(AZprensa) Todos
recordamos aquel fatídico verano de 2009 en el que el mundo se estremeció con
la muerte del Rey del Pop, Michael Jackson. La autopsia desveló que el causante
de su último viaje celestial había sido un potente anestésico de uso
hospitalario llamado propofol, una sustancia que el cantante exigía
desesperadamente a su médico de cabecera. Primero para calmar sus dolores y,
más tarde —una vez que se hubo «enganchado» sin remedio—, simplemente porque le
apetecía un plácido viaje al limbo de la inconsciencia.
Pues
bien, mira por dónde, hoy me vais a permitir que rompa una lanza a favor del
gusto farmacológico del bueno de Michael: ¡no me extraña en absoluto que el
hombre se enganchara! Yo he tenido la inmensa fortuna de probar el propofol en
varias ocasiones y debo confesar, ante el tribunal de mis lectores, que la
experiencia fue algo sencillamente maravilloso.
Un infiltrado de
AstraZeneca en el quirófano
Por
aquellos tiempos, yo conocía al milímetro los entresijos de tan bendita
sustancia. No por vicio, válgame el cielo, sino por estricta deformación
profesional: el propofol pertenecía al catálogo del laboratorio farmacéutico en
el que yo trabajaba, AstraZeneca. Su nombre comercial era Diprivan, y su
lanzamiento había revolucionado por completo la historia moderna de la
anestesia.
Los
que peinan canas recordarán que, antiguamente, despertar de una operación era
un calvario de náuseas, vómitos, mareos de feria y una resaca de proporciones
bíblicas. Con la llegada del Diprivan, aquellos momentos tradicionalmente
temidos se transformaban, por arte de magia química, en algo sumamente
placentero.
Llegó
el día en que me tocó a mí pasar por el taller de reparaciones quirúrgicas.
Mientras el equipo médico me preparaba en el antequirófano, decidí ponerme el
traje de inspector de calidad y le pregunté al anestesista con una sonrisa: «¿Qué
anestésico me va a poner?». El buen hombre se me quedó mirando estupefacto, ya
que no hay ningún paciente que haga ese tipo de preguntas. Fue entonces cuando
le saqué la credencial: le expliqué que yo jugaba en el equipo de AstraZeneca y
que teníamos en nómina al mejor anestésico del planeta. El anestesista,
captando la jugada, sonrió con complicidad y me señaló con el dedo unas cajas
que descansaban en una bandeja: sí, amigos, allí estaban, preparadas en
exclusiva para mí, las icónicas cajitas verdes de Diprivan. Jugué en casa.
El
"viaje" más lúcido de mi vida (y un gol por la escuadra)
Cuando
la sustancia comenzó a deslizarse de forma fluida por el gotero hacia mis
venas, apenas hicieron falta unos pocos segundos para que mi consciencia se
desvaneciera. Fue un apagón tan suave, rápido y aterciopelado que ni siquiera
tuve tiempo de contar los segundos o de pensar en ello.
El
verdadero espectáculo, sin embargo, comenzó al abrir los ojos en la sala de
reanimación. Recuerdo perfectamente que el médico estaba inclinado sobre mí,
pendiente de mi evolución, y me preguntó como es habitual: «¿Qué tal se
encuentra?». Solo habían transcurrido dos segundos exactos desde que abrí los
párpados, pero mi cerebro ya funcionaba a 33 revoluciones por minuto. Miré al
doctor y le dije con una amplia sonrisa: «¡Mejor que nunca!».
No
exageraba un ápice. Una sensación descomunal de alegría, euforia y bienestar
invadía todo mi cuerpo. Lejos de estar aturdido, tenía unas ganas locas de
hablar, de chismorrear y de gastar bromas a todo el personal de planta. Tenía
la cabeza perfectamente despejada, nítida y provista de una lucidez tan
asombrosa que, en cuanto los celadores me empujaron en la camilla hasta mi
habitación, lo primero que hice fue ordenar de forma imperiosa: «¡Pon la
televisión, que quiero ver el partido!».
Y
así pasé la postoperación: con el glorioso propofol todavía corriendo
alegremente por mi torrente sanguíneo, disfruté como nunca de las jugadas en la
pantalla, invadido por una felicidad tremenda. En aquel preciso instante, con
una sonrisa de oreja a oreja, me hice una promesa solemne: siempre que tuviese
que volver a pasar por un quirófano, exigiría el mismo menú.
Conclusión: El
sabor de la marca
Años
más tarde, el destino quiso que tuviera que repetir la experiencia hospitalaria
y debo reconocer, para tranquilidad de todos, que el resultado volvió a ser
igual de satisfactorio. Hoy en día las patentes han caducado y el mítico
Diprivan ya no existe como tal en las bandejas; ahora los hospitales despachan
propofol genérico.
Es
verdad que ya nadie puede disfrutar de ese romántico "sabor de marca
original", puesto que aquél magnífico avance de la Medicina se dejó de
fabricar al no poder competir en precio con los genéricos. Sin embargo el
actual propofol genérico sigue brindando despertares alegres, lúcidos e incluso
futboleros –como fue en mi caso- a todos los que tengan que ponerse en manos de
un anestesista.
Por
mi parte, lo tengo más claro que el agua. Secundando aquel mítico y atemporal
anuncio de televisión de La Casera que forma parte de nuestra historia
colectiva, si alguna otra vez tengo que pasar por el quirófano, les diré aquél
slogan de La casera pero adaptado al campo de la anestesia: “¡Si no hay propofol,
no me opero!”.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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