(AZprensa) La industria
farmacéutica ya no es lo que era. Hubo un tiempo en que sus laboratorios
estaban repletos de excelentes profesionales, respetados y muy bien
remunerados. Era un sector ciertamente endogámico: existían los fichajes, por
supuesto, pero siempre se pescaba en los laboratorios de la competencia.
Gracias a este ecosistema, los trabajadores iban atesorando un conocimiento
profundo del sector y una experiencia específica de un valor incalculable.
En torno al año 2005, los laboratorios vivieron su
auténtica época dorada. Sin embargo, poco después llegó la crisis económica y,
años más tarde, para rematar el paisaje, la pandemia. Aquellos crecimientos
anuales históricos de dos dígitos pasaron a ser cosa del pasado, y fue entonces
cuando la industria cambió radicalmente de rumbo.
Los nuevos CEOs y altos directivos ya no eran hombres y
mujeres forjados en el conocimiento de la ciencia y el mercado farmacéutico,
sino supuestos expertos en másteres inflados y rimbombantes presentaciones de
PowerPoint. Líderes sin alma y sin escrúpulos. Si antes, como a muchos
directivos se les llenaba la boca al señalar, «el mejor activo de una empresa
son sus empleados», a partir de ese momento los trabajadores pasaron a ser
simples números. Y los mandos intermedios y los propios directivos de la vieja
escuela, también.
La operación
"Renove" del low-cost
El timón de las compañías quedó en manos de estos nuevos y
ambiciosos "profesionales de la teoría", carentes de experiencia real
en el terreno. Para cuadrar los balances de la manera más perezosa, pusieron en
marcha una particular operación "Renove": despedir a los
profesionales excelentes y, por cada dos bajas, contratar a un recién
licenciado —con mucho título anglosajón y nula experiencia— para que hiciese el
trabajo de ambos por la mitad del salario de cualquiera de los despedidos.
Se pasó, de la noche a la mañana, de tener profesionales
curtidos a tener niñatos en despachos demasiado grandes. Y los niñatos, por no
tener, no tienen ni principios ni valores.
Me contaban hace poco, por poner solo un ejemplo gráfico,
el trato humillante que dispensan a los proveedores. Sabedores de los tiempos
difíciles que corren, ya ni siquiera se molestan en negociar o regatear los
presupuestos que se les presentan. Sin más miramientos, imponen un recorte del
30% bajo la burda premisa de «lo tomas o lo dejas». Y lo peor no es el fondo,
sino las formas: se lo espetan tras haberles tenido esperando más de una hora
en la recepción y, después de semejante plantón, son incapaces de articular la
más leve palabra de disculpa. Es la soberbia de la ignorancia.
Empresas sin alma
Como es lógico, estos jóvenes se sienten en el fondo
explotados por el propio sistema que los ha encumbrado a precio de saldo, y
terminan trasladando su frustración y su mala educación a todo lo que les
rodea.
El triste resultado es el panorama corporativo que hoy
abunda en nuestra sociedad: empresas desalmadas que exprimen a sus plantillas,
organizaciones que han olvidado el factor humano y que compran, usan y tiran a
las personas como si fueran simples fichas de un juego de mesa barato.
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