sábado, 6 de junio de 2026

Todos somos delincuentes (y reincidentes)

(AZprensa)
Es tal la obsesión de nuestros gobernantes por prohibir y recaudar que cualquier insignificante acto de nuestra vida cotidiana infringe, casi sin darnos cuenta, un entramado de normas imposible de esquivar. Vivimos bajo un fuego cruzado de decretos y ordenanzas municipales. Para demostrarlo, no hace falta irse al código penal; basta con observar un día cualquiera en la vida de un ciudadano ejemplar.
 
Piénsalo por un momento. Hoy mismo, tú mismo, sin ir más lejos, podrías haber infringido cuatro leyes distintas antes del mediodía:
 
El delito del contenedor: Por la mañana, al salir de casa, tiras la bolsa de basura en su lugar correspondiente. Sin embargo, no te ocupas de rebuscar entre los desperdicios para extraer esa lata de aluminio o ese envase de plástico que, por puro descuido, se mezcló con los residuos orgánicos. Según la estricta normativa de residuos, si un inspector te pilla en ese renuncio, la multa está asegurada.
 
El "exceso" de velocidad: Subes al coche y circulas por el centro de la ciudad en una de esas omnipresentes zonas residenciales donde el límite máximo es de 30 km/h. Te despistas un segundo, pisas levemente el acelerador y el velocímetro marca 31 km/h. Según la ley de tráfico, ese kilómetro por hora de demasía ya es una infracción penalizable. Tuviste suerte de que el radar de turno estuviera apagado.
 
El cruce temerario: Aparcas el vehículo y, como tienes prisa, decides que es más rápido caminar. Cruzas la calle por donde te viene en gana, unos metros fuera del paso de peatones regulado. Miras a ambos lados, constatas que no viene ningún coche y cruzas. Da igual que no hubiera peligro: el reglamento de circulación no exime la culpa y la sanción económica está tipificada.
 
El pañuelo proscrito: De repente, un estornudo inoportuno te obliga a usar un pañuelo de papel. Miras a tu alrededor y no encuentras ni una sola papelera en cien metros a la redonda. Como no te apetece pasear ese desecho higiénico durante media hora, lo dejas caer discretamente junto a un desagüe. Nueva infracción de la ordenanza de limpieza y otra posible receta para el bolsillo.
 
En definitiva: en una mañana cualquiera se pueden infringir cuatro leyes y acumular cuatro multas sin sentir el más mínimo remordimiento de conciencia.
 
La adicción a la reincidencia
 
Pero es que esto de delinquir de forma involuntaria tiene su punto de adicción. Al día siguiente, cualquiera de nosotros puede volver a convertirse en un criminal en potencia con algo tan inocente como sacar a pasear al perro por el parque del barrio.
 
Veamos la hoja de ruta del nuevo delito:
 
Banda sonora ilegal: Sales a la calle con los auriculares puestos, escuchando esa lista de reproducción con canciones que, admitámoslo, te descargaste de internet de aquella manera o mediante una aplicación poco clara. Primer golpe al derecho de autor.
 
El cómplice de cuatro patas: En mitad del parque, sueltas al perro para que corra un poco. Es un animal faldero que no mordería ni a una mosca, así que el peligro es nulo... salvo para tu cartera. Según la ordenanza municipal, está estrictamente prohibido llevar a los animales sueltos fuera de los horarios acotados de la noche.
 
Alimentar al enemigo: Te sientas en un banco a descansar y a comerte un sándwich. Se te acercan unas palomas famélicas, te dan pena (lo cual tampoco exime de culpa) y les lanzas unas migas de pan. Felicidades: acabas de violar la normativa de protección ambiental que prohíbe alimentar a la fauna urbana.
 
Atajo sobre el verde: Se te hace un poco tarde para volver a casa y decides cortar camino en línea recta, lo que te obliga a pisar un par de metros de césped ornamental. Un nuevo atentado contra el mobiliario urbano.
 
Al final del día, en un paseíto de nada, se han cometido otras cuatro infracciones que habrían hecho las delicias de cualquier agente con ganas de rellenar el talonario. Por fortuna, esta vez los gobernantes no han pillado cacho, por lo que el presupuesto para sus coches oficiales, comidas en restaurantes de postín, viajes institucionales y alojamientos en hoteles de primera clase tendrá que esperar a su próximo descuido.
 
Así que ya lo sabes. Mírate al espejo sin miedo: eres un ciudadano normal, pero las leyes de este país te consideran un delincuente reincidente.
 

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