Una nota de
prensa que pasa por el jefe de producto, el director médico, el director legal,
el director financiero, el presidente y la central internacional antes de
salir, ya no es una nota de prensa. Es otra cosa. Y esa otra cosa no sirve para
nada.
(AZprensa) La comunicación
tiene muchos enemigos. Pero en el sector farmacéutico, el principal —el más
extendido, el más dañino y, paradójicamente, el que más se practica— tiene un
nombre inglés: routing. Vale la pena explicar qué es, porque en teoría suena
razonable. En la práctica, es un desastre.
La teoría:
lógica y sensata
En
su concepción original, el routing es la supervisión previa de una nota de
prensa o comunicado por parte de alguien ajeno al responsable de comunicación,
pero experto en algún aspecto técnico de la información que este no tiene por
qué dominar. La idea es razonable: el comunicador de un laboratorio debe
dominar la comunicación, pero no necesariamente la medicina. Si está redactando
una nota sobre las propiedades de un fármaco, tiene todo el sentido que un
médico la revise antes de enviarla, para garantizar que los datos clínicos
estén expresados con precisión. Eso es el routing en su versión ideal: un
filtro de calidad técnica, ágil y específico.
La práctica: el
calvario de las firmas
La
realidad, sin embargo, tiene poco que ver con esa descripción. En la práctica,
la nota de prensa no pasa por una sola persona —el médico de área— sino que
recorre un circuito que incluye, según el laboratorio, al director médico, al
director de relaciones institucionales, al director legal, al director
financiero, al jefe de producto y, cómo no, al presidente de la compañía, y
esperar a que lo rubrique con la última firma.
El
resultado de tan democrático proceso es que el texto original —que salió de
manos del responsable de comunicación
perfectamente redactado, con el tono y el enfoque que cualquier periodista
esperaría de una nota de prensa— llega al final convertido en algo
irreconocible. Cada director ha dejado su huella: el jefe de producto exige que
el nombre del producto aparezca en mayúsculas, con la «R» de marca registrada y
repetido al menos ocho veces. El médico de área insiste en incluir todos los
datos del ensayo clínico, incluidos los que solo un especialista puede
interpretar aunque el lector objetivo de la nota no sea un especialista sino un
periodista generalista. El director médico añade la relación de universidades y
centros de investigación colaboradores. El director de relaciones
institucionales incorpora el nombre de todos los patrocinadores. El director
jurídico incluye al final un párrafo blindado legalmente para cubrirse ante
posibles reclamaciones —olvidando, aparentemente, que estamos hablando de una
nota de prensa
y no de un anuncio publicitario—. El director financiero añade que la compañía
cotiza en la Bolsa de Nueva York y está incluida en tal o cual índice bursátil.
Y el presidente, cuando por fin encuentra un hueco en su agenda, corregirá en
rojo algún acento o un error tipográfico —siempre hay que dejar constancia de
que uno también ha leído el texto— y comprobará que no falta ninguna firma.
«Cuando por fin
la nota de prensa está lista para salir, en la mayoría de los casos el
acontecimiento del que hablaba ya es historia. Y la nota, sencillamente, acaba
en la papelera, la propia o la del destinatario.»
El
tiempo que todo este proceso consume es, por supuesto, incompatible con la
actualidad periodística. Cuando
por fin la nota recibe el último visto bueno, en la mayoría de los casos el
acontecimiento que motivó su redacción ya pertenece al pasado. ¿Cómo enviar una
nota que dice «mañana martes» cuando ese martes fue hace tres días? La
respuesta es simple: no se envía o si se envía se hace el ridículo y acaba
igualmente en la papelera. Semanas de trabajo de varias personas, para nada.
En
los casos en que se ha tenido la previsión de prepararlo todo con suficiente
antelación y se llega a tiempo, el resultado tampoco es mucho mejor. Lo que
sale por fin a los medios es una «hoja anuncio» con aspecto de nota de prensa
cuyo destino natural es la papelera. Solo en aquellos medios en los que el
laboratorio invierte en publicidad habrá quien la publique, más o menos
fielmente según el nivel de rigor periodístico de cada redacción, para no
perder al anunciante. Eso no es comunicación: es contabilidad disfrazada de
periodismo.
Las
tres causas reales del problema
1.-
Desconocimiento
Los directivos que intervienen en el routing no saben comunicación y desconocen el mundo del periodismo. No saben qué hace falta en una nota de prensa ni qué sobra. Y lo que no se entiende, se complica.
2.-
Inseguridad
Cuantas más firmas lleve el documento, más repartida queda la responsabilidad. Si algo sale mal, nadie será el único culpable. El routing interminable es, en buena medida, una estrategia defensiva colectiva.
3.-
Soberbia
La incapacidad de delegar en los expertos y la tendencia a fiarse únicamente de los iguales en rango. Un director no confía en el criterio del responsable de comunicación, pero sí en el de otro director. Aunque ese otro director tampoco sepa comunicación.
Con
este diagnóstico sobre la mesa, no debería sorprender que la industria
farmacéutica tenga la imagen pública que tiene. Una industria que no sabe
comunicar —o que se lo impide a sí misma sistemáticamente— no puede esperar que
los medios y la opinión pública la comprendan ni la valoren.
Pero hay
excepciones, y merecen ser reconocidas
No
quiero cerrar este artículo dejando un sabor exclusivamente amargo a quienes
trabajan en comunicación dentro del sector farmacéutico, porque también existen
excepciones que merecen ser nombradas. He conocido presidentes de laboratorio
—y tuve la suerte de trabajar directamente con uno de ellos— que confiaban en
su responsable de comunicación, le otorgaban la autonomía y la autoridad
necesarias para enviar notas de prensa bajo su propio criterio y
responsabilidad, y limitaban el routing a lo que realmente lo justifica: las
notas con contenido médico relevante, revisadas por un solo médico designado
—con sustitutos para evitar retrasos por ausencias— y nada más.
Las
consecuencias de ese modelo son exactamente las que cabría esperar: una
relación fluida con los medios, una presencia constante y relevante en
la prensa, noticias que llegan a tiempo y se publican, y una imagen de la
compañía ante la opinión pública notablemente mejor que la de sus competidoras
que siguen atrapadas en el circuito de innumerables firmas.
Ojalá
proliferara más ese tipo de presidentes. Desde aquí, mi respeto y mi admiración
por los que saben delegar, que es la forma más inteligente —y más eficaz— de
dirigir.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
Los directivos que intervienen en el routing no saben comunicación y desconocen el mundo del periodismo. No saben qué hace falta en una nota de prensa ni qué sobra. Y lo que no se entiende, se complica.
Cuantas más firmas lleve el documento, más repartida queda la responsabilidad. Si algo sale mal, nadie será el único culpable. El routing interminable es, en buena medida, una estrategia defensiva colectiva.
La incapacidad de delegar en los expertos y la tendencia a fiarse únicamente de los iguales en rango. Un director no confía en el criterio del responsable de comunicación, pero sí en el de otro director. Aunque ese otro director tampoco sepa comunicación.
Biblioteca Fisac
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