(AZprensa) A nadie —ni
siquiera a los niños, ni a los ingenuos, ni a los moribundos, ni a quienes
sufren el desengaño de la traición—, a absolutamente nadie se le debe mentir ni
conducir nunca a equívoco. La verdad debería erigirse siempre como la premisa
fundamental y el pilar innegociable de nuestras vidas. Una verdad, eso sí, que
no se lance como un arma arrojadiza, sino que sea dicha desde el amor, la
ternura y la más profunda delicadeza. Es probable que, al principio, este
ejercicio de honestidad radical resulte chocante para una sociedad acostumbrada
al disimulo; sin embargo, a poco que lo intentemos, todos acabaremos
agradeciendo vivir en un entorno libre de ficciones impuestas.
Hecha
esta necesaria introducción, queda clara mi postura: considero que no se debe
engañar a los niños con la fantasía mágica de los Reyes Magos. Ahora bien,
sostener esto no significa, ni muchísimo menos, que deba abolirse la Navidad o
que tengamos que renunciar a conmemorar aquella hermosa visita histórica en la
que se entregaron presentes al recién nacido. Podemos repetir exactamente el
mismo rito del regalo, pero desde la transparencia.
La
ilusión de un hijo no se pierde por conocer la realidad. Al niño siempre, por
definición, le harán una ilusión inmensa los regalos. Seguirá escribiendo su
carta con entusiasmo, pero ya no será una lista interminable, imposible y
desmedida —a la que inevitablemente sigue la frustración o la desilusión al no
verla cumplida—, sino una carta «razonable» y consciente, redactada en función
de cómo perciba el presupuesto y el nivel de vida real de su propia familia.
Esos
obsequios, adquiridos con el esfuerzo de los padres y guardados con esmero,
seguirán estando ocultos a los ojos de los pequeños hasta la mañana del 6 de
enero. Ese día, por fin, descubrirán las sorpresas, exactamente de la misma
manera en que cualquiera compra un regalo de cumpleaños para un ser querido y
lo mantiene en secreto hasta la fecha señalada. El misterio del paquete cerrado
y la emoción del descubrimiento permanecen intactos.
Con
este proceder constructivo y sincero, se conseguirían cinco beneficios
fundamentales para el desarrollo de los más jóvenes:
1.- Educar en el
valor de la verdad:
Se cimenta la confianza familiar sobre una base sólida, demostrándoles desde la
infancia que la honestidad es el camino idóneo.
2.- Evitar la desilusión
del engaño:
Les ahorramos el inevitable y a menudo doloroso instante en el que, tarde o
temprano, descubren por terceros que han sido objeto de un secreto colectivo.
3.- Fomentar la
conciencia económica:
Se les hace partícipes, de un modo maduro y natural, de las posibilidades
financieras reales que tiene cada hogar, evitando caprichos desproporcionados.
4.- Preservar el
sentido histórico:
Se mantiene vivo el verdadero origen de la celebración, recordando que hace más
de dos milenios nació Jesús y que la tradición nace de ese acontecimiento.
5.- Alimentar
una espera ilusionante: Se llenan esas semanas de una sana expectativa ante
la ansiada llegada del 6 de enero para desvelar el contenido de los paquetes.
Ya
va siendo hora de empezar a cambiar muchas dinámicas sociales. La verdad lleva
ya demasiado tiempo apartada de nuestras vidas públicas y privadas, oculta tras
disfraces que incluso pueden ser bienintencionados como en este caso.
Devolverla al corazón del hogar, especialmente durante las fechas más señaladas
del año, es el mejor regalo que podemos hacerle a las generaciones del futuro.
Biblioteca Fisac
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