(AZprensa) La imagen que
ilustra estas líneas corresponde a un detalle de la fachada de la Catedral
Nueva de Salamanca, una joya arquitectónica cuya construcción se inició en el
siglo XVI y se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Si uno afina la
mirada entre las intrincadas filigranas de piedra de la Puerta de Ramos, la
figura que aparece ante los ojos (ver fotografía) no ofrece ninguna duda ni se
presta a dobles interpretaciones de ningún tipo: es, de manera inconfundible,
un astronauta flotando en el espacio, equipado con sus botas de suela estriada,
su traje presurizado y su casco.
¿Cómo es posible que una estampa tan contemporánea fuera
esculpida hace más de cuatro siglos? Ante este anacronismo de piedra, muchos
visitantes han dejado volar su imaginación. Los amantes del misterio han
querido ver aquí una prueba irrefutable de la visita de antiguos astronautas
extraterrestres o de viajeros del tiempo que dejaron su firma en la cantería
salmantina. Pero, despojada de la fantasía de la ciencia ficción, ¿cuál es la
verdadera explicación de este fenómeno?
La tradición de los
canteros
La respuesta es tan sencilla como humana, y entronca con
una vieja costumbre gremial. En el mundo de la arquitectura y la conservación
del patrimonio, existe una arraigada tradición que permite a los maestros
restauradores incorporar de forma discreta algún elemento contemporáneo o una
figura de su propia cosecha cuando acometen la reparación de un templo dañado.
Es una manera de dejar "testigo" de su época, una firma oculta para
que las generaciones futuras sepan que esa parte de la piedra no es la original,
sino fruto de una intervención posterior.
Bajo este amparo tradicional, el misterio de Salamanca se
disuelve en el calendario. La catedral, en efecto, tiene cuatro siglos de
historia, pero la figura del astronauta fue tallada en piedra de Villamayor por
el artista y restaurador Jerónimo García en el año 1992.
El testigo del siglo
XX
La pieza fue labrada durante las obras de restauración de
la Puerta de Ramos, severamente deteriorada por el paso del tiempo. El cantero
eligió la figura del astronauta como un símbolo icónico para representar el
siglo XX, coincidiendo además con los preparativos de la célebre exposición de
arte sacro Las Edades del Hombre, que situó a Salamanca en el epicentro de la
actualidad cultural mundial en 1993. De hecho, no está solo: si se observa con
atención el resto de la restauración, cerca del astronauta se puede encontrar
también a un lince ibérico o a un demonio comiendo un cucurucho de tres bolas
de helado.
No hubo, por tanto, visiones proféticas ni naves
espaciales sobrevolando la dehesa charra en tiempos de Felipe II. Lo que hay es
el ingenio de un artesano moderno que, respetando los códigos invisibles de su
oficio, logró regalarle a su ciudad un imán para la curiosidad. Un guiño de
modernidad esculpido en piedra antigua que, todavía hoy, sigue obligando a los
viajeros a levantar la cabeza y dudar, por unos instantes, de las leyes del
tiempo.
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