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martes, 30 de junio de 2026

¿Deben creer los niños en los Reyes Magos? El valor de la verdad frente a la ilusión razonable

(AZprensa)
A nadie —ni siquiera a los niños, ni a los ingenuos, ni a los moribundos, ni a quienes sufren el desengaño de la traición—, a absolutamente nadie se le debe mentir ni conducir nunca a equívoco. La verdad debería erigirse siempre como la premisa fundamental y el pilar innegociable de nuestras vidas. Una verdad, eso sí, que no se lance como un arma arrojadiza, sino que sea dicha desde el amor, la ternura y la más profunda delicadeza. Es probable que, al principio, este ejercicio de honestidad radical resulte chocante para una sociedad acostumbrada al disimulo; sin embargo, a poco que lo intentemos, todos acabaremos agradeciendo vivir en un entorno libre de ficciones impuestas.
 
Hecha esta necesaria introducción, queda clara mi postura: considero que no se debe engañar a los niños con la fantasía mágica de los Reyes Magos. Ahora bien, sostener esto no significa, ni muchísimo menos, que deba abolirse la Navidad o que tengamos que renunciar a conmemorar aquella hermosa visita histórica en la que se entregaron presentes al recién nacido. Podemos repetir exactamente el mismo rito del regalo, pero desde la transparencia.
 
La ilusión de un hijo no se pierde por conocer la realidad. Al niño siempre, por definición, le harán una ilusión inmensa los regalos. Seguirá escribiendo su carta con entusiasmo, pero ya no será una lista interminable, imposible y desmedida —a la que inevitablemente sigue la frustración o la desilusión al no verla cumplida—, sino una carta «razonable» y consciente, redactada en función de cómo perciba el presupuesto y el nivel de vida real de su propia familia.
 
Esos obsequios, adquiridos con el esfuerzo de los padres y guardados con esmero, seguirán estando ocultos a los ojos de los pequeños hasta la mañana del 6 de enero. Ese día, por fin, descubrirán las sorpresas, exactamente de la misma manera en que cualquiera compra un regalo de cumpleaños para un ser querido y lo mantiene en secreto hasta la fecha señalada. El misterio del paquete cerrado y la emoción del descubrimiento permanecen intactos.
 
Con este proceder constructivo y sincero, se conseguirían cinco beneficios fundamentales para el desarrollo de los más jóvenes:
 
1.- Educar en el valor de la verdad: Se cimenta la confianza familiar sobre una base sólida, demostrándoles desde la infancia que la honestidad es el camino idóneo.
 
2.- Evitar la desilusión del engaño: Les ahorramos el inevitable y a menudo doloroso instante en el que, tarde o temprano, descubren por terceros que han sido objeto de un secreto colectivo.
 
3.- Fomentar la conciencia económica: Se les hace partícipes, de un modo maduro y natural, de las posibilidades financieras reales que tiene cada hogar, evitando caprichos desproporcionados.
 
4.- Preservar el sentido histórico: Se mantiene vivo el verdadero origen de la celebración, recordando que hace más de dos milenios nació Jesús y que la tradición nace de ese acontecimiento.
 
5.- Alimentar una espera ilusionante: Se llenan esas semanas de una sana expectativa ante la ansiada llegada del 6 de enero para desvelar el contenido de los paquetes.
 
Ya va siendo hora de empezar a cambiar muchas dinámicas sociales. La verdad lleva ya demasiado tiempo apartada de nuestras vidas públicas y privadas, oculta tras disfraces que incluso pueden ser bienintencionados como en este caso. Devolverla al corazón del hogar, especialmente durante las fechas más señaladas del año, es el mejor regalo que podemos hacerle a las generaciones del futuro.
 

Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/

domingo, 16 de enero de 2022

¿Debate o lavado de cerebro?

(AZprensa) 
No sé si os habréis dado cuenta de un hecho sorprendente en nuestra televisión (en todos los canales) y en general en cualquier medio de comunicación: la radical transformación de los “debates”.
 
Hace años había en la televisión y en los más diversos foros públicos eso que se llamaba “debates” sobre temas de interés, de actualidad o polémicos. Se invitaba a varias personas, todas ellas conocedoras del tema pero con puntos de vista completamente diferente unas de otras. Llegado el momento del debate, el presentador iba concediendo los turnos de palabra y cada cual –cuando llegaba su turno- explicaba su punto de vista. Después, una vez escuchados todos, cada cual intentaba rebatir los argumentos de los demás a base de argumentaciones que certificasen la veracidad de los suyos. Al final, el presentador hacía un resumen de todo lo que se había expuesto y argumentado allí y dejaba, siempre, que fuese el espectador quien sacase sus propias conclusiones.
 
¡Qué diferencia! ¡Si hasta parece ciencia-ficción cuando ahora lees el párrafo anterior! ¿Quieres que te refresque la memoria y te diga cómo son los debates de hoy en día en cualquier televisión, foro o medio de comunicación español? Atiende:
 
Se elige un tema sobre el cual se quiera imponer a la población el pensamiento único. Se invita a varias personas (no tienen por qué ser ni conocedores del tema ni expertos). Todos ellos tendrán la misma opinión (diferenciada sólo con leves matices) sobre el tema objeto de debate. Cada cual dará su opinión, que será la misma en todos los casos. Nadie rebatirá a los demás, sino que simplemente apostillará “pues yo también…” o algo similar que no haga sino reforzar la idea preconcebida. No habrá nadie que opine diferente, ni que lleve la contraria, ni que argumente en contra. El presentador irá dando el turno de palabra, el cual no respetarán sus invitados y lo habitual será que hablen todos al mismo tiempo. Finalmente, el presentador resumirá que todos los “expertos” invitados a ese “debate” están de acuerdo y por lo tanto esa es la opinión que debemos asumir todos. Y por supuesto, esa opinión unánime de dichos “expertos” coincidirá plenamente con lo que dictan a la población desde el Gobierno.
 
Ahora compara. La descripción primera y esta última. ¿No te habías dado cuenta que todo lo que hay ahora y que llaman “debates” no son en realidad más que programas de “lavado de cerebro”. ¿Dónde está la discrepancia? ¿Dónde está el contraste de opiniones? ¿Dónde están las argumentaciones con fundamento realizadas por conocedores del tema?
 
Y un pequeño apunte al final. Alguna vez el presentador comete la imprudencia de hacer en directo una conexión para que opine a distancia otra persona que se supone sabe del tema, pero entonces esa persona les sale rana y comienza a argumentar en contra de la idea que se quiere imponer desde ese medio. ¿Qué sucede entonces? Haz memoria, seguro que lo has vista más de una vez: El presentador corta la conexión y deja a ese invitado con la palabra en la boca, lo descalifica y vuelve a dar la palabra a los presentes para que insistan nuevamente en qué es lo que todos debemos creer.
 

“La Biblia de Falcon Crest”, esta mítica serie de televisión escondía un mensaje secreto que ahora ha sido desvelado.
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