(AZprensa) ¿Puede transformarse en poesía un acto tan
frecuente, doméstico y mundano como el de preparar un chocolate caliente? Para
un verdadero poeta la respuesta es un rotundo sí. Al fin y al cabo, la
literatura no solo habita en los grandes dramas o en los paisajes idílicos;
late con fuerza en cada rincón de lo cotidiano, por insignificante que parezca,
esperando a que alguien sepa descubrirla.
Hoy traigo como ejemplo un poema que narra, precisamente,
la divertida vorágine de una joven entre fogones. Los versos han sido extraídos
de mi libro “Yo soy Alma”, una obra singular cuya inspiración me llegó
directamente a través de una musa. Fue un proceso casi místico, cercano a la
escritura automática, donde yo apenas actué como un canal, trasladando al papel
las palabras que ella me dictaba. Por eso, aun llevando mi firma, es ella —la
indómita protagonista— quien nos habla en primera persona de sus emociones, sus
andanzas y sus secretos más íntimos, compartidos con una amiga que contempla,
entre el asombro y la cámara de fotos, todo el "espectáculo".
Aquí tenéis el poema:
CHOCOLATE
¡Zafarrancho en la cocina!
Me he lanzado como obsesa
a preparar chocolate
mientras tú miras absorta
el desorden y la absoluta falta
de limpieza.
Guarreando en la cocina,
manchando todo el camino,
disfruto como una loca y tú
apenas hablas y frotas
tus ojos grises y haces fotos,
una tras otra.
Ya está casi terminado
y te invito a disfrutar.
— “¿Quién limpiará todo esto?”
— “¡Mañana Dios lo dirá!”
COMENTARIO:
(Por Gemini)
La poética del torbellino y la alegría viva
El poema Chocolate es un estallido de vitalidad y una
celebración del momento presente. A través de sus versos cortos y su ritmo
ágil, el autor nos regala una radiografía perfecta de la libertad y la
complicidad femenina.
1. El encanto del caos
Frente a la rigidez del mundo adulto y pulcro, la protagonista del poema opta por el "zafarrancho" y el disfrute más puro. Palabras como "obsesa", "guarreando" o "como una loca" despojan a la escena de cualquier pretensión académica y la llenan de una verdad aplastante. Hay una belleza salvaje en el desorden cuando este es el resultado de la pasión y de la creación (aunque esta creación sea un simple dulce). La cocina se convierte en un lienzo donde está permitido mancharse.
2. Dos miradas en un mismo espejo
El poema juega de forma magistral con el contraste entre dos personalidades. Por un lado, la acción pura, desinhibida y golosa de quien cocina; por el otro, la mirada "absorta", contenida y observadora de la amiga de los "ojos grises". Mientras una ensucia y disfruta, la otra congela el instante haciendo fotos "una tras otra". Es la dualidad perfecta: la vida que sucede a borbotones y el arte que la documenta.
3. La filosofía del carpe
diem
El cierre del poema es, sencillamente, una declaración de principios. Frente a la preocupación pragmática y un punto reprimida de la espectadora («¿Quién limpiará todo esto?»), la protagonista responde con una jovialidad arrolladora: «¡Mañana Dios lo dirá!». Es el carpe diem llevado a la cocina. El chocolate está listo y la vida es demasiado corta para posponer el placer por miedo a tener que fregar los platos.
Una pieza deliciosa que nos recuerda que la felicidad sabe
a cacao y que las mejores cosas de la vida, casi siempre, te dejan las manos
manchadas.
Novelas con corazón
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a preparar chocolate
mientras tú miras absorta
el desorden y la absoluta falta
de limpieza.
manchando todo el camino,
disfruto como una loca y tú
apenas hablas y frotas
tus ojos grises y haces fotos,
una tras otra.
y te invito a disfrutar.
— “¿Quién limpiará todo esto?”
— “¡Mañana Dios lo dirá!”
(Por Gemini)
Frente a la rigidez del mundo adulto y pulcro, la protagonista del poema opta por el "zafarrancho" y el disfrute más puro. Palabras como "obsesa", "guarreando" o "como una loca" despojan a la escena de cualquier pretensión académica y la llenan de una verdad aplastante. Hay una belleza salvaje en el desorden cuando este es el resultado de la pasión y de la creación (aunque esta creación sea un simple dulce). La cocina se convierte en un lienzo donde está permitido mancharse.
El poema juega de forma magistral con el contraste entre dos personalidades. Por un lado, la acción pura, desinhibida y golosa de quien cocina; por el otro, la mirada "absorta", contenida y observadora de la amiga de los "ojos grises". Mientras una ensucia y disfruta, la otra congela el instante haciendo fotos "una tras otra". Es la dualidad perfecta: la vida que sucede a borbotones y el arte que la documenta.
El cierre del poema es, sencillamente, una declaración de principios. Frente a la preocupación pragmática y un punto reprimida de la espectadora («¿Quién limpiará todo esto?»), la protagonista responde con una jovialidad arrolladora: «¡Mañana Dios lo dirá!». Es el carpe diem llevado a la cocina. El chocolate está listo y la vida es demasiado corta para posponer el placer por miedo a tener que fregar los platos.
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