No vamos a hablar de si los toros son mejores que el fútbol
ni al revés. Vamos a hablar de algo más revelador: cómo trata cada espectáculo
a sus espectadores. La diferencia es, cuando menos, llamativa.
(AZprensa)
Dejemos clara una cosa antes de empezar: este artículo no entra en el debate de
si los toros son un arte o una barbarie, ni en si el fútbol es el opio del
pueblo o la religión laica de nuestro tiempo. Ese debate existe, tiene sus
trincheras bien definidas y no necesita más combustible del que ya tiene. Lo
que me interesa hoy es otro ángulo, más concreto y más revelador: cómo trata
cada uno de estos espectáculos a las personas que pagan su entrada para asistir
a él. Porque en esa diferencia de trato hay una reflexión que merece ser hecha
en voz alta.
En la plaza de toros: un ciudadano libre
El
espectador de una corrida de toros entra al recinto cuando le apetece. Nadie le
cachea a la entrada. Puede llevar su bota de vino —ese objeto tan español, tan
clásico, tan lleno de historia— y pasársela con el de al lado durante toda la
tarde sin que nadie le diga nada. Puede fumar, incluso puede fumarse un puro,
que en muchos tendidos es casi una tradición. Si el torero hace una faena
desastrosa, puede decírselo a gritos, puede llamarle cobarde, puede expresar su
opinión con la contundencia que le dé la gana. Si al final de una tarde muy
mala hay almohadillas volando hacia el ruedo, forman parte del paisaje y de la
liturgia. Y si el torero triunfa, el espectador le tirará su sombrero, un ramo
de flores, el abanico, lo que tenga a mano, como gesto de admiración que
también forma parte del ritual.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad para comportarse sin necesidad de tutela.
En el estadio de fútbol: un sospechoso en espera de sentencia
El
espectador de un partido de fútbol tiene una experiencia radicalmente distinta.
Debe llegar con mucha antelación porque los cacheos en la entrada generan colas
que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Se le cachea sin distinción:
jóvenes y mayores, hombres y mujeres, el jubilado que lleva décadas yendo al
estadio y el adolescente que va por primera vez. Todos son, a efectos del
protocolo, sospechosos potenciales.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además, tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor. Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad. Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de policías.
«Al aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto.
Al aficionado al fútbol se le trata como a un delincuente en libertad
provisional. La diferencia merece una explicación.»
El paréntesis VIP: donde todo lo anterior no aplica
Conviene
señalar, en honor a la exactitud, que todo lo anterior tiene una excepción
notable: las zonas VIP. El espectador que se sienta en esas localidades
privilegiadas es recibido por una azafata sonriente con una copa de champán y
tiene a su disposición barra libre de todo lo que el espectador de fondo no
puede ni acercar a la verja de entrada. Puede fumar en sus zonas habilitadas.
No tiene ninguna red delante. Y cuando acaba el partido, sale sin que nadie lo
retenga ni lo escolte.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
La conclusión que nadie quiere sacar
Al
aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto, capaz de
gestionar su comportamiento sin necesidad de una red delante ni de un policía a
cada lado. Al aficionado al fútbol —salvo que pueda pagarse una localidad VIP—
se le trata, desde el momento en que hace cola en la entrada, como a un delincuente
en libertad provisional al que hay que vigilar de cerca por si acaso.
Alguien
podría argumentar que los incidentes en los estadios de fútbol justifican estas
medidas. Es un argumento válido, en parte. Pero conviene recordar que los
dispositivos de seguridad no distinguen entre el que ha venido a armar bronca y
el que ha venido a ver fútbol: se aplican a todos por igual, tratando al
aficionado pacífico exactamente igual que al potencial alborotador. Y eso, en
un estado de derecho que se proclama respetuoso con las libertades
individuales, merece al menos una reflexión. O varias.
PLAZA DE TOROS · EL CIUDADANO
LIBRE
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera
Nota del autor: Este artículo no defiende ni ataca ninguno
de los dos espectáculos. Defiende, exclusivamente, el derecho del ciudadano a
ser tratado como tal independientemente del espectáculo al que haya pagado su
entrada.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad para comportarse sin necesidad de tutela.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además, tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor. Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad. Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de policías.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera


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