(AZprensa) ¿Debe el Estado
costear con cargo a los impuestos colectivos los tratamientos farmacológicos y
terapéuticos para dejar de fumar? Si analizamos la fisonomía del problema con
rigor económico y realismo social, dejando a un lado la demagogia biempensante,
la respuesta debe ser un rotundo e inapelable «NO».
Para
sostener esta postura, alejada de las verdades absolutas, pero cimentada en la
lógica de la responsabilidad, conviene desglosar una serie de realidades
objetivas que a menudo se pretenden camuflar bajo el paraguas del
asistencialismo estatal.
La voluntariedad
del hábito: El reverso de la enfermedad sobrevenida
En
primer lugar, es imperativo establecer una distinción ética y clínica
fundamental. El acto de fumar es una decisión estrictamente voluntaria y
continuada en el tiempo; no nos encontramos ante una patología imprevista o una
afección sobrevenida por sorpresa o por un revés incontrolable de la biología.
Quien
enciende un cigarrillo día tras día conoce perfectamente las advertencias
explícitas impresas en las cajetillas y los riesgos epidemiológicos asociados.
Si el tabaco termina enfermando el organismo, es la consecuencia directa de una
conducta buscada y mantenida de forma individual. ¿Es justo que el
contribuyente financie la rectificación de una imprudencia deliberada?
Un sistema
deficitario ante la escasez de recursos
En
segundo lugar, no podemos obviar la cruda realidad macroeconómica de nuestro
modelo sanitario. La Sanidad pública española es estructuralmente deficitaria.
Si faltan recursos financieros para cubrir las necesidades más básicas y
perentorias de la población, resulta una contradicción flagrante pretender
sufragar estos programas de deshabituación.
Pero
el problema no es solo de dinero, sino de capital humano. Los médicos de
atención primaria y especialistas apenas dan abasto con las apretadísimas
agendas y el volumen de pacientes que deben atender diariamente en sus
consultas. Destinar el escaso y valioso tiempo de estos profesionales a
tutorizar procesos que dependen fundamentalmente de la fuerza de voluntad individual
es un lujo que un sistema saturado no se puede permitir.
El doble gasto:
El impacto del tabaquismo en las arcas comunes
El
impacto del fumador en el erario público no se limita al coste de los parches o
los fármacos de sustitución nicotínica. El verdadero problema reside en que el
consumo de tabaco es el causante directo de diversas enfermedades crónicas y
graves —como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) o diversos tipos
de carcinomas— que, de no haber fumado nunca, el paciente jamás habría
contraído.
Por
lo tanto, el fumador no solo perjudica su salud de manera consciente, sino que
provoca un gasto masivo y evitable a la Sanidad pública para tratar las
complejas dolencias derivadas de su adicción. Si esos recursos no tuviesen que desviarse
hacia patologías provocadas por el tabaco, la Sanidad ahorraría miles de
millones de euros anuales que podrían destinarse a tratar con mayor holgura,
tecnología y dignidad a aquellos pacientes que han enfermado sin buscarlo
deliberadamente.
La amortización
personal: El mejor incremento familiar
Finalmente,
existe un argumento puramente contable que desarma la necesidad de cualquier
subsidio estatal. El coste de un tratamiento para dejar de fumar es
perfectamente asumible por el bolsillo del interesado, ya que lo amortiza por
completo en cuestión de unos pocos meses con el dinero que deja de gastar en
comprar cajetillas.
A
partir de ese momento, la economía familiar del exfumador experimenta un
desahogo notable. De hecho, tal y como está la compleja situación económica
actual en España, las personas que toman la firme decisión de abandonar el
tabaco se convierten en unas de las pocas que ven cómo sus recursos económicos
mensuales netos aumentan de forma inmediata y real. El tratamiento se paga
solo; basta con reinvertir lo que antes se quemaba en humo.
Conclusión:
Pensar por sí mismo
Legitimar
que el Estado deba tutelar y financiar las rectificaciones de nuestros propios
excesos individuales es una pendiente resbaladiza que despoja al ciudadano de
su madurez. La verdad, como siempre defendemos en este “Diario AZprensa”, es
solo un punto de vista, pero los datos nos invitan a reflexionar: en una
sociedad madura, cada uno debe ser consecuente con sus actos. Dejar de fumar es
una excelente noticia para la salud y para el bolsillo, pero el peaje de la
decisión debe correr por cuenta de quien decidió encender la primera cerilla.
Biblioteca Fisac
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