viernes, 22 de mayo de 2026

La culpa es de las corbatas: un nudo en la garganta del consumo

(AZprensa)
Hace apenas unas décadas, los objetos tenían vocación de eternidad. Un reloj no era un accesorio, era un legado que pasaba de padres a hijos. Los muebles eran fortalezas de madera dispuestas a sobrevivir a varias generaciones. La ropa se readaptaba, se remendaba y se heredaba; las camisas no se tiraban por un puño desgastado, se les cambiaba el cuello y seguían prestando servicio. Eran tiempos que albergaban la esperanza de que lo logrado hoy permaneciera mañana.
 
Pero algo cambió. Y tengo la teoría —seguramente falsa, pero ilustrativa— de que la culpa de todo la tuvieron las corbatas.
 
El virus de la promiscuidad textil
 
En aquellos tiempos de sobriedad, donde un hombre se apañaba con un solo traje de domingo y un par de camisas, apareció una prenda que se volvió "promiscua": la corbata. Era el único lujo accesible que permitía la variedad. Poco a poco, conforme la economía crecía, los armarios empezaron a poblarse corbatas con todo tipo de colores y diseños.
 
La corbata es un prodigio de la comunicación no verbal. Permite que, aun llevando el mismo traje gris y la misma camisa blanca toda la semana, parezca que has renovado por completo tu vestuario. Refleja la personalidad, el estado de ánimo y hasta las preferencias políticas. Alguien debería escribir, algún día, un "Tratado de la comunicación de las corbatas".
 
De la moda al desecho
 
Sin embargo, esa versatilidad abrió la veda de lo efímero. La corbata fue el "caballo de Troya" de la moda que se devora a sí misma para renacer cada mañana. Tras ella vinieron los coleccionistas de relojes, las camisas compradas a granel y los armarios que rebosan prendas que acabarán en un contenedor de ropa usada mucho antes de haber dado muestras de deterioro. Hemos pasado de la cultura de la reparación a la tiranía de lo desechable.
 
Lo dejo aquí para que los filósofos sigan tirando del hilo. Quizá, en nuestra carrera por estrenar y aparentar, no hemos percibido una ironía trágica: que el nudo de la corbata es, en realidad, la imagen de la soga con la que hemos terminado ahorcando nuestra propia humildad.
 

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