Un estudio de la
Universidad de Missouri sobre 2.000 jóvenes, certifica que las chicas
encuentran alivio en hablar de sus problemas y los chicos en ignorarlos. Lo
cual explica científicamente por qué él lleva diez minutos mirando el móvil
mientras ella le cuenta lo del trabajo.
(AZprensa) La Universidad de Missouri, a través de su College of
Arts and Science, ha dedicado tiempo, recursos y 2.000 jóvenes voluntarios a
investigar algo que cualquier pareja con seis meses de convivencia podría
haberles explicado gratis en un cuarto de hora: las chicas hablan de sus
problemas y los chicos no. Las primeros lo consideran terapéutico. Los
segundos, contraproducente. Y de esa diferencia de criterio nace buena parte de
la tensión que puebla las relaciones sentimentales de medio mundo.
Seamos justos con los
investigadores: el mérito no está en el descubrimiento, que no descubre nada
que la humanidad no supiera desde que el primer hombre de las cavernas fingió
no oír a su compañera porque estaba muy ocupado mirando la pared. El mérito
está en cuantificarlo, en ponerle porcentajes y en publicarlo con el rigor que
exige una revista académica. Así es como la ciencia avanza: confirmando con
datos lo que el sentido común ya sabía, para que los escépticos no puedan decir
que es un tópico.
Los dos modelos de
gestión emocional
El estudio identifica
dos estrategias opuestas y mutuamente incompatibles. Las chicas consideran
positivo hablar de sus problemas: compartirlos los hace más llevaderos, les
proporciona la sensación de ser comprendidas y les ayuda a no sentirse solas
ante las dificultades. El único riesgo, que los investigadores señalan con
prudente diplomacia, es «caer en el exceso». Que traducido al lenguaje
cotidiano significa: hablar del mismo problema durante varias horas, varios
días y, en los casos más documentados, varias semanas.
Los chicos, por su
parte, aplican la estrategia contraria: consideran que hablar de los problemas
los agranda —como si ponerlos en palabras les diera más entidad de la que
tienen— y prefieren centrarse en otras actividades para mantener la mente
ocupada en otra cosa. Lo cual, desde un punto de vista estrictamente lógico,
tiene su coherencia: si no piensas en el problema, el problema no existe. Al
menos hasta que vuelves a pensar en él, pero eso es un detalle.
ELLAS · ESTRATEGIA VERBAL
Hablar del problema lo hace más pequeño
Compartirlo genera comprensión y alivio
Riesgo: hablar del mismo problema desde ángulos ligeramente distintos durante días
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero acompañado.
ELLOS · ESTRATEGIA DE EVASIÓN
Hablar del problema lo hace más grande
Centrarse en otra cosa borra el problema temporalmente
Riesgo: el problema sigue ahí, solo que sin procesar
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero ignorado.
«Ella
necesita contarle el problema. Él necesita no pensar en el problema. Y como el
problema de ella es el problema de los dos, los dos tienen ahora dos
problemas.»
La aplicación práctica
en la vida de pareja
Aquí es donde el estudio
alcanza su dimensión más reveladora y más reconocible. Cuando estos dos modelos
de gestión emocional coexisten en la misma relación —que es lo que ocurre,
estadísticamente, la mayor parte del tiempo—, la dinámica resultante es
previsible: ella busca al él para contarle sus problemas. Él, con el instinto
de quien detecta una amenaza a su estrategia de no pensar, hace todo lo posible
por estar en otro sitio, en otra habitación o, en su defecto, mirando el
teléfono con una concentración que no dedica a ninguna otra actividad de su
vida.
Ella lo persigue. Él
escapa. Ella lo encuentra. Él escucha con la expresión de alguien que está
presente en cuerpo pero ha enviado la mente de vacaciones. Ella detecta la
ausencia. Se enfada. Ahora hay un problema nuevo: él no la escucha. Lo cual
requiere ser contado. El ciclo, perfectamente documentado por la ciencia de
Missouri, puede durar décadas.
La recomendación de los
investigadores (y la nuestra)
Los investigadores, con
la ecuanimidad que caracteriza a quienes han pasado años estudiando el asunto,
recomiendan el término medio: que los hombres no se vean como más débiles o
inseguros por hablar ocasionalmente de sus problemas, y que las mujeres no
conviertan el análisis del problema en una actividad de dedicación plena. Un
equilibrio razonable, sensato y probablemente tan difícil de alcanzar como
todos los equilibrios razonables y sensatos de la historia de las relaciones
humanas.
Pero al menos ahora lo
tenemos por escrito. Con datos. Con 2.000 testigos. Y publicado por una
universidad de Missouri. De modo que la próxima vez que alguien en una relación
de pareja diga «es que tú nunca me escuchas» o «es que tú siempre le das más
vueltas de las necesarias», podrá añadir con total propiedad: «y además, la
ciencia lo avala». Lo cual no resolverá nada, pero al menos dará a la discusión
un barniz académico que la dignifica considerablemente.
La novela “La
melodía permanece”, está disponible en ediciones digital e impresa en Amazon y
dispone de una edición en español y otra en noruego.
Más información
en estos enlaces…
“La melodía
permanece”: https://a.co/d/0cMf3W5c
“Melodien står igjen”:
Hablar del problema lo hace más pequeño
Compartirlo genera comprensión y alivio
Riesgo: hablar del mismo problema desde ángulos ligeramente distintos durante días
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero acompañado.
Hablar del problema lo hace más grande
Centrarse en otra cosa borra el problema temporalmente
Riesgo: el problema sigue ahí, solo que sin procesar
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero ignorado.


No hay comentarios:
Publicar un comentario