hace unos años,
concretamente en 2011, el mundo miraba hacia el norte con una mezcla de
fascinación y envidia. Mientras media Europa se ahogaba en recortes y rescates
financieros a raíz de la crisis de 2008, en Islandia decidieron hacer algo
insólito: sacudirse los fantasmas del pasado económico y reescribir su Carta
Magna desde cero, utilizando las redes sociales como foro público y abriendo
las puertas a la participación directa de sus ciudadanos.
(AZprensa) ¿Una nueva
Constitución redactada por los propios ciudadanos del país? Suena a utopía ¿no?
Y sin embargo sucedió en Isalndia en 2011 y hoy vamos a recordar aquella revolución
digital pacífica para dotar al país de una democracia del siglo XXI; porque, echando
la vista atrás y analizando el recorrido hasta hoy, conviene hacerse una
pregunta incómoda: ¿en qué quedó realmente aquel famoso experimento
democrático?
La eufórica
primavera digital de 2011
Para
refrescar la memoria, la gesta islandesa fue digna de titular global. Un
consejo de 25 ciudadanos corrientes —lejos de las élites tradicionales de los
partidos— redactó un borrador constitucional apoyándose masivamente en
Facebook, YouTube y Flickr. Cualquier vecino podía volcar sugerencias sobre
sostenibilidad ambiental, derechos sociales o límites al poder político. Aquel
texto pasó por un referéndum consultivo donde cerca de dos tercios de los
votantes dieron su visto bueno.
Paralelamente,
el país vivía un tsunami judicial: los banqueros responsables de la bancarrota
nacional se enfrentaban a tribunales y penas de cárcel reales, algo inaudito en
el tablero internacional. Todo parecía encajar en una narrativa de cuento de
hadas democrático.
La realidad de
los despachos: el parón institucional
No
obstante, la teoría del "pueblo legislador" choca habitualmente con
la maquinaria pesada de la política de partidos. Aunque el borrador se entregó
con ilusión al Alþingi (el Parlamento islandés), la tramitación formal se fue
empantanando entre divisiones partidistas, debates jurídicos sobre su validez y
la resistencia soterrada de los sectores más conservadores, que defendían que
una constitución debe redactarse en el parlamento y no mediante dinámicas
asamblearias. Con el paso de los años,
los sucesivos gobiernos han ido posponiendo la adopción integral de aquel
texto. Si bien la revolución 2.0 sirvió para sacudir conciencias, modernizar el
debate público y demostrar que la ciudadanía digital exigía transparencia, la
constitución oficial de 1944 —con sus múltiples parches y reformas parciales—
sigue vigente en lo fundamental.
El
sueño del texto "coproducido en internet" se quedó atascado en un
limbo legislativo del que los partidos tradicionales no han querido (o sabido)
sacarlo del todo. ¿Significa esto que todo fue un quiero y no puedo? Ni mucho
menos. El gran valor de aquel hito islandés no fue un texto legal perfecto
esculpido en piedra digital, sino el precedente. Demostró que las sociedades
pueden exigir canales de participación radicalmente abiertos cuando las
instituciones tradicionales quiebran la confianza pública. Islandia sigue siendo un referente en
libertades, calidad democrática e índices de desarrollo, y hoy en día sus
debates políticos giran hacia otros frentes geopolíticos y económicos. Pero al
recordar aquel experimento de 2011 nos queda una lección muy clara: las
herramientas tecnológicas para cambiar la democracia ya las tenemos en la mano;
el verdadero cuello de botella sigue estando en la voluntad de quienes detentan
el poder para cederlo.
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