viernes, 19 de junio de 2026

Toros y fútbol: ciudadanos libres frente a sospechosos habituales

No vamos a hablar de si los toros son mejores que el fútbol ni al revés. Vamos a hablar de algo más revelador: cómo trata cada espectáculo a sus espectadores. La diferencia es, cuando menos, llamativa.
 
(AZprensa) Dejemos clara una cosa antes de empezar: este artículo no entra en el debate de si los toros son un arte o una barbarie, ni en si el fútbol es el opio del pueblo o la religión laica de nuestro tiempo. Ese debate existe, tiene sus trincheras bien definidas y no necesita más combustible del que ya tiene. Lo que me interesa hoy es otro ángulo, más concreto y más revelador: cómo trata cada uno de estos espectáculos a las personas que pagan su entrada para asistir a él. Porque en esa diferencia de trato hay una reflexión que merece ser hecha en voz alta.
 
En la plaza de toros: un ciudadano libre
 
El espectador de una corrida de toros entra al recinto cuando le apetece. Nadie le cachea a la entrada. Puede llevar su bota de vino —ese objeto tan español, tan clásico, tan lleno de historia— y pasársela con el de al lado durante toda la tarde sin que nadie le diga nada. Puede fumar, incluso puede fumarse un puro, que en muchos tendidos es casi una tradición. Si el torero hace una faena desastrosa, puede decírselo a gritos, puede llamarle cobarde, puede expresar su opinión con la contundencia que le dé la gana. Si al final de una tarde muy mala hay almohadillas volando hacia el ruedo, forman parte del paisaje y de la liturgia. Y si el torero triunfa, el espectador le tirará su sombrero, un ramo de flores, el abanico, lo que tenga a mano, como gesto de admiración que también forma parte del ritual.
Cuando acaba la corrida, sale del recinto con la misma libertad con que entró. En los alrededores de la plaza no hay ningún dispositivo policial especial: quizás algún agente regulando el tráfico, nada más. Ha pasado la tarde como un ciudadano adulto al que se le supone capacidad para comportarse sin necesidad de tutela.
 
En el estadio de fútbol: un sospechoso en espera de sentencia
 
El espectador de un partido de fútbol tiene una experiencia radicalmente distinta. Debe llegar con mucha antelación porque los cacheos en la entrada generan colas que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. Se le cachea sin distinción: jóvenes y mayores, hombres y mujeres, el jubilado que lleva décadas yendo al estadio y el adolescente que va por primera vez. Todos son, a efectos del protocolo, sospechosos potenciales.
No puede entrar bebida alcohólica. Ninguna. Aunque en los alrededores del estadio se venden bebidas alcohólicas con total normalidad, lo que significa que el espectador que quiera puede beber antes de entrar y llegar en el estado que le apetezca, siempre que lo haga fuera. La coherencia de esta medida es, como mínimo, discutible. Los de las localidades de fondo, además, tienen delante una red para prevenir que se les ocurra lanzar algo al terreno de juego. Como en las jaulas de los zoológicos, pero al revés.
Si a alguien se le ocurre hacer burla de algún jugador, la policía lo localizará, lo detendrá y el asunto acabará ante la Autoridad Judicial, que impondrá una sanción económica considerable y la prohibición de volver a un estadio. Si en lugar de burla es un insulto, el castigo es mayor. Si lanza algo al terreno de juego, mismo destino. En la mayoría de los estadios ya no se puede fumar. En los alrededores hay un despliegue policial que incluye agentes a pie, a caballo, con escudos, y en algunos casos con un equipamiento que haría palidecer a muchos cuerpos militares. Dentro del estadio, las escaleras de los fondos están literalmente tapizadas de miembros de seguridad. Y al final del partido, los seguidores del equipo visitante serán retenidos en el estadio mientras los demás salen abriéndose paso entre centenares de policías.
 
«Al aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto. Al aficionado al fútbol se le trata como a un delincuente en libertad provisional. La diferencia merece una explicación.»
 
El paréntesis VIP: donde todo lo anterior no aplica
 
Conviene señalar, en honor a la exactitud, que todo lo anterior tiene una excepción notable: las zonas VIP. El espectador que se sienta en esas localidades privilegiadas es recibido por una azafata sonriente con una copa de champán y tiene a su disposición barra libre de todo lo que el espectador de fondo no puede ni acercar a la verja de entrada. Puede fumar en sus zonas habilitadas. No tiene ninguna red delante. Y cuando acaba el partido, sale sin que nadie lo retenga ni lo escolte.
Es decir: si pagas suficiente, eres ciudadano. Si pagas lo normal, eres sospechoso. Una distinción que dice algo sobre los valores de quienes diseñan estos dispositivos y que, bien mirada, incomoda bastante.
 
La conclusión que nadie quiere sacar
 
Al aficionado a los toros se le trata como a un ciudadano adulto, capaz de gestionar su comportamiento sin necesidad de una red delante ni de un policía a cada lado. Al aficionado al fútbol —salvo que pueda pagarse una localidad VIP— se le trata, desde el momento en que hace cola en la entrada, como a un delincuente en libertad provisional al que hay que vigilar de cerca por si acaso.
 
Alguien podría argumentar que los incidentes en los estadios de fútbol justifican estas medidas. Es un argumento válido, en parte. Pero conviene recordar que los dispositivos de seguridad no distinguen entre el que ha venido a armar bronca y el que ha venido a ver fútbol: se aplican a todos por igual, tratando al aficionado pacífico exactamente igual que al potencial alborotador. Y eso, en un estado de derecho que se proclama respetuoso con las libertades individuales, merece al menos una reflexión. O varias.
 
PLAZA DE TOROS · EL CIUDADANO LIBRE
Entra cuando quiere, sin cacheos
Puede llevar su bota de vino
Puede fumar y fumarse un puro
Puede criticar al torero a gritos
Puede tirar almohadillas o flores
Sale libremente al finalizar
Sin dispositivo policial especial
ESTADIO DE FÚTBOL · EL SOSPECHOSO
Llega antes, cacheo obligatorio
Prohibido el alcohol (salvo VIP)
Prohibido fumar (salvo VIP)
Criticar puede acabar en sanción judicial
Red de seguridad delante (en fondos)
Retenido al finalizar si es visitante
Cientos de policías dentro y fuera
 
Nota del autor: Este artículo no defiende ni ataca ninguno de los dos espectáculos. Defiende, exclusivamente, el derecho del ciudadano a ser tratado como tal independientemente del espectáculo al que haya pagado su entrada.

No hay comentarios: