(AZprensa) Hubo un tiempo en que el Parque de El Retiro
era el orgullo de Madrid, un pulmón abierto y vibrante. Y hablo en pasado
porque, hoy en día, es más probable que a uno le toque la Lotería antes que
encontrar abiertas las puertas de acceso a este parque.
Esta curiosa "tradición" de clausurar lo público
comenzó bajo el mandato de la anterior alcaldesa, Manuela Carmena, quien
inauguró un protocolo para cerrar los parques vallados ante el más mínimo aviso
de viento o nieve. Sin embargo, lo que parecía una medida puntual de la
izquierda afín a Podemos se ha convertido, bajo la gestión del actual alcalde
del Partido Popular, José Luis Martínez Almeida, en una obsesión por el
cerrojazo. Ahora, El Retiro se cierra si sopla una leve brisa, si caen cuatro
gotas, si hace frío, si hace calor o —la última genialidad técnica— simplemente
porque el suelo ha quedado húmedo tras la lluvia.
Es una situación kafkiana que se vende bajo el manido
eslogan de "proteger al ciudadano", aunque los argumentos caen por su
propio peso ante cualquier mente despierta. Nos aseguran que si hace viento una
rama podría herirnos, como si las ramas de los árboles que pueblan las aceras
exteriores o las zonas verdes sin vallas hubieran firmado un pacto de inmunidad
con la gravedad. Nos dicen que si el suelo se moja, los árboles podrían
vencerse, ignorando que el lodo de los parques abiertos de la capital parece
ser, según su lógica, mucho más firme que el de El Retiro.
Llegamos incluso al absurdo térmico: si hace frío, el
árbol es una amenaza por dilatación; si nieva, por el peso; y si hace calor, el
Ayuntamiento nos prohíbe la sombra del parque para evitarnos un golpe de calor.
Es fascinante descubrir que pasear bajo el sol implacable del asfalto madrileño
es perfectamente seguro, pero que cobijarse bajo la frescura de una arboleda
histórica se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
A este paso, las agencias turísticas deberían empezar a
tachar los parques emblemáticos de sus folletos. El turista que viaje a Madrid
se encontrará, de forma casi sistemática, ante una verja con candado. Es
ridículo recordar que estos espacios han permanecido abiertos durante más de un
siglo, sobreviviendo a todo tipo de inclemencias sin que la tragedia fuera el
pan de cada día. De hecho, me apostaría algo a que las estadísticas muestran
más percances con el arbolado fuera de estos recintos que dentro de ellos.
Pero, ¿cuál es la verdadera razón de esta sinrazón? La
respuesta es puramente política y se resume en el miedo. El alcalde prefiere
curarse en salud antes que dar munición a una oposición que, ante el más mínimo
accidente fortuito, no dudaría en tacharlo de poco menos que un criminal. Es la
política del "miedo al titular".
Pero hay algo más profundo. Casi todos nuestros políticos,
orgullosos portadores del pin de la Agenda 2030, parecen alineados con esa
dictadura globalista que nos están imponiendo. El objetivo final es
desalentador: convertirnos en una masa de borregos obedientes, resignados a
perder nuestra libertad y nuestra capacidad de decisión a cambio de la supuesta
seguridad que nos brinda un "Papá Estado" cada vez más asfixiante.
Mientras tanto, El Retiro sigue ahí: un bosque prohibido para una ciudadanía
bajo tutela.
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