jueves, 4 de junio de 2026

Un astronauta en el siglo XVI

(AZprensa)
La imagen que ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible, un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada, su traje presurizado y su casco.
 
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la verdadera explicación de este fenómeno?
 
La tradición de los canteros
 
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado. Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original, sino fruto de una intervención posterior.
 
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
 
El testigo del siglo XX

La pieza fue labrada durante las obras de restauración de la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas de helado.
 
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del tiempo.
 

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