Para entrar a una mezquita hay que
descalzarse. Para entrar a una iglesia hay que llevar zapatos. Nadie obliga a
nadie a entrar en ninguna de las dos. En eso consiste, exactamente, la
libertad.
(AZprensa) Permítame el lector
un pequeño inventario antes de entrar en materia. Para entrar a una mezquita
hay que descalzarse. Para entrar a una iglesia hay que llevar zapatos. Para ir
al restaurante de la playa se puede ir en bañador. Para ir al restaurante del
hotel, el bañador queda reservado para la piscina. Para viajar en avión hay que
pasar control de seguridad, mostrar documentación y someter el equipaje al
escrutinio de un escáner. Para viajar en autobús interurbano no hace falta
siquiera identificarse. Para la cena de fin de año que organiza el hotel de
cinco estrellas hay que ir de etiqueta. Para la fiesta en el bar de la esquina,
cada uno va como le apetece. Para entrar en algunos clubes privados hay que ser
socio, presentar un aval y cumplir un código de vestimenta. Para entrar en el
parque público que hay enfrente, basta con empujar la verja.
Podríamos seguir. Para asistir a un concierto de ópera en
el Teatro Real se espera un comportamiento y una indumentaria determinados.
Para asistir a un festival de música al aire libre, cada uno llega como puede y
como quiere. Para trabajar en ciertos bufetes de abogados hay que ir de traje y
corbata los trescientos sesenta y cinco días del año. Para trabajar en ciertas
startups tecnológicas, el traje y la corbata serían vistos como algo raro y
fuera de lugar. Algunos gimnasios exigen ropa específica de marca en sus
instalaciones. Otros se conforman con que uno llegue con ganas de sudar. Las academias
militares tienen normas de conducta que abarcan desde la postura corporal hasta
el tono de voz. Las academias de arte tienen, en ocasiones, la norma de que no
haya normas.
Normas distintas, lugares distintos, personas distintas
que eligen libremente adónde van. ¿En qué consiste exactamente este mosaico
aparentemente caótico? En algo muy simple: en que cada institución, cada local,
cada comunidad tiene el derecho de establecer sus propias reglas dentro de su
propio ámbito, siempre que esas reglas no vulneren la ley ni causen daño a
terceros. Y el ciudadano, a su vez, tiene el derecho —y la responsabilidad— de
elegir a cuáles de esos espacios quiere pertenecer o acudir, en función de si
sus normas le parecen razonables, compatibles con sus valores o simplemente con
sus preferencias del momento.
«La libertad no consiste en que todos
los lugares tengan las mismas normas. Consiste en poder elegir a cuáles entras
y a cuáles no.»
El error que se
repite: exigir que el otro cambie sus reglas
El problema surge cuando alguien decide que las normas de
un lugar no le gustan y, en lugar de ejercer su libertad más elemental —no ir a
ese lugar—, exige que el lugar cambie sus normas para adaptarse a él. Es un
error conceptual de cierta envergadura, porque confunde dos cosas que no tienen
nada que ver: la libertad personal y la imposición sobre los demás. La libertad
personal dice: «estas normas no me gustan, así que no voy». La imposición dice:
«estas normas no me gustan, así que deben cambiar para que yo pueda ir». La
primera es un ejercicio de autonomía. La segunda es, paradójicamente, una forma
de autoritarismo disfrazado de reivindicación.
Nadie obliga a nadie a descalzarse si no quiere entrar a
la mezquita. Nadie obliga a nadie a ponerse corbata si no quiere trabajar en
ese bufete. Nadie obliga a nadie a respetar el silencio si no quiere asistir a
la función de ópera. La coerción no está en las normas del lugar: está en
pretender que el lugar abandone sus normas para satisfacer la preferencia de
quien llega desde fuera exigiendo que todo se adapte a él. Lo cual es, si se
piensa con calma, exactamente lo contrario de la tolerancia que suele invocarse
en esas situaciones.
Las ventajas de
vivir en un mundo variado
Hay algo que conviene celebrar en esta diversidad de
normas y espacios: Su propia existencia. Que no todos los restaurantes son
iguales, ni todos los colegios, ni todos los clubes, ni todos los templos. Que
hay sitios para cada tipo de persona y cada tipo de ocasión. Que el mismo
individuo puede ir en bañador al chiringuito a mediodía y a cenar elegante al
mismo hotel esa noche, sin que nadie le exija coherencia entre ambas versiones
de sí mismo. Esa flexibilidad —esa posibilidad de moverse entre contextos diferentes
con normas diferentes— es una de las ventajas menos celebradas y más reales de
vivir en una sociedad libre.
Lo que hace que esa diversidad funcione es, precisamente,
que cada espacio conserve su identidad y sus reglas propias. El día en que todos
los restaurantes tengan que admitir el bañador porque alguien exige que no haya
distinción entre la playa y el comedor del hotel, habremos perdido algo. No
solo la elegancia ocasional de cenar bien vestidos: habremos perdido la
variedad. Y la variedad, la biodiversidad, es la mayor riqueza de la
Naturaleza.
Así que el resumen es breve y no necesita adornos: respeta
las normas del sitio al que vas. Y si no te gustan las normas de un sitio, no
vayas. Es tu derecho. Úsalo. Es mucho más elegante —y mucho más libre— que
exigir que el mundo entero se reorganice según tus preferencias personales que
según tú, todo el mundo debería cumplir.
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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