Hay titulares de revistas científicas que nacen con una vocación tan
farragosa y políticamente correcta que casi piden a gritos una traducción
urgente al romance paladín. Hoy vamos a traer a nuestras páginas un ejemplo
ilustrativo que me encontré hace tiempo.
(AZprensa) Hace un tiempo me topé con uno de esos titulares que
piden a gritos ser traducidos y explicados. El antetítulo decía: “Los hombres,
menos preocupados por la higiene personal”, y el plato fuerte afirmaba: “Un 25%
de las mujeres mayores de 35 años experimenta incontinencia urinaria en algún
momento de su vida”.
A ver, seamos francos.
Una traducción libre, directa y sin anestesia de semejante despliegue
estadístico habría sido, sencillamente: "Las mujeres se mean y los hombres
son unos guarros". Brutal, sí, pero directo al grano.
El drama de la normalización
En el artículo en
cuestión, el profesor Iam Milsom —catedrático de Obstetricia y Ginecología de
la Universidad de Gotemburgo— arrancaba lanzando flores al marketing moderno.
Según el buen profesor, el hecho de que hoy veamos anuncios de compresas y
productos para la incontinencia en la televisión o en Internet ha ayudado muchísimo
a normalizar el asunto. Hasta ahí, impecable. Es fantástico que la sociedad
avance y perdamos los tabúes.
El problema viene cuando
la ciencia se pone el traje de tragedia griega.
Tras celebrar la
visibilidad del problema, el Prof. Milsom decidió venirse arriba y dramatizar
el asunto asegurando que a la gran mayoría de las mujeres les afectará esto en
algún momento de su vida (es decir, que un "escape" involuntario lo
tiene cualquiera). Pero no se quedó ahí. Para rematar la faena, decidió equiparar
este inconveniente con dolencias médicas de primer orden:
"Es un problema
comparable con otras dolencias importantes como el asma, la depresión o el
colesterol".
Un orden de prioridades cuestionable
Vamos a ver, doctor, un
poco de perspectiva. Con la salud no se juega, pero con el alarmismo tampoco.
Ante semejante abanico de opciones apocalípticas, la elección parece bastante
obvia.
Si me dan a elegir en el
gran buffet de los achaques de la mediana edad, lo tengo claro:
Opción A: Quedarme asfixiado
y cianótico por un ataque de asma.
Opción B: Sufrir un
infarto fulminante o un ictus por culpa de las arterias atascadas de
colesterol.
Opción C: Un inoportuno
accidente rumbo al baño.
Sinceramente, de entre
todas las tragedias posibles que nos depara el destino biológico, yo preferiría
mil veces mearme encima antes que padecer cualquiera de las otras dos. Al fin y
al cabo, como bien decía el propio profesor al principio, para lo primero ya
hay anuncios en la tele y soluciones discretas; para lo segundo, la cosa se
complica bastante más.
Conclusión: Menos drama,
más perspectiva científica... y un poquito más de humor.
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