Si naciste a mediados del siglo XX, es muy probable que te hayas pasado
las últimas décadas de tu vida guardando las formas. Había que madrugar,
mantener un trabajo, pagar la hipoteca, criar a los hijos y, en definitiva,
simular que éramos ciudadanos ejemplares, serios y respetables. Sin embargo, al
llegar la jubilación todo cambia y surge el gamberro que llevabas dentro.
(AZprensa) Para los que nacimos a mitad del siglo XX las cosas han
cambiado ahora de forma radical. La jubilación ha llamado a nuestra puerta y,
con ella, se ha abierto la veda. Los de mi generación estamos desatados.
Tenemos un sentido del humor a prueba de bombas y un espíritu gamberro que ya
no tenemos interés en ocultar. Al vernos disfrutar de la vida sin filtros, más
de un bienpensante de las nuevas generaciones se echará las manos a la cabeza y
se preguntará: “¿Pero qué clase de educación os han dado a vosotros?”.
Y ahí, queridos amigos,
es donde radica la gran verdad. La culpa no es nuestra. La culpa es de los
referentes educativos que nos metieron en la cabeza cuando éramos niños. Nos
piden que seamos correctos, pero... ¿alguien se ha parado a analizar fríamente quiénes
eran los héroes de nuestra infancia?
El catálogo de "malos ejemplos" de nuestra niñez
Hagamos memoria y
repasemos los valores morales que nos transmitían aquellas entrañables
historias que nos enseñaron durante nuestra niñez:
Tarzán: Un señor que se pasaba todo el día en taparrabos, pegando
gritos histéricos por la selva y rodeado de bichos. Cero civismo, cero
protocolo.
Cenicienta: Una menor que se iba de fiesta a espaldas de su
familia, volvía pasadas las doce de la noche y, encima, iba perdiendo prendas de ropa por el camino.
Pinocho: Un mentiroso compulsivo al que solo le faltaba hacer un
máster en ciencias políticas.
Batman: Un millonario excéntrico que conducía un cochazo a más de
200 km/h, saltándose los límites de velocidad y parando el tráfico a su antojo
sin que la grúa se llevase el Batmóvil.
La Bella Durmiente: Una vaga de manual que no dio un palo al agua
en su vida y se pasaba el día durmiendo a pierna suelta.
Blanca Nieves: Una jovencita que se fue a vivir a una cabaña en
mitad del bosque con siete tíos. Que fuesen bajitos y trabajasen en la mina no
les quita la condición de hombres, vamos a ser claros.
Caperucita Roja: El ejemplo perfecto de desobediencia materna. Le
dijeron que no se entretuviera y lo primero que hizo fue pararse a charlar en
una zona oscura con un lobo desconocido.
Betty Boop: Con unos estilismos y un descaro que, para la época,
rozaban el escándalo público.
Pulgarcito: Un guarro insostenible que iba tirando migas de pan y
desperdiciando comida por el suelo allá por donde pasaba.
Popeye: Un marinero hiperactivo que se metía "hierba"
enlatada a través de una pipa para ponerse como una moto y liarse a puñetazos
con el primero que pasaba.
Un milagro de la evolución social
¿Lo veis ahora? Con
semejante catálogo de conductas delictivas, trastornos del sueño, adicciones y
desobediencia civil bombardeando nuestros tiernos cerebros infantiles, ¿cómo
demonios pretenden que ahora nos portemos bien?
Bastante bien hemos
salido para lo que podría haber sido. Así que, si nos ven por la calle
riéndonos más de la cuenta, saltándonos alguna norma menor o haciendo gala de
un espíritu incorregible, no nos juzguen. Solo estamos aplicando, por fin con
tiempo libre, la educación que recibimos.
¡A disfrutar de la edad
de oro con el espíritu de Tarzán y la puntualidad de Cenicienta!
Biblioteca Fisac
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