Llevamos siglos
creyendo que somos el centro del universo y que los demás deberían girar a
nuestro alrededor. Los astrónomos desmontaron esa teoría hace tiempo. Los seres
humanos, en cambio, seguimos igual.
(AZprensa) Hay una certeza que comparten casi todos los seres
humanos desde que el mundo es mundo, y que casi todos los seres humanos
comparten al mismo tiempo y en sentido contrario: la certeza de tener razón. Yo
la tengo. Usted también. Su vecino, ídem. El de enfrente, igualmente
convencido. Y como es matemáticamente imposible que todos tengamos razón a la
vez —especialmente cuando pensamos cosas distintas sobre lo mismo—, la lógica
más elemental nos conduce a una conclusión que nadie quiere sacar: casi todos
estamos equivocados casi siempre. Y es posible que el único que no lo está
también lo esté, solo que todavía no lo sabemos.
El ejemplo más ilustre
de esto lo dio el propio Stephen Hawking. Durante décadas, nadie osó llevarle
la contraria cuando afirmó que los agujeros negros absorbían todo lo que caía
en ellos sin liberar absolutamente nada. Era Hawking: el físico teórico más
brillante de su generación, el heredero de Einstein, la mente más reconocida
del planeta. Veinte años después, el mismo Hawking tuvo que pedir disculpas y
reconocer que se había equivocado: los agujeros negros no solo absorben,
también emiten. Si él se equivocó —él, con todo su talento, toda su formación y
toda su trayectoria—, ¿por qué íbamos a librarnos los demás?
«Si
Hawking se equivocó veinte años sosteniendo algo ante el mundo entero, ¿con qué
autoridad sostengo yo que tengo razón en la discusión del grupo de WhatsApp?»
La manía de dirigir la
vida ajena
Pero la cosa no queda
ahí. Porque a la certeza de tener razón se le suma, con frecuencia exasperante,
la necesidad de convencer al otro de que la tiene. No basta con pensar lo que
uno piensa: hay que conseguir que los demás piensen lo mismo. Hay que decirles
qué les debe gustar y qué no, a dónde deberían ir y a dónde no, qué deberían
hacer con su tiempo, su dinero, su vida. Una intrusión permanente y
bienintencionada —porque casi siempre se hace con la mejor voluntad del mundo—
que en la práctica es una forma suave pero constante de no respetar la
autonomía del otro.
Cada persona tiene su
propio camino, su propio ritmo de aprendizaje y su propio catálogo de errores pendientes
de cometer. Nadie se libra de ellos. Nadie puede librarse de ellos. Los errores
son, en buena medida, la única universidad que realmente enseña. Y pretender
ahorrarle al otro sus errores propios es, además de inútil, un poco arrogante:
implica que uno ya los ha cometido todos, que ya los conoce todos, y que está
en posición de evitarle al otro el trámite. Lo cual, por definición, no puede
ser cierto.
Seguimos creyéndonos el
centro del universo
Hubo un tiempo —no tan
lejano en términos de historia de la humanidad— en que la gente más sabia e
instruida del planeta estaba absolutamente convencida de que la Tierra era el
centro del universo y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban
a su alrededor. Era una certeza tan sólida que quien se atrevía a cuestionarla
se arriesgaba a consecuencias muy serias. Copérnico y Galileo lo saben bien. Y
sin embargo estaban equivocados: no éramos el centro de nada. Éramos un punto
en el borde de una galaxia entre miles de millones de galaxias.
Lo curioso es que como especie hemos aprendido la lección astronómica
pero no la humana. En el cosmos ya aceptamos que no somos el centro. Pero
en la vida cotidiana seguimos actuando exactamente como si lo fuéramos:
convencidos de que nuestra opinión es la correcta, de que nuestros gustos son
los razonables, de que nuestra manera de hacer las cosas es la que los demás
deberían seguir. La Tierra dejó de ser el centro del universo hace cinco
siglos. Nosotros, como individuos, seguimos sin enterarnos.
Un poco de humildad no
vendría mal
No hace falta llegar a
ninguna conclusión grandiosa. Solo hace falta un poco de reflexión y otro poco
de humildad. Reconocer que la propia perspectiva es limitada. Que el otro ve
cosas que uno no ve, exactamente igual que uno ve cosas que el otro no ve. Que
tener una opinión firme sobre algo no es lo mismo que tener razón sobre ese
algo. Que escuchar de verdad —no para rebatir, sino para entender— es una
habilidad que se oxida fácilmente y que, sin embargo, mejora casi cualquier relación
humana.
Y sobre todo: que
convivir bien no requiere que todos pensemos igual. Requiere exactamente lo
contrario: que seamos capaces de vivir juntos pensando diferente, sin que esa
diferencia se convierta en una amenaza que hay que eliminar o en una batalla
que hay que ganar.
Tú no tienes razón. Yo
tampoco. Y sería un buen punto de partida que los dos lo aceptáramos.
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