Cada cierto tiempo, algún dirigente extranjero comete el error de
arrimarse a los micrófonos y soltar que en España se trabaja poco. ¡Para qué
queremos más! Inmediatamente, políticos y medios de comunicación salen en
tromba, gráficos en mano, para demostrar que en España se echan más horas que
en un reloj.
(AZprensa) Los datos
oficiales siempre dicen lo mismo: los españoles pasamos en el trabajo muchas
más horas al año que nuestros vecinos del norte de Europa. Pero en toda esta
indignación patria hay una trampa monumental. Se está confundiendo un binomio
sagrado: una cosa es "trabajar" y otra, muy distinta, es "estar
en la oficina".
La fauna del presentismo y el deporte del pasillo
Seamos sinceros. En el
ecosistema laboral español, la oficina no es solo un lugar de producción; es un
centro social de alto rendimiento. Están las tertulias cafeteras que se alargan
hasta el infinito, las llamadas personales camufladas de "gestión
urgente" y, por supuesto, el clásico "paseo de despacho en
despacho". Este último es un deporte nacional que consiste en deambular
con un papel en la mano para parecer ocupado mientras, de paso, interrumpes al
único compañero que de verdad estaba concentrado.
Y es que en España las
jornadas son interminables por una cuestión de pura supervivencia social.
Cumplir estrictamente el horario de salida a menudo está mal visto. Existe una
competición silenciosa, liderada por los "pelotas" de turno, para ver
quién apaga la luz más tarde. En muchos sitios, lo de menos es lo que
produzcas; lo verdaderamente crucial es que el jefe pase por tu mesa a las ocho
de la tarde y compruebe que sigues allí, con los ojos inyectados en sangre pero
al pie del cañón. El triunfo de la presencia sobre la eficiencia.
La espiral del absurdo frente al pragmatismo europeo
Esta cultura del
"calentar la silla" alimenta una espiral bastante tóxica:
- Los jefes miden el
compromiso en horas de estancia, explotando a sus subordinados.
- Los subordinados, a su
vez, asumen que perderán la tarde, por lo que dosifican el esfuerzo y alargan
las tareas.
Como resultado, la
conciliación familiar es un mito y la productividad cae en picado porque la
gente está más preocupada por figurarse que por hacer.
Cualquiera que haya
trabajado con empresas del centro o del norte de Europa nota el choque cultural
de inmediato. Allí, las horas de oficina son sagradas: se va a lo que se va. No
hay espacio para el escaqueo ni para el postureo. Cuando llega la hora de
salir, el bolígrafo se cae de la mano y la oficina se vacía por completo. Nadie
piensa que eres un mal empleado por irte a tu hora; al contrario, si te quedas
systematically tarde, tu jefe empezará a sospechar que no eres capaz de
organizar tu trabajo.
Por supuesto que un
europeo se quedará hasta las mil de la noche si hay una urgencia o una crisis,
pero es la excepción, no la norma. Aquí, por el contrario, hemos convertido la
excepción en nuestra jornada estándar.
Va siendo hora de que
entendamos que la eficiencia no se mide en horas de presencia, sino en
objetivos cumplidos. Mientras tanto, nos tocará seguir aguantando al compañero
que llega a las ocho de la tarde diciendo aquello de: "¿Ya os vais? ¡Pero
si es tempranísimo!".
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https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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