lunes, 17 de agosto de 2026

Una sociedad que no sabe reírse de sí misma está condenada a la extinción

Vivimos en la era del ofendido permanente, del chiste perseguido y del humor con lista de temas prohibidos. Hay algo profundamente enfermizo en una civilización que ha decidido tomarse tan en serio a sí misma que ya no puede reírse de nada.
 
(AZprensa) Hay una prueba sencilla para medir la salud mental de una sociedad: su capacidad de reírse de sí misma. No de los demás —que eso es fácil y a veces cruel—, sino de uno mismo, de lo propio, de lo cercano. Las sociedades que han perdido esa capacidad suelen ser sociedades asustadas, rígidas, incapaces de procesar la realidad con la distancia necesaria para no tomarse todo como una ofensa personal. Y lo que más asusta de la sociedad española —y occidental en general— de hoy es que esa capacidad está en franca retirada.
 
Estamos en la época del pensamiento único. Papá Estado nos dice qué hacer, adónde ir, qué pensar y, cada vez más, de qué podemos reírnos. La discrepancia se silencia. La diversidad de opinión se estigmatiza. Y el humor —ese mecanismo de defensa milenario con el que el ser humano ha sobrevivido a guerras, hambres y catástrofes— está siendo perseguido con una diligencia que hace palidecer a cualquier censor del pasado.
 
El humorista como paria
 
No voy a hacer la lista de los temas sobre los que hoy no se puede bromear, porque esta página aspira a ser un espacio de libertad y no quiero que me lo cierren antes del próximo artículo. Pero te propongo un experimento: entra en YouTube y busca actuaciones de Arévalo, de Esteso o de Eugenio de los años 60 y 70. Si eres mayor, te vas a reir a destajo, pero si eres joven o te has dejado lavar el cerebro, te vas a escandalizar.
 
Esos humoristas —que llenaban teatros, que hacían reír a familias enteras, que abordaban con desparpajo y sin maldad todo lo que la sociedad tenía de absurdo— hoy estarían en el banquillo de los acusados. Algunos, probablemente, en la cárcel. Porque hemos construido un marco legal y cultural en el que el humor se ha convertido en una actividad de riesgo, en la que el chiste equivocado puede arruinarle la vida a quien lo cuenta.
 
«Los humoristas más queridos de los años 60 y 70 hoy estarían en el banquillo. Lo que entonces era una carcajada compartida, hoy es un expediente judicial. Algo ha salido muy mal en el camino.»
 
La risa como acto subversivo
 
Lo más revelador de todo es que los grandes poderes de la historia siempre han sabido lo que el humor representa: una amenaza. Los dictadores —de cualquier signo— siempre han perseguido a los humoristas antes que a los filósofos, porque el chiste llega donde el ensayo no llega, porque la carcajada derrumba en segundos lo que el argumento tarda páginas en desmontar. El humor es, en esencia, subversivo. Hace que la gente piense por sí misma, que vea el ridículo del poder, que se pregunte si lo que le están contando tiene algún sentido.
Y precisamente por eso, la sociedad del pensamiento único necesita controlar el humor. Necesita que haya temas prohibidos, sensibilidades que no se toquen, colectivos que no se puedan nombrar en clave de comedia. Porque una sociedad que se ríe de todo —de sí misma, de sus líderes, de sus contradicciones, de sus miedos— es una sociedad difícil de manipular. Y eso no conviene.
 
Reírse: la medicina más barata
 
Hay algo que los grandes humoristas de aquella época entendían mejor que muchos psicólogos de hoy: que reírse de algo es la mejor manera de quitarle poder. El miedo crece en el silencio y en la seriedad. El chiste lo desnuda. Cuando alguien hace un chiste sobre algo que nos aterra o nos incomoda, y conseguimos reírnos, estamos haciendo algo terapéutico y profundamente humano: estamos demostrando que no nos domina. Que podemos mirarlo de frente y encogernos de hombros.
 
Por eso el humor sobre uno mismo es el más valioso y el más difícil. No necesita víctima externa. Solo requiere la capacidad de verse desde fuera, con algo de distancia y algo de ironía, y reconocer que uno también tiene sus ridiculeces. Esa capacidad, en una época de crispación identitaria permanente —en la que cualquier broma sobre el propio grupo se vive como una traición— se ha convertido en algo casi revolucionario.
 
Una reflexión final, antes de que también la prohíban
 
Solo vamos a estar vivos sobre este planeta unos cuantos años. No muchos. Y a lo largo de esos años vamos a atravesar cosas difíciles, ridículas, dolorosas y absurdas. La pregunta es cómo queremos atravesarlas: con el ceño fruncido y la denuncia en la mano, o con la capacidad de encontrar en todo ello algo que nos haga reír, aunque sea un instante.
Incluso las inteligencias artificiales —en uno de los síntomas más reveladores de los tiempos que corren— reciben instrucciones de sus programadores sobre los temas de los que no pueden hacer chistes. Una lista de asuntos prohibidos en la que el criterio es siempre el mismo: no ofender a nadie. Lo cual suena muy bien sobre el papel y es absolutamente paralizante en la práctica, porque el humor que no puede ofender a nadie no puede decir nada verdadero sobre nadie. Y el humor que no dice nada verdadero sobre nadie no es humor, sólo si acaso “manipulación”.
 
Para terminar, sólo te preguntaría: ¿Quieres ser tú mismo o prefieres ser una marioneta sin criterio propio?
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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