El cerebro no se limita a recibir información: la completa,
la reinterpreta y, cuando le falta, la inventa. Lo que creemos ver no es
necesariamente lo que hay. Y la conclusión más honesta es incómoda: no te fíes
ni de ti mismo.
(AZprensa)
El cerebro humano es un órgano extraordinario. Procesa millones de datos por
segundo, reconoce patrones, anticipa situaciones, almacena recuerdos y toma
decisiones con una rapidez que ningún ordenador ha conseguido replicar del
todo. Pero tiene un defecto que conviene conocer y que la mayoría preferimos
ignorar: cuando le falta información, no se detiene a esperar que llegue. La
genera él mismo.
El
mecanismo es tan automático como inconsciente. El cerebro recibe por los
sentidos una información parcial —una imagen incompleta, un sonido ambiguo, una
situación que no acaba de encajar— y en lugar de quedarse con esa laguna
abierta, tira de todo lo que ha ido acumulando en la memoria a lo largo de la
vida: experiencias pasadas, prejuicios, expectativas, miedos, deseos. Y con ese
material propio rellena los huecos. Completa el cuadro. Construye una versión
de la realidad que parece coherente y que se siente como verdadera. Aunque no
lo sea.
«Mientras una parte de lo que percibimos nos llega por los
sentidos —el objeto que está ante nosotros—, otra parte viene siempre de
nuestra mente.»
Ya
lo decía William James (1842-1910), uno de los padres de la psicología moderna,
a finales del siglo XIX. Y lo que entonces era una intuición brillante de un
observador excepcional, la neurociencia actual lo ha confirmado con creces: la
percepción no es un proceso pasivo en que los sentidos simplemente captan lo
que hay y lo transmiten fielmente al cerebro, como si fuéramos una cámara de
vídeo. Es un proceso activo, creativo y profundamente subjetivo en el que el
propio receptor añade, modifica, interpreta y completa la información que
recibe.
«Lo que creemos ver no es el mundo tal como es. Es el mundo tal
como nuestro cerebro decide que debe ser, rellenado con todo lo que llevamos
dentro.»
Las
consecuencias de esto son más profundas de lo que a primera vista puede
parecer. Si cada uno de nosotros completa la realidad con sus propios recuerdos,
sus propios prejuicios y sus propias expectativas, entonces el mundo que
percibo yo no tiene por qué ser exactamente igual al que percibe la persona que
está sentada a mi lado viendo exactamente lo mismo. Dos personas presencian el
mismo acontecimiento y luego lo describen de forma diferente, a veces
radicalmente diferente, y ambas están convencidas de que lo que recuerdan es lo
que ocurrió. Las dos tienen razón desde su propio sistema perceptivo. Y las dos
pueden estar, en aspectos esenciales, equivocadas.
Esto,
que podría parecer un problema filosófico abstracto, tiene consecuencias muy
concretas en la vida cotidiana: en los testimonios judiciales que se
contradicen aunque los testigos sean honestos, en los malentendidos que
destrozan relaciones porque cada parte jura que el otro dijo lo que no dijo, en
los prejuicios que se confirman solos porque el cerebro tiende a percibir lo
que ya espera encontrar y a ignorar lo que no encaja con su mapa previo del
mundo.
Conclusión: no te fíes ni de ti mismo
Y
aquí viene la parte incómoda. Si la percepción es siempre una mezcla de lo que
hay fuera y de lo que ponemos nosotros, si el cerebro completa la realidad con
materiales propios sin avisarnos de que lo está haciendo, entonces no hay
ninguna garantía de que lo que creemos haber visto, oído o vivido corresponda
fielmente a lo que ocurrió. Podemos equivocarnos de buena fe. Podemos recordar
mal sin saber que recordamos mal. Podemos estar completamente convencidos de
algo que no es exactamente así.
La
conclusión, pues, es tan sencilla como desconcertante: no te fíes ciegamente de
tus propias percepciones. No porque seas deshonesto, sino precisamente porque
eres humano. Mantener una cierta dosis de duda sobre lo que uno mismo percibe
—escuchar al otro, contrastar, no dar por sentado que la propia versión es la
única válida— no es debilidad ni inseguridad. Es, simplemente, la actitud más
inteligente que cabe ante un cerebro que, con toda su brillantez, también
inventa.
Cualquier
parecido con la realidad, efectivamente, puede ser pura coincidencia.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

No hay comentarios:
Publicar un comentario