lunes, 24 de agosto de 2026

Tú no tienes razón. Y yo tampoco

Llevamos siglos creyendo que somos el centro del universo y que los demás deberían girar a nuestro alrededor. Los astrónomos desmontaron esa teoría hace tiempo. Los seres humanos, en cambio, seguimos igual.
 
(AZprensa) Hay una certeza que comparten casi todos los seres humanos desde que el mundo es mundo, y que casi todos los seres humanos comparten al mismo tiempo y en sentido contrario: la certeza de tener razón. Yo la tengo. Usted también. Su vecino, ídem. El de enfrente, igualmente convencido. Y como es matemáticamente imposible que todos tengamos razón a la vez —especialmente cuando pensamos cosas distintas sobre lo mismo—, la lógica más elemental nos conduce a una conclusión que nadie quiere sacar: casi todos estamos equivocados casi siempre. Y es posible que el único que no lo está también lo esté, solo que todavía no lo sabemos.
 
El ejemplo más ilustre de esto lo dio el propio Stephen Hawking. Durante décadas, nadie osó llevarle la contraria cuando afirmó que los agujeros negros absorbían todo lo que caía en ellos sin liberar absolutamente nada. Era Hawking: el físico teórico más brillante de su generación, el heredero de Einstein, la mente más reconocida del planeta. Veinte años después, el mismo Hawking tuvo que pedir disculpas y reconocer que se había equivocado: los agujeros negros no solo absorben, también emiten. Si él se equivocó —él, con todo su talento, toda su formación y toda su trayectoria—, ¿por qué íbamos a librarnos los demás?
 
«Si Hawking se equivocó veinte años sosteniendo algo ante el mundo entero, ¿con qué autoridad sostengo yo que tengo razón en la discusión del grupo de WhatsApp?»
 
La manía de dirigir la vida ajena
 
Pero la cosa no queda ahí. Porque a la certeza de tener razón se le suma, con frecuencia exasperante, la necesidad de convencer al otro de que la tiene. No basta con pensar lo que uno piensa: hay que conseguir que los demás piensen lo mismo. Hay que decirles qué les debe gustar y qué no, a dónde deberían ir y a dónde no, qué deberían hacer con su tiempo, su dinero, su vida. Una intrusión permanente y bienintencionada —porque casi siempre se hace con la mejor voluntad del mundo— que en la práctica es una forma suave pero constante de no respetar la autonomía del otro.
 
Cada persona tiene su propio camino, su propio ritmo de aprendizaje y su propio catálogo de errores pendientes de cometer. Nadie se libra de ellos. Nadie puede librarse de ellos. Los errores son, en buena medida, la única universidad que realmente enseña. Y pretender ahorrarle al otro sus errores propios es, además de inútil, un poco arrogante: implica que uno ya los ha cometido todos, que ya los conoce todos, y que está en posición de evitarle al otro el trámite. Lo cual, por definición, no puede ser cierto.
 
Seguimos creyéndonos el centro del universo
 
Hubo un tiempo —no tan lejano en términos de historia de la humanidad— en que la gente más sabia e instruida del planeta estaba absolutamente convencida de que la Tierra era el centro del universo y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor. Era una certeza tan sólida que quien se atrevía a cuestionarla se arriesgaba a consecuencias muy serias. Copérnico y Galileo lo saben bien. Y sin embargo estaban equivocados: no éramos el centro de nada. Éramos un punto en el borde de una galaxia entre miles de millones de galaxias.
 
Lo curioso es que como especie hemos aprendido la lección astronómica pero no la humana. En el cosmos ya aceptamos que no somos el centro. Pero en la vida cotidiana seguimos actuando exactamente como si lo fuéramos: convencidos de que nuestra opinión es la correcta, de que nuestros gustos son los razonables, de que nuestra manera de hacer las cosas es la que los demás deberían seguir. La Tierra dejó de ser el centro del universo hace cinco siglos. Nosotros, como individuos, seguimos sin enterarnos.
 
Un poco de humildad no vendría mal
 
No hace falta llegar a ninguna conclusión grandiosa. Solo hace falta un poco de reflexión y otro poco de humildad. Reconocer que la propia perspectiva es limitada. Que el otro ve cosas que uno no ve, exactamente igual que uno ve cosas que el otro no ve. Que tener una opinión firme sobre algo no es lo mismo que tener razón sobre ese algo. Que escuchar de verdad —no para rebatir, sino para entender— es una habilidad que se oxida fácilmente y que, sin embargo, mejora casi cualquier relación humana.
 
Y sobre todo: que convivir bien no requiere que todos pensemos igual. Requiere exactamente lo contrario: que seamos capaces de vivir juntos pensando diferente, sin que esa diferencia se convierta en una amenaza que hay que eliminar o en una batalla que hay que ganar.
 
Tú no tienes razón. Yo tampoco. Y sería un buen punto de partida que los dos lo aceptáramos.
 
La novela “La melodía permanece”, está disponible en ediciones digital e impresa en Amazon y dispone de una edición en español y otra en noruego.
 
Más información en estos enlaces…
 
“La melodía permanece”: https://a.co/d/0cMf3W5c
 
“Melodien står igjen”: 

No hay comentarios: