domingo, 28 de junio de 2026

Cualquier parecido con la realidad sí que es pura coincidencia

El cerebro no se limita a recibir información: la completa, la reinterpreta y, cuando le falta, la inventa. Lo que creemos ver no es necesariamente lo que hay. Y la conclusión más honesta es incómoda: no te fíes ni de ti mismo.
 
(AZprensa) El cerebro humano es un órgano extraordinario. Procesa millones de datos por segundo, reconoce patrones, anticipa situaciones, almacena recuerdos y toma decisiones con una rapidez que ningún ordenador ha conseguido replicar del todo. Pero tiene un defecto que conviene conocer y que la mayoría preferimos ignorar: cuando le falta información, no se detiene a esperar que llegue. La genera él mismo.
 
El mecanismo es tan automático como inconsciente. El cerebro recibe por los sentidos una información parcial —una imagen incompleta, un sonido ambiguo, una situación que no acaba de encajar— y en lugar de quedarse con esa laguna abierta, tira de todo lo que ha ido acumulando en la memoria a lo largo de la vida: experiencias pasadas, prejuicios, expectativas, miedos, deseos. Y con ese material propio rellena los huecos. Completa el cuadro. Construye una versión de la realidad que parece coherente y que se siente como verdadera. Aunque no lo sea.
 
«Mientras una parte de lo que percibimos nos llega por los sentidos —el objeto que está ante nosotros—, otra parte viene siempre de nuestra mente.»
 
Ya lo decía William James (1842-1910), uno de los padres de la psicología moderna, a finales del siglo XIX. Y lo que entonces era una intuición brillante de un observador excepcional, la neurociencia actual lo ha confirmado con creces: la percepción no es un proceso pasivo en que los sentidos simplemente captan lo que hay y lo transmiten fielmente al cerebro, como si fuéramos una cámara de vídeo. Es un proceso activo, creativo y profundamente subjetivo en el que el propio receptor añade, modifica, interpreta y completa la información que recibe.
 
«Lo que creemos ver no es el mundo tal como es. Es el mundo tal como nuestro cerebro decide que debe ser, rellenado con todo lo que llevamos dentro.»
 
Las consecuencias de esto son más profundas de lo que a primera vista puede parecer. Si cada uno de nosotros completa la realidad con sus propios recuerdos, sus propios prejuicios y sus propias expectativas, entonces el mundo que percibo yo no tiene por qué ser exactamente igual al que percibe la persona que está sentada a mi lado viendo exactamente lo mismo. Dos personas presencian el mismo acontecimiento y luego lo describen de forma diferente, a veces radicalmente diferente, y ambas están convencidas de que lo que recuerdan es lo que ocurrió. Las dos tienen razón desde su propio sistema perceptivo. Y las dos pueden estar, en aspectos esenciales, equivocadas.
 
Esto, que podría parecer un problema filosófico abstracto, tiene consecuencias muy concretas en la vida cotidiana: en los testimonios judiciales que se contradicen aunque los testigos sean honestos, en los malentendidos que destrozan relaciones porque cada parte jura que el otro dijo lo que no dijo, en los prejuicios que se confirman solos porque el cerebro tiende a percibir lo que ya espera encontrar y a ignorar lo que no encaja con su mapa previo del mundo.
 
Conclusión: no te fíes ni de ti mismo
 
Y aquí viene la parte incómoda. Si la percepción es siempre una mezcla de lo que hay fuera y de lo que ponemos nosotros, si el cerebro completa la realidad con materiales propios sin avisarnos de que lo está haciendo, entonces no hay ninguna garantía de que lo que creemos haber visto, oído o vivido corresponda fielmente a lo que ocurrió. Podemos equivocarnos de buena fe. Podemos recordar mal sin saber que recordamos mal. Podemos estar completamente convencidos de algo que no es exactamente así.
 
La conclusión, pues, es tan sencilla como desconcertante: no te fíes ciegamente de tus propias percepciones. No porque seas deshonesto, sino precisamente porque eres humano. Mantener una cierta dosis de duda sobre lo que uno mismo percibe —escuchar al otro, contrastar, no dar por sentado que la propia versión es la única válida— no es debilidad ni inseguridad. Es, simplemente, la actitud más inteligente que cabe ante un cerebro que, con toda su brillantez, también inventa.
 
Cualquier parecido con la realidad, efectivamente, puede ser pura coincidencia.
 

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