martes, 30 de junio de 2026

Los Reyes de la racanería: Por qué estas Navidades solo deberías escribirle a Gaspar

(AZprensa)
Aceptémoslo: el ser humano vive en una contradicción constante. Nos encanta la tradición, compramos turrón cuando se acerca la Navidad y cada seis de enero revivimos con devoción la festividad de los Reyes Magos. La historia oficial nos dice que tres venerables monarcas de Oriente, guiados por la estrella de Belén —que, analizado con rigor tecnológico, constituye el primer sistema de GPS del que se tiene constancia en la historia de la humanidad—, recorrieron miles de kilómetros para rendir tributo al recién nacido.
 
Sin embargo, si aplicamos el bisturí del pensamiento crítico y descarnamos las apariencias bíblicas, la versión oficial empieza a hacer aguas por todas partes. Para empezar, la investigación histórica sospecha que ni eran reyes, ni eran magos; lo más probable es que se tratase de una expedición de astrónomos que descubrieron algo inusual en el firmamento. Pero lo verdaderamente grave no es su estatus nobiliario, sino su comportamiento en el momento de aflojar la cartera. Examinemos los regalos del pesebre bajo el flexo de la verdad.
 
Gaspar: El único con señorío (y libre de impuestos)
 
Haciendo balance de la jornada de adoración, hay que reconocer de forma unánime que solo Gaspar se portó con la dignidad y el señorío que se le presuponen a un visitante de alta alcurnia. El hombre se rascó el bolsillo y le regaló al niño oro (no sabemos cuánto, pero el oro siempre ha sido lo más valioso que se puede poseer).
 
Además, por fortuna, en aquella época se podían regalar metales preciosos, lingotes y joyas, sin tener que rellenar formularios, ni pagar impuestos ni declarar el incremento patrimonial a la Agencia Tributaria. En el año cero, el fisco todavía no te requisaba la mitad de los regalos de nacimiento.
 
Melchor y Baltasar: El nacimiento de la línea de higiene personal
 
El verdadero escándalo de la noche llega con los otros dos componentes del trío. Melchor y Baltasar demostraron tener una mentalidad bastante tacaña. Está claro que a estos dos les pudo más el fuerte olor ambiental que emanaba del portal de Belén —un espacio donde convivían una mula y un buey- o su propia racanería.
 
¿A quién en su sano juicio se le ocurre presentarse ante el Salvador del mundo con un bote de incienso y otro de mirra? ¡Pero si eso son los tatarabuelos de los ambientadores de pino para el coche! En lugar de invertir en el futuro del chiquillo, decidieron solventar el compromiso de la visita real regalando dos botes de desodorante industrial para mitigar los efluvios del establo. Unos auténticos fenicios de la tacañería.
 
Una advertencia para las próximas cartas
 
Por todo ello, y aunque todavía falten meses para que las luces de colores vuelvan a adornar nuestras calles, conviene ir avisando a los niños de la casa para que no los engañen como a chinos en la próxima campaña navideña.
 
Cuando llegue el momento de sentarse frente al papel, que no se les ocurra escribir una carta colectiva a los Reyes Magos; hay que decirles que redacten una única y exclusiva carta dirigida a Gaspar. Él es el único que maneja liquidez y presupuesto real. A los otros dos personajes —los indiscutibles Reyes de la Racanería— es mejor dejarlos pasar de largo. Como mucho, vistos sus antecedentes históricos, lo único que les van a dejar va a ser un desodorante de marca blanca o un paquete de barritas de sándalo. Avisados quedan.
 

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