La revista Neurology ha
publicado que jugar a las cartas, leer, escribir y hacer crucigramas retrasan
la demencia. El trabajo no aparece en la lista. La conclusión científica es
inevitable: hay que jubilarse cuanto antes.
(AZprensa) La ciencia avanza, y a veces avanza en la dirección más
inesperada y más bienvenida. Un artículo Cognitive activities delay
onset of memory decline in persons who develop dementia, publicado en la
prestigiosa revista Neurology, ha venido a confirmar algo que
muchos sospechábamos desde hace tiempo pero que ningún médico se había atrevido
a poner por escrito con el rigor académico que la ocasión merece: que para
mantener el cerebro en buen estado hay que hacer cosas agradables.
Concretamente: jugar a las cartas, leer, escribir, hacer crucigramas y
conversar.
Vamos a analizar en
profundidad las conclusiones de este inesperado (o no) hallazgo:
Lo que dice la lista. Y
lo que no dice.
Repasemos la lista de
actividades cognitivas recomendadas por los investigadores para retrasar la
aparición de la demencia: cartas, lectura, escritura, crucigramas,
conversación. Una lista admirable, sensata y, sobre todo, muy disfrutable.
Cinco cosas que cualquier jubilado en un bar de pueblo practica con una
dedicación y una constancia que ningún ensayo clínico ha conseguido superar.
Ahora bien. Lo
verdaderamente revelador del estudio no es lo que incluye. Es lo que deja
fuera. Y lo que deja fuera, con una elocuencia que ninguna estadística podría
mejorar, es el trabajo. En ningún lugar de la lista de actividades protectoras
frente a la demencia aparece nada que se parezca remotamente a trabajar. Ni
ocho horas de oficina. Ni reuniones de coordinación. Ni informes trimestrales.
Ni presentaciones de PowerPoint. Nada.
«La
lista de lo que protege el cerebro incluye las cartas, la lectura y los
crucigramas. No incluye el trabajo. Los investigadores no lo han dicho con esas
palabras. Pero lo han dicho.»
Esto no es una omisión
inocente. Los científicos que publican en Neurology son
personas rigurosas que saben perfectamente lo que incluyen y lo que no incluyen
en sus recomendaciones. Si el “trabajar” hubiera resultado ser neuroprotector,
lo habrían puesto. No lo pusieron. Conclusión: el trabajo no protege el
cerebro. O, en el mejor de los casos, es indiferente para nuestra salud
cerebral.
La interpretación que
nadie se atreve a hacer
En cambio yo (periodista
especializado en ciencia y salud) ya estoy jubilado y puedo decir lo que
quiera, así que me atrevo a ir un paso más allá de donde los investigadores,
por razones de prudencia académica, no han querido llegar. Si las actividades
que protegen el cerebro son exactamente las que uno hace cuando no trabaja —y
si el trabajo no figura en ninguna de las categorías beneficiosas—, la lógica
nos conduce a una conclusión tan incómoda para los departamentos de Recursos
Humanos como reconfortante para cualquier persona con sentido común: trabajar,
en el mejor de los casos, no ayuda. Y en el peor, estorba.
Piénsalo. ¿Cuántas veces
has terminado una jornada laboral con la sensación de que tu cerebro estaba más
fresco y ágil que cuando empezó? ¿Con qué frecuencia una reunión de dos horas o
más te ha dejado con sensación de descanso y bienestar? La experiencia
cotidiana de millones de trabajadores respalda lo que el estudio, con toda su
discreción científica, sólo se atreve a sugerir entre líneas.
Nueva prescripción
médica para la salud mental
Si los médicos fueran
consecuentes con lo que publica Neurology, las consultas de
neurología deberían empezar a emitir recetas de este tipo:
PRESCRIPCIÓN NEUROPROTECTORA ·
DOSIS DIARIA RECOMENDADA
Partida de cartas: mínimo una hora. El mus es especialmente recomendable por su componente de engaño lícito, que activa múltiples áreas cerebrales.
Lectura: al menos cuarenta minutos.
Cualquier género, aunque se recomienda evitar los informes de empresa, que
producen el efecto contrario.
Escritura: un diario, un artículo, una carta.
Nunca un acta de reunión.
Crucigrama: uno al día. Doble en lunes,
que es el día en que el cerebro más lo necesita.
Conversación: generosa y sin prisa.
Contraindicada la videoconferencia de trabajo, que produce los mismos efectos
que el silencio pero con más ruido de fondo.
Trabajo: no prescrito. No contraindicado
explícitamente, pero ausente de toda evidencia de beneficio.
La conclusión
inevitable
Hay una sola
consecuencia lógica de todo lo anterior, y la ciencia la avala con sus propios
datos: hay que jubilarse cuanto antes. No por pereza, sino por salud. No como
rendición, sino como estrategia neuroprotectora de largo plazo. Jubilarse para
poder leer, escribir, jugar a las cartas, hacer crucigramas y conversar sin que
nadie te interrumpa con un correo urgente o una reunión que podría haber sido
un correo.
Los investigadores de Neurology no
lo han dicho con esas palabras. Pero los datos están ahí. Y los datos, ya se
sabe, no mienten. Aunque a veces digan cosas que a los empresarios no les hace ninguna
gracia escuchar.
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