viernes, 11 de septiembre de 2026

Ellas hablan de sus problemas; ellos huyen. Lo que dice la Ciencia...

Un estudio de la Universidad de Missouri sobre 2.000 jóvenes, certifica que las chicas encuentran alivio en hablar de sus problemas y los chicos en ignorarlos. Lo cual explica científicamente por qué él lleva diez minutos mirando el móvil mientras ella le cuenta lo del trabajo.
 
(AZprensa) La Universidad de Missouri, a través de su College of Arts and Science, ha dedicado tiempo, recursos y 2.000 jóvenes voluntarios a investigar algo que cualquier pareja con seis meses de convivencia podría haberles explicado gratis en un cuarto de hora: las chicas hablan de sus problemas y los chicos no. Las primeros lo consideran terapéutico. Los segundos, contraproducente. Y de esa diferencia de criterio nace buena parte de la tensión que puebla las relaciones sentimentales de medio mundo.
 
Seamos justos con los investigadores: el mérito no está en el descubrimiento, que no descubre nada que la humanidad no supiera desde que el primer hombre de las cavernas fingió no oír a su compañera porque estaba muy ocupado mirando la pared. El mérito está en cuantificarlo, en ponerle porcentajes y en publicarlo con el rigor que exige una revista académica. Así es como la ciencia avanza: confirmando con datos lo que el sentido común ya sabía, para que los escépticos no puedan decir que es un tópico.
 
Los dos modelos de gestión emocional
 
El estudio identifica dos estrategias opuestas y mutuamente incompatibles. Las chicas consideran positivo hablar de sus problemas: compartirlos los hace más llevaderos, les proporciona la sensación de ser comprendidas y les ayuda a no sentirse solas ante las dificultades. El único riesgo, que los investigadores señalan con prudente diplomacia, es «caer en el exceso». Que traducido al lenguaje cotidiano significa: hablar del mismo problema durante varias horas, varios días y, en los casos más documentados, varias semanas.
 
Los chicos, por su parte, aplican la estrategia contraria: consideran que hablar de los problemas los agranda —como si ponerlos en palabras les diera más entidad de la que tienen— y prefieren centrarse en otras actividades para mantener la mente ocupada en otra cosa. Lo cual, desde un punto de vista estrictamente lógico, tiene su coherencia: si no piensas en el problema, el problema no existe. Al menos hasta que vuelves a pensar en él, pero eso es un detalle.
 
ELLAS · ESTRATEGIA VERBAL
Hablar del problema lo hace más pequeño
Compartirlo genera comprensión y alivio
Riesgo: hablar del mismo problema desde ángulos ligeramente distintos durante días
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero acompañado.
 
ELLOS · ESTRATEGIA DE EVASIÓN
Hablar del problema lo hace más grande
Centrarse en otra cosa borra el problema temporalmente
Riesgo: el problema sigue ahí, solo que sin procesar
Resultado: se sienten mejor. El problema sigue ahí, pero ignorado.
 
«Ella necesita contarle el problema. Él necesita no pensar en el problema. Y como el problema de ella es el problema de los dos, los dos tienen ahora dos problemas.»
 
La aplicación práctica en la vida de pareja
 
Aquí es donde el estudio alcanza su dimensión más reveladora y más reconocible. Cuando estos dos modelos de gestión emocional coexisten en la misma relación —que es lo que ocurre, estadísticamente, la mayor parte del tiempo—, la dinámica resultante es previsible: ella busca al él para contarle sus problemas. Él, con el instinto de quien detecta una amenaza a su estrategia de no pensar, hace todo lo posible por estar en otro sitio, en otra habitación o, en su defecto, mirando el teléfono con una concentración que no dedica a ninguna otra actividad de su vida.
 
Ella lo persigue. Él escapa. Ella lo encuentra. Él escucha con la expresión de alguien que está presente en cuerpo pero ha enviado la mente de vacaciones. Ella detecta la ausencia. Se enfada. Ahora hay un problema nuevo: él no la escucha. Lo cual requiere ser contado. El ciclo, perfectamente documentado por la ciencia de Missouri, puede durar décadas.
 
La recomendación de los investigadores (y la nuestra)
 
Los investigadores, con la ecuanimidad que caracteriza a quienes han pasado años estudiando el asunto, recomiendan el término medio: que los hombres no se vean como más débiles o inseguros por hablar ocasionalmente de sus problemas, y que las mujeres no conviertan el análisis del problema en una actividad de dedicación plena. Un equilibrio razonable, sensato y probablemente tan difícil de alcanzar como todos los equilibrios razonables y sensatos de la historia de las relaciones humanas.
 
Pero al menos ahora lo tenemos por escrito. Con datos. Con 2.000 testigos. Y publicado por una universidad de Missouri. De modo que la próxima vez que alguien en una relación de pareja diga «es que tú nunca me escuchas» o «es que tú siempre le das más vueltas de las necesarias», podrá añadir con total propiedad: «y además, la ciencia lo avala». Lo cual no resolverá nada, pero al menos dará a la discusión un barniz académico que la dignifica considerablemente.
 
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