(AZprensa) Hace apenas unas
décadas, los objetos tenían vocación de eternidad. Un reloj no era un
accesorio, era un legado que pasaba de padres a hijos. Los muebles eran
fortalezas de madera dispuestas a sobrevivir a varias generaciones. La ropa se
readaptaba, se remendaba y se heredaba; las camisas no se tiraban por un puño
desgastado, se les cambiaba el cuello y seguían prestando servicio. Eran
tiempos que albergaban la esperanza de que lo logrado hoy permaneciera mañana.
Pero algo cambió. Y tengo la teoría —seguramente falsa,
pero ilustrativa— de que la culpa de todo la tuvieron las corbatas.
El virus de la
promiscuidad textil
En aquellos tiempos de sobriedad, donde un hombre se
apañaba con un solo traje de domingo y un par de camisas, apareció una prenda
que se volvió "promiscua": la corbata. Era el único lujo accesible
que permitía la variedad. Poco a poco, conforme la economía crecía, los
armarios empezaron a poblarse corbatas con todo tipo de colores y diseños.
La corbata es un prodigio de la comunicación no verbal.
Permite que, aun llevando el mismo traje gris y la misma camisa blanca toda la
semana, parezca que has renovado por completo tu vestuario. Refleja la
personalidad, el estado de ánimo y hasta las preferencias políticas. Alguien
debería escribir, algún día, un "Tratado de la comunicación de las
corbatas".
De la moda al
desecho
Sin embargo, esa versatilidad abrió la veda de lo efímero.
La corbata fue el "caballo de Troya" de la moda que se devora a sí
misma para renacer cada mañana. Tras ella vinieron los coleccionistas de
relojes, las camisas compradas a granel y los armarios que rebosan prendas que
acabarán en un contenedor de ropa usada mucho antes de haber dado muestras de
deterioro. Hemos pasado de la cultura de la reparación a la tiranía de lo
desechable.
Lo dejo aquí para que los filósofos sigan tirando del
hilo. Quizá, en nuestra carrera por estrenar y aparentar, no hemos percibido
una ironía trágica: que el nudo de la corbata es, en realidad, la imagen de la soga
con la que hemos terminado ahorcando nuestra propia humildad.
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